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miércoles, 1 de julio de 2020

EE.UU del encierro detrás del Muro a la desconexión total



Por Rolando Prudencio Briancon

La llegada de Trump al poder trajo consigo una nueva visión, una nueva lógica a lo que hasta antes de su ingreso a la Casa Blanca eran la mentalidad de la mayoría de los norteamericanos, basada sobre todo en la seguridad y bienestar. Aunque tal vez sea más preciso referirse a que la llegada de Trump lo que trajo no fue precisamente un nuevo Orden, sino un desorden para crear uno nuevo.



Esa es la razón por la que este cambio en el viejo Orden ha tenido repercusiones a nivel de las relaciones internacionales, por cuanto la Globalización fue el globo de ensayo con el que la hegemonía estadounidense fue el eje en el que giraron las demás naciones, en torno a la supremacía de la potencia del norte, por más de dos décadas.

Pero al poco tiempo de que Trump asumiera el gobierno fue a contracorriente de aquella concepción globalizadora, cuando anunció la construcción de un Muro en la frontera con México para contener la migración de quienes buscaban la "tierra prometida" para realizar el "Américan Dream" (sueño americano), pero fue a quienes el nuevo inquilino de la Casa Blanca, los vio como una amenaza para subvertir el sueño de "volver hacer grande América otra vez", que es su onírica obsesión hasta hoy.

Así fue como Trump consideró a los migrantes una amenaza, y a quienes los llamó despectivamente como la "peor gente", cuando se refirió a los mexicanos que cruzan la frontera. O cuando sin el menor empacho ordenó que a los migrantes centroamericanos -sobre todo hondureños- fuesen separados los padres de sus hijos pequeños, a quienes los mandó a encerrar en jaulas.

Esa onírica obsesión de Trump de: "volver hacer grande América otra vez", es la que hoy ha llevado a Trump a anunciar una "desconexión completa", con el gobierno chino y que ha sido rechazada esta medida, por parte del portavoz de relaciones internacionales del gobierno chino Zhao Lijian, señalando que es una "medida arbitraria". Es más, el representante de comercio internacional de los EE.UU., Robert Lightizer ha criticado este anuncio advirtiendo de Trump que: "no es una opción política razonable".

Pero este anuncio de una “desconexión total", es un as bajo la manga del intervencionismo norteamericano, tal como ha advertido la cancillería China respecto a: "los intentos de los EE.UU., de utilizar cuestiones relacionadas con Xinjiang para interferir en asuntos internos de China, y frenar su desarrollo, que están destinados al fracaso".

Vale decir que los EE.UU., pese al giro geopolítico que Trump quiere dar al nuevo papel de los EE.UU., sigue manteniendo ese doble discurso con el que maneja su política intervencionista en asuntos internos de otro país, como ahora es con la China, de la que anuncia una "desconexión total", pero por el otro anuncia la aplicación de un paquete de sanciones como es la: "Ley Política de Derechos Humanos de Uigures 2020", contra las políticas del gobierno de XI Jingping, como son las medidas: antiterrorista, anti secesionista y de desradicalización contra Xinjiang, que como región autónoma al extremo noreste de China, y que influenciada por EE.UU., se ha enfrentado al gobierno de Pekín.

Desde luego que EE.UU., es libre de tomar la decisión de desconectarse totalmente de China; siempre y cuando no interfiera en asuntos internos; pero que, para desconectarse, primero honre su deuda que tiene de 1mil 59 billones de dólares según la revista Forbes.

Así que después de pagar ese deudo puede desconectarse de China, y del mundo entero si quiere, y mandarse a jalar donde más guste

prudenprusiano@gmail.com


sábado, 6 de junio de 2020

Del Mundo Post Covid al nuevo orden Post-Mundo



Por Rafael Bautista S.:
Casi todas las descripciones del más que probable infausto desenlace mundial de la cuarentena global, insisten todavía en certificar una realidad que ya no tiene sentido. Porque es lo que, precisamente, la plan-demia global ha desmoronado definitivamente: un “mundo post-covid” ya no tiene sentido como “mundo”; y menos en los términos que la modernidad se ufanaba de prometer, desde el liberalismo hasta la globalización. Esa idea de “mundo”; que se acuñó en la filosofía con Husserl (lebenswelt) y Heidegger (sein-in-der-welt), ha dejado lugar a un sombrío escenario indeseable que ya no puede ser considerado un “mundo” (al menos ya no, literalmente, para todos).


El fracaso de la modernidad no podía haber sido más fehaciente. Amanece con el genocidio de la Conquista, genocidio que es esencial para dar vida al verdadero virus que porta la expansión europea desde 1492; porque le brinda, parasitariamente, la posibilidad de una “acumulación pre-originaria” (el trabajo impago y jamás reconocido de 100 millones de indios y afros) para financiar toda una forma de vida donde ese virus se pueda realizar en toda su plenitud.

