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viernes, 6 de noviembre de 2020

Es más fácil adivinar quién perdió que saber quién ganó

 Por Sergio Ortiz::

En la que se precia de ser la mayor y mejor democracia del mundo se votó el martes 3, pero a 48 horas del cierre no se sabe quién ganó. Y puede haber más demoras. Es más fácil adivinar quién perdió.

Los comicios eran clave porque además de ungir presidente y vice se elegían 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 senadores. Por el Ejecutivo competían el actual presidente, Donald Trump acompañado de su vice, Mike Pence, republicanos, versus la fórmula de los demócratas de Joe Biden y su vice, Kamala Harris.

Un dato de color, no descalificatorio, es la edad de los dos presidenciables, pues Trump sopló 74 velitas y Biden 77. No se cuecen en un sólo hervor.

Lo más importante es la decrepitud del sistema político electoral estadounidense, que se remonta a 250 años y se resiste como gato panza arriba a cambios. Por ejemplo, no es una elección directa sino por medio del Colegio Electoral de 538 miembros, donde el ganador requiere un piso de 270 electores.

O sea que el electorado sufraga por una u otra lista – la apariencia bipartidista tiene otros partidos menores – y según quien gane en cada uno de los 50 estados y el distrito de Washington, se lleva todos los delegados al Colegio Electoral de dicho estado.

Ya hubo dos elecciones, en 2000 entre el demócrata Al Gore y el republicano George W. Bush, y en 2016 entre Hillary Clinton y Trump, donde los demócratas superaron por más de 2 millones a sus contrincantes, pero éstos fueron en definitiva a la Casa Blanca. ¿Qué sucedió? Que los republicanos tuvieron menos votos, pero más delegados en el Colegio Electoral en determinados estados. 

¿Podrá ser la actual la tercera vez que ocurra un disparate antidemocrático como ese? No se puede descartar, porque al momento de escribir esta nota Biden llevaba la delantera con más de 70.5 millones de votos (50.18 por ciento) contra 67.5 millones (48.1) del magnate neoyorquino. A su vez en cuando a delegados también la ventaja era demócrata: 248 delegados contra 214.

Sin embargo, pese al tiempo transcurrido desde el cierre de los comicios y que 100 millones de personas habían votado en forma anticipada, sea en forma presencial o por correo, no hay resultados definitivos. En algunos estados se advirtió que el conteo de los sufragios por correo recién comenzaría con el fin de la elección, y eso obviamente puede inclinar la balanza para uno u otro lado. 

También porque restan algunos estados considerados clave para el resultado, donde aún no se terminó de contar los votos, sobre todo en tres: Wisconsin (10), Michigan (16) y Pensilvania (20). El primero de esa lista fue adjudicado a Biden, mientras se sigue contando en los otros dos. En Pensilvania parece tener mayoría Trump, por eso es imposible saber a esta altura quién ganó. Es un final abierto, para usar una frase muy gastada, o final de bandera verde, para los burreros.

Peor Trump.

En competencia electoral tanto republicanos como demócratas tienden a agrandar las diferencias políticas y de estilos de candidatos, buscando ganar el electorado de ese país de 382 millones de habitantes. En el fondo son más las similitudes que las diferencias. Unos y otros defienden el sistema económico dominado por Wall Street, bancos, fondos de inversión, Silicon Valley, multinacionales y organismos financieros internacionales donde el voto estadounidense pesa más que cualquier otro.

Un demócrata empezó el bloqueo a Cuba, John F. Kennedy, y otros republicanos lo recrudecieron, como Bush y Trump. A Venezuela la declaró un serio peligro para la seguridad estadounidense el demócrata Barack Obama en 2015 y el neonazi que hoy habita el Salón Oval siguió con la línea de bloqueo, agresiones y hasta el proyecto de invasión militar.

De todas maneras, con esas y muchas otras coincidencias, es incorrecto decir que Trump y Biden «son lo mismo», una típica trosqueada argenta.

En cuanto a la pandemia, Trump fue criminal, minimizándola, sin adoptar medidas sanitarias y acusando a China de haber fabricado y exportado el coronavirus. En buena medida por eso hoy EEUU tiene 9 millones de contagios y más de 230.000 muertos, en tanto las demonizadas Cuba y Venezuela lamentan sólo 129 y 810 muertes.

En materia sanitaria Biden no fue tan malo como su oponente, claro que con la aclaración de que no tuvo responsabilidades ejecutivas: habló a favor de la OMS, se presentó siempre con barbijo y cuestionó las brutalidades de Trump en la materia.

La pandemia está ligada, como en el resto del mundo, a las consecuencias negativas en lo económico-social. EEUU tuvo siempre 40 millones de pobres, fruto del sistema republicano-demócrata capitalista de antaño. Y con el Covid-19 se sumaron 25 millones que pidieron subsidio de desempleo y ayuda estatal. Ese aumento de la pobreza debe ser facturado al partido republicano porque gobierna, no porque los demócratas sean mejores. 

El poder no estaba en sus manos cuando el índice de desempleo se empinó de 5 al 14 por ciento (luego bajó algunos puntos). Esa factura corresponde pagarla a Trump.

Sistema viciado.

Este sistema no tiene voto directo ciudadano. También en cuanto a la limpieza de los comicios, el peor es Trump. En los días previos denunció que estaba en marcha un fraude con la votación por correo, que supuestamente sería demócrata. No aportó ninguna prueba de tal fraude. Y en la medianoche del martes, se autoproclamó ganador y volvió sobre la tesis del supuesto fraude, por lo cual iría, según amenazó, a la Corte Suprema (allí tiene 6 votos conservadores contra 3 que podrían ser críticos).

O sea, ensució la elección sin tener pruebas. Incluso declaró que no aceptaría los resultados, o sea se quedaría en la Casa Blanca de prepo. Eso sería un flagrante delito, pero además una incitación a la violencia, en un país que es violento afuera, como el sheriff del mundo, y también lo es fronteras adentro, sobre todo contra los pobres, los afroamericanos, latinos, indígenas y mujeres. Todavía están frescas las puebladas de este año luego de los crímenes policiales de George Floyd y varios otros afroamericanos.

También a la hora de reprimir el peor de todos es Trump. El otro, quizás simuladamente, dice reconocer al Black Lives Matter.

Cuando se sepa el ganador no terminará esa discriminación racial. A lo sumo, si pierde Trump, no se completará el «muro del apartheid» con México.

Estas elecciones fueron carísimas. Entre los dos aspirantes destinaron 6.600 millones de dólares, 2.000 millones más que en 2016, cuando Trump se enfrentó a Clinton, según un estudio del Center for Responsive Politics. En total el gasto electoral, contando la pelea legislativa por el Senado y los Representantes, fue de 17.000 millones de dólares. La plutocracia o democracia de los ricos, derrocha dinero y falsas promesas.

Con recuentos incompletos y denuncias, hoy no se sabe quién ganó; es más fácil aventurar quién perdió, el pueblo norteamericano.

ortizserg@gmail.com 

miércoles, 23 de septiembre de 2020

El terrorismo global. Estados Unidos e Israel a la cabeza

Por Rubén Alexis Hernández:

Tras los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, la élite de esta nación, liderada políticamente por George Bush hijo, declaró el inicio oficial de la guerra mundial contra el terrorismo, que conceptualizado de acuerdo a los intereses estadounidenses y de sus aliados, representaba un gran peligro permanente para la seguridad, la democracia y la libertad en Estados Unidos y el resto del orbe “libre”; consideraron los halcones de la guerra que desatar una respuesta militar amplia contra los “responsables” de los “atentados” era más que necesario, y que  sería una acción plenamente respaldada por la opinión pública.

Pero en realidad el conflicto originado no fue más que una justificación y una estrategia para intentar mantener la hegemonía internacional de la nación norteamericana, en un mundo aparentemente unipolar, pero en el que países como Rusia y China ya amenazaban con una importante proyección de cara a disputarle a Estados Unidos el dominio en el planeta, como de hecho ya está pasando (2020).

Entonces el peligro que en teoría representaba el terrorismo, específicamente el islámico para Estados Unidos y el resto del mundo “libre”, no fue más que otra de tantas excusas que a lo largo de más de 200 años ha tenido la élite estadounidense para iniciar conflictos militares o participar en ellos durante su transcurrir. En el caso de la “guerra contra el terrorismo”, significó claramente la justificación “perfecta” para intervenir de forma contundente, en primer lugar, en varias partes del Cercano y Medio Oriente hasta nuestros días, y defender así sus intereses económicos y geoestratégicos, y mantener su influencia geopolítica y dominio militar en esa región tan importante en varios ámbitos, con obvio apoyo de Israel y de algunas naciones europeas, integrantes de la OTAN.

Y cómo no podía ser de otra manera, pronto esta guerra abarcó prácticamente a cada rincón del planeta donde tienen sus narices metidas el Imperio norteamericano y sus “amigos”, y en plena crisis sanitaria por la pandemia de COVID-19 y consecuente recesión, esta guerra parece intensificarse, quizá tratando de aprovechar la complicada situación socioeconómica que afecta especialmente a los pobres. Ahora bien, si abordamos la palabra terrorismo como debe ser, en un sentido amplio, no limitado conceptualmente de acuerdo a los intereses de Estados Unidos y sus aliados “democrático-libres”, está claro que terroristas son Estados Unidos, Israel y otras naciones que durante muchos años han estado al lado del imperio norteamericano derramando la sangre de numerosos seres humanos, en el marco del dominio global estadounidense.

