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miércoles, 21 de octubre de 2020

Unidad social, violencia y nuevo paradigma

Por Juan Pablo Cárdenas S.:

(A un año del Estallido Social)

Constituye ya un lugar común afirmar que la Pandemia sofocó el Estallido Social del 18 de octubre del 2019, que de no ser por el Covid 19 no seguiría el actual andamiaje institucional y la presencia en el Gobierno y el Parlamento de una clase política dramáticamente separada de las demandas de la población chilena. Atónita frente al levantamiento popular más masivo y extendido de toda nuestra historia republicana. Una expresión protagonizada por los más diversos sectores sociales en cuanto a sus proveniencias ideológicas y condiciones socio económicas.

Hace un año se logró un contundente movimiento y consenso en la voluntad de promover un nuevo paradigma ideológico, es decir de toda una cultura alternativa que en lo político y económico haga posible un Chile justo y equitativo. Que se proponga salvarnos, además, de la crisis medioambiental que golpea con fuerza a nuestra geografía, recuperar nuestros recursos naturales, alcanzar una educación igualitaria, recuperar la dignidad del trabajo y garantizar el más pleno respeto de los Derechos Humanos.

De esta manera es que las calles de todo Chile se llenaron de protestas pacíficas, imaginativas y entusiastas, edificándose la esperanza de un cambio global que debe ir siempre de la mano de la voluntad soberana del pueblo. Para lograr más y mejor democracia, instituciones que se liberen de la corrupción entronizada en los tres poderes del Estado, las fuerzas armadas y policiales. De allí que, en estas jornadas, que se prolongaron casi cuatro meses, los partidos políticos en general estuvieron ausentes, desbordados completamente por la unidad colectiva, y bajo los estandartes de un gran cúmulo de aspiraciones que irrumpieron desde todos los ámbitos de la vida nacional.

Es indiscutible que en este estallido estuvo presente la violencia y muchas acciones criminales que fueron bien aprovechadas por las autoridades en su intento por desbaratar las causas populares y, al igual que en la Dictadura, reeditar el terrorismo de estado, la tortura, las detenciones masivas, al tiempo se competir en el número de víctimas fatales y detenidos. 

El vaciamiento de los ojos de decenas de manifestantes fue la novedad en materia de agraviar a la inmensa mayoría de los chilenos, cortarles las alas a los jóvenes y conjurar la intención de las oligarquías de mantener el orden institucional legado por Pinochet, apenas retocado durante los treinta años que le sucedieron con los gobiernos de la Concertación, la propia derecha y la llamada Primera Mayoría.

Esta violencia, sin embargo, es solo el correlato propio de las profundas desigualdades, la escandalosa discriminación, como la grosera concentración de la riqueza. Es la contundente respuesta de los explotados y abusados por el sistema imperante. De los mapuches que se merecen autonomía y respeto a sus valores; de los jóvenes marginados y sin ninguna esperanza de encontrar un trabajo digno; de la inmensa mayoría de trabajadores pésimamente mal pagados; de los jubilados y sus pensiones de hambre, como del muy tardío e insuficiente reconocimiento de los derechos de las mujeres y niños. De un Chile que demostró con la Pandemia tener muchos más pobres e indigentes que reconocía, familias hacinadas y sin asistencia estatal mínima.  En todo un territorio y servicios públicos en manos del capital foráneo y de los más inescrupulosos empresarios de la Tierra.

De esta manera, las cúpulas políticas se vieron obligadas a consensuar una salida política cuyo hito inicial será el Plebiscito del domingo próximo. Conviniendo un proceso tramposo que le pondrá severas zancadillas a la acción de la futura convención constituyente, pero que podría abrir un algo más esas “alamedas” por donde transiten los chilenos libres y sus justas vindicaciones. Porque todos sabemos que la posibilidad de una nueva Constitución dependerá mucho más del pueblo que asista a sus genuinos representantes, se mantenga en las calles y vigile el proceso. De tal forma que los quórums pactados para impedir el cambio se desbaraten en la fuerza arrolladora del consenso social.

Todos tenemos dudas respecto de lo que viene. Si será posible saltar los escollos, sujetar en sus cuarteles la conspiración de los militares, desafiar el poder económico de los grandes empresarios e impedir la intervención extranjera. Al mismo tiempo que dar vuelta la página respecto de los políticos y jueces serviles y corruptos. Superar y enterrar en la historia a los partidos que no son lo que dicen, ni piensan lo que proclaman, además de no actuar debidamente.

Es posible que por los temores intencionalmente publicitados en relación a la emergencia sanitaria que nos golpea, no tengamos una masiva concurrencia a las urnas. 

