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miércoles, 15 de abril de 2020

Estados Unidos y la agresión militar a Venezuela



Por Oscar Rotundo:

El capitalismo ha quedado desnudo ante la pandemia del Covid-19, mostrando todas sus miserias y su incapacidad para satisfacer las necesidades de las mayorías populares.
La concentración de riquezas y capital en cada vez menos familias y grupos oligopólicos, no ha generado el tan anunciado “derrame” de recursos para lograr la felicidad y el bienestar con el que se ilusionara a varias generaciones y las consecuencias de tanta explotación y desigualdad hace que millones personas en el mundo cuestionen las formas de vida que devienen de las políticas neoliberales.


Muchos países durante el siglo XX trataron de construir alternativas que posibilitaran mejores condiciones de vida para los sectores del campo popular y siempre encontraron en su camino, las restricciones económicas, la conspiración o la guerra desatadas por las élites mundiales lideradas, después de la segunda guerra mundial, por los Estados Unidos.
Siempre, con una excusa por delante, Estados Unidos, desplego un sinfín de estrategias y herramientas bélicas para lograr el control de los mercados mundiales y la imposición de sus intereses sobre la vida de las personas, dentro y fuera de sus fronteras.

Con la complicidad de las potencias capitalistas, la criminalidad de los gobiernos norteamericanos ha recurrido a bombas atómicas, invasiones, bloqueos navales, golpes de estado, o a utilizar a sus lacayos para desatar ataques terribles como la guerra biológica de Irak contra la República Islámica de Irán.

En el siglo XXI, después de la concreción de un bloque de gobiernos alternativos en América Latina, liderados por la Revolución Bolivariana de Venezuela, Estados Unidos se ocupó sistemáticamente de que esa construcción no prosperara y de que sus mentores sufrieran las consecuencias por haber sembrado una semilla de esperanza ante la imposición del “Destino Manifiesto” con el que los amos del norte pretenden subyugar a los países del mundo.

En Venezuela, el imperialismo desplegó todas sus alternativas subversivas, golpes de estado, bloqueo, magnicidio, sabotaje, utilización de un estado lacayo para alentar una provocación militar, manipulación financiera, corrupción de funcionarios públicos, guerra psicológica, subvención de actividades terroristas, acoso mediático y difamación para justificar una intervención militar directa.
Todas ellas impactaron sobre el pueblo venezolano generando condiciones de vida difíciles en aras de llevar adelante la caída de su gobierno.

Precisamente en medio de una pandemia como la del Covid-19 el pueblo bolivariano vuelve a vivir la amenaza de una agresión militar por parte de una coalición integrada por EE.UU, Francia y Reino Unido.
En plena crisis económica y sanitaria a nivel mundial, el gobierno de Donald Trump, acusa de narcotráfico al presidente de Venezuela Nicolás Maduro, ofreciendo 15 millones de dólares de recompensa por su captura y genera la operación antidrogas “más grande de Occidente”.

Quizás la celeridad de esta ofensiva contra Venezuela, no haya que buscarla en las circunstancias de la nación caribeña, sino en las graves condiciones en las que el mandatario norteamericano tenga que enfrentar una pretendida reelección en noviembre del 2020.

Quienes hayan estudiado el sistema político de Estados Unidos sabrán que las guerras suelen revertir la declinante popularidad de los presidentes que pretenden ser reelegidos.

Donald Trump en diciembre del 2019 contaba con un 45 por ciento de aprobación, antes de que su actitud ante la pandemia desnudara la escandalosa política sanitaria que excluye a millones de personas dejándola desamparada ante un flagelo incontrolable.

Con un déficit comercial y fiscal en crecimiento y la aparición inesperada (y luego menospreciada) del Covid-19 que hasta la fecha* ha generado 23.000 fallecidos y una cifra superior a los 572.160 casos de infectados, la administración norteamericana necesita imperiosamente revertir esta realidad que también se expresa en el incremento de la desocupación y la tasa de pobreza.