En este contexto el terrorismo ejercido por Israel no conoce límites, considerando, por ejemplo, lo que su ejército ha hecho contra los palestinos, reprimiendo con brutalidad y asesinando en su mayor parte a mujeres, niños y discapacitados, con el objetivo de arrinconar cada día más a todo un pueblo en una porción territorial cada vez menor.

De manera que en la famosa “guerra contra el terrorismo” Estados Unidos, su principal aliado Israel y el resto de socios, sí que desataron un terrorismo a gran escala, y no sólo en el Cercano y Medio Oriente, donde se suponía estaban localizados sus enemigos, un puñado de fundamentalistas islámicos. Es una verdadera agresión global, el terrorismo mundial ejercido por una banda de delincuentes de élite liderada por el binomio Estados Unidos-Israel mediante el sionismo, supuestamente para derrotar a Al Qaeda y otros grupos terroristas islámicos, pero que en realidad sólo ha buscado la continuidad del dominio estadounidense en el orbe.

Es tal el nivel criminal de esos delincuentes, que formaron un grupo bien oscuro, conocido como ISIS o “Estado Islámico”, que han sembrado el terror en Siria y otras naciones del Cercano y Medio Oriente en nombre de Estados Unidos, Israel y sus aliados mundiales. Y dentro de dicha continuidad hegemónica, la “guerra contra el terrorismo” en países como Irak y  Afganistán también ha sido una suerte de lucha indirecta contra Irán, Turquía, Rusia y China, potencias con intereses en toda Asia, además de funcionar, o así lo cree la élite sionista-estadounidense, como especie de muro de contención regional del creciente poder y progresiva influencia de Rusia y China en toda la Tierra, lo que por supuesto es un problema para el Imperio norteamericano y sus socios.

ruhergeohist@yahoo.com

viernes, 11 de septiembre de 2020

Las elecciones de EEUU muestran la concepción imperialista



Por Diego Olivera Evia:
El sistema del capitalismo para controlar los mercados y la pandemia

¿Veremos en el siglo XXI el fin de Estados Unidos como la gran potencia dominante en la política internacional? ¿Está Estados Unidos en camino de perder las ventajas comparativas en materia económica, tecnológica y militar que lo han colocado por encima de las otras grandes potencias en el último siglo? ¿Contemplaremos en el siglo XXI el desplazamiento de Estados Unidos por nuevas potencias como China y la India o por potencias que ya han desempeñado ese papel anteriormente, como Europa y Rusia?


Estas preguntas aparecen recurrentemente en el debate político estadounidense. En la coyuntura más reciente, los serios problemas y limitaciones que enfrentó la política exterior del presidente Bush hijo –con las intervenciones militares en Irak y Afganistán, que se extendieron por más de seis años– y la profunda crisis financiera, que desde Estados Unidos se ha extendido al resto del mundo, han producido una serie de libros que plantean la cuestión de la posible decadencia de Estados Unidos.

Las respuestas y argumentos que el lector encuentra en estos trabajos son muy variados. En ocasiones se complementan y con frecuencia también se contradicen. En este ensayo bibliográfico se comentan cinco de estos libros, seleccionados tanto por el peso de sus argumentos, como por la difusión que han logrado entre el público lector de Estados Unidos.

Esta ideología, que determina márgenes muy estrechos para el debate en Washington, no es algo nuevo. El autor nos dice que los orígenes de esta complicada situación actual se remontan a la presidencia de Truman durante la segunda posguerra. De ahí en adelante, y siempre con el manejo hábil de la amenaza externa, los distintos gobernantes fueron alterando la esencia del sistema político, creando la "presidencia imperial" y trastocando el equilibrio entre los tres poderes de la Unión y el sistema de pesos y contrapesos diseñado por los padres fundadores de la república americana.

Si se toma la historia como punto de referencia, Donald Trump debería ser el candidato favorito para ganar las elecciones presidenciales de noviembre en Estados Unidos.
El mandatario estadounidense, que este lunes fue nominado oficialmente para la reelección durante la Convención Nacional del Partido Republicano, aparece de forma consistente en las encuestas por detrás del aspirante presidencial del Partido Demócrata, Joe Biden. La tendencia histórica en Estados Unidos indica que un mandatario que busca la reelección suele ser favorito.

De hecho, hasta ahora, solamente 10 presidentes (de un total de 45) han fracasado en este empeño, de los cuales únicamente cuatro han gobernado en el último siglo.
Esta elección decidirá si salvamos el 'sueño americano' o si permitimos que una agenda socialista demuela nuestro querido destino", dijo Trump al aceptar la nominación republicana para un segundo mandato presidencial en la noche del jueves.

"En un nuevo mandato como presidente, volveremos a construir la mayor economía de la historia, volviendo rápidamente al pleno empleo, aumentando los ingresos y registrando prosperidad", sostuvo Trump desde la Casa Blanca.

Además, lanzó un duro ataque sobre el candidato presidencial demócrata, el exvicepresidente Joe Biden, a quien presentó como alguien que ha dañado el país "en los últimos 47 años" y está rodeado de radicales.
"Joe Biden no es el salvador del alma de EE.UU., es el destructor de los trabajos de EE.UU. y, si se le da la oportunidad, será el destructor de la grandeza estadounidense", advirtió.

El sistema del capitalismo para controlar los mercados y la pandemia
El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema. Al parecer Asia tiene mejor controlada la pandemia que Europa. En Hong Kong, Taiwán y Singapur hay muy pocos infectados. En Taiwán se registran 108 casos y en Hong Kong 193. En Alemania, por el contrario, tras un período de tiempo mucho más breve hay ya 15.320 casos confirmados, y en España 19.980 (datos del 20 de marzo). También Corea del Sur ha superado ya la peor fase, lo mismo que Japón. Incluso China, el país de origen de la pandemia, la tiene ya bastante controlada.

Pero ni en Taiwán ni en Corea se ha decretado la prohibición de salir de casa ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes. Entre tanto ha comenzado un éxodo de asiáticos que salen de Europa. Chinos y coreanos quieren regresar a sus países, porque ahí se sienten más seguros. Los precios de los vuelos se han multiplicado. Ya apenas se pueden conseguir billetes de vuelo para China o Corea.
Europa está fracasando. Las cifras de infectados aumentan exponencialmente. Parece que Europa no puede controlar la pandemia. En Italia mueren a diario cientos de personas. Quitan los respiradores a los pacientes ancianos para ayudar a los jóvenes.

Pero también cabe observar sobreactuaciones inútiles. Los cierres de fronteras son evidentemente una expresión desesperada de soberanía. Nos sentimos de vuelta en la época de la soberanía. El soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Es soberano quien cierra fronteras. Pero eso es una huera exhibición de soberanía que no sirve de nada. Serviría de mucha más ayuda cooperar intensamente dentro de la Eurozona que cerrar fronteras a lo loco. Entre tanto también Europa ha decretado la prohibición de entrada a extranjeros: un acto totalmente absurdo en vista del hecho de que Europa es precisamente adonde nadie quiere venir. Como mucho, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al mundo de Europa. Después de todo, Europa es en estos momentos el epicentro de la pandemia.

Las ventajas de Asia
En comparación con Europa, ¿qué ventajas ofrece el sistema de Asia que resulten eficientes para combatir la pandemia? Estados asiáticos como Japón, Corea, China, Hong Kong, Taiwán o Singapur tienen una mentalidad autoritaria, que les viene de su tradición cultural (confucianismo). Las personas son menos renuentes y más obedientes que en Europa. También confían más en el Estado. Y no solo en China, sino también en Corea o en Japón la vida cotidiana está organizada mucho más estrictamente que en Europa. Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital.

Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado. Los apologetas de la vigilancia digital proclamarían que el big data salva vidas humanas.
Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus. Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera. El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa. La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia. Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción. La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

(*) Periodista, Historiador y Analista Internacional
diegojolivera@gmail.com


viernes, 21 de agosto de 2020

Líbano: Golpe Suave otra vez. ¿Para qué?



Por Alizo Rojo: 

Ante la “crisis” económica y la escalada de “protestas”, que desde hace meses se suceden en El Líbano y que “explotaron” en el puerto de Beirut el pasado 04 de agosto aparejando la “renuncia” del gobierno y el arribo de “ayuda” de los “humanitarios” gobiernos euro-occidentales, diré que  estamos ante una nueva temporada de la serie “Golpe Suave” producida, dirigida y financiada por la alianza sionista euro-estadounidense-israelí-saudí con guión escrito por Gene Sharp y sus asistentes Helvey, Ackerman y OTPOR-Canvas.



La serie da cuenta de los procesos sediciosos de las “revoluciones de colores”, “las primaveras árabes”, “las manos blancas” en escenarios como Serbia, Georgia, Ucrania, Kirguistán, Egipto, Libia, Honduras, México, Guatemala, Venezuela, Siria. La temporada actual tiene como escenario Irak, Siria, Yemen, Irán, Palestina, Líbano.

