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sábado, 14 de marzo de 2020

El catálogo de las injusticias




Por Carolina Vásquez Araya: 
Así como las niñas del hogar seguro, hay miles más esperando una justicia que no llega.

Escribo esto el 8 de marzo, una fecha simbólica para conmemorar la crueldad del patriarcado. Entre mensajitos floridos y frases cliché, se cuela la verdadera dimensión de la discriminación y la impotencia en la cual viven millones de mujeres en todo el mundo, víctimas de un sistema capaz de transformar su vida en una esclavitud legalizada. Claro que hemos avanzado… Hoy podemos celebrar nuestro derecho al voto, aunque aún –en pleno siglo veintiuno- nos toca luchar por una paridad a la cual tenemos pleno derecho. Hemos avanzado porque existen leyes contra el feminicidio, pero no hemos logrado una acción consistente de los sistemas de administración de justicia para prevenirlo y sobre todo para castigarlo.



Hemos avanzado en tecnología y conocimiento, claro que sí, pero nuestras niñas son privadas de su derecho a la educación y a la atención sanitaria, condenándolas a un futuro de servidumbre sancionado por una sociedad ciega a la dimensión de esa injusticia. Hemos avanzado en conciencia sobre las inequidades y al mismo tiempo avalamos un sistema patriarcal capaz de anular las capacidades y el potencial de una mayoría silenciada por prejuicios y costumbre. Hoy, mientras escribo con la sorda indignación de saber cuánto falta para alcanzar un estatus digno para niñas y mujeres cuyos derechos son violados con total impunidad, me regresan las imágenes de las 56 niñas heridas y calcinadas por orden presidencial en Guatemala, un día como este.

Hemos avanzado, pero no importa cuánto camino hayamos recorrido mientras persista la impunidad sobre las violaciones sexuales, el incesto, la esclavitud, la tortura, el asesinato, el tráfico de personas o la discriminación en el acceso a la educación. Es imposible presumir de desarrollo cuando hemos transformado en auténticas rehenes a la mayoría de habitantes en nuestros países, privadas de derechos elementales por decisión de quienes han convertido el poder político en un gueto impenetrable, cuya apertura depende de la voluntad de quienes temen compartirlo.

Hemos avanzado porque hoy, por lo menos, se puede debatir, denunciar, protestar. Pero los muros continúan sólidos gracias a la fuerza de las tradiciones, prejuicios y costumbres instaurados desde hace siglos para monopolizar los mecanismos de control sobre nuestras sociedades. Derribarlos, por lo tanto, no es más un atentado contra lo establecido, sino un deber ciudadano y un acto de justicia. Hoy podemos decir cuánto hemos avanzado porque ya somos capaces de proclamar ante el mundo la importancia de la soberanía sobre nuestro cuerpo. Sin embargo, falta ese tramo indispensable de la batalla para alcanzar un estatus legal desprovisto de estereotipos moralistas, impuestos por doctrinas religiosas cuyo propósito es someternos y anular nuestro derecho a la libertad.

El catálogo de las injusticias es un gordo tratado de restricciones y abusos que han ido desde lo más elemental, como un estatus jurídico que ha privado a las mujeres de sus derechos cívicos, hasta las aberraciones extremas como la tolerancia al incesto, los matrimonios forzados de niñas y adolescentes, los obstáculos para su normal desarrollo y la constante desvalorización de su naturaleza, como si nacer con sexo femenino fuera un defecto biológico.

Este día 8 de marzo de 2020 dedico mi pensamiento a las 56 niñas del hogar seguro Virgen de la Asunción y a los miles de niñas y adolescentes recluidas en esos antros de miseria administrados por un Estado incapaz de velar por su integridad. Es mi homenaje y mi protesta.

Hemos avanzado, pero aún falta mucho por conquistar.

elquintopatio@gmail.com

miércoles, 8 de mayo de 2019

Chile en estado de violencia y miedo



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Las imágenes televisivas del último Primero de Mayo nos revelaron disturbios que superaron los de otras jornadas callejeras en Santiago y que nos hablan de grupos organizados desbordando las disposiciones y la represión de Carabineros como también el liderazgo de las organizaciones sindicales y políticas. Lo que se apreció nuevamente en esta oportunidad es que los que optan por los desmanes y el enfrentamiento con la policía crecen respecto de aquellas movilizaciones y protestas que hacen gala de su pacifismo. Aunque unos y otros coincidan en las mismas críticas hacia el ordenamiento económico y social sostenido por los últimos gobernantes.