Desde la llegada de Trump al gobierno, la pobreza y la indigencia se han profundizado seriamente. Según las cifras de organismos internacionales, de los 41 millones de personas en situación de pobreza, 18,5 millones se encuentran en pobreza extrema, colocando al país con la tasa más alta de pobreza juvenil entre los países industrializados.

Las premuras electorales del gobierno norteamericano y esta nueva crisis del sistema capitalista han generado este desesperado escenario bélico contra Venezuela, que, de elevarse a una confrontación militar, precipitaría el colapso económico a nivel mundial y agravaría la situación sanitaria de manera inimaginable.
rotundointernacional2020@gamail.com


sábado, 20 de julio de 2019

Maduro en la Encrucijada



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Todos los procesos de cambio van a encontrar siempre duros detractores. Es cuestión de revisar la historia universal, y muy especialmente la de nuestro Continente, para comprobar todo lo ocurrido durante la gesta, por ejemplo, de los héroes y libertadores de América, hasta la de un Salvador Allende y otros genuinos mandatarios propuestos a luchar por la dignidad de sus pueblos.

Nicolás Maduro no podía esperar otra actitud del gobierno de Estados Unidos y de las grandes empresas y consorcios que han colonizado nuestra región, especialmente en el país que tiene las mayores reservas petroleras del Planeta y está tan cerca de la codicia norteamericana y su enorme poder militar y comunicacional. Toda una maquinaria de guerra para desestabilizar y derrocar regímenes e invadir toda suerte de países para apoderarse de sus riquezas y destino político.


Todos los que se proponen concitar el apoyo y el fervor popular para cambiar la historia de sus naciones incurren, desde luego, en errores de distinta naturaleza y casi inevitablemente llegan a ejecutar acciones que dañan la integridad y los derechos de sus opositores y disidentes. Pero también es razonable asumir que siempre estos procesos van a despertar la ira y las conspiraciones criminales de los que necesariamente deben ser afectados en sus intereses; de los que se organizan para atentar contra de la infraestructura y las fuentes de la producción del país; de los que rápidamente se ponen a disposición del imperialismo y aquellos poderes contrarios a que haya pueblos dispuestos a torcerle el rumbo a las inequidades fragrantes y consagradas. Situación que vivía Venezuela con sus enormes riquezas en manos de unos pocos y de las llamadas empresas transnacionales.

Lo que no puede pretender Maduro es que sus transformaciones sean asentidas por el Imperio y el orden internacional que ha consagrado las ideas neoliberales y toleran la democracia y la soberanía popular solo hasta que ven la necesidad de promover dictadores y tiranos que salven o restauren el sistema económico social que los favorece. Libia, Irak, Palestina, Cuba, Irán y otros numerosos ejemplos sirven para explicarse cómo las naciones más poderosas acostumbran a borrar con el codo lo escrito con la mano, tanto en la Revolución Francesa, la Emancipación Americana y otros grandes acontecimientos libertarios.

Los chilenos sufrimos en carne propia la furia del Departamento de Estado, del Pentágono, de la CIA y tantas otras entidades para consumar en 1973 el derrocamiento y magnicidio de nuestro régimen democrático. Para lo cual decidieron financiar y alentar a los militares traidores, a los partidos reaccionarios y, como siempre, reducir o seducir a los llamados centroizquierdistas que, con el tiempo devienen invariablemente en centroderechistas, como tan bien lo expresa ahora nuestra escena política.  Fue así como, una vez acometido el asalto a La Moneda, tomaron posesión de nuestros yacimientos, empresas públicas, medios de comunicación, universidades y tantas otras entidades. Además de asesorar por largo tiempo a Pinochet para organizar campos de concentración, tortura y exterminio, e impregnar enseguida de autoritarismo y leyes terroristas toda nuestra institucionalidad. En el acompañamiento, también, de crímenes que se cometieron en territorio norteamericano, Argentina, Italia y otros países.

