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sábado, 14 de marzo de 2020

El catálogo de las injusticias




Por Carolina Vásquez Araya: 
Así como las niñas del hogar seguro, hay miles más esperando una justicia que no llega.

Escribo esto el 8 de marzo, una fecha simbólica para conmemorar la crueldad del patriarcado. Entre mensajitos floridos y frases cliché, se cuela la verdadera dimensión de la discriminación y la impotencia en la cual viven millones de mujeres en todo el mundo, víctimas de un sistema capaz de transformar su vida en una esclavitud legalizada. Claro que hemos avanzado… Hoy podemos celebrar nuestro derecho al voto, aunque aún –en pleno siglo veintiuno- nos toca luchar por una paridad a la cual tenemos pleno derecho. Hemos avanzado porque existen leyes contra el feminicidio, pero no hemos logrado una acción consistente de los sistemas de administración de justicia para prevenirlo y sobre todo para castigarlo.



Hemos avanzado en tecnología y conocimiento, claro que sí, pero nuestras niñas son privadas de su derecho a la educación y a la atención sanitaria, condenándolas a un futuro de servidumbre sancionado por una sociedad ciega a la dimensión de esa injusticia. Hemos avanzado en conciencia sobre las inequidades y al mismo tiempo avalamos un sistema patriarcal capaz de anular las capacidades y el potencial de una mayoría silenciada por prejuicios y costumbre. Hoy, mientras escribo con la sorda indignación de saber cuánto falta para alcanzar un estatus digno para niñas y mujeres cuyos derechos son violados con total impunidad, me regresan las imágenes de las 56 niñas heridas y calcinadas por orden presidencial en Guatemala, un día como este.

Hemos avanzado, pero no importa cuánto camino hayamos recorrido mientras persista la impunidad sobre las violaciones sexuales, el incesto, la esclavitud, la tortura, el asesinato, el tráfico de personas o la discriminación en el acceso a la educación. Es imposible presumir de desarrollo cuando hemos transformado en auténticas rehenes a la mayoría de habitantes en nuestros países, privadas de derechos elementales por decisión de quienes han convertido el poder político en un gueto impenetrable, cuya apertura depende de la voluntad de quienes temen compartirlo.

Hemos avanzado porque hoy, por lo menos, se puede debatir, denunciar, protestar. Pero los muros continúan sólidos gracias a la fuerza de las tradiciones, prejuicios y costumbres instaurados desde hace siglos para monopolizar los mecanismos de control sobre nuestras sociedades. Derribarlos, por lo tanto, no es más un atentado contra lo establecido, sino un deber ciudadano y un acto de justicia. Hoy podemos decir cuánto hemos avanzado porque ya somos capaces de proclamar ante el mundo la importancia de la soberanía sobre nuestro cuerpo. Sin embargo, falta ese tramo indispensable de la batalla para alcanzar un estatus legal desprovisto de estereotipos moralistas, impuestos por doctrinas religiosas cuyo propósito es someternos y anular nuestro derecho a la libertad.

El catálogo de las injusticias es un gordo tratado de restricciones y abusos que han ido desde lo más elemental, como un estatus jurídico que ha privado a las mujeres de sus derechos cívicos, hasta las aberraciones extremas como la tolerancia al incesto, los matrimonios forzados de niñas y adolescentes, los obstáculos para su normal desarrollo y la constante desvalorización de su naturaleza, como si nacer con sexo femenino fuera un defecto biológico.

Este día 8 de marzo de 2020 dedico mi pensamiento a las 56 niñas del hogar seguro Virgen de la Asunción y a los miles de niñas y adolescentes recluidas en esos antros de miseria administrados por un Estado incapaz de velar por su integridad. Es mi homenaje y mi protesta.

Hemos avanzado, pero aún falta mucho por conquistar.

elquintopatio@gmail.com

sábado, 29 de febrero de 2020

Por el camino equivocado



Por Carolina Vázquez Araya:

Por qué no funcionan las estrategias institucionales para detener la violencia feminicida.

De nada sirve tratar de explicar los motivos detrás de la tortura, violación y muerte de niñas y niños, de adolescentes y de mujeres, los cuales suceden a diario en nuestros países. Esto, porque no existe tal cosa como un “motivo” capaz de llevar a otro ser humano a cometer semejantes atrocidades y mucho menos la recurrente justificación de los crímenes como resultado de arrebatos pasionales o situaciones de orden privado. Basta leer las noticias para constatar hasta qué punto el feminicidio y la violencia contra la niñez se han ido consolidando como un problema sin solución, como una carga cuyo peso sacude los cimientos morales y los valores de nuestras sociedades, pero para la cual nadie ofrece solución.



