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miércoles, 6 de septiembre de 2017

¿Terminaremos dándole las gracias a Trump?

Por Néstor García Iturbe:

Quizás muchos se sorprendieron cuando Rusia, como respuesta a las sanciones de Estados Unidos, expulsó de su territorio cerca de 800 “diplomáticos”. La sorpresa fue causada por la respuesta del presidente Trump, que le dio la gracias a Putin por aquel gesto. Trump explicó que entre sus planes estaba la disminución del personal del Departamento de Estado, tanto en Washington como en el exterior y que la acción de Putin le había ahorrado parte del trabajo. Aunque esto resulte un sarcasmo, en cierta medida, coincide con los planes de Trump.



¿Terminaremos nosotros dándole las gracias a Trump? Analicemos un poco este asunto.

Dentro de la sociedad capitalista, como en toda sociedad, existen contradicciones. Cuando las contradicciones son armónicas, a pesar de ellas, la sociedad avanza y se fortalece. Cuando las contradicciones son antagónicas, la base de la sociedad va destruyéndose y comienzan a formarse los cimientos de una nueva sociedad. Las contradicciones antagónicas van permaneciendo en la sociedad, luchando entre ellas para subsistir, pero en un momento determinado puede llegar un fenómeno social que radicalice esa lucha y entonces cambia la naturaleza de la lucha, en lugar de subsistir, la lucha se centra en eliminarse entre ella, lo cual rompe por completo la coincidencia de intereses de la clase que domina esa sociedad.

¿Pudiera ser la administración Trump ese fenómeno social?

Es evidente que las acciones de la administración Trump han causado desasosiego en un alto número de personas, los inmigrantes que aspiraban sus familiares fueran a residir con ellos a Estados Unidos. Los ecologistas que después de Estados Unidos retirarse del protocolo de Kyoto, entienden que la destrucción del mundo está más cercana. Los llamados “transgenders”, cuyo derecho a defender la patria les ha sido cercenado.  El afro estadounidense, que han sentido la fuerza con que atacan los supremacistas blancos, sobre todo en los sucesos de Charloteville. Las mujeres, que desde antes de Trump llegar a la presidencia ya se sentían discriminadas por éste.

El problema también se pone de manifiesto dentro de la propia clase social a la que pertenece Donald Trump. Muchos millonarios sienten que sus capitales están inseguros, tienen una idea distinta a la de Trump de cómo llevar adelante la economía. Los capitalistas, por su propia característica, son conservadores, han realizado inversiones en países que les han dado la oportunidad de explotar mano de obra barata, materias primas a bajos precios y la exportación de las ganancias a paraísos fiscales, que con los planes de Trump, de que retornen las inversiones a Estados Unidos, todo lo que tenían planificado para incrementar sus capitales, se pone en riesgo. Esto ha provocado divisiones dentro del propio partido republicano.

La prensa, que responde a los grandes capitales, algunos le dicen el cuarto poder, está en una guerra totalmente abierta contra Trump, prácticamente no lo dejan trabajar. Todo lo que hace es criticado e investigado, si encuentran alguna irregularidad, por pequeña que esta sea, se publica en primera plana. Atacan a sus principales asesores, su familia y más estrechos colaboradores. Algunas de esta personas son acusadas de “conservadores”, como si la casi totalidad de los políticos estadounidenses no lo fueran.

Se incrementa la preparación y el armamento de las Fuerzas Armadas, la Guardia Nacional y la Policía, para sofocar brotes de inestabilidad social, estilo las propias “primaveras” que Estados Unidos ha organizado en distintos países del mundo para derrocar gobiernos, con la única diferencia que ahora el gobierno a derrocar será el de ellos.

La política exterior navega en aguas turbulentas, sin embargo en vez de buscar soluciones diplomáticas que aseguren la paz y la seguridad internacional, como se establece en la Carta de las Naciones Unidas, se desenfundó el “Big Stick”, con la idea de que en vez de infundir respeto, es necesario infundir miedo. El miedo es uno de los artífices de la fracasada Guerra Fría, que para mantener las utilidades de las empresas de la industria armamentista, se convirtió en Guerra contra el Terrorismo.