Que muchos integrantes de la llamada Tercera Edad, se resistan, por ejemplo, de correr riesgos por concurrir a votar, que también se inhiban los ya contagiados por el virus pandémico y sean muchos los que opten por abstenerse a fin de no legitimar un proceso electoral fraudulento desde su concepción en el Parlamento. Sin embargo, votar no es renunciar y, sin duda, puede demostrar, ahora en el secreto de las urnas, la irrenunciable voluntad de partir de cero (frente a una “hoja en blanco”) para definir y construir el Chile institucional venidero. En que “no se cambien solo las piezas del ajedrez político, sino el tablero mismo”.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 25 de abril de 2020

El derecho a desobedecer



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Diecisiete años bajo una dictadura y otros treinta viviendo bajo la Constitución autoritaria y muchas normas derivadas de un régimen muy poco democrático y libertario han inducido a muchos chilenos a obedecer sin remilgos lo dispuesto por las autoridades. En América Latina se nos destaca como uno de los pueblos más disciplinados quizás por la forma que aquí se obedece casi sin chistar todo lo que se les ordena. Los gobernantes se creen con fuero para hacer realmente lo que se les antoje, a pesar de resultar elegidos por un sistema electoral altamente cuestionado y con la cada vez más mínima participación ciudadana. Incluso se creen facultados para contrariar abiertamente lo prometido por ellos mismos a los ciudadanos.

Antes que Piñera, el presidente Ricardo Lagos incluso anotó el derecho que le asistía incumplir sus promesas y compromisos políticos si el bien del país así lo requería, tal como ahora conmina a la oposición a obedecer irrestrictamente al actual mandatario. Por cierto, siempre para estos y otros tantos políticos lo que le conviene a los chilenos es lo que ellos discurren. De allí que sean muchas más las coincidencias que las diferencias lo que caracteriza a todos los sucesores de Pinochet. En este tiempo, podría decirse que los disensos más bien se han producido al interior del oficialismo respecto de cómo encarar la pandemia. La que se autodenomina oposición más bien ha sido condescendiente con todo lo que las autoridades políticas y sanitarias disponen.

Felizmente, antes de la crisis sanitaria, se contaron por millones los chilenos que despertaron en un verdadero Estallido Social, firmemente dispuestos a desafiar a las autoridades y demandar, incluso, el desalojo de los moradores de La Moneda y el Poder Legislativo. El sentido común, sin embargo, nos llevó a todos a suspender las acuciantes y crecientes demandas de justicia y democracia, lo que le permitió al Gobierno y a los parlamentarios salvarse de ser arrollados por la desobediencia civil y la protesta, aunque en la promesa de reactivarnos para cumplir con el Plebiscito pendiente que pondrá fin a la Carta Magna e inaugurará una verdadera asamblea constituyente. Y con ello la implementación de medidas urgentes para mitigar las profundas desigualdades, frenar la corrupción e ir demoliendo todas las leyes e instituciones que han abusado sistemáticamente de la población. Especialmente las que tienen que ver con la previsión social, la salud y el crédito, donde la colusión, el enriquecimiento ilícito y el cohecho se hicieron habituales.

Extralimitados en sus funciones, un esmirriado Piñera, sus ministros y la podredumbre general de nuestros legisladores han vuelto a levantar cabeza y se reinstalaron en los grandes medios de comunicación bajo la excusa el Coronavirus. Desde donde nos interpelan y nos exigen de un cuanto hay. Exhibiendo sus continuas querellas, evidenciar su ignorancia y oportunismo, tratando de encantar a la prensa más ignorante y servil, como darse el lujo de asumir su displicencia y desprecio por todo lo que el mundo y nuestros vecinos hacen para enfrentar la catástrofe sanitaria. Personajes ya desaparecidos de la arena política se han convertido en panelistas y opinólogos majaderamente recurrentes de los canales de televisión, suponiendo que al cese de la pandemia van a recuperar credibilidad y sus cargos públicos.

Los chilenos están a la deriva y hasta mendigantes de los bonos que las autoridades se obligan repartir para retenerlos el mayor tiempo posible en sus casas. Así sea en las poblaciones hacinadas de pobres donde el contagio del actual virus, el hambre y otras enfermedades puede ser más incontrolable y elevarse exponencialmente. Incluso dentro de los hogares de ancianos donde la asistencia ha sido cada vez más precaria con la idea defendida por la propia prensa de que a la tercera edad no vale la pena otorgarle tantos recursos. Lo cual ha llevado a algunos a renunciar a sus cuidados sanitarios en favor de las nuevas generaciones. Esto es, de los que pueden servir mejor a la economía con su mano de obra. Tal como lo concibió en su momento el fascismo.
Da la impresión que más que “aplanar” la curva de infectados, lo que se busca actualmente es aplanar el descontento social.

