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miércoles, 21 de agosto de 2019

El fracaso de la Izquierda



Por Juan Pablo Cárdenas S
La historia de la evolución de la humanidad se vincula inexorablemente a la existencia de líderes extraordinarios que impulsan las transformaciones. Estos conductores han sido reconocidos de diversas maneras, pero se trata de los libertadores, revolucionarios, progresistas y, desde luego, de los izquierdistas. En los últimos cien o doscientos años es la Izquierda, precisamente, la que ha impulsado la independencia de las naciones, la justicia social, el reconocimiento de la igualdad y los DDHH, de la misma forma en que se asume que las derechas son retardatarias, amigas de que la historia no se mueva y persistan lacras tan horribles como las de la esclavitud, la discriminación racial y la concentración económica en muy pocas manos.


Gobernantes y activistas de izquierda han pagado muchos costos por promover la dignidad humana y de los pueblos. De ello habla el heroísmo de nuestros padres fundadores, de un Nelson Mandela, Fidel Castro, Martin Luther King, Salvador Allende, Ghandi y tantos otros. También los que se alzaron contra las monarquías, el apartheid y tantos otros héroes y mártires. Desde el mismo fundador del cristianismo, hasta un Martín Lutero y Carlos Marx, como tantos otros reformadores religiosos, filósofos y sindicalistas. Y hasta santos como nuestro Clotario Blest y Alberto Hurtado.

En la lucha contra la opresión de las dictaduras militares, nuestro país reconoce a centenares y mites de combatientes de izquierda que desgraciadamente compartirán su buen nombre y sacrificio con la mala fama de sus verdugos; es decir de Pinochet y los más espeluznantes criminales que lo secundaron. Hasta un Donald Trump y otros gobernantes desquiciados todavía vivos.

Que la izquierda ha fracasado muchas veces es indudable, pero en la mayoría de los casos h sido  acribillada por las armas de la conspiración y represión conservadora de lo cual tan certeramente habla el bombardeo de nuestro Palacio Presidencial en 1973. Proyectos que seguramente quedaron truncos, pero que en todo caso fueron capaces de sembrar semillas y esperanzas como aquel Sueño de Bolívar vigente hasta nuestros días, así como los innegables avances plasmados en la Carta de los DDHH de las Naciones Unidas, la legislación Internacional y hasta los mismos avances en materia laboral forjados en Chile por los gobiernos derechistas. Como ayer la propia nacionalización del cobre y la Reforma Agraria que forzaron hasta a las propias bancadas reaccionarias a votarla a favor para no quedarse en la vereda de nuestra historia.

La Izquierda no necesita necesariamente estar en el gobierno o el poder para forjar los cambios. Muchas veces su contribución ha sido más determinante en la calle y en las movilizaciones sociales e, incluso, en las guerras y guerrillas de liberación. No hay duda que el pensamiento que prospera es el que encanta a los jóvenes y los pueblos, el de los grandes transformadores y no el de los burócratas y administradores que pululan en la política competitiva, los parlamentos y las entidades financieras internacionales.

Al capitalismo tuvieron que bautizarlo de neoliberalismo para embaucar a nuestras naciones. Pero hoy, asumirse como tal constituye un completo desprestigio después de que éste vino a profundizar las desigualdades, burlar los derechos del pueblo y rematar a precio vil nuestros recursos naturales y medio ambiente a las empresas transnacionales. Porque este es sin duda su legado, además de sus conocidos los crímenes contra los disidentes y ahora contra los cientos de miles de chilenos que mueren, por ejemplo, en las listas de espera de los hospitales o a la espera de un salario o jubilación digna.

Las ideas de izquierda no fracasan, sino siembran nuevas esperanzas. Son las de la derecha las que son arreciadas por los torbellinos sociales. Es cosa de mirar a Chile, a nuestro continente y al mundo en general; incluso a los Estados Unidos y a las ricas naciones europeas que ya no haya qué hacer para mantener su hegemonía mundial y continuar desbaratándose en la política. Allí es donde se puede comprobar ahora el fracaso del libre comercio que tanto proclamaron las potencias mundiales y que hoy traicionan para impedir el avance de las naciones emergentes. Así como el auge del narcotráfico y otras lacras estimuladas por el consumismo desbocado que también propiciaron a expensa de la salud de un planeta ciertamente en peligro severo de extinción.