No es lo mismo tratar de infundirle miedo a una organización terrorista, de limitados recursos, muchas veces entrenados por las propias agencias estadounidenses, que a un país en cuyos arsenales se encuentran algunas bombas atómicas. El juego es distinto y estar promoviéndolo es una seria irresponsabilidad, en relación con la cual muchos millonarios en Estados Unidos no están de acuerdo y es otro punto de discrepancia dentro de la clase dominante estadounidense.

La famosa unidad con Europa, tan preservada durante años, como el principal aliado de Estados Unidos en el mundo, presenta seria grietas, en buena parte, por la política de Trump, de que cada cual pague la parte que le pertenece en la OTAN y en otros organismos que dependen de la Unión Europea.

Los planes contra Venezuela también están ganados opositores dentro de Estados Unidos, su élite económica y financiera.  Algunos consideran que las propias sanciones impuestas por Trump pueden afectar y hacerle daño a sus intereses económicos, otros consideran que debe hacerse más esfuerzo para derrocar a Maduro por la vía constitucional, pero que un golpe de estado o una invasión sería correr un alto riesgo, sin tener seguridad alguna, de que las acciones estadounidenses tendrían éxito.

Entre otras actividades internacionales, las acciones de Trump en relación con México y Canadá, aliados tradicionales de Estados Unidos y las modificaciones que considera deben hacerse al TLCAN y seguramente después al ASPAN, más el problema del muro, la deportación de ilegales y otras acciones contra ambos países, han resquebrajado las buenas relaciones que aparentemente existían.

La total entrega a intereses estadounidenses y los desmanes realizados por gobiernos mediatizados, en Brasil, Argentina, Chile, Uruguay, Colombia, Panamá, México, Guatemala, Honduras y algunos otros países de Nuestra América, han originado movimientos de protesta, que van radicalizando la lucha en esos países, algo que en el futuro se podrá observar más claramente.

Después de analizar estos puntos, a los cuales pudieran agregarse algunos más, podemos llegar a la conclusión que estos Estados Unidos son distintos a los que conocíamos. Divididos desde el punto de vista económico, social, cultural, político y étnico. Donde las diferencias de clase se han agudizado. Donde un grupo mayoritario manifiesta su inconformidad con el sistema que permite la inmunidad, la injusticia y es incapaz de garantizar una vida digna para los ciudadanos. Donde la inseguridad es diaria y la xenofobia y el racismo se incrementan por día.

¿Este fenómeno social, consolida o va en camino de destruir el sistema implantado en Estados Unidos?

En muchas ocasiones los caminos son largos, pero también, en ocasiones, el nivel de resistencia llega a su límite y el camino se acorta. 

sarahnes@cubarte.cult.cu

sábado, 15 de julio de 2017

Si, de ”ira contenida” se trata…

Por: Sergio Rodríguez Gelfenstein

Conversando con un colega que conocí en la universidad en mis tiempos de estudiante, quien vive fuera de Venezuela hace ya varios años, justificaba las acciones de la oposición a partir de lo que llamó la “ira contenida”. A pesar de las diferencias de puntos de vista y en particular de lo que este concepto entraña, pudimos sostener un diálogo en un marco de respeto y yo diría que hasta afectuoso, en el que intenté mostrarle que más allá de las acciones actuales, lo que se estaba creando era un país inviable a futuro, donde la violencia se estaba legitimando como forma de hacer política, al cerrarse los caminos al diálogo y  la negociación, que es en términos de la democracia representativa -que tanto se defiende- es la forma básica de ejercicio de la política.


