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miércoles, 2 de diciembre de 2020

El fundamentalismo religioso como rasgo del estilo de vida gringa

 Por Homar Garcés: 

La mayoría, si no todos, los fundamentalistas religiosos de Estados Unidos coinciden en algo: unas mismas ideas xenófobas, racistas y anticomunistas, las cuales, por cierto, marcan -indiferentemente de quien esté ocupando la Casa Blanca- la conducta imperialista de sus gobernantes. Tales ideas impregnan cada aspecto de su sociedad y le da la razón de ser a todas las acciones llevadas a cabo en cada rincón del planeta, todo en nombre de la libertad y la democracia; es decir, de su libertad y de su democracia, las que sostienen la libertad de empresa sin límites, la propiedad privada y, en consecuencia, la hegemonía del capitalismo. 

Al considerarse un nuevo pueblo en alianza con el Dios bíblico (al modo del antiguo Israel), Estados Unidos asume para sí la titánica labor de «civilizar» al mundo entero, transmitiéndole e imponiéndole sus valores, valores que tienen su génesis en territorio europeo y son vistos como universales, independientemente de cuál sea la cosmogonía y la cultura que caractericen a los demás pueblos. Esto le permitió a sus pobladores iniciales desestimar cualquier derecho preexistente de los pueblos originarios sobre las tierras por ellos ocupadas desde tiempos inmemoriales, al igual que lo hecho respecto a los hombres y las mujeres que fueran secuestrados en África para esclavizarlos, sin reconocérseles bajo ninguna circunstancia su condición humana, lo que explica en buena parte la permanente actitud racista de la policía estadounidense y, por ende, de las demás instituciones del Estado. 

Esto, al margen de la historia transcurrida y de los derechos alcanzados por la población negra y amerindia (a quienes habría que agregar los inmigrantes provenientes de distintas latitudes) es lo más característico del ser estadounidense. Porque hay que entender que lo que en Estados Unidos se pregona como libertad y democracia no son otra cosa que el disfrute del poder y de un cúmulo de privilegios por parte de una clase dominante que, de acuerdo a la lógica calvinista heredada de los denominados padres fundadores, se juzga a si misma siempre bendecida y protegida por la providencia, lo que es evidenciado por el alto éxito económico que le acompaña. 

Con esta ideología dominando su existencia, es difícil que la mayoría de los ciudadanos estadounidenses lleguen a aceptar como algo natural que existan otras culturas y otros dioses tan legítimos y verdaderos como los suyos; cuestión que los empuja a entablar guerras y confrontaciones con aquellos que consideran inferiores culturalmente y cuyas religiones no son más que productos de Satanás, el eterno oponente de su dios al cual deben ayudar a derrotar, en un escenario apocalíptico, impidiendo a sus seguidores cualquier posibilidad de divulgar y consolidar sus creencias. Con tal convicción, etiquetan de comunistas a sus «enemigos», siendo éstos parte de lo que el presidente Ronald Reagan catalogó de eje del mal, correspondiéndole al país del norte la defensa del bien, sin importar los métodos empleados para lograrlo ni el saldo de muertes que esto causare en vista que sólo a Dios le compete juzgarlo, otorgándoles a sus ciudadanos el Paraíso como morada definitiva. 

Este plan «sagrado» ha dado por resultado la conformación de un imperio amplio que se extiende a todos los continentes, subyugando diversidad de naciones mediante el poder militar y el poder económico (sin obviar su influencia ideológica a través de la industria cinematográfica y del entretenimiento) y que, en el presente siglo, les empuja a mantener una peligrosa confrontación con Rusia y China al verse desplazado en su condición de potencia unipolar. 

Estados Unidos es manifestación innegable de una estructura de clases en la que una minoría corporativa, basándose en su insaciable poder económico, impone sus intereses a una mayoría excluida, lo que deja ver una sociedad donde imperan la injusticia social y la discriminación racial y no precisamente una democracia real, al modo como se le presenta al mundo. Luego de tanto tiempo y del paréntesis retrógrado que significó la presidencia de Donald Trump, a Estados Unidos se le augura un mayor resquebrajamiento de sus estructuras internas, lo que, sin duda, tendrá sus repercusiones en el ámbito externo, debilitando el fundamentalismo religioso con que fuera arropado su nacimiento como república hace más de doscientos años. – 

mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Estados Unidos y Colombia. Con estas democracias, no se necesita de dictaduras

Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:

Para nadie es un secreto que Estados Unidos y Colombia configuran el dúo dinámico fundamental a través del cual gira la ejecución de la política intervencionista contra Venezuela. Más allá que ambos países son administrados por gobiernos de la ultra derecha extremista que con características propias, en lo interno, desarrollan políticas de apoyo de los sectores minoritarios que se encuentran en el pináculo de la sociedad, y en lo externo son rey y peón en la agresión a otros países. Algunos analistas se preguntan si lo que acontece, no es más bien, expresión de las propias crisis internas que atraviesan a su sociedad y su Estado.

En este sentido, el fin de semana pasado con pasmosa coincidencia fueron publicados dos artículos que muestran sin cortapisas las complicadas situaciones que se desprenden de la crisis institucional y el déficit democrático de dos naciones que se venden como ejemplos a seguir en esas materias.

El primero, un artículo titulado “Estados Unidos. Receta para el caos: las elecciones de 2020 amenazan con romper a un país ya llevado al límite”, escrito el pasado sábado 26 de septiembre  por David Smith corresponsal del periódico británico The Guardian en Washington, hace un largo análisis respecto de la ostensible carencia de garantías electorales de cara a las próximas elecciones en el país norteamericano. El periodista alerta que estas elecciones “podrían quebrar a Estados Unidos”, un dilema que supera la definición de quien ocupará la Casa Banca por los próximos cuatro años.

Smith opina que: “Existe una sensación generalizada de que el destino de la democracia constitucional más antigua del mundo está en juego”. Cree, que a los efectos de la pandemia de coronavirus, el colapso económico y el remezón producido por el rechazo al racismo, se le suma ahora la posibilidad de una elección que no ofrece garantías democráticas, todo lo cual reúne “una receta para el caos”.

En todo esto, el elemento más perturbador es la actitud del presidente Trump que ha estado creando condiciones para justificar lo que él llama “la elección más manipulada de la historia”, ante la cual se ha negado a confirmar si en caso de perder, permitirá una transferencia pacifica del poder. En esta situación, el país podría ser conducido a una crisis constitucional de inéditas consecuencias, que podría significar incluso el enfrentamiento armado si las huestes de Trump salen a la calle a manifestarse a favor de su “engañado” líder.

Los instrumentos de Trump para generar desconfianza respecto del voto por correo que se supone será mayoritario a favor de los demócratas, ha pasado por el nombramiento de Louis DeJoy, un donante republicano como nuevo director general de correos. DeJoy se apresuró a tomar medidas para hacer que el voto por correo sea más difícil, incluyendo “la eliminación de los buzones de correo de las calles y la codificación de las máquinas clasificadoras”.

En este sentido, Smith cita a Neil Sroka, portavoz del grupo progresista Democracy for America, quien afirmó que: “Donald Trump tiene los dedos en las palancas del poder y claramente las está maniobrando de todas las formas posibles, legales y posiblemente ilegales, para tratar de asegurar una victoria estrecha en noviembre”, agregando que: “La amenaza de supresión de votantes es muy real. Ya estamos viendo llamadas automáticas en lugares como Pensilvania que disuaden a las personas de votar anticipadamente, votar en ausencia o divulgar información errónea”.

Estas acciones están encaminadas a mostrar en primera instancia a un Trump triunfante en las urnas cuyos resultados son obtenidos el mismo día de las elecciones, de manera que cuando se comiencen a registrar la mayoría de votos demócratas provenientes del correo, ya el presidente haya declarado su victoria generando en la opinión pública la idea de que tal modificación de las cifras son producto de un fraude.

El periodista británico avizora que este escenario podría también ejercer una tremenda presión sobre los medios de comunicación, que evitarán manifestarse como hicieran la noche de las elecciones de 2000 entre George W. Bush y Al Gore.

En otro ámbito de este conflictivo escenario se inscribe el reemplazo de la fallecida jueza liberal de la Corte Suprema Ruth Bader Ginsburg, porque si como todo indica va a ser sustituida por la ultra conservadora Amy Coney Barrett romperá el equilibrio en la correlación de fuerzas dentro de la máxima instancia judicial del país que sería el ente encargado de definir una eventual controversia en relación al resultado electoral.

Smith recuerda que en el año 2000, fue la Corte Suprema la que decidió a favor de Bush y en contra de Gore en una votación 5-4 “siguiendo líneas ideológicas”. Si las elecciones de 2020 se disputan de manera similar, el tribunal podría volver a ser el árbitro final, en una contienda mucho menos reñida si se confirma el nombramiento de Coney Barret que configurará una correlación 6-3 a favor de los republicanos. De ahí la prisa de Trump por nominar a la nueva jueza, lo cual según Smith “ha alimentado un sentido más profundo de déficit democrático, un abismo creciente entre el gobierno de la minoría blanca de derecha y los valores de la mayoría diversa. Trump perdió el voto popular ante Hillary Clinton por casi 3 millones de boletas, y su último nombramiento en la Corte Suprema significará que la mayoría de los jueces fueron nominados por un presidente que inicialmente no ganó el voto popular”.

