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viernes, 2 de octubre de 2020

EEUU, la Convergencia Anti China, y las posibles opciones del Gigante Asiático.

 Por Pltgo. Oswaldo Espinoza:

Los Estados Unidos se preparan formal y oficialmente para una confrontación con grandes potencias, un escenario en el que, tanto el antiguo antagonista geopolítico, Rusia, pero sobre todo, la nueva súper potencia asiática, China, han sido declarados abiertamente como amenazas para la hegemonía estadounidense que deben ser contrarrestadas por cualquier vía, siendo válidos con este fin, las medidas coercitivas económicas (sanciones unilaterales), la aplicación extraterritorial de leyes nacionales (contraviniendo el derecho internacional), la injerencia política en los asuntos internos, la promoción de revoluciones de colores, así como, el cerco y acoso militar.

No obstante, consciente de su retroceso y del crecimiento de sus rivales geopolíticos, la administración Trump busca desesperadamente, y a través de intereses comunes, la diplomacia dura, la negociación, e incluso el chantaje, y hasta la imposición forzada la conformación de una alianza internacional para contener las amenazas a la “paz americana”; siendo más específicos, se trata de consolidar una convergencia anti China.

La base de la convergencia anti China la conforma la anglófila, la cual está constituida por los herederos directos del antiguo imperio británico, solo que ahora bajo la dirección incuestionable de EEUU, a ella además hay que sumar al Reino Unido en Europa, Canadá en Norteamérica, Australia y Nueva Zelanda en el Pacifico sur; todos estos estados perfectamente alineados con los intereses imperiales estadunidenses por razones culturales, ideológicas, religiosas, económicas y políticas.

A la sólida base anglo-sajona, se agregan los socios subyugados al poder imperial después de la segunda guerra mundial, bien sea por haber sido derrotados, o porque fueron “salvados” por los EEUU y ahora les deben sumisión, en este caso me refiero al resto de la vieja Europa (Alemania, Francia, Italia, etc), así como Japón y Corea del Sur en el Pacifico; por otro lado se busca agregar por otros medios a la India (el otro gigante de Asía), y otros estados del sudeste asiático (Vietnam, Filipinas, entre otros), aprovechando viejos conflictos y diferendos territoriales de esas naciones con China.

 

 

 

El objetivo es claro: Detener y debilitar el crecimiento chino, a través de la conformación de una alianza económica, política y militar, que conforme una especie de cadena de hierro, como las que se usaban en la antigüedad para bloquear la entrada a los puertos, que rodee a China, cortando efectivamente la iniciativa del cinturón y la ruta, a la vez que restrinja el creciente poderío chino a sus costas y territorio, aislando y conteniendo la “amenaza” que representa. La Convergencia, ya existe de hecho y viene actuando en múltiples frentes, como por ejemplo en política y economía, copiando, repitiendo y suscribiendo el discurso oficial de Washington, sobre la violación de los derechos humanos contra las minorías en China, apoyando la insurgencia en los territorios con cierta autonomía (Macao y Hong Kong) bajo el esquema de un país dos sistemas, haciéndose partidarios de la independencia de Taiwán, acusando a China de pretensiones excesivas en el mar meridional, sumándose al boicot a Huawei y su 5G, uniéndose a las sanciones ilegales, y condenando a China por la pandemia de la Covid-19.

El siguiente paso es consolidar la convergencia militar para contener el creciente poder del gigante asiático, tarea que actualmente asume directamente EEUU, concentrando muchos de sus recursos de la naval, la aviación, y bases militares, tanto en territorio propio extracontinental, como en suelo de los aliados arriba descritos, en los cuales aspiran colocar misiles de alcance intermedio apuntando a China, razón por la cual abandonaron el INF el año pasado; no obstante, el ritmo acelerado e inalcanzable del complejo industrial militar chino hace previsible que en poco tiempo las fuerzas destinadas para estas tareas se vuelvan insuficientes, siendo a la larga incapaces de mantener la presión sin movilizar (y debilitar) otros contingentes presentes en otros teatros de operaciones, razón por la cual EEUU busca activamente crear una suerte de OTAN del Indo/Pacifico y sumar al compromiso comprobado de la anglósfera con las operaciones militares, a la India (4to lugar en el Global Fire Power,

Solo detrás de EEUU, Rusia y China), al igual que exigir un mayor involucramiento de las fuerzas de Japón y Corea del Sur (ambos con flotas considerables); finalmente se busca forzar a las naciones del sudeste asiático a confrontarse abiertamente contra los chinos, quedando de hecho, en una posición comprometida entre un “aliado” lejano que vela por sus propios intereses, y un poderoso vecino dispuesto a todo por hacer valer los suyos.