Lo que pasa es que la derecha también tiene sus “cómplices pasivos”, como las Fuerzas Armadas, las clases patronales y, desde hace un tiempo, la defección de muchos izquierdistas que llegaron a La Moneda, por ejemplo, gracias al régimen institucional vigente, el sistema binominal electoral y los vicios propios de una política que se alimenta en la falta de diversidad informativa, el cohecho y el fraude. Un fenómeno que llevara a los gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría a oficiar como los grandes cancerberos de la herencia pinochetista. Seducidos por las lisonjas empresariales, los medios de comunicación más retardatarios y toda esa suerte de tentaciones para corromperse en el poder, enriquecerse personalmente y, consecuentemente, renegar de su propio pasado. Revolucionarios de antaño devenidos en sociales demócratas que ni siquiera han tenido compasión con los centenares de combatientes que por ellos murieron en la ilusión democrática. Incluso, jóvenes promesas de la lucha estudiantil que ahora se muestran más interesados en develar y deslindarse de las derrotas de la izquierda, que evidenciar las de la derecha. Afán que les permite ganar tribuna en los medios de comunicación más abominables, como espacio en la farándula televisiva para hacerse eco de las injurias contra Venezuela, Cuba y otros países sin mención a los horrores sostenidos en Colombia, Brasil y otras naciones en manos de los ultraderechistas.

En varios casos fue más fácil regalarles cargos y dietas a los rebeldes dentro del sistema que fustigarlos ideológicamente o reprimirlos en las anchas avenidas. Pero, felizmente, las verdades empiezan a develarse: no hay para qué convencer a los chilenos del fracaso de la derecha y de la traición de quienes se convirtieron en aliados del mismo sistema que tratan de perpetuar, aunque por razones electorales simulen diferencia con el gobierno de Piñera y los partidos oficialistas. Es cosa de apreciar las asimetrías de nuestro ingreso nacional o percibir el portazo cotidiano de las instituciones previsionales, de la salud y la educación a los más pobres e indigentes. Observar el fracaso, también, de los esfuerzos oficiales y policiales en la lucha contra la delincuencia, la que ciertamente crece como verdaderos hongos en el desencanto de las poblaciones afligidas. Mirar, recién, el resultado de las elecciones primarias argentinas para comprobar el desmoronamiento ideológico de la derecha.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

viernes, 4 de enero de 2019

Los dobleces de la moral


Por Carolina Vásquez Araya:

Estamos programados para seguir un protocolo de obediencia al pensamiento ajeno.

Hoy se cierra el año. Esta noche se realiza el ejercicio de una contabilidad obligada de avances y retrocesos, de promesas incumplidas, así como de sueños aplastados por decisiones ajenas y pasividades propias. En este lapso de días, semanas y meses transcurridos desde el último recuento anual han desfilado acontecimientos que por repetidos han dejado de llamar la atención y se han sumado a una agenda noticiosa impermeable a las emociones. En ella se suceden las tragedias y se acumulan las frustraciones, pero nada de eso cambia la perspectiva ni modifica las actitudes egocéntricas de una humanidad cada vez más centrada en sus pequeños objetivos personales.


Es así como en el variado panorama mundial han desfilado, uno tras otro, hechos que, por su enorme trascendencia, debieron poner en alerta y posición defensiva a los pueblos afectados por ellos. Un ejemplo contundente ha sido el creciente fenómeno de las migraciones ocasionadas por el hambre y la violencia, por las guerras y el crimen organizado con su cauda de muertes injustificables de seres indefensos. Sin embargo, los núcleos más influyentes de las sociedades desde las cuales se origina esta huida masiva manifiestan no solo indiferencia, sino encima de toda una condena moral contra quienes en su afán por sobrevivir toman el camino de la frontera.

¿Desde cuál plataforma ética, transparente y racional se permite la sociedad juzgar las decisiones de quienes lo han perdido todo? ¿Cuál es el punto de vista desde donde se miden las responsabilidades por el éxodo de quienes arriesgan su vida en una ruta plagada de amenazas? ¿En dónde se marca el límite del derecho humano a buscar su bienestar y el de su familia? ¿Cuándo y cómo se decidió la hegemonía del poder económico y geopolítico por sobre el derecho a la vida? Pero aún así, no deja de sorprender el conformismo y la aceptación -como si de un hecho irrebatible se tratara- de quienes permiten a un círculo de superpotencias decidir la suerte de millones de seres humanos.