Además, la matemática electoral en el sistema político estadounidense expone una falsa mayoría en el Congreso si se parte de la base de que todos los estados eligen dos senadores independientemente de su población. Por ejemplo, Montana con un millón de votos tiene la misma representación que California con cuarenta millones, eso hace que los 53 senadores republicanos representen 15 millones menos de votos que los 47 demócratas.

Finalmente, el artículo exterioriza el peligro que significa que Trump se niegue a abandonar el cargo ante una probable derrota. El presidente ha dicho que: “La única forma en que vamos a perder esta elección es si está amañada”, lo cual es entendido como que hará uso de todos los instrumentos legales o ilegales para no abandonar el poder. Al respecto, el autor del escrito cita a Rashad Robinson, presidente de Color of Change, una organización de justicia racial quien al referirse a Trump dice que: “Lo que sí tiene de su lado es que controla la infraestructura federal y entonces la pregunta será, ¿usa esa infraestructura federal para hacer trampa? Y lo que sabemos sobre Donald Trump es que no ha hecho nada en su vida sin hacer trampa”

Esta situación obliga a los demócratas a una amplia victoria si quieren volver a la Casa Blanca. Es la única manera de anular los instrumentos ilegales que el presidente utilizará para sostenerse en el poder. La incerteza de que se produzca esa dilatada diferencia es lo que está generando incertidumbres, dudas y angustias respecto del futuro inmediato en la que se ha autodenominado la más perfecta democracia del planeta.

En tono similar pero no referido de manera directa a una dinámica electoral inmediata, el domingo 27 de septiembre el senador colombiano Gustavo Petro escribió un artículo en el portal Cuarto de Hora al que tituló “Un Congreso de la República de pacotilla”  en el que advierte respecto al peligroso rumbo que ha tomado su país, sustentando su punto de vista en: “La debilidad manifiesta de Duque, tanto para gobernar como para ganarse el apoyo popular; la debacle política de Uribe y del uribismo que ya no tienen propuestas serias para solventar la crisis que vive la sociedad colombiana, como  no sea entregar más y más recursos a las grandes corporaciones privadas del país sin importar la ruina de la economía o del pueblo hambriento”.

Tan atrevida aseveración se fundamenta en que el país está siendo conducido hacia la extrema derecha que se propone “construir una dictadura violenta” a partir de la “destrucción física de sus oponentes”.

El senador de la Colombia Humana señala en su artículo que el ministro de defensa Carlos Holmes se ha dedicado a proyectar su candidatura presidencial ante el fracaso de Duque y el desprestigio crecente de Uribe. Sin embargo, opina que lo está haciendo “simplemente dejando matar gente por la fuerza pública, que sin estrategia alguna, termina en manos de la corrupción, la violencia y el asesinato” y asevera en forma determinante que: “La campaña política de Holmes Trujillo le ha costado muchos muertos al país”.

Pero lo que resulta más peligroso es que según Petro la crisis del gobierno y del uribismo se pretende resolver en primer lugar, concentrando todo el poder público y en segundo, a través de un quiebre constitucional que se manifiesta aen “la masacre de Bogotá, la muerte de Juliana [Giraldo, por un miembro del ejército], y el desacato repetido del ministro de defensa a la Corte Suprema de Justicia”, señalando que todo esto es producto de la desmoralización de la fuerzas de seguridad a partir de la formación que reciben, enmarcada en una doctrina sustentada en el ensañamiento contra el pueblo a partir de su definición como enemigo, heredada de la guerra fría que aún se mantiene en Colombia.

Señala que la exaltación de esta doctrina por parte de los políticos conduce a que se militarice la lucha contra el delito y se comience a considerar a los luchadores sociales como criminales. De la misma manera, se necesita revivir enemigos externos para ser usados como “chivos expiatorios” que le permitan sostener su política, entre ellos reseña “al comunismo soviético, a Castro, a Chávez…”

Considera que la mayor causa de debilidad de la democracia es la desigualdad social que en el caso de Colombia “es la tercera más alta del mundo”, concluyendo que: “La articulación de doctrinas de extrema derecha, enemigo interno, violencia, militarización del narcotráfico, régimen de privilegios, genera el ambiente propicio para la dictadura” que se comienza a expresar como un quiebre constitucional, el cual a su vez se manifiesta como desacato a la justicia, masacres y burla de los asesinados por los gobernantes.

En otra arista del problema apunta que la prensa renunció a jugar su papel de freno a los desmanes del poder, transformándose en propagandista del mismo, “defensora a ultranza de Uribe, destructora de la independencia judicial y macartizadora de la juventud que se rebela”.

Finalmente, en lo que parecer ser el aspecto más importante de su desesperado análisis, el Senador le atribuye al Congreso el papel más triste en este contexto al renunciar a ser contrapeso del gobierno.  En este aspecto denuncia que el parlamento se sometió a un auto silencio que ha permitido el desacato del ministro de defensa ante la paralización que se ha impuesto el máximo ente legislativo para lo cual   inventan “cuanta excusa sea posible para evitar que los parlamentarios se reúnan en su sede”. Considera que este silencio “es el símbolo de la dictadura”.

Denuncia que la alianza entre Duque y el presidente del congreso Arturo Char, ha logrado paralizar ese ente, haciéndolo inexistente e imposibilitándolo de hacer cambios en la situación porque sus mayorías están acostumbradas a “ordeñar” al Estado “a partir de cupos de contratación [y] de la entrega de sectores estatales a sus bolsillos…”

Petro concluye afirmando que la crisis de Colombia se ve reflejada en la crisis del Congreso que caracteriza como “de pacotilla” y de “hazmerreir permanente” al mantener un silencio cómplice ante lo que ocurre en el país.

El Senador opositor cree que el presidente del Congreso es cómplice de la muerte de esa instancia parlamentaria y en general de la democracia, instando a su defensa y a la derrota de la dictadura para permitir que Colombia se transforme en “un país pacífico, productivo y libre”.

Venezuela, un país que como todos, tiene muchos problemas por resolver, debería meditar ante la posibilidad que estos dos países que se han asumido como nuestros principales enemigos, nos quieran imponer a través de la violencia y la fuerza estos modelos de “democracia” que a todas luces adolecen de algunos de los más elementales sustentos que la pueden hacer acreedora de tal condición.

sergioro07@hotmail.com

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Las elecciones presidenciales en los EEUU

Por Julio Sergio Alcorta Fernández.:
Para muchos de nosotros se ha hecho interminable la expectativa de conocer cuáles son los acontecimientos que nos deparan, en estos dos meses que quedan para que llegue y se celebre el primer martes del mes de noviembre las famosas elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América.

En mi caso particular, sigo insistiendo en que la estrategia principal de la administración de Donald Trump y sus asesores, es diseminar, o más bien desparramar en todo ese pueblo, tan acostumbrado a padecer de las barbaries y el salvajismo de mandatarios inescrupulosos, embusteros e ineptos, imágenes ficticias, a veces fabulosas, y por qué no, también auténticas, cuando se les ocurre utilizarlas, atiborrándolo de episodios y lances de MIEDOS Y DE TEMORES.


Miedo a los emigrantes, al terrorismo, a las drogas, a la criminalidad, al comunismo, a lo socialista, al resquebrajamiento del imperio del consumo, al deterioro del bienestar, a sus congresistas corruptos, a la pérdida de hegemonismo, a sus guerras infinitas. Miedo a China, a Rusia, a Irán, y hasta Maduro; y naturalmente a los estúpidamente señalados por Bush hijo, de los 60 y más oscuros países.

Y es tanto así que Donald Trump y su pandilla han estimado ser poseedores de esas habilidades, por su exaltado nacionalismo, el énfasis en el slogan “América First”, una actitud y un estilo prepotente, machista, duro, a veces grosero, y sus discursos de enfrentamientos.
¿No fue algo parecido, salvando épocas y peculiaridades de pueblos, como en la década del 30 del pasado siglo en Alemania, recurrieran a una figura como Hitler?

Por otro lado, ¿se ha analizado con suspicacia y detenimiento, y a veces considerando posibilidades de ser exagerado y fantasioso, de que dentro de las maniobras y las estratagemas a emplear exista una confabulación, en que se evalúe como de gran provecho y utilidad las manifestaciones en contra del actual gobierno, sobre todo las que se tornan radicales y violentas?

Mientras más violentas y crueles, MÁS MIEDO Y TEMOR de la población, y lógicamente mejor para Trump. Incluso muchos otros pudieran pensar que las mismas se han desvirtuado en su esencia y hasta que se han politizado para beneficio del Partido Demócrata.