Lo dicen las pancartas y proclamas de todos contra el sistema previsional, las ISAPRES y la renuencia de la política a emprender nuevos rumbos que signifiquen un real mejoramiento de las condiciones de vida de la amplia mayoría de la población. De allí que la tendencia ampliamente mayoritaria sea el repudio a los partidos políticos cmo el creciente desinterés ciudadano por participar de las elecciones presidenciales, parlamentarias y comunales, manifestando cifras de abstención que señalan la falta de representatividad y legitimidad de quienes gobiernan el país. Incluso en las rutinas eleccionarias de los estudiantes universitarios se ha podido comprobar un ausentismo que supera el 60 o setenta por ciento.

Todo un desencanto que se funda en la injusticia e inequidad. Por algo los estudios de la prestigiosa Fundación Sol nos señalan que seis de cada diez trabajadores chilenos de jornada completa no podrían sacar a una familia promedio de la pobreza en razón de que más del 54 por ciento recibe menos de 350 mil pesos mensuales y todavía menos cuando se trata de las mujeres.

La violencia callejera ha ido escalando en radicalidad desde que hasta una iglesia fuera asaltada por los manifestantes y arrancaran de ella un gran crucifijo de madera finalmente destrozado en plena avenida Bernardo O’Higgins ante el estupor de los transeúntes.  Ya se ve que hasta las convocatorias ecologistas derivan en actos que afectan a la propiedad pública y privada y encabritan a los respectivos ediles comunales que tienen que encarar los costos de tales tropelías, aunque los canales oficialistas se hagan un festín de rating con estas imágenes.

Ya no hay un solo día en la Araucanía sin que se manifiesten atentados contra las empresas forestales y  los comuneros mapuches reaccionen con mayor violencia frente a las abusivas discriminaciones y brutal represión que sufren sus hogares. Ya sabemos que desde la Moneda se organizan siniestros montajes para desacreditar las justas reivindicaciones mapuches y cómo varios jóvenes combatientes son asesinados por la espalda y no por causa de los enfrentamientos con la policía, como siempre tratan de probar los gobernantes de turno. Los cuales, en realidad, no cambian mucho sus prácticas desde un gobierno a otro; o entre el centro derecha o la centro izquierda como respectivamente se autodefinen. Con certeza que lo que ocurrido en el sur de Chile se asemeja a una verdadera guerra civil, como lo han señalado algunos observadores internacionales.

Es evidente, asimismo, que el malestar estudiantil ha remontado a graves agresiones en contra de maestros y establecimientos escolares, causando conatos de violencia que ni siquiera se apreciaron en los combates a la Dictadura hace tres o cuatro décadas. Al mismo tiempo, el país se entera de las iracundas reacciones populares que provocan la mala administración de justicia o la pésima atención de muchos establecimientos de salud de norte a sur del país. No está demás señalar la irritabilidad que le provoca asimismo a los ciudadanos la pretensión de quienes nos presumen en el umbral del Primer Mundo, cuando se reconoce que tan solo ocho de las más de 350 comunas del país tienen más del 65 por ciento del pavimento en buen estado y que los altos índices de obesidad de la población se explican en su inadecuada nutrición, especialmente en el consumo “chatarra” y la falta de buenos hábitos alimenticios.

En materia de seguridad pública ya varios países del mundo alertan a sus habitantes de los crecientes peligros que entraña viajar a Chile y visitar sus zonas de atractivo turístico. Es evidente que el crimen común cada día se hace más extremo e irracional, cuando se suele matar por unos pocos pesos y hasta los moradores de las viviendas más modestas se ven forzados a parapetarse con rejas de seguridad y prevenciones bien inducidas por las empresas que lucran en tal sentido. Hasta los bancos de quejan ahora de los asaltos que sufren cotidianamente en sus establecimientos y cajeros automáticos, aunque, en todo caso, no han disminuido sus multimillonarias utilidades o su interés de permanecer en nuestro territorio. 