Esa forma de vida es el mundo moderno, como nicho de realización de las expectativas exponenciales de este virus llamado capital-ismo. No en vano decía Marx que el capital nace chorreando sangre por todos los poros, porque es parido en el genocidio del Abya Yala y, desde entonces, para darle vida –que no la tiene– hay que privársela a otros: la humanidad y la naturaleza; por eso concluía lógicamente: “la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre”.

Pregona la modernidad de boca para afuera: “liberté, egalité et fraternité”, y declara que: “todos los hombres son creados iguales”; porque, de boca para adentro, lo que considera humanidad es apenas el recorte racial izado que establece como su propia y más acabada antropología: “todos somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros”. Aquella observación de Orwell no es imputable a un sistema de gobierno sino a un sistema-mundo; por eso Benjamín Disraeli sentenciaba ya en su tiempo: “a los derechos humanos preferimos los derechos de los ingleses”.

La hegemonía expansiva que logra, bajo el diseño –no sólo geopolítico sino también antropológico– centro-periferia, le otorgó una legitimidad que se fue diluyendo ya en el siglo XX; fue el siglo de las “exposiciones universales” (que comienzan en París, en 1878) que, promoviendo la religiosidad del progreso infinito, desplazaba su ficción civilizatoria a un futuro donde sea posible todo, hasta la vida eterna. Su liberal creencia hasta piadosa en el progreso y el desarrollo, pedía confiar en la ciencia y la tecnología, como los mediadores mesiánicos de un ascenso evolutivo hacia la perfección absoluta (la misma crédula insistencia neoliberal de la fe en el mercado, como la moneda de salvación milenarista).

Esas creencias, como sus dogmas de fe, constituían la base de legitimidad de la sociedad moderna; por eso podía autodenominarse “sociedad del progreso”, como el verdadero “mundo libre”; o “sociedad del futuro”, como la auténtica “tierra prometida”. Pero, ahora, todo eso ha fracasado.

“El mundo ya no volverá a ser el mismo”, dicen los que le hacen el coro a la narrativa imperial; aunque lo que debieran subrayar es que: nunca el mundo había sido literalmente clausurado para el ser humano, y de modo indefinido. La “globalización” ya fue la culminación de una expansión irrestricta del capital y del mercado, y un arrinconamiento coercitivo de la humanidad, vendida al mundo entero como la apoteosis de la libertad y la riqueza para todos.

No hay un “mundo post-covid”, porque después de la cuarentena (que no es sino un Estado de sitio no declarado), lo que se puede vislumbrar es un Estado de excepción global, donde quedarían conculcadas, de facto, todas las libertades y derechos, civiles y políticos en todo el mundo. Esto significa acabar, definitivamente, con la idea de “mundo”. Porque si el mundo es un algo común, un orbe válido y accesible para todos; después de la cuarentena, quedará confirmado que el mundo se deshizo ante nosotros y lo único que nos queda, es un orden impuesto, ajeno a todo lo que podía significar un “mundo”.

La misma etimología del concepto de economía, nos sugería la administración de una casa común; porque en la idea de mundo se compendiaba siempre la posibilidad del cómo del existir plenamente humano; ya sea como facticidad o como historicidad, el mundo constituía el horizonte irrevisable de toda experiencia, incluso como trascendencia. La negación de todo ello era el tan promovido “fin de la historia” (la pueril efusividad de Fukuyama no le permitía advertir que esa idea significaba, en realidad, el fin de la humanidad).

En ese sentido, el fin del mundo no es la destrucción de la vida sino el sinsentido globalizado de la existencia. Si con el lawfare se acabó con la presunción de inocencia, con el health-fare se criminaliza la salud, es decir, si todos somos susceptibles de contagio, el estar sano es motivo de sospecha; para universalizar la vacuna que pretenden instalar como la nueva identidad, nadie puede pretender siquiera creerse sano.

En semejante situación, con la infección como el nuevo enemigo invisible, la delación se convierte en la nueva moneda de admisión ciudadana. La lucha contra el terrorismo se legitima por otros medios: el terror se interioriza y todo resto de vida que queda sólo consiste en asegurar una condición aséptica siempre dudosa. La ficción kafkiana nos enseñó que uno podía ser culpable de un crimen inexistente; la narrativa actual nos muestra que el enemigo somos todos, es decir, el pecado original resignificado nos convierte en culpables perpetuos, siendo la desobediencia al aislamiento el nuevo terror que hay que denunciar.

De ese modo, la lucha imperial “del bien contra el mal” alcanza su más plena consagración sacrificial: para que vivas, tenemos que deshacernos de otros. Sólo entonces, la propia humanidad, admitiría como inevitable el fatalismo imperial, legitimando su propia eliminación. En tal caso, ya no hay “mundo” sino un virtual purgatorio y la vida es sólo el reflejo de algo inevitablemente perdido.

