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viernes, 21 de agosto de 2020

Chile y los beneficiarios del Coronavirus



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
El estallido social de octubre del año pasado fue el acto de rebelión popular más masivo y radical de toda la historia chilena. Muchos millones de personas de todas las condiciones sociales, por las más diferentes causas, salieron a las calles y se enfrentaron con las fuerzas policiales y militares en un proceso que estuvo a punto de lograr la caída del gobierno de Sebastián Piñera, la clase política representada en el Parlamento y provocar el derrumbamiento de todo el orden institucional heredado de la Dictadura y sacralizado por los gobiernos que le sucedieron. Según lo dispuesto por el mismo Dictador que posteriormente fueron las nuevas autoridades a rescatar a Londres cuando iba a ser juzgado por un tribunal internacional.


El Covib 19 ha cobrado muchas víctimas en Chile y en el mundo, pero muchos saben que afectó el proceso de rebelión que día a día cobraba bríos en el país, dándole un magnífico respiro y tregua a La Moneda y a muchos políticos que ya preparaban sus maletas completamente desacreditados por ese cúmulo de despropósitos, abusos y corrupciones descubiertos ampliamente por el pueblo.

Los medios de comunicación, especialmente los canales de TV, les pusieron cámara y micrófonos a diversos parlamentarios, partidos y opinó logos prácticamente desaparecidos y sumidos en el más profundo descrédito. Podríamos decir que muchos de ellos resucitaron ante la opinión pública, aunque poco se sabe si lograrán recuperar su imagen y vigencia, toda vez que el propio Jefe de Estado sigue cayendo estrepitosamente en las encuestas y se le prodigan los caceroleos y otras formas de protesta en todo el país, aún bajo los estados excepción, la atemorizante presencia represiva en ciudades y pueblos y las cuarentenas “sanitarias” que permiten cautelar el orden público o el llamado estado de derecho.

Habría que se muy incauto para asumir que estos meses de emergencia pandémica van a conjurar la movilización social. Por el contrario, los chilenos se preparan para participar en el plebiscito constitucional y las otras elecciones que deben seguirle. Por lo mismo que aparece muy poco probable que el Gobierno, sus adláteres y cómplices de la supuesta oposición logren una nueva postergación de estos comicios pretextando que todavía no se controla la propagación del virus.

Cualquier intento de frenar este proceso sería la más estúpida provocación, aunque sabemos que los poderes amenazados por el cambio político, económico y social que se avecina son capaces de cualquier componenda y llevar a cabo los más crudos horrores, tal como lo hicieran en 1973. Por algo hay quienes ya ensayan acciones en la Araucanía contra el pueblo mapuche, por más de 500 años de lucha emancipadora y que hoy se constituye en el principal foco de resistencia del país.

Sumidos por el miedo que les provocara el Estallido Social del 18 de octubre, y con la rapidez de un rayo legislativo, gobierno y partidos de derecha a izquierda convinieron un acuerdo para la realización de una consulta popular que debiera abrogar la constitución pinochetista de 1980 y abrirle paso a una convención constituyente íntegramente conformada por representantes directos de la nación; esto es sin la presencia de parlamentarios o emisarios gubernamentales. Aunque en estos últimos meses, por la exhibición que les han dado los medios, varios de éstos intentan que prospere una forma mixta de constituyentes. Esto es de personas elegidas directamente por el pueblo, además de representantes designados por los partidos y los poderes del Estado.

Nada hace pensar que esta última posibilidad pudiera concretarse. El repudio ciudadano a la política es demasiado contundente, todavía, pero estamos ciertos que ya revolotean algunos operadores desarrollando una campaña del terror, advirtiéndonos lo que podría suceder si la izquierda lograra mayor gravitación y, además de la nueva Constitución, se propusieran avanzar hacia una reforma más integral del sistema que nos rige. Derrumbando, por ejemplo, el vergonzoso y abusivo sistema previsional, un modelo salud que discrimina brutalmente entre pobres y ricos, además de insistir en las consabidas demandas por una educación inclusiva y de calidad para todos los jóvenes y niños. Especialmente después de develarse las mentiras oficiales que nos hablaban de muchos menos indigentes y discriminados de los que realmente existían, de muchos más trabajadores desocupados o con sueldos precarios, como de una casta de multimillonarios como no se ven en los países más ricos del planeta. Además de los privilegios e impunidades que todavía gozan los militares y los cargos superiores de “representación popular”.