Como es su costumbre, las autoridades chilenas arman mesas de diálogo y consejos asesores a los que muy poco toman en cuenta, cuando los ministros y el propio Jefe de Estado adoptan decisiones sin consultar a los trabajadores públicos, el magisterio, el Colegio Médico, los alcaldes, universidades y tantos especialistas e instancias sociales mucho más competentes que ellos, los que ofician de profesionales de la política. Ha sido patético en estos meses el desencuentro de La Moneda con los propios ediles, los gremios y los sindicatos, mientras los empresarios y los banqueros no tienen obstáculo alguno para golpear las mesas de los poderes del Estado y requerirles millonarios fondos para seguir lucrando en tiempos de crisis.

Al grado que la poderosa cadena de Farmacias Ahumada, en su histórica desfachatez, anuncia suprimir el pago de los arriendos de sus establecimientos, afectados por la disminución de sus clientes y ventas, como dicen. A todas luces algo completamente absurdo cuando todos podemos comprobar cómo el temor a la pandemia y del invierno que se avecina golpea sus puertas de los consorcios y laboratorios del rubro.

El miedo bien explotado por los medios de comunicación, el pavor a perder sus empleos, la necesidad de cubrir sus demandas esenciales ha tenido paralogizado a los chilenos, lo que se expresa en las enormes y peligrosas filas para recibir el bono de cesantía, acceder a los bancos para renegociar sus deudas y contraer otras. Después de que el Gobierno le ha depositado ingentes recursos y otorgado el aval del Estado a las instituciones financieras a fin de que puedan darle continuidad al negocio de la usura. Práctica que se ha convertido en el motor del capitalismo salvaje.

Pero como ha ocurrido en toda la historia, el miedo y el engaño no son eternos y los pueblos aprenden a liberarse de sus terrores y exigir sus derechos conculcados. Y, por supuesto, lo hace rebelándose, desobedeciendo las instrucciones de sus abusadores, actitud que siempre ha sido legitimada por los más auténticos referentes morales y religiosos. Así como en el pasado se alentó la desobediencia civil contra las dictaduras, el colonialismo y se consideró legítimo el derecho a no enrolarse en las FFAA y las guerras, además del derecho a irrumpir en los espacios públicos para reclamar justicia e interrumpir con huelgas y otras acciones lo que hoy llaman normalidad. Es decir, aquel “estado de derecho” que más sirve a mantener la impunidad de las autoridades, que proteger los derechos de la población.

De nuevo, la protesta empieza lentamente a encender a las poblaciones más pobres y ya llegó hasta la Plaza de la Dignidad un primer piquete de manifestantes. Imaginamos que ahora los trabajadores van a demostrarse renuentes a volver al trabajo donde todavía persista el riesgo a contraer el coronavirus. Lo propio debiera suceder con los estudiantes y profesores, las pymes y el comercio, si se antepone a la salud del pueblo el crecimiento de la economía. Especialmente cuando ella discrimina, condena a los trabajadores y pensionados y persigue, sobre todas las cosas, garantizar las utilidades de los grandes empresarios. Como ha estado sucediendo con los escandalosos dividendos que se han repartido en estos días algunos los directorios, los abultados sueldos que mantienen los miembros del gobierno y del Parlamento. Y los aviones, barcos, tanques, estipendios y los pertrechos militares que se les destinan a la llamada Defensa Nacional

Por último, lo bueno de todo esto es que, pese a los bonos y dádivas gubernamentales, el país sabe que las autoridades no han tocado todavía un peso de los multimillonarios fondos a resguardo en el extranjero. Es decir, algo de esos 20 mil millones de dólares que algunos calculan que se ha acumulado. Por lo que después de la pandemia a nadie se le va a ocurrir excusarse en que somos un país pobre, que no puede repartir con justicia su riqueza.  Con lo que desobedecer y exigir justicia retributiva estarán a la orden del día.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

miércoles, 25 de marzo de 2020

Coronavirus y tregua social


Por Juan Pablo Cárdenas S.:
La pandemia del coronavirus que ha golpeado severamente al mundo obligó a la suspensión de la protesta en Chile, a ese estallido social multitudinario que había alcanzado características de insurrección popular y tenía a muy maltraer al gobierno de Sebastián Piñera, cuanto al conjunto de la llamada clase política. Las organizaciones sociales movilizadas en todo el país decretaron responsablemente una tregua para acometer la emergencia sanitaria y sumarse a los esfuerzos para frenar la infección masiva.


La patriótica y solidaria actitud del pueblo le ha permitido a Piñera y a su gobierno encarar la epidemia y decretar el Estado de Catástrofe, por lo que hoy se puede apreciar en todo nuestro territorio la presencia de las FFAA en el control y ejecución de muchas acciones para mitigar la pandemia y, desde luego, garantizar el orden público. Cuando ya era evidente el fracaso al respecto de las policías.

A través de la televisión y los medios más masivos de comunicación, Piñera ahora dicta clases de epidemiología y de un cuanto hay en materia de salud, además de permitirse criticar abiertamente a la generalidad de los gobernantes del mundo, los que a su juicio han sido incapaces de ser tan eficientes como él en el combate del virus. Su cotidiana y majadera intervención es emulada por una serie de políticos que buscan recuperar también su credibilidad a propósito de esta tragedia, con lo cual se omite el enorme y responsable ejemplo de disciplina del pueblo chileno cuando se lo ha llamado a cumplir con las cuarentenas y acciones de autocuidado.

