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sábado, 25 de abril de 2020

Relaciones indecentes: Los juegos políticos en época de crisis ponen en riesgo la vida de millones de personas



Por Carolina Vásquez Araya: 

Que nos vamos a contagiar, parece ser un hecho ineludible. Que algunos vamos a morir, también. De hecho, estamos presenciando en primera fila un suceso capaz de poner en jaque no solo nuestra capacidad de supervivencia, sino también –y muy importante- nuestra sensibilidad humana, nuestro sentido comunitario y nuestra forma de afrontar la incertidumbre con respecto al futuro, algo tan ajeno a nuestras expectativas. La pandemia que ha paralizado al mundo revela las falencias con relación a la capacidad de la ciencia y la medicina -cuyos avances no parecen suficientes ante el ataque de un virus desconocido-, sino también la falta de certeza sobre los mecanismos detrás de decisiones trascendentales de las cuales depende la vida humana.



Los sistemas que han regido nuestros países durante más de un siglo –y sus estructuras de base con un claro carácter colonialista- se distinguen por la concentración del poder y las restricciones de acceso a la educación para las grandes mayorías, con el propósito de blindar ese poder y mantener a raya cualquier intento de democratización y participación popular en los ámbitos políticos. El neoliberalismo llevó el sistema al extremo, consolidando sus estructuras al impedir el desarrollo económico de las capas más necesitadas y convirtiéndolas en un vivero de mano de obra básica sin oportunidades de progreso, pero muy necesario para asegurarse el incremento de su riqueza.

Los gobernantes puestos en el poder por las élites, por lo tanto, responden a consignas dictadas por los intereses corporativos y toman decisiones consensuadas con sus patrocinadores. Este es el escenario en plena pandemia: políticos ajenos al bien común con el poder de decidir sobre la vida de millones de seres humanos, todo ello con base en la preeminencia del sistema económico. Para esta cúpula, el Covid19 ha sido la panacea. Se acallaron las protestas, se impuso el miedo y el flujo de los recursos para atender la crisis sanitaria se modera de acuerdo con estrategias diseñadas a puerta cerrada.

En síntesis, la vida de los pueblos del tercer mundo –y también de los primeros, según se puede observar- se encuentra atada a decisiones divorciadas del más básico concepto humanitario, dependiente de cuánto se podrá evitar la reducción de los grandes capitales aun cuando para ello deba ponerse en riesgo la vida de los trabajadores. Como música de fondo, se utiliza el ámbito mediático y el universo virtual para confundir conceptos, divulgar información inexacta, incitar al rechazo de grupos vulnerables y plantear escenarios de terror cuyo impacto provoca una conveniente parálisis social.

Las relaciones indecentes entre capital y política nunca habían sido tan puestas en evidencia como en este paréntesis, cuyos límites y extensión son todavía una incógnita. En esta emergencia sanitaria de proporciones globales, la destrucción de la infraestructura estatal -con todo lo que ello implica- programada y perpetrada a espaldas de los pueblos, constituye la prueba palpable de que el sistema político y económico predominante es, más que una estrategia capitalista, un auténtico suicidio y sobre todo una amenaza a las posibilidades de desarrollo de nuestros países.

En estos días ha quedado a la vista el esqueleto endeble de un sistema depredador, cuyas falacias caen por su peso ante la evidencia palpable de su incapacidad de respuesta a una crisis humanitaria. El mundo tiene que cambiar, pero también nuestra percepción de la realidad. Esta pandemia parece ser parte de una guerra y, nosotros, simple carne de cañón.

El debilitamiento de los Estados ha probado ser un auténtico suicidio.

elquintopatio@gmail.com

miércoles, 8 de abril de 2020

Pandemia y Amnesia



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Es probable que una de las consecuencias positivas de la pandemia del coronavirus sea que perpetuemos el buen hábito de lavarnos las manos. Pero ojalá con ello no corramos el riesgo de asumir esta costumbre en un sentido bíblico, al estilo de lo que hizo Poncio Pilatos para zafarse de sus responsabilidades políticas y sociales. En este sentido, el alcalde se Santiago ya ha declarado que después de esta crisis espera que a nadie se le ocurra reeditar el Estallido Social o retornar a la Plaza Baquedano a manifestar sus protestas. Asimismo, diversas figuras del oficialismo se soban las manos pensando que el virus epidémico le permitirá a Sebastián Piñera completar su gobierno y, de paso, darle una nueva oportunidad a la clase política de recuperar su imagen que al momento que se nos instaló el flagelo pasaba por su peor momento.
Esto es, políticos de derecha a izquierda sin credibilidad alguna, como con cero posibilidades de ser considerados por el pueblo para integrar la convención constituyente que nazca del plebiscito prometido.