La más nítida forma de ponerle cortapisas al plebiscito y al proceso constituyente es el impúdico y extemporáneo afán de algunos caudillos en proponerse para integrar un nuevo parlamento o, incluso, suceder al actual mandatario. Discurriendo desde ya alianzas electorales para amarrarse a las instituciones públicas o acceder a los altos cargos. Proliferación de precandidatos para la carrera presidencial porque simplemente se les antoja, sin que medie siquiera alguna encuesta que los tenga bien posicionados ante la opinión pública. Toda suerte de alcaldes, por ejemplo, que ya estaban descontando los días que les quedaban en sus cargos y que ahora, gracias a la pandemia, sienten la oportunidad de seguir escalando cargos públicos y hasta llegar a colgarse la banda presidencial.

Pasaron los tiempos que en Chile se requería demostrar un gran liderazgo, contar con sólidas convicciones y loables propósitos para postular a la primera magistratura. Hasta los más peleles en la política hoy manifiestan sus audaces pretensiones, alentados seguramente por el pésimo nivel de los últimos mandatarios aquí como en todo el mundo. Es ya un lugar común decir en Chile que, de no ser un renombrado futbolista, lo más promisorio y lucrativo es convertirse en autoridad comunal y nacional.

Y los partidos políticos, tal como se ve, andan a la caza de figuras artísticas, deportivas y hasta de las faranduleras de la televisión para integrar sus nóminas y allanarse sufragios. Desgraciadamente, lo que sí se sabe, es que hay ciudadanos dispuestos a otorgarles sus votos, sumidos como están en la ignorancia y la falta de valores cívicos. Por lo demás, debemos reconocer que el cohecho encuentra muchos alicientes en los rezagos y desigualdades que avergüenzan a Chile.

Lo sensato sería que el mundo político y especialmente las organizaciones sociales se organicen y velen, primero, por la realización del Plebiscito, cuando ya hay muchos, como dijimos, que buscan postergarlo o desbaratarlo. Que la unidad para derrotar al actual sistema institucional no se debilite por las pretensiones de aquellos aventureros y oportunistas intencionadamente alimentados en su egolatría por los medios de comunicación.

Por algo es que uno de los más fueros pinochetistas, José Antonio Kast, está tan animado en dar por asentada su futura competencia presidencial con algunos “comunistas” y otros izquierdistas. Buscando desalentar, además, a los empresarios y al mundo del centro derecha en el proceso constituyente y animarlos, cuando se haga necesario, a otra asonada golpista para impedir el triunfo del pueblo en las urnas. Soliviantando para ello a las Fuerzas Armadas, a los gremios patronales y apelando al capital extranjero enseñoreado en toda nuestra actividad productiva.

Sabemos que, en los partidos políticos, aún en los que se dicen progresistas, no decantan las distintas posiciones. Las de aquellos que están claramente por la unidad y el cambio y las de quienes, como en otros episodios de nuestra historia, se retacan y se hacen presa de los más reaccionarios y que, precisamente en estos días, han logrado infiltrar el patético gobierno de Piñera. Empeñados en seducir a los más mojigatos y oportunistas, de la mano del Coronavirus y el terror a la democracia que muchos tienen, efectivamente. Aunque se resistan a reconocerlo.
En efecto, ya pueden sentirse en Chile los tambores de la traición.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

miércoles, 7 de marzo de 2018

La Venezuela Heroica del Ayer y de Hoy


Por Omar Hassaan:

