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sábado, 30 de noviembre de 2019

Nuestras vidas y el insustentable futuro capitalista



Por Homar Garcés:
El derretimiento acelerado de los glaciares como consecuencia de la actividad humana destructiva sobre la naturaleza hace prever a científicos y grupos ambientalistas una catástrofe de proporciones globales irreversibles. A esto se une lo que viene ocurriendo desde hace décadas en el vasto territorio de la Amazonía, víctima constante de la voracidad de hacendados y mineros que ven en su ocupación y explotación indiscriminada la manera segura de enriquecerse; contando para ello con la desidia y el beneplácito de algunos gobiernos de la región. Ambos hechos han condenado a la extinción a una infinidad de especies animales y vegetales, lo que escasamente ha merecido la atención de los medios de información más influyentes existentes, como de los gobiernos, de las principales naciones capitalistas desarrolladas.


Una situación que se repite sin alteración (salvo cuando esta es extrema) desde que en la década de los 80 se puso de manifiesto la gravedad representada por los niveles crecientes de polución y de reducción de la capa de ozono. En el caso concreto de la Amazonía, según datos aportados por algunas entidades públicas y privadas -estudiosas de los graves efectos de los incendios, las talas, el extractivismo y las labores agropecuarias que allí tienen lugar- estos adquieren un mayor impacto en aquellos espacios protegidos donde habitan pueblos originarios, muchos de las cuales son ordinariamente acosados y desalojados a la fuerza. Otro tanto puede afirmarse respecto a Centroamérica, México, Colombia o Filipinas donde ecologistas y dirigentes campesinos son asesinados, sin una acción efectiva del Estado para evitar y castigar tales delitos. En cualquier caso, el afán desmedido de ganancias que impulsa al sistema capitalista en general ha conducido a la humanidad entera a una situación difícil de sobrevivencia.

Durante la última Cumbre de Acción Climática realizada se puso de relieve -quizá con más apremio que antes- la comprensión de la unidad existente entre los derechos humanos y la crisis ambiental. Esto, como bien lo señalan muchos analistas sobre este tema, impone una acción global urgente que, en un primer momento, disminuya el incremento de la contaminación ambiental, lo cual, a su vez, exige la implementación de medidas continuas que coadyuven al establecimiento de nuevas relaciones de producción; lo que debiera conducir a largo plazo al reemplazo del capitalismo como sistema económico hegemónico por uno más racional y equitativo.

En afirmación de István Meszáros en su libro El desafío y la carga del tiempo histórico. El socialismo en el siglo XXI, “lo que resulta sistemáticamente ignorado -y que, dados los inalterables imperativos fetichistas e intereses creados del capitalismo mismo, tiene que ser ignorado- es el hecho de que, inexorablemente, vivimos en un mundo finito, con sus límites objetivos literalmente vitales. Durante largo tiempo en la historia humana, incluidos varios siglos de desarrollos capitalistas, fue posible ignorar -como en verdad ocurrió- esos límites con relativa seguridad. Sin embargo, una vez que ellos se hacen firmes, como categóricamente tienen que hacerlo en nuestra irreversible época histórica, no existe sistema productivo irracional y despilfarrador, sin importar cuán dinámico sea (de hecho, mientras más dinámico peor), que pueda escapar de las consecuencias. Tan sólo podría ignorarlos por algún tiempo, mediante una reorientación hacia la despiadada justificación del imperativo más o menos abiertamente destructivo de la autopreservación del sistema a toda costa: predicando la conseja de ‘no hay ninguna alternativa’, y, ya en ese espíritu, dejando a un lado o, cuando no haya necesidad, eliminando brutalmente incluso las señales de alarma más obvias que presagian el insustentable futuro”.

Ello supone acceder a una visión de la sociedad radicalmente distinta. No únicamente a la que debiera existir bajo el imperio del mercado y la expansión desarrollista del capitalismo. Frente a semejante realidad, se hace imperiosa la instauración de un modelo económico social, autónomo y solidario, en armonía con la madre naturaleza y con la existencia humana, con patrones diferentes de progreso y, por ende, de consumo; todo ello como la última (si no, la única) opción de la humanidad para continuar morando en toda la faz de la Tierra. 

mandingarebelde@gmail.com


sábado, 23 de noviembre de 2019

Sin ética revolucionaria ninguna revolucionaria florece



Por Homar Garcés:

Comúnmente, se define a la ética como la rama de la filosofía que estudia los contenidos de la moral. Bajo esta orientación, bien se puede compartir lo concluido por el Colectivo Gramsci, Pensamiento y Acción, respecto a que ésta “nace del impulso creador interno, que proviene de la formación moral del sujeto que decide regir su vida por principios, actuar correctamente, basado en un código de valores que se resume en la honestidad. La ética nace de la moral -que es interna- y se realiza en las relaciones del sujeto con su mundo circundante, en el que lo interno coincide con lo general y lo abstracto”. Configura, por tanto, un proceso de retroalimentación que va de lo particular (o individual) a lo general (o colectivo) y viceversa, por lo que tratar de limitarlo o de impedirlo en atención a la preservación de los paradigmas existentes hará de ésta una cuestión accesoria, solo convenientemente citada cuando las circunstancias exijan algún tipo de control y/o censura social.



Aplicada al ámbito político (y muy especialmente a lo que debiera representar y accionar una revolución que se imponga como meta estratégica la transformación integral del modelo civilizatorio en que comienza a desarrollarse), la ética tendría que manifestarse -aunque no se quiera- a favor del bien colectivo, haciendo caso omiso del interés personal y de la solidaridad partidista que suele emerger, por ejemplo, cuando se conocen delitos de corrupción, aun el más difuso de todos. Pero ello no se obtendrá simplemente con el cumplimiento de las leyes vigentes. Ni con una postura retórica. Hará falta ocuparse en la construcción sincronizada de conciencias y de amplios espacios de solidaridad y de compromiso social, lo que hará imprescindible activar mecanismos colectivos suficientemente democráticos, de manera que ésta se haga algo natural y permanente; en especial cuando se trate de satisfacer las justas reivindicaciones de los marginados, oprimidos y explotados.

Como quiera que se vea, sin ética ninguna revolución florecerá. Al plantearse la necesidad de cimentarla, no cabe suponer que la misma contenga los mismos paradigmas de intolerancia del modelo de sociedad a transformar, repitiendo, de alguna forma, algunas experiencias del pasado. La comprensión de tal necesidad debe incluir el hecho de vivir en un tipo de civilización que le concede una excesiva importancia a las riquezas y al estatus social, cuestión que, muchas veces, marca el comportamiento de no pocas personas; haciendo difícil, por ende, concretar los cambios revolucionarios enunciados. Citando a John Holloway, “vivimos en una sociedad antagónica y estos antagonismos nos atraviesan a nosotros. Nos declaramos anticapitalistas, pero tenemos la cabeza llena de ideas generadas por el capitalismo. Nos declaramos precapitalistas, pero en la práctica cotidiana luchamos de mil maneras contra la agresión del dinero y por hacer las cosas de otra forma. Nuestra existencia es una existencia contradictoria y en la lucha contra el capitalismo tenemos que reconocer y manejar estas contradicciones, no buscar una pureza revolucionaria que no puede existir. La búsqueda de la pureza nos lleva muy fácilmente a descalificar a todos los que no comparten nuestra perspectiva precisa. El reto revolucionario es más bien promover la confluencia de las rebeldías que existen dentro de todos nosotros”.

