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miércoles, 17 de julio de 2019

Solo la Paz podrá combatir al horror


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Se perdió el temor de Dios. Es lo que dice, diría y dirá cualquier hombre o mujer humilde, sacada de la población que sufre y entierra sus muertos, sin entender porque si la paz estaba lista, el gobierno la embolató y ahora trata de hacer creer que trabaja por ella, pero invita a dar de baja a otros cuantos. La historia así no encaja, parece más un relato de entrada a las cámaras de gas que anunciaba desinfección y se invitaba a las víctimas a desnudarse y acomodar bien su ropa para recibir la reconfortante ducha después del viaje en el tren del horror, que los había despojado de su dignidad. 



Lo que ocurre no es un asunto de Dios, ni de justicia terrenal a la que unos escapan, pero la expresión anuncia que no todo está bien, aunque en su soberbia de poder el gobierno hable fuerte, condene o repita que todo está bien. Perder el temor a dios o a la justicia, indica que algo no está centrado y talvez así es porque el gobierno se volvió tozudo y no se puede razonar, ni entrar en debate con él, a pesar de las garantías del poco estado de derecho. El gobierno actúa como si estuviera por encima de toda ley, regla, norma y criterio ético. Se impone creyendo que es la máxima autoridad de la verdad, la justicia y la conducta humana. Si pudiera mandar a fusilar lo haría y sus ministros aplaudirían y pedirían la horca, así como piden la castración, la cadena perpetua o el linchamiento público, con sangre, desmembramientos y lapidación a piedra. Nada ve con sentimientos humanos, nada entiende con las razones que otros tengan, nada quiere valorar que no sea lo suyo propio.

Impone su voluntad, su fuerza de voluntad, para servir a sus propias causas, sin escrúpulo moral. La voluntad del partido de gobierno, ministros, congresistas y juristas de su equipo, justifican el odio y el reinicio de la guerra, aunque empiece perdiéndola en el campo de batalla, al que volvieron las emboscadas, los asaltos a estaciones de policía y la devolución de cuerpos de los soldados envueltos en banderas. La soberbia no les deja ver que trajeron de vuelta el miedo, de la gente más humilde  y también de los soldados torturados para volverlos valientes y para que no se quejen de meses y meses sufriendo en la selva, sin amigos, sin familia, sin internet, sin sexo, sin sabanas limpias, sin dormir, aferrados a un cristo de pasta y metal que los proteja, sin capacidad para protestar una orden, solo cumplirla y aceptar las razones de su superior.

Poco entienden del horror, pero aprenden bien que por doctrina hay que neutralizar al enemigo, porque si no se les extermina, su pueblo del que les dijeron que como héroes tenían que liberarlo será exterminado por sus enemigos y para siempre. Si el superior lo dice todo parece correcto, creíble y tan natural que obedecen sin que a nadie se le ocurra dudar. La lealtad se compensa con premios y estímulos (comida, descanso, medallas) y así todo queda más claro y protegido por un implícito pacto de silencio. Los que obedecen se distraen tratando de ganar la guerra y los otros la empujan y las mayorías la padecen.  Así es después nadie queda con sentimiento de culpa y todos con la sensación de haber hecho lo correcto, sin importar ningún ser humano. En la guerra que traen de vuelta el dolor de millones satisface a pocos que la inventan y alimentan y como buenos financistas y negociantes sacan de la muerte sus rentas, abultan sus cifras y ganan con votos.

El gobierno perdió el norte y aunque sabe que es su peor error, prefirió recomenzar la guerra, azuzado y acorralado por el partido en el poder, para el que todo vale y al que no le importará destronar al gobernante cuando ninguna de las tres tareas encomendadas se cumpla: Exterminar al enemigo ya desarmado; Tumbar al gobierno vecino; poner a la américa del sur al servicio de los americanos. Si el gobierno cogiera un mapa y mirara donde están sus amigos y sus enemigos, comprendería que ya perdió la nueva guerra y que sería mejor reconducir a tiempo y evitaría que solo le importe lo suyo, porque entendería que su partido es indolente y como a los nazis la muerte ajena es su triunfo y no les apesta la muerte de sus enemigos, si no el humo humano que producían los crematorios, que olía a grasa y eso de verdad si les molestaba, los ofendía en sus tardes de sol o de camisas negras.

El partido en el poder arrastra al país hacia el horror que regresa imparable indicando que no es una persona la que mata, si no una ideología que enseña a matar y que se justifica aduciendo que nadie puede señalar el destino del pueblo colombiano, si no ellos, y que mejor si lo hacen a través de los militares, entre los que se destacan no menos de una docena de alto rango cuestionados inclusive por crímenes de guerra y ejecuciones extrajudiciales. Las escenas de horror de hoy son similares a las que ocurrían en 2014 o antes y hacen parecer que todo sigue igual. Los casos se repiten, replican y aumentan en todo el territorio, sin temor a dios ni a la justicia. De Buenaventura decía el obispo en 2014 que:

Esta es la ciudad de "las casas de pique", donde bandas criminales de origen paramilitar, dedicadas a la extorsión y el narcotráfico, descuartizan vivas a muchas de sus víctimas antes de arrojar los pedazos al agua. La ciudad donde el silencio de la noche lo rompen los gritos de auxilio de aquellos que están siendo desmembrados (BBC Mundo, julio 2 2019). Y por estos días la prensa decía cosas como: “capturan a cinco hombres con tres cabezas humanas en la zona de frontera” (w radio.com.co); o “Paramilitares” colombianos lanzan cabeza de guerrillero a comando venezolano (Panam post, Junio 4 de 2019). Los gritos y gritos de las víctimas se oían ayer, se oyen hoy. El eco de dignidad, se levanta contra el gobierno, denuncia al partido en el poder y ratifica con firmeza que la paz es de obligatorio cumplimiento, un deber para el estado, un mandato para el gobierno.

mrestrepo33@hotmail.com

jueves, 4 de julio de 2019

El arte de la falsificación sostiene al poder hegemónico


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:
El poder hegemónico perdió la noción de límites y hace pasar los derechos por su peor momento, con un retroceso solo comparable al momento cúspide de la seguridad democrática, en el que se negaba la existencia de la guerra, se borraba de los informes la palabra conflicto y nada podía ser llamado por su nombre. En el corto periodo del gobierno de todos, se estiraron tanto los límites de las reglas comunes, que se descoyunto el vínculo sociedad-estado y sus terribles consecuencias afectan la vida colectiva, ponen en riesgo las posibilidades de volver a ser un país vivible, e impiden salir del enredo entre la paz esquiva y el terror que regresa.



Para crédulos e incrédulos Colombia no es el país más feliz del mundo y nadie tiene la seguridad de predecir que podrá regresar a casa al final del día sin haber sufrido agresión o daño. Vivir bien es cosa del azar y la fortuna, no del bienestar humano.

Los hechos que contradicen el vivir bien ocurren por miles cada día, el cuerpo y la mente son acechados, atacados, abusados, atracados, robados, asaltados, dañados los bienes, violados, maltratados, sobornados, agredidos y victimas de eventos que niegan la tranquilidad e impiden la convivencia en paz y duradera. Nadie requiere ser pesimista, ni contradictor, para entender que este es el país con mayor desplazamiento del mundo, el campeón del destierro, el primero en la lista del horror por haber asesinado a 230 líderes, lideresas y defensores de derechos en solo 300 días de gobierno y haber matado a 120 excombatientes que confiados en la paz dejaron la lucha armada.

Esas cifras ponen al país en el puesto 145 entre 167 en el índice global de paz, lúgubre posición que lo califica como uno de los más peligrosos del mundo, compartiendo similares condiciones a las de otros pocos a los que los gobernantes de aquí llaman inviables, antidemocráticos y corruptos y muy lejos de Islandia o Finlandia donde a nadie se le ocurriría asesinar a otro por pensar, opinar o ser distintito.

Matemáticamente cada cifra duele, cala en los huesos, por la desgracia de una historia rota y por el asco que produce la muerte y la sevicia de los victimarios, que han llevado a que el país sea acusado de producir el 70% de la cocaína del mundo, que embrutece a más de 300 millones de personas para que pocos puedan hacer lo que les da la gana, incluso hacer depender de su poder la vida de otros.  En otras partes saben que la venganza y el odio cada día aquí matan a 33 personas, sexualmente son abusadas 70 mujeres, no menos de dos niños son también asesinados y otros 7 adolescentes se quitan la vida por cuenta propia, quizá para huirle al horror o negarse a seguir haciendo parte de la tragedia, que no es claro si pasa inadvertida o hace parte de un pacto de silencio social no declarado. 