Lo que nadie puede negar es que Hugo Chávez y su revolución bolivariana llegaron al poder después de la corrupción de su clase política, los partidos y sus gobiernos. Ganando sucesivas elecciones y consolidando un sistema electoral, después, que fuera calificado por el ex presidente Carter como uno de los más probos y transparentes del mundo, junto con su proceso constituyente y su nueva Carta Fundamental. Porque no se puede ignorar, tampoco, la raigambre que mantienen las ideas chavistas en el pueblo venezolano, su enorme capacidad de movilización enfrente de la dispersión y las contradicciones que manifiestan sus opositores, a los cuales el Gobierno de Maduro les reconociera un triunfo en los comicios legislativos para llegar a instalar al propio Guaidó como presidente del Parlamento.

Difícil sería explicar lo anterior bajo un régimen verdaderamente dictatorial, como se lo acusa, al tiempo que explicarse el severo bloqueo impuesto por Trump a la economía venezolana, en la que no ha trepidado en confiscar depósitos de este país en el extranjero y apropiarse de sus refinarías sin consentimiento alguno del derecho internacional. Junto con ejercer toda suerte de amenazas y alentar la postura fratricida de Colombia, Brasil, Perú y Chile, entre otros, en contra de Venezuela. De gobernantes que son, por supuesto, discípulos de los regímenes militares alentados en la década de los sesenta y setenta en América Latina. Cuyo caso más vergonzoso es el de Sebastián Piñera que hasta llegara a Londres para solidarizar con Pinochet y salvarlo de un juicio internacional. Para luego garantizarle de por vida su impunidad.

Posiblemente sea un error el de Maduro pretender concitar apoyo mundial a su gobierno después de lo sucedido en Chile y tantos otros países. Que haya tenido la ilusión de que un informe de la señora Bachelet pudiera resultar ecuánime, por más abrazos y besos con ésta en el pasado. Solo tendría que haber preguntado cómo llegó la expresidenta chilena a ese alto cargo en las Naciones Unidas, después de sus horribles bemoles en materia de probidad gubernamental, tráfico de influencias y crímenes cometidos contra los mapuches bajo sus gobiernos, cuanto de la mano de su socialista subsecretario de Interior y su operación Huracán. Porque ella podría haber aspirado a una serie de otros cargos internacionales para prolongar su carrera política y peculio, pero jamás a uno que tuviera que ver con los Derechos Humanos, cuando por dos períodos gobernó una de las naciones más desiguales del mundo, sin que haya alterado lo más mínimo nuestra distribución del ingreso y la dependencia extranjera.

De allí que Maduro esté ahora tan complicado y ante una real crisis, luego de la férrea oposición extranjera a sus propósitos, la caída del ingreso petrolero y las enormes demandas económico sociales que abrió su proceso. A lo que hay que sumar el desabastecimiento alentado por la industria y el comercio, tal como lo conocimos en Chile. De todas maneras, debiera renunciar a la bendición de Estados Unidos y de los mismos países que en su momento traicionaron el sueño de la patria común de Bolívar. Preferible sería conformarse con el apoyo de China, Rusia, Turquía y otras poderosas naciones que todavía tendrán que comprobar si su adhesión es sincera y no interesada. Para ocupar, justamente, el espacio que dominaba Estados Unidos.

Debiera también valorar y cuidar mucho Nicolás Maduro la fidelidad de sus Fuerzas Armadas, las que desde hace largos años marcan diferencia con las de otras naciones del continente en materia de formación profesional, composición social y vocación democrática. Proponerse, más bien, ganar amigos en las expresiones realmente progresistas y de izquierda del mundo, despreciando los vaivenes y fragilidad ideológica de toda esa suerte de oportunistas que en el pasado hacían gárgaras de antiimperialismo y ahora se los ve debajo de la mesa del gobierno de Chile, por ejemplo, para recibir sus migajas o agenciarse algunos cargos menores o fugaces como el que se le otorgó al primer Canciller de Piñera por traicionar sus ideas o “pecados” de juventud.