No se puede, ni se debe, por consiguiente, desconocer la influencia o el papel preponderante que la ética y la moral cumplen en lo que debiera ser una verdadera revolución. Basarla única o casi exclusivamente en logros de inclusión social, cultural, política y económica no será suficiente si las estructuras que los impedían se mantienen intactos, ya que -al no profundizarse, ni consolidarse, basados en una nueva ideología y conciencia social- podrían anularse a través del tiempo. La revolución sería, en ese caso, una pretensión fantasiosa y no la utopía de lo posible.

 mandingarebelde@gmail.com

sábado, 27 de julio de 2019

Realidad ficticia y realidad real del antichavismo



 Por Homar Garcés:

El antichavismo -tanto el profesado dentro como el profesado fuera de Venezuela- parte de una convicción que se pretende universal, única y, por ende, verdadera. Dicha convicción, como lo muestra la historia reciente del país, se sustenta en los prejuicios inculcados, legitimados y divulgados por los sectores dominantes de la sociedad venezolana, los cuales apenas han sido matizados por el tiempo; todos centrados en negar la condición humana y el acceso amplio a la democracia de los sectores populares. Siendo ello cierto, a los grupos antichavistas les anima un espíritu revanchista, deseosos de revertir, por cualquier vía a su alcance, la realidad trastocada bajo el influjo del presidente Hugo Chávez que le da al pueblo la posibilidad de ser el sujeto histórico de su emancipación integral en vez de resignarse a la soberanía retórica a la que se le acostumbrara durante la hegemonía bipartidista del pacto de Punto Fijo.


De esta forma, la oposición ha echado mano de los terrores atávicos que fueran alimentados y difundidos por medio de la gran industria ideológica de Estados Unidos para contener el avance del comunismo, en muchos casos con la abierta complicidad militante de la alta jerarquía católica (como se constató en pleno apogeo de las dictaduras del cono sur de nuestra América), lo que convirtió cualquiera referencia a la revolución bolivariana o al socialismo en blanco de anatemas, rechazos y odios, a pesar de contemplar el bienestar general de las venezolanas y los venezolanos. Esto se exacerbó más cuando la clase gobernante estadounidense percibió que sus intereses peligraban en la amplia región sudamericana de expandirse la influencia de los cambios revolucionarios suscitados en Venezuela, por lo que propició el golpe de Estado de 2002, así como el sabotaje petrolero, con la intención nada disimulada de acabar con esta experiencia.

Desde entonces hasta ahora, la derecha local (orientada y respaldada por sus mentores del exterior) se ha empeñado reiteradamente en convencer la opinión pública que sus propios intereses están asociados a los del pueblo venezolano, así como al altruista deseo de recuperar la economía, la democracia y la independencia del país, de lo cual acusan a una supuesta dictadura que le permite maniobrar sin muchas limitaciones, pese a los flagrantes delitos cometidos, conformando éstos, en muchos casos, delitos de lesa humanidad y de traición a la Patria. Los hechos ocurridos en esta última década desmienten totalmente este supuesto deseo.

En medio de ello, la oposición diseñó a su medida una realidad ficticia donde sus representantes son los máximos héroes mientras que los chavistas representan todo lo malo que pudiera existir sobre la faz de la Tierra, tan al gusto de los imperialistas gringos al auto atribuirse la condición de defensores de la libertad y endilgarles a sus rivales la odiosa tendencia de causar pobreza, represión y destrucción a granel. Visto tal escenario, la derecha estaría exenta de responsabilidad de todo bloqueo económico, de toda amenaza de invasión militar gringa, de toda intolerancia política y de toda la violencia y las muertes causadas en estos últimos años, pues su simple intención de sacar del poder al chavismo justificaría cualquier acción que se ejecute por lograrla.

Esta realidad ficticia, afincada mayormente en las razones especialmente particulares de quienes la crean y la creen, choca, sin embargo, con la realidad real del país, con un pueblo que ha soportado estoicamente, aparentemente sin mucho razonamiento ideológico de su parte, las estocadas mortales de la dirigencia opositora.

Esta realidad -grandemente ininteligible para los enemigos del gobierno- conforma una enorme barrera ante la realidad irracional que éstos aspiran instituir en Venezuela, con lo que tendrían que admitir, como cosa mínima, que les tocaría en suerte coexistir con ella y asumir, de verdad, un mejor papel del hasta ahora representado, en sintonía con los intereses compartidos de la mayoría de los venezolanos y las venezolanas. 

mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 5 de junio de 2019

Palestina y la nueva historia develada del sionismo



 Por Homar Garcés:

Shlomo Sand, profesor de Historia de Europa en la Universidad de Tel Aviv y autor, además, del libro "La invención del pueblo judío", ha cuestionado algunos principios de la historia sionista oficial, lo que -aparte de los ataques de quienes se sienten afectados por sus afirmaciones- ha generado polémicas de diversos tonos en torno a lo que constituye el soporte principal de esta ideología supremacista; ganándose descalificaciones que, incluso, lo equiparan con un nazi.



El controvertido profesor no solo osa expresar públicamente que «el Estado de Israel dice que es el Estado del pueblo judío y que es un Estado democrático y judío, y eso es un oxímoron, una contradicción. Un Estado democrático pertenece a todos sus ciudadanos. Una cuarta parte de los ciudadanos de Israel no son judíos, pero el Estado dice que pertenece sólo a los judíos. Hay leyes que dicen que el Estado es judío, y que el Estado no está abierto a los demás». También ha sido capaz de establecer una raíz común que uniría al judaísmo con el pasado del pueblo palestino, siendo este descendiente de los judíos (hebreos o israelíes) originarios, y rebate la historia difundida de que haya se producido un exilio forzado por el Imperio romano que dispersó a éstos por gran parte del mar Mediterráneo, como aparente castigo por la crucifixión sufrida por Jesús de Nazaret.