Lo determinante para que todo siga igual y tienda a empeorar es que el poder no acoge la verdad como un valor esencial del gobernante y el poder lo enceguece. Afuera de la frontera ese poder escapar a los límites de la verdad y habla con vehemencia de paz, respeto por la vida y estrategias para terminar la corrupción, que se roba casi 10 billones de pesos al año usados para seguir corrompiendo. Adentro proscribe toda acción y pensamiento que trate de paz o derechos y se niega con igual vehemencia a reconocer la sistematicidad de la barbarie que ataca a la paz y los derechos.

Y no se fija que el odio está incrustado en su lenguaje, prácticas y acciones, que sirven de apoyo y patente de corso para el atraco callejero, los abusos de particulares contra particulares, los abusos y excesos policiales y militares y la más inhumana barbarie que se reproduce con ejecuciones extrajudiciales, amenazas, masacres, descuartizamiento de cuerpos y cinismo político para negarlo todo. A estos hechos repudiables se suman infraestructuras públicas roídas con sobrecostos, puentes y edificios que se derrumban solos, pasarelas de contratistas que saquean el erario y festejan sus fechorías con nuevas ofertas de contratos, bufetes de abogados que se hacen llamar respetables para tramitar fórmulas de saqueo al erario y la indecencia de los gobernantes que para sostenerse en el poder mienten.

Colombia no es el país más feliz del mundo, talvez sea el más crédulo de la falsedad que campea en el reino de la mentira que aniquila a la ley y la justicia, y en el que imperan los inmorales que con su comportamiento astuto y taimado acostumbraron al país a que sí alguien los descubre mintiendo nadie se lo tome a mal o a lo sumo los perdone. Esta presente el eco y los rezagos de la cultura traqueta incrustada en el poder por los Escobar, Rodríguez Gacha y Orejuelas, Mancuso y otras mafias de la parapolítica que todavía controlan partes sustanciales del congreso, de los gobiernos locales y de las instituciones, quienes a fuerza de mentir han hecho que se pierdan el honor y la verdad como valores colectivos. Las cifras de beneficio personal son logradas con engaño mediante falsos positivos, falsos judiciales, falsas estadísticas, falsos datos, falsos ranking, informes maquillados y desinformaciones pagadas que impiden entender la realidad para cambiarla y dejar atrás las falsas cuentas oficiales.

 El país ha sido sometido a la desconfianza total sobre la esencia de las cosas y los principios, desde políticos e ideológicos hasta físicos, que son completados con una fórmula de psico poder, basado en la moral de ellos (los inmorales) y en infundir temor por lo extraño para permitirse vigilar, controlar y mover a los individuos no desde afuera si no desde adentro, incluso para provocar el suicidio. De esta mezcla de emociones, temores y manipulaciones, resulta la flexibilidad y adaptabilidad que lleva al país al vacío y deja sin esencia a los conceptos, contenidos y significado de las cosas. Estratégicamente el partido de gobierno hace primar la astucia, la hipocresía y la inmoralidad sobre el vació en el que proyectan su proyecto de país sostenido con la falsificación que desencadena procesos de comunicación falsificada y altera el funcionamiento del sistema democrático.

El mismo presidente ya no parece actuar como un peón de su pueblo si no como peón del sistema que sirve a intereses propios y miente para alejarse de las demandas del país. El partido de gobierno interviene, define e influencia la agenda de estado y traza el ritmo, tiempos y conclusiones de los debates actuales centrando su capacidad en desacreditar a sus adversarios y contradictores para imponer su posición hegemónica favorecida por el uso intensivo de medios que replican siempre a su favor. En todo caso como en todo final feliz, de tanto repetirse una falsedad, aunque al inicio parezca verdad, siempre deja un resquicio por el que entra la luz y ojalá entre pronto para retomar el camino que lleva hacia el país en paz, tranquilo y seguro para vivir bien, con bienestar

mrestrepo33@hotmail.com

domingo, 23 de junio de 2019

Colombia La intolerancia del poder destruye la paz del país



Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Reiteradamente el poder hegemónico de Colombia hace tres tipos de peligrosos anuncios difusos: Contra la construcción de paz y el apoyo y respeto constitucional a los mecanismos de justicia determinada como un bien común de la sociedad basada en la verdad respecto a un proceso de guerra que termino por acuerdo político (JEP, Comisión de la Verdad, Unidad de Búsqueda); contra personas particulares, a quienes define a título personal como enemigos del estado y; contra el reconocimiento a los actores políticos que hicieron parte de una antigua guerra ya cerrada.


La conclusión es que el poder ha perdido la prudencia, la paciencia y la cordura propias de los estadistas, que ética y legalmente están obligados a guardar respeto y protección a los derechos y libertades de sus pobladores y a orientar con inteligencia. Con su actuar empieza a ser percibido como el mayor riesgo para la democracia y la política realizada entre adversarios y en medio de diferencias.

El gobierno está asumiendo la condición de actor político y social único, aparece intolerante y vengativo, acucioso y tenebroso emitiendo frases de amenaza y condenas contra quien objete, cuestione o se resista a actuar como él lo pide. Los medios de comunicación, hacen el eco, ese comportamiento les resulta rentable y útil para promover el imaginario de que el gobierno fue vencedor de la guerra pasada y es portador del derecho a poner las reglas de un nuevo pacto social, sin objeciones, solo que, sin ética, ni política, ni democracia.  Hay que repetirlo: nadie gano la guerra, tres generaciones de colombianos y colombianas la perdieron, recibieron en sus cuerpos y sus mentes el horror, perdieron sus sueños, su poesía y capacidad para pensar por cuenta propia en colectivo y de imaginar mundos sin odio y bajo ningún pretexto pueden ser llamados a perpetuar la tragedia, ni a tomar partido por la destrucción de la justicia, la verdad y las libertades y derechos ya ganados.

La agenda de la vida colectiva del país, está siendo manipulada con pasiones que alteran la inteligencia y someten la racionalidad a impulsos que implantan censuras,  injerencias indebidas, estigmas y acoso político, y sobre todo que caldean los ánimos de una sociedad inconforme con la desigualdad, la exclusión y los atropellos de todo tipo, para hacerla víctima de las palabras y gestos del gobierno y del partido de gobierno, que sabe fragmentar, disociar y desmontar a su antojo la percepción de tranquilidad y apaciguamiento y entronizar la intolerancia excitándola con rumores y mensajes que claman por eliminar a sus contrarios, lapidar a sus críticos, quemar en la hoguera a los herejes y ampliar la confusión que polariza e impide vivir en paz, con dignidad.

Reaparecen como si se tratara de comics, historias y hechos que parecían superados y al final de cada día queda la sensación de que el país está metido en un gran experimento, donde todos los tiempos se juntan en una sola tragedia guiada por un movimiento pendular que va de lo bueno a lo malo o de la razón o la pasión, según lo diga e impulse el gobierno. O el país perdió el sentido y recuperarlo pronto será imposible o pasa por otro momento de terror aun invisible y temporal. Son reiterados los hechos de censura, tortura, barbarie, falsedad y temeridad del poder y aunque la gente se muestra enterada e inconforme toma distancia como si todo le fuera extraño y parece dispuesta a creer que es mejor vivir sin adversarios y que si los hubiera para ellos el destino les traerá cosas terribles, inevitables.

Nadie que vea noticias, lea periódicos o consulte redes es ajeno a entender que Colombia es el país donde más asesinan y persiguen a defensores de derechos y líderes sociales por pensar por cuenta propia y defender ideas y derechos de sus comunidades, pero esta vergüenza parece estar siendo aprovechada como una oportunidad para el gobierno, que lleva cuentas y hace silencio.

Es frecuente en esta confusión, que sean los mismos corresponsables del sinsentido y de la guerra, maestros de la corrupción y del cinismo, quienes momentáneamente hagan llamados a defender a los niños, olvidando que de su seno salen los grandes despojadores de garantías a sus derechos, se han quedado con los presupuestos de la salud y las vacunas, robado el dinero de sus alimentos y llevado a la guerra que los volvió víctimas y victimarios, los dejó huérfanos, expuestos a la explotación laboral o los sacó de la escuela y de los sistemas de salud y bienestar y quedaron a merced del abuso y exposición al delito ante los ojos de todos, en semáforos, calles, basureros, alcantarillas.

El corazón de la vida social que son los vínculos sociales y la confianza creada entre solidaridades está roto. Lo rompió la intolerancia impulsada por el poder hegemónico, que se niega a permitirle a Colombia toda vivir en paz, con derechos y sentido de justicia. Los avaros desfinancian y saquean los sistemas públicos movidos por su apetito de acumulación y sus redes de corrupción y siguen ahí como si nada; las instituciones de seguridad permanecen convertidas en máquinas de terror; se producen torturas contra jóvenes reclutados a la fuerza en el servicio militar y sus superiores defienden que es entrenamiento y a las ejecuciones extrajudiciales las deben llamar entretenimiento; se censura la libertad de expresión y los censuradores siguen ahí como si nada; el gobierno es aplaudido por arremeter con furia contra las voces que cuestionen sus cifras; los ministros en coro descreditan a la ONU, Human Rigths y a países enteros y celebran su hazaña.