De verdad, el gran mérito en la lucha contra el coronavirus es de esa gran cantidad de médicos, enfermeras y voluntarios que en todo el país cumplen intensa y discretamente con las tareas asistenciales. Colaborando con la atención a los infectados y la distribución de medicamentos y víveres para las poblaciones más pobres y vulnerables, especialmente si se trata de los niños y de la vejez desvalida. Meritorio ha sido el aporte también de profesores que han resuelto jornadas voluntarias para atender a los estudiantes que requieren de sus diarias viandas o del cuidado necesario para que sus padres puedan seguir trabajando en aquellas faenas que es indispensable darles continuidad.

Contrasta con esto la mezquina actitud de los grandes sectores patronales empeñados en amarrarle las manos a Piñera y sus ministros para que no impongan medidas que restrinjan el consumo de la población o decreten las condonaciones de deudas y pagos con la Banca y las empresas suministradoras de servicios básicos. Se ha denunciado que algunas entidades financieras, después de que el Banco Central dispuso una rebaja de las tasas de interés, han discurrido o encubierto operaciones para seguir percibiendo sus usureras comisiones. Por algo es que en el último año las utilidades de los bancos crecieron considerablemente, pese a la franca desaceleración de nuestra economía.

No han faltado, tampoco, las farmacias y otros agentes comerciales que se han valido del Coronavirus para especular con los precios de los medicamentos y otros productos esenciales para combatir la propagación del virus, incluso con aquellos que les son otorgados por el fisco para su oportuna y barata distribución. En este sentido, hemos podido comprobar la escandalosa reventa callejera de mascarillas, desinfectantes y analgésicos a vista y paciencia de aquellos policías que nunca les ha temblado la mano para perseguir el comercio ambulante, ejercido por quienes realmente requieren encarar la cesantía, los sueldos o las pensiones más que miserables.

Lamentablemente, la crisis sanitaria llevó a la postergación del Plebiscito y el itinerario constitucional forzado por el Estallido Social de octubre pasado y aceptado a regañadientes por el Gobierno y el Parlamento. Ello le ha permitido volver a respirar tanto a Piñera como a una clase política los que pasaban por los peores niveles de credibilidad y liderazgo. El mismo Jefe de Estado que se precipitó al seis por ciento de adhesión popular, ahora ha recuperado su particular engreimiento, declarando estar muy seguro de continuar sin nuevos contratiempos su gestión presidencial, luego de hallarse completamente arrinconado por el repudio nacional y el desprestigio a nivel mundial.

Sin embargo, las propias organizaciones sociales, gremios, federaciones estudiantiles y los chilenos en general predicen el retorno de las movilizaciones apenas la emergencia sanitaria sea controlada. Se estima que superada de esta crisis volverá a cobrar plena vigencia la Agenda Social, así como el deseo de derribar el sistema previsional, ponerles fin a las administradoras privadas de salud y castigar la corrupción transversal de la política, entre tantas otras aspiraciones frustradas por los treinta años de postdictadura.

Por más que un bochornoso ministro de Hacienda de la ex Concertación haya advertido que con el Coronavirus habría que hacerse a la idea de seguir posponiendo las demandas de justicia social, nueva Constitución y democracia. Augurando una segura recesión, a pesar de que él sabe muy bien de las inmensas reservas que el estado chileno tiene a resguardo en la banca foránea. Multimillonarios fondos que todos nuestros últimos gobiernos han preferido acrecentar antes que invertir en seguridad y paz social. Tanto como en reconstrucción, después de las habituales calamidades de nuestra telúrica geografía.

Muy posiblemente nuestra población civil y la del mundo entero sumen a sus demandas el imperativo moral de redireccionar los recursos del dispendioso y criminal gasto militar. Asumiendo que la guerra, el hambre y los pésimos sistemas de salud (como el de nuestro país) son los que siegan a diario más vidas humanas. Porque al mismo tiempo que lamentar la muerte de miles de seres humanos atacados en todos los continentes por el coronavirus, los medios de comunicación debieran consignar con tanta o más fuerza que centenares de miles de hombres, mujeres y niños han seguido falleciendo en los incesantes conflictos bélicos, a la espera de atención quirúrgica, por el hambre, otras enfermedades más letales que ésta o la acción del crimen organizado y el narcotráfico.  Acontecimientos que casi no rozan las noticias del presente.

De todas maneras, creemos que el Chile que Despertó va a mantener firmemente sus convicciones durante todos los meses de tregua social que se nos avecinan. Fehacientemente, creemos que el pueblo no ha bajado la guardia y que la exagerada postergación del Plebiscito y de una convención constituyente negociada entre el Ejecutivo y los partidos políticos no le va a dar tiempo los enemigos de la democracia para sacudirse de su fracaso.