El objetivo de cuanto “golpe” se sucede es producir el “caos” que reclama el advenimiento de la llamada “sociedad abierta” de inspiración Poperiana y dólares Sorosianos para permitir la llegada del Poder único, la única economía, la sola religión del supremacismo sionista blanco.

En la presenta etapa mercenarios, sicarios, anarquistas occidentales, sectas LGTBI-Queer, y tontos útiles “luchan” contra gobiernos constituidos siguiendo la táctica de la "No-violencia" en busca de libertad y "estados autónomos". 

La táctica del "Golpe Suave" contrariamente a lo que pregonan sus psicópatas creadores y sus igualmente desquiciados seguidores (identificados o no como “muyahidines”), es una estrategia de acción violenta y de terror, funcional a la injerencia de la CIA, USAID, la OTAN, el Mossad israelí, el M16 británico, el BND alemán, la DGSE de la “madre Francia” para “destruir” Estados opuestos a los intereses geopolíticos y económicos del eje sionista que dirige Estados Unidos.

Se trata de una táctica para el establecimiento de "Estados fallidos" o "Estados desmembrados" en manos de "gobiernos de transición", o electos en procesos fraudulentos, políticamente controlados por sus fuerzas armadas y que a su vez responden ante el Ce-Comand de los Estados Unidos, para el caso de Oriente Medio, África, Asia.

No nos engañemos. Detrás de lo que hoy ocurre en El Líbano se esconde una estrategia de mayor alcance que tiene que ver con el reordenamiento del Oriente Medio en eso que  desde el 2001 se denomina el “Oriente Medio Ampliado” y que comparten demócratas y republicanos USA. Acabar con la configuración actual de los Estados en esta parte del mundo e instaurar una nueva que asegure el cerco sobre Irán, Rusia, China, poniendo a India a su servicio.

La táctica que sirvió para extender el poder de la OTAN (controlado por EEUU) en los países otrora pertenecientes a la ex- URSS, es la misma que desde la invasión a Afganistán, primero y a Irak después, se repitió en Libia, se intentó e intenta aún en Siria. Para acabar con el desmembramiento de este país se necesita del Líbano y destruir a Hezbolá. Esto aseguraría el camino para terminar con el “Eje de la Resistencia” que lidera Irán y tiene a Hezbolá como su principal fuerza militar para aglutinar en un solo frente a las milicias de Irak, Afganistán, Pakistán, Yemen y al movimiento Hamas de Palestina.

Líbano es clave no sólo por sus implicancias con el “Eje de la Resistencia”. Lo es respecto del apoyo de Rusia a Siria. Respecto de Turquía y la pretensión estadounidense del “Estado” kurdo cuyo tubo de ensayo se llama Rojava o “paraíso LGTBIQ”. Lo es también respecto de la “nueva ruta de la seda” que lidera China.

No sólo El Líbano es lo que está en juego para los “enemigos de la humanidad”.  

ruby_7872@yahoo.es

sábado, 11 de abril de 2020

El mundo del Siglo XXI y la política de la supremacía Yanqui



Por Homar Garcés:

Quienes delinearon lo que habría de ser el “Proyecto para un nuevo siglo americano” (es decir, estadounidense, gringo, yanqui o norteamericano), dado a conocer a finales de la última década del siglo XX, concluyeron que «Estados Unidos no tiene rival a escala global. La gran estrategia de Estados Unidos debe perseguir la preservación y la extensión de esta ventajosa posición durante tanto tiempo como sea posible. Nuevos métodos de ataque electrónicos, no letales, biológicos serán más extensamente posibles; los combates igualmente tendrán lugar en nuevas dimensiones: por el espacio, por el ciberespacio y quizás a través de los microbios; formas avanzadas de guerra biológica que puedan atacar a genotipos concretos pueden hacer del terror de la guerra biológica una herramienta política útil».



Bajo esta orientación, los sucesivos gobiernos estadounidenses que el mundo ha conocido en estas tres últimas décadas, activaron diversas medidas a fin de impedir, bajo cualquier aspecto, el surgimiento de alguna otra potencia -aliada o enemiga- que opaque o frustre el papel que asumiría Estados Unidos como imperio mundial dotado de una supremacía militar presente en todos los continentes, en áreas vitales para el sistema capitalista globalizado, lo que le aseguraría ejercer un control directo de las soberanías del resto de las naciones.

Con base en esta directriz, Washington se permitirá intervenir en los asuntos internos de toda nación donde considere amenazados sus intereses o, sencillamente, ambicione sus recursos naturales estratégicos. Todo ello en el marco de un proceso de reestructuración global, iniciado en la convulsiva región del Medio Oriente, cuya máxima expresión es lo aplicado a Irak y a Libia, cuestión se proyectará, con un mayor énfasis, como una guerra justa contra el terrorismo y el narcotráfico internacionales, al modo de las viejas cruzadas medievales europeas.

Sin embargo, la unipolaridad económica y militar gringa subestimó, o no previó con suficiente sentido de realismo, la posibilidad que Rusia y, luego, China pudieran restarle espacio en la escena mundial, habiendo centrado su atención principal en la destrucción de la República Islámica de Irán, su piedra de contención en el vasto plan de reconfiguración del Oriente Medio; contando para ello con el rol neocolonialista de Israel.

Otra eventualidad no anticipada por los ideólogos del hegemonismo yanqui fue la situación política creada en Venezuela por Hugo Chávez, a la cual sucedieron y se sumaron procesos similares en Argentina, Bolivia, Brasil, Ecuador y Nicaragua, los que, en conjunto, derrotaron la imposición del Área de Libre Comercio de las Américas y darían vida a organismos multilaterales de integración regional, con la expresa exclusión de Estados Unidos y Canadá. El teatro de operaciones global diseñado por los estrategas del Pentágono y del Departamento de Estado gringos se vería afectado así por tales situaciones, lo que impulsó a los gobiernos de George W. Bush, de Barack Obama y, ahora, de Donald Trump a emprender una política exterior agresiva y a desatar intervenciones militares de distintos rangos en algunos países, en abierta violación a lo estipulado en el derecho internacional con el aval de la Organización de las Naciones Unidas y en aparente defensa de la paz, la libertad y la democracia. 

El reto geopolítico, cultural y socioeconómico que todo lo anterior significa para el complejo industrial-financiero-militar que rige a Estados Unidos, a lo cual se agrega la presencia innumerable de inmigrantes en su frontera sur, ha permitido (o legitimado) que Donald Trump asuma un belicismo más frontal y peligroso que el de todos sus antecesores al frente de la Casa Blanca.

La reestructuración del capitalismo globalizado en beneficio directo de un reducido grupo de grandes corporaciones transnacionales requiere disminuir y eliminar cuanto antes semejante reto. Así, la militarización progresiva estadounidense de diferentes regiones estratégicas del planeta, iniciada por James Carter y reforzada por sus sucesores, es complementada por las acciones desestabilizadoras de grupos opositores a los regímenes hostiles a Estados Unidos (como en el caso de Venezuela), alentados, dentro y fuera de sus países, por medios de información encargados de tergiversar y magnificar los hechos que desemboquen en una eventual caída de los gobiernos que afectan (directa e indirectamente, real o aparentemente) los intereses geopolíticos, económicos y de seguridad nacional estadounidenses.

En un sentido estricto, lo que llamara el entonces presidente George Bush padre el nuevo orden mundial, tras la implosión de la Unión Soviética, exige la puesta en práctica de tácticas y estrategias que contribuyan a asegurarle a su nación una hegemonía global infinita, indisputable e indiscutible.

Esto supone la subordinación y eventual erradicación de las autonomías e identidades nacionales y culturales en un mundo dominado por la lógica capitalista neoliberal y, obviamente, por el american way of life. Quien se oponga a este designio imperial será automáticamente calificado como enemigo, lo que justificaría cualquier iniciativa tomada en su contra: elaboración y difusión de noticias falsas, atribución de delitos diversos, sanciones y bloqueos económicos, actividades terroristas, propaganda de guerra y asesinatos selectivos de líderes políticos y sociales, en lo que, sin duda, encaja en la definición de terrorismo de Estado y de crímenes de lesa humanidad, sobre todo cuando se miden sus impactos negativos en los niveles de sobrevivencia de poblaciones enteras. En el statu quo pretendido por los jerarcas de Estados Unidos nada que contradiga su visión y misión “civilizadoras” imperiales (imbuida de eurocentrismo al extremo) tiene cabida.

Como lo refleja Miguel Ángel Contreras Natera en el libro “Una geopolítica del Espíritu. Leo Strauss: La filosofía política como retorno y el imperialismo estadounidense”, a propósito del cuatrerismo encarnado por George W. Bush, “la política de la supremacía intenta consolidar, explotar y expandir las ventajas estadounidenses desde una perspectiva nacionalista y unilateral enfatizando el uso preventivo del poder militar y la coerción.

Esta fórmula se refiere al peligro representado por el terrorismo transnacional y los Estados canallas”. Los elementos esenciales de la política exterior yanqui siguen siendo los mismos de siempre, ahora extendidos en un contexto internacional dinámico y cambiante donde sus competidores (reales o ficticios), Rusia, China o Irán, tienen también sus respectivas áreas de influencia, a tal punto que se han hecho presentes en el ancho territorio de nuestra América, habitualmente considerado como el patio trasero de Estados Unidos.