El estado es conminado por el mundo a respetar el derecho a la vida de líderes sociales y excombatientes cobijados por el pacto de paz y el gobierno calla; los generales cuestionados por haber conquistado medallas y soles a costa de ríos de sangre, son ascendidos y premiados; el partido de gobierno lanza diatribas de odio y no argumentos racionales y medio país parece estar de pie aplaudiendo. Sin embargo y a pesar del 10% de población en esquizofrenia (U. Rosario, 2019) todavía nada este perdido del todo, salvo la paciencia del gobierno que cayó en la intolerancia y empuja hacia el vació con el péndulo del sin sentido y el miedo.

mrestrepo33@hotmail.com

domingo, 9 de junio de 2019

Colombia Reformas universitarias para dejar la condición de subalternas



 Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Las Reformas Académicas en las universidades públicas del país, son una necesidad primordial para asumir con responsabilidad los mandatos de la paz en curso, que comprometen constitucionalmente tres periodos de gobierno. Investigar (Investigación), Formar (Docencia) y Extender (Extensión) requieren con urgencia ajustes institucionales y de reorganización de contenidos y modos de acción que aporten para construir el proyecto colectivo de nación en paz, implementando prácticas útiles para la no repetición del horror y para impedir el regreso a la barbarie.


Las reformas hacen parte del desafío de las universidades y para salir del horror padecido por algunas que fueron víctimas directas de desaparición, asesinato, estigmatización y amenazas a estudiantes, profesores y trabajadores y que permanecieron acorraladas por la fuerza marginal de agendas de la violencia y de la guerra.

Las reformas no son solo una fórmula de ajuste curricular formal, son ante todo la oportunidad para recuperar el sentido, capacidad y renovación de sus actos de creación de ciencia con conciencia social y de hacer frente a los obstáculos que las debilitan y mantienen a merced del mercado. Las reformas, que algunas han emprendido, tendrán que hacerse con el espíritu de libertad de este tiempo y atender las demandas culturales y científicas de la población no escuchada a causa del horror. Las reformas tendrán que actualizar su misión guardando equilibrios entre la sociedad global del conocimiento y la realidad local de profundos conflictos por desigualdad, exclusión y discriminación.

Las universidades con raíces en el siglo XIX (como la U.N., UdeA., UPTC), nacieron con la misión de aportar a la configuración de una nación independiente y de formar intelectuales que fueran la conciencia crítica para la transformación social. A comienzos del siglo XX, hace 100 años, la universidad en general sufrió un cimbronazo que la cambió, cuando en junio de 1918, el Movimiento de Córdoba, Argentina, promovió una reforma profunda que las señaló de permanecer incrustadas en estructuras coloniales de modelos ajenos y les definió un trazado en la historia y aunque muchas no lograron ser lo que debían ser, por lo menos dejaron de ser lo que eran, atrasadas, autoritarias, dogmáticas.

Córdoba recuperó el sentido de la Universidad critica, comprometida con su tiempo y las demandas de sus pueblos y dejó como gran legado la autonomía, sostenida por los pilares de docencia, investigación y extensión, independientes y articuladas, para crear la ciencia, formar y escuchar y atender a la gente. La autonomía la liberó de ser el apéndice del poder político y de servir a los intereses de los poderosos y le abrió la posibilidad para pensar con pensamiento propio, derribar muros y promover su función social y de transformación con creatividad e imaginación.
Un siglo después, el legado de Córdoba, está presente y debe ser un inevitable punto de referencia, aunque el mundo es otro. Los avances de la ciencia han cambiado la vida, resuelto enigmas y conflictos que parecían imposibles de resolver. Pero también el mundo se ha vuelto más ilegible y peligroso, hay lugar para los derechos, pero las nuevas formas de represión producen daños más dolorosos e irreversibles. Hay nuevas dimensiones y múltiples maneras de interpretar y conectar la realidad y la imaginación. Pequeños artefactos controlan la vida, el tiempo, la historia, modifican percepciones y hacen confundir la realidad material con las cifras. Lo virtual, las simulaciones, los performances rompen fronteras que parecían infranqueables y dejan al descubierto que las universidades ya hacen parte de las dinámicas del mercado de conocimiento y ahí están encerradas.

El siglo XXI, trae nuevos elementos inevitables para toda reforma, asociados a la formación, la comprensión y el uso del conocimiento. Los actores son los mismos, el conocimiento circula cientos de veces más rápido por redes en las que se impone lo efímero, lo narcisista, lo escandaloso, que hace más hurañas y ajenas a las personas y más ausentes y lejanas de resolver la pregunta del siglo XIX, por el quien soy yo y por mi papel en el planeta. El siglo XXI trae mundos entrecruzados, rizomas que se meten por todas las fisuras, capitales especulativos que lo cambian y compran todo. El ímpetu de la era tecnológica modifica rápidamente las formas de relación humana y logra que ya ninguna totalidad sea explicable desde una sola ciencia, ni un mismo patrón de comportamiento.

El tiempo de este siglo es atomizado y discontinuo, en cualquier lugar y hora, se puede lograr una fórmula de paz o producir la más ruda violencia, basta una palabra, un click, todo se vuelve perecedero. El estudiante ya no busca a un profesor que lo eduque para el futuro (que perdió importancia), él quiere acumular datos, resolverlo todo de inmediato, saber para el instante, (el “internet y el correo electrónico hacen que la geografía y la propia tierra desaparezcan” B. Chul Han, el aroma del tiempo).

Lo urgente para la universidad tendrá que ser entonces reorganizase para circular saberes y prácticas que entreguen fundamentos, estructuras, bases sólidas para que seres humanos concretos y contextualizados aprendan a pensar y a actuar responsablemente conforme a los estatutos de cada saber, en equilibrio con un humanismo, ciudadanía, ética y verdad, útil  para convivir pacíficamente, tanto en el campus de la ciencia y la cultura, como en su condición de actores en medio de la adversidad de la realidad material, de un país en el que tres de cada cuatro viven con derechos a medias y pobreza completa.

Cualquier reforma universitaria contemporánea, tiene que aportar para dar el salto del odio al relato colectivo de nación en paz y antes que respuestas hay que definir los problemas que pretende resolver, reconocer que a nuevos problemas nuevas formas de solución, pero en contexto y en concreto, con y para seres humanos determinados. La meta de una reforma no es diseñar otro currículo que apenas espolvoree los viejos cubículos de las ciencias para agregar conceptos modernos sin asimilarlos, ni aprehenderlos (paz, ambiente, derechos, genero) y dejar todo igual o contablemente producir cierres con sumas iguales (asignaturas, créditos, horas) sin historia, ni significado en contexto.

El momento promete ser de quiebre para recuperar la capacidad de interpelar las políticas trazadas desde afuera, dejar de responder a operaciones matemáticas que integran dedicación y demanda de profesores con estándares y recursos disponibles para ofrecer aprendizajes ajenos y repetitivos a sus estudiantes. Es un momento de reto profundo para las universidades, para atreverse a pensar por cuenta propia en tiempos de mezclas, matices, diversidades y pequeños relatos capaces de trastornar lo más estable.

Es tiempo en el que hay democracias sin pueblo y pueblos sin rumbo, que esperan de sus universidades, sus profesores y estudiantes, respuestas y caminos para seguirlos. Es tiempo de asuntos modificables, sin inderogables, sin cosas insalvables, ni compromisos para realizarlos de por vida. Deja de existir el programa eterno, la formula incorregible, la verdad única, el maestro incuestionable, el estudiante perfecto, la institución incuestionable.

Es el tiempo de otras maneras de conectar e interconectar, sin ciencias puras, ni duras, ni blandas, de performances que se sobreponen a la exposición, de sonidos impuros, derechos complejos, multiplicidades, diversidades, intersecciones, nuevas mezclas, aparatos, metodologías, economías que controlan a la política. Es el tiempo de asumir el reto de pensar con pensamiento propio para dejar de ser universidades subalternas.

mrestrepo33@hotmail.com


miércoles, 29 de mayo de 2019

Colombia de regreso al régimen del odio


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

La polarización, convertida en la estrategia central del partido de gobierno, vuelve a hacer su aparición con todas sus herramientas mediáticas y de intimidación, para tratar de dividir a la gran mayoría de la población, que como una sola masa padeció pasivamente el horror de la guerra y fue la victima de sus terribles consecuencias.