Tales elementos socavan las bases presuntamente históricas del sionismo. Incluso permite establecer el origen del judaísmo en Europa, en los tiempos iniciales de la cristiandad, luego que el emperador Constantino percibió la ventaja política que obtendría al decretarla religión oficial. Ello sirvió de base para establecer que los judíos conforman un pueblo y no simplemente profesan una religión (el judaísmo), por lo que, en una vasta parte de Europa se les segregó, expulsó y masacró hasta llegar al nefasto capítulo de la Segunda Guerra Mundial cuando Hitler y sus seguidores pretendieron borrarlos definitivamente de la faz del planeta; lo que motivó su asentamiento (por convenio del imperio británico con banqueros de origen judío) en territorios ancestralmente ocupados por el pueblo de Palestina, convirtiendo, de paso, la región del Medio Oriente en un polvorín con pocas opciones de paz.

Si se consideraran válidas tales afirmaciones, quizás cambiara la percepción de mucha gente en relación con el conflicto palestino-israelí, enfocándose en lo que es su raíz política y cultural más que en el aditivo seudo religioso con que se pretende disminuir y obviar, atribuyéndose a un dios que, aparentemente, no discrimina a ninguna persona por su color de piel u origen étnico, pero que mantiene una relación muy especial con los descendientes de Abraham y de sus hijos.

Más aún al determinarse que una parte significativa de quienes han ocupado a sangre y fuego, con la complicidad tácita y directa de los gobiernos de Occidente, provienen de naciones diversas de Europa oriental y Estados Unidos, de donde aprendieron y asimilaron los principios racistas y colonialistas insertados en el eurocentrismo.

De todo esto se puede extraer que los teóricos del sionismo manipularon la historia a su conveniencia, así como supieron aprovechar las conexiones políticas con gobiernos que quisieron, en apariencia, resarcir el daño cometido por los nazis. Su propaganda ha sido tan efectiva que muchas personas creen que la maquinaria de guerra impulsada por Hitler tuvo como único objetivo la liquidación física y cultural del judaísmo, pasando por alto lo sufrido por los pueblos eslavos (incluida la URSS), los militantes comunistas, los gitanos, los homosexuales y otras personas que no suelen figurar de modo protagónico en la cinematografía hollywoodense; logrando simultáneamente que toda alusión crítica o condenatoria respecto a esta realidad sea tildada de antisemita y se legitime el derecho invocado por el sionismo desde hace más de medio siglo de tomar posesión total del territorio palestino aunque esto suponga desplazar a familias enteras de sus legítimos hogares y el hostigamiento criminal contra éstas, sin que la comunidad internacional intervenga de forma efectiva y permanente para impedir este constante atropello.

mandingarebelde@gmail.com

sábado, 1 de junio de 2019

Al final quién apagará la luz



Por Homar Garcés:

La eviterna amenaza de Donald Trump contra el gobierno de Nicolás Maduro, jugando a ser el dueño de todo el planeta, ordenando sanciones a diestra y siniestra a aquellos regímenes que cataloga de hostiles e inconvenientes a la existencia de Estados Unidos como nación, no solamente ha tenido por consecuencia la puesta en servicio de un liderazgo forzado, encarnado en Juan Guaidó, al extremo de pretender su reconocimiento como presidente (interino o no) de Venezuela, sino también el de inducir entre alguna gente la idea que esta acción imperialista ayudará a resolver, de una vez por todas, los diversos problemas y necesidades confrontados a diario por los venezolanos.


Frente a tal situación, no podrá obviarse la actitud autocomplaciente de algunos gobernantes y funcionarios del chavismo que dan por descontado el desgaste de los grupos opositores y, de forma automática, su misma permanencia en el usufructo del poder, a pesar del malestar innegable de un grueso porcentaje de ciudadanos venezolanos que se afanan en capear la difícil realidad económica que les toca vivir a diario. Muchos de ellos al margen de la diatriba política, no por una indiferencia absoluta -como pudiera calificarse- respecto a la pugna que mantienen chavistas y opositores por el control del poder sino por la necesidad de asegurar la adquisición de los productos alimenticios y medicinas, aunque esto signifique caer en las garras de usureros, especuladores y acaparadores, erigidos en los grandes decisores del destino económico de este país.

Nadie objetará, por tanto, el hecho que, gracias a la corrupción extendida en todos los niveles de los poderes públicos, la situación presente en Venezuela tiende a agudizar la desconfianza natural de los sectores sociales hacia el Estado, lo que abona la propaganda opositora en cuanto a las culpas del gobierno de Maduro como el causante directo de todos los males sufridos en estos últimos años.

Este elemento, por cierto, representa una de las principales piedras de tranca con que debería enfrascarse la dirección política del chavismo en una lid permanente, de manera que se logre que la maquinaria del Estado funcione de manera transparente, puntual y eficaz en beneficio del interés colectivo. Un reclamo popular que parece perderse a la hora de los diagnósticos y de las propuestas que, de vez en cuando, se dan a conocer en medio de cada coyuntura; prefiriéndose dejarlo a un lado para no dañar, aparentemente, el proceso de cambios iniciado por Hugo Chávez, sobre todo, si en el mismo está envuelta gente de alta jerarquía política.

Si bien es cierto también que, en el ámbito político, llevado al extremo, especialmente entre las filas de la derecha opositora, se evidencia un afán por desatar un clima de violencia y de destrucción generales que acelere la caída del chavismo gobernante, con tropas extranjeras incluidas, al estilo de Daenerys Targaryen en Juego de tronos, lo mismo cabría afirmar respecto a su contraparte, pero con métodos distintos. Ya no solamente por causa de la corrupción sino, básicamente, por la falta de respuestas ante la problemática presentada por los sectores populares y, adicionalmente a ello, de continuidad y consolidación de las políticas públicas que apuntan a la construcción de un poder popular suficientemente autónomo para transformar estructuralmente el Estado vigente.

No está demás reconocer que esto lo propicia un segmento significativo de burócratas de diferentes niveles, desde quienes ejercen cargos de representación popular hasta el de menor incidencia en los asuntos públicos; afectados todos por el síndrome de Hubris, transmitido por el eurocentrismo a través de las instituciones coloniales españolas que dieron nacimiento a los procedimientos administrativos y a las estructuras estatales actuales.

Como consecuencia, muchos venezolanos han optado por aprovecharse de cada ocasión difícil padecida por sus compatriotas con ofertas de productos variados, cuyos pagos son exigidos (sin estar legalizados) en dólares, en un escenario donde poco importa si el contrabando de alimentos y gasolina afecta o no a una gran mayoría de familias, si la la especulación con las medidas produce o no la agonía y la muerte de quienes las requieren; si el descarado injerencismo del imperialismo gringo significa o no aceptar el condicionamiento y la subordinación de la soberanía nacional a poderes extranjeros; o si la pérdida de valores no acelerará la ingobernabilidad del país, como alguna minoría desquiciada así lo desea en beneficio de sus mezquinos intereses.