Por el contrario, ya el país puede comprobar los desaciertos de las autoridades ante la crisis sanitaria, cuanto comprobar la mezquindad de los recursos dispuestos para mitigar la pandemia. Haciéndose evidente que lo que más busca salvaguardar la Moneda es la continuidad del régimen político y económico que vivimos. Más que proteger vidas y servir a los derechos humanos. De otra manera no se entendería que el Gobierno haya en entrado en abierta y pública contradicción con los esfuerzos de los alcaldes del país, ciertamente más cercanos y sensibles a la real situación del pueblo.


juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 26 de enero de 2019

Guaidómanía Imperial


Por Oscar Bravo:

En Venezuela sigue, se mantiene y se agudiza el pulseo muscular político entre el chavismo en el poder y la derecha nacional e internacional que quiere “a como de lugar” obtener el poder ejecutivo nacional…con la gran particularidad de estructurarse a partir de una guerra no convencional, que intenta por vías mediáticas, económicas, diplomáticas y todas aquellas formas y maneras que ayude a construir toda una sensación de inestabilidad política, a través de un narrativa destructiva y pesimista…para que la población en general se llene de rabia y angustia ante las cosas que están pasando…

En esa enfermizo y obsesivo odio y revanchismo antichavista, siguen intentando desalojar del poder ejecutivo nacional al presidente Nicolás Maduro, por vías inconstitucionales e ilegales, y seguir fomentando angustias emocionales, intranquilidad social y crear toda una matriz de opinión de que estamos en la antesala de un estallido social, que nos puede conducir a una guerra civil y a la deseada intervención militar del imperio y de algunos gobiernos lacayos y serviles del coloso del norte…

Ésta derecha apátrida ha conseguido un instrumento estratégicamente político, listo para la presión y el chantaje a la hora de una posible negociación política: el auto-nombramiento de Juan Guaidó, como presidente interino de La República Bolivariana de Venezuela y representante del partido político ilegal y cada vez más parecido a un grupo terrorista de la ultraderecha, mal llamado “voluntad popular”…organización política ilegitimada por su abstencionismo militante y principales protagonistas en los oscuros y terribles acciones guarimberas en el 2017…

El hecho político es que el imperio y un grupito de gobierno seguidores de las ordenes de su jefe Trump, sólo reconocen a Guaidó como presidente interino, para comenzar y activar una nueva agenda política, y que  consiste en “vender la idea” de que Maduro fue presidente hasta el 9 de enero y que al juramentarse el 10 de enero, “cayó en usurpación de funciones” y por lo tanto ante una especie de “vacío de poder”, se debe juramentar al presidente de la Asamblea Nacional, sin importar que se encuentran en desacato…

El imperio juega a conseguir a “la mejor de la excusas” para invadir a la patria de Bolívar, que va desde crear todo un conflicto diplomático, al no querer hacerle caso al decreto presidencial sobre que tienen 72 horas para irse del país, todo el cuerpo diplomático estadounidense, hasta “ligar” que metan preso a Guaidó, para venir a rescatarlo de la cárcel y así aprovechar para colocarlo en Miraflores…
Ya comenzó el nuevo guarimberismo versión 2019, ya van varios muertos, reaparece el fascismo, incendiando una casa de la cultura, quemando sus libros, saqueos y destrucción de bienes públicos y hasta estatuas de Chávez y Reverón…y la derecha muy feliz cuando disparan el caos social y los actos terroristas ya que sus ambiciones por el poder supera al supuesto y negado amor que puedan tener por la paz…

Politólogo.
 bravisimo929@gmail.com

miércoles, 7 de marzo de 2018

La Venezuela Heroica del Ayer y de Hoy


Por Omar Hassaan:

Los últimos dos años han sido muy difíciles para Venezuela, sin duda alguna. El hecho de que la sociedad venezolana no ha colapsado hasta los momentos, es un auténtico milagro, y ese milagro pertenece al heroico pueblo venezolano. Es ese pueblo el que ha resistido una embestida tras otra, y aún su sociedad sigue funcionando. A penas funciona, quizás dirían unos, pero el hecho de que aún se mantiene intacta es, por sí mismo, una extraordinaria obra de paciencia y resiliencia, demostrando que el noble pueblo de Bolívar posee un umbral de dolor bastante elevado, al par de pueblos como el de Stalingrado durante los terribles años de 1942 a 1943, o el de la Franja de Gaza, desde el hurto de sus tierras en 1967, y hasta los momentos.