Sólo así, el sistema económico, la ciencia y su forma de vida –moderna– se redimen, transfiriendo su fracaso a toda la humanidad como “culpable” y a la naturaleza como “vengativa”. La tesis de la zoonosis como causa del actual virus responde a esa típica “externalización” de responsabilidades que, el neoliberalismo, tiene como dogma de las propias miserias que ha venido provocando; pues, de ese modo, busca siempre transferir obligaciones suyas –nunca admitidas– al resto afectado.

El concepto de “cambio climático” formaba parte de esa estrategia discursiva imperial acorde a esa transferencia de responsabilidades, como el contenido real de la política de “gestión de riesgos” (mi riesgo lo asumen los afectados) que ejecuta sistemáticamente, desde la crisis del 2008, el poder financiero; haciendo aparecer como “natural” una situación que no tiene un origen natural sino de intervención irracional del factor financiero/petrolero en el ecosistema; por ello los poderes fácticos acuñan, para lavarse las manos, el concepto de “resiliencia”, como la adaptación resignada y fatalista de algo que supuestamente no tendría causantes con nombre y apellido.

El actual infierno producido ya no es la lucha de todos contra todos, sino la indolencia e indiferencia del sacrificio global. Y eso ya no constituye “mundo” alguno. Si la vida es sólo posible haciendo imposible vivir “en sociedad”, entonces el “nuevo orden” es, en realidad, un laboratorio aséptico donde todos son condenados a existir en tubos de ensayo, como la única posibilidad de realización confinada de las fantasías individuales.

La cuarentena ya es, como ejercicio militar de disuasión estratégica, el adiestramiento obligado de la “vida virtual”, como única vida posible. Para instalar definitivamente la necesidad de la digitalización de todo y la inminencia de la “inteligencia artificial”, se requería provocar este tipo de ejercicios globales que hagan inevitable la cesión consentida e inevitable de los derechos y las libertades humanas.

Eso ya fue ensayado con el autoatentado a las torres gemelas, el 2001. Aquella conculcación de los derechos y libertades civiles en USA fue justificada por la apoteósica guerra contra el terrorismo, acuñada religiosamente como “la lucha del bien contra el mal”. Para amplificar aquello al resto del planeta, tenían los poderes fácticos que imaginar una situación resignada de aceptación mundial de un Estado de excepción de alcances globales. La pandemia, como plan-demia, era lo más oportuno para imponer la doctrina neoliberal del “there is no alternative”. No les quedaba otra. El neoliberalismo fracasó, porque se hace ya imposible su continuidad por vías democráticas (aunque sean fraudulentas), porque ya ni en el primer mundo creen en la narrativa neoliberal.

Pero el fracaso del neoliberalismo es también fracaso del capitalismo; pero no por acumulación de crisis, pues el capitalismo siempre ha estado en crisis, es más, necesita de la crisis para seguir su espiral acumulativa, es decir, necesita poner en crisis todo, para legitimar su afán exponencial. Lo que hace ahora que este fracaso sea definitivo son los mismos límites finitos de la vida, que se han venido encargado, desde fines del siglo XX, de hacer ya imposible las expectativas exponenciales, es decir, infinitas, del capital.

De los límites naturales pasamos a los límites humanos; el desangramiento de los pobres del planeta ya no era suficiente para el casino financiero, ahora su gula infinita se dirigía contra los propios ahorros en el centro. Después del asalto al sistema global de pensiones, ya no queda casi nada para la voracidad del casino financiero global. La última inyección de “dinero fiat” que la FED está realizando en la economía gringa, sólo hace periclitar aún más el irracional sistema económico mundial. Ya no hay más posibilidades de que el capital siga creciendo. Pero si el capital no crece, muere. Y esta amenaza es lo que se confunde con la muerte de todo, incluso de la vida misma.

Esta su tendencia interna, a crecer indefinidamente, es inobjetable para el sistema económico (y es la base de sustentación del mismo desarrollo), por eso, la imposibilidad del crecimiento económico es la amenaza que obliga a los poderes fácticos a un nuevo sacrificio, esta vez, de características universales. Por eso señalamos que la racionalidad económica moderno-capitalista provoca irracionalidades, y esa es la realidad que yace detrás de la plan-demia.

Para que el capital no muera, el sistema económico mundial –llamado por eso capital-ismo– debe, como siempre ha hecho, sacrificar nuevos chivos expiatorios sobre los cuales transferir su crisis y sus fracasos. Lo novedoso de la situación actual y del neomaltusianismo que promueven los poderes fácticos con nuevos eufemismos, es la arrogante administración etaria que están imponiendo. El robo al sistema global de pensiones es la instauración fatídica de la política de eutanasia amplificada como solución del crónico decrecimiento económico: reducimos ya no sólo la población sino la esperanza de vida, para que el capital siga viviendo. Bajo el mismo tenor que se colige del aborto promovido como bandera de liberación femenina, esta política de reducción de la esperanza de vida, pone en evidencia la cancelación y abolición de todo futuro posible: la humanidad ya no tiene derecho a vivir más de lo que el capital exige.