Sin embargo, otros, contrariamente a todo lo expuesto, prefieren echar mano a la creatividad y aprovechar la oportunidad histórica de deshacerse de la cultura antidemocrática creada a la sombra de la lógica capitalista y del Estado burgués liberal imperantes, con el compromiso revolucionario de levantar en su lugar un nuevo modelo civilizatorio, un tipo diferente de economía y una democracia realmente popular y participativa.

A pesar de cualquier conclusión pesimista relacionada con el futuro de Venezuela, cuesta aceptar que no vale la pena tanto esfuerzo por revertir las condiciones presentes. Cabría entonces preguntar quién apagará las luces al final de todo, en una imagen apocalíptica que apenas se atreven a percibir los principales protagonistas de este drama nacional, pero que, pese a no advertirlo, no deja de ser materia de primera importancia en cualquiera agenda de cambios que se proponga como alternativa al acoso internacional y la crisis interna de Venezuela. –

mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 22 de mayo de 2019

La utopía del neoliberalismo es la distopia de los pobres


Por Homar Garcés:

En su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», Boaventura de Sousa Santos revela que «la utopía del neoliberalismo es conservadora, porque lo que hay que hacer para resolver todos los problemas es radicalizar el presente. Esa es la teoría que está por detrás del neoliberalismo. O sea: hay hambre en el mundo, hay desnutrición, hay desastre ecológico; la razón de todo esto es que el mercado no ha logrado expandirse totalmente. Cuando lo haga, el problema estará resuelto».



Frente a semejante realidad, el mismo autor propone: «Tenemos que cambiar esta utopía conservadora por una utopía crítica, porque aún las utopías críticas de la Modernidad -como el socialismo centralizado- se convirtieron, con el tiempo, en una utopía conservadora». En la actualidad, muchos movimientos sociales y políticos libran una desigual batalla contra las pretensiones neoliberales de abarcar y controlar la totalidad de la vida, ya no solamente en lo que comprende la explotación de la fuerza de trabajo o de los recursos de la naturaleza sino también (en algunos casos, con especial predilección) las conductas y la forma de pensar de todas las personas, en una estrategia de dominio global que apenas ha merecido la atención de las grandes mayorías.

Si se profundizara el estudio de estas mismas luchas se extraerá como rasgo común la aspiración colectiva a un nuevo orden mundial en el cual no exista ya una hegemonía, única, que termine por subyugar por entero a la humanidad. Ni siquiera en su versión pluripolar o multicéntrica, puesto que la misma implica la reproducción de la existente. De racionalizarse semejante posibilidad, se abrirían vías a una transición civilizatoria global más racional, tanto en lo relacionado con la armonía que debiera existir entre todos los seres humanos como entre éstos y la naturaleza que les sirve de soporte de vida.

Sería preciso producir entonces subjetividades rebeldes, capaces de noúnicamente cuestionar el orden vigente sino de originar unos nuevos paradigmas, adecuados a las condiciones particulares de nuestras naciones, en vez de subjetividades conformistas que, a pesar de las quejas, las dificultades y las decepciones, terminan por aceptar la realidad tal cual se la presentan los sectores interesados, como están, en que ésta jamás cambie, al menos en sus aspectos básicos, asegurándose, precisamente, la preeminencia que ostentan frente al resto del conjunto social.

Hay que ser capaces, por consiguiente, de tener una visión más amplia de nuestro presente, sometido como se halla por quienes han decidido cuál es el destino que le correspondería vivir a la humanidad y, con ella, a la naturaleza en general, en una especie de régimen corporativo a manos de los grandes consorcios transnacionales que controlan el mercado capitalista global. De ocurrir esto, no es imposible que se dé nacimiento a una nueva concepción de lo que serían en lo adelante la dignidad y la conciencia humanas en consideración de lo que ha sido hasta ahora el modelo civilizatorio capitalista.

mandingarebelde@gmail.com

sábado, 11 de mayo de 2019

LA UTOPÍA DEL NEOLIBERALISMO ES LA DISTOPÍA DE LOS POBRES


Por Homar Garcés:

En su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», Boaventura de Sousa Santos revela que «la utopía del neoliberalismo es conservadora, porque lo que hay que hacer para resolver todos los problemas es radicalizar el presente. Esa es la teoría que está por detrás del neoliberalismo. O sea: hay hambre en el mundo, hay desnutrición, hay desastre ecológico; la razón de todo esto es que el mercado no ha logrado expandirse totalmente. Cuando lo haga, el problema estará resuelto».


Frente a semejante realidad, el mismo autor propone: «Tenemos que cambiar esta utopía conservadora por una utopía crítica, porque aún las utopías críticas de la Modernidad -como el socialismo centralizado- se convirtieron, con el tiempo, en una utopía conservadora». En la actualidad, muchos movimientos sociales y políticos libran una desigual batalla contra las pretensiones neoliberales de abarcar y controlar la totalidad de la vida, ya no solamente en lo que comprende la explotación de la fuerza de trabajo o de los recursos de la naturaleza sino también (en algunos casos, con especial predilección) las conductas y la forma de pensar de todas las personas, en una estrategia de dominio global que apenas ha merecido la atención de las grandes mayorías.

Si se profundizara el estudio de estas mismas luchas se extraerá como rasgo común la aspiración colectiva a un nuevo orden mundial en el cual no exista ya una hegemonía, única, que termine por subyugar por entero a la humanidad. Ni siquiera en su versión pluripolar o multicéntrica, puesto que la misma implica la reproducción de la existente. De racionalizarse semejante posibilidad, se abrirían vías a una transición civilizatoria global más racional, tanto en lo relacionado con la armonía que debiera existir entre todos los seres humanos como entre éstos y la naturaleza que les sirve de soporte de vida.

Sería preciso producir entonces subjetividades rebeldes, capaces de no únicamente cuestionar el orden vigente sino de originar unos nuevos paradigmas, adecuados a las condiciones particulares de nuestras naciones, en vez de subjetividades conformistas que, a pesar de las quejas, las dificultades y las decepciones, terminan por aceptar la realidad tal cual se la presentan los sectores interesados, como están, en que ésta jamás cambie, al menos en sus aspectos básicos, asegurándose, precisamente, la preeminencia que ostentan frente al resto del conjunto social.