Al mismo tiempo, estamos en presencia de un proceso eleccionario totalmente diferente, pues se trata de cometidos tan irracionales, extravagante y a veces absurdos, que se utilizan y manipulan para llegar a elegir sus mandatarios: EL VOTO ELECTORAL, que fue aprobado hace más de 200 años, permaneciendo intacto hasta la fecha, en perjuicio de la democracia popular.

Como sabemos, las elecciones no la ganan el que más votos populares recibe, sino el que obtenga la mayoría de los VOTOS ELECTORALES, que se componen de 538 votos, equivalente a los 435 representantes y 100 senadores, más 3 del Distrito de Columbia, que representa la Capital Federal.  A cada Estado se le otorgan tantos votos electores según su población y otros índices importantes escogidos.

Recordemos que esto ha dado lugar a serias contradicciones, que han obstaculizado el consenso social, como las que acontecieron en las elecciones del año 2000, en las que, Al Gore, por el Partido Demócrata, perdió con George W. Bush hijo, a pesar de recibir más votos populares, interviniendo el Tribunal Supremo, que decidió que el ganador fuera Bush, después de un mes sin conocerse quien iba a ser el elegido.

Y otro caso reciente, en el año 2016, cuando Hillary Clinton, por el Partido Demócrata, perdió con Donald Trump, por el Partido Republicano, a pesar de haber obtenido, según se publicó, más de un millón de votos populares que el contendiente republicano.

Además de todo este desbarajuste de la tan afamada democracia de ese poderoso imperio, lo más significativo y asombroso, es que, en los Estados Unidos de América, con una población de aproximadamente 320 millones de habitantes, los ciudadanos con derecho al voto ascienden a alrededor de 227 millones, y las abstenciones siempre oscilan entre un 40 a un 50%. O sea, que el presidente de esa nación es elegido por un 30 a un 35% de los ciudadanos con derecho al voto.

Para concluir, lamentablemente nos encontramos en estos momentos , en una insólita y muy preocupante definición  de quien será definitivamente el próximo mandatario de esa poderosa nación, con la seria agravante de que dentro de sus dos únicos bandos, nos tropezamos con elementos y personajes que se han revelado como poseedores de la fuerza necesaria para obtener la victoria a como sea, dirigidos y guiados por el actual presidente a ser reelegido, con todas sus características de un nuevo ”fuhrer” al frente de sus hordas fascistas.

jalcorta@nauta.cu

miércoles, 9 de septiembre de 2020

DFC: La nueva institución financiera internacional para la expansión de Estados Unidos



Por Ansonith Albano:

En el marco de las transformaciones institucionales que Estados Unidos adelanta para reconquistar la hegemonía global, ha puesto en marcha en enero de este 2020, la denominada Corporación Financiera de Desarrollo Internacional (DFC, en sus siglas en inglés), como la nueva agencia que operará el financiamiento necesario para su reposicionamiento en el mundo.



La intención de modernizar el esquema de financiamiento al desarrollo internacional, está contenida en la nueva Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), promulgada a finales del año 2017, y donde refiere que Estados Unidos debe armarse con nuevas herramientas para enfrentar la creciente influencia de China y otras potencias, sobre la escena internacional.

La ESN reconoce que Estados Unidos viene perdiendo la batalla por esa preeminencia global, y orienta la conformación del nuevo esquema de financiamiento, entendiendo que esta acción será fundamental para actualizar su posición geopolítica. El cuestionamiento que hace el documento de la situación de la hegemonía estadounidense, se vincula a su incapacidad para ofrecer relaciones comerciales justas y atractivas, en contraposición a lo que China viene logrando, especialmente en América Latina y el Caribe. “Hoy, Estados Unidos debe competir por relaciones positivas en todo el mundo. China y Rusia dirigen sus inversiones en el mundo, para expandir su influencia, y obtener ventajas competitivas frente a Estados Unidos”, reitera la ESN.

China y su promoción de un mundo pluripolar, es definido en la ESN, como la mayor amenaza para los objetivos de Estados Unidos. Y desde este criterio, la ESN refiere que este país debe utilizar una nueva metodología para el financiamiento internacional, priorizando la promoción del capital privado sobre áreas que sean tributen a los grandes objetivos de la política exterior imperial.

La nueva doctrina de seguridad nacional estadounidense, plantea que la nueva DFC debe confrontar abiertamente el proyecto de la Franja y la Ruta de China, y a la vez, favorecer la expansión del capital privado estadounidense, para fomentar nuevas alianzas y fortalecer las ya existentes: “Estados Unidos puede desempeñar un papel catalizador, en la promoción del crecimiento económico, liderado por el sector privado”, aclara el documento.

La iniciativa legal que crea la DFC, aprobado en consenso por republicanos y demócratas, fusiona la antigua Corporación de Inversiones Privadas en el Extranjero (OPIC), y la Autoridad de Crédito para el Desarrollo (DCA), perteneciente a la USAID, en una supra agencia de ayuda al desarrollo, la más grande e importante creada en ese país.

Para materializar esta operación geopolítica, la DFC administrará unos 60 mil millones de USD, doblando la capacidad financiera de su antecesora OPIC. La nueva Corporación asumirá también, la gestión de las carteras crediticias de la OPIC y la DCA; es decir, inicia sus labores, administrando poco menos de 30 mil millones de USD, distribuidos en diversidad de proyectos en todo el mundo.

La legislación brindó a la DFC, de novedosas herramientas financieras, que le garantizan mayor flexibilidad en su nuevo rol, y priorizando su eje de acción, en la inversión de proyectos energéticos y de infraestructuras, contenidos en las siguientes iniciativas regionales dispuesta por Estados Unidos para su reposicionamiento geopolítico: Connect Africa, 2X Women’s Initiative, Feed the Future, América Crece, Indo-Pacific Strategy, US-India Development Foundation, y, European Energy Security and Diversification.

Desde esta perspectiva, el Gobierno de Estados Unidos hizo efectivo en diciembre del 2019, el lanzamiento de la iniciativa "América Crece", como la respuesta del Gobierno de Donald Trump al avance significativo de China y Rusia en el continente.

En los últimos años, países de América Latina y el Caribe han profundizado sus relaciones económicas con China, estableciendo cada vez más acuerdos y flujos comerciales con la nación asiática. Según un informe del Foro Económico Mundial del 2018, China desplazó a Estados Unidos como el principal socio comercial de Argentina, Brasil, Chile, Perú y Uruguay, y ha invertido más de 110 mil millones de USD en proyectos gubernamentales en toda la región. El informe destaca la particularidad de que los bancos chinos, se abstienen de imponer condiciones políticas a los Gobiernos receptores de préstamos.

En este escenario, que vislumbra una transición del orden político, económico y cultural en latinoamericana y caribeña, Estados Unidos plantea la iniciativa América Crece, como una instrumentalización actualizada de la vieja Doctrina Monroe.

Entre otras cosas, Estados Unidos busca con la implementación de la iniciativa América Crece, el cambio de la matriz energética de la región caribeña, para redirigir sus crecientes excedentes de gas natural licuado (GNL). La Agencia Internacional de la Energía (AIE), señaló en un informe fechado en noviembre del 2017, que Estados Unidos se convertirá, en 2025, en el mayor exportador del mundo de GNL, proveniente de la extracción del gas esquisto en su territorio.

Un núcleo sustancial de los proyectos, contenido en la iniciativa América Crece, refleja la intención de Estados Unidos, de colocar sus excedentes de gas en la región caribeña.

El pasado 21 de julio del 2020, Estados Unidos y Honduras firmaron también un memorando de entendimiento, en el que el país centroamericano formaliza su incorporación a la iniciativa América Crece, con la promesa de inversión de mil millones de USD, en proyectos privados, durante los próximos tres años, priorizando el asunto energético: “Nuestro enfoque será en proyectos para fortalecer la infraestructura del país, avanzar en la conectividad digital, fortalecer el sector salud, expandir los servicios financieros, y ayudar a sentar las bases para un futuro más próspero”, refirió el Director Ejecutivo de la DFC, Adam Boehler, durante la firma de documento, que contó con la presencia virtual del Presidente hondureño, Juan Orlando Hernández.

El documento, negociado entre Estados Unidos y Honduras, toma puntos referenciales de los acuerdos ya firmados con Panamá, Chile, Argentina, Jamaica, Colombia, Brasil, Perú, El Salvador, y establece el marco legal de referencia, de las futuras actuaciones financieras de la DFC en América latina y el Caribe.

A diferencia del tipo de financiamiento que China brinda a los países de América Latina y el Caribe, donde se priorizan los proyectos nacionales, y se fortalecen las capacidades de los Gobiernos para generar mayores niveles de bienestar a la población, la acción de la DFC, reforzaría la dependencia económica, y la expansión del capital privado estadounidense, mercantilizando el fenómeno de la asistencia al desarrollo.