Algunos intentos por hacer visible la dimensión del horror chocan de frente contra una comunidad humana cuya sensibilidad se ha perdido junto con su sentido de pertenencia. Por lo general, se utiliza como excusa el desconocimiento o la desestimación de la gravedad del fenómeno, y todo se reduce a dejar pasar para no comprometerse en una lucha para la cual es necesario un acto de suprema valentía: reducir en pedazos la escala de valores caduca y deshumanizante que nos gobierna y, a partir de esa latitud cero, asumir como sociedad la tarea de reconstruir un tejido social en donde la vida ha perdido valor y la justicia es poco menos que una utopía. 

Para nadie es un secreto la connivencia entre sectores de poder y organizaciones criminales. A partir de ahí, resulta casi imposible detener la incidencia de crímenes tan espeluznantes como la trata de personas, entre cuyas víctimas se encuentra toda clase de seres inocentes; desde niñas y niños recién nacidos hasta hombres y mujeres adultas capturadas por estas organizaciones para esclavitud laboral, prostitución, adopciones ilegales y toda clase de atrocidades, en un flujo indetenible que los separa para siempre de sus comunidades y sus familias.

En el origen de la degradación en el trato a niños, niñas y mujeres, se puede identificar con absoluta certeza esa visión patriarcal y machista de reducir la significación de esas vidas en una escala según la cual son prescindibles y sujetas a la propiedad de otros. Asesinar a una mujer en un arrebato de celos o violar a la hija porque “pertenece” a su padre han sido actos tolerados por sociedades inmersas en un esquema imperante durante siglos, cuyas normas permanecen activas por un sistema de poderes totalmente desequilibrado y deshumanizante. Ante esta realidad, las estrategias institucionales diseñadas por algunos gobiernos para eliminar o por lo menos reducir esta clase de crímenes, de nada servirán en tanto no exista una revisión profunda de las causas que los provocan. Esa tarea, aún pendiente, representa la eliminación de obstáculos a la integración de todos los sectores en la toma de decisiones, pero también en programas sociales ausentes en los planes políticos de la actualidad.

Sumado a ello, otro factor indignante es la manera de presentar los feminicidios y los crímenes contra la niñez en los medios de comunicación social. La forma despectiva y sensacionalista de divulgar en detalle estos actos atroces con el único fin de alimentar el morbo de sus audiencias, retrata de manera puntual una de las más graves falencias humanas de nuestras sociedades. A eso, es preciso añadir la indiferencia de esa audiencia, cuya actitud de ver y dejar pasar demuestra cuán enraizada es la tolerancia de la violencia contra las mujeres y la infancia y cuánto de esa tolerancia –aún en estos tiempos- es considerada una herencia cultural incuestionable.

ROMPETEXTO: La vida de niñas, niños y mujeres depende de un retorcido marco cultural.

quintopatio@gmail.com

lunes, 4 de noviembre de 2019

¡Por una Asamblea de la Civilidad!



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
En la hora actual de Chile puede ser útil mirar al pasado. Recordar ese estallido de protestas sociales que provocaron el término de la dictadura de Pinochet, las que fueron horriblemente agredidas por el terrorismo de estado. Toda una agitación que llevó al Tirano a sacar a las calles en una de estas protestas a 18 mil efectivos militares, imponer el Estado de sitio, el toque de queda, la proscripción de los medios disidentes, las detenciones arbitrarias, la tortura y la muerte de centenares de jóvenes, trabajadores y otros múltiples combatientes. Al contrario de lo que muchos temieron, el mismo atentado frustrado contra su vida fue un efectivo acicate al cambio y al posterior Triunfo del NO.


Al igual que ahora, las jornadas de protesta fueron convocadas por la sociedad civil, por los referentes unitarios de estudiantes, sindicatos y pobladores, así como por las organizaciones de DDHH. Movilizaciones que, incluso, fueron entorpecidas por los partidos políticos y su incapacidad de superar sus desavenencias históricas y propósitos hegemónicos. De esta forma es que surgió, entonces, la Asamblea de la Civilidad, una instancia integrada por los más diversos referentes, como los colegios profesionales, las federaciones estudiantiles, los dirigentes del cobre, de los pequeños y medios comerciantes, entre otros múltiples actores. Además de ese amplio mundo de organizaciones culturales, religiosas e intelectuales.