La ejemplar conducta de los chilenos para encarar la emergencia sanitaria hace pensar a algunos que el Coronavirus puede haber adormecido de nuevo a ese Chile que había despertado y alzado contra las injusticias, los abusos y la vergonzosa inequidad que afectaba a nuestra población. Lo que sí es cierto es que la posibilidad de contraer el mal asusta mucho más a la población de las golpizas de los carabineros y las leyes represivas que el Gobierno y sus cómplices del Parlamento se apuraron a aprobar para hacer frente a la marea de descontento. De allí que abrigamos la esperanza de que lo ocurrido es simplemente una debida tregua en la lucha que se había iniciado para poner el jaque el sistema neoliberal y sacudirnos de quienes por treinta años prometieron más democracia, justicia social; más soberanía nacional y mejor distribución del ingreso.

Muy por el contrario, cuando los chilenos se pongan a reflexionar de nuevo en Chile y su futuro lo que va a dominar de nuevo son una serie de convicciones que vuelvan agitar social y políticamente al país. Desde luego todos tendrán que reconocer la importancia del Estado, como la completa incapacidad del mercado para hacer frente a una crisis como la vivida. Especialmente después de comprobar la calaña de la clase patronal mucho más preocupada de conservar sus fuentes de ingresos así sea poniendo en riesgo la vida o la salud de sus trabajadores. Apreciará, asimismo, la codicia irrefrenable de nuestro sistema financiero (incluido el Banco del “Estado”) al discurrir todo tipo de argucias para seguir lucrando del crédito o reclamar la asistencia del Fisco para hacer frente a la merma de sus utilidades.

Será También evidente después de esta crisis la inoperancia del sistema de salud del país para hacer frente a una epidemia, así como la completa inmoralidad e insensibilidad de las isapres que salieron a especular con los servicios de primera necesidad, cobrando el doble o el triple que la estatal Fonasa por realizar los mismos exámenes. Igualando la irresponsabilidad de las cadenas de farmacias y laboratorios que advirtieron en el Coronavirus la posibilidad der volver a coludirse y subir abusivamente los precios de productos tan esenciales como el Paracetamol.

Lo propio se confirmará con el lamentable desempeño de las AFP que administran nuestros fondos de pensiones, agigantándose la idea de que estas reservas de los trabajadores deben estar resguardadas también por el Estado, como administrados o supervisados por los propios imponentes. A los argumentos de NO+AFP se sumará la constatación palmaria de cuánto le ha arrebatado a los trabajadores del país este puñado de entidades para colmo ahora en manos extranjeras.

Caerá por su propio peso, además, lo inmoral que resulta que Chile y tantos otros países sigan gastando ingentes recursos destinados a la Defensa Nacional, para financiar a miles de efectivos ociosos o que pudieran ser útiles en otras funciones, tanto como adquirir multimillonarias armas para la mera entretención castrense. Las que caen en desuso rápidamente, salvo cuando se usan para bombardear nuestro Palacio der Gobierno, levantar campos de concentración y tortura, a fin de reprimir a nuestra propia población. El sentido común hará el cálculo de cuantos hospitales, camas, respiradores mecánicos podrían tener las ciudades y pueblos de Chile si se redestinaran a este objeto los absurdos y criminales presupuestos para comprar tanques, aviones de guerra y barcos.

A lo anterior, se sumará la evidencia de que los mejores especialistas y técnicos del país se encuentran en las más prestigiosas universidades y no en las planillas de los operadores políticos y los esbirros de las autoridades de turno, como esa cáfila de economistas que se turnaron durante los treinta años de la postdictadura por los ministerios de Hacienda, Economía, Educación y, en general, por todas las carteras y reparticiones públicas,  dándole constantes portazos a las demandas populares para concentrar la riqueza en manos de un 0.5 por ciento de la población y cederles nuestras riquezas básicas a los inversionistas extranjeros. Arrodillados como los vimos ante el FMI y otras catedrales del neoliberalismo, o el capitalismo salvaje que, por fin, ya hace agua en todo el mundo.