La configuración de la DFC como nueva instancia financiera de la política exterior estadounidense, ha generado entusiasmo en los grupos conservadores anti chinos. El pasado 14 de agosto del 2020, los Senadores Marco Rubio (republicano), y Bob Menéndez (demócrata), caracterizados por sus posiciones extremistas contra gobiernos soberanos en América Latina y el Caribe, presentaron el proyecto de Ley para la Promoción de la Competitividad, la Transparencia y la Seguridad en las Américas (ACTSA).

De acuerdo a la iniciativa presentada, la propuesta bipartidista buscaría, por un lado, fortalecer la competitividad económica de Estados Unidos, y por el otro, criminalizar la presencia política y comercial de China en la región. “El objetivo de China es utilizar el poder económico para desplazar a EE.UU. Me enorgullece unirme al Senador Menéndez, en presentar este proyecto, que busca fortalecer nuestra capacidad económica, para contrarrestar la creciente influencia maligna de Beijing en América Latina y el Caribe”, señaló el senador Rubio en sus redes sociales. 

El proyecto ACTSA involucra a la nueva DFC, y propondrá para la aprobación del Congreso, que se dedique el 35% del presupuesto financiero de dicha agencia para la región durante los próximos diez años.

La agenda de la DFC, desde el inicio formal de sus operaciones el 02 de enero de este año, ha estado afectada por el reacomodo institucional, la captación del capital humano que hará efectivo el trabajo de este órgano, y, por supuesto, las consecuencias de la pandemia del Covid-19.

Sin embargo, su Director Ejecutivo, Adam Boehler, joven empresario ligado a la prestación de servicios sanitarios, graduado en el año 2000 en Ciencias Económicas de la Universidad de Pensilvania, no ha perdido tiempo, y ha entablado reuniones de trabajo con diferentes personajes y funcionarios de América Latina y el Caribe, llevando la promesa del Gobierno de Trump, de generar grandes inversiones para los proyectos que puedan ser presentados a esta institución.

Antes de terminar 2019, visitó al Presidente colombiano, Iván Duque, en Cartagena, donde ratificó que desde su agencia, impulsarán gestiones que garanticen el financiamiento de la mayor cantidad de proyectos, especialmente en energía e infraestructura.

También mantuvo reuniones con el mismo criterio discursivo, con los Presidente Nayib Bukele, de El Salvador, Juan Orlando Hernández, de Honduras, Alejandro Giammattei, de Guatemala, y el Canciller mexicano Marcelo Ebrard, con quien firmó una carta de intención para financiar un gasoducto, que será construido por la empresa Rassini SAB de CV en los estados del sur del país, por un monto de 632 millones de USD.

Tal cual está planteada la nueva agenda de la DFC, basada en los lineamientos expuestos en la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense, podría contribuir a la profundización de la inestabilidad política en la región, y escenarios todavía más explosivos, en la medida que se profundice la desigualdad económica, la inequidad en la distribución de los recursos, y la dependencia política.

Profesor. Facultad de Ciencias Políticas
Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua

miércoles, 29 de julio de 2020

Estados Unidos quiere un conflicto militar con China



Por Rubén Alexis Hernández:
Todo imperio o potencia en la historia de la humanidad ha tenido su fin, y el caso de Estados Unidos no será la excepción. Y esto parece estar cada vez más cerca, considerando la complicada situación interna de la nación norteamericana y su indudable pérdida de dominio global, en particular en el ámbito económico.
Está claro, sobre todo en el contexto de la pandemia por COVID-19 y los estragos derivados de ésta en todo el orbe, que la realidad ha demostrado que Estados Unidos se encuentra en franca decadencia; no obstante, los líderes del aún imperio estadounidense intentan seguir mostrando músculo ante potencias como China y Rusia, lo que para algunos analistas parece más bien ser una muestra de miedo y debilidad.


Y en efecto, la debilidad y el temor de las élites estadounidenses y los lobbies externos que las apoyan, pudieran verse reflejados, por ejemplo, en la insistencia de formar alianzas para detener la “amenaza” china para sus intereses y para la seguridad, la paz, los derechos humanos, la democracia y la libertad en el mundo. Hasta ahora se ha dado una guerra en aspectos como el comercial, diplomático, tecnológico y comunicacional, pero todo apunta a una confrontación militar directa.

Claro que no sorprende la postura de Estados Unidos frente a China, considerando que el gigante asiático es uno de sus mayores contendientes por la hegemonía mundial, con intereses en todo el orbe, situación que evidentemente no le ha caído en gracia a la élite económica estadounidense y a su administración política. Incluso China parece ser una de las pocas naciones con crecimiento económico en medio de la pandemia por el coronavirus, mientras que la economía de Estados Unidos ha tenido un evidente decrecimiento, aún antes de la crisis sanitaria mencionada. La influencia de China es tal en el mundo, que, en el caso de América Latina, otrora patio trasero exclusivo del águila norteña, sus inversiones han tenido un repunte extraordinario.
 De manera que China y otras potencias globales sí representan una amenaza para los intereses estadounidenses, pero más por su presencia económica cada vez más fuerte en cada rincón de la Tierra, que, por las amenazas para la paz, la seguridad, la libertad y los derechos humanos en el globo.

Considerando entonces el oscuro panorama de Estados Unidos en el ámbito interno y en el ámbito externo, es evidente que ya es insostenible para esta nación mantener esa clara hegemonía de otros tiempos, y en este sentido apela a amenazas y sanciones de todo tipo incluso contra algunos de sus propios aliados históricos, quienes por beneficios económicos han comerciado en un nivel significativo con potencias como China y Rusia.

Por cierto, que estas naciones están tratando, como respuesta a la prepotencia y arrogancia del país norteamericano, de deslindarse poco a poco del dólar, desplazando progresivamente al mismo en su comercio y finanzas globales y acumulando oro en grandes cantidades.

Más aún, China logró irónicamente que diversas corporaciones estadounidenses invirtieran en grande en su territorio, debido entre otras cosas a la presencia de mano de obra barata. He aquí el porqué del insistente llamado de la élite política estadounidense y sus lobbies externos a parte de la comunidad internacional, en cuanto a que haya una alianza-unión para combatir la amenaza china. Y la cereza del pastel para intentar originar un conflicto militar ha sido la de culpar a China por la pandemia de COVID-19, (el Gobierno de Trump ha hecho referencia en varias ocasiones al virus chino).

Y si bien dicha insistencia pudiera obedecer, según algunos, a una simple propaganda para ayudar a Donald Trump a ganar puntos en plena campaña electoral para las elecciones presidenciales de este 2020, haciendo creer mediáticamente a buena parte del pueblo estadounidense que China es un peligroso enemigo para la libertad y la democracia en Estados Unidos, aunque sólo de la boca para afuera, también es cierto que hay una clara determinación de enfrentar al gigante asiático por todas las vías, incluso por la militar.

Y no es nada descabellado que suceda esto último, pues al fin y al cabo la casi totalidad de las guerras a lo largo de la historia, no fueron más que conflictos de entidades político-territoriales en defensa de sus intereses o de los intereses de la élite económica. De manera que hay una confrontación a la vista, que está siendo azuzada con intensidad y desespero por Estados Unidos, cuyos enemigos parecen ser claramente China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Turquía y Venezuela a la cabeza, mientras que los estadounidenses contarían con Brasil, Colombia, Israel, Corea del Sur, India e Inglaterra como principales potencias. Ahora bien, de una u otra manera todo el mundo se vería involucrado en este derramamiento de sangre internacional.

En resumen, Estados Unidos quiere a como dé lugar generar una guerra mundial convencional de alto impacto, con graves consecuencias para la humanidad, pero es la última carta que le quedaría creyendo que así defendería sus intereses, golpearía a sus enemigos con fuerza y mantendría su liderazgo planetario, aunque la verdad es que las posibilidades de una victoria son mínimas, con todo y el apoyo de sus aliados, que también perderían mucho con la derrota, en especial el Estado terrorista de Israel, cuya influencia en el país norteamericano es notable.

Y cuyo reinado de terror en el Cercano Oriente se ha mantenido gracias al apoyo estadounidense. Como todo imperio en decadencia con graves problemas internos y externos, y queriendo evitar el inminente derrumbamiento del dólar como referente financiero en el orbe, y por tanto el colapso de su economía en general, Estados Unidos desesperadamente llama a parte de la comunidad internacional a una especie de cruzada contra los “comunistas” chinos y su banda de “terroristas”, incluyendo a Venezuela, nación suramericana que por tener una importante alianza con China, Rusia e Irán, sería sin duda alguna uno de los epicentros de este conflicto global, y tristemente sufriría peores consecuencias que otras entidades, debido a la dura crisis socioeconómica que viene padeciendo desde hace varios años.

A continuación, la advertencia de un congresista estadounidense acerca del inminente conflicto militar entre Estados Unidos, China y sus respectivos aliados:

 “Un congresista estadounidense advierte de un conflicto militar entre Estados Unidos y China en los próximos tres a seis meses, con una cifra muy alta de muertos. ‘Yo auguraría que habrá un enfrentamiento en los próximos tres a seis meses’, dijo al diario Washington Examiner el director del Subcomité Republicano en la Cámara de Asuntos Exteriores para Asia, Ted Yoho, en una entrevista publicada el sábado.