La paz, la libertad y la democracia que dicha política defiende y proclama no son otra cosa que la mercantilización de cada espacio de vida existente sobre la Tierra, según los principios del neoliberalismo económico globalizado, en lo que constituiría entonces un meta Estado, de alcance transnacional, cuya característica fundamental será la máxima productividad a obtener de todo pueblo subordinado.

mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 4 de marzo de 2020

¿Socialismo en Estados Unidos?



Por Rubén Alexis Hernández:
Este año hay elecciones presidenciales en Estados Unidos, y se perfila como posible candidato por el Partido Demócrata el senador Bernard (mejor conocido como Berni) Sanders. Para algunos en Estados Unidos, incluidos otros aspirantes demócratas y el mismo Donald Trump, sería prácticamente una locura si Sanders llega a ser presidente, considerando aquellos que el hasta ahora senador es abiertamente partidario del socialismo, contrario a los intereses de Estados Unidos y a su espíritu liberal, e incluso estaría siendo influenciado por los rusos mientras éstos intervienen en los asuntos del país norteamericano.


Evidentemente las críticas de Trump y de otros personajes del panorama político estadounidense, apuntan más a tratar de desprestigiar a Sanders, pues éste no es socialista como tal, de acuerdo a lo que se comenta en el siguiente párrafo; además no hay evidencias claras de que Rusia esté interviniendo en los asuntos internos de Estados Unidos (aun cuando es lógico pensar que cada una de estas naciones, por ser potencias globales, lo haga con la otra y se vigilen mutuamente), y mucho menos de que haya influenciado el pensamiento de Sanders. En todo caso el país europeo no podría tratar de imponer el socialismo en Estados Unidos, pues no es socialista, comunista ni nada parecido.

¿Y por qué Sanders no es socialista como tal? Simple y sencillamente porque el mismo ‘Bernie’ ha admitido que es partidario del mal llamado socialismo democrático, mejor conocido como socialdemocracia, que en realidad es solo un eufemismo con el que se conoce a un capitalismo supuestamente más humano. Pero nada de humano tiene el capitalismo llámese como se llame, como bien sabemos, más allá de las migajas sociales y laborales que otorga a las masas, en especial algunos subsidios.

Que no se engañe nadie, y es que Sanders jamás ha atacado al capitalismo, y claramente para este personaje los ricos tienen derecho a existir y seguir acumulando inmensas riquezas, solo que deberían ser socialmente responsables y solidarios, planteamiento que en realidad no es más que demagogia y populismo de Sanders. “Socialismo democrático”, socialdemocracia y capitalismo son 3 categorías diferentes para definir a una misma cosmovisión económica, y la socialdemocracia identificada así ha sido protagonista en la política interna de numerosas naciones precapitalistas al 100%, tales como Colombia, México, Chile, España, Alemania e Inglaterra.

Y por cierto no es casualidad que, en la Venezuela anterior a la llegada de Hugo Chávez al poder nacional, gobernó en varias oportunidades un partido socialdemócrata conocido como Acción Democrática, con consecuencias lamentables para buena parte del pueblo, en especial durante el segundo mandato del tristemente célebre Carlos Andrés Pérez, cuando estalló “El Caracazo” como respuesta a la implementación de medidas económicas impopulares, de tipo neoliberal.

Además de que en realidad Sanders no es ningún socialista, hay que reiterar que en Estados Unidos los presidentes, a pesar del notable poder que puedan tener, jamás están por encima de los intereses de las élites económica y militar, quienes en realidad mueven los hilos del poder en lo relativo a la política interior y exterior de la nación norteamericana. Sanders podrá manejar un discurso “incendiario”, criticar la política exterior guerrerista del Imperio, plantear cambios favorables para la sociedad estadounidense y defender al medio ambiente, pero a la hora de la verdad debe seguir las órdenes del poder por encima del poder. En el supuesto que llegue a ser presidente, ‘Bernie’  dará continuidad en términos generales a la política interna y externa estadounidense de sus predecesores republicanos y demócratas, que en lo económico ha sido y será capitalista.


www.rubenhernandezinternacional.blogspot.com


sábado, 14 de septiembre de 2019

Dos miradas sobre la degradación de John Bolton



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
La película “Vice” estrenada en diciembre de 2018 dirigida por Adam McKay, producida entre otros por Brad Pitt y Will Ferrell y protagonizada por Christian Bale en el papel de Dick Cheney, le valió a Bale para obtener el premio Globo de Oro como mejor actor.  La misma es caracterizada precisamente como un film biográfico de Cheney, quien después de ocupar varios cargos en diferentes administraciones llegó a ser vicepresidente de Estados Unidos durante el gobierno de George Bush hijo.


En la cinta se observa una escena en la que Cheney comienza en el año 2001 a organizar un aparato paralelo que transformó en el verdadero gobierno de Estados Unidos, ante el carácter dubitativo y la notable incapacidad y estulticia del presidente George W. Bush, lo cual queda claramente evidenciado en la película. Al pasar revista -junto a un asesor- de los leales que tiene dentro de la administración, Cheney expone que en el Departamento de Estado estaba John Bolton a quien caracteriza de alocado pero leal. La película muestra con interesante genio descriptivo el verdadero rol del poder en las sombras que dirige a Estados Unidos, al cual John Bolton ha servido siempre como un soldado.

Lo cierto es que desde enero de 1982 cuando ocupó el cargo de Administrador Auxiliar de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) con la responsabilidad de dirigir la Coordinación de Programas y Políticas cuando tenía 33 años durante el gobierno de Ronald Reagan, John Bolton ha estado involucrado -desde el gobierno o desde la academia- en la elaboración y ejecución de puntos de vista y políticas que han sido y son la expresión del sector más conservador, reaccionario y extremista de Estados Unidos. 

Su destitución/ renuncia (dependiendo de la óptica con que se vea) como Consejero de Seguridad Nacional del presidente Donald Trump ha venido a estremecer el ya inestable sistema internacional en la perspectiva de la influencia que la mayor potencia mundial tiene sobre el mismo.

Tal decisión tiene dos miradas, una de carácter táctico y coyuntural y otra desde su análisis en el espacio estratégico y estructural. En el primer ámbito, está el examen circunstancial del hecho. Bolton es expresión del sector más guerrerista del establishment estadounidense. Su pensamiento denota una ideología recalcitrantemente conservadora, rayana en un fanatismo pocas veces visto y portador de opiniones racistas, misóginas y excluyentes que solo tienen comparación con el ideario del nazi fascismo y el nacionalismo japonés que hizo erupción en Europa y el lejano Oriente en la primera mitad del siglo pasado con todas las consecuencias conocidas para la humanidad.

Durante su gestión en la Casa Blanca, Bolton desarrolló -con la mayor impudicia- una agenda propia hasta que se hizo incluso incontrolable para el propio presidente Trump, al asumir posiciones contrarias a las que ha pretendido enarbolar en su intento de volver a lograr la grandeza de Estados Unidos apelando a las políticas que le permitieron –a partir de su expansión territorial, económica y militar en el siglo XIX- llegar a ser la primera potencia mundial para desatar toda su vocación imperialista desde 1898.

Trump, cuyos arrebatos se dan en el marco de una estructura mental sicopática, no de un pensamiento, ideología o doctrina racionalmente determinada, tiene un acercamiento a la política desde una lógica empresarial en la que las gestiones solo tienen validez si producen resultados económicos y financieros positivos. En esa medida, considera como un lastre poseer un gigantesco contingente militar desarrollando guerras y conflictos por todo el planeta en” defensa” de ciertos aliados que no pagan por ello. También entiende que no es viable desde el punto de vista económico realizar operaciones militares contra países que son capaces de resistir la acción estadounidense, produciendo prologadas guerras que podrían continuar mermando las alicaídas arcas de su país.

Este aspecto fue el que le condujo a un choque sin solución con Bolton quien era partidario de mantener, profundizar e iniciar conflictos con Irán, la República Popular Democrática de Corea, Siria, Afganistán, Cuba, Nicaragua y Venezuela, llevando incluso algunos de ellos a la intervención militar sin descartar la guerra como instrumento de la política. Tampoco ocultaba su animadversión contra Rusia o China, potencias en las que clamaba por el incremento de sanciones económicas que hasta ahora no han denotado propósito efectivo alguno.

Que Bolton se haya ido, mientras los presidentes de esos países se mantienen en el poder, sus pueblos resisten y se debilita la hegemonía estadounidense es una gran cosa. Que el más alto exponente de la ideología de terror imperante en las altas esferas del poder de Estados Unidos haya sido destituido y humillado por su jefe es indudablemente una buena noticia. Que el supremacismo blanco, el racismo y el extremismo fascista se hayan visto impotentes por la salida del espacio de poder que poseía su máximo exponente en el gobierno, es algo de lo que el pueblo noble y valiente de Estados Unidos debe enorgullecerse porque también es expresión de su propia resistencia. Que el creador del Grupo de Lima, el principal socio de Almagro, el que parió a Guaidó y a su camarilla lumpen haya sido expulsado de la Casa Blanca, no deja de generar disfrute y felicidad. Todo ello es motivo de celebración y dicha y debe ser entendido como una victoria de los pueblos que luchan y resisten.