Hay que ser capaces, por consiguiente, de tener una visión más amplia de nuestro presente, sometido como se halla por quienes han decidido cuál es el destino que le correspondería vivir a la humanidad y, con ella, a la naturaleza en general, en una especie de régimen corporativo a manos de los grandes consorcios transnacionales que controlan el mercado capitalista global. De ocurrir esto, no es imposible que se dé nacimiento a una nueva concepción de lo que serían en lo adelante la dignidad y la conciencia humanas en consideración de lo que ha sido hasta ahora el modelo civilizatorio capitalista.

mandingarebelde@gmail.com

sábado, 13 de abril de 2019

Crisis económica y crisis ecológica

Por Homar Garcés:

Manifestación de una crisis civilizatoria Global

Expuesta a una vulnerabilidad ascendente y extrema, a la humanidad entera se le plantea actualmente resolver con diligencia y sensatez los graves problemas de contaminación ambiental causados -principalmente- por el sistema capitalista. Algo que no se podrá obviar aunque sus apologistas afirmen todo lo contrario. La prueba es el cambio climático (más bien, la catástrofe climática) que amenaza con barrer todo vestigio de vida sobre la Tierra. Esto, no obstante, es reiteradamente negado por sus principales beneficiarios -representados por las grandes corporaciones transnacionales que explotan recursos naturales de una diversidad de naciones y controlan a su antojo el mercado internacional capitalista- haciendo creer que todo ello es normal y es el precio que se ha de pagar para alcanzar y disfrutar las bondades del progreso.


Mientras algunos dirigentes políticos, algo más conscientes que otros, probablemente presionados por la opinión pública, consideran que sólo bastan algunas regulaciones acordadas por los gobiernos, al estilo del Protocolo de Kioto o la Convención sobre Cambio Climático, otros hacen gala de una completa ignorancia respecto a dicho tema, cuyo ejemplo más inmediato es el presidente Donald Trump.

Posiciones que no ayudan a definir con mayor claridad el meollo de este delicado asunto, dejándolo en un segundo plano. En este caso, la solución implica una revolución en términos absolutos que transforme por completo el modelo civilizatorio actual, el cual -no está de más recordarlo- se basa en la lógica capitalista y crea un cúmulo de contradicciones y de relaciones de poder que pone en constante tensión a la mayoría de los ciudadanos, afectados, directa e indirectamente, por éste.

Tal como lo denota Win Direckxsens en La transición hacia el postcapitalismo: el socialismo del siglo XXI, “el incremento en la velocidad de la rotación del capital significa una intensificación en la explotación de recursos naturales. El ritmo de reproducción de capital supera cada vez más el ritmo de reproducción en la naturaleza. Esta tendencia se desarrolla a costa de la naturaleza y en detrimento del medio ambiente, algo que ya se manifiesta a gritos a partir de los años setenta”. Como se ve comúnmente en el caso de las naciones sudamericanas que comparten la variada y rica extensión territorial de la Amazonía (preservada desde hace siglos por los pueblos originarios que la habitan), la cual es blanco de la mirada codiciosa de las grandes corporaciones transnacionales por la biodiversidad y la gran porción de recursos minerales estratégicos que alberga, todos indispensables para la continuidad del estilo de vida consumista de Occidente, causante principal del alarmante deterioro medioambiental sufrido a escala mundial.

Para muchos analistas, la crisis económica a nivel global se revela paralelamente con la crisis ecológica suscitada, de un modo general y constante, por el capitalismo, lo que conduciría, a su vez, a entablar un serio cuestionamiento de lo que representa el modelo civilizatorio actual para la sobrevivencia de todo género de vida en la Tierra. Es vital comprender que el sistema capitalista es víctima de la paradoja de no poder no expandirse; es decir, si éste permanece estable, se estanca y muere, cuestión que no importara mucho si la misma no representara un holocausto general, de incalculables proporciones. Es imperativo que se geste cuanto antes una justicia social y ambiental en armonía con la naturaleza. No sólo en interés del beneficio humano.

Hacen falta, por tanto, unas nuevas o renovadas cosmovisiones que hagan parte a los seres humanos de la naturaleza, de un modo similar a las observadas en todos los pueblos originarios que han mantenido un estrecho vínculo con su entorno, sin que ello se interprete como una regresión utópica automática sino como la necesidad de emprender un nuevo rumbo civilizatorio, diferente en mucho (o en todo) al existente. 

mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 27 de febrero de 2019

Chavistas, antichavistas y las otras opciones



Por Homar Garcés:
Gracias, sobre todo, a la influencia de los diferentes medios de información, incluidas las llamadas redes sociales, dentro y fuera de Venezuela se tiende a percibir y a calificar la lucha por el poder entre el chavismo gobernante y la oposición de derecha como una simple confrontación de estirpe político-ideológica, obviando, como es de suponer, las características y los antecedentes históricos que hicieron posible la actual situación.

Algo que, si profundizáramos sobre este tema, sabríamos que ella se remonta a los albores de la república cuando, en medio de la liberación de España, se desarrollaba -quizás con un mayor ahínco- una lucha social que igual asustaba, por sus consecuencias igualitarias, a los seguidores del antiguo régimen como a los mantuanos ahora convertidos en los nuevos gobernantes del ancho territorio venezolano.
Tal simplificación cumple un claro objetivo: la polarización de las fuerzas políticas enfrentadas. De esta manera, no habría, en apariencia, ninguna otra opción, salvo las existentes, lo que, de triunfar una sobre la otra, significaría la extinción de toda expresión de disidencia y de pluralismo democrático.

No obstante, en medio de todo esto se observa que muchos opositores al régimen chavista no comparten las estrategias y los métodos empleados por su alta dirigencia política, la cual ha llegado al extremo de incitar a una violencia de corte racista y clasista que la iguala a la del Klu Klux Klan y los supremacistas blancos estadounidenses; pero que no condenan abierta y contundentemente, haciéndose así en cómplices implícitos de lo que aquella diga, haga y decida.  
Lo que se extiende al apoyo interesado de gobiernos y de sectores explícitamente derechistas, con Estados Unidos presidiéndolos, lo que desembocaría eventualmente -de acuerdo a las amenazas proferidas reiteradamente- en una invasión militar para echar del poder a la cúpula chavista.

Otro tanto les ocurre a quienes, sea por profundas diferencias de todo orden con la clase gobernante, desafían a su modo la hegemonía ejercida hasta ahora por el chavismo. Entre éstos se ubicarían militantes de organizaciones de la izquierda revolucionaria, participantes de las dos insurrecciones producidas en 1992 y ciudadanos que comparten los postulados de la democracia participativa y la igualdad social, pero que no gustan de las referencias a Marx o de cualquiera de sus seguidores teóricos por considerarlos ajenos a la idiosincrasia venezolana y por responsabilizarlos (sin mucho argumento) de la nefasta experiencia sufrida por algunos pueblos bajo gobiernos aparentemente comunistas.

Entre los primeros, se distinguen a los que secundaron en sus aspiraciones presidenciales a Hugo Chávez como fórmula para allanar la vía de la construcción del socialismo en el país y se desplazara a los sectores políticos, económicos y sociales que surgieron al amparo del pacto de Punto Fijo. Algunos de éstos migraron de sus partidos políticos de origen, quizás con la ingenua esperanza de contribuir a darle un perfil realmente revolucionario y socialista a la nueva organización creada y liderada por Chávez.