Los comentarios de Yoho confirman los derroteros por donde han ido las relaciones entre EE.UU. y China en los últimos años, en torno a las cuales funcionarios de inteligencia del país norteamericano evalúan que el mayor poder asiático está librando una guerra fría contra Washington.

Durante la entrevista, mientras Yoho discutía los ejercicios navales estadounidenses en el mar de la China Meridional, afirmó que ‘el Gobierno chino busca reforzar el control de las rutas marítimas alrededor de sus fronteras y creo que lo que harían es embestir uno de nuestros barcos y decir que fue un error’.

‘Creo en todas esas posibilidades’, dijo Yoho. “Atacar cualquiera de nuestros barcos sería un gran error, pero creo que están dispuestos a arriesgarse para probar las aguas” y “desafortunadamente, morirá gente”.
Al citar el potencial armamentístico estadounidense, Yoho aseveró que ‘EE.UU. está dispuesto a hacerles frente y eso puede forzar la mano de China’, para luego alertar que, si no se hace nada al respecto, ello impulsará más a China a seguir haciendo lo que está haciendo.

Desde China han advertido, a su vez, de la posibilidad de una confrontación militar con EE.UU. si no se resuelven las disputas entre ambas potencias. Ante tal coyuntura, el presidente chino, Xi Jinping, ha ordenado a su Ejército estar listo para el peor de los escenarios” https://www.hispantv.com/noticias/ee-uu-/471173/guerra-china-eeuu-tension
ruhergeohist@yahoo.com

miércoles, 13 de mayo de 2020

Mercenarios, cipayos y afines



Por Homar Garcés:

Venezuela ha sido víctima de diversas formas de agresión por parte de Estados Unidos, indistintamente de quién se halle ocupando la Casa Blanca, en una estrategia combinada de acciones que incluye la puesta en marcha de una diplomacia siempre amenazante y el respaldo abierto a bandas armadas (con captación de delincuentes comunes, ligados al narcotráfico colombiano) que, de una u otra forma, contribuyan a la sustitución del gobierno de Nicolás Maduro por uno más acorde a sus intereses. Ahora, en medio de la pandemia del Covid 19, Venezuela se ve acosada por grupos de mercenarios, entrenados, equipados y financiados por el régimen imperialista estadounidense y sus gobiernos satélites de este continente, creando una situación similar a la experimentada década atrás por Cuba y Nicaragua, sólo por el hecho de no compartir la ideología que profesan sus líderes.



Asimismo, la utilización de mercenarios recuerda lo acaecido en Libia. Sin embargo, a diferencia de aquel escenario, las tácticas de los cipayos de este país se han caracterizado por un reiterado fracaso, teniendo a su favor que sus principales representantes se mantienen en libertad, en una inexplicable impunidad que es acremente cuestionada desde hace tiempo por la mayoría de la población venezolana. Todo ello en el marco de los planes estadounidenses para derrocar, primero al gobierno de Hugo Chávez y, actualmente, a Maduro, teniendo como clímax el golpe de Estado propiciado el 11 de abril de 2002, gracias a la acción concertada de los medios televisivos al servicio del antichavismo que le hicieron ver al país y al resto del mundo una realidad distorsionada, pero ajustada a su objetivo de tomar el poder.

Como ingrediente adicional, el régimen de Donald Trump ha endurecido y extendido las sanciones económicas que iniciara Barack Obama al calificar a Venezuela como una amenaza contra la seguridad de Estados Unidos, lo que se ha manifestado en dificultades para acceder a diferentes rubros e insumos necesarios para la actividad económica venezolana, pretendiendo de esta forma ahogar la economía nacional y estimular el descontento popular, de manera que este sea el caldo de cultivo para un alzamiento general que permita a Estados Unidos y a sus gobiernos satélites intervenir sin pudor alguno en los asuntos internos de Venezuela, tal como ya lo hacen ver cada vez a través de todos los medios de información. Esto último hizo que mucha gente migrara, atraída por las ofertas de bienestar y de apoyo de los gobiernos del continente, en una jugada que buscaba estimular un éxodo masivo de familias venezolanas que sirviera de excusa para condenar internacionalmente a Maduro y, finalmente, desalojarlo de la presidencia.

Con lo que no han contado (ni medianamente entendido) la cúpula política imperialista y los cipayos dentro y fuera del país es que la mayoría del pueblo venezolano tiene tras de sí una larga historia de luchas por su emancipación integral, lo que terminó de confirmarse al producirse la rebelión popular del 27 de febrero de 1989 cuando se le quiso imponer el paquete de medidas económicas neoliberales del Fondo Monetario Internacional como también al votar masivamente por Chávez en cada elección presidencial.

Aun arrastrando todas las penalidades creadas por el resentimiento y la ambición de poder de la oposición derechista, esta mayoría sabe que bajo un gobierno dirigido desde Washington no serán respetadas las diferentes conquistas sociales, políticas, culturales y económicas alcanzadas al amparo de la Constitución bolivariana y la democracia participativa. Y no porque exista un adoctrinamiento efectivo de parte del chavismo sino porque ha sido la misma derecha cipayo quien lo expresa con su discurso y su violencia racista, adosados a un repudio pertinaz de la Constitución vigente. Ante un panorama donde se deroguen todos los logros (aún limitados) de la democracia participativa, los sectores populares optan por mantener su amplio respaldo a Maduro y al chavismo.

Quienes ignoran, a propósito, e inconscientemente, la historia de luchas del pueblo venezolano no sabrá explicarse a sí mismos y a los inquilinos de la Casa Blanca el porqué de su continuo fracaso. Incluso, habría que advertir que otro tanto ocurre con un porcentaje de "líderes" chavistas que se mantienen aferrados a las viejas estructuras del Estado burgués liberal, pero esto ya sería otro tema pendiente por abordar. Mientras tanto, la realidad que confrontan mercenarios, cipayos y afines, bajo la tutela directa del régimen imperialista gringo, no es otra que la de un pueblo consciente de los pasos necesarios para alcanzar sus ideales de democracia participativa y protagónica, de autodeterminación y de soberanía; al contrario de aquellos que anhelan su total sumisión y exclusión del escenario público. Materia que les cuesta mucho asimilar a sus contrarios.

mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 6 de mayo de 2020

Alerta, más que nunca, alerta: Estados Unidos puede estar preparando algo mayor



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
Tras la desaparición de la Unión Soviética y el fin del mundo bipolar, Estados Unidos se quedó sin enemigo, necesitaba crear uno nuevo ahora que el “fin de la historia” había hecho posible que el capitalismo imperara en el mundo hasta la eternidad.


Pero tal situación provocó un desajuste en la estructuración de los planes hegemónicos imperiales por lo que se dio a la tarea de crear ese nuevo enemigo que le permitiera establecer un nuevo orden mundial a partir de sus intereses. En este contexto, el narcotráfico y los migrantes indocumentados vinieron a ocupar ese sitial como ejes de la reorganización de su poder militar. En América Latina, estos planes tuvieron que ser ajustados cuando el día final del siglo pasado, el último soldado del ejército de ocupación yanqui en Panamá debió abandonar el territorio de ese país en cumplimiento de los acuerdos Torrijos- Carter.

Aunque desde la misma firma de estos tratados, el Pentágono había comenzado a tomar medidas para reorganizar su contingente bélico en el hemisferio occidental, el proceso provocó no pocas contrariedades para el alto mando castrense estadounidense. El Plan Colombia vino a ser el procedimiento diseñado para reestructurar su presencia militar en la región, a partir ahora de la lógica de una supuesta lucha contra el narcotráfico.

Dos hechos vendrían a tener nuevo impacto para este asunto: en primer término, la victoria electoral de Hugo Chávez en 1998 en Venezuela que inició un proceso de transformación de las reglas de juego en la región y, por otro lado, las acciones terroristas perpetradas por oscuras fuerzas aún no identificadas el 11 de septiembre de 2001 que permitieron a Estados Unidos y al presidente Bush señalar al terrorismo como su enemigo principal. Así, a cambio de 3.000 muertos, cifra irrisoria si se compara con los 100 a 200 mil que Trump ha dispuesto sacrificar en pos de su reelección, Bush aprovechó de inaugurar una estructura unipolar del mundo, emergiendo como el único ganador tras estos tenebrosos hechos.

La fusión operativa de estos dos enemigos permitió darle vitalidad y globalidad al concepto de narcoterrorismo. Aunque nacido en los años 80 del siglo pasado en Colombia para identificar a los grandes carteles de la droga que realizaban deleznables acciones armadas contra la población civil, Estados Unidos se apropió del término a partir de 2001 y comenzó su difusión masiva por la necesidad de registrar un enemigo tras su invasión a Afganistán en octubre de ese año.

Desde ese momento, la mediática transnacional se ha encargado de asociar ese apelativo a cualquier gobierno u organización política o social que no siga los dictados de Washington y no se ajuste a su nuevo esquema de dominación. De esta manera, han sido perversamente agrupados bajo la denominación de “eje del mal” generalizando un concepto emitido por el presidente George W. Bush el 29 de enero de 2002 en su discurso del Estado de la Unión ante el Congreso de su país.