El gobierno con cada hecho de vulneración que propicia o produce debilita el tejido social, crea impotencia generalizada, hace celebrar a pocos y sufrir a muchos, cuando con arrogancia arremete contra la Paz pactada, que ha sido sin lugar a dudas la mejor obra colectiva del siglo XX. Tres generaciones derrotadas por la guerra siguen creyendo que su esfuerzo de generosidad y perdón vale la pena y que los tiempos de la paz estable y duradera aún es posible y hay que empezar a formular políticas y destinar recursos, aunque toda tienda a derrumbarse, a causa de un hombre, un trino, un partido, un gobernante, que lo empañan todo, oscurecen el ánimo, crispan el ambiente e impiden ver la luz que asoma al final del túnel.



Colombia está siendo arrastrada hacia un momento de vacío, de patria autista, enajenada, movida por pasiones y emociones de un reality real, en el que la gente común es apenas parte de un experimento de estructura nazi movida por cifras y cálculos, que instalan la sensación de que el país es como lo pinta el gobierno y la verdad como la dice el partido de gobierno, presuroso en regresar al país al tránsito entre el medioevo a la modernidad, con la gente del común, condenada a permanecer en el medioevo a merced del régimen del odio, que le impida lograr su anhelo por un digno vivir, con derechos, garantías y libertades, como ocurre en la sociedad moderna, con el estado de su lado y no contra ella, no convertido en su verdugo, ni en su juez aliado de su injusticia. 

Los obreros, como hace varios siglos, tienden a quedar a merced de Tratados de Libre Comercio, que acabarán por inundar de mercancías de costo casi cero todos los mercados locales de plaza y de almacén, y resquebrajar el sistema productivo, como ocurrió en el país vecino asediado por un bloqueo sin compasión, que no le quitó el hambre, ni le produjo una mejor democracia.

La máquina de la política, asistida por la “posverdad” tiene un mercado cautivo para el odio que destruye al país, reduce a nada el valor de la vida y elimina el futuro de 8 millones de víctimas, 10 millones de campesinos, 2 millones entre estudiantes, profesores y trabajadores universitarios, además de negar la autonomía de mas de 3 millones entre indígenas, afros y raizales y de otros varios millones de jóvenes sin oportunidades de empleo, ni expectativas de cambio para su destino.

El gobierno está produciendo un discurso incendiario, que no apacigua si no que ofende y llama a la camorra, al pleito, a la ofuscación y alienta de manera deliberada unas prácticas de guerra que promuevan la desesperanza, impidan la reconciliación, y se incrusten en el cuerpo débil de la sociedad y del individuo solitario y descorazonado que fácilmente recaiga en su ideal de venganza creyendo que es justicia. El odio mejor que nada sabe encontrar rápidamente condiciones propicias para propagarse en todos los espacios de la vida cotidiana, en el seno de las familias que reproducen maltrato y feminicidio, en los centros escolares que incrementan el bullyng y el desprecio por los débiles, en las calles repletas de agresiones, robos, atracos y miedos a caminar, reír, mirar, a ir sin temores ni esperar humillaciones.

Los sentimientos que se están distribuyendo desde el gobierno promueven el rechazo, el repudio, la discriminación y animadversión contra excluidos, marginados, victimas, reinsertados, desmovilizados, inmigrantes y empobrecidos en general, cuyo sueño de salir de la barbarie era la paz posible que los condujera de regreso a la vida con dignidad.

El país parece estar siendo conducido al regreso a los peores momentos de barbarie, con una sociedad dividida por cuenta de la mala político que alindera barras bravas a las que poco les importa la pérdida total del sentido de soberanía, la pusilanimidad de los altos funcionarios del estado, el voluntarismo del jefe del partido y del gobierno y sus arpías circundantes y no quiere entender la importancia de la poca democracia que queda.

La puesta en ejercicio del modelo de gobierno, basado en la polarización, hace retroceder y como en la antigüedad revertir al país a ser esclavo de su amo del norte; como en la edad media siervo de los nobles señores propietarios de la tierra que están regresando con motosierras, notarios y técnicas del horror a completar su reforma agraria incompleta y ávida de extracción de biodiversidad y bienes minerales y energéticos, que consideran amenazada por la paz que vendrá; y como en la modernidad, la democracia es “su democracia”, la de ellos, que se proclaman la primera clase en la esfera política, sostenida en la interpretación de la ley y la justicia, que hacen ellos, y cuya capacidad hacen efectiva definiendo la verdad, el significado de ser humano, el uso del debido proceso o de su arbitrariedad para decidir quién puede vivir y quien debe morir o su espectáculo de imponer el método de muerte bien entre el escarnio y la crueldad o de manera lenta y silenciosa a causa de la precariedad.

Los mensajes del gobierno están empujando al país al desastre sin retorno, a la hecatombe que le permita también el regreso al jefe del partido y del gobierno. Hay razones suficientes para entender que la paz está siendo mutilada, destrozada, y que esto empuja a la desesperanza que para salir de la patria autista podrá terminar con una rebelión pacifica sin precedentes ni destino final, pero en todo caso para impedir que el estado se vuelva a convertir en una máquina de guerra y de crueldad sin límite.

mrestrepo33@hotmail.com

miércoles, 22 de mayo de 2019

Exterminar a Santrich por revolucionario



 Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Santrich pasará a la historia, pero no como uno más. Para muchos, los del el paìs del no y del resentimiento será el bandido que después de negociar la paz en una mesa, entregar su arma y el oro que tenìa en su poder, fue grabado en un supuesto complot de conspiración para delinquir (que dan por hecho). Para otros será el más inocente de los niños, que sin tener para qué quería enriquecerse sin sentido ni razón lógica.



Para los demás, los que son muchos más, la gran mayoría, incluidos uno que otro de los los que lo aborrecen en virtud de los sentimientos de venganza que no terminan de cerrarse, será recordado como un revolucionario íntegro, que después de salir de la guerra, tuvo que padecer en su cuerpo y en sus ideas, el oprobio y la humillación del que parece estar predestinado para ser sacrificado, para aniquilar con él un propósito de paz, en el que apenas era uno más.

Con Santrich se han experimentado todas las agendas de la ley y la justicia, se han reinterpretado normas, convenios, tratados, especulaciones y paciencias y su caso ha servido para perfeccionar la obsesiva idea de unos pocos que necesitan una fórmula que justifique su negaciòn a respetar lo pactado y querer reeditar la guerra superada.

El verdugo de Santrich ni es Marlon Marín, ni los gringos siquiera, es el partido del gobierno, el centro democrático del presidente Uribe, que pone sus decisiones y abyecciones en boca del propio gobierno que los emite y retrasmite. El delito del excombatiente santrich, no es de narcotráfico, es de pensamiento. Su delito fue haberse negado a ser “aconductado” y en cambio haber retado al poder hegemónico y mantener con firmeza su condición de revolucionario, del que no cede en sus principios, ni considera ninguna lucha terminada.

Ofendió al poder por su no renuncia a mantener activa su confrontación ideológica al estado y acusar que este fue puesto a merced de empresarios, militares y usurpadores de la política, hoy convertida en poder sin límite. Santrich pasó de ser un falso positivo judicial, a ser un falso positivo a secas, que quiere ser exterminado, no castigado con prisión, ya cumplió la fase de escarnio, ahora hay que sacarlo del camino de tajo, de raiz y borrar toda su memoria y la de la paz entera.

Santrich fue convertido en el chivo expiatorio, que distrae el real objetivo de impedir que el pacto de paz se cumpla y que la paz entre sin objeciones, ni barreras a ser el último derecho humano conquistado después de cinco décadas de guerra y evitar todo reclamo urgente por empezar a realizarla, sin que ningún partido, persona o grupo mantenga su existencia valiéndose del odio.

mrestrepo33@hotmail.com

domingo, 19 de mayo de 2019

Homenaje a Maestros y Maestras de Colombia



 Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

El 15 de mayo de 1867, en Querétaro los republicanos derrotaron al imperio francés que se había concentrado allí sus tropas. En homenaje a esta conquista en 1917 se declaró el día del maestro y en 1918 comenzó a celebrarse. En 1950, sobre esa misma fecha del 15 de mayo se estableció con el mismo significado del día original del maestro, pero con otro contenido, la fiesta de San Juan Bautista de la Salle, -francés, Teólogo y Pedagogo dedicado a la educación de la infancia especialmente de los sectores más empobrecidos-, como patrono de los educadores,



Unesco posteriormente propuso conmemorar de manera homogénea la celebración el día el 5 de octubre, y en la misma dirección la conferencia de ministros y directores de educación de las américas en panamá en 1943 propuso hacerlo el 11 de septiembre. Finalmente, ante los desacuerdos, cada país seleccionó su propia fecha. Colombia lo hace siguiendo el mandato de Pio XII, que proclamó a San Juan Bautista de la Salle. Bolivia celebra en junio 6, Brasil en octubre 16, Chile en octubre 16, Cuba en diciembre 22, Nicaragua en junio 29, Venezuela en enero 15, entre otros.