Los últimos dos años han sido muy difíciles para Venezuela, sin duda alguna. El hecho de que la sociedad venezolana no ha colapsado hasta los momentos, es un auténtico milagro, y ese milagro pertenece al heroico pueblo venezolano. Es ese pueblo el que ha resistido una embestida tras otra, y aún su sociedad sigue funcionando. A penas funciona, quizás dirían unos, pero el hecho de que aún se mantiene intacta es, por sí mismo, una extraordinaria obra de paciencia y resiliencia, demostrando que el noble pueblo de Bolívar posee un umbral de dolor bastante elevado, al par de pueblos como el de Stalingrado durante los terribles años de 1942 a 1943, o el de la Franja de Gaza, desde el hurto de sus tierras en 1967, y hasta los momentos.



El pueblo venezolano sigue resistiendo, sigue demostrando la paciencia del propio Job (invito a mis hermanos cristianos a leer del Libro de Job, en el Antiguo Testamento), resistiendo una opresiva prueba tras otra, mientras el venezolano sigue exhibiendo orgullosamente su fidelidad a su país, su nación y su propia sociedad. La prueba misma es si el venezolano abandona la vida en sociedad y decide destruir la misma, o lucha por lo suyo y no permite que se derrumbe su hogar y su patria. Con cada día que no se materializa el anhelado estallido social, el venezolano pasa la prueba de adversidad impuesta por sus enemigos, sean quien sean los mismos. Con cada día que la gente sigue funcionando en sociedad, se gana la batalla por la destrucción o salvación de Venezuela, y así de simple es la ecuación.

Pero esta resistencia y capacidad de sostener los golpes de los enemigos y el destino, no es nada nuevo para Venezuela. Todos hemos leído sobre el gran sufrimiento que marcó el nacimiento de esta gran nación, entre los años 1810 y 1821, cuando su libertad e independencia se lograron con la sangre de una generación completa de venezolanos, y lo que sobrevivió de esa tremenda embestida de más de una década de guerras y caos, fue una nación recién concebida, devastada, agotada y con pocas posibilidades de poder defenderse de las depredaciones de las potencias agresoras de esos momentos. De las cenizas de las guerras independentistas, surgió la Venezuela del Siglo XIX, y entre el sectarismo y el caudillismo desde adentro, y las agresiones imperiales desde afuera, logró sobrevivir una calamidad tras otra.

Si tenemos que buscar un ejemplo de la capacidad del venezolano para aguantar las tragedias, la pérdida y la desesperación, tenemos el mejor de estos en la triste y dolorosa Emigración a Oriente, realizada en el terrible año de 1814. Durante esa pesadilla que duró más de un año, Venezuela fue sumergida en su propia sangre, y quizás sufrió más en ese año que durante cualquier otro de su vida republicana. El primer caudillo en toda la historia de Venezuela, y quien efectivamente logró someter a todo el territorio nacional por primera vez – Tomás Boves – fue una anatema para los patriotas, pero también para los realistas, pues todos temían el Urogallo, Taita Boves. Boves fue la personificación del terror para todos, no solamente por su brutalidad y su crueldad, sino también por lo tan efectivo que fue en su corta y exitosa carrera militar. Nadie logró derrotarlo decisivamente, aunque en realidad, sus victorias se deben al uso magistral de su ejército popular y llanero, el mismo ejército que luego Bolívar y Sucre utilizarían para derrotar a los españoles en Boyacá, Carabobo, Junín y Ayacucho.  

La catastrófica derrota de los republicanos en la Primera Batalla de la Puerta – en la cual Boves capturó el valle de Aragua – fue el preámbulo del tortuoso asedio de Valencia. Durante ese terrible periodo de esa heroica cuidad, los valencianos tuvieron que alimentarse de los caballos, mulas, gatos y perros que tenían dentro de la ciudad para poder sostener el asedio de Boves, de la misma manera que los rusos de Leningrado tuvieron que hacer para poder sobrevivir el cruel asedio nazi, entre los años 1941-44. Los valencianos, finalmente obligados a rendirse, fueron masacrados como tantos otros de nuestro país, durante las campañas de Boves.