Igualmente, muchos chavistas, aún adheridos al gobierno y al PSUV, pero sin ostentar cargo alguno en sus distintas estructuras, mantienen cierta beligerancia con aquellos que se hallan en las esferas del poder locales y regionales, especialmente notoria en época electoral, a los cuales cuestionan su corrupción, ineficiencia, nepotismo y demagogia, sin que ello tenga mayores repercusiones en lo que sería un cambio de percepción entre los sectores populares que obligue al chavismo gobernante a recapacitar y a producir la transformación política, económica, cultural y social esperada. Dentro de esta gama, es difícil precisar una diferencia entre unos y otros, utilizando éstos un mismo lenguaje y la misma simbología encarnada en Hugo Chávez en su propósito común de ganar y conservar la simpatía mayoritaria del pueblo.

Sin embargo, pese a su aparente marginalidad, existen grupos sociales y políticos con una serie de planteamientos sólidos y propios que podrían remontar la dicotomía chavismo/antichavismo. Aunque ellos se ubican en contextos de lucha que, a simple vista, son disímiles, sus objetivos primordiales son coincidentes. Varios lo hacen desde un plano abiertamente electoral mientras otros prefieren hacerlo desde la organización y el combate populares, de modo que se concrete verdaderamente la soberanía del pueblo y éste provoque el cambio estructural del Estado burgués liberal todavía vigente. Su desventaja principal consiste en la falta de una articulación efectiva con el resto de organizaciones, a veces ocasionada por la actitud personalista y sectaria de sus integrantes; en otras porque no se comprende la necesidad estratégica de dicha articulación y se contentan con el pequeño espacio que puedan ocupar.

Entretanto, gobierno y oposición se aprovechan de estas circunstancias; haciéndoles ver a venezolanas y venezolanos que, fuera de ellos, no existirían terceras opciones, portadoras de propuestas válidas que trasciendan sus ofertas conocidas. Su mayor ventaja estriba en que han acaparado a lo largo de casi veinte años todos los medios de información disponibles, incrementada, además, por las cadenas noticiosas internacionales, empeñadas en influir en la opinión pública (interna y externa), en favor o en contra de la posición ideológica que cada una defiende.

Frente a este escenario, los grupos disidentes del chavismo y de la oposición derechista tendrían que hacer acopio de esfuerzos, sintetizar sus objetivos en una misma plataforma de lucha y proponerse -con la seriedad que esto amerita- la conformación de un amplio frente de ciudadanos, capaces de asumir el reto que supone una radical transformación democrática del país. –
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viernes, 28 de julio de 2017

La lucha popular y el engranaje capitalista global

Por Homar Garcés
Como se sabe, el capitalismo euro-yanqui y, junto con él, todo sentido del modelo de sociedad occidental, se desarrolló a partir de 1492 a costa, principalmente, de la explotación de los ricos yacimientos minerales de nuestra Abya Yala, además de la mano de obra esclavizada y semi esclavizada, tanto de nuestros pueblos originarios como de los africanos secuestrados de su continente.

Este detalle histórico es importante enfatizarlo a la hora de determinar el por qué, pese a su diversidad de riquezas naturales, nuestras naciones acabaron siendo relegadas -luego de un proceso de recolonización que para muchos se hizo imperceptible y, en algunos casos, justificado- a la función de seguros proveedores de materias primas y mercados estables para la colocación de los productos manufacturados, primero en Europa occidental y posteriormente en territorio estadounidense; obteniendo sus empresarios fabulosos dividendos. Esto hizo que nuestras naciones -al conformar la periferia de este engranaje capitalista global- fueran regidas por elites sumisas a la voluntad e intereses de las grandes corporaciones europeas y estadounidenses, tras la fachada de una democracia “representativa”, o “delegaría”, supuestamente al servicio del pueblo, pero que -en la práctica- no escatimaba recurso alguno para aplacar y disolver cualquier intento por cambiar (por nimio que este fuera) el orden establecido y, de no lograrlo, siempre se contaría con una dictadura fascista siempre oportuna y hecha a la medida para lograr resultados más radicales, efectivos y expeditos. En el presente, el poder monopólico del capital es extensivo a toda la Tierra, independientemente de si existen regímenes que se proclamen contrarios a su hegemonía.

Para prolongar su existencia, el sistema capitalista global recurre a tres estrategias exitosas, según sus parámetros y objetivos: 1.- lograr que las personas centren sus vidas en el consumo, sin importar si el mismo es fundamental o no, haciéndolas aceptar sumisamente la realidad que las circunda; 2.- disminuir los salarios y causar desempleo, como reformas esenciales recomendadas por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, de manera que a los trabajadores asalariados les intimide reclamar mayores beneficios y padezcan la incertidumbre de no disponer de suficientes recursos económicos para subsistir y, menos, de un empleo medianamente remunerado; y 3.- producir crisis, de manera cíclica, que serán solventadas mediante el otorgamiento de ventajas preferenciales de todo tipo a quienes controlan el mercado y la propiedad privada de los diferentes medios de producción.

A todo lo anterior, habrá que agregar la guerra como la forma más eficaz utilizada para ejercer control sobre territorios ricos en recursos naturales de interés estratégico. Esta última -ante los roces entre las grandes potencias, o entre éstas y algunas naciones consideradas de la periferia, pudiera desencadenarse en cualquier instante, repitiéndose la desastrosa experiencia de las dos Guerras Mundiales del siglo pasado. Algo que pocos, aún aquellos desprovistos de una experiencia y unos conocimientos militares mínimos, no descartan del todo.

Todo esto apunta, en una perspectiva que algunos calificarán, sin duda, exagerada, a la eventual conformación de una nueva modalidad de Estado supranacional bajo la égida directa de Estados Unidos (cuyos antecedentes podrían representarlos Puerto Rico y, en alguna proporción, el ALCA); lo que podrá alcanzarse tras cooptar, derrotar y/o neutralizar a movimientos de liberación nacional (revolucionarios y socialistas), o de gobiernos nacionalistas, progresistas y/o populistas en cada país objeto de la atención del poder monopólico capitalista.

Según revela Ladislau Dowbor, economista brasileño, en una de sus obras- «el poder mundial realmente existente está en gran parte en manos de gigantes que nadie eligió, y sobre los cuales cada vez hay menos control. Son billones de dólares en manos de grupos privados cuyo campo de acción es el planeta, mientras que las capacidades de regulación global van a gatas. Investigaciones recientes muestran que 147 grupos controlan el 40% del sistema corporativo mundial, siendo el 75% de ellos, bancos. Cada uno de los 29 gigantes financieros genera un promedio de 1,8 billones de dólares, más que el PIB de Brasil, octava potencia económica mundial. El poder ahora se ha desplazado radicalmente». Esto es algo serio que debiera preocupar sobremanera a quienes, desde los diferentes movimientos políticos y populares, cuestionan y combaten la lógica capitalista, en vista que su sola factibilidad supone una verdadera amenaza para la vigencia de los derechos democráticos de todos los pueblos e individuos.