En cualquier caso, la pregunta central de la conmemoración, sigue siendo la de qué significa ser maestro o maestra, y cuáles son sus retos en la sociedad de hoy, máxime si esta está atravesada por conflictos de larga duración como los nuestros. Maestros y Maestras, en todo caso anuncian siempre un sentido de construcción, de creación colectiva, histórica y social, son términos para vivirlos en plural y en colectivo, no son un asunto meramente individual del que se ocupa una persona en solitario. Maestro o Maestra, evocan al saber, a ser los amigos de la sabiduría y a ejercer con humildad esa sabiduría, pero también del saber hacer de cada saber especifico un instrumento de teoría y praxis útil a la transformación de las condiciones materiales y de formación del ser humano y de luchas, que como las de hoy son para devolverle el sentido mismo a la vida ante el despojo del capital que todo lo convierte en mercancía.

Maestro o Maestra, son una función de los contextos, no son los que solo exponen, disertan o repiten con sus palabras lo que otros han dicho. La Maestría del Maestro y la Maestra pasan por la conciencia, son quienes han colocado como columna vertebral de su andar al saber, al continuo rumiar del saber, del ir despacio por los caminos complejos de las ciencias, las artes y las humanidades, sin fragmentar, parcelar ni convertir en mero indicador al conocimiento, ni venderlo a pedacitos.

Maestros y Maestras no son dioses, tampoco diablos, ni mendigos, son humanos aferrados a la lógica de aprender a obrar de manera correcta, ética, sin pretender hacer fortuna ni recibir medallas al honor, de modo que cada acto encierre en sí el efecto apetecido, y que tratan de determinar con máxima precisión cuales partes componen un todo y en que partes se puede descomponer. 

Ser Maestros y Maestras invita a construir contextos para vivir con dignidad, sin opresiones, ni sometimientos, el ser del Maestro y la Maestra tienen origen en la libertad y de ella se desprenden sus luchas, sus compromisos para no solo exponer, si no exponerse, ahí quizá esta la diferencia entre el que sabe y expone y el que enseñando y circulando saberes se expone, habla lo que las sociedades homogéneas se niegan a escuchar. Bonita tarea, ahí está su grandeza, la humilde y sencilla grandeza humana de ser maestros y maestras, francos, con la frente en alto para mirar el horizonte y devolverle los colores que la guerra se llevado con su paso.

El Feliz Día de Maestros y Maestras de Colombia, evoca la aventura de quien llena crea circunstancias para vivir con dignidad y que cuando llega a un lugar, pone en movimiento todo lo que existe, promueve, transforma, agita, anima, lucha….     
           
mrestrepo33@hotmail.com

sábado, 11 de mayo de 2019

Empezó otra dolorosa tragedia sin responsables


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

El estado colombiano en calidad de miembro activo de la Organización de Naciones Unidas ha suscrito y ratificado en su totalidad las declaraciones (DUDH de 1948), tratados, pactos y protocolos (derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales), convenciones (viena) y convenios de DDHH y del DIH (Ginebra), entre otros, de obligatorio cumplimiento. Además, es parte de la Convención Americana de derechos humanos y delSistema Interamericano de protección de los derechos humanos (SIDH) que le impone responder por sus actos ante la Corte (CID) y la Comisión (CIDH). Esta ejemplar conducta le ha permitido beneficiarse de múltiples aportes de cooperación a proyectos tales como el de la misión de apoyo a la paz (MAP-OEA).



A pesar de este inigualable cúmulo de compromisos internacionales, por la defensa, protección y promoción de los derechos humanos, el gobierno parece seguir la tesis de que para èl no hay límites, ni a su poder, ni a su voluntad de acción, guiada por los intereses propios del partido del gobierno, que suplantan los del pueblo constituyente y creador del poder del estado. Su escaso afán por resolver las demandas de la población está basado en la idea de que la sociedad no es una relación de personas, si no una masa inconexa útil para experimentar sus cálculos políticos que dan lugar a escándalos, equivocaciones reiteradas y mensajes poco comprensibles de la manera de gobernar, que unas veces parece producida en la ingenuidad y otras en la astucia de quién cree tener un poder infinito y a salvo de ser auscultado.

El gobierno actúa como si en esta sociedad no hubiera seres humanos conscientes y trata de ponerlo todo a su alcance para usarlo a su favor, a como de lugar, según se desprende de sus sorprendentes declaraciones y proposiciones, que impiden saber -o al menos imaginar- qué tipo de ser humano es el que existe para el gobierno y sobre el que fija sus políticas y decisiones, en todo caso, apartadas de los mandatos de protección, preservación y realización de los derechos humanos, que incluyen la defensa de la vida, la dignidad y el cumplimiento de los acuerdos de paz suscritos, con el aval y acompañamiento de todas estos organos, entidades y mecanismos internacionales.

Al presidente, al cuerpo de gobierno y a los directivos de todas las instituciones, corresponde la tarea ética y política de honrar lo pactado en materia de derechos humanos, es decir, crear, organizar y dar al servicio instrumentos, mecanismos, políticas, recursos y leyes adecuadas que garanticen la prevención y protección efectivas a todos los integrantes de la comunidad llamada nación, es decir la totalidad de su población. Un deber esencial del estado es preocuparse por preservar la tranquilidad ciudadana, liberarla de miedos y violencias y conjurar en todo tiempo y lugar cualquier intento (de partido, grupo o sector) por polarizar y enfrentar a la sociedad, porque ello pone en riesgo la estabilidad, la paz y la armonía que produce el bienestar colectivo.

Existe la también la obligación de mantener la soberanía evitando injerencias e intromisiones de otros estados, empresas o particulares y preservar las riquezas colectivas y el orden constitucional. Hay igualmente responsabilidades del estado frente a los otros estados, naciones y territorios, conforme a las reglas de los derechos de autodeterminación de los pueblos, entendiendo que entrometerse crea riesgos que fácilmente alteran la paz y promueven multiples y variadas formas de violencia.

En las condiciones actuales el gobierno parece no atender nada distinto a su propio interés que está debilitando los sistemas y conquistas sociales e impidiendo avanzar hacia la humanización y la convivencia alentada por el fin del conflicto armado y el abandono de la guerra que degeneró en barbarie. Actúa como un ente autónomo, independiente y soberano y olvida responder por la vida digna de todos sus habitantes y de ofrecer garantías para la realización de los derechos reconocidos ya consignados uno a uno en la constitución, con arreglo al pacto social vigente.

Este andamiaje teórico ya probado y comúnmente aceptado, al gobierno le resulta ajeno a sus responsabilidades y hace caso omiso de su deber de respetar y hacer respetar los derechos, conforme a lo previsto en el artículo 30 de la declaración universal de derechos cuando anuncia que “Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración”.

Es clara y contundente que el estado no es portador de derechos, con lo cual el gobierno por incumplimiento o negación estaría entrando en los planos de ilegitimidad e ilegalidad que puede ser tratada en tribunales dadas las reiteradas acciones contrarias a derechos.

Los hechos políticos y sociales solamente ocurridos en la primera semana de mayo de 2019, anuncian que en derechos humanos se reinició el camino de una dolorosa tragedia sin responsables, que dejará otro retroceso profundo previsible con el regreso de ejecuciones extrajudiciales o falsos positivos, que comprometen tanto el ministro de defensa como al soldado que arremete con sadismo contra su víctima (caso Dimar Torres, excombatiente); las dilaciones, cohechos y fraudes en el seno del Congreso de la Republica, para hundir la integridad del mecanismo esencial del pacto de paz (JEP); el complot de estado para derrocar al gobierno vecino, con dedicación exclusiva de cuatro altos funcionarios (Vicepresidenta, Canciller, Embajador en la OEA, Embajador en Estados Unidos); la intromisión abierta del Embajador de Estados Unidos invitando a los congresistas a decidir en contra del acuerdo de paz alcanzado; el asesinato sistemático y planeado de líderes sociales y el silencio de todo el Estado; la intromisión del canciller ante la CIDH tratando de impedir una audiencia citada legítimamente por la JEP a un año de funciones.