Le argumenté a mi colega que el legítimo derecho de la oposición de llegar al gobierno por vías legales estaba siendo aplastado por el afán suicida de intentarlo por vías extra constitucionales y que con ello, al aceptar la violencia, si llegaran a ser gobierno en el futuro, habrán también legitimado el uso de la “ira contenida” que los chavistas están acumulando por todos los desmanes que a diario se están cometiendo en las calles, sin que pareciera que pueda hacerse justicia. Con todo, le dije, había que pensar que la “ira contenida” de un pueblo que ha sido marginado por 200 años debería ser superior a la que hoy se manifiesta en las calles y que si se trata de enfrentar “iras contenidas”, el caracazo de 1989, será solo un agradable paseo dominical comparado con lo que pueda sobrevenir.

Mi colega, persona inteligente y reflexiva, no fanático y esperanzado en un cambio de gobierno me manifestó que “esperaba que aprendiéramos de lo ocurrido” pero aceptó que en esa eventualidad, a su pesar “va a haber mucha caza de brujas”. Esta conversación, reafirmó en mí, la idea de que hay sectores opositores que enfrentados a la posibilidad de la violencia como acción permanente, sienten el mismo rechazo que los que apoyan al gobierno, pero que hoy son prisioneros del discurso violentista y no saben o no pueden escapar de él. La “ira contenida”, expresión que intenta explicar el odio, no resiste el más mínimo análisis en términos de racionalidad. Mi amigo, así lo entendió cuando fui rebatiendo uno a uno sus argumentos ni siquiera en términos políticos, sino en términos humanos, que por cierto fue el soporte para la transferencia de Leopoldo López de la cárcel a su casa. La conversación finalizó cuando mi colega dijo “Sabes que si necesitas algo y está a mi alcance, solo pregunta”.

Por otro lado, la deliberación íntima posterior a la conversación reveló en mí, la ausencia de análisis sobre los graves inconvenientes que a largo plazo se generan tras el uso de la violencia y el terrorismo como método para incidir en la superación de coyunturas, sin entender que éste es un fenómeno que necesita esos momentos tácticos para incubar y transformarse en un problema estructural como dramáticamente lo aprendió Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Lo aprendió, pero no lo aprehendió.

Como siempre, en estos casos, recurro a la historia. Durante la década de los 80 del siglo pasado, combatientes afganos, mayormente del grupo étnico pashtún de orientación sunita resistieron la invasión soviética a su país hasta expulsarlos en 1989. En el marco de la guerra fría, recibieron apoyo financiero, logístico y militar de Estados Unidos, Arabia Saudita y Pakistán quienes establecieron una “santa alianza” en contra de la Unión Soviética, tras su derrota y salida del país, sobrevinieron años de caos durante los cuales estos feroces guerreros islámicos estudiaron en escuelas de teología islámica denominadas madrasas ubicadas en Pakistán y financiadas por Arabia Saudita en las que se adoctrinaba en las enseñanzas del wahabismo o salafismo, la corriente más retrógrada del islam. 

De aquí surge en 1994 el movimiento talibán. Aquí también ve a la luz Al Qaeda. En 1996 el talibán toma el control de Kabul y en agosto de 1998 llegan a controlar el 90% del país. Entre 1996 y 2001, desde el gobierno se imponen estrictas leyes islámicas sobre la población entre las cuales destacan la obligación de las mujeres de ir cubiertas desde la cabeza hasta los pies, además que no se les permitía asistir a la escuela o trabajar fuera de casa y se les prohibía viajar solas. También quedaron fuera de la ley, la televisión, la música y los días festivos no islámicos. 

Después de los ataques del 11 de septiembre en Estados Unidos, el régimen talibán es acusado de estar tras tales acciones y fue atacado militarmente hasta ser derrocado en 2002 sin embargo sus miembros se reagruparon, creando una fuerza de hasta 60 mil hombres que han atacado a sus antiguos aliados, de manera destacada a Estados Unidos, causándole bajas a sus tropas, y daños sus instalaciones civiles y militares. Hoy, ni Estados Unidos, ni las fuerzas que le dieron cobijo, tienen control sobre sus acciones, al contrario, son víctimas de ellas.