Este fracaso desmiente las promesas iluministas, del Renacimiento y la Ilustración (la mitología moderna del autodenominado “mundo libre”), a su vez que desencubre la lógica suicida del capital, arrinconando a la humanidad en la falsa disyuntiva maltusiana. El problema no son los pobres o los viejos. Sin vida no hay ser humano y sin trabajo humano no hay riqueza alguna; el capital es posible porque hay trabajo y hay vida, en consecuencia, jamás el capital es lo primero sino la vida, es decir, el capital no puede ser criterio de la vida sino al revés. El fetichismo económico es el que ha puesto al mundo de cabeza y ahora pretende “racionalizar” hasta la esperanza de vida.

La política de eutanasia implícita hace colapsar los cimientos mismos de la “sociedad del progreso”. Porque matando a los viejos no se mata al pasado. Se mata al futuro. Si el mensaje es: vive ahora porque mañana te eliminamos; el mañana deja de existir. El mundo ya no se recorta sólo en su espacialidad, como sucede con la globalización, donde sólo posee carta de tránsito el dólar y sus portadores; sino ahora en su temporalidad: ya no hay lugar para los viejos.

Si todo lo que se espera humanamente como deseable, se lo transfiere al futuro (por eso, por ejemplo, se ahorra); ahora esa última esperanza, de quienes todavía encuentran algún sentido en el sacrificio presente, ha sido hecho trizas. Interpretar a los viejos como una “carga para la economía”, es amputarse los supuestos históricos reales de la economía, pue sin el trabajo precedente no hay riqueza presente. Entonces, deshacerse de los viejos es poner a todo el sistema económico en el campo de la pura ficción. Por eso no es raro que los estrategas tecnocráticos de los organismos internacionales sean, curiosamente, jóvenes (como los nuevos astros del futbol). Mientras más jóvenes, más fáciles de manipular y de usar, pero, además, más proclives a imaginar un mundo sin pasado y sin historia. Con el mundo de la posverdad se exaltó definitivamente el instante como criterio de toda experiencia posible, dejando a la experiencia misma sin sentido.

El futuro no es la niñez sino la vejez, porque dejamos atrás la infancia y siempre nos proyectamos, vía experiencia, hacia la madurez. Todo lo que se puede lograr en la vida, sólo se lo puede gozar en la vejez. Pero el capitalismo, como un auténtico parásito, le extrae a uno no sólo fuerza física sino fuerza vital, de modo que uno llega a viejo ya no para acopiar lo logrado sino para ser escupido y despreciado por una sociedad que no acepta a los “inútiles”.

Desde el colapso de la Unión Soviética (provocado también por la geopolítica imperial), el capitalismo ya no necesitó mostrarse “humano”; por ello también el neoliberalismo ha sido concebido como “capitalismo salvaje”. El posmodernismo (surgido en Francia bajo auspicio de la CIA, como ya se sabe actualmente), constituyó su ideología, filtrándose hasta en los movimientos de resistencia anarquista y socialista, para desarmar al bloque popular unificado y minar, a su vez, toda posibilidad de la creación del poder popular. El mundo de la posverdad es la apoteosis de toda esa estrategia geopolítica de cooptación ideológica que desubicó completamente a la izquierda mundial, llegando a la situación actual, donde hasta los supuestos críticos no hacen sino confirmar su consciencia periférica-satelital, haciendo eco de la narrativa imperial.

Cuando el Imperio actúa, crea su propia realidad. Para eso diseña todo un sistema académico que piensa las necesidades imperiales como necesidades humanas y planetarias. La intelectualidad periférica sólo se dedica a estudiar, o sea, a “interpretar” esa realidad. Como sólo “interpretan” (hasta “de colonialmente”) y nunca “transforman” esa narrativa, el Imperio y sus mandarines actúan y crean nuevas realidades, para el consumo comedido de la consciencia periférica-satelital. Así suceden las cosas, como en la actual plan-demia; mientras el Imperio actúa, la izquierda global sólo se dedica a “interpretar” la escenografía que el Imperio dispone para naturalizar su nuevo embuste.