Sin duda algo anda mal, en materia de derechos, gobernabilidad y justicia, de lo que es estrictamente responsable el gobierno y el partido de gobierno, cuya temeraria retorica ahonda la polarización, afecta la ética, la política, la verdad y la justicia, ofende la inteligencia y redescubre odios que impiden la vida con dignidad, que es la única que puede llevar al fin de la barbarie y abrir el camino efectivo de la paz.

mrestrepo33@hotmail.com

miércoles, 1 de mayo de 2019

Colombia: El soborno como espectáculo inmoral



Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

En 2006 el presidente AUV lanzó un grito de guerra a favor de lo que se hace por debajo en contra del interés común. En tono desafiante dijo: “Les voy a pedir a todos los congresistas que mientras no estén en la cárcel, voten” (AUV,12/02/2006, semana.com), así lo hicieron y después unos fueron a la cárcel y otros fueron eximidos justamente cuando el jefe paramilitar Mancuso había anunciado que el 35% del congreso era de ellos.



Esta manera de actuar, de atraer y atar para garantizar el favor en beneficio propio se ha extendido de empresarios a políticos, de políticos a políticos y de estos a empresarios, creando una telaraña solida e indescifrable, que va de lo local a lo regional, cruza lo nacional y atraviesa transversalmente al planeta del capital, debilitando al estado, asaltando los bienes públicos y por supuesto afectando negativamente la realización de los derechos de los más débiles, condenados a ser simples espectadores del inmoral espectáculo de corrupción, en el que nada o muy poco puede hacer la ley ante el reinado del dinero. Es preciso advertir que no hay sobornos sueltos, todos están amarrados a despropósitos planeados, orientados a quebrantar la fortaleza del estado, a desfalcarlo y a poner en ridículo las capacidades del imperio de la ley y la justicia. 

No es nuevo el uso del soborno para mantener las mayorías de poder en el estado, las elites hace tiempo optaron por recurrir a esta práctica siguiendo las enseñanzas del imperio romano, donde las clientelas eran bien vistas y como describía cicerón de sus políticos: “el primer año en la provincia servía para robar lo suficiente como para pagar tus deudas, el segundo año en robar lo suficiente como para hacerte rico, y el tercer año en robar lo suficiente como para poder sobornar a los jueces y tribunales a los que te llevaran los ciudadanos por corrupción”.

De Grecia aprendieron a comprar como hicieron con demóstenes para que callara fingiendo estar enfermo de su garganta y de la naciente modernidad sacaron la técnica de repartir los “poderosos motivos del capital”, referidos a la entrega de recursos del estado a cambio de recibir el favor de los electores y acercar lejanos pueblos, para mantener la supremacía en la corte. Estos modos de hacer la política fraudulenta, crean fidelidades y gratitudes por favores logrados a costa de hacer mal uso de los poderes públicos.

Dar y recibir a cambio de favorecer decisiones de estado es soborno, no hace parte de ninguna libertad económica y es una ofensa a la humanidad. Afecta la integridad de los bienes con que se realizan los derechos, además de poner en riesgo la política basada en la verdad que orienta la tarea del gobernante o funcionario.

El soborno es “la perdida de la virtud del gobernante que embriagado por el poder pospone la utilidad común al interés propio”, corrompiendo los cimientos del estado y creando inestabilidad social.  Sobornar es usar el poder público para beneficio privado, es impedir que la sociedad forme ciudadanos éticos, responsables y comprometidos con el bienestar de la sociedad y lleva a la ruina al estado, que cada vez se ve más endeudado, menos confiable, más corroído. El soborno, contraría la dignidad, compra personas para usar de ellas su opinión, expresión, voz o silencio, tratando al sobornado como una cosa manipulable a la que se degrada moralmente. 

El que soborna busca fijar el imaginario de que el estado es para aprovisionarse, para robárselo y aparte de delincuente personal, es un violador de derechos humanos, que prepara minuciosamente las condiciones de su crimen, en connivencia o con visto bueno del partido político que representa. El que soborna abusa de la inocencia, ingenuidad y propensión del ser humano a tener confianza y creer en sus autoridades. El crimen de soborno impide la vida con dignidad y mantiene al país suspendido en la barbarie y el oscurantismo, auspiciado por gobernantes que permanecen aferrados a los cargos del estado, en el que disponen de puestos, contratos y privilegios para enajenar a su antojo los bienes del estado y de la nación hasta tener al país al borde de la ruina, sin bienes públicos, sin soberanía, sin aparato productivo, sin respeto por la vida. Lo paradójico es que los criminales del soborno aún despiertan credibilidad y hasta admiración, para ser otra vez absueltos, elegidos y reelegidos.

Los que sobornan tienen obsesión de poder y los que tienen obsesión de poder terminan sobornando, aprenden a moverse en red, se integran al sistema de corrupción y actúan al mejor estilo mafioso del que todo lo compra y todo lo puede, lo que tocan queda contaminado y su sostenibilidad depende de mantener vigente la mentira y el engaño por encima de la verdad, si fallan serán un triste y despreciable accidente del que todos los de su clase querrán tomar distancia. Para el que soborna la única fórmula conocida para erradicar el mal es sacarlo del poder y eso pueden hacerlo los pueblos.

El sistema capitalista, que ciegamente se aplica Colombia, es el más peligroso modelo de delincuencia organizada que inspira e incita al soborno, para controlar los bienes públicos mezclando corrupción y violencia que les retribuyen a alta velocidad nuevo capital y más poder. La decena de presidentes comprometidos con corrupción en américa latina, los cientos de ministros, consejeros, empresarios y respetables señores, hoy cuestionados, prófugos o encarcelados por abuso del poder, enriquecimiento ilícito, blanqueo de capitales, papeles de panamá y odebrecht, entre otros casos, tienen en común el espíritu del delincuente y la coherencia del fascista para creerse infalibles.

En ellos se reafirma la existencia de una clase política y económica metida hasta el fondo en negocios criminales incubados en el estado incapacitado para responder por sus obligaciones a la sociedad, pero útil para mantener los flujos de la economía de mercado global. El gobierno de Colombia parece haberse especializado en hacer la fina tarea de fragmentar y minimizar el impacto de los hechos de soborno,  de tal manera que aparezcan como casos simples, aislados y controlables y para impedir que se tenga el conocimiento propio de la realidad, al país se le ha conducido a mirar hacia el lado vecino, mientras entre amenazas, represión y crimen, la corrupción propina nuevas derrotas a la salud, la educación, los alimentos, en síntesis a las garantías a derechos, que son las primeras impactadas.
                              
P.D. Ojalá el “sector camionero” no se sume esta vez a la movilización del 25, ya que no representa a ningún sector social especifico y a cambio de sumar divide, distrae por su difusa y confusa incidencia (¿es gremio? )….. 

 mrestrepo33@hotmail.com

miércoles, 17 de abril de 2019

La mentira política, un ataque a la democracia



 Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Hasta hace poco algunos jefes políticos tradicionales se reclamaban amos y señores, ahora son simplemente señores, no necesitan dar órdenes, porque con el peso del tiempo y la persistencia en su manera de mentir quieren parecer modernos y no amos medievales. Ahora comunican recomendaciones con trinos y entrevistas sus verdades a medias, útiles para confundir y desviar la atención de los grandes problemas del país, resumidos en desigualdad y exclusión. Estos jefes ocultan la verdad al pueblo y, según ellos, lo hacen para protegerlo de que caiga en el vacío u otras manos y guiarlo hacia su salvación.


Para ellos la mentira política es “el arte de hacer creer al pueblo falsedades saludables con vistas a un buen fin” (Swift, J. El arte de la mentira política).  Estos jefes, actúan como si fueran la medida de todo y se creen facultados para orientar el destino del país. Creen que el pueblo no tiene derecho a la verdad, ni la justicia, ni tampoco a poseer bienes, tierras y derechos.

Ridiculizan a la verdad como bien público y riqueza saludable y colectiva y la asumen como su propiedad privada, que no puede ser tocada, buscada y menos publicada. El No del plebiscito en contra de la paz, recogió los sucesivos antecedentes de evidentes mentiras políticas del poder hegemónico del siglo XXI, y cerró un ciclo que incluía los falsos positivos (imprescriptibles crímenes de lesa humanidad), las falsas desmovilizaciones de paramilitares, los falsos atentados al presidente, la impunidad a altos funcionarios del estado y otros que fueron traducidos a simples escándalos mediáticos, que sirvieron para bloquear la justicia y promover el anuncio de catástrofes posibles que vendrían, que sirvieron para atemorizar a la gente común con un futuro sombrío, del que hacen creer que es preferible el irremediable y trágico presente al futuro incierto.

A las madres de jóvenes ejecutados sistemática y extrajudicialmente, se les quiso convencer que la muerte de sus hijos había sido para mejor y a las víctimas del desplazamiento, que era preferible ser desterrados que asesinados.

