Mostrando entradas con la etiqueta presidente Piñera. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta presidente Piñera. Mostrar todas las entradas

miércoles, 10 de junio de 2020

Todo un “volador de luces”



Por Juan Pablo Cárdenas S.
El coronavirus le ha regalado a los gobiernos y a los políticos la magnífica posibilidad de exhibirse a través de los medios de comunicación. Pero nada se compara a lo sucedido en Chile con el presidente Piñera quien prácticamente irrumpe todos los días y a toda hora en las pantallas de la TV, tal como también lo hace aquel conjunto de ministros, parlamentarios y alcaldes que hasta el inicio de la pandemia pasaban inadvertidos o estaban ya completamente desacreditados ante la opinión pública.
No sería extraño que la propia derecha gobernante acabe por erigirse en el ariete de las reformas y transformaciones tradicionalmente propiciadas por la izquierda, al descubrir con esta crisis el papel ineludible del Estado, especialmente en la superación de fenómenos como la pandemia y la debacle económica y social derivada de ésta. No sería tan extraño que algún día lleguemos a ver a nuestros gobernantes interviniendo bancos, revocando el sistema previsional, o auspiciando sueldos y salarios dignos. Incluso prometiendo una “nueva normalidad” respetuosa del medio ambiente, con una economía más equitativa y solidaria. Porque, a ratos, ya no se distinguen en Chile diferencias nítidas entre el discurso de los políticos más derechistas y el de los voceros opositores. Algunos hasta han llegado a ilusionarse con la conversión ideológica de las más rancias figuras del pinochetismo, aparentemente conmovidas ante el país real y sumergido que se devela tan trágicamente en estos últimos meses.

Pero, cuidado, no nos dejemos engañar. Lo que hay, realmente, es mucho oportunismo ante el dantesco espectáculo de las condiciones de vida de millones de compatriotas y de cómo la infección se propaga allí donde existe justamente más pobreza y hacinamiento. Efectivamente, se les ha entrado el habla a los más reaccionarios y angustiados personajes ante el temor de que el Estallido Social retorne con más fuerza y virulencia una vez que la pandemia quede bajo control. Por lo mismo que, ahora, la demagogia recomienda ganarse la confianza del pueblo, confinarlo en sus barrios y comunas, alardeando sobre medidas que les roben las banderas de lucha a los progresistas.

Los gobernantes chilenos saben que los recursos fiscales son todavía muy abundantes y podrían ser aumentados sustancialmente para el rescate efectivo de los que más sufren. Sin embargo, solo se obligan a desprenderse o redireccionar solo algunos discretos pesos del Presupuesto Nacional para mitigar la furia del pueblo. Pero siempre que ello no implique reducir los escandalosos recursos asignados a las Fuerzas Armadas y de Orden (los cancerberos del régimen,) y jamás se incluya la posibilidad de aprobar un impuesto patrimonial, por ejemplo, a las más grandes fortunas del país. Entre las que destaca el gran peculio de Sebastián Piñera.

Es preferible alentar los préstamos con garantía estatal para las empresas, antes que poner en riesgo el sacrosanto derecho de propiedad, así sea que el hambre mate más personas que el Covid 19.  A la banca, por ello, se le han dado los mayores recursos y garantías para seguir practicando la usura en desmedro de sus deudores, aunque los recursos provengan del erario nacional. Hasta aquí, se amenaza “con todo el peso de la ley” a los que infringen el toque de queda o se escapan de sus domicilios saturados de gente y sordidez, sin que los grandes especuladores de la industria y el comercio sean procesados y castigados por elevar los precios de los alimentos y medicinas. Aprovechándose, además, de la oferta gubernamental de venderle bienes y servicios directamente al Estado y sin licitación alguna. Por ejemplo, negociando con las autoridades empeñadas en este momento en distribuir cajas con alimentos y enseres sanitarios a las familias más “vulnerables” del país. Y cuya pobreza y hacinamiento recién ha sido reconocida por el Ministro de Salud con “lagrimas de cocodrilo”.

En efecto, el despropósito de repartir víveres casa a casa, en vez de dinero a los desempleados que ya superan el millón de trabajadores (15 por ciento en la Capital), solo se explica en la oportunidad que esta faena le da a los políticos de practicar un descarado proselitismo. Porque esta repartija sin duda resulta mucho más cara, lenta y arriesgada, pero, de paso, les da a algunos poderosos dueños de supermercados la posibilidad de desatascar sus bodegas y rentabilizar sus inversiones.

No intentamos para nada aminorar la gravedad de la pandemia, pero son las cifras oficiales las que nos señalan que en Chile los que mueren por este contagio representan apenas el 4 por ciento de los que sucumben cotidianamente por otras enfermedades como el cáncer, la hipertensión y las ya consabidas pestes; así como en el mundo las víctimas de los cataclismos naturales, accidentes del tránsito y guerras son infinitamente más de las que deja esta infección de moda. Ni qué decir lo poco que representa letalmente este mal en quienes lo contraen (el 1 por ciento), en relación a los que perecen en todo el orbe por inundaciones, terremotos y otros fenómenos naturales, como esta plaga de langostas que ha arrasado con miles o millones de hectáreas en la India. Es decir, con el sustento de los campesinos y, de nuevo, de las poblaciones más pobres.