Esa generosa mancomunidad consolidada bajo el común anhelo de derrotar al régimen castrense, promover una nueva Constitución y abrir los cauces democráticos tuvo como efecto la confianza y el respaldo de la población; con multitudinarias protestas y ese arcoíris de expresiones de disidencia y descontento a lo largo de todo el país. Así como la convicción de que sin movilizaciones unitarias y constantes no sería posible derrotar al régimen opresivo.

Ante el éxito de esa Asamblea de la Civilidad es que la Moneda decidió querellarse contra toda la plana mayor de sus dirigentes y voceros, al mismo tiempo que desde los Estados Unidos se le exigió al propio Pinochet y a los partidos políticos opositores converger en un diálogo y una salida negociada, de manera de “evitar un desenlace como el de la Revolución Cubana”, a confesión del Embajador de la Casa Blanca en Chile.

Encarcelados los principales líderes sociales, y sin que los referentes partidistas tuvieran tan alto descrédito popular como el de ahora, les resultó relativamente fácil a estas colectividades opositoras montarse por sobre las organizaciones sociales y ofrecerse como interlocutores ante el Gobierno Militar. En la propia cárcel de Capuchinos pudimos comprobar cómo las directivas políticas concurrieron a este penal a presionar a los más validados líderes sociales a fin de que se subordinaran a los partidos y abandonaran también la idea de una coordinadora política y social unitaria como aquella fugaz iniciativa de la Intransigencia Democrática, o un referente tan sólido como el Grupo de Estudios Constitucionales (o de los 10) que exigía una Asamblea Constituyente para que el país se diera una Carta Fundamental plenamente democrática, como el mismo expresidente Frei Moltalva lo voceara en ese histórico acto realizado en el Teatro Caupolicán, previo al plebiscito y el Triunfo del NO.

Después de tres décadas es curioso observar cómo, otra vez,  las movilizaciones sociales han surgido espontaneas, masivas y radicalizadas nada más que por el enorme descontento de la población, sin mediar liderazgo partidista alguno y en la arraigada idea de la amplia mayoría del pueblo, en cuanto a lo que ahora lo que hay de derribar es la dictadura neoliberal,  su profunda inequidad social, la corrupción del conjunto de la clase política, las groseras colusiones y abusos de los grandes empresarios como, desde luego, la corrupción que envenena el actual régimen institucional, a las Fuerzas Armadas y de Orden,  incluyendo el sistema electoral.

Mucho más que ayer, hoy las grandes movilizaciones no exhiben banderas ni símbolos partidistas, y solo muy pocos de sus dirigentes se atreven a sumarse a las marchas y concentraciones. Es más, lo que se hace evidente, ahora, es que Piñera y su gobierno lo que quieren es dialogar y contemporizar rápidamente con los parlamentarios y partidos opositores. En la desesperada búsqueda de una solución a un conflicto nacional que se les ha escapado de las manos y en que, tal como ayer, ya no le sirven los militares y policías reprimiendo si no es para conseguir una ira y caos mayor, todavía, de lo ya observado. Se recurre muy tardíamente a una batería de iniciativas legales que dormían en el Congreso o en los anaqueles de los ministerios a fin de salvar el desprestigio de la política y distraer nuevamente a la población con cambios cosméticos y promesas que le den aliento a un sistema incapaz de resolver las justas demandas de justicia social, igualdad y genuina democracia.

Lo que vemos, como hace treinta años, es una clase política que perdió la convocatoria y el control de la sociedad civil. Proceso que se empezó a evidenciar con la llamada apatía social, los altos índices de abstención electoral y la deserción masiva de los militantes de los partidos. Con senadores y diputados que en su ensimismamiento, nunca percibieron los niveles de descontento y frustración ciudadana, encantados de derecha a izquierda con el modelo económico y las cifras, por ejemplo, de nuestro alto ingreso per cápita que, a final de cuentas, lo único que ha representado es la profunda y grosera brecha en la calidad de vida de los chilenos. Es decir, entre el puñado que más gana y la angustiosa realidad de la inmensa mayoría de trabajadores condenados al ingreso mínimo, a una jubilación bochornosa, así como sometidos a financiar el alto costo de los servicios más básicos en manos de empresas privadas y extranjeras.