La clase política, de carrera en los partidos, salvo mínimas excepciones, usa la mentira como principio, estrategia y valor. Rechaza la verdad y miente para sostener su poder. Sustraen las mentiras a cualquier verificación o refutación y logran diversificar los temores por la tragedia que podría ocurrir si no aceptan que solo ellos podrán remediarlas o impedirlas.  Es común oír que llamen buen político, al mas diestro en el arte del engaño, al artista de la ilusión, la prestidigitación y el espejismo, que con perfección lleva cada historia al limite de lo creíble, calcula la mentira, la sopesa, la dosifica.

El “buen político” de hoy, es totalmente contrario a lo que debiera ser, se burla de la ética y destroza la política. Es el que mejor miente, el cínico, el cafre. Este político en singular, promueve al sistema de la mentira, que para su reproducción incuba y mantiene aprueba (in situ y de facto), hechos y marañas de corrupción. Cuando este político dice defender lo público es porque está defendiendo lo privado y cuando señala un crimen ajeno es para ocultar el que él mismo ha cometido.

El sistema social colombiano, forjado entre mentiras, le enseñó al pueblo a creérselas. La masa de crédulos esta creada y dispuesta a repetir, diseminar, difundir y distribuir por canales y redes las falsas noticias y anuncios y extenderá la mentira como si dijera su propia verdad, porque no tiene la menor duda de la casa matriz que produce mentiras de prueba y mentiras de verdad.  Unas sirven para dilatar rápidamente algo que puede crearle problemas al sistema político manipulado por ellos y las otras sirven para garantizar la gobernabilidad por un tiempo prolongado. En estos días un ejemplo es que como mentira de prueba el fiscal general dijo que habría un atentado contra el presidente si cumplía la palabra de ir al lugar en que lo esperan los indígenas y la mentira de verdad fue dicha por el jefe del partido de gobierno, que señaló con odio que los indios pueden ser masacrados por terroristas.

El sistema social forjado entre mentiras y cebado con clientelismo y corrupción, está probado y le permite apartar de la vida política, primero a todos sus adversarios y después a aquellos de los suyos, de quienes tenga alguna sospecha de que pueden ser sinceros, éticos u honestos o que logren el éxito político, no basados en la mentira, si no en la verdad. De los jefes políticos, hoy solo señores, ya no amos, nunca podrá beber la democracia real, ni llamarse políticos a secas, siempre tendrán la mancha de ser los responsables de la mentira que mata y produce daño y destrucción. Judicialmente hoy estos señores tienen bufetes disponibles para pasar factura. Son supuestos defensores de la moral (cuestionados moralmente) o doctos en leguleyismo exacerbado, a la manera del emblemático doctor mata, que con artimañas y mentiras vendió la idea del hombre respetable, del que finalmente se supo que su título de abogado era falso y su riqueza la había robado a las víctimas que defendía. 

Cuando el político del sistema se descarrila y “pierde prestigio” es porque “se advierte que al soltar una mentira se sonroja, pierde la compostura o falla en algo exigido, entonces debe ser excluido y declarado incapaz”. El principio nodal del poder sostenido con falsedades es hacer de la mentira una obligación y producir mentirosos imperturbables. Así funciona la clase política, que engaña para tratar de volver al espíritu de guerra, para desgracia del país entero, de su democracia y de sus anhelos de paz, de diálogos abiertos y de convivencia pacífica. 

Sin embargo, hay que advertir que hay cientos de ejemplos de que la mentira no es eterna y que, por tal razón, los jefes políticos no pueden hacer creer que la historia no cambia o que la verdad nunca triunfa. Deben saber que medio país duda y está cansado de odios y mentiras y que más temprano que tarde llegará a poner su lógica de verdad por encima de la mentira y de los mentirosos, adalides de la manipulación y la falsedad, que serán los primeros derrotados. La verdad y la justicia conducen a la paz y la tranquilidad, la mentira a la muerte.

mrestrepo33@hotmail.com

miércoles, 10 de abril de 2019

Colombia - La minga descubre otro fracaso del estado de derecho




Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

La ley del granate dice que al indio y al coyote se le mate. Era un anuncio fijado con papeles colgados en las cercas de tierras mexicanas y que todavía parece sutilmente vigente en algunas partes la inmensa Colombia, que se niega a reconocer que sus problemas políticos y sociales tienen sus bases en la desigualdad y en sus maneras de gobernar autoritarias y excluyentes, de las que emanan como decretos, imaginarios de que unos humanos son más que otros, que la ley y la justicia es para pocos y que los derechos son el privilegio de quienes pueden comprarlos en el mercado abierto de especias.



El mapa indígena nacional, es más complejo de lo que muestran los periódicos y noticieros comerciales y oficiales, que siguen la misma matriz del capital y sus financistas, que a toda gota de sufrimiento y sangre le sacan valor agregado. La capacidad de resistencia de los 100 pueblos indígenas, no cabe en la lógica del poder hegemónico, que se niega a comprender, que los indígenas existen, son enteramente humanos, tienen ideas, están dispuestos a hacer la revolución que aún no han hecho, y tienen autoridades y gobierno propio, son constitucionalmente reconocidos en un país diverso, multicultural y de pluralismo jurídico. Los indígenas sin ser mas, dan lecciones de ética, ecología y política y superan de lejos los modos tradicionales de acción del poder participativo y democrático. Cuando hacen la minga, lo primero son sus pueblos y la solidaridad y lo que conduce la movilización es la idea del bien común, no del beneficio particular.

Los indígenas controlan los caminos, las veredas, las trochas, se conectan con el mundo de otra manera, con otra cosmovisión y sus luchas de estos días han trazado una nueva situación geopolítica en sus territorios, en los que combinan sus memorias con tiempos remotos y presentes y esperan un futuro en el que la naturaleza, la cultura y la defensa de la vida no estén separadas si no juntas, como remedio para aplacar los males que producen la violencia, la muerte y la tragedia.
 
Los indígenas han puesto al descubierto desde hace 25 días, que el fracaso del estado de derecho está presente, y que entraron en rebelión en el sur oeste del país, provocada por décadas de olvido y de incumplimiento a decenas de pactos y acuerdos firmados, pero enseguida traicionados. Los acuerdos han sido por elementales asuntos para cualquier democracia, como respeto a la vida, el territorio, la paz y la cultura propia. Pero el gobierno reiteradamente se niega a entender que los indígenas no están en campos de ocupación tomados a la fuerza, sino que esos territorios son los que legítimamente les quedaron después del despojo masivo y allí han luchado y ganado sus derechos.

Eso es lo que los medios ocultan para impedir que el país sepa lo que quiere decir esta rebelión. Para ellos pesa el afán mediático de distorsionarlo todo, de buscar con lupa hasta encontrar la cauchera, el palo o el azadón convertido en herramienta de lucha desarmada para presentarla como un arma mortal. Al fin y al cabo, para los medios, los indios no contratan publicidad, ni son rentables y cuando le hablan duro al gobierno exigiendo lo que les pertenece como el derecho patrimonial y colectivo que tampoco se enseña en las facultades de derecho, ellos creen que son irrespetuosos.

Los indígenas están sitiados, pero también han sitiado y el bloqueo es más político que material, las piedras de las carreteras cortadas tendrán que ser levantados con nuevos acuerdos, no con tanques de guerra, ni más soldados. Los indígenas son miles y miles, dirigidos por una autoridad de 22 gobernadores, que orientan serenamente a sus pueblos, compuestos por familias que tienen jóvenes, mujeres, niños, que se han dado a la tarea de levantarse para reclamar, lo que resulta elemental en cualquier estado de derecho, que les cumplan los acuerdos. También le están recordando al país, que lo que se pacta se debe cumplir, incluida la paz firmada y embolatada, por cuenta del partido de gobierno ansioso y rabioso, porque se le está yendo de las manos su capacidad de manipulación para mantener la guerra que es su principal activo de su empresa de acumulación económica y sostenimiento de la desigualdad y el autoritarismo que los mantiene con vida política.

Lo que proponen los indígenas no tiene implicaciones militares, pero el gobierno se empeña en dárselas, infiltra sus procesos organizativos, provoca, calienta el ambiente con sobrevuelos, aumenta los agentes del SMAD, amenaza con judicialización a los líderes de la legitima protesta, impide la labor de los congresistas y se empeña en mantener un lenguaje descalificador y de estigmatización, que engendra violencia y en nada favorece el necesario y urgente dialogo. Al recapitular estos días de fracaso del estado de derecho, las cuentas de los días de la minga van en 25, hubo un policía muerto, nombrado y reconocido por el presidente como un héroe y 8 muertos indígenas más, entre ellos un estudiante universitario, de los que no se sabe ni su nombre y que ya hacen parte de la contabilidad de la tragedia olvidada.