En otro plano, resulta ilusorio suponer que la variación que se producirá en la administración de Estados Unidos, pueda tener significación alguna en la política real. Sería desconocer la esencia del sistema imperial estadounidense o, visto desde otra perspectiva, considerar que su ADN pueda ser modificado con el simple cambio de un funcionario por muy encumbrado que esté en la estructura del sistema, no pasa de ser un sueño.

El imperialismo estadounidense es un sistema de dominación que no considera los vaivenes de la organización gubernamental para la toma de decisiones. Por eso, éstas se llaman administraciones o “gobiernos temporales” como siempre nos recuerda el investigador cubano Luis Suárez al hacer referencia al documento de Santa Fe I. Es posible detectar algunas diferencias entre gobiernos demócratas o republicanos en materia de política interna sobre todo el ámbito social o en su acercamiento a ciertos valores de la civilización, pero en materia de política exterior, actúan sobre la base de una política de régimen único en que sobresale su carácter totalitario y agresivo con pequeñas acciones de ajuste a fin de modificar políticas evidentemente fracasadas.

En esa medida, la destitución de Bolton no tiene mayor significación independientemente de quien sea su sucesor o de donde provenga, siempre debe saberse que para llegar a esas instancias es necesario tener la aprobación de lo que el antes mencionado documento de Santa Fe I denomina “gobierno permanente” configurado por los “grupos de poder y poderes fácticos”.

Desde este punto de vista, no hay nada que conmemorar, solo seguirse preparando para enfrentar los avatares que implican la decisión de ser libres e independientes porque la lucha será eterna mientras la sociedad de clases exista y el poder imperial siga utilizando la irracionalidad de la fuerza para imponer un modelo de sociedad excluyente, agresiva, injusta y desigual.

sergioro07@hotmail.com

miércoles, 28 de agosto de 2019

El incendio en la Amazonía y el giro geopolítico de la hegemonía de los EE. UU



Por Rolando Prudencio Briancon:
El fuego ha sido en la historia de la humanidad un elemento que en sí representó y representa: energía, voluntad, ímpetu, etc., para emprender las acciones más audaces y efectivas que la humanidad ha desarrollado. No menos cierto ha sido también el poder que para someter a los demás se ha usado.

De igual modo ha sido el poder que surdiéndolo se ha usado en contra de uno mismo para luego culpar al adversario. Así por ejemplo sucedió durante el imperio romano, cuando Nerón incendió Roma para culpar luego a los cristianos y desatar una implacable persecución. Vale decir el fuego, así como ha representado poder para emprender las más audaces acciones, también ha servido para someter a los demás.


Hechos recientes como el auto atentado a las Torres Gemelas en Nueva York el 9/11 del 2001 se podrían registrar como otra acción en la que el fuego alumbró para la humanidad un otro momento, un otro ciclo para que la hegemonía estadounidense se reprodujera de forma radical, a partir de demagógicamente declararse la guerra contra el terrorismo, como parte de la nueva geopolítica genocida y global de George Bush. Es importante insistir en lo “demagógico” de la estrategia de la hegemonía estadounidense, por cuanto para la opinión pública ha quedado claro que se trató de un auto atentado. Lo mismo para la opinión pública ha sido el otro revelador hecho como aquel artero argumento de Armas de Destrucción Masiva que sirvió para atacar a Irak el 2003, y que se inscribe en una igual impostura que el del ataque del 9/11.

En ambos episodios las estrategias se los EE.UU., no ha buscado sino endurecer su hegemonía, “inventando al enemigo”, construyendo al contrincante contra quien justificar luego su poder de fuego. Han sido en esa tesis que son los terroristas quienes le han servido no sólo como chivos expiatorios, sino anecdóticamente de aliados a la vez como en el caso del auto atentado las Torres Gemelas. O el caso de enemigo necesario que correlativamente ha construido, como en del su momento les fue funcional a su poder de fuego Alqaeda, y hoy es el ISIS.

Decía que si bien el terrorismo les ha sido funcional a su poder fuego; hoy los EE.UU., que siguen necesitando de ése enemigo íntimo; son otros los interese que le preocupan para reproducir su hegemonía, y estos tienen que ver con el control -como ha sido el petróleo en la guerra contra el terrorismo- del ecosistema del planeta; pero sobre todo con un recurso mucho más vital que el petróleo, que no es sino el agua dulce, ya que viene siendo un secreto a voces generalizado que las próximas guerras en el planeta se darán por el agua; al margen de la disponibilidad que se tenga sobre otros como la biodiversidad, la fauna, la flora etc.; abundante en la Amazonía y que al parecer es el nuevo centro geopolítico capital clave en disputa para la hegemonía estadounidense. Un dato que no puede dejar de tomarse en cuenta es el que la Amazonía es un territorio al que los EE.UU., lo considera como parte de un territorio que debe ser controlado por ellos; al extremo que en sus escuelas estadounidenses se enseña el mapa del Brasil amputado de su territorio del Amazonas.

Puede ser una incendiaria hipótesis la que me lleva a plantear que el planeta hoy se encuentra nuevamente en un punto inflexión en el que, por el nivel irreversible del deterioro medioambiental en el Amazonas, que es el “pulmón del planeta”, se trame el relanzamiento de la hegemonía estadounidense. 

prudenprusiano@gmail.com


sábado, 24 de agosto de 2019

Estados Unidos contra el mundo. La amenaza como política.



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
Continuando con la observación del sistema internacional a la luz de los acontecimientos más relevantes que marcan la agenda y que están signados -como se dijo la semana pasada- por una creciente agresividad del gobierno de Estados Unidos que ha trastocado todos los valores y principios alrededor de los cuales se ejecutaban las relaciones internacionales y que tienen hoy en el conflicto de la potencia norteamericana contra China el elemento más dinámico en cuanto a su influencia a lo largo y ancho del planeta, vale dar seguimiento a éste y otros hechos que dan cuenta de una incertidumbre pocas veces vista en el pasado.


El devenir político planetario se debe mirar desde la consideración del carácter aciago de las previsiones económicas del futuro inmediato para Estados Unidos, Europa y América Latina en especial. El presente  marca una realidad que se distingue por la caída de las inversiones en Estados Unidos motivada en el clima de guerra y conflicto que ha generado el presidente Trump en sus relaciones internacionales, por supuesto, esto tiene consecuencias inmediatas en la totalidad de la economía mundial en tanto la balanza comercial se torna cada vez más deficitaria,  unas exportaciones en franco declive, que lo llevado a apelar al gasto público como impulsor principal de la economía, haciendo la salvedad de que su componente más dinámico es el que emana del ámbito militar. En este sentido, como afirman Oscar Ugarteche y Alfredo Ocampo, economistas e investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM): “No hay evidencia que el gasto militar arrastre la economía ni tampoco la expansión de crédito interno, antes. Desde el segundo trimestre del 2018 el crecimiento del PIB estadounidense lleva una tendencia descendente que continuará como efecto de todo lo anterior y de la guerra comercial”.

Este es el contexto que empieza a generar una serie de escenarios que vislumbran -aunque aún de manera indefinida- un futuro de contradicciones cuyo devenir se visualiza de forma difusa bajo el manto que le impone el protagonismo del presidente Trump. Lo único cierto es que el mundo ha entrado en una fase de conflicto global que se manifiesta de formas multidimensionales y en escenarios tan diversos que cubren la casi totalidad del planeta.

En el este de Asia, más allá del conflicto con China, se han comenzado a evidenciar novedosas variables que causan desasosiego de forma creciente en la región. Las contradicciones entre Corea del Sur y Japón -dos de los principales aliados de Estados Unidos- han llevado al país nipón a responder a Corea, por haber eliminado ciertas ventajas comerciales que Tokio poseía en el intercambio bilateral, sobre la base de que Seúl no había explicado sus razones para la más reciente acción en su creciente disputa comercial. Se refiere a que Corea del Sur había retaliado la decisión japonesa de retirarla de su propia "lista blanca" de países que han disfrutado de restricciones comerciales mínimas. Tokio atribuyó la decisión a una erosión de la confianza que detonó después que el Tribunal Supremo de Corea del Sur dictaminara el año pasado que las compañías japonesas deberían compensar a los surcoreanos que fueron reclutados como trabajadores forzados durante la Segunda Guerra Mundial.

Estados Unidos ha tratado sin éxito de mediar entre sus dos socios, toda vez que un diferendo entre ambos podría desarticular el esquema de dominio y control que ejerce en la zona del Mar de China oriental a través de las bases militares y navales que tiene instaladas en ambos países y que apuntan directamente contra China y Rusia.

En ese marco, se ha puesto en escena una nueva región de conflicto en nuestro agobiado planeta. El calentamiento global que ha significado la desaparición de importantes masas de hielo que hasta hace unos años parecían perpetuos, ha instalado al Océano Ártico como área estratégica en disputa. La posibilidad de abrir una ruta ártica para la navegación mundial despierta el interés de las potencias.