Pero, por, sobre todo, el país comprobará las mentiras del actual gobierno como de sus predecesores. Millones de chilenos concluirán que este país es mucho más rico de lo que se decía, que las reservas depositadas en el extranjero podrían ser más que suficientes para financiar la lucha contra las epidemias, los terremotos y otros desastres propios de nuestra geografía. Para dotarnos, además, de establecimientos educacionales gratuitos y modernos, financiar viviendas populares dignas y un sistema cultural que promueva a nuestros talentos artísticos, suprima los bochornosos impuestos a la lectura y desarrolle una promisoria actividad deportiva y recreacional.

Ya nada justificará los salarios y pensiones de hambre si se distribuyen mejor los recursos aportados por el trabajo y se suprimen los ingresos dispendiosos que se llevan los uniformados, los parlamentarios y los miembros de la casta empresarial y bancaria que en Chile pueden ostentar utilidades muy por encima de las de los países europeos y los Estados Unidos. Países que, por supuesto, les imponen tributos razonables y les impiden o limitan comprar leyes, ejercer el tráfico de influencias, sobornar a los legisladores y municipios. Además de sus consabidas prácticas de cohecho electoral, concentración informativa e impunidad judicial.

El coronavirus es sin duda una desdicha nacional y universal, pero también un magnífico acicate para que tengamos más democracia, paz y seguridad social. Retomando con más ímpetu, todavía, los valores del 18 de octubre y proscribiendo la amnesia, como también la impunidad.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

miércoles, 25 de marzo de 2020

Coronavirus y tregua social


Por Juan Pablo Cárdenas S.:
La pandemia del coronavirus que ha golpeado severamente al mundo obligó a la suspensión de la protesta en Chile, a ese estallido social multitudinario que había alcanzado características de insurrección popular y tenía a muy maltraer al gobierno de Sebastián Piñera, cuanto al conjunto de la llamada clase política. Las organizaciones sociales movilizadas en todo el país decretaron responsablemente una tregua para acometer la emergencia sanitaria y sumarse a los esfuerzos para frenar la infección masiva.


La patriótica y solidaria actitud del pueblo le ha permitido a Piñera y a su gobierno encarar la epidemia y decretar el Estado de Catástrofe, por lo que hoy se puede apreciar en todo nuestro territorio la presencia de las FFAA en el control y ejecución de muchas acciones para mitigar la pandemia y, desde luego, garantizar el orden público. Cuando ya era evidente el fracaso al respecto de las policías.

A través de la televisión y los medios más masivos de comunicación, Piñera ahora dicta clases de epidemiología y de un cuanto hay en materia de salud, además de permitirse criticar abiertamente a la generalidad de los gobernantes del mundo, los que a su juicio han sido incapaces de ser tan eficientes como él en el combate del virus. Su cotidiana y majadera intervención es emulada por una serie de políticos que buscan recuperar también su credibilidad a propósito de esta tragedia, con lo cual se omite el enorme y responsable ejemplo de disciplina del pueblo chileno cuando se lo ha llamado a cumplir con las cuarentenas y acciones de autocuidado.

De verdad, el gran mérito en la lucha contra el coronavirus es de esa gran cantidad de médicos, enfermeras y voluntarios que en todo el país cumplen intensa y discretamente con las tareas asistenciales. Colaborando con la atención a los infectados y la distribución de medicamentos y víveres para las poblaciones más pobres y vulnerables, especialmente si se trata de los niños y de la vejez desvalida. Meritorio ha sido el aporte también de profesores que han resuelto jornadas voluntarias para atender a los estudiantes que requieren de sus diarias viandas o del cuidado necesario para que sus padres puedan seguir trabajando en aquellas faenas que es indispensable darles continuidad.

Contrasta con esto la mezquina actitud de los grandes sectores patronales empeñados en amarrarle las manos a Piñera y sus ministros para que no impongan medidas que restrinjan el consumo de la población o decreten las condonaciones de deudas y pagos con la Banca y las empresas suministradoras de servicios básicos. Se ha denunciado que algunas entidades financieras, después de que el Banco Central dispuso una rebaja de las tasas de interés, han discurrido o encubierto operaciones para seguir percibiendo sus usureras comisiones. Por algo es que en el último año las utilidades de los bancos crecieron considerablemente, pese a la franca desaceleración de nuestra economía.