Cada vez son más habituales en el acontecer noticioso los portonazos, los femicidios, el tráfico de estupefacientes y el choque entre las bandas criminales, en un país que también llegó a presumir de que estábamos libres de la producción y consumo de drogas. Por algo es que para hacerle frente a los accidentes del tránsito ahora las autoridades controlan, además del alcoholismo, el consumo de cocaína, marihuana y otros alucinógenos. Al mismo tiempo que con más frecuencia que en el pasado se descubren armas hechizas o sustraídas de los cuarteles militares en manos de los malhechores y entre las bandas de asaltantes a policías y otros agentes de seguridad.

No escapa tampoco al estupor de la población que jueces y fiscales sean descubiertos como cómplices y encubridores de los delitos de corrupción, asociación ilícita y otros. Todo lo cual redunda en el sentimiento de impunidad de los chilenos respecto de los delitos de cuello y corbata. Esto es de los grandes empresarios, políticos y hasta sacerdotes. En los últimos días, hasta se han descubierto galerías carcelarias y celdas carcelarias en que se prodigan las comodidades de los narcotraficantes recluidos. Tal como los de los grandes violadores de los Derechos Humanos.

A no dudarlo, Chile se desbarata en el crimen y siempre la solución ofrecida por quienes nos gobiernan es la de ofrecer más policías y recursos disuasivos. Lo cual sin duda puede ser necesario pero junto con administrar políticas para corregir las profundas y agraviantes desigualdades sociales, avanzar hacia el pleno empleo y el salario digno; la rehabilitación de los que han delinquido y el drástico mejoramiento de nuestros niveles educacionales.

Después de dos guerras mundiales, en que el pillaje también se hizo presente en Europa, sabemos que fue el estado de bienestar que se le proporcionó lo más rápidamente posible a toda la población, la buena calidad de sus centros de instrucción pública y la más justa y ecuánime administración de la Justicia lo que consolidó la paz e, incluso, la democracia en el viejo continente. Lo que no ocurre aquí en nuestro continente y en Estados Unidos, donde los beneficios del desarrollo se reparten selectivamente, los pobres se multiplican y el miedo y la criminalidad se hacen cada vez más espeluznantes.

Chile, como varias naciones emancipadas de España, fue primero un estado antes que una nación. Sin embargo, en más de 200 años todavía los habitantes de su territorio no reconocen una “madre patria” que los cobije a todos y no sea tan solo un territorio de oportunidades para los inversionistas extranjeros y la alta burguesía enseñoreada en la política. En ello radica la violencia que se expresa con el descontento social, el irrespeto a nuestros símbolos y patrimonio natural y cultural, como muchos lo lamentan. A falta de una sólida identidad nacional, por supuesto.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

domingo, 4 de marzo de 2018

Inmigrantes entre humillación y desprecio


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

¿Humanamente qué pueden importarle los inmigrantes del vecino país (a favor o en contra del gobierno de allá) a unas élites colombianas que discriminan y repudian a los que no son de su clase? ¿Qué pueden significar para las élites (enredadas en su propia y compleja trama de corrupción y crimen) esos ajenos, que solo son oídos cuando repiten las frases comunes del libreto obsesivo contra el gobierno vecino, aunque eso sea renegar de ellos mismos y de sus otros hermanos? ¿Qué acto humanitario franco pueden esperar de unas elites ensañadas en alentar odios e impedir el cierre de la guerra y del sufrimiento de sus propios hijos? ¿Qué afecto, amor, solidaridad y respeto pueden esperar cuando terminen el experimento político económico y militar del que son conejillos y sean tratados con desprecio?



¿Qué pueden esperar como cosecha en su favor de unas elites históricamente responsables de haber sembrado la tierra del país con los cuerpos de cientos de miles de sus hijos y hermanos? ¿Cómo creer en quienes ultrajan y suplantan la voz de su propio pueblo y se niegan a abrir puertas de neutralidad e imparcialidad, según el mandato de “promoción del dialogo con los países de origen, tránsito y destino migratorio, incluyendo la ratificación y desarrollo de los acuerdos necesarios” según la ley 1465 de 2011 que crea el sistema de migraciones?