Una vez más, Rusia y China han tomado la iniciativa y desde hace años han trazado una política para la región, generando una gran inquietud en Estados Unidos que ha reaccionado al estilo tradicional de Trump quien -en ese marco- de la nada, hizo pública una oferta para comprar Groenlandia a Dinamarca. La negativa danesa no satisfizo al inquilino de la Casa Blanca quien respondió suspendiendo una reunión pactada con la primera ministra de ese país, lo cual fue considerado en Copenhague como un agravio a la reina, sin embargo, el canciller danés–en una acción propia de la actitud subordinada de Europa a Estados Unidos- procedió a reunirse con su par Mike Pompeo para “limar asperezas” y buscar “aflojar las tensiones”.

Sin embargo, el analista mexicano Alfredo Jalife opina que el verdadero interés de Estados Unidos por Groenlandia está originado en la existencia en su subsuelo de importantes reservas de “tierras raras”, minerales imprescindibles para la industria moderna, en particular en las áreas militar,  de telecomunicaciones e informática, toda vez que Estados Unidos que importa el 80% de sus necesidades de China ve peligrar ese mercado en el marco de la guerra tecnológica y comercial que se ha desatado entre ambos países.

Estados Unidos también ha abierto un nuevo frente de conflicto con Europa. Vale decir que los países de la zona euro han crecido solo 0,2% durante el segundo trimestre de este año (abril-junio) la mitad que lo observado entre enero y marzo, todo lo cual ha sido causado por la guerra comercial de Estados Unidos contra China y por la incertidumbre en torno al brexit. Sin embargo, la causa más inmediata viene dada por la contracción de la economía alemana y el estancamiento de la italiana, primera y tercera de la región.
Por su parte, en el conjunto de la Unión Europea (UE), el PIB se incrementó un 0,2%, también inferior al 0,5% del trimestre previo. Alemania, se ha llevado la peor parte, con un descenso de su PIB del 0,1% (frente a un crecimiento del 0,4% del primer trimestre) lo cual es expresión del lastre de la guerra comercial y la recesión industrial, significando la segunda caída del PIB en un año, que deja la economía de la llamada “locomotora europea” al borde de la recesión, lo cual ocurre cuando se producen dos trimestres consecutivos de contracción.

Este es el contexto que Estados Unidos ha creído propicio para infligir nuevas penurias a su supuesto aliado a fin de acentuar la subordinación de las elites europeas a su dictado, colocando al viejo continente en una superior situación de sumisión, obediencia y acatamiento de las órdenes imperiales que emergen desde Washington. Esta apreciación se basa en los cálculos del gobierno estadounidense que ha anunciado la necesidad de imponer tarifas a la importación de vehículos europeos una de los productos más importantes que la UE le envía, sobre la base de la suposición de que el mantenimiento de ese mercado en las condiciones actuales podría poner en peligro la seguridad nacional estadounidense.

El propio presidente Donald Trump afirmó que aunque "lidiar con la UE es muy difícil", su país tiene "todas las cartas para ganar", agregando que  "Solo tenemos que poner aranceles a sus automóviles y nos darían todo lo que quisieran porque envían [ a Estados Unidos] millones de Mercedes. Envían millones de BMWs", aseguró a los medios de comunicación. Se prevé que Trump anuncie su decisión definitiva sobre la posible imposición de tarifas el próximo mes de noviembre. Ante la probabilidad creciente de que este hecho se concrete en las condiciones actuales del comercio mundial, los analistas opinan que Europa podría devolverle el golpe con dureza. En ese sentido, Margritis Schinas, vocera de la UE advirtió que la imposición de aranceles a los automóviles europeos recibirá una respuesta "rápida y adecuada", dejando en suspenso la precisión de lo que podría significar tal decisión, pero incrementando los temores respecto de que se abra un nuevo espacio de confrontación que haría todavía más difícil enfrentar el momento complejo por el que transita la economía mundial., 

En otro ámbito, en este momento de complicados equilibrios, el Golfo Pérsico también se ha tornado en un escenario explosivo que amenaza con el estallido de una confrontación de incalculables dimensiones para la región y para el planeta. En el fondo, este atolladero está inducido por la incapacidad de Estados Unidos para diseñar un mapa de la región que sea proclive a sus intereses. El afán imperial de solidificar la presencia de Israel como eje de su política para la región y de Arabia Saudita como artífice de la realización de sus intereses para el mundo árabe y musulmán están topando con la cada vez mayor resistencia de esos pueblos. No deja de ser trascendental cuando se habla de la región, que ésta en conjunto representa la mayor productora de energía y la mayor compradora de armas del orbe, es decir se está aludiendo a las dos magnas industrias de la economía mundial.

Los reveses en Siria, donde a Estados Unidos solo le ha quedado intentar salvar la alianza con las organizaciones terroristas como estructura de apoyo en su afán de derrocar al gobierno de Al Assad; el conflicto interno de la coalición pro norteamericana en Yemen después de la retirada de los Emiratos Árabes Unidos de la misma; la imposibilidad de establecer un gobierno cercano a sus intereses en Irak; la incapacidad norteamericana de doblegar y arrodillar a Irán tras su salida del Acuerdo 5+1; la aceptación de su derrota en Afganistán donde se han visto obligados a negociar con el talibán a  quienes solo hace unos meses calificaban como terroristas y el desprestigio creciente de la monarquía saudita por las evidentes y cotidianas violaciones a los derechos humanos, son expresiones claras de ese fracaso atronador de su política para el Medio Oriente.

Esta conflictiva atmósfera que rodea al planeta ha hecho que, ante la adversidad, Estados Unidos se haya abocado con inusitada fuerza a asegurar su entorno. Es la única explicación plausible al desenfreno de su política intervencionista en América Latina y el Caribe que solo tienen parangón en las ambiciones expansionistas del siglo XIX que vinieron a modelar el mapa actual de la unión norteamericana.

Sin embargo, a la resistencia de más de medio siglo de Cuba, se ha venido a sumar la tozudez, firmeza y tenacidad del pueblo venezolano, a los que se agrega la voluntad soberana de Bolivia y Nicaragua para enfrentar la obstinación imperial. Pero, así mismo hay que destacar que en el campo del enemigo de los pueblos, se comienzan a gestar expresiones de deterioro del bloque subordinado a Estados Unidos.

No sólo por la aplastante derrota de Macri en las PASO de Argentina que supusieron un inmenso revés al neoliberalismo, a las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y a Trump. Estados Unidos tuvo que intervenir directamente para lograr un acuerdo urgente entre sus aliados Brasil y Paraguay que hiciera retroceder el acuerdo energético sobre el uso de la electricidad producida en Itaipú y salvar de esa manera al presidente Mario Abdo de una eventual destitución por traición a la patria. Por su parte, Bolsonaro, cada vez más aislado, siguiendo el estilo Trump, ha recurrido a la represión y la fuerza para imponer medidas antipopulares que rayan en el fascismo y el abandono de las prácticas democráticas en el gigante sudamericano, todo lo cual está causando una repulsa nacional e internacional para ese país.

A su vez, la élite peruana, aliada de Estados Unidos no encuentra las formas de superar el desprestigio en que se encuentra sumida tras cinco presidentes y gobiernos corruptos. Hoy, las principales fuerzas opositoras se encuentran sin liderazgo, el fujimorismo tiene a sus máximos representantes en prisión, el APRA no tiene rumbo tras el suicidio de Alan García y el propio presidente inventado para superar la crisis Martín Vizcarra, incapaz de enfrentar tal tarea con éxito, prefirió abandonar el buque, implorando el adelanto de las elecciones presidenciales. En Guatemala, el nuevo presidente fue electo en un proceso en el que participó sólo el 42% de los posibles votantes, por lo cual Alejandro Giammattei gobernará después de recibir el apoyo de menos del 25% de la ciudadanía, poniendo en entredicho aquella viaja idea de que la democracia es el gobierno e las mayorías.

En este contexto, el gran frente anti venezolano construido por Estados Unidos que se configuró alrededor del grupo de Lima parece haber iniciado el camino hacia su absoluta inoperancia. La conferencia mundial sobre Venezuela realizada en la capital peruana concluyó en un total fracaso, en la que solo participaron un poco más de 50 países de los casi 200 que son parte de la ONU, únicamente dos organizaciones financieras internacionales y mostrando la notoria ausencia de la ONU y la OEA, además de la inasistencia de Rusia, China, Turquía y Cuba, países aliados de Venezuela a quienes los organizadores imploraron su presencia para mostrar una supuesta amplitud en la búsqueda de objetivos generales que incorporaran a la mayoría a la tarea de trazar una supuesta “transición” para Venezuela.

Además de eso, de concretarse en las elecciones presidenciales argentinas los resultados de las PASO, el virtual nuevo presidente ya anunció que se plegaría a la propuesta de México, Uruguay y Caricom de buscar una salida negociada a la crisis venezolana, todo lo cual avanza hacia el debilitamiento del Grupo de Lima y su virtual desaparición. Tal es el grado de desesperación de sus miembros que la ministra de relaciones exteriores de Canadá Chyrstia Freeland, viajó a Cuba para pedir ayuda a la isla caribeña a fin de intentar salvar al ente supranacional creado para destruir al gobierno de Venezuela.