El pueblo venezolano sigue resistiendo, sigue demostrando la paciencia del propio Job (invito a mis hermanos cristianos a leer del Libro de Job, en el Antiguo Testamento), resistiendo una opresiva prueba tras otra, mientras el venezolano sigue exhibiendo orgullosamente su fidelidad a su país, su nación y su propia sociedad. La prueba misma es si el venezolano abandona la vida en sociedad y decide destruir la misma, o lucha por lo suyo y no permite que se derrumbe su hogar y su patria. Con cada día que no se materializa el anhelado estallido social, el venezolano pasa la prueba de adversidad impuesta por sus enemigos, sean quien sean los mismos. Con cada día que la gente sigue funcionando en sociedad, se gana la batalla por la destrucción o salvación de Venezuela, y así de simple es la ecuación.

Pero esta resistencia y capacidad de sostener los golpes de los enemigos y el destino, no es nada nuevo para Venezuela. Todos hemos leído sobre el gran sufrimiento que marcó el nacimiento de esta gran nación, entre los años 1810 y 1821, cuando su libertad e independencia se lograron con la sangre de una generación completa de venezolanos, y lo que sobrevivió de esa tremenda embestida de más de una década de guerras y caos, fue una nación recién concebida, devastada, agotada y con pocas posibilidades de poder defenderse de las depredaciones de las potencias agresoras de esos momentos. De las cenizas de las guerras independentistas, surgió la Venezuela del Siglo XIX, y entre el sectarismo y el caudillismo desde adentro, y las agresiones imperiales desde afuera, logró sobrevivir una calamidad tras otra.

Si tenemos que buscar un ejemplo de la capacidad del venezolano para aguantar las tragedias, la pérdida y la desesperación, tenemos el mejor de estos en la triste y dolorosa Emigración a Oriente, realizada en el terrible año de 1814. Durante esa pesadilla que duró más de un año, Venezuela fue sumergida en su propia sangre, y quizás sufrió más en ese año que durante cualquier otro de su vida republicana. El primer caudillo en toda la historia de Venezuela, y quien efectivamente logró someter a todo el territorio nacional por primera vez – Tomás Boves – fue una anatema para los patriotas, pero también para los realistas, pues todos temían el Urogallo, Taita Boves. Boves fue la personificación del terror para todos, no solamente por su brutalidad y su crueldad, sino también por lo tan efectivo que fue en su corta y exitosa carrera militar. Nadie logró derrotarlo decisivamente, aunque en realidad, sus victorias se deben al uso magistral de su ejército popular y llanero, el mismo ejército que luego Bolívar y Sucre utilizarían para derrotar a los españoles en Boyacá, Carabobo, Junín y Ayacucho.  

La catastrófica derrota de los republicanos en la Primera Batalla de la Puerta – en la cual Boves capturó el valle de Aragua – fue el preámbulo del tortuoso asedio de Valencia. Durante ese terrible periodo de esa heroica cuidad, los valencianos tuvieron que alimentarse de los caballos, mulas, gatos y perros que tenían dentro de la ciudad para poder sostener el asedio de Boves, de la misma manera que los rusos de Leningrado tuvieron que hacer para poder sobrevivir el cruel asedio nazi, entre los años 1941-44. Los valencianos, finalmente obligados a rendirse, fueron masacrados como tantos otros de nuestro país, durante las campañas de Boves.

Esto nos hace recordar de la narrativa romántica (es decir, no tanto histórica como literaria) de Eduardo Blanco, en su obra magistral “Venezuela Heroica”, la cual deseo compartir con ustedes, durante estos difíciles tiempos para la Patria Bolivariana:

Nube de polvo, enrojecida por el reflejo de lejanos incendios, se extiende cual fatídico manto sobre la rica vegetación de nuestros campos. Poblaciones enteras abandonan sus hogares. Desiertas y silenciosas se exhiben las villas y aldeas por donde pasa, con la impetuosidad del huracán, la selvática falange, en pos de aquel demonio que le ofrece hasta la hartura el botín y la sangre, y a quien ella sigue en infernal tumulto cual séquito de furias al dios del exterminio.

Es la invasión de la llanura sobre la montaña: el desbordamiento de la barbarie sobre la República naciente. Conflictiva de suyo la situación de los republicanos, se agrava con la aproximación inesperada del poderoso ejército de Boves.

…La onda invasora se adelanta rugiendo: nada le resiste, todo lo aniquila. Detrás de aquel tropel de indómitos corceles, bajo cuyas pisadas parece sudar sangre la tierra, los campos quedan yermos, las villas incendiadas sin pan el rico, sin amparo el indigente: y el pavor, como ave fatídica, cerniéndose sobre familias abandonadas y grupos despavoridos y hambrientos que recorren las selvas como tribus errantes. ¡El nombre de Boves resuena en los oídos americanos como la trompeta apocalíptica!