Para colmo, cómo no constatar que los estipendios de gobernantes y legisladores compiten con los de los países más ricos de la Tierra, tanto así que de ellos mismos ha surgido rápidamente, ahora, la iniciativa de rebajárselos. Al constatar, además, que tenemos el sistema de locomoción colectiva más caro de América, cuya alza en los pasajes el Metro gatillara la protesta más multitudinaria de nuestra Historia, con más de tres millones de chilenos movilizados en Santiago y regiones. Y en la voluntad de concurrir cotidianamente a las calles hasta que no se perciba un cambio fundamental en los sistemas de previsión, salud, en las políticas salariales y los accesos a todos los derechos fundamentales conculcados por el capitalismo más salvaje implementado en el mundo.

Por eso es que la rápida e indignada reacción a un alza de 30 pesos en el pasaje del Metro fuera alentado, además, por la soberbia de un mandatario que se creyó con derecho a ningunear y darle recetas a nuestros países vecinos y buscar afanosamente un liderazgo mundial cuando desde hace tanto tiempo era evidente que nuestro exitismo económico estaba sentado sobre un verdadero polvorín social.

Qué duda cabe que las manifestaciones sociales han apuntado al régimen que nos rige y al conjunto de sus administradores en La Moneda, el Parlamento, los tribunales y el conjunto de los organismos fiscales. Pero también a aquellas instancias patronales, sindicales y otras que se han hecho cómplices de la desigualdad y los privilegios más irritantes. Entre ellos, el dispendio y la malversación de los presupuestos castrenses. Millonarios recursos administrados con toda impunidad por los cancerberos del sistema.

Pensamos que, como ayer, debieran confluir en una organización unitaria entidades tales como NO+AFP, los gremios fiscales, lo colegios profesionales e integrantes del ancho mundo de la salud, la cultura, la educación y de las vindicaciones medioambientales, como de los que luchan por la dignidad de nuestros pueblos originarios, la igualdad de género y los derechos de los consumidores. Consolidar rápidamente una nueva Asamblea de la Civilidad que ya no pueda ser manipulada por los partidos y los falsos representantes de la sociedad chilena, juramentados a respetar la Constitución de 1980, a la que rinden pleitesía al momento de apoltronarse en sus curules legislativos, edilicios y gubernamentales.

Necesitamos un referente supra social que sume como objetivo, además, recuperar el papel rector del Estado, recobrar nuestras riquezas básicas y soberanía nacional, en un país que de cordillera al mar se enseñorean las empresas transnacionales. Una asociación ciudadana que exija, como condición de paz, una Asamblea Constituyente, promesa burlada por todos los gobiernos y parlamentos de la postdictadura.

Una Asamblea de la Civilidad que obligue a los actuales moradores de La Moneda a definir una salida política con ésta y con la definición de una batería de soluciones económico sociales para terminar efectivamente con los sueldos de hambre, las pensiones indignas y los costos oprobiosos de la movilización pública, del agua potable, el gas y la electricidad. Y que, por supuesto, condone las deudas asumidas obligadamente por los jóvenes y sus familias por el derecho a educarse. Junto con ponerle freno a la usura bancaria y, especialmente, de los abusivos créditos habitacionales.

En uno de los países más ricos de nuestra región, como lo reconoce ahora el conjunto de la clase política y empresarial acorralada por fin por el pueblo y su esperanzador retorno a las “anchas alamedas”.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 20 de julio de 2019

Maduro en la Encrucijada



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Todos los procesos de cambio van a encontrar siempre duros detractores. Es cuestión de revisar la historia universal, y muy especialmente la de nuestro Continente, para comprobar todo lo ocurrido durante la gesta, por ejemplo, de los héroes y libertadores de América, hasta la de un Salvador Allende y otros genuinos mandatarios propuestos a luchar por la dignidad de sus pueblos.

Nicolás Maduro no podía esperar otra actitud del gobierno de Estados Unidos y de las grandes empresas y consorcios que han colonizado nuestra región, especialmente en el país que tiene las mayores reservas petroleras del Planeta y está tan cerca de la codicia norteamericana y su enorme poder militar y comunicacional. Toda una maquinaria de guerra para desestabilizar y derrocar regímenes e invadir toda suerte de países para apoderarse de sus riquezas y destino político.