No han faltado, tampoco, las farmacias y otros agentes comerciales que se han valido del Coronavirus para especular con los precios de los medicamentos y otros productos esenciales para combatir la propagación del virus, incluso con aquellos que les son otorgados por el fisco para su oportuna y barata distribución. En este sentido, hemos podido comprobar la escandalosa reventa callejera de mascarillas, desinfectantes y analgésicos a vista y paciencia de aquellos policías que nunca les ha temblado la mano para perseguir el comercio ambulante, ejercido por quienes realmente requieren encarar la cesantía, los sueldos o las pensiones más que miserables.

Lamentablemente, la crisis sanitaria llevó a la postergación del Plebiscito y el itinerario constitucional forzado por el Estallido Social de octubre pasado y aceptado a regañadientes por el Gobierno y el Parlamento. Ello le ha permitido volver a respirar tanto a Piñera como a una clase política los que pasaban por los peores niveles de credibilidad y liderazgo. El mismo Jefe de Estado que se precipitó al seis por ciento de adhesión popular, ahora ha recuperado su particular engreimiento, declarando estar muy seguro de continuar sin nuevos contratiempos su gestión presidencial, luego de hallarse completamente arrinconado por el repudio nacional y el desprestigio a nivel mundial.

Sin embargo, las propias organizaciones sociales, gremios, federaciones estudiantiles y los chilenos en general predicen el retorno de las movilizaciones apenas la emergencia sanitaria sea controlada. Se estima que superada de esta crisis volverá a cobrar plena vigencia la Agenda Social, así como el deseo de derribar el sistema previsional, ponerles fin a las administradoras privadas de salud y castigar la corrupción transversal de la política, entre tantas otras aspiraciones frustradas por los treinta años de postdictadura.

Por más que un bochornoso ministro de Hacienda de la ex Concertación haya advertido que con el Coronavirus habría que hacerse a la idea de seguir posponiendo las demandas de justicia social, nueva Constitución y democracia. Augurando una segura recesión, a pesar de que él sabe muy bien de las inmensas reservas que el estado chileno tiene a resguardo en la banca foránea. Multimillonarios fondos que todos nuestros últimos gobiernos han preferido acrecentar antes que invertir en seguridad y paz social. Tanto como en reconstrucción, después de las habituales calamidades de nuestra telúrica geografía.

Muy posiblemente nuestra población civil y la del mundo entero sumen a sus demandas el imperativo moral de redireccionar los recursos del dispendioso y criminal gasto militar. Asumiendo que la guerra, el hambre y los pésimos sistemas de salud (como el de nuestro país) son los que siegan a diario más vidas humanas. Porque al mismo tiempo que lamentar la muerte de miles de seres humanos atacados en todos los continentes por el coronavirus, los medios de comunicación debieran consignar con tanta o más fuerza que centenares de miles de hombres, mujeres y niños han seguido falleciendo en los incesantes conflictos bélicos, a la espera de atención quirúrgica, por el hambre, otras enfermedades más letales que ésta o la acción del crimen organizado y el narcotráfico.  Acontecimientos que casi no rozan las noticias del presente.

De todas maneras, creemos que el Chile que Despertó va a mantener firmemente sus convicciones durante todos los meses de tregua social que se nos avecinan. Fehacientemente, creemos que el pueblo no ha bajado la guardia y que la exagerada postergación del Plebiscito y de una convención constituyente negociada entre el Ejecutivo y los partidos políticos no le va a dar tiempo los enemigos de la democracia para sacudirse de su fracaso.

Por el contrario, ya el país puede comprobar los desaciertos de las autoridades ante la crisis sanitaria, cuanto comprobar la mezquindad de los recursos dispuestos para mitigar la pandemia. Haciéndose evidente que lo que más busca salvaguardar la Moneda es la continuidad del régimen político y económico que vivimos. Más que proteger vidas y servir a los derechos humanos. De otra manera no se entendería que el Gobierno haya en entrado en abierta y pública contradicción con los esfuerzos de los alcaldes del país, ciertamente más cercanos y sensibles a la real situación del pueblo.


juanpablo.cardenas.s@gmail.com