Bolívar, decisivamente derrotado, no tuvo otra opción que retirarse, junto a 20.000 caraqueños, al oriente del país, en donde esperaba unirse a los patriotas orientales para seguir la lucha. Blanco nos dice en su obra recién citada:

Cunde el terror en todos los corazones; mina de desconfianza el entusiasmo del soldado; Caracas se estremece de espanto, como si ya golpearan a sus puertas las huestes del feroz asturiano; decae la fe en los más alentados, y una parálisis violenta, producida por el terror, amenaza anonadar al patriotismo. Cual, si uno de los gigantes de la andina cordillera hubiese vomitado de improviso gran tempestad de lavas y escorias capaz de soterrar el continente americano, todo tiembla y toda se derrumba…Los que habían podido huir a las montañas se inclinaban abatidos en el recinto del hogar, buscaban la oscuridad para ocultarse en ella como en los pliegues de un manto impenetrable, y a cada instante, sobrecogidos de pavor, creían oír ruidos siniestros, precursores de la catástrofe que los amenazaba, ruidos que no deseaban escuchar, pero que el terror sabía fingirles, haciéndoles más larga y palpitante la zozobra.

Irónicamente, el Libertador decidió no defender a Caracas, por no poder confiar en los esclavos que residían en esa ciudad, y quienes muy probablemente se hubieran rebelado contra los patriotas y hubieran apoyado a uno de los pocos líderes de la Provincia de Venezuela que les otorgó liderazgo y consideración: Boves. A pesar del gran dolor que sufrió Bolívar en 1814, ese año fue cuando el Libertador descubrió la única fórmula exitosa para derrocar al Imperio Español en toda Sur América: el ejército del pueblo, hecho de mulatos, pardos, indios, mestizos, pobres, negros, esclavos y todo lo que la sociedad colonial había marginalizado durante siglos, es decir, el mismo ejército de Boves, fue el que luego sería el de Bolívar y Páez.  

La emigración a Barcelona fue uno de los episodios más oscuros de la historia de Venezuela, tanto de la provincia como de la república. Quienes se quedaron en Caracas, sufrieron todo tipo de persecuciones, torturas y saqueos, y quienes se fugaron, sufrieron aún más.  Es posible que más de doce mil personas perdieron sus vidas durante la emigración, ya sea por animales salvajes (serpientes, entre otros), el hambre, todo tipo de enfermedades, los ataques de los llaneros, y otros factores. Francisco Tomás Morales persiguió a los caraqueños durante esta marcha de la muerte, una marcha no menos terrible que la de los amerindios choctaw en 1831 y los cheroquis en 1838, en el oeste norteamericano, conocida como el “Sendero de Lágrimas”.

Boves y sus tropas masacraron tanta gente en su trayectoria hacia el Oriente, persiguiendo a los refugiados, con la macabra finalidad de mascararlos a ellos también. Al caer Barcelona en las manos de los realistas, los patriotas huyeron a Cumaná, y finalmente a la Isla de Margarita, como último refugio antes de escapar por completo del país, hacia Cartagena de Indias. Para añadir a la amargura de los venezolanos, el corsario Giovanni Bianchi se quedó con las posesiones personales de los refugiados, al igual que los tesoros de las iglesias caraqueñas, tomados por los patriotas para negarle esos recursos al enemigo.  

El historiador Francisco Antonio Encina considera que de los 12.000 peninsulares y canarios y 220.000 criollos que vivían en Venezuela al inicio del proceso independentista, 7.400 de los primeros habían muerto en combate o fueron masacrados por los patriotas entre julio de 1813 y abril de 1814, y 200.000 criollos habían sido masacrados antes de llegar Morillo por ser las víctimas preferidas de Boves, Morales y Yáñez. Durante los constantes combates, masacres y devastación que asolaron dicha tierra, murieron entre 100.000 y 150.000 personas. El historiador Arturo Uslar Pietri escribe muy correctamente en su obra “Historia de la Rebelión Popular de 1814”, la siguiente frase, resumiendo la verdadera miseria y terror que vivió el pueblo venezolano durante ese terrible año: “…en Venezuela se derramó más sangre en aquel año que en toda la Revolución Francesa. Ningún pueblo ha conocido una lucha de clase de esa magnitud.”

Todo esto fue meramente un episodio entre tantos de la historia de Venezuela, aunque uno de los más notorios y dolorosos. No obstante, no fue el único. Apenas 38 años de consolidar la independencia en la Batalla de Carabobo, en 1859, inició la Guerra Federal, una guerra civil en la cual se repitió la devastación de las guerras de la independencia. La guerra federal devastó la población rural del país, justo en las regiones occidentales dedicadas a producir una gran parte de la riqueza (y la comida) del mismo, por lo cual la despoblación y las emigraciones forzadas del campesinado arrastraron el país hacia más miseria, más pobreza e interminables hambrunas. El efecto agregado de las guerras independentistas y la guerra federal sobre la población venezolana es imposible de concebir, apreciar o exagerar, en toda su devastación, dolor y sufrimiento, para el pueblo heroico de la Patria Bolivariana.