Esto nos hace recordar de la narrativa romántica (es decir, no tanto histórica como literaria) de Eduardo Blanco, en su obra magistral “Venezuela Heroica”, la cual deseo compartir con ustedes, durante estos difíciles tiempos para la Patria Bolivariana:

Nube de polvo, enrojecida por el reflejo de lejanos incendios, se extiende cual fatídico manto sobre la rica vegetación de nuestros campos. Poblaciones enteras abandonan sus hogares. Desiertas y silenciosas se exhiben las villas y aldeas por donde pasa, con la impetuosidad del huracán, la selvática falange, en pos de aquel demonio que le ofrece hasta la hartura el botín y la sangre, y a quien ella sigue en infernal tumulto cual séquito de furias al dios del exterminio.

Es la invasión de la llanura sobre la montaña: el desbordamiento de la barbarie sobre la República naciente. Conflictiva de suyo la situación de los republicanos, se agrava con la aproximación inesperada del poderoso ejército de Boves.

…La onda invasora se adelanta rugiendo: nada le resiste, todo lo aniquila. Detrás de aquel tropel de indómitos corceles, bajo cuyas pisadas parece sudar sangre la tierra, los campos quedan yermos, las villas incendiadas sin pan el rico, sin amparo el indigente: y el pavor, como ave fatídica, cerniéndose sobre familias abandonadas y grupos despavoridos y hambrientos que recorren las selvas como tribus errantes. ¡El nombre de Boves resuena en los oídos americanos como la trompeta apocalíptica!

Bolívar, decisivamente derrotado, no tuvo otra opción que retirarse, junto a 20.000 caraqueños, al oriente del país, en donde esperaba unirse a los patriotas orientales para seguir la lucha. Blanco nos dice en su obra recién citada:

Cunde el terror en todos los corazones; mina de desconfianza el entusiasmo del soldado; Caracas se estremece de espanto, como si ya golpearan a sus puertas las huestes del feroz asturiano; decae la fe en los más alentados, y una parálisis violenta, producida por el terror, amenaza anonadar al patriotismo. Cual, si uno de los gigantes de la andina cordillera hubiese vomitado de improviso gran tempestad de lavas y escorias capaz de soterrar el continente americano, todo tiembla y toda se derrumba…Los que habían podido huir a las montañas se inclinaban abatidos en el recinto del hogar, buscaban la oscuridad para ocultarse en ella como en los pliegues de un manto impenetrable, y a cada instante, sobrecogidos de pavor, creían oír ruidos siniestros, precursores de la catástrofe que los amenazaba, ruidos que no deseaban escuchar, pero que el terror sabía fingirles, haciéndoles más larga y palpitante la zozobra.

Irónicamente, el Libertador decidió no defender a Caracas, por no poder confiar en los esclavos que residían en esa ciudad, y quienes muy probablemente se hubieran rebelado contra los patriotas y hubieran apoyado a uno de los pocos líderes de la Provincia de Venezuela que les otorgó liderazgo y consideración: Boves. A pesar del gran dolor que sufrió Bolívar en 1814, ese año fue cuando el Libertador descubrió la única fórmula exitosa para derrocar al Imperio Español en toda Sur América: el ejército del pueblo, hecho de mulatos, pardos, indios, mestizos, pobres, negros, esclavos y todo lo que la sociedad colonial había marginalizado durante siglos, es decir, el mismo ejército de Boves, fue el que luego sería el de Bolívar y Páez.  