Todos los que se proponen concitar el apoyo y el fervor popular para cambiar la historia de sus naciones incurren, desde luego, en errores de distinta naturaleza y casi inevitablemente llegan a ejecutar acciones que dañan la integridad y los derechos de sus opositores y disidentes. Pero también es razonable asumir que siempre estos procesos van a despertar la ira y las conspiraciones criminales de los que necesariamente deben ser afectados en sus intereses; de los que se organizan para atentar contra de la infraestructura y las fuentes de la producción del país; de los que rápidamente se ponen a disposición del imperialismo y aquellos poderes contrarios a que haya pueblos dispuestos a torcerle el rumbo a las inequidades fragrantes y consagradas. Situación que vivía Venezuela con sus enormes riquezas en manos de unos pocos y de las llamadas empresas transnacionales.

Lo que no puede pretender Maduro es que sus transformaciones sean asentidas por el Imperio y el orden internacional que ha consagrado las ideas neoliberales y toleran la democracia y la soberanía popular solo hasta que ven la necesidad de promover dictadores y tiranos que salven o restauren el sistema económico social que los favorece. Libia, Irak, Palestina, Cuba, Irán y otros numerosos ejemplos sirven para explicarse cómo las naciones más poderosas acostumbran a borrar con el codo lo escrito con la mano, tanto en la Revolución Francesa, la Emancipación Americana y otros grandes acontecimientos libertarios.

Los chilenos sufrimos en carne propia la furia del Departamento de Estado, del Pentágono, de la CIA y tantas otras entidades para consumar en 1973 el derrocamiento y magnicidio de nuestro régimen democrático. Para lo cual decidieron financiar y alentar a los militares traidores, a los partidos reaccionarios y, como siempre, reducir o seducir a los llamados centroizquierdistas que, con el tiempo devienen invariablemente en centroderechistas, como tan bien lo expresa ahora nuestra escena política.  Fue así como, una vez acometido el asalto a La Moneda, tomaron posesión de nuestros yacimientos, empresas públicas, medios de comunicación, universidades y tantas otras entidades. Además de asesorar por largo tiempo a Pinochet para organizar campos de concentración, tortura y exterminio, e impregnar enseguida de autoritarismo y leyes terroristas toda nuestra institucionalidad. En el acompañamiento, también, de crímenes que se cometieron en territorio norteamericano, Argentina, Italia y otros países.

Lo que nadie puede negar es que Hugo Chávez y su revolución bolivariana llegaron al poder después de la corrupción de su clase política, los partidos y sus gobiernos. Ganando sucesivas elecciones y consolidando un sistema electoral, después, que fuera calificado por el ex presidente Carter como uno de los más probos y transparentes del mundo, junto con su proceso constituyente y su nueva Carta Fundamental. Porque no se puede ignorar, tampoco, la raigambre que mantienen las ideas chavistas en el pueblo venezolano, su enorme capacidad de movilización enfrente de la dispersión y las contradicciones que manifiestan sus opositores, a los cuales el Gobierno de Maduro les reconociera un triunfo en los comicios legislativos para llegar a instalar al propio Guaidó como presidente del Parlamento.

Difícil sería explicar lo anterior bajo un régimen verdaderamente dictatorial, como se lo acusa, al tiempo que explicarse el severo bloqueo impuesto por Trump a la economía venezolana, en la que no ha trepidado en confiscar depósitos de este país en el extranjero y apropiarse de sus refinarías sin consentimiento alguno del derecho internacional. Junto con ejercer toda suerte de amenazas y alentar la postura fratricida de Colombia, Brasil, Perú y Chile, entre otros, en contra de Venezuela. De gobernantes que son, por supuesto, discípulos de los regímenes militares alentados en la década de los sesenta y setenta en América Latina. Cuyo caso más vergonzoso es el de Sebastián Piñera que hasta llegara a Londres para solidarizar con Pinochet y salvarlo de un juicio internacional. Para luego garantizarle de por vida su impunidad.