No le vaya a pasar lo mismo a Maduro de lo ocurrido con la Unidad Popular, varios de cuyos dirigentes ya estaban escondidos al momento del 11 de septiembre, mientras Allende combatía y moría en La Moneda.  Los mismos políticos que después terminaron renegando de todo su pasado a la primera invitación de Washington y que, ahora, se instalan a la vanguardia intelectual en la guerra contra Venezuela, bien premunidos de recursos e impudicia. 

Evidentemente, hay que sacar lecciones de la historia y no rendirse a la campaña de desinformación alentada por los medios de comunicación estadounidenses y sus sucursales en nuestra televisión, diarios, radios y redes de internet. El Gobierno de Maduro ha cometido graves errores, si se quiere, pero el peor podría ser la búsqueda de reconocimiento de los que son y serán enemigos de todo cambio y objetivos de justicia. Y que ante el fracaso experimentado en Cúcuta, por ejemplo, ahora alientan mesas de diálogo e intermediación internacional.

La ética debe acompañar siempre los cambios. “La revolución es moral o no es revolución”, escribió Peguy, pero ello no debe llevar a los reformadores a tolerar las acciones criminales de los detractores, el sabotaje y la mentira organizada. Nos parece muy encomiable, sin embargo, que los que mataron a un opositor y conspirador encarcelado sean ejemplarmente juzgados, como ya lo han decidido el Mandatario Venezolano y su Ejército. Ojalá que ello hubiera ocurrido alguna vez bajo las dictaduras militares del Cono Sur o, incluso, bajo los gobiernos pretendidamente democráticos que les siguieron.

Por cierto que no es grato ver a cientos de miles de venezolanos emigrar hacia otros países, muchos de los cuales luego han comprobado su enorme error y desazón. En todo caso, estos movimientos parecen ser inevitables y reiterados, de lo cual sabemos también nosotros los chilenos cuando llegamos a tener más de un millón de compatriotas en el exterior dentro de una población que entonces no superaba los 12 millones de habitantes. Es decir, tres o cuatro veces menos que la venezolana actual. Cuando todavía hoy son más los chilenos en el extranjero que todos los inmigrantes avecindados en nuestro territorio en estos últimos años.

Sería muy triste para todo nuestro continente el fracaso del proceso político venezolano. El gobierno de ese país cuenta con una de las geografías más ricas de América, con un respaldo popular contundente y que nadie puede ignorar, además de la fidelidad profesada por los militares bolivarianos. Por el contrario, su enemigo principal, el presidente Trump, cada día está más desacreditado en el mundo, así como crecen los estadounidenses renuentes a seguirlo en sus disparatados caprichos y despropósitos. Ni qué decir los jefes de estado títeres de la Casa Blanca, como el de nuestro país, con una penosísima adhesión popular, a causa de haber traicionado una vez más las aspiraciones de los chilenos, rendido a los intereses foráneos y cediendo toda nuestra soberanía al Imperio. Lo que se revelara en su infeliz encuentro con el mandatario norteamericano cuando quiso anexar nuestra estrella patria a las de la unión estadounidense. Lo que sonrojó incluso a su huésped.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 30 de septiembre de 2017

La hegemonía occidental

Por Homar Garcés:
Y la disolución del sentido de comunidad 

Existe a nivel mundial una disolución creciente del sentido de comunidad, estimulada de diversos modos por los grandes centros del poder mundial. Esto se manifiesta en la intolerancia (racial, religiosa, clasista y/o ideológica) hacia personas que son, o se consideran, diferentes, eliminando cualquier posibilidad para la convivencia y dando lugar a crímenes de odio que se propagan ante la mirada cómplice y/o indolente de quienes ejercerían algún tipo de autoridad (instigándolos muchas veces), haciéndolos ver como una situación normal que no merece demasiada atención. La concentración monopólica tanto del conocimiento como de la información ha facilitado modelar la política y la vida sociocultural, en general, de la humanidad, a tal punto que todo debe calibrarse y adaptarse de acuerdo a los patrones que identifican a la cultura occidental, representada por Estados Unidos y sus aliados europeos, estableciendo su hegemonía sobre el resto del planeta.