Los principios y valores de nuestras comunidades humanas ya desde hace tiempo dejaron de constituir un protocolo sujeto a debate, revisiones y actualización. Se acepta como válido el principio de la supremacía del poder, sin repararse en la falsedad de intenciones de quienes lo detentan. De ahí surgen los nacionalismos extremos capaces de dividir a los humanos por su condición y su origen, así como otras desviaciones de la solidaridad y la empatía convertidas en actos de dudosa caridad. Desde esas posiciones extremas se predica un cristianismo a la medida de las ambiciones de los predicadores y una sumisión inducida a la medida de los intereses económicos de los gobiernos más poderosos y de las clases dominantes.

En una sociedad, los actos y pensamientos enmarcados en la moral son otra cosa. Equivalen al respeto por los demás, sus derechos y sus circunstancias. Reflejan algo más que una simple actitud de tolerancia, construyendo sociedades capaces de generar desarrollo y coincidencia en la búsqueda de objetivos. Propician el bienestar con un énfasis marcado en las nuevas generaciones, las cuales representan la mejor oportunidad de consolidación de valores en cualquier comunidad humana. Este énfasis en el desarrollo de niñas, niños y adolescentes no es un acto de generosidad sino una urgente medida de supervivencia, toda vez que en ellos reside el futuro de las naciones. Abandonarlos, por lo tanto, no solo es un crimen de lesa humanidad; es el suicidio de una nación.

elquintopatio@gmail.com

sábado, 5 de mayo de 2018

El valor del marxismo hoy


Por Julio A. Louis: 
El 5 de mayo se cumplen doscientos años del nacimiento de Carlos Marx. Y este año, ciento setenta de la aparición de “El Manifiesto Comunista”, la obra más difundida suya y de su inseparable camarada, Federico Engels. El materialismo dialéctico mal denominado e injustamente conocido como marxismo es una de las tres grandes concepciones de la civilización occidental, precedida por el cristianismo surgida en el medioevo europeo y la individualista que aparece con Montaigne en el siglo XVI, en la que el individuo aparece como la realidad esencial y que históricamente corresponde al liberalismo y es la concepción burguesa del mundo.


 Una concepción es una visión de conjunto de la naturaleza y de la sociedad. Representa una filosofía, pero además, una acción, esto es, una  actitud militante y no espectadora. Y es la obra y la expresión de una época, más allá del aporte de uno o más pensadores. La materialista dialéctica se desprende del conocimiento racional, científico, y por consiguiente, no termina con Marx y Engels. Por eso Marx dijo que él no era marxista, porque el materialismo dialéctico tiene la particularidad de poder negar sus propias afirmaciones, en tanto el análisis científico lo determine.  (1)     

Desde la caída de los regímenes del “socialismo real” el materialismo dialéctico se presenta como una concepción abierta, sin pretensiones de infalibilidades, y sobre todo, con una tradición de teoría al servicio de las clases y sectores explotados, oprimidos y alienados. En los aportes de sus fundadores y de sus continuadores están las raíces críticas del capitalismo y la promoción de la lucha revolucionaria en pos de una nueva sociedad, con una primera fase socialista y una segunda comunista, meta última de Marx y Engels, donde cada individuo aportaría de acuerdo a sus posibilidades, y recibiría de acuerdo a sus necesidades.  La teoría es plenamente reivindicable, despojada  de la falsa pretensión doctrinaria que regla el pensamiento, de una filosofía de la historia o sociología de las clases que anuncie la inevitable victoria del proletariado, o de la idea de la inexorabilidad del progreso. 