Esta conceptualización política evade que Irán, Cuba, Venezuela y Nicaragua han sido refrendados por organizaciones internacionales independientes de Estados Unidos y por la propia Organización de Naciones Unidas (ONU) como países destacados en la lucha contra el narcotráfico, además de tener un ínfimo consumo interno. La incorporación a esta lista de la organización islámica libanesa Hezbolá se entiende solamente como parte del mecanismo de sustentación de la política de Estados Unidos en el Asia occidental que tiene en Israel su principal soporte.

En el momento actual, la irradiación mediática del concepto de narcoterrorismo persigue objetivos similares en aquellas áreas del globo en las que Estados Unidos posee intereses geopolíticos estratégicos.  En el Asia Occidental, ante el vencimiento y probable renovación del Plan de Acción Integral Conjunto con Irán sin Estados Unidos, este país quedará aún más aislado de Europa toda vez que su postura solo ha sido apoyada por Israel y Arabia Saudita, sus tradicionales aliados en la región. Las sanciones a Irán han afectado de manera sólida su economía, pero no han quebrado su voluntad de resistencia y apoyo a las posiciones antiimperialistas y anti sionistas en la región. Europa ya ha anunciado que, contrario a su política tradicional, en este caso no se subordinará a Estados Unidos, lo cual deja al gobierno de Trump en una situación de debilidad en esta estratégica zona del mundo.

En la misma condición se inscriben las recientes acciones imperiales en América Latina y el Caribe, en particular contra Cuba y Venezuela. La incursión naval realizada por desertores venezolanos organizados y entrenados por una empresa de reclutamiento de mercenarios de Estados Unidos con financiamiento de este país y de la ultraderecha terrorista de Venezuela da cuenta de que, además de la presión por vía terrestre, ahora Washington ha comenzado a operar por vía marítima. Expresión de ello son las maniobras navales de la OTAN, bajo comando de Estados Unidos en el Caribe; la irrupción de un barco portugués que transportaba mercenarios en aguas territoriales venezolanas, que tras un encuentro violento con una patrullera de la armada bolivariana, fue obligado a retirarse a las Antillas Holandesas; la incorporación de un barco de los Países Bajos y el uso del territorio de las islas holandesas del Caribe muy cercanas a las costas de Venezuela como base de operaciones de la OTAN contra nuestro país. Así mismo, se debe considerar la presencia de navíos británicos, franceses y españoles en el Caribe y la captura de dos barcos cargados con cocaína que se dirigían desde Colombia, uno a Brasil y otro a España, que después de ser capturados, fueron sujeto de un intento de involucrar a Venezuela en el despacho de la droga diciendo que habían salido desde su jurisdicción, cuando lo cierto es que nunca pasaron por territorio terrestre ni marítimo de este país.
Todo esto va configurando un expediente a través del cual se va escalando el conflicto. En momentos en que las fronteras terrestres, de la misma manera que los aeropuertos están cerrados, y el transporte aéreo ha sido disminuido a una mínima expresión, la vía marítima surge como la principal y casi única ruta para las comunicaciones de Venezuela con el exterior.

Ello explica el extraordinario e insólito despliegue militar y naval de la OTAN en el Caribe bajo disfraz de operaciones antinarcóticos en una región por la que sólo transita el 4% del total de cocaína que Colombia envía a Estados Unidos en su perfecto negocio de mayor ofertante y mayor demandante. Todas las otras acciones, antes mencionadas forman parte de la fase exploratoria que la OTAN y el Comando Sur están realizando en la preparación de una acción contra Venezuela, esta vez con soldados profesionales y bajo mando directo del Pentágono.

La tercerización de las operaciones persiguen el objetivo de obtener información sobre la capacidad de respuesta técnico operativa del dispositivo de defensa de las fuerzas armadas de Venezuela en el marco de la concepción de “guerra de todo el pueblo”, ante lo que altos oficiales de Estados Unidos han reconocido que las resulta muy difícil planificar y eventualmente ejecutar operaciones toda vez que desconocen la cantidad y calidad de la milicia y el pueblo militarmente organizado.

Ante esto, es probable que el accionar militar de Estados Unidos se decante por operaciones quirúrgicas de captura de altos dirigentes bolivarianos o la ocupación de alguna de las muchas islas del Caribe bajo soberanía de Venezuela a fin de instalar un gobierno que pida ayuda a Estados Unidos para darle falso soporte legal a una eventual operación en gran escala contra el territorio nacional.

Otra posibilidad sería la realización de una operación de falsa bandera en Brasil o Colombia, organizada y ejecutada por fuerzas especiales de Estados Unidos o Israel y apoyo de los gobiernos de esos países con el objetivo de culpar de las mismas a Venezuela, las FARC, el ELN de Colombia, Irán, Hezbolá o a cualquiera que se le ocurra a los laboratorios de terror de los órganos de inteligencia estadounidenses, buscando el mismo objetivo de legalizar una acción de gran envergadura contra Venezuela.

En la memoria reciente, están las armas atómicas en Irak, la represión del pueblo por parte de Gadafi en la Plaza Verde de Trípoli, las armas químicas nunca encontradas en Siria, la presencia de Osama Bin Laden en Afganistán, todo lo cual ha resultado falso, pero que han servido para justificar invasiones de Estados Unidos que han provocado millones de muertos y centenares de millones de dólares de daños producidos por la agresión imperial  

A estas alturas, está ampliamente demostrado -por las propias declaraciones de sus máximos dirigentes- que Estados Unidos ha puesto todas las variables sobre la mesa para derrocar al gobierno de Venezuela. Habría que agregar que hoy, el contexto electoral que hace solo dos meses favorecía ampliamente a Trump, se está revirtiendo aceleradamente tras su desastroso manejo de la crisis provocada por la pandemia del COVID-19 y la funesta situación de la economía de la potencia norteamericana. A esto habría que sumarle la pública decisión de los presidentes de Colombia y Brasil de subordinar la soberanía de sus países a Estados Unidos a fin de ganar su apoyo para manejar el propio descrédito interno.

La alerta está dada, ante cada nueva derrota de la política de Estados Unidos, emergen también nuevas acciones diseñadas en sus laboratorios de generación y promoción del terrorismo. Es evidente –porque también lo han dicho sus dirigentes- que irán escalando y apretando la horca contra Venezuela. En esa medida, en tanto se acerquen las elecciones de noviembre y en tanto sigan aumentando –como se ha pronosticado por los científicos- el número de contaminados y muertos por la pandemia en Estados Unidos, el peligro será mayor.

Hace unos años se coreaba que había que estar alerta porque la espada de Bolívar estaba caminando por América Latina, hoy, hay que tener esa espada presta para defender la ciudad y el país natal del Libertador.

sergioro07@hotmail.com

miércoles, 29 de abril de 2020

Beijing no se quedará de brazos cruzados.



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
Casi al finalizar el año pasado escribí un artículo que titulé: “2019: primer año de la confrontación estratégica entre Estados Unidos y China”. Algunos lo catalogaron de alarmista y me escribieron (incluso un colega chino), para decirme que era exagerado. Eso fue el 19 de diciembre, solo unos días después, el último del año, China notificó a la OMS y al mundo el surgimiento del brote de un virus desconocido hasta ese momento.


El alba del año 2020 no presagiaba el alcance que habría de tener este hecho para la humanidad, su posterior irradiación a todo el planeta llevó a que el 11 de marzo, la OMS decretara al ya conocido como coronavirus COVID-19 como pandemia. Las implicaciones subsecuentes aún están en curso. Variadas conjeturas –desde las más apocalípticas hasta las más optimistas- están emergiendo como visiones de futuro del mundo que habrá de sobrevenir.

Por mi parte, por muchos esfuerzos que hago, todavía no alcanzo a visualizar el curso de los acontecimientos en toda su dimensión. Cuando arribo a ciertas conclusiones, nuevas variables se cruzan en el razonamiento, haciendo interminable el análisis de la perspectiva y las consecuencias que se podrían avizorar.
Por supuesto, el contexto de las relaciones internacionales no está ajeno a este raciocinio. En el ámbito estratégico de la disciplina quedará por ver cómo evolucionan las relaciones entre China y Estados Unidos, que a mi juicio es el factor determinante para concluir alguna hipótesis respecto del mundo del futuro.