Lo cual se evidencia en la repentina lucidez que adquieren incluso sectores conservadores, a la hora de verificar que, detrás de la cuarentena global, se encubre una planificada política de imposición de un “nuevo orden”. Para aclarar a los despistados izquierdistas, que se han creído la ficción sobredimensionada de una epidemia que, hasta numéricamente, no alcanza mundialmente los niveles tangibles para provocar semejante zozobra global; ésta es una nueva lucha de capitales que la patrocina el capital financiero, en contra hasta del capital productivo, donde, curiosamente, se recluyen sectores conservadores que en plena globalización, vieron su desplazamiento definitivo del liderazgo capitalista, nacional y global. Por eso no es de extrañar la aparición de personajes como Trump que, en plena carrera electoral, prorrumpía con una demagógica retórica anti Estado profundo. Son los capitales nacionales, desplazados por el financiero –que ahora son el poder detrás del trono– los que tratan infructuosamente de sobrevivir en esta nueva recomposición del proceso de acumulación capitalista.

Este nuevo diseño global ya fue descrito por Kissinger y, sobre todo, por Brzezinski. La cuarentena tiene, como uno de sus objetivos, hundir la economía de la gran mayoría de los Estados, incluso del primer mundo. Siguiendo la lógica de la mafia, para el casino financiero, los Estados se han ido reduciendo a meras empresas fantasma, cuyo fin ya nunca ha sido generar nada, sino “lavar” el origen espurio del verdadero capital que tiene a un Estado particular como garante de todos sus movimientos; es decir, son creados para la quiebra, mientras las verdaderas ganancias se canalizan por otros medios. La quiebra multiplicada de los Estados, sobre todo periféricos, es lo que se viene; por eso no es raro el comedimiento del FMI y su “flexibilización” crediticia. Ya no queda más para robar, por eso el capital financiero apuesta por robar el futuro, colapsando toda la economía mundial.

Pero, poco a poco, se va develando esta política profunda, y los planes del 1% de billonarios mundiales –que también compiten, como buitres hambrientos– se van desenmascarando por las propias filtraciones de información que jamás podrían denunciarse en los más-media mundiales, comprados por el dinero del 1%. Una vez más, le toca al pueblo, extendido ahora como humanidad desplazada de lo que podía considerar su mundo, resistir y transformar el diseño financiero de un “nuevo orden” exclusivo para la locura suicida del capitalismo.

En Chile perdieron los ojos para que abras los tuyos. En Ecuador, las muertes sólo serán muertes si los vivos no despiertan. En Bolivia lo que se está quebrando no es el pueblo, sino la derecha antinacional que promovió el racismo golpista. En España e Italia ya no se habla del covid sino del cómo recuperar lo que se ha perdido. En Francia e Inglaterra vuelven las protestas. En Alemania y Rusia ya se asevera que la epidemia viral fue sobredimensionada. En USA, “black lives matter”. Si es así, entonces, “indigenous lives matter”, “humanity matters”. “PachaMama matters”, “capital doesn´t matter”.

Si el capitalismo muere no ha de ser por una crisis interna, aunque sea terminal, porque en la crisis está en su elemento (por eso enferma todo y a todos, para seguir viviendo). Como el cáncer, sólo muere dando fin al espacio vital que lo ha hecho posible. Si muere el capitalismo, ha de ser por una decisión humana; cuando la propia humanidad despierte y adquiera consciencia de que no es ella la que le debe su vida al capital sino al revés. Entonces el mundo se pondrá de pie y será verdaderamente mundo, como una Casa Grande, hogar natural de toda la humanidad; “donde todos quepan”, “donde todos vayamos juntos y nadie se quede atrás” y, donde “los que manden, manden obedeciendo”.

rafaelbautistas@gmail.com

sábado, 19 de enero de 2019

EEUU país defensor de la libertad cierra su gobierno para encerrarse detrás de un MURO


Por Rolando Prudencio Briancon:
Son tiempos ya no sólo de paradojas; sino de ¡patéticas paradojas!, y que están relacionadas con la realidad que vive hoy los EE.UU., que no es cualquier país por si acaso, sino que es el último imperio que ha conocido y conoce aún la humanidad. Pero además es el imperio, que si bien es cierto que como todo imperio se ha impuesto por la vía de la violencia, es el que llena la boca declarándose ¡Defensor de la libertad y la democracia.

Decía que son paradojales los tiempos que vivimos, por cuanto quien ha declarado el cierre del gobierno de los EE.UU., es el presidente a Donald Trump, quien fue electo como tal; no por el voto democrático de los estadounidenses, sino por decisión de los lobbies corporativos de la banca y las trasnacionales manejada por el lobby sionista, con los colegios electorales; pues perdió por más de ¡tres millones!, de votos frente a Hillary Clinton, pero se hizo presidente. Vale decir que se respete el voto democrático del pueblo norteamericano, es un sarcástico saludo a la bandera.