El capitalismo del siglo XXI
El capitalismo ha demostrado adaptabilidad y ha sobrevivido a las diversas crisis y a las luchas de las clases, capas y sectores explotados y oprimidos. Con los descubrimientos e inventos que más le sirven, ha conseguido desarrollar las fuerzas productivas, que en la actualidad se expanden especialmente con las tecnologías de la información y la comunicación. Además, la  tendencia de la burguesía es a unificar sus empresas y su poder en escala mundial, lo que se ha denominado “globalización”. Y por encima de los organismos oficiales la ONU, la OTAN, el Banco Mundial, el FMI, etc. existe un verdadero poder en las sombras del denominado Club de Bilderberg -nombre derivado del hotel holandés donde se celebraron las primeras reuniones, en que desde hace décadas los principales líderes políticos y empresariales del mundo, delinean las orientaciones de las organizaciones antedichas y de los Estados Nacionales. Al creciente poder centralizado que opera en el campo económico, político, militar, etc., se agrega el inmenso poder de los medios masivos de comunicación, de iglesias oscurantistas y de ONGs “humanitarias” que “orientan” la opinión de las grandes masas en beneficio de esos poderes y no de ellas mismas.

El materialismo dialéctico -que nace con la Revolución Industrial y el proletariado moderno- piensa en esta clase como la revolucionaria por excelencia. Clase constituida por los que sólo poseen su fuerza de trabajo, radicando su fuente de ingresos en el salario, destacándose por su elevada concentración derivada de la gran industria. Sin embargo, con las revoluciones científico técnicas ocurridas en estos dos siglos, el motor del desarrollo económico se ha desplazado de la industria a los servicios. Ahora bien, Marx y Engels valoran que quien está mejor preparado para oficiar de vanguardia revolucionaria es el proletariado productivo, industrial, por su concentración, nivel de educación, etc. Pero, todas las modificaciones estructurales del capitalismo fragmentan al proletariado, y producen  transformaciones en el conjunto de la masa trabajadora. El resultado es la existencia de una nueva clase trabajadora con otras características, también explotada, oprimida, alienada. Además, se extienden los marginados, carentes de una concepción revolucionaria, que se contentan para decirlo con palabras de Lenin con “las migajas” del festín de la burguesía trasnacional. Todo lo cual obliga a analizar las nuevas relaciones sociales entre las clases y sus luchas, que involucran también a otros componentes, como las etnias (muy importantes en ciertas regiones de Nuestra América) y diversos sectores componentes del bloque popular.

Del socialismo en estado larvario al socialismo 
Por otra parte, el materialismo dialéctico debe asumir el fracaso del presunto “sistema socialista”, mejor definido como proto-socialismo o socialismo en estado larvario (2), que no ha conducido al socialismo, lo que es muy bien utilizado por el bloque burgués dominante.  

 Fracaso que abre la interrogante: ¿hay motivos para pensar que habrá una transición socialista en el futuro? En todo caso, el desarrollo histórico no es lineal y lo confirma el capitalismo. Un “primer capitalismo” triunfa en Europa en el siglo XVI en la zona mediterránea, desaparece ante la reacción nobiliaria y reaparece, bajo otras coordenadas, en la Inglaterra de la Revolución Industrial, en los siglos XVIII y XIX. (3) 

 ¿Qué han dejado dichas experiencias? De las afirmaciones de los principales teóricos vale rescatar dos conclusiones: que el socialismo es imposible de construir mientras haya pobreza material y espiritual de los pueblos, y que son inviables las construcciones aisladas en los marcos nacionales. 
De lo expuesto, ¿puede inferirse que la humanidad debe optar por el capitalismo, pues  quizás consiga superar sus deficiencias? No lo creemos porque las razones para combatir al capitalismo son cada día mayores. Señalamos las principales. Pese a que toda la humanidad podría vivir bien, asistimos a una repugnante desigualdad: las ocho personas más ricas del mundo, poseen la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad, aproximadamente 3500 millones. Las personas sub-alimentadas aumentan: 777 millones en 2015 y 815 en 2016. Pero la ganancia está ante todo: en 2017 en Uruguay se tiraron toneladas de manzanas para evitar la caída de su precio, de todo lo cual los medios masivos de comunicación apenas informan.

Se agrega que el capitalismo perturba peligrosamente a la naturaleza. Contamina al agua, al aire, a la tierra, al tiempo que desaparecen especies animales y vegetales. Lo ha dicho el Papa Francisco I, lo ha sintetizado Evo Morales: “o muere el capitalismo o muere la Madre Tierra”.