De acuerdo a lo determinado por el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman, el mundo actual se encuentra envuelto en lo que él denominara modernidad tardía (también conocida como modernidad líquida), caracterizada por una economía capitalista global que no distingue, ni pretende distinguir, fronteras y, de serle siempre posible, recurre a la guerra como opción válida para imponer sus intereses; una modernidad que requiere la privatización creciente de los servicios públicos (otrora en manos del Estado) y donde se manifiesta la tendencia a resaltar como valores básicos ideales el individualismo y, por efecto de éste, la falta de solidaridad, dando fin al compromiso mutuo que se mantuvo presente en la cultura y en la historia de una gran parte de la humanidad.  Cuestión ésta que tiende a ampliarse cada día gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en auge, desarrolladas, justamente, bajo el patrocinio capitalista. De esta forma, los sectores dominantes se aseguran de obtener también una plusvalía ideológica mayor a la obtenida por los grupos de poder del pasado, al mismo que se permiten destruir los cimientos históricos, educativos y culturales de los pueblos a fin de congregarlos en torno a una misma forma de concebir el mundo.

Así, en contraste con lo que caracterizara durante siglos a muchos pueblos de la Tierra, especialmente a los de nuestra América, "el sistema alienta -refiere Javier Tolcachier en su artículo Las nuevas narrativas revolucionarias- una lógica individualista, atomizadora, competitiva y excluyente que aumenta el grado de segmentación y un emplazamiento mental donde la felicidad aparece ligada al éxito, la fama y la singularidad. El ideal es ser diferente, aunque todos crean exactamente lo mismo. La verdad común es reemplazada por verdades particulares, en las que entronca el aparato publicitario, el misil teledirigido de la pos verdad a medida. La generalización es pecaminosa y fútil, lo “cool” es lo específico y especial. Todo ello debilita las opciones colectivas, sobre todo, las asentadas en pertenencias y permanencias orgánicas, que hoy son reemplazadas por el vaivén de mareas sociales huracanadas, pero impermanentes”. De esta forma, quienes detentan el poder (lo mismo que aquellos que aspiran obtenerlo) prometen soluciones simples a problemas intrincados, generalmente dejando de lado la importancia del sentido de comunidad que habría de existir y consolidarse en cualquier sociedad para concentrarse en el interés privativo de cada persona, lo que eventualmente tendrá sus efectos negativos respecto a la organización autónoma y solidaria de los sectores populares.

El axioma del prócer y presidente mexicano Benito Juárez, «la paz es el respeto al derecho ajeno», debiera entenderse también como el respeto al derecho de los «otros» a ser tratados realmente en pie de igualdad, sin que salga a relucir ninguna muestra de discriminación. Su comprensión y discernimiento contribuirían, sin dudas, a que los seres humanos, en un sentido bastante amplio, puedan finalmente convivir en paz, haciendo realidad todos aquellos ideales que han nutrido sus aspiraciones compartidas de morar en un mundo cada día mejor. Lamentablemente, este es un asunto de primera importancia que es obstaculizado -de variadas formas- por los diferentes paradigmas impuestos por la ideología de las élites dominantes, llámense nacionalismo, Estado, mercado o religión (y sus derivaciones); los cuales han sido los detonantes principales de cada conflicto ocurrido en la larga historia compartida de la humanidad.-

mandingarebelde@gmail.com