Pero, además, en cuanto al otro valor que se declara ser defensor, como es la libertad; lo más incomprensible es que siendo por antonomasia los EE.UU., el país -sino el más- que se ha levantado gracias a los migrantes, quiera encerrarse -eso es lo inaudito- construyendo un muro, para evitar la llegada de migrantes, qué como él quieren alcanzar la tierra prometida, comolo hizo la familia de Trump con esa ilusión.

Cabe hacer notar que las repercusiones que representará el cierre del gobierno afectará aproximadamente a: 380 mil personas que quedarán licenciadas sin goce de haberes, 800 mil empleados no cobraran incluyendo el 95% de los empleados de la NASA, así como el ministerio de vivienda, 52 mil empleados de los servicios fiscales, 420 mil funcionarios públicos de servicios esenciales, quienes tendrán que trabajar sin cobrar de inmediato, lo propio 150 mil de la secretaria de seguridad nacional, así como más de 40 mil agentes del FBI, la DEA y la administración penitenciaria.

Así que es tal la ironía de los tiempos modernos, o posmodernos que vivimos, que ya no sólo Trump despóticamente ha decretado el cierre del gobierno, sino que ahora quien representa al país defensor de la Libertad, es quien a piedra y lodo quiere encerrarse y encerrar a los estadounidenses, como ya ha tomado la decisión -la misma que tomó Hitler para edificar el tercer Reich- de: “Hacer Grande América”, pero antagónicamente aislándose.

prudenprusiano@gmail.com

viernes, 3 de agosto de 2018

Trump el presbiteriano manifiesto


Por Msc. Félix Roque Rivero:

Donald Trump, el 45° presidente de los Estados Unidos de Norteamérica ha señalado que su país es “una nación nacida bajo el mandato divino”. Resume en esa frase la excepcionalidad de los estadounidenses. El Destino Manifiesto es una filosofía nacional que explica la manera en que este país entiende su lugar en el mundo y se relaciona con otros pueblos. A lo largo de la historia estadounidense, desde las trece colonias hasta nuestros días, el Destino Manifiesto ha mantenido la convicción nacional de que Dios eligió a los Estados Unidos para ser una potencia política y económica, una nación superior. (Mkt, 2016, Portal Se Piensa).


La frase “Destino Manifiesto” apareció por primera vez, la historia es harto conocida, en un artículo que escribió el periodista John L. O’Sullivan, en 1845, en la revista Democratic Review de Nueva York. En su artículo, O’Sullivan explicaba las razones de la necesaria expansión territorial de los Estados Unidos y apoyaba la anexión de Texas. Decía: “el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”. Como lo sostiene el profesor Vladimir Acosta en su extraordinario libro “El monstruo y sus entrañas”, “Estados unidos es una sociedad religiosa y fundamentalista”. (Acosta, Vladimir, 2017, p 26).

Esa sociedad que se cree predestinada por Dios para dominar el mundo, es hoy la sociedad que lideriza Donald Trump, un tipo que ha declarado ser presbiteriano practicante y seguidor de las enseñanzas del pastor Norman Vincent Peale, que predica el poder del pensamiento positivo y que fue el padrino en su primera boda. Como lo explica el profesor Vladimir Acosta, el fundamentalismo cristiano “es un producto de los EEUU y es una de sus expresiones culturales que cuenta con un peso descomunal”.

Dada la significación del elemento religioso entre los estadounidenses, importa realizar una brevísima cauterización de este elemento para así entender el porte presbiteriano de Trump y, sobre todo, sus arremetidas contra los pueblos, amparadas en esa “religiosidad” que como cartilla le imponen a los presidentes estadounidenses a la hora de tomar el juramento de ley. En esa sociedad que se jacta de ser libertaria, por un largo tiempo se usaba el The Bible Belt, una especie de cinturón adherido al cuerpo, que hacía referencia a los capítulos del Antiguo Testamento. Con ello se tenía la falsa creencia de que los mensajes de los profetas servían de escudos protectores de las personas. Ese cinturón, era en realidad un tremendo negocio ya que se vendía por un precio que superaba los quince dólares. En esa sociedad nació la organización del Ku Klux Klan, responsable de miles de muertes, sobre todo de negros en la zona de Carolina del sur.

En 1787 los EEUU nacen como Nación, con una profunda vinculación a la iglesia, a la religión. Ese Estado naciente, nunca se ha desvinculado de la Iglesia, aunque una de las Enmiendas a la Constitución así lo establezca. Las llamadas trece colonias respondían a los planteamientos religiosos de las más de 2.150 sectas que existían, como lo reseña Peter Scowen en el “Libro negro de América”. El catolicismo papista, los anglicanos, los puritanos calvinistas, los luteranos, los cuáqueros que fundaron a Filadelfia con el pastor William Penn que fue asesinado y los mormones, la “religión más original”, fundada por el profeta Joseph Smith.