Al observar todos estos elementos en contexto global, se puede concluir que la alta conflictividad mundial es expresión de la agresividad de Estados Unidos en su desesperada búsqueda por lograr los objetivos de hegemonía del capital y de la imposición de los valores de una sociedad que comienza a mostrar debilidades, que cree poder evitar mediante el conflicto, la imposición y la guerra.

sergioro07@hotmail.com

sábado, 17 de agosto de 2019

Los nuevos escenarios del conflicto de Estados Unidos contra China.



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
Desde hace varios meses se percibe que el sistema internacional se mueve en un proceso de transformación que ha venido a acelerarse desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. Junto a él, han accedido al poder algunos de los personajes más conservadores y retrógrados de la historia de ese país. En el ámbito planetario, al evaluar su perversidad, el actual gobierno estadounidense pareciera no tener parangón en el pasado, llegando incluso a ser comparado por algunos analistas con la Alemania hitleriana de la primera mitad del siglo XX.  


La dinámica introducida por Trump a su política exterior viene produciendo mutaciones trascendentales en las relaciones internacionales que son imposibles de obviar si se considera que se está hablando de la primera potencia mundial. Trump, en su afán de regresar a los orígenes de una nación que se sustentó en el proteccionismo en lo económico y el aislacionismo en lo político, intenta repetir el largo período de crecimiento económico que llevó a Estados Unidos a convertirse en primera potencia mundial en la penúltima década del siglo XIX, para lo cual no ha escatimado esfuerzos de ningún tipo.

Pero, él o sus asesores se equivocan. El siglo XIX estuvo marcado por una ”exitosa” expansión territorial a costa del exterminio de millones de seres humanos de los pueblos originarios que habitaban los espacios que estaban siendo fruto de tal propagación. Eso es imposible hacerlo ahora sin que haya resistencias en buena parte de las áreas ambicionadas por Estados Unidos en el planeta.

Por otra parte, tal proceso se hizo en el marco de una confrontación entre el feudalismo obsoleto y un capitalismo naciente que era expresión de una revolucionaria mutación de la economía y la sociedad. Estados Unidos llegó incluso a una guerra en la que el capitalismo imperante en el norte derrotó a las fuerzas feudales del sur, iniciando una era de desarrollo sin igual en una forma de capitalismo productivo igualmente basado en la explotación del hombre por el hombre, pero distanciado de las formas atrasadas en que este se manifestaba en los tiempos feudales caracterizados por expresiones mucho más oprobiosas de apropiación del trabajo y de la vida de los seres humanos.

En esa medida, podría decirse que el capitalismo de esa época fue un avance respecto del pasado, pero ahora, cuando impera un modelo de capitalismo financiero que se sustenta en la especulación y en la riqueza basada en una producción inexistente, a Trump se le hace imposible rescatar la economía de su país para conducirla a una senda positiva, salvo si esto se calculara por las extremas ganancias que obtiene un número cada vez más reducido de millonarios.
Eso es lo que da la medida de que el plan Trump “…Hacer a Estados Unidos grande de nuevo” –como lo dijera en el discurso inaugural de su mandato el 20 de enero de 2017- al aceptar con ello que había dejado de serlo, no tiene ninguna posibilidad de realización, salvo a través de la amenaza, el chantaje, la presión y la guerra.

En ese marco se propuso torpedear el sistema internacional, destruyendo su estructura, en primer lugar a la Organización de Naciones Unidas a partir de la política de “o aceptas lo que te ordeno, o te destruyo”, camino en el cual se encuentra empeñado y en el que ha dado un nuevo paso al amenazar con retira a Estados Unidos de la Organización Mundial de Comercio (OMC), ante el estupor de la comunidad mundial, en particular de aquellos que antes eran sus aliados y hoy se asumen como subordinados temerosos de que su furia se vuelva contra ellos. Por supuesto, me refiero a Europa y otros de sus adláteres como Australia y Canadá, países ayer orgullosos de su independencia y autonomía, hoy abandonadas.

En la otra parte de esta ecuación se encuentra China, que parece comenzar a despertar de un prolongado letargo en el que suponían que podían llevar adelante su proyecto de crecimiento y desarrollo económico, lucha contra la pobreza y materialización de una sociedad avanzada sin tropezar con la resistencia de Estados Unidos. La alianza estratégica iniciada por los dos países a finales de los años 70 del siglo pasado creada con el objetivo de destruir al común enemigo soviético está llegando a su fin. A pesar que la Unión Soviética desapareció hace casi 30 años los dos países mantuvieron un importante flujo de comercio que beneficiaba a ambas partes y que se mantuvo incólume a pesar de las fuertes tensiones generadas por el apoyo de Estados Unidos al separatismo en el Tíbet así como al gobierno de Taiwán que China considera parte inalienable de su soberanía.

Todo eso parece estar terminando y China ha empezado a comprender que los instrumentos tradicionales de su diplomacia no bastan para confrontar la brutal embestida estadounidense que ha logrado éxitos en Europa, Canadá y México, a quienes han logrado imponer sus políticas, pero ha fracasado al no lograr vía coacción, resolver sus diferendos con Irán, Rusia, la República Popular Democrática de Corea, Venezuela y sobre todo China.
El año pasado, el gobierno chino todavía conjeturaba que el camino de la negociación iba a ser relativamente corto en la búsqueda de una solución a las diferencias que se han expresado en mayor medida en el plano económico, comercial, financiero y tecnológico y en que ambas partes se han esforzado por ocultar sus componentes políticos, militares e ideológicos.

Las negociaciones se han prolongado en demasía y ya no sólo afectan a los países contendientes, sino que sus efectos comienzan a sentirse en la totalidad de la economía global. Unido a eso, Estados Unidos ha ensayado la posibilidad de crearle un conflicto interno a China, que este país visualizaba como poco probable hace solo escasos meses. La dinámica de la confrontación ha cambiado y ello ha terminado por alterar la tradicional retórica diplomática china basada en la armonía y la búsqueda de un equilibrio mutuamente ventajoso para todas las partes.
Hoy, cuando se ha hecho público el involucramiento y apoyo de Estados Unidos a la revolución de colores en Hong Kong, el gobierno chino ha comprendido que la potencia norteamericana pretende usar estas acciones como mecanismo de presión de las negociaciones comerciales y financieras.

Las reuniones sostenidas por los más conspicuos líderes opositores de Hong Kong con el jefe del departamento político del Consulado de Estados Unidos primero y posteriormente en Washington con el vicepresidente Mike Pence y la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi dan cuenta del involucramiento directo del gobierno de Estados Unidos en las revueltas de Hong Kong. Esa visita a la capital imperial significó acuerdos de apoyo financiero, formación política y asesoramiento organizativo que se concretó a través de la National Endowment for Democracy (NED) órgano de fachada de la CIA, la cual desde 2014 ha incrementado los recursos destinados a la desestabilización de China. En este contexto, valdría preguntarse, ¿que haría y cómo reaccionaría el gobierno de Estados Unidos si China se propusiera apoyar las revueltas contra el gobernador de Puerto Rico y el abandono que Estados Unidos ha hecho de su colonia más importante en el Caribe?

No sólo eso ha estado en el tapete de la problemática más reciente entre las dos mayores potencias económicas del planeta, habría que agregar que sumando otro ámbito a su cotidiano discurso soberbio y prepotente, John Bolton ha amenazado a China diciendo que: "Los chinos tienen que mirar con mucho cuidado los pasos que toman porque las personas en Estados Unidos recuerdan la plaza de Tiananmen [...] recuerdan la imagen del hombre parado frente a la línea de tanques", haciendo referencia a la intentona golpista de 1989 en China justo cuando se conmemoran 20 años de esos acontecimientos, que el brillante intelectual italiano Doménico Losurdo catalogó como “la primera revolución de color “ de la historia.

En su intento de intimidar a China, Bolton afirmó que: "Sería un gran error crear un nuevo recuerdo como ese en Hong Kong”. La Cancillería China ha respondido contundente al expresar que en más de una ocasión se le ha hecho saber a Estados Unidos que el tema de Hong Kong “es una cuestión que corresponde exclusivamente a la política interna de China” y han hecho un llamado para que Estados Unidos. deje “de meter la nariz en los asuntos de Hong Kong".

En declaraciones mucho más fuertes, el pasado 13 de agosto, la portavoz de la cancillería china Hua Chunying, dio respuesta a la pregunta de un periodista respecto de las opiniones de Nancy Pelosi, del líder de la mayoría republicana en el Senado Mitch McConnell, el Senador Marcos Rubio y el Congresista Ted Yoho quienes el día anterior afirmaron a través de la red social twitter  que “la policía de Hong Kong reprimió a los manifestantes con violencia y que el gobierno central chino erosionó la democracia y la libertad en Hong Kong”.