En la circunstancia definitoria por la que atraviesa gran parte del planeta -frente a un aparentemente irrefrenable capitalismo global neoliberal, el cual ha subyugado (y busca subyugar) en mayores niveles y modalidades la soberanía de nuestros pueblos, independientemente de las garantías establecidas en sus constituciones y el derecho internacional, es imperativo que los diversos movimientos sociales y políticos revolucionarios que lo confrontan, activa y conceptualmente, lleguen a comprender que ya no basta con proclamar una unidad que, muchas veces, nunca pasa de ser un elemento meramente retórico o simbólico.
Hará falta apelar a la construcción orgánica y sostenida -desde abajo y en todos los frentes de lucha posibles- de una estructura de coordinación colectiva, basada en procedimientos y actuaciones de carácter consejista que conlleven al logro efectivo de tal unidad, la cual tendría, asimismo, un carácter vinculante para cada gobierno que se sume a esta lucha. En función de ello, habrá que comprenderse, además, que bajo la lógica perversa del capitalismo, la estructura social -muy distinta a la observada hace más de cien años y, más recientemente, hace unos treinta años- tiende a una amplia diversificación, a tal punto que no resulta ninguna novedad «descubrir» categorías y subcategorías sociales existentes en el mundo contemporáneo. Esto, ya de por sí, representa un alto desafío.

Desconocer dicha realidad será continuar manejando los esquemas simplistas y legitimadores que moldearon el actual modelo civilizatorio, o sistema-mundo heredado de Europa, el cual -por su origen «universalista» o, mejor expresado, eurocentrista- desconoce la existencia de pueblos, comunidades y culturas autónomos, sometiéndolos, subliminal o forzadamente, al rigor de unas mismas leyes y a un único patrón de conducta; incluso al margen de éstas.

De ahí que adquiera un relieve especial la transformación estructural del Estado liberal burgués, vigente, con escasas variaciones, en gran parte del planeta, determinándose con ella un importante porcentaje de la lucha emprendida desde diversos ángulos por sectores políticos y populares, pero todos convergiendo en un mismo objetivo: alcanzar un mejor nivel de vida (o lo que llamamos Buen Vivir en nuestra Abya Yala). El otro porcentaje está relacionado con el ámbito espiritual y/o cultural donde la lucha será más profunda, prolongada y nada fácil, dado que la ideología de los sectores dominantes fueron moldeando -con diversos instrumentos a su entera disposición- la conciencia de nuestros pueblos, a tal punto de lograr que éstos llegaran a justificar su hegemonía y a confrontar a quienes se atrevieron a desafiarla, pretendiendo alterar el orden establecido en beneficio de los sectores populares.

La lucha tendrá entonces que orientarse en dos direcciones, ambas íntimamente conectadas aunque pocos lo crean y lo planteen de este modo. Una, la más generalmente admitida, en lo político y en lo económico. En el segundo caso, habrá que admitir que ésta se extiende más allá de cualquier manifestación artística-cultural e incluye lo religioso, en vista que gran parte de su vigencia se debe, primordialmente, al hecho de aliarse al poder constituido y ser un elemento altamente alienante, causando que muchos seres humanos se resignen a su suerte mientras se prodigan bendiciones a sus esquilmado res.-
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lunes, 24 de julio de 2017

Palestina (a pesar del sionismo nazismo)

Por Homar Garcés

Vista su tragedia de más de medio siglo, los palestinos podrían considerarse seres humanos sin dolor de nadie. ¿Por qué no se apoya decididamente el derecho a la autodeterminación de Palestina y se zanja definitivamente el conflicto árabe-israelí, creado y fomentado por las potencias de Occidente? Es dificultoso defender o apoyar la lucha de un pueblo por aspirar a disfrutar de los mismos derechos que tienen y le han sido reconocidos a otros pueblos para afianzar su cultura, su soberanía y su autodeterminación cuando es víctima de prejuicios y de una incesante campaña de desinformación y de manipulación de la realidad como acontece en diversos contextos con Palestina.

A tal grado se extiende dicha campaña que muchas personas terminan por creer, sin discusión alguna, que a los palestinos no les asiste ningún derecho sobre el territorio que ocupan desde hace siglos; tal como sucediera con los antepasados de quienes lo propician cuando ellos fueran víctimas de la oprobiosa política racista del Tercer Reich nazi alemán.

En la actualidad, mediante la búsqueda y ocultamiento de vestigios arqueológicos, el gobierno de Israel busca reforzar sus argumentos como legítimo heredero del amplio territorio que supuestamente se le habría destinado a Abraham y a todos sus descendientes a través del tiempo hasta nuestros días. Por eso su empeño en negarle algún rasgo de historicidad a los palestinos (como el reconocimiento de la ciudad de Hebrón por parte de la UNESCO), de manera que estos carezcan de la identidad y de los argumentos suficientes para contrarrestar las pretensiones sionistas de desplazarlos por completo de sus hogares ancestrales.

Adicionalmente, la política expansionista, con asentamientos ilegales que son condenados recurrentemente por la Organización de las Naciones Unidas, viola todo derecho humano, sin que exista una mejor disposición de la comunidad internacional para impedirlo de modo definitivo. Esto último se obvia en los distintos canales informativos, pasando a ser un elemento accesorio en medio de la situación explosiva existente en el Oriente Medio donde, justamente, se ponen en constante tensión los intereses de las potencias europeas y de Estados Unidos, que -afanados en ejercer un control directo sobre sus respectivos yacimientos petrolíferos- no han escatimado recursos de toda clase para ocasionar en dicha región una guerra general, similar o mayor a la de los Balcanes.

Algo que sabe explotar en su beneficio la clase gobernante sionista, la cual, por otra parte, no ha dudado en respaldar sin disimulo al ejército mercenario del Daesh y en vincularse con los regímenes más reaccionarios de esas latitudes, como Arabia Saudita. No obstante, el pueblo de Palestina insiste en sobrevivir. A pesar que el régimen sionista ha convertido el escaso territorio que aún ocupa en la mayor cárcel a cielo abierto existente en la Tierra y someterse a toda su población, sin importar la edad, a las más insólitas y crueles prácticas de un terrorismo de Estado.-

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miércoles, 5 de julio de 2017

El estado como elemento del Poder Popular

Por Homar Garcés

Para muchos burócratas (incluyendo a aquellos que suelen presentarse como revolucionarios, de los cuales cabría un comportamiento de conformidad con los ideales expresados) lo que más importa es rendir cuentas a sus superiores, olvidando -adrede- que le deben lealtad al pueblo que (directa e indirectamente) les delega su soberanía. Ello no sería nada extraño, de estar conscientes que el funcionamiento del Estado es, en términos amplios, contrario a los postulados democráticos y, en especial, respecto a las demandas ciudadanas de mayores controles, transparencia, efectividad y, más recientemente, de protagonismo y de participación populares.