La emigración a Barcelona fue uno de los episodios más oscuros de la historia de Venezuela, tanto de la provincia como de la república. Quienes se quedaron en Caracas, sufrieron todo tipo de persecuciones, torturas y saqueos, y quienes se fugaron, sufrieron aún más.  Es posible que más de doce mil personas perdieron sus vidas durante la emigración, ya sea por animales salvajes (serpientes, entre otros), el hambre, todo tipo de enfermedades, los ataques de los llaneros, y otros factores. Francisco Tomás Morales persiguió a los caraqueños durante esta marcha de la muerte, una marcha no menos terrible que la de los amerindios choctaw en 1831 y los cheroquis en 1838, en el oeste norteamericano, conocida como el “Sendero de Lágrimas”.

Boves y sus tropas masacraron tanta gente en su trayectoria hacia el Oriente, persiguiendo a los refugiados, con la macabra finalidad de mascararlos a ellos también. Al caer Barcelona en las manos de los realistas, los patriotas huyeron a Cumaná, y finalmente a la Isla de Margarita, como último refugio antes de escapar por completo del país, hacia Cartagena de Indias. Para añadir a la amargura de los venezolanos, el corsario Giovanni Bianchi se quedó con las posesiones personales de los refugiados, al igual que los tesoros de las iglesias caraqueñas, tomados por los patriotas para negarle esos recursos al enemigo.  

El historiador Francisco Antonio Encina considera que de los 12.000 peninsulares y canarios y 220.000 criollos que vivían en Venezuela al inicio del proceso independentista, 7.400 de los primeros habían muerto en combate o fueron masacrados por los patriotas entre julio de 1813 y abril de 1814, y 200.000 criollos habían sido masacrados antes de llegar Morillo por ser las víctimas preferidas de Boves, Morales y Yáñez. Durante los constantes combates, masacres y devastación que asolaron dicha tierra, murieron entre 100.000 y 150.000 personas. El historiador Arturo Uslar Pietri escribe muy correctamente en su obra “Historia de la Rebelión Popular de 1814”, la siguiente frase, resumiendo la verdadera miseria y terror que vivió el pueblo venezolano durante ese terrible año: “…en Venezuela se derramó más sangre en aquel año que en toda la Revolución Francesa. Ningún pueblo ha conocido una lucha de clase de esa magnitud.”

Todo esto fue meramente un episodio entre tantos de la historia de Venezuela, aunque uno de los más notorios y dolorosos. No obstante, no fue el único. Apenas 38 años de consolidar la independencia en la Batalla de Carabobo, en 1859, inició la Guerra Federal, una guerra civil en la cual se repitió la devastación de las guerras de la independencia. La guerra federal devastó la población rural del país, justo en las regiones occidentales dedicadas a producir una gran parte de la riqueza (y la comida) del mismo, por lo cual la despoblación y las emigraciones forzadas del campesinado arrastraron el país hacia más miseria, más pobreza e interminables hambrunas. El efecto agregado de las guerras independentistas y la guerra federal sobre la población venezolana es imposible de concebir, apreciar o exagerar, en toda su devastación, dolor y sufrimiento, para el pueblo heroico de la Patria Bolivariana.

No todos los episodios de sufrimiento y tortura del pueblo venezolano fueron a raíz de las guerras y los caudillos, pues en ciertos casos, fueron los mosquitos quienes “plagaron” a este noble pueblo de inmensas e interminables miserias. La próxima cita fue extraída de un blog denominado “Vivencias Llaneras del Abuelo”
 (http://cuentaelabuelo.blogspot.com/2013/07/la-lucha-contra-el-paludismo-2.html ):

Entre finales del siglo XIX y principios del XX, Venezuela disminuida por las constantes guerras, la pobreza y las enfermedades, mostraba un despoblamiento significativo. Se sumaban a estas desgracias el atraso cultural y aislamiento en que estaba sumida en tiempos de Juan Vicente Gómez, ya que, para entonces la explotación petrolera e introducción de capital extranjero en plena vigencia, hacían que la vida en los medios rurales languideciera en el abandono.