La realidad de los migrantes acosados por el hambre que producen los bloqueos, pero también por la ideologización de la existencia que justifique su huida, se completa con carencias no previstas, racismos, discriminaciones, xenofobias y violencias propiciadas por cruzadas humanitarias que se repiten por todas partes. Las “Pateras” que atraviesan Gibraltar son cruceros de la muerte a la luz de las leyes y las instituciones. Los que sobreviven son convertidos en imágenes de televisión y su dolor puesto en algún reportaje de concurso periodístico. El mar mediterráneo le trae a Italia a los desterrados por las guerras en el África (Mediterránea, Film, 2015) y le lleva al resto de Europa la tragedia provocada por sus invasiones y bombardeos sobre pueblos inermes invocando falsamente libertades y derechos que esconden las intenciones del capital.

Nadie huye por placer sin norte, ni sur, llevando marcas de injusticia, sufrimiento, exclusión. Detrás de toda migración hay gente que sufre, hay política, negocios y tensiones de poder. Los que se van son acechados por mafias, contrabandistas y delincuencias de todo tipo, que los esperan y aíslan a los más débiles para explotarlos. Los inmigrantes son el relato vivido de una tragedia humana sin dolientes en el lugar de acogida. Colombia es el país de América con mayor número de desterrados del último medio siglo y no hay avances en busca del retorno, asistencia o apoyo a más de cinco millones que cruzaron las fronteras por la barbarie de su guerra, la desigualdad que eliminó sus oportunidades y el odio de las elites indolentes inclusive con las victimas que deambulan sin territorio.                 
Las migraciones convertidas en destierro son una tragedia humana despiadada mientras florecen avances científico-tecnológicos y crecen las economías para pocos. El destierro pone en duda la idea de ser humano igual, libre y con derechos forjada durante doscientos años y deja al descubierto que el único gobierno de los que huyen son sus necesidades y que su política es la sobrevivencia. No son de izquierda ni de derecha, son seres sufrientes en busca de reconocimiento y de respeto por su dignidad humana y en todo lugar aunque los medios registren su paso del infierno al paraíso cuando van de una frontera a otra, son aislados y olvidados. El sueño de los inmigrantes es más corto y lleno de sobresaltos y las horas del día más largas pero intranquilas, siempre alguien los acecha, los vigila. En las noches son perseguidos y cazados para ser amontonados en camiones y expatriados o esclavizados. Otros quedan prisioneros de las drogas, el alcohol, la caridad, el maltrato y las barreras burocráticas que les recuerdan que son extraños, que no son nadie, que son ajenos, sospechosos por ser negros, indios, campesinos, latinos, pobres en general a merced de quienes lo tienen todo.

En todas partes tendrán que sobrevivir en la informalidad, aprender a vivir casi clandestinos, extorsionados, silenciados y sometidos a recitar el discurso oficial de quienes se crean sus protectores. Los gobiernos ofrecen planes y hacen leyes que nunca cumplen, los invitan a su mesa mientras dura la foto y después los sacan por la puerta trasera, que lleva al olvido. Lo único creíble para cada desterrado son sus familias, cuidarse mutuamente, apoyarse entre ellos para trabajar como un mandato para evitar el estigma que los deshonra. No les resulta fácil organizarse política ni socialmente para desafiar al poder que criminaliza sus reclamos, sobre todo porque sus líderes siempre están en riesgo de ser asesinados. Su destino parece trazado con las coordenadas del sufrimiento, del desarraigo, de la intolerancia que los mantiene ocupados completando documentos, papeles que los pase de ilegales a legales, que los vuelva ciudadanos aunque sea de segunda o de tercera.

Los ojos se agrandan, se desorbitan, los labios se secan, la mente se bloquea, con la frecuencia de la desesperanza que se refleja en la impotencia y el abandono. Los medios, los farsantes medios que disparan sin cesar sus flashes cuando los ven llegar desaparecen, igual que los burócratas y los partidos políticos en campaña que anuncian incoherencias y replican odios. Todos se van, y solo queda ayudarse mutuamente y resistir hasta encontrar a los únicos que comprenderán su tragedia y les darán su solidaridad. Esos son los que son como ellos, es decir, los que son también extranjeros en su propio país que los rechaza, desplaza y discrimina por estar en condición de víctimas, enfermos, explotados, pobres en general, para quienes vivir no es un asunto del destino, sino un resultado de sus luchas por la dignidad y los derechos violentados sea en el territorio del infierno o en el paraíso.
mrestrepo33@hotmail.com