En el artículo antes mencionado –repito- sin que apareciera aún el COVID-19 en el horizonte, aseveraba que el conflicto entre las dos mayores potencias mundiales era mucho más que una “guerra comercial” como profusamente se aseguraba en espacios académicos, mediáticos, políticos y diplomáticos. Afirmaba también, que este trance “…se enfoca en discrepancias de tipo político e ideológico de carácter antagónico y estructural que no tienen solución…”. Así mismo, alertaba en el sentido de que había que tener cuidado porque “…en política la no comprensión y la confusión entre las dimensiones estratégica y táctica suelen conducir a errores de extrema gravedad, y consecuencias que dejan improbables secuelas” y que los acuerdos alcanzados en la disputa comercial entre los dos países eran “…solo una pausa que [debía] ser entendida en esa dimensión…”

Ya en octubre del año pasado, el presidente Trump creó la Corporación Financiera de Desarrollo Internacional de Estados Unidos con un presupuesto de 60.000 millones de dólares (tres veces mayor que en de la agencia antecesora) a fin de conceder préstamos, garantías de préstamos y seguros a empresas dispuestas a hacer negocios en naciones en vías de desarrollo Con el claro objetivo de contrarrestar la influencia geopolítica de China, el presidente estadounidense se propuso confrontar la iniciativa de “Un cinturón y una ruta”, incluso contraviniendo su propuesta de campaña que apuntaba a reducir y eliminar en algunos casos, la ayuda internacional.

Este vuelco de política exterior -contrario a lo que se pudiera suponer- no obedece a un repentino cambio de opinión del atribulado Trump, sino a su desesperada necesidad de intentar bloquear los efectos de la expansión de la cooperación internacional de China que se expresa en el financiamiento de grandes proyectos en Asia, Europa del Este, América Latina y el Caribe y África.

Lamentablemente, la pausa acordada en enero fue rota antes de tiempo, el COVID-19 fue su causante. Cuando el ambiente negociador y de distensión que llevó a tal tregua a mediados del primer mes del año, podría haber sido un buen preludio para desarrollar la cooperación en medio de la pandemia, pudo más la confrontación estratégica de carácter ideológico que el interés de atreverse a actuar de forma articulada para dar respuesta al peor peligro que ha desafiado a la humanidad durante este siglo y desde el fin de la segunda guerra mundial.

En el orden táctico, ningún análisis puede obviar que los dos partidos del sistema político de Estados Unidos están incapacitados para desprenderse de la campaña electoral de cara a los comicios de noviembre, lo cual los motivó a usar la pandemia como instrumento de propaganda. En este sentido, la hasta febrero, segura victoria de Trump ha comenzado a ponerse en entredicho tras su deplorable manejo de la pandemia durante los últimos dos meses.

En el lado demócrata, como era de esperarse Bernie Sanders se rindió temprano ante la avalancha de recursos financieros de sus oponentes con los que no pudo competir por lo que tristemente llamó a apoyar a Joe Biden firmando de esa manera su acta de defunción política. Aunque Biden no se diferencia mucho de Trump, el mayor problema es que está entrando en una natural etapa de demencia senil como informa ABC Internacional, lo que hace que no se acuerde de sus dichos, llegando incluso a olvidar lo que tiene que exponer en sus discursos, muchas veces desvariando sobre hechos, cifras y nombres. Así, en noviembre, Estados Unidos se debatirá entre un sicópata y un demente, complicando aún más el porvenir de la humanidad.

En este sentido, la cancillería china expresó el pasado 27 de abril “su enérgica oposición a ser involucrada en la política electoral de Estados Unidos”, en respuesta a un memorándum de 57 páginas exhibido por el medio periodístico Político  en el que se exhorta a los candidatos republicanos a resolver la crisis de la COVID-19 atacando agresivamente a China a través de tres enfoques principales que deben ser acometidos: 1. “China causó el virus al ´ocultarlo, 2. Los demócratas son ´suaves con China, y 3. Los republicanos ´impulsarán sanciones contra China por su papel en la propagación de esta pandemia`.

En este contexto, Trump ha optado por el ataque contra China para desatar un nacionalismo populista que en el corto plazo lo lleve a ganar las elecciones y más tarde, continuar el esfuerzo iniciado hace dos años para apartar a China de su línea de desarrollo que –si bien limitada por la pandemia- ha cobrado nuevos ímpetus tras enfrentarla exitosamente para, con posterioridad, colaborar con la OMS y más de 80 países del mundo con el mismo objetivo.

La opción de Estados Unidos por la confrontación ha tenido un repunte sobre todo en este último mes cuando pareciera que el COVID-19 se ha salido de las manos de Trump y su gobierno. Ya el primer día de abril, funcionarios estadounidenses y de otros países occidentales trataron de de culpar a China por la pandemia, acusándola de encubrir la cifra real de infectados y desinformar sobre el COVID-19. También afirmaron que le reclamarán a China después que la pandemia pase.

En particular, en la campaña anti china ha destacado Peter Navarro, asesor comercial del presidente, quien se ha transformado en uno de los más insaciables enemigos de China en la Casa Blanca, acusando al país asiático de “un encubrimiento que retrasó seis semanas la respuesta mundial”. En una entrevista, Navarro llegó a decir que “China sabía desde mediados de diciembre, que tenía casos de transmisión de coronavirus de persona a persona”.

La respuesta de Beijing fue contundente, Hua Chunying vocera de la cancillería expresó que: “Las mentiras contadas por este político estadounidense no valen la pena refutarlas. Me di cuenta de que durante esa entrevista, incluso el periodista lo interrumpió varias veces y señaló que estaba [haciendo perder] el tiempo de todos”, calificando además sus comentarios como “desvergonzados” al culpar sin pruebas a China por el coronavirus, asegurando de la misma manera que Estados Unidos “debería dejar de politizar un problema de salud y centrarse en la seguridad de su pueblo”.

Por su parte, en otra entrevista, el día 16 el Secretario de Defensa de Estados Unidos, Mark Esper, continuó la línea de ataque al afirmar que China fue “engañosa” y “no transparente” al informar sobre la epidemia. China respondió diciendo que esta falacia es exactamente la misma que la de algunos otros políticos de Estados Unidos y que esta excusa de culpar a otro no era nada nuevo.

En este marco, un grupo de abogados estadounidenses lanzó una acción legal histórica para demandar a China por billones de dólares, acusando a sus líderes de negligencia por permitir que estallara el brote de coronavirus, y luego encubrirlo. La demanda colectiva que involucra a miles de demandantes de 40 países, se presentó en Florida el mes pasado. El estratega jefe de la acusación, Jeremy Alters, aseguró que "los líderes de China deben rendir cuentas por sus acciones".

Todo esto fue echado por la borda por el propio doctor Anthony Fauci, director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos quien en rueda de prensa el 17 de abril desde la propia Casa Blanca rechazó la teoría conspirativa de que el nuevo coronavirus fue creado y escapó de un laboratorio chino, según informó Business Insider.

En la continuación de la ofensiva anti china el 22 de abril, un grupo de 16 senadores republicanos pidió al presidente Donald Trump que obligue a los países solicitantes de reestructuración de deuda o ayuda económica a dar cuenta a Washington de sus compromisos con Beijing. Asimismo, Mac Thornberry, jefe del Comité de Servicios Armados de la Cámara de Representantes presentó un proyecto de ley en el Congreso con el apoyo de republicanos y demócratas con miras a crear un fondo de 6.000 millones de dólares para reforzar el potencial disuasorio contra China.

Ante similares acusaciones por parte del secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, China se vio obligada a dar una respuesta al margen de su tradicional práctica diplomática. En un artículo publicado en el Diario del Pueblo, órgano del partido comunista de China, escrito por Zhu Feng, decano del prestigioso Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Nanjing se esboza una muy dura réplica a Estados Unidos en la figura de Pompeo que es expresión de un nuevo lenguaje para las relaciones internacionales de China.

Después de catalogar al ex jefe de la CIA y actual secretario de Estado como “el oficial más arrogante de la administración de Donald Trump a la hora de atacar a China”, Zhu expone que: “La identidad política de la derecha republicana, la arrogancia de la élite estadounidense y las ambiciones políticas personales constituyen el ´gen político` anti-chino del secretario de Estado” .

Agregó que “…el ataque de Pompeo contra China es típico de la postura hegemónica de los políticos de derecha estadounidenses que se caracteriza porque primero, “Estados Unidos siempre tiene la razón y es el ´dueño de la verdad`, lo que permite la distorsión y la manipulación de los hechos. Segundo, Estados Unidos es el poder más grande del mundo y puede obligar a las organizaciones y al derecho internacional a someterse a las cogniciones e interpretaciones estadounidenses. […] tiene derecho a abandonar las convenciones, pero otros países ´tienen` que respetar el derecho internacional y permitir que Estados Unidos anule las organizaciones internacionales y otros países soberanos”.

 La caracterización que se hace de Pompeo y de otros políticos por su condición política de “derecha”, hace referencia a un aspecto ideológico no habitual en las relaciones internacionales de China, ni siquiera en el ámbito académico, que toma nota de contradicciones que van mucho más allá de lo estrictamente comercial o incluso -en este caso- de la contradictoria visión en el manejo de la pandemia. Así, se incursiona en un plano que ha sido conscientemente obviado desde Beijing incluso ante el ostensible involucramiento de Estados Unidos en el apoyo a la desestabilización de Hong Kong y en su intervención como soporte de la administración de Taiwán en clara violación de los propios acuerdos bilaterales en materia de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y China.