De todas esas religiones, tal vez la más comprensiva de los derechos de los indígenas y de los negros lo fue la de los cuáqueros y que por practicar la poligamia, fueron perseguidos, asesinados muchos de sus líderes. Estas religiones fueron las sostenedoras del destino manifiesto que justificaba las más abyectas tropelías cometidas, siempre a nombre de la libertad y de un Dios Supremo. Cuando los EEUU invadieron a México y se apoderaron de más de la mitad de su territorio, lo que “legalizaron” con el Tratado de Guadalupe-Hidalgo en 1848, en el periódico Whig Intelligencer escribieron un editorial que finalizaba diciendo “No tomamos nada por conquista…gracias a Dios”. (Zinn, Howard, La Otra Historia de los Estados Unidos, p. 159).

¿Qué significa ser presbiteriano?
Para Jonathan Muñoz Vásquez, pastor de la Iglesia presbiteriana de Chile, cuando se produce el movimiento conocido como La Reforma con Calvino a la cabeza, la iglesia ya reformada, una vez que se instala y difunde su predicación del evangelio en Escocia bajo el liderazgo de John Knox —alumno y colaborador de Juan Calvino—, tomó en el siglo XVI el nombre de iglesia presbiteriana. Ello fue así por la forma como se diseñó el gobierno, liderizado por estructuras integradas “por varones con sabiduría, experiencia y dones para ejercer el gobierno y la enseñanza en la iglesia”. A estos varones también se les llama en la Biblia de “presbíteros”, que significa literalmente “ancianos”. Al ser una iglesia gobernada por consejos de presbíteros, las iglesias reformadas de Escocia se popularizan más con el nombre de presbiterianas. (Muñoz Vásquez, Jonathan, portal TGC´, 30 de abril, 2015).

Ser presbiteriano es creer profundamente en Dios, en Cristo, no necesariamente en el Papa. Esto permite entender los enfrentamientos de Trump con su Santidad Francisco en materias como las relacionadas con la construcción del muro en México. Sobre esto Francisco llamó la atención de Donald Trump y le dijo textualmente que “quien esté pensando en construir un muro (para separar a los pueblos) no es cristiano”. Ser presbiteriano es asumir con fe las reformas de la confesión, es entender que existe un pacto renovado entre Dios y sus criaturas en una iglesia “eclesiológicamente reformada”.

Pero ¿qué religión han tenido los presidentes estadounidenses?; tres presidentes fueron abiertamente no religiosos:   Thomas Jefferson, Andrew Johnson y Abraham Lincoln y uno, Kennedy, católico. Los demás han sido cristianos sobre todo presbiterianos, bautistas y episcopales. Uno fue cuáquero: Richard Nixon.  De los   535 miembros del Congreso de los EEUU ninguno se identifica como ateo, y sólo uno declara no tener una afiliación religiosa concreta. Y ello pese a que en la sociedad americana existe un 20% que se declaran no afiliados a ninguna religión. (Antonio Gómez Movellán, ¿Qué religión tiene Donald Trump? 20 OCTUBRE, 2016). Con Donald Trump continua la saga de presidentes presbiterianos.

Las creencias religiosas de la familia Trump.
Los Trump, religiosamente hablando no son una unidad. Mientras Donald es presbiteriano declarado y confeso, su madre Mary Trump, influyó en su formación religiosa y lo encaminó desde niño en la fe a los presbíteros; su esposa Melania es católica de comunión y oración, así quedó demostrado en la visita al Vaticano cuando el Papa le regaló un rosario bendecido por él. Ivanka, la hija predilecta de Trump es judía, debió convertirse a esta religión para poder casarse con Jared Kushner, yerno y asesor principal del presidente. Ellos fueron los que impusieron a Trump el cambio de la embajada a Jerusalén e Ivanka se sintió “transfigurada” cuando oró ante el Muro de los Lamentos pidiendo por la salvación de Israel, el pueblo elegido por Dios para velar por la Tierra Prometida y por el regreso del Mesías.

Trump, con todo y ser el “jefe” de la familia, no es el conductor espiritual de ella y debe asumir las contradicciones en su seno, que no son pocas. Ivanka y su esposo son dos verdaderos halcones que asesoran al presidente en sus políticas para el Oriente Medio. Son los que atizan un eventual conflicto entre Israel e Irán, tienen conexiones muy poderosas con el sistema financiero-militar para la fabricación y ventas de armas y parten de su fundamentalismo religioso, aliados con el sionismo más recalcitrante que propugna por intervenir en Siria, que subsidia al ISIS y que aspira el control energético de toda la zona. Trump los apoya mientras Melania dirige sus oraciones al cielo.