Hua contestó de manera categórica diciendo que Estados Unidos “negó en repetidas ocasiones su participación en los incidentes violentos ocurridos en Hong Kong. Sin embargo, los comentarios de esos miembros del Congreso de los Estados Unidos han proporcionado al mundo pruebas nuevas y contundentes. Al descuidar y distorsionar la verdad, blanquearon crímenes violentos como una lucha por los derechos humanos y la libertad, y malinterpretaron deliberadamente el trabajo de la policía de Hong Kong como represión violenta cuando la policía solo hacía cumplir la ley, luchaba contra los crímenes y defendía el orden social. Ellos incluso incitaron a los residentes de Hong Kong a enfrentarse con el gobierno de la Región Administrativa Especial de Hong Kong y el gobierno central de China. ¡Qué ansiosos están de querer ver el mundo sumergido en el caos!” y finalizó diciendo que: “En los Estados Unidos, los miembros del Congreso también se llaman legisladores. No puedo sino preguntar a los congresistas de los Estados Unidos: ¿Son ustedes legisladores o infractores de la ley? Les recordamos solemnemente esta simple verdad: los asuntos de Hong Kong son totalmente asuntos internos de China, y ustedes no tienen derecho ni están calificados para comentar sin sentido sobre ellos. Que cuiden sus propios asuntos y se mantengan alejados de los asuntos de Hong Kong”.

Al llegar a este plano de la confrontación, es evidente que las negociaciones comerciales entrarán en un espacio mucho más complejo de resolución. Estados Unidos supuso que con China podía actuar de la misma manera que con Canadá o México. Los hechos han demostrado lo contrario. Debería recordar que para China los tiempos son infinitos, mientras que para Estados Unidos están acotados a la cotidianidad: en lo inmediato la navidad que obligó a Trump a posponer los nuevos aranceles a los productos chinos tras las presiones de los importadores estadounidenses que no podrán conseguir mercancías similares para las celebraciones de fin de año de la misma calidad y a los mismos precios en un plazo tan corto, En el plazo mediato, a Trump se le va acercando la fecha de las elecciones en la que aspira a dar continuidad a su mandato sin poder resolver el diferendo con China que amenaza  que Estados Unidos se sumerja en una espiral de inflación e incluso con una probable recesión, no aconsejables para un año electoral.
sergioro07@hotmail.com

Máxima presión en el Estrecho de Ormuz



Por Félix Arteaga:

El presidente Trump sigue empeñado en una política de acoso total (maximun pressure) para que Irán abandone la senda nuclear, el apoyo a los grupos revolucionarios y su programa de misiles balísticos. Suspendió unilateralmente su participación en el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015, el acuerdo internacional que paralizó el programa nuclear de Irán, volvió a imponer sanciones económicas contra Irán y amenazó a sus aliados y a terceros con tomar represalias si mantenían relaciones económicas con dicho país. El presidente ha aprovechado su estrategia de acoso para respaldar a los rivales regionales de Irán y cerrar con ellos ventas masivas de armamento, lo que alimenta una espiral armamentista en Oriente Medio. Sin embargo, la política presidencial respecto a Irán no ha conseguido ninguno de sus objetivos a pesar del tiempo transcurrido y, por el contrario, Irán ha empezado a mover sus fichas para aliviar esa máxima presión del presidente de EEUU.

Dos embarcaciones de EEUU en el Estrecho de Ormuz. Foto: U.S. Navy (CC BY 2.0)

“El Estrecho de Ormuz es la válvula de escape que utiliza Irán para aliviar la presión que se ejerce desde fuera del Golfo”.

El Estrecho de Ormuz es la válvula de escape que utiliza Irán para aliviar la presión que se ejerce desde fuera del Golfo. No pudiendo responder con las mismas armas económicas o militares que sus enemigos, Irán utiliza aquellas que tiene a su alcance. Son respuestas asimétricas dirigidas a elevar el coste militar o político a pagar por el agresor o sus aliados. En las últimas décadas, y cada vez que ha aumentado la presión contra Irán, ya sea para sancionar su apoyo a los grupos terroristas y revolucionarios en Oriente Medio o para abandonar su programa nuclear, Irán ha jugado la baza del cierre del Estrecho. El penúltimo episodio de este alivio de presión se registró en 2012, cuando Irán multiplicó su actividad militar en el Estrecho, con el consiguiente incremento de los riesgos militares y energéticos del Estrecho de Ormuz.

La jugada se ha vuelto a repetir en las últimas semanas. El 12 de mayo fueron atacados con explosivos, probablemente minas, cuatro tanqueros en las inmediaciones del emirato de Fujaira y el 13 de junio fueron atacados otros dos cerca de las costas iraníes. Los ataques, tanto los mencionados sobre los buques como otros sobre las infraestructuras petrolíferas que denuncia Arabia Saudí parecen diseñados para limitar sus daños, generando alarma, más que para perjudicar gravemente la salida del flujo de energía. Lo mismo ocurre con el bajo perfil de la autoría, debido tanto a la falta de una reivindicación expresa de sus autores como de una atribución apoyada en evidencias irrefutables. Los ataques, más allá de su impacto y autoría, han devuelto a los mercados de energía el fantasma de una subida de los precios.

De momento, sólo es una preocupación, porque el enfrentamiento se encuentra al principio de una escalada que las dos partes –dicen– desean evitar. También porque es muy difícil que Irán pueda cerrar el Estrecho indefinidamente sin entrar en un enfrentamiento militar directo con EEUU en la que Irán tendría muchas posibilidades de perder, como ya ocurrió en 1988. Pero es el riesgo de una escalada militar en la zona, más que el del cierre o la perturbación temporal del tráfico marítimo en el Estrecho, lo que comienza a preocupar a los analistas.

Irán cuenta con varios instrumentos para atacar al presidente Trump donde más le duele. Puede subir la apuesta militar para obligarle a meterse en una nueva aventura militar y aprovechar la creciente oposición interna al poder presidencial para llevar a cabo operaciones militares o vender armas en vísperas de las elecciones presidenciales de 2020. Que tenga perdida la escalada militar no quiere decir que Teherán vaya a renunciar a ella, porque en los últimos años ha reforzado sus capacidades militares para causar daño a las fuerzas militares de EEUU o a las de sus aliados en la zona; también cuenta con el inestimable apoyo militar de Rusia y sabe que cualquier intervención militar estadounidense en la zona aglutinaría a la población iraní en torno al régimen.

Irán también puede reanudar su carrera hacia el umbral nuclear. Ya en mayo de 2019 anunció la suspensión del cumplimiento de algunos de sus compromisos y amenazó con suspender otros si las partes del acuerdo nuclear no conseguían revertir su deterioro. La escalada nuclear iraní tiene todavía mucho recorrido y, bien administrada, puede volverse contra los aliados regionales del presidente Trump. Del mismo modo, Irán puede progresar por la escalada movilizando a sus proxies en la región para desestabilizar a los gobiernos de Bahrein o Arabia Saudí, reavivar el conflicto en Israel o poner en riesgo el tráfico marítimo hacia Occidente a su paso por el Estrecho de Bab el Mandeb, cerca de Yemen.

“Las evidencias presentadas hasta ahora no prueban suficientemente una implicación directa del Gobierno iraní como autor político y de houtis yemeníes o de los Guardianes de la Revolución como autores materiales”.

De momento, la escalada tiene lugar en el escenario previsible y recurrente del Estrecho de Ormuz. Las evidencias presentadas hasta ahora no prueban suficientemente una implicación directa del Gobierno iraní como autor político y de houtis yemeníes o de los Guardianes de la Revolución como autores materiales. El Gobierno iraní ha negado su participación e incluso ha insinuado que la atribución podría estar fabricada como pretexto para justificar una posterior intervención militar de sus enemigos. Pero no puede negar que los ataques encajan en su lógica de respuesta, que su Cuerpo de Marina de la Guardia Revolucionaria Islámica controla las aguas donde han tenido lugar los ataques ni que tanto ellos como houtis yemeníes disponen de la capacidad para hacerlo y que a veces actúan por cuenta propia llevados por el fervor revolucionario de sus mandos.

Las dos partes mantienen sus estrategias de escalada para provocar un cambio de conducta en la otra parte. El presidente Trump parece dispuesto a meter más presión económica y ya que una atribución inequívoca de los ataques a Irán le obligaría a ordenar una actuación militar en la que no está interesado, los dirigentes iraníes disponen también de un amplio margen de maniobra para proseguir en su escalada de respuesta. En consecuencia, el riesgo sustancial no es el de la perturbación ocasional del tráfico energético por el Estrecho, sino que la escalada derive en un enfrentamiento armado que ninguna de las dos partes desea, pero al que puede conducir su dinámica de acción y reacción. Para prevenir ese riesgo, alguna de las dos partes, o las dos, deberían interrumpir la escalada, pero esa opción es difícil porque no disponen de canales de comunicación ni de terceros que les faciliten un encuentro en la cumbre, al modo norcoreano, o una negociación de fondo, al modo nórdico. Precisamente, la coincidencia de los últimos ataques con los buenos oficios del primer ministro Shinzo Abe en Teherán, hace pensar que los partidarios de la escalada ganan, hoy por hoy, la partida a quienes desean comenzar la desescalada. Como resultado, continúa la escalada en la que todos pierden: el presidente Trump no consigue cambiar la política exterior iraní, Irán no puede aliviar su estrangulamiento económico, los aliados de los anteriores sufren daños colaterales y los mercados aplazan –pero no descartan– una nueva ola de subidas en los precios de la energía que nos llegue desde las aguas del Estrecho de Ormuz.

 monlan2001@yahoo.com