Posiblemente sea un error el de Maduro pretender concitar apoyo mundial a su gobierno después de lo sucedido en Chile y tantos otros países. Que haya tenido la ilusión de que un informe de la señora Bachelet pudiera resultar ecuánime, por más abrazos y besos con ésta en el pasado. Solo tendría que haber preguntado cómo llegó la expresidenta chilena a ese alto cargo en las Naciones Unidas, después de sus horribles bemoles en materia de probidad gubernamental, tráfico de influencias y crímenes cometidos contra los mapuches bajo sus gobiernos, cuanto de la mano de su socialista subsecretario de Interior y su operación Huracán. Porque ella podría haber aspirado a una serie de otros cargos internacionales para prolongar su carrera política y peculio, pero jamás a uno que tuviera que ver con los Derechos Humanos, cuando por dos períodos gobernó una de las naciones más desiguales del mundo, sin que haya alterado lo más mínimo nuestra distribución del ingreso y la dependencia extranjera.

De allí que Maduro esté ahora tan complicado y ante una real crisis, luego de la férrea oposición extranjera a sus propósitos, la caída del ingreso petrolero y las enormes demandas económico sociales que abrió su proceso. A lo que hay que sumar el desabastecimiento alentado por la industria y el comercio, tal como lo conocimos en Chile. De todas maneras, debiera renunciar a la bendición de Estados Unidos y de los mismos países que en su momento traicionaron el sueño de la patria común de Bolívar. Preferible sería conformarse con el apoyo de China, Rusia, Turquía y otras poderosas naciones que todavía tendrán que comprobar si su adhesión es sincera y no interesada. Para ocupar, justamente, el espacio que dominaba Estados Unidos.

Debiera también valorar y cuidar mucho Nicolás Maduro la fidelidad de sus Fuerzas Armadas, las que desde hace largos años marcan diferencia con las de otras naciones del continente en materia de formación profesional, composición social y vocación democrática. Proponerse, más bien, ganar amigos en las expresiones realmente progresistas y de izquierda del mundo, despreciando los vaivenes y fragilidad ideológica de toda esa suerte de oportunistas que en el pasado hacían gárgaras de antiimperialismo y ahora se los ve debajo de la mesa del gobierno de Chile, por ejemplo, para recibir sus migajas o agenciarse algunos cargos menores o fugaces como el que se le otorgó al primer Canciller de Piñera por traicionar sus ideas o “pecados” de juventud.

No le vaya a pasar lo mismo a Maduro de lo ocurrido con la Unidad Popular, varios de cuyos dirigentes ya estaban escondidos al momento del 11 de septiembre, mientras Allende combatía y moría en La Moneda.  Los mismos políticos que después terminaron renegando de todo su pasado a la primera invitación de Washington y que, ahora, se instalan a la vanguardia intelectual en la guerra contra Venezuela, bien premunidos de recursos e impudicia. 

Evidentemente, hay que sacar lecciones de la historia y no rendirse a la campaña de desinformación alentada por los medios de comunicación estadounidenses y sus sucursales en nuestra televisión, diarios, radios y redes de internet. El Gobierno de Maduro ha cometido graves errores, si se quiere, pero el peor podría ser la búsqueda de reconocimiento de los que son y serán enemigos de todo cambio y objetivos de justicia. Y que ante el fracaso experimentado en Cúcuta, por ejemplo, ahora alientan mesas de diálogo e intermediación internacional.

La ética debe acompañar siempre los cambios. “La revolución es moral o no es revolución”, escribió Peguy, pero ello no debe llevar a los reformadores a tolerar las acciones criminales de los detractores, el sabotaje y la mentira organizada. Nos parece muy encomiable, sin embargo, que los que mataron a un opositor y conspirador encarcelado sean ejemplarmente juzgados, como ya lo han decidido el Mandatario Venezolano y su Ejército. Ojalá que ello hubiera ocurrido alguna vez bajo las dictaduras militares del Cono Sur o, incluso, bajo los gobiernos pretendidamente democráticos que les siguieron.

Por cierto que no es grato ver a cientos de miles de venezolanos emigrar hacia otros países, muchos de los cuales luego han comprobado su enorme error y desazón. En todo caso, estos movimientos parecen ser inevitables y reiterados, de lo cual sabemos también nosotros los chilenos cuando llegamos a tener más de un millón de compatriotas en el exterior dentro de una población que entonces no superaba los 12 millones de habitantes. Es decir, tres o cuatro veces menos que la venezolana actual. Cuando todavía hoy son más los chilenos en el extranjero que todos los inmigrantes avecindados en nuestro territorio en estos últimos años.