sábado, 2 de diciembre de 2017

Genios de la maldad que siembran odio para borrar la verdad

Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

 De Colombia podría decirse que hoy es un país sin guerra, pero no todavía un país en paz. En la guerra participaron, como en toda guerra del siglo XX, unos primeros (el estado y su entorno), unos segundos (insurgencias levantadas en armas contra el estado) y unos terceros (civiles, empresas, con vinculo o compromiso especialmente con el estado). Superada la guerra al estado corresponde respetar y hacer respetar los derechos humanos de toda la población, incluidos primeros, segundos y terceros de la guerra, pero además tiene el deber de garantizar el derecho a la memoria, a la reparación a las víctimas y a la verdad. Saber la verdad de lo ocurrido es una necesidad vital para que nunca más vuelva la guerra, no es solo un tema central para invocar la justicia o beneficiar a oportunistas electorales, es ante todo un factor de dignidad, un antídoto contra el odio que esta al cuidado de genios de la maldad que se niegan a ver curar las heridas y a permitir realizar los anhelos de paz.


Los genios de la maldad, producen cosas que resultan difíciles de creer, pero que ocurren y es más grave cuando la verdad revela lo ocurrido pero otros con la misma genialidad intentan borrarlas por segunda vez, no importa si usando la ley como instrumento o inventando mitos y falsedades. En toda guerra actúan primeros, segundos y terceros (como en las películas hay actores principales, secundarios y extras) y todos sin excepción son corresponsables de la tragedia humana, aunque con distintos niveles de implicación, sea por participación directa, ignorancia o inocencia. Los genios de la maldad están en muchas partes, pero tampoco en todas partes, y como buenos criminales su mejor capacidad es la astucia que tienen para diseñar y hacer el mal y saber borrar las huellas.

¿Cómo creer por ejemplo, que mientras ocurría la guerra en Colombia hubiera una política de horror extendida se cruzaran primeros segundos y terceros para sembrar miedo con motosierras para destrozar cuerpos humanos o con hornos crematorios para desaparecer huellas o con informes falsos para inventar enemigos y subir estadísticas de victorias inexistentes o cobrar por supuestas balas disparadas en operaciones de combate que nunca ocurrieron?. En cada cosa, en cada hecho hubo primeros, segundos y terceros en las escenas del horror y solo la verdad podrá liberar al país de la crueldad de ese pasado. La maldad en el país tiene raíces de poder, desigualdad, injusticia, otorga privilegios y sigue experiencias que aunque tenebrosas deben saberse, volverse parte de la verdad. 

En paralelo y como referencia para potenciar el momento sin guerra que vive Colombia, del holocausto nazi queda la enseñanza de que se supo la verdad solo después de terminado. Mientras los campos de exterminio estaban repletos de cadáveres nadie sabía de los infernales recorridos de los trenes transportando las víctimas, ni tampoco sabía que decenas de funcionarios -hombres y mujeres- con cargos militares o de oficina, hacían turismo por los ghettos para distraerse viendo la miseria de los judíos famélicos y hediondos y convencerse de que se estaba ayudando a morir para salvarlos.

¿Cómo creer que entre las cosas cotidianas de ese mismo holocausto había más temor a lavarse las manos con cierto tipo de jabón porque olía mal y daba asco, que ver asesinar sin piedad a un ser humano para hacer ese jabón?. El jabón del asco por tener mucha espuma resultaba bueno para lavar ropa y era el Doctor Spanner (destacada figura académica) quien hacia lo posible para que ese olor desapareciera y hasta se encargaba de pedirle a las empresas químicas que le enviaran aceites aromáticos. Nada habría de extraño en esa historia, si no hubiera sido porque una comisión de la verdad que se encargó de investigar los crímenes nazis en Polonia llamó a varios terceros para preguntar por lo que hacia ese Doctor. Dos profesores colegas suyos, después de insistir en que no sabían nada, reconocieron que el Doctor Spanner era una eminencia de la anatomía patológica pero que además era miembro del partido nazi. Uno dijo que  pudo suponer que Spanner si era capaz de producir jabón con los cuerpos de condenados a muerte y presos seguramente porque pudo haber recibido una orden que cumplió por ser miembro de un partido muy disciplinado.