No todos los episodios de sufrimiento y tortura del pueblo venezolano fueron a raíz de las guerras y los caudillos, pues en ciertos casos, fueron los mosquitos quienes “plagaron” a este noble pueblo de inmensas e interminables miserias. La próxima cita fue extraída de un blog denominado “Vivencias Llaneras del Abuelo”
 (http://cuentaelabuelo.blogspot.com/2013/07/la-lucha-contra-el-paludismo-2.html ):

Entre finales del siglo XIX y principios del XX, Venezuela disminuida por las constantes guerras, la pobreza y las enfermedades, mostraba un despoblamiento significativo. Se sumaban a estas desgracias el atraso cultural y aislamiento en que estaba sumida en tiempos de Juan Vicente Gómez, ya que, para entonces la explotación petrolera e introducción de capital extranjero en plena vigencia, hacían que la vida en los medios rurales languideciera en el abandono.

Este panorama favoreció definitivamente la extensión de la enfermedad en todo el país, carente en ese entonces de planes sanitarios para combatirla. Para 1916, se decía que cada dos horas moría un venezolano a causa del paludismo. Para 1936, fallecido Gómez, el área malárica en Venezuela cubría 600.000 Km de la superficie del país estimada en 915.741 km. Las referencias indicaban que, de 3.000.000 habitantes del país, 1.000.000 enfermaba anualmente de malaria.

En los llanos, bien sea por su significativa extensión en el país como por sus particularidades geográficas, la enfermedad y su vector se difundieron de manera muy alarmante diezmando visiblemente la población y ocasionando emigraciones a otras regiones para salvar la vida, que trataba de refugiarse en apenas 1/3 del país en zonas menos afectadas. El líder de la lucha antimalárica en Venezuela, el Dr. Arnoldo Gabaldón, de quien haremos una reseña más adelante, sostenía que: “Nadie se aventuraba irse de Caracas a Ortiz en Guárico, a Ospino en Portuguesa o a Monay en Trujillo, para citar sólo tres lugares tristemente célebres, pues sabían que lo que allí podrían invertir sería tarde o temprano perdido”.

Para estos tiempos, era mayor el número de decesos que el de nacimientos, lo cual representaba una de las principales causas de despoblación en Venezuela. Entre 1910 y 1945, las cifras estimaban una proporción de 300 por 100.000 (MSAS 1974) “La región de los llanos motivado a su topografía y clima presentaba índices vitales negativos como consecuencia de los estragos del paludismo.

Pero acompañado de una larga historia de terror, muerte y sufrimiento, otros aspectos igualmente innegables de nuestra venezolanidad han sido la resistencia, la paciencia y el espíritu de combate. La heroica resistencia venezolana durante los grandes desafíos de 1814, de 1859, durante el largo oscurantismo del período gomecista, o durante la dictadura perezjimenista, tampoco fueron meros episodios aislados y atípicos de la historia venezolana, sino forman parte de la otra cara de la venezolanidad: adversidad y resistencia, calamidad y resiliencia, sufrimiento, por un lado, y lucha y compromiso con la condición humana, por el otro, recordando las palabras del Comandante Che Guevara: La Solidaridad es la ternura de los pueblos.  

El venezolano de hoy debe sentir y vivir el doble orgullo del indomable espíritu de combate de sus ancestros, y el poderoso espíritu de resistencia que demuestra en la actualidad. Durante la gran década independentista (1810-1821), el venezolano pagó con su sangre y su propia población el precio de su libertad y su soberanía. Durante la guerra federal, pagó el mismo precio por la igualdad y contra la marginalización socioeconómica impuesta por los godos y los terratenientes. Hoy en día, ese mismo venezolano repite y reedita las luchas de sus ancestros, al demostrar una infinita paciencia y una admirable fortaleza interna para aguantar las embestidas de sus enemigos, con la noble finalidad de proteger su libertad, su soberanía y su igualdad socioeconómica. Todas las luchas tienen su precio, nada se puede lograr sin sacrificios, dolor y angustia, pero el pueblo venezolano les ha demostrado a sus enemigos que puede aguantar y sostenerse firmemente ante cualquier tipo de agresiones.     

A pesar del sufrimiento y las necesidades que vive actualmente el venezolano, el mismo ha demostrado ser tan resistente como el pueblo ruso de Stalingrado y Leningrado, o el pueblo vietnamita del Sur de Vietnam. Hoy en día, el pueblo de Bolívar, Sucre y Chávez, escribe una nueva epopeya de luchas y sacrificios digna de otra obra como la “Venezuela Heroica”, una que inmortalice sus sacrificios y sus batallas por lo más noble que puede luchar el ser humano: su libertad, su dignidad y su independencia. Gloria al Bravo Pueblo, que el yugo lanzó, y aunque el despotismo efectivamente levantó su voz una vez más en la tierra de Bolívar, el noble pueblo bolivariano y chavista sigue manteniendo el ejemplo que tantas veces Caracas dio. 

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