 

 

 

 Ante semejante desafío China, tan acostumbrada a un estilo diplomático milenario de paciencia estratégica, y a una política internacional que evita, en lo posible, las confrontaciones, se ve obligada a reaccionar por cuanto, en mi opinión, el planteamiento agresivo  y peligroso de EEUU, en el lenguaje de todo o nada de un imperio que retrocede, no le deja más alternativa que rendirse incondicionalmente, renunciando, no solo a sus aspiraciones, sino también a sus logros, y hasta a su soberanía, o en cambio, resistirse y fortalecerse para evitar ser subyugado, haciendo lo posible por evitar una guerra, pero disuadiendo al (los) agresor(es) de siquiera atreverse a intentarlo.

Las opciones de China (a parte de la sumisión, claro está)  son básicamente dos: Continuar fortaleciéndose en solitario, a través de un crecimiento sostenido de la economía, el desarrollo industrial, y fortalecimiento militar, con todo las dificultades creadas por la pandemia y las restricciones sancionatorias, la guerra sucia, el boicot, y la competencia desleal; o bien, y está opción no es excluyente de la primera, busca superar sus recelos y flexibilizar sus planes, para ir creando y consolidando su propio sistema de alianzas, solo que ya no únicamente limitas al plano económico y comercial, como con el cinturón y la ruta, sino además en el plano político y de defensa.

Las relaciones cada vez más estrechas en materia de cooperación con Rusia e Irán marcan el camino a seguir, aun así, estas aun no son alianzas propiamente dichas, ni implican un compromiso real de interoperabilidad y asistencia mutua en materia defensiva, y no es que se busque una OTAN alternativa, por cuanto ninguno de los aliados potenciales estaría dispuesta a asumir un papel de vasallos frente a China, como el que cumplen los “aliados” bajo las órdenes directas de EEUU.

Contra esta posibilidad juegan algunos antecedentes, recelos e incluso diferencias culturales y territoriales, empero todos esos obstáculos podrían ser superados ante la necesidad, cada vez más urgente, de responder al desafío de la fiera herida que representa un imperio en retroceso.

 

 

 

 

 

 

Las potencialidades combinadas de China y Rusia, en materia militar, representan la peor de las pesadillas del Pentágono y la Casa Blanca, solo imaginar que el dominio ruso de ciertas tecnologías estratégicas (hipersonido, guerra electrónica, submarinos nucleares, aviación estratégica, motores de aviación, defensa antimisiles), hasta ahora solo limitadas por el presupuesto más restringido de Rusia y su, apenas en franca recuperación, complejo industrial militar, termine fusionado con los enormes recursos y la gigantesca capacidad de producción industrial, y avanzada tecnología de China, le quita el sueño al tío Sam.

Considere el lector, solo por un momento, el escenario de un convenio de construcción naval conjunta entre Rusia y China, que permita producir para ambas fuerzas armadas, Corbetas Trueno (proyecto 20385) y Fragatas rusas Gorshkov plus (proyecto 22350+), además de destructores chinos tipo 052-D, y súper destructores tipo 055, armados con las versiones mejoradas de Caliber M, Onix M, y el próximo Circón hipersónico, o sus equivalentes chinos, sume a ello submarinos nucleares de tecnología rusa, sin descartar usar los inmensos astilleros chinos para hacer realidad proyectos rusos como la fragata super Gorshkov y el mega destructor (más bien Crucero de 19.000 toneladas)

Líder 23560, o el desarrollo conjunto de nuevos submarinos no nucleares con propulsión independiente de aire (lo cual ya parece estar firmado y en marcha), y tendrá un fortalecimiento considerable del, ya de por si temible, poder naval chino, y a la vez la resurrección efectiva de la flota oceánica y de mar lejano de Rusia, con la respectiva recuperación de la capacidad de proyección de poder que actualmente se encuentra muy limitada. Únicamente una iniciativa como esta, sin incluir, nuevas compras o desarrollos conjuntos, y sobre todo si va acompañada de un acuerdo de asistencia recíproca, tendría el poder de disuadir a la convergencia anti China y desanimar la incorporación de nuevos eslabones a esa cadena de hierro que pretende someter al gigante asiático.

Conformar un sólido bloque Euro-Asiático, que incluya a Rusia y Bielorrusia (a China no le conviene un Maidán allí), en el norte del continente, a Irán y Paquistán en Asia Occidental, así como a las repúblicas centroasiáticas (es vital evitar que escale más el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán), además de conquistar y/o consolidar sus aliados en el sudeste asiático, costa oriental de África y fortalecer su relación con Corea del Norte, le permitirían a China,

 

Crear un camino seguro para el cinturón y la ruta, desde y hacia su territorio, con Europa, África, el Ártico, y las muy disputadas aguas y espacio aéreo