Las carretearas del sur parecen campos de combate, filas de vehículos detenidos en las carreteras, escasez de alimentos, de gasolina, de medicamentos, y otros efectos colaterales de apoyo a la minga en ciudades, con protestas de estudiantes y saldo trágico de un muerto más y varios jóvenes mutilados en la universidad del valle.

Los indígenas conocen su territorio, saben romper el cerco, moverse con la fuerza de su cosmovisión y su sentido de rebelión desarmada, no usan ni comparten el uso de las armas, de nadie, así lo dicen sus códigos y así lo demuestran, se aferran al piso, a la madre tierra y salen a la minga, que es toda una celebración de la solidaridad y de la vida, hacen cualquier trabajo necesario para mantenerse, cocinan, bailan, cantan, están presentes en cuerpo y espíritu.

Así son y así deben ser conocidos y reconocidos, no quieren derrotar a nadie, ni salir derrotados porque no juegan a la guerra, tienen una cámara de cartón a la que llaman Nadie T.V, que tiene un valor ritual, cultural y propagandístico que promueve un nuevo conocimiento de lo que es la selva, la vida y el hacer político indígena y que resume el desprecio y el olvido con el que han sido, son y seguramente seguirán siendo tratados por el gobierno, este y los anteriores.

La Minga como ha sido tradición, según su propia descripción es Caminar la Palabra, reunirse para festejar, compartir y entrar en disposición de reivindicar sus derechos y hacer acuerdos basados en la palabra que se respeta porque es fruto del hablar verdadero y de reconocer al otro por lo que dice, que debe valer mas que el documento que se escribe. Caminar la palabra es también convivir en reunión para “romper el miedo, el terror, el silencio y la desesperanza”. La Minga transforma la vida en presente y articula lo que son, quieren y defienden los mingueros.

El sur existe, allí hay otra realidad, que no se transforma con fusiles, ni se derrota con glifosato, ni con declaraciones de prensa de esas que solo demuestran el fracaso que extiende las llamas de un país a punto de incendiarse del todo otra vez, por causa de los acuerdos y los pactos incumplidos y garantías negadas para resolver grandes problemas que exigen también grandes y definitivas soluciones grandes, no la promesa de otro nuevo pacto escrito para incumplir. 

mrestrepo33@hotmail.com

miércoles, 27 de marzo de 2019

El gobierno quiere guerra, pero el pueblo pide paz



Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Nada más peligroso para la estabilidad, la paz y la democracia internacional, que un presidente del tipo Trump, cuyas decisiones son a la medida de sus preocupaciones personales diarias y su discurso anuncia todo lo contrario a la paz, la democracia y la estabilidad. Sus apreciaciones triviales son convertidas a hipótesis exentas de validación técnica y política, inclusive para definir quién debe vivir o morir en el planeta, sin que las muertes de inocentes o implicados, cuenten siquiera como daño colateral. Lo que dice es noticia que se transforma en capital y cifras a su favor. 



Pero así ha sido en la américa gringa desde el fin del genocidio de sus mas de 12 millones de indígenas, asesinados por sus propios compatriotas y que refleja consecuencias en los casi 55 millones de hispanos inmigrantes, tratados y maltratados hoy como infrahumanos. Siempre ha ocurrido una distorsionada mezcla de derechos humanos y economía, con expresión en que solo es digno de ser tratado como humano aquel que tiene propiedad y riqueza que le otorgan libertad y son su fuente de honor y respeto. Trump, es eso, un hombre libre, un propietario al que “su américa” le consiente todo, siempre que ocurra afuera.

Pero la otra américa, la del sur, es distinta, diversa, a pesar de múltiples genocidios, forjó su libertad por cuenta propia, con resistencias y rebeldías y no por efecto de ninguna ley de abolición. Ese es su secreto para enfrentar los nuevos vientos de guerra alentada por Trump y conducida por su club de gobernantes del sur, que reinventan la seguridad nacional y la caduca guerra fría para llevar al horror. A los pueblos del sur, sus organizaciones políticas y sociales, estudiantes, campesinos, trabajadores, les queda por única opción impedir, movilizar, resistir y oponerse a caer otra vez en la ruta de la muerte ya mil veces ya padecida. 

Nadie más que él, el pueblo (no el estado) sabe que después de otra nueva guerra, sea interna o entre países, nada, absolutamente nada, quedaría intacto. Nada absolutamente nada, volvería a ser como antes. Quedarán miles de lisiados de todos los lados, cuerpos putrefactos botados en los caminos, riqueza perdida, bosques arrasados, aguas contaminadas, puentes, acueductos, infraestructuras y ciudades enteras destruidas, con migrantes no para compadecerlos si no para perseguirlos y liquidarlos. Que nadie espere una guerra regular, pactada, limpia, con reglas, justa, lineal, con arqueros y caballeros.

Sería asimétrica, letal, con mercenarios (contratistas), criminales de oficio, francotiradores, hackers, paracos y drones y el terror detonaría donde menos se espera, no en las fronteras, si no en céntricas calles, autopistas y mercados. Se extenderían el hambre, la peste, las enfermedades y la maldad. Los señores de la guerra probarían sus armas de todo tipo, químicas, biológicas y atómicas, que desprendan la piel y desintegren todo menos el odio. En presente otra guerra, traerá miseria, humillación y sufrimiento para unos y otros, por orden de oficiales, psicópatas y parapolíticos.

La internet dejará de funcionar y, cajeros, sistemas eléctricos y de interconexión quedarán fuera de servicio. A veces de tanto dolor, la gente olvida lo que deja la guerra y enajenada clama y vitorea al presidente y a sus ministros y áulicos, cuando presentan informes semanales exponiendo cifras y cadáveres. En la guerra la inteligencia es sometida al arbitrio de los más perversos y la poesía y el arte son tratados como escombros, así ocurre siempre.

No es posible aceptar entonces que por voluntad de Trump, se quiera destruir a la américa del sur, y borrar para siempre el legado de Bolívar, justo en el año del bicentenario de independencia. La trampa del gobierno para reconducir a la guerra es hacer creer que hay dos américas en el sur, una orientada por el socialismo, a la que hay que destruir y otra por el capitalismo a la que se debe salvar. América del sur, es una sola que se niega a ser el botín de los impacientes dueños del capital, que no logran consolidar su segunda conquista de despojo y exterminio. En medio de este panorama el gobierno de Colombia, aupado por su partido, pide amontonar los muertos adentro y repartir fórmulas de salvación afuera, son consecuentes, porque son el gobierno del No, las negaciones a la vida, a la memoria y a la paz y en su patio corrupción, desigualdad, inequidad y violencia, florecen al vaivén de una creciente economía para pocos y derechos humanos recortados para muchos. Así que sí el gobierno del No, quiere guerra y sepultar con ella el acuerdo de paz, la JEP y la comisión de la verdad que no la haga y si la hace que no sea ni en nombre del pueblo, ni con sus hijos en las trincheras.

Colombia está siendo irresponsablemente reconducida hacia la guerra, por un gobierno, que a la manera de una junta administra los negocios comunes de toda la burguesía y hace de la dignidad personal un simple valor de cambio. Paulatinamente ha sustituido, mediante leyes y recortes sociales, las libertades humanas, por la libertad de mercado y reducido a cada persona, medico, abogado, ingeniero, maestro, científico, obrero, campesino o artesano a la mera condición de servidumbre asalariada, enfrentados a una realidad sin oportunidades, sin trabajo, sin estabilidad, sin un futuro previsible de bienestar y felicidad, fértil para crear hábitos de indiferencia, intolerancia y violencia que ahonden el imaginario de que todo podría ser peor y que mejor nos ira con otra guerra.

Ese poder, esa manera de gobernar, ha sabido destruir las bases del estado de derecho, acomodar miedos, borrar la memoria de su tragedia, negar los hechos y recuperar la efervescencia de los odios que refrescan las condiciones para usar las armas contra quien sea, adentro o afuera. La guerra es su instrumento de producción mas importante, de ella hacen depender las relaciones económicas y todas las relaciones sociales en su beneficio.

El partido de gobierno lo tiene calculado, sabe que sin guerra no puede existir y tiene claro que para sobrevivir y ganar elecciones necesita anidar en todas partes, establecerse en todas partes, crear vínculos en todas partes. Y así lo hace, toca las fibras intimas, acude al secreto, la moral, la cizaña, el rumor, el chisme, redescubre pasiones, crea intercambios e interdependencias entre regiones y grupos sociales e impide que la producción intelectual de la nación se convierta en patrimonio común de todos. Ha sometido al estado de derecho, como Trump, al libre arbitrio de sus impulsos de poder hegemónico. No hay fórmulas para salir de este encierro, solo existe la necesidad vital de construir la salida en colectivo y obligatoriamente más temprano que tarde.

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