Otro asunto “menor” es el de los problemas físicos y síquicos perjudiciales para los seres humanos, que el capitalismo no ha creado, pero que agrava. Hoy casi no corremos y caminamos poco. Hemos pasado de ser animales altamente activos a sedentarios. Desde la era industrial se ha acentuado la discordancia entre el pasado del género humano y el presente. Sabemos que es preciso equilibrar entre el ejercicio físico y el mental, pero las condiciones económicas, tecnológicas y aún culturales, lo impiden para las grandes mayorías.

Además, vuelve imposible la equidad, pues las naciones pobres no tienen derecho a vivir como las ricas. Si todas adoptaran el modo de vida estadounidense se necesitarían cinco o seis planetas como la Tierra para abastecerlas, pues Estados Unidos con el siete por ciento de la población mundial consume la cuarta parte de los recursos del planeta. Si todos los habitantes vivieran con el nivel de vida medio de Francia, se necesitarían tres planetas. Al capitalismo lo disfrutan pocos y lo sufren muchos. (5)

¿Qué hacer hoy?

No obstante, a nivel mundial en general no son tiempos de revoluciones como los de la Revolución Francesa o la Revolución Rusa. Para que haya una revolución, es preciso una situación revolucionaria, caracterizada porque las clases dominantes no pueden mantener inmutable su dominación, porque se agravan la miseria y los sufrimientos del bloque social explotado y oprimido, y porque hay intensa actividad de resistencia de las masas, esto es, de la población activa. Además, se precisa una crisis revolucionaria, que agregue a esas condiciones la capacidad de los ‘de abajo’ de accionar con fuerza para derribar al régimen cuestionado. La crisis del sistema capitalista se perfila de larga duración, y no habrá retroceso inmediato del sistema porque no hay quien lo derribe. 
 
En tales condiciones, vale trabajar en base a la clase trabajadora diferente al proletariado fordista perfeccionando la lucha ideológica desde diversos puntos  del mundo, contra la alienación propagada por el gran capital, para que se enhebren procesos, acercando progresivamente las legítimas y diversas experiencias de los pueblos en la búsqueda del socialismo y del comunismo. Para ello es primordial  fortalecer el internacionalismo de los trabajadores,  imprescindible ante el poder mundial de las sombras del denominado “Club de Bilderberg”.

Parece atinado contribuir desde el “arriba” del poder estatal si se cuenta con él, por quienes buscan la meta socialista, aunque no sea una “dictadura del proletariado” (por ejemplo, China o Cuba), o en cualquier país, desde el “abajo” de las organizaciones sociales y políticas. Desde el poder estatal se contribuye con cierta planificación y defendiendo  formas de propiedad colectivas y estatales, con vistas a eliminar el hambre, la miseria, la ignorancia. Y por ese camino, posibilitar  que efectivamente, las grandes mayorías puedan pelear por sus derechos, haciendo viable la plena libertad y la igualdad, eliminando la propiedad capitalista. Y en todos los casos -con o sin el poder estatal- desde el “abajo” desarrollar la conciencia de clase de los trabajadores y de sus aliados populares, extender  las organizaciones de masas y luchar por su funcionamiento democrático, al mismo tiempo que fortalecer las movilizaciones, para que a través de una lucha de clases que será prolongada, se conduzca a la humanidad a los destinos soñados por tantos, entre otros por Marx y Engels. En suma, una meta que se irá perfeccionando a medida que la praxis de esas grandes masas lo permita, y que posee un mojón fundamental en las elaboraciones de esos dos alemanes. 

NOTAS 
(1) Hay una elaboración más desarrollada en “Marxismo, ese ocultado” de mi autoría, que será reeditado (ARCA/Editorial, 2007).
(2)  Rudolf Bahro. “La alternativa. Contribución crítica al socialismo realmente existente”. Alianza Editorial. Madrid. 1979.
(3) Jürgen Kuczynski. “Breve historia de la economía”. Colección Hechos, Ideas y Ciencia. Buenos Aires. 1961. La obra original, creada en la República Democrática Alemana, es de la década del 50. Este autor desarrolla el concepto sintetizado.
(4) Algunos de estos párrafos han sido extraídos de “Trías, el socialismo y la Patria Grande. Hacia una interpretación marxista del siglo XXI” de mi autoría. 

 jlui@adinet.com.uy