El Estado, por tanto, tendrá que convertirse en foco de la atención, la reflexión y la acción de todo movimiento popular democrático dispuesto a cambiar radicalmente las estructuras sobre las que existe el modelo civilizatorio (dominado por la lógica capitalista) en el cual se desenvuelve una gran parte de la población global. El Estado burgués liberal -tal como lo concebimos en su forma actual- sólo ha servido para empoderar elites que, en general, se mantienen abismalmente separadas de la gran masa de gobernados que constituye la mayoría; asumiendo éstas que todas sus decisiones son (y serán) incuestionablemente correctas y, en consecuencia, harto beneficiosas para todos, cosa que la clase subordinada ha de aceptar resignadamente por su propio bienestar. 

En relación a éste, habrá que aprender a ser radicalmente innovador y revolucionario, sobre todo, en lo que concierne al ejercicio de la democracia por parte de los sectores populares organizados. De igual forma, es de esperarse (y de estimularse en su grado máximo posible) una comprensión crítica cabal de la realidad histórica que le ha correspondido en suerte vivir a los pueblos bajo las estructuras que legitiman el sistema de Estado burgués liberal, aún en sus modalidades o expresiones más “democráticas” y “revolucionarias”.  Para las personas habituadas a percibir y a entender el poder desde una óptica altamente jerarquizada, resulta infructuoso cualquier intento por alterar (aunque sea en su mínimo aspecto) el sistema establecido. En tal caso, mostrarles y demostrarles que la soberanía les es algo completamente inherente en vez de observarla como potestad plena del Estado y de tales elites implica, de por sí, una acción revolucionaria y subversiva.

Sobre esta percepción y convicción generalizadas se legitima la hegemonía de los sectores dominantes, por lo cual ha de cuestionarse, en un primer momento, su vigencia, develando su origen histórico. Logrado este propósito, nada raro sería (como ocurriera en el pasado) que, a la par de dicho cuestionamiento, surjan y se impongan posiciones que acaben por repetir los mismos esquemas que dieran nacimiento a esta hegemonía, solo que esta vez se hará en nombre de una presunta revolución y de los derechos del pueblo. Frente a ello, se debe resaltar la potencialidad del carácter asociativo de toda comunidad, tanto en sus distintos grados de convivencia diaria como en la lucha por sus reivindicaciones, cuestión que estaría amenazada por el nuevo Leviatán que comienza a erigirse en algunas naciones bajo el argumento de garantizarles a los ciudadanos un nivel mayor de seguridad y de vida tranquila. Dado este paso, podrá afirmarse -sin mucho análisis- que esto derivaría, tarde o temprano, en una negación total del tipo de poder que nos ha regido (y rige) a lo largo de la historia, independientemente de cual sea, o haya sido, su categorización u origen.

Así, al contrario de lo hecho por el poder institucionalizado y usufructuado por las oligarquías y los modernos feudos político-empresariales, cabe abarcar y darle espacios de autonomía a las diferentes expresiones plurales y heterogéneas que identifican a los sectores populares, partiendo del compromiso y/o programa compartido para lograr una verdadera emancipación, individual y colectiva.

Todo aquello que configura el sistema de dominación imperante debe, por consiguiente, cuestionarse y abolirse en función de la autodeterminación de los pueblos; lo que exige “crear y recrear -según Amedeo Bertolo, colaborador de la prensa anarquista italiana,- sociabilidad, inventando, transmitiendo y modificando normas”; institucionalizando un poder popular, o colectivo, en lugar de uno simplemente personalista u oligárquico.-    

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sábado, 17 de junio de 2017

La “sagrada misión” de la derecha en Venezuela

Por Homar Garcés

Con tanta apología de la violencia -promovida a diario por la derecha fascista en Venezuela, sus ejecutores quizás se crean investidos de una misión sagrada que deben cumplir. Ya varios analistas se han encargado de ahondar en torno a este tema. Muchos de ellos, reconocen que ésta es una cuestión insólita en toda la historia política del país. Según otros, ella tiene sus antecedentes en la «cultura» estamental y/o segregacionista implantada durante el régimen colonial español.


Otros lo atribuyen a la «reedición» de la ideología anticomunista que caracterizó las primeras décadas del siglo XX y, con un mayor énfasis, los años 60 y 70 de este mismo siglo cuando las fuerzas represivas del Estado puntofijista combatieron, encarcelaron, torturaron y asesinaron a los combatientes izquierdistas de entonces; despojándolos (al estilo nazi) de todo derecho y de todo rasgo de humanidad.

De este modo, simplificado el asunto, Venezuela se hallaría en la actualidad envuelta en una decisiva guerra entre el bien y el mal (como lo determinara el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, antes de su eclosión, lo mismo que cuando ordenó el adiestramiento, el equipamiento y el financiamiento de la Contra en Nicaragua), donde los malos, los subhumanos y/o los demonios están representados por los chavistas y, por extensión, los sectores plebeyos y mestizos, es decir, los sectores populares, que son, para mayor precisión, la mayoría poblacional venezolana.

Los buenos, los humanos y/o los santificados serían, obviamente, quienes se encuentran en la acera de enfrente, es decir, los seguidores de la oposición antichavista. Para los primeros, nada está permitido, ni siquiera el derecho a la autodefensa, a pesar de la vigencia de la Constitución y las leyes que condenan cualquier tipo de agresión física y moral a las personas, así como el quebrantamiento de las garantías que preservan la continuidad del orden democrático instituido. Para los últimos, es todo lo contrario. Considerándose a sí mismos «luchadores por la paz, la libertad y la democracia» les es lícito entonces volcarse a las calles y crear zozobra entre la población, destruir instalaciones gubernamentales y comerciales, además de servicios públicos, necesarios para la gente de menores recursos económicos, a la que dicen defender; e incitan públicamente a las fuerzas castrenses nacionales a que derroquen y/o maten a Nicolás Maduro, al mismo tiempo que invocan y secundan una invasión militar de parte del imperialismo gringo junto con sus aliados del continente.

Visto así este escenario, al no imperar la sensatez entre las cúpulas derechistas locales y no pronunciarse éstas, abierta y sostenidamente, por un cese total de la violencia, será poco probable que los sectores populares dejen de reaccionar en igual medida, al margen de lo que haga o deje de hacer el gobierno nacional. Este convencimiento de la derecha respecto a su «misión sagrada» ha dejado aflorar resentimientos que, desgraciadamente, han desembocado en deplorables crímenes de odio, resultando lesionada y asesinada, incluso, gente de sus propias filas. Siendo esto cierto, la derecha fascista camina sobre una alfombrilla roja de muertes, buscando una ruta macabra que le conduzca finalmente hacia Miraflores.-


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