No se sabe aún cuál será el devenir del mundo tras el fin de la pandemia, tampoco se puede prever con certeza el rumbo que tomará una inminente restructuración de las relaciones internacionales, pero lo que sí parece seguro es que, en su desesperación por la pérdida de la hegemonía global, Estados Unidos escalará sus ataques contra China. A diferencia del pasado, pareciera que esta vez, Beijing no se quedará de brazos cruzados.

sergioro07@hotmail.com

sábado, 25 de abril de 2020

El verdadero tamaño de Estados Unidos y América Latina en el Nuevo Orden.



Por Pltgo. Oswaldo Espinoza:
La mayoría de los análisis y artículos de opinión coinciden en que luego de la pandemia del Covid-19, el mundo será diferente, y entre esos cambios trascendentales se potenciará o acelerará la transición de un orden unipolar neoliberal y globalista, encabezado por los Estados Unidos como súper potencia política, económica y militar con un poder incontestable y cuya voluntad se impone por encima de cualquier soberanía u orden legal alguno en el planeta; sistema que daría paso definitivamente a un nuevo orden pluripolar y multicéntrico, en el que las grandes potencias China, Rusia y Estados Unidos definirían grandes áreas de influencia y sistemas de alianza con potencias menores de carácter regional; un orden que debería estar regulado por un sistema institucional multilateral revisado o sustancialmente transformado. Ante ese escenario surgen dos grandes preguntas de nuestro interés; en primer lugar ¿Cuál es el tamaño real de los Estados Unidos?, o el que adquiriría en el nuevo orden, y ¿Qué papel le corresponde a Latinoamérica en ese nuevo mundo?

Entre los analistas rusos se suele hacer alusión a la necesidad que tiene el mundo de devolver a Estados Unidos a su verdadero tamaño, por cuanto, es obvio que no debe y ya no puede, o quizás nunca pudo abarcar todo el globo, en realidad más que un orden unipolar hay que hablar de un momento unipolar en el que EEUU aprovecho el colapso de la URSS y la juventud incipiente de China como potencia para asumirse como gendarme mundial, pero incluso los propios expertos estadounidenses, incluidos los militares, saben que ese momento ya pasó y que resulta insostenible pretender prolongarlo indefinidamente, precisamente por esta razón el régimen actual ultranacionalista de derecha se enfrenta en una guerra civil  y política subyacente a las elites globalistas para retomar el Estados Unidos gigante industrial de la primera mitad del siglo XX, que vio su cúspide en los 50; esa política de “American First” implica necesariamente una reducción.

No obstante, como ningún imperio retrocede o cede sus dominios con facilidad, la política exterior de esa potencia parece seguir una doble estrategia, por cuanto mientras por un lado se adapta a las nuevas realidades globales de distribución de poder, por el otro se aferra a sus posiciones y hace demostraciones de poder para desafiar, peligrosamente, a sus rivales geopolíticos, aun cuando parezcan contradictorias adquieren sentido si las interpretamos como un retroceso en el que sería muy costoso mostrarse débil, y además bastante comprensibles si entendemos que el imperio que retrocede tratará al máximo de retrasar el avance y consolidación de sus oponentes.

Si el escenario planteado hasta ahora tiene sentido para el lector, resulta pertinente volver sobre la primera pregunta, ¿Cuál entonces es el verdadero tamaño de los Estados Unidos?, hasta donde retrocederá, y que zonas del mundo quedarán bajo su área de influencia. Sí las cosas salen bien para los Estados Unidos, al final ellos pudieran continuar siendo gigantescos y controlando prácticamente la mitad del mundo; es decir que si sus ambiciones se cumplen conservarían control sobre ambas orillas del Atlántico y en ambas latitudes (norte y sur), de la mano de sus aliados (vasallos) europeos, control sobre África y la cuenca del Mediterráneo, con la complicidad de Israel y las monarquías del golfo conservarían una presencia clave en el occidente de Asia garantizando control sobre buena parte del petróleo de la zona; por otro lado con Japón, Corea del Sur, Australia y la India el control sobre el indico y la mayoría del pacifico; en ese caso, para su pesar estarían cediendo el control de las rutas comerciales más importantes del mundo y los recursos minerales que se encuentran en territorio continental asiático y sus rutas marítimas del sur de China y el Ártico ruso.  

En el peor de los escenarios para Estados Unidos y el mejor para Rusia, China y otras potencias emergentes, los EEUU se restringiría hasta la llamada anglo esfera, una zona del planeta que comprende básicamente el Atlántico norte con Canadá y México como escuderos continentales de este lado y el Reino Unido como aliado incondicional y estratégico del otro lado, teniendo al resto de Europa en una relación más tensa y distante; mientras del lado del Pacifico la anglo esfera se refiere a Australia, Nueva Zelanda y los territorios extra continentales de los estadounidenses, siempre en sociedad con Japón y Coreo del Sur que por razones históricas de rivalidad no girarían geopolíticamente. Esta reconfiguración implicaría que Rusia además de reinar en el Ártico recuperaría buena parte de su área de influencia en la Europa oriental (a pesar de los altos niveles de rusofobia de hoy el giro como recurso de adaptación es posible); lo mismo ocurriría en el Oeste de Asia y el norte de África en alianza con Irán, aunque con la notable excepción de Israel, y por su parte en el océano Indico con la India, que en este planteamiento abandonaría su postura ambivalente y terminaría de alinearse.

Por su parte China recuperaría Taiwán y consolidaría sus dominios en el mar de China con control sobre la primera y la segunda cadena de islas en un tenso equilibrio con los aliados de los estadounidenses Japón y Coreo del Sur, África, o al menos su mayor parte estarían en la zona de influencia de China. Ambas potencias tendrían además relaciones estratégicas que permitirían la consolidación del cinturón y la ruta y la ruta ártica, controlando de esta forma el centro de la economía global.

Es tiempo de ver la segunda cuestión, pues como notarán no he mencionado el papel de Latinoamérica en cualquiera de esos planteamientos posibles de reconfiguración del poder mundial; entonces ¿Cómo queda América Latina en el nuevo orden? Para ello hay que plantear también dos posibilidades: En la primera, es decir en la más favorable para Estados Unidos, simplemente seguiríamos siendo su patio trasero, condenados todos a las relaciones de dependencia económica y sumisión política y social.

Por otra parte es el segundo planteamiento el que resulta más que interesante; del lado del pacifico, sinceramente veo muy probable que continúen como aliados sumisos e incondicionales de EEUU contribuyendo a su dominio sobre el pacífico sur de la mano la mayoría de Centroamérica, Colombia, Perú y Chile con la posible excepción de Ecuador y Bolivia con el regreso de la revolución; no quiero descartar aquí toda esperanza, los pueblos de Chile y Colombia luchan, se levantan y un milagro es posible.

Del otro lado del continente es donde reside la mayor esperanza de una Latinoamérica con un rol más importante en el nuevo orden, pero eso depende, en primera instancia de salvar, consolidar y recuperar el progresismo en Cuba, Nicaragua, Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina; en segundo lugar, de avanzar hacia una verdadera integración total, social, política, económica y militar, que permita crear y controlar una zona de influencia que cubra el Caribe con el triángulo Cuba, Nicaragua, Venezuela y el Atlántico central y sur con el eje Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina, esto además requerirá de la integración extra continental sur-sur con los pueblos africanos para asegurar ambas orillas de esta parte del océano, aun considerando la mancha de las Malvinas en posesión británica.

Finalmente mantener una influencia real y disuasoria sobre esta área exigirá alianzas globales con Rusia y China, cuya forma de relacionarse con sus socios ha demostrado, hasta ahora, ser sustancialmente diferente a la de los Estados Unidos, en el sentido de ser más respetuosa de la soberanía, la identidad y la libre determinación, brindando oportunidades reales de desarrollo de la producción e  industrialización nacional, con transferencia tecnológica y sin injerencia en los asuntos internos: si bien nada garantiza que esto no cambie a futuro, actualmente representa una mejor oportunidad para ir construyendo la patria grande, mejor que la ya conocida relación con los estadounidenses, una oportunidad para alcanzar nuestro merecido lugar en la historia.

Obviamente no se trata de hacer futurología, por eso se plantean algunas posibilidades para un nuevo orden que se avizora y que a la larga nos puede dar más de una sorpresa; sin embargo creo que sólo podría asegurarse que un nuevo orden es inevitables, que será pluripolar y multicéntrico, que como bien dijo el Presidente China Estados Unidos tendrá que aprender a ser una potencia responsable, que como dicen los rusos el nuevo orden implicará una reducción del tamaño de la gran área de influencia de EEUU, y finalmente que nuestro papel en ese nuevo orden emergente dependerá ahora más que nunca de la capacidad de lucha de nuestros pueblos para conquistar sus espacios, convertirse en sujetos de su propia historia y ganarse el derecho de escribir y construir su futuro, un futuro para el vivir bien con la mayor suma de felicidad posible.

Docente UBV
Investigador CEPEC-UBV
oswaldoespin@gmail.com