Este panorama favoreció definitivamente la extensión de la enfermedad en todo el país, carente en ese entonces de planes sanitarios para combatirla. Para 1916, se decía que cada dos horas moría un venezolano a causa del paludismo. Para 1936, fallecido Gómez, el área malárica en Venezuela cubría 600.000 Km de la superficie del país estimada en 915.741 km. Las referencias indicaban que, de 3.000.000 habitantes del país, 1.000.000 enfermaba anualmente de malaria.

En los llanos, bien sea por su significativa extensión en el país como por sus particularidades geográficas, la enfermedad y su vector se difundieron de manera muy alarmante diezmando visiblemente la población y ocasionando emigraciones a otras regiones para salvar la vida, que trataba de refugiarse en apenas 1/3 del país en zonas menos afectadas. El líder de la lucha antimalárica en Venezuela, el Dr. Arnoldo Gabaldón, de quien haremos una reseña más adelante, sostenía que: “Nadie se aventuraba irse de Caracas a Ortiz en Guárico, a Ospino en Portuguesa o a Monay en Trujillo, para citar sólo tres lugares tristemente célebres, pues sabían que lo que allí podrían invertir sería tarde o temprano perdido”.

Para estos tiempos, era mayor el número de decesos que el de nacimientos, lo cual representaba una de las principales causas de despoblación en Venezuela. Entre 1910 y 1945, las cifras estimaban una proporción de 300 por 100.000 (MSAS 1974) “La región de los llanos motivado a su topografía y clima presentaba índices vitales negativos como consecuencia de los estragos del paludismo.

Pero acompañado de una larga historia de terror, muerte y sufrimiento, otros aspectos igualmente innegables de nuestra venezolanidad han sido la resistencia, la paciencia y el espíritu de combate. La heroica resistencia venezolana durante los grandes desafíos de 1814, de 1859, durante el largo oscurantismo del período gomecista, o durante la dictadura perezjimenista, tampoco fueron meros episodios aislados y atípicos de la historia venezolana, sino forman parte de la otra cara de la venezolanidad: adversidad y resistencia, calamidad y resiliencia, sufrimiento, por un lado, y lucha y compromiso con la condición humana, por el otro, recordando las palabras del Comandante Che Guevara: La Solidaridad es la ternura de los pueblos.  

El venezolano de hoy debe sentir y vivir el doble orgullo del indomable espíritu de combate de sus ancestros, y el poderoso espíritu de resistencia que demuestra en la actualidad. Durante la gran década independentista (1810-1821), el venezolano pagó con su sangre y su propia población el precio de su libertad y su soberanía. Durante la guerra federal, pagó el mismo precio por la igualdad y contra la marginalización socioeconómica impuesta por los godos y los terratenientes. Hoy en día, ese mismo venezolano repite y reedita las luchas de sus ancestros, al demostrar una infinita paciencia y una admirable fortaleza interna para aguantar las embestidas de sus enemigos, con la noble finalidad de proteger su libertad, su soberanía y su igualdad socioeconómica. Todas las luchas tienen su precio, nada se puede lograr sin sacrificios, dolor y angustia, pero el pueblo venezolano les ha demostrado a sus enemigos que puede aguantar y sostenerse firmemente ante cualquier tipo de agresiones.     

A pesar del sufrimiento y las necesidades que vive actualmente el venezolano, el mismo ha demostrado ser tan resistente como el pueblo ruso de Stalingrado y Leningrado, o el pueblo vietnamita del Sur de Vietnam. Hoy en día, el pueblo de Bolívar, Sucre y Chávez, escribe una nueva epopeya de luchas y sacrificios digna de otra obra como la “Venezuela Heroica”, una que inmortalice sus sacrificios y sus batallas por lo más noble que puede luchar el ser humano: su libertad, su dignidad y su independencia. Gloria al Bravo Pueblo, que el yugo lanzó, y aunque el despotismo efectivamente levantó su voz una vez más en la tierra de Bolívar, el noble pueblo bolivariano y chavista sigue manteniendo el ejemplo que tantas veces Caracas dio. 

khosomoso@yahoo.com