¿En qué cree Mr. Trump?
Como lo afirma Umberto Eco, los laicos “viven obsesionados por un nuevo Apocalipsis”. (Eco, Umberto. En qué creen los que no creen. Ediciones Temas de Hoy, 1997). Donald Trump es uno de esos laicos que afirmando creer (en un Dios), sus acciones permiten concluir que ese Dios es la creación que nace de sus propias convicciones, lo que significa que ese Ser Supremo no es necesariamente el Dios de los demás sino su propio Dios, el cual le complace, le cuida, lo llena de fortuna, lo hace exitoso en el mundo de los negocios, orienta y guía su Gobierno, le dice qué hacer y cómo hacerlo. Como dice el filósofo italiano Gianni Vattino, Trump quiere hacernos creer que él cree en lo que cree. Para el periodista Daniel Burke, “Aunque Donald Trump dice ser presbiteriano practicante, sus comentarios sobre Dios y religión han sido confusos”. (Burke, Daniel. Editor de Asuntos Religiosos de CNN, octubre, 2016). Donald Trump vive de pecado en pecado pero afirma “que con la gracia de Dios y con el apoyo de su familia espera tener una segunda oportunidad”. Trump ganó las elecciones en los Colegios Electorales, prometiéndoles a sus electores, fundamentalmente a los representantes más recalcitrantes de la derecha racista, volver a los principios originarios de la Nación, regresar a la identidad de ser estadounidenses, a sus postulados religiosos ancestrales, vinculando los negocios capitalistas con la religión que les dio origen como país. En esto, Trump seguramente bien asesorado retomó parte de las tesis de Weber quien en su Ética Protestante señaló “Es más pronto que los protestantes, tanto en calidad de oprimidos u opresores, como en mayoría o minoría, han revelado siempre una singular inclinación hacia el racionalismo económico, inclinación que no se manifestaba entonces, como tampoco ahora, entre los católicos en ninguna de las circunstancias”. (Weber, Max. La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo).

¿Qué puede esperar el mundo de este presbiteriano?
Como reza la paremia bíblica atribuida a San Mateo “Por sus hechos lo conoceréis”, sin duda es este un buen indicador para desenmarañar la conducta religiosa de este hombre que a nombre de su Dios ordena realizar bombardeos, intervenir y derribar gobiernos, asesinar dirigentes, masacrar poblaciones enteras incluyendo a los niños. Este hombre que hizo de su vida una práctica común para abusar de las mujeres a quienes considera objetos de venta e intercambio. Un tipo que a nombre de sus dogmas religiosos ha sacralizado el pensamiento cristiano, poniendo al mundo a depender de un hilo ante las amenazas de una hecatombe nuclear. Con Trump, la geopolítica ha de contar con el elemento religioso para su cabal comprensión.

La mudanza de la embajada de los EE.UU a Jerusalén, cosa que no se le ocurrió jamás a ningún presidente, más que verse como un acto de provocación al mundo musulmán, bien pudiera tratarse de la convicción de Trump, fundamentada en el Destino Manifiesto, que la llamada “Ciudad de Dios” es en realidad una ciudad terrenal y esa ciudad lo es Jerusalén, la capital de Palestina. Que el texto del Apocalipsis de San Juan no es ya, como lo asienta Umberto Eco, el sonar de las siete trompetas, ni la caída de las estrellas, no los mares con sus aguas ensangrentadas, ni las langostas que surgen del pozo del abismo ni la bestia que emerge del mar, no, ese nuevo Apocalipsis tal vez lo vislumbra Trump en el fortalecimiento de los arsenales nucleares, en la continua destrucción del medio ambiente, en las llamadas lluvias ácidas. Sus intentos por “desnuclearizar” la Península Coreana no desecha la presencia militar gringa en la zona para contrarrestar la presencia de China y de Rusia. Sus intentos por doblegar a la Revolución Bolivariana y poner fin al gobierno revolucionario de Cuba, no tiene otro significado que recuperar la totalidad de lo que otrora llamaron su patio trasero, fundados en la Doctrina Monroe de la “América para los americanos”. Para Trump, “Dios es lo máximo, no hay nadie como Dios”. Mientras tanto, en las monedas norteamericanas y en los billetes, continuará apareciendo la frase In God We Trust. La verdadera creencia religiosa de Donald Trump son los negocios y si debe echar mano al fantasma del Apocalipsis, no dudará en hacerlo, para ello es menester, como lo escribe San Juan, que Satanás sea liberado, que las fuerzas del mal y del bien se destrocen en fiero combate y que se imponga el Juicio Universal. Sin embargo, no olvidemos que San Juan también dice que Dios es amor y por amor entiéndase, como dice Ernesto Cardenal, “la causa del pobre y del indigente”. En el capítulo final de la novela “Anima Mundi” de la escritora Susanna Tamaro se lee “Sin respeto, sin amor, el hombre sólo es un mono que corre por el mundo con las manos sucias de sangre”. Que no olvide esto, el presidente presbiteriano, si en verdad desea ganarse un puesto en el paraíso.

roque.felix@gmail.com