Por algo es que algunos políticos de derecha están renuentes a las cuarentenas y los cientos de miles de cesantes que deja en confinamiento. Cuestión que inexorablemente nos tiene a las puertas del hambre, el pillaje y otros efectos sin duda peores que adquirir en Covib 19. Más, todavía, cuando estas reclusiones domiciliarias lo único que han logrado desde su ejecución es aumentar el número de infectados y fallecidos. Demostrando que el aislamiento social definitivamente no es sinónimo de encierro obligado en muchas comunas y barrios de clase media y pobre. Cuando la necesidad lograr un sustento diario obliga hasta a los propios infectados a escapar de sus casas y desafiar la represión policial y militar.

Es razonable, entonces, que países como México y Centroamérica le asignen discreta importancia a esta pandemia, cuando hasta aquí no han podido controlar tantas otras enfermedades y contagios más devastadores. En Chile mismo, es evidente que entre los más pobres existe poca disposición a someterse a las restricciones de los gobernantes, cuando lo suyo es trabajar en lo que sea por sobrevivir. Nada los hace pensar que la letalidad del coronavirus puede ser peor que la de otros contagios, el frio o la desnutrición. Simplemente por lo que experimentan en carne propia.

De allí que existan diferentes actitudes en el mundo frente a esta pandemia. En África, Asia y regiones vastísimas de América Latina, nos señalan, hay más fe, esperanza y caridad que en corazón cristiano de Europa o Estados Unidos. Tal vez esto se compruebe con los rigores impuestos en el Vaticano para aislar a sus cardenales y obispos, los que debieran estar mucho más propicios a ingresar a la eternidad sin aferrarse tanto a la vida… Qué duda hay que un San Francisco de Asís, Sor Teresa de Calcuta y nuestro propio Alberto Hurtado hoy estarían auxiliando a los humildes, visitando a los enfermos y consolando a los moribundos, sin ocultarse tras los vetustos muros de sus templos. Sin someterse, tampoco, a los dictados de la autoridad.

Es triste que tantas personas avalen a pies juntillas las medidas impuestas por las autoridades políticas, sometiéndose a la soledad, la angustia y las miserables migajas que se les anuncian a través de la prensa abyecta. Sin tomar conciencia de la forma en que la población es engañada y nuevamente abusada por una clase política que carece de toda solvencia y legitimidad democrática. Que se dejen embolinar por las cifras que Piñera tanto ostenta, sin saber que sus dádivas son todavía demasiado mezquinas en comparación al tamaño de las arcas fiscales y reservas de Chile en el exterior.

De esta forma es que el discurso progresista utilizado por La Moneda solo represente un “volador de luces”, una promesa falaz, que más temprano que tarde renovará con bríos las demandas de la inmensa mayoría de los chilenos.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

miércoles, 4 de marzo de 2020

Los desesperados ex concertacionistas



Por Juan Pablo Cárdenas S.
Más de trescientos ex integrantes o partidarios de los gobiernos de la ex Concertación han convenido un texto público en que hacen un desesperado llamado a un acuerdo nacional en “pro del bien superior del país, a fin de evitar un lacerante enfrentamiento entre los chilenos”.  Se trata de una nómina de quienes fueron ministros de estado, subsecretarios y otros altos funcionarios públicos, además de embajadores y parlamentarios, algunos incluso en ejercicio todavía.


Conscientes, como indican, de que su propuesta será repudiada por quienes están “movidos por la estrategia de la confrontación y de la polarización”, a lo que aspiran en realidad estos firmantes es a lograr la atención de la derecha y del oficialismo, lo que rápidamente han logrado con la rápida acogida que les brindara el ministro del Interior, Gonzalo Blumel, apenas unas horas después.  El secretario de Estado valoró el texto y aseguró que éste recoge el reciente llamado del presidente Piñera para construir un acuerdo por la democracia, en su esfuerzo por tratar de salvar un régimen ya colapsado en su adhesión popular y credibilidad.

Más allá de la presencia entre los firmantes de algunas figuras bien reputadas, lo que predomina en esta propuesta son los nombres de quienes por largo tiempo ocuparon cargos en La Moneda y en el Parlamento sin satisfacer mínimamente las más importantes demandas sociales, legitimando con sus actos la Constitución heredada de la Dictadura, junto con demostrar una pavorosa conformidad con el modelo económico que ha llevado a Chile a ser considerado en el mundo como uno de los países de mayor inequidad.