Sería muy triste para todo nuestro continente el fracaso del proceso político venezolano. El gobierno de ese país cuenta con una de las geografías más ricas de América, con un respaldo popular contundente y que nadie puede ignorar, además de la fidelidad profesada por los militares bolivarianos. Por el contrario, su enemigo principal, el presidente Trump, cada día está más desacreditado en el mundo, así como crecen los estadounidenses renuentes a seguirlo en sus disparatados caprichos y despropósitos. Ni qué decir los jefes de estado títeres de la Casa Blanca, como el de nuestro país, con una penosísima adhesión popular, a causa de haber traicionado una vez más las aspiraciones de los chilenos, rendido a los intereses foráneos y cediendo toda nuestra soberanía al Imperio. Lo que se revelara en su infeliz encuentro con el mandatario norteamericano cuando quiso anexar nuestra estrella patria a las de la unión estadounidense. Lo que sonrojó incluso a su huésped.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

miércoles, 3 de abril de 2019

Fuera Yankies de Venezuela y América Latina



Por Manuel Holzapfel G.:

Recuerdo la mañana del miércoles 12 de septiembre de 1973 en Temuco, junto a mi abuela, escuchando las noticias en la radio. De fondo marchas militares y el locutor exaltando el golpe ejecutado el día anterior por las fuerzas armadas. Sus palabras me quedaron grabadas para siempre: “saludamos la gesta libertaria del glorioso ejército de Chile, que ha salvado al país de la dictadura marxista”, clamaba eufórico. “Nos informan, que avanzan camiones por la Avenida Caupolicán cargados con gas, azúcar, harina y toda clase de alimentos. Ha terminado la escasez y el hambre en la que nos tenía sumidos el gobierno de la Unidad Popular”, exclamaba jubiloso. Parecía un milagro que en menos de 24 horas, el comercio de la ciudad estuviera abarrotado de mercadería. El mismo prodigio ocurrió en todo el país.   


Con 12 años recién cumplidos, sabía muy bien que no había tal milagro. Vi muchas veces que en las casas de amigos de familias de derecha tenían de todo. Me asqueaba verlos colmar de azúcar sus tazas de té y engullir el pan con mantequilla, queso y jamón, mientras vociferaban que “estos upelientos nos tienen muertos de hambre”.

Después vino lo peor: asesinatos masivos, cárcel, tortura, desapariciones, exilio y la implantación de un modelo de acumulación capitalista, que convirtió a Chile en uno de los países más desiguales del mundo. El genocidio fue el precio que el pueblo chileno pagó para que el imperialismo norteamericano, autor intelectual y financista del golpe militar, recuperara el cobre que Salvador Allende había nacionalizado, destruyera el proceso de la vía chilena al socialismo, y la minoría oligárquica del país, recuperara sus granjerías y privilegios de clase. En sus últimas palabras Allende apuntó claramente al imperialismo, al capital foráneo y a la reacción como los instigadores de la desestabilización del gobierno de la Unidad Popular y del golpe.

Hoy, 46 años después, somos testigos de la misma infamia del imperio en Venezuela. El libreto es el mismo utilizado en Chile, y con algunas diferencias menores, en Irak, Libia y Siria, país donde gracias a la intervención de Rusia, han debido salir con la cola entre las piernas. En Venezuela, el botín es infinitamente más suculento que en Chile. Por ello, no escatiman esfuerzos para destruir la Revolución Bolivariana y lograr apoderarse de las mayores reservas de petróleo del planeta, del oro (segundas mayores reservas del mundo), diamantes, hierro, bauxita, cobre y coltán, entre otros muchos recursos.

La voracidad de Estados Unidos es directamente proporcional con su deuda de casi 20 billones de dólares, que representa la tercera parte de la deuda global de 63 billones de dólares. Con una deuda impagable y el avance inexorable de China para constituirse en primera potencia mundial, al imperialismo sólo le queda como alternativa la guerra para apoderarse de los recursos naturales de otros países. China está superando en todos los terrenos a Estados Unidos, que trata inútilmente de apuntalar un capitalismo que enfrenta la peor crisis de su historia.

El presidente de China, Xi Jinping, ha señalado que “la historia ha probado y continuará demostrando que solo el socialismo puede salvar a China” y que el Partido Comunista constituye el supremo liderazgo político del país. Lo anterior demuestra, que a diferencia de lo que muchos piensan, la contradicción entre Estados Unidos y China, no es de carácter Inter capitalista. La contradicción sigue siendo entre capitalismo y socialismo, y es importante tener claro, que la asonada imperialista en Venezuela, forma parte de esa contradicción principal. Las recientes declaraciones del secretario de Defensa de Estados Unidos, Patrick Shanahan son elocuentes, en este sentido, cuando señaló que el objetivo fundamental del presupuesto 2020 de las fuerzas armadas norteamericanas es “China, China, China”. Lo repitió tres veces para que no quedara duda alguna. 