El otro dijo que podría haber hecho el jabón por su preocupación con la situación del país que pasaba por un déficit de grasas y por el bien del estado. Un estudiante que ayudó respondió que a él nunca se le ocurrió pensar y que tampoco nadie nunca le dijo que hacer jabón con grasa humana era un delito, o que estaba mal. Otros señalaron que era normal y que además siempre se veía que al lugar donde estaban los tanques llenos de cadáveres y las cubetas con cuerpos partidos y desollados, solían ir respetables personalidades y profesores, y que incluso habían visto a los ministros de salud y de educación recibidos con honores por el rector de toda la academia de medicina con quien recorrían sin prisa en las instalaciones y laboratorios del instituto donde se producía el jabón.

La gente no tenía miedo del horror en marcha, porque no experimentaba la realidad en su totalidad, ni sabía del todo de la crueldad, ni la muerte tocaba a sus puertas, pero en cambio tenía miedo a lavarse con ese jabón, a pesar de que quienes lo producían reclamaban que de lo que hacían nadie tenía que saber nada, estaba prohibido hablar de eso, los estudiantes del instituto trabajan allí o se asomaban a ver pero nunca dijeron nada. Muchos sabían que el Doctor Spanner prefería cadáveres con cabeza, no los toleraba cosidos a balazos porque decía que daban mucho trabajo y se pudrían. Los mejores para él eran los de la casa de locos porque eran buenos y tenían cabeza. Solo cuando se acababan los cadáveres de reserva, echaba mano de decapitados.

La receta del jabón estaba a la vista colgada en la pared porque una asistenta la había traído del campo de exterminio y siempre salía bien, pero nadie parecía saber nada. La producción se hacía en el crematorio del Instituto y la dirigía el Doctor Spanner junto con el preparador jefe Von Bergen, que era el encargado de buscar los cadáveres. Una vez que fueron insuficientes Spanner usó su reputación para pedirles a los alcaldes que no enterraran los cuerpos que los necesitaran y ellos sabían para qué.

Para hacer el jabón, la piel era separada con máquinas y curtida para hacer quien sabe qué, pero en todo caso era para convertirla en mercancía, en objeto de lujo. Los estudiantes eran los encargados de separar la grasa de los cadáveres y guardarla aparte. Spanner era un civil que se alistó en las SS como médico, no fue al campo de guerra, ni mato a nadie con sus manos, fue un tercero que trabajo desde el instituto y al final se fue, quien sabe a dónde, pero antes de irse le mando a sus estudiantes que siguieran trabajando la grasa recogida durante el semestre e hicieran bien el jabón y trataran bien los huesos y limpiaran todo con perfección para que si alguien revisaba todo tuviera un aspecto como dios manda para que nadie supiera nada y que por favor quitaran la receta de la pared.

En una guerra de cincuenta años, que termina en medio con una telaraña de complejidades, hay terceros y segundos y primeros responsables, unos ayudaron, otros invirtieron, otros actuaron. Habrá quien diga que nunca nadie le dijo nada o que si algo ocurrió fue lejos de allí y habrá quienes le tengan miedo a algún olor que presuman viene de los cuerpos y la grasa de los muertos ajenos, pero no a la muerte misma. Decir la verdad, es asunto de primeros, segundos y terceros, una obligación ética para contribuir (más allá del tribunal de justicia y la ley) a decir la verdad, a hacer memoria para eliminar violencias. Hay que tenerle miedo a seguir en la oscuridad de lo ocurrido, dejar solos a los que se niegan a encontrar los claros de luz y hacer que de la guerra se sepa todo lo ocurrido, sus horrores, sus olores, sus temores, sus financiadores, sus benefactores y su genios de la maldad escondidos a veces entre la figura de respetables señores acorazados con el poder del actor principal de la guerra.

 -Notas tomadas del pequeño gran libro Medallones de Zofia Natkowska, editado en 1946. La autora, participó en la comisión de investigación de los crímenes nazis y expone allí ocho relatos que sirven para aprender a no olvidar la crueldad y a descubrir las cosas difíciles de creer, pero que así fueron.

mrestrepo33@hotmail.com