En la lista destacan también los nombres de varios miembros de la cúpula política enriquecidos a la zaga del poder y altamente cuestionados por su flagrante renuncia a los valores social cristianos y socialistas que antaño profesaron y que los llevara a militar en las colectividades de más radical izquierdismo. Para muestra de ello, baste el nombre del lobista Enrique Correa, uno de los operadores de las bochornosas colusiones político- empresariales para financiar la política y llenarse los bolsillos de dinero. Sin que hayan trepidado para ello en cederle soberanía sobre nuestros recursos naturales a las transnacionales u otorgarles impunidad a los ejecutivos de Soquimich, Penta, de las cadenas de farmacias y otras poderosas empresas concertadas para para comprar leyes o estafar al fisco y a los consumidores.

Parece ser que todas “figuras” (así los tilda El Mercurio) saben que será imposible que su llamado reciba acogida del mundo social, laboral, sindical, como de las organizaciones de Derechos Humanos. Como tampoco tuvo demasiado eco el engañoso acuerdo parlamentario cupular logrado entre éstos mismos actores y el oficialismo para convenir el plebiscito de abril próximo y la posibilidad de convocar a una entidad constituyente, en que se le asegura a la derecha un poder de veto a cualquier norma de la nueva Constitución que no obtenga un quorum de dos tercios.

Además, llama la atención en esta iniciativa la presencia de varios políticos que rompieron con los partidos de la Concertación y abandonaron sus cargos gubernamentales por sus desacuerdos dentro de la alianza que más largamente ha gobernado durante los últimos treinta años sin emprender los cambios insistentemente prometidos y que explican el estallido social que hoy lamentan y los tiene tan acongojados. Perece ser que a todos los une su común embriaguez de poder, riqueza y figuración pública, por lo que su llamado ha recibido una bajísima acogida desde los mismos partidos en que todavía militan la mayoría de ellos. Especialmente de la Democracia Cristiana y el Partido Socialista.

No es extraño, entonces, que, en su arrinconamiento político, Piñera y los partidos de derecha reciban con beneplácito la propuesta de los llamados ex concertacionistas y pudieran resolverse otorgarles algunos cargos públicos para, con ello, amarrarlos y buscar morigerar las movilizaciones sociales y la posibilidad de que, de una asamblea constituyente, contra quorum y mareas, pueda darnos una nueva Carta Fundamental. Que, por primera vez en nuestra historia republicana, sería aprobada por genuinos representantes del pueblo y refrendada por la ciudadanía.

Era obvio que, ante una insurrección social, la clase política va a tratar de hacer todo lo posible para impedir un conflicto como el de 1891. Una guerra civil que pueda ocasionar miles de muertos como los que cayeron en los enfrentamientos de Concón y Placilla a propósito de los desacuerdos de la casta gobernante que oficiaba en La Moneda y el Congreso Nacional. Un conflicto en que se involucraron, por supuesto, las Fuerzas Armadas, los inversionistas extranjeros, a pesar de que el pueblo se mantuvo prácticamente al margen y bastante conteste con las obras que emprendía el presidente Balmaceda. A quien la historia terminó reconociendo como uno de los mandatarios más fructíferos y consecuentes de nuestra trayectoria republicana.

Ya sabemos que las diferencias entre quienes hoy ocupan el Palacio de Gobierno y quienes han elaborado una propuesta como la que comentamos son realmente nimias si se considera lo que unos y otros hicieron mientras se rotaban en el poder después de Pinochet. De allí que la rebelión social no concentre sus dardos solo en Piñera y sus colaboradores, sino en el conjunto de la casta política, lo que augura que en el Plebiscito también los ciudadanos van a preferir abrumadoramente que todos los integrantes de una entidad constituyente sean todos elegidos por el pueblo, sin otorgarle espacio alguno a los legisladores actuales.

No parece extraño que, entre estos firmantes, que piden “un acuerdo para frenar la violencia y avanzar en reformas y crecimiento”, haya varios que ya reconocen o confidencian en privado su deseo de alentar la presencia de los actuales parlamentarios en la redacción de un nuevo texto constitucional. Se trata de salvar de la insurrección popular a los que se sienten ungidos para gobernar y definir los destinos de Chile. Para lo cual de nuevo desatan una campaña del terror y manifiestan su histeria respecto de las acciones de violencia, cuando en realidad el caos y el terrorismo han sido siempre ejecutados por los que detentan el poder político y económico. Para oponerse a toda posibilidad de profundizar la democracia y consolidar una justa distribución de nuestra riqueza.

Tampoco nos sorprendería que próximamente el Gobierno y la derecha se valgan de ésta y otras destempladas declaraciones públicas para justificar a una nueva asonada cívica, empresarial y militar que aborte otra vez en nuestra historia una victoria popular. Esto es de los millones de chilenos abusados por las oligarquías y de sus consabidos operadores o verdaderos “achichincles”. Al decir de una conocida expresión mexicana, país en que varios de estos firmantes vivieron su exilio y aprendieron las trampas de la dictadura del PRI, un régimen que los acogiera tan generosamente. Cuando en 1973 arrancaron de las fauces de Pinochet retornando con los años a Chile para ser definitivamente encantados y engullidos por la derecha.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com