Para lograr concretar su campaña de rapiña en Venezuela, Estados Unidos cuenta con el apoyo incondicional de la banda de corruptos y rastreros del Grupo de Lima, entre los cuales destaca el magnate y presidente de Chile, Sebastián Piñera. A ello se suma una campaña mediática planetaria de desinformación y mentira que en Chile ha sido constante y perniciosa. Desde los matinales, programas de farándula a los noticieros, la operación contra Venezuela no permite descanso. Periodistas y conductores radiales y de televisión, por ignorancia o simple oportunismo, repiten como papagayos el libreto informativo impuesto por el imperio. Atacar a Venezuela, se ha convertido en algo de buen tono, en credencial de buena conducta, en una especie de deporte nacional, que practican obedientemente, políticos, periodistas, rostros televisivos y cantantes de cuarta categoría.

Los mismos hipócritas callan frente a la represión sistemática del Estado chileno contra el pueblo mapuche y la crisis humanitaria en Yemen donde 14 millones de yemeníes sufren hambre y 85 mil niños menores de cinco años han muerto de desnutrición. Una guerra civil de casi cuatro años, que tiene como protagonista a Estados Unidos apoyando a la coalición militar liderada por Arabia Saudita. Nada dicen Almagro, Piñera, Duque, Macri, Moreno y Bolsonaro de los 160 dirigentes sociales asesinados en menos de un año en Colombia ni de los más de 200 mil asesinatos y 40 mil desaparecidos en México desde que comenzó en 2006 el genocidio disfrazado de guerra contra el narcotráfico, promovido por Washington. Sólo en enero de 2019 hubo 2.853 asesinatos y los “artistas” del imperio Bosé, Sanz, Juanes, Guerra, Montaner y demás mequetrefes, callan servilmente.

Sin asco, se han puesto al servicio de Estados Unidos, que más que un estado, es la mayor organización criminal del planeta, que pretende convencer al mundo de su rol de gendarme de la democracia y la libertad. Estas “blancas palomas de la paz”, cuentan con 6.800 ojivas nucleares y más de 700 bases militares en 70 países. Lanzaron bombas atómicas en Hirochima y Nagasaki y han invadido e intervenido militarmente en México, Puerto Rico, Nicaragua, Cuba, Haití, República Dominicana, Guatemala, Honduras, Grenada, Panamá, Corea, Vietnam, Somalia, Afganistán, Irak (dos veces), Yugoeslavia, Pakistán, Yemen y Libia.
El prontuario de estos “campeones de la democracia” parece no tener fin, porque también financiaron y participaron directamente en los golpes militares de Venezuela (1948 y 2002), Paraguay, Guatemala, República Dominicana, Brasil, Argentina (1966 y 1976), Bolivia, Uruguay, Chile, El Salvador, Panamá, Perú, Haití y Honduras.

Ése es el doble rasero del imperio que montó el show de Cúcuta para entregar una supuesta “ayuda humanitaria” de 20 millones de dólares a Venezuela, en circunstancias que las pérdidas producto de las sanciones que le ha impuesto a ese país, ascienden a 20 mil millones de dólares anuales. El objetivo real era crear las condiciones para invadir, y la intentona criminal contó con la complicidad directa de los nuevos guaripolas de Donald Trump: los presidentes de Colombia y Chile, Iván Duque y Sebastián Piñera. Es el accionar gansteril, de los ejecutores del boicot eléctrico; de los patrones de los mercenarios que asesinan a diestra y siniestra sembrando el caos y destruyendo los estados que Washington considera un peligro para sus intereses. Así lo han hecho en Irak, Libia, Ucrania, Siria, Yemen y también en Venezuela.

La realidad objetiva demuestra que Estados Unidos, es la mayor amenaza para el planeta y la humanidad. Lamentablemente, en Chile los representantes del Frente Amplio, Boric, Jackson, Sánchez y la ex Concertación devenida en Nueva Mayoría, hacen la vista gorda y se suman por acción u omisión a la campaña del imperialismo contra Venezuela. La historia juzgará su cobardía y oportunismo.

coigue2@hotmail.com