De la misma manera, el parentesco ideológico y el origen común con el Talibán en la lucha contra la invasión soviética, le permitió a Al Qaeda, uno de esos grupos que se entrenaba en las bases militares creadas por Estados Unidos en Pakistán, para emerger con fuerza como organización paramilitar terrorista desde un islam bastante cavernario, tal como ha sido ampliamente documentado. Al finalizar esta contienda, Al Qaeda no se desmovilizó como esperaban sus gestores occidentales, al contrario, participaron en la guerra de Yugoslavia y en la de Somalia en 1993, donde tuvo su primer encuentro frontal contra Estados Unidos que desde entonces la comenzó a considerar como organización terrorista. En 1998, Al Qaeda, en sendos ataques, destruyó las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania y en 2001 es sindicada de ser la organizadora de los ataques contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington, tras lo cual se oculta durante un tiempo, reapareciendo en 2005 con brutales acciones terroristas en Londres y Madrid, y posteriormente hasta en 20 países de Europa, Australia, Estados Unidos, Argelia y Marruecos. Antes de 2001, Estados Unidos se había visto obligado a declarar a Al Qaeda como organización terrorista, pero ya era demasiado tarde: los alrededor de 3.000 muertos y cerca de 6.000 heridos pagaron las consecuencias por las lesivas amistades de su gobierno.

Por su parte, aunque el Estado Islámico tiene una historia diferente, su origen está en Al Qaeda, y como parte de ella profesó la ideología wahabita, lo que la hizo susceptible de recibir recursos de Arabia Saudita quien financió a esta organización con el objetivo que tras su desarrollo en Irak, se volviera contra los vecinos de este país, Irán y Siria, con gobiernos chiita y alauita respectivamente, que son considerados los más férreos enemigos de la monarquía gobernante en Riad. Al autodenominar el territorio bajo control en Irak y Siria como un “califato” bajo orientación sunita fundamentalista, los objetivos sauditas parecieron consumarse, pero la resistencia del gobierno sirio y la imposibilidad por extender su territorio, además del peligro que significaba para la región y el mundo, la incorporación de alrededor de 30 mil combatientes venidos de alrededor de 90 países de todo el planeta, la contra ofensiva del  ejército sirio, apoyado por Irán y los combatientes libaneses de Hezbollah primero y la incorporación de Rusia con apoyo aéreo después, la aplicación de reglas similares o peores que las del  talibán en Afganistán la realización de decenas de actos terroristas en Europa, así como los centenares de miles de refugiados que buscaron abrigo fuera de la región en primera instancia en el Viejo Continente, dieron al traste con los planes sauditas, los de sus aliados occidentales y de las monarquías sunitas del Golfo Pérsico que se volvieron víctimas de los estudiantes que alentaron y ayudaron a formar, viéndose obligados a jugar el doble e hipócrita  papel de seguirlos financiando por un lado y atacarlos por el otro.

Estas terribles lecciones de la historia reciente, nos señalan en amplio espectro, lo que ocurre cuando se da rienda suelta a la violencia sin control, y se le entrega la conducción del conflicto a fuerzas extremistas alejadas de la política que solo saben jugar suma cero, para obtener menguados objetivos de corto plazo suponiendo que una vez logrados estos, volverán a su redil.

Nunca ha sido así, el espacio no dio para escribir más, pero la experiencia de las Autodefensas Unidas de Colombia, grupo paramilitar que en la actualidad es ya, la tercera fuerza política de ese país, es un ejemplo deleznable que tenemos muy cerca. Hoy son el bastión más importante con que Uribe hace oposición a Santos, él fue su principal promotor cuando era gobernador de Antioquia y se llamaban Convivir, ahora, paradójicamente en alianza con  Santos pretende traerlas a Venezuela. Su avanzada ya está aquí, la vemos en las calles casi todos los días, por lo menos en lo que a métodos y acciones se refiere.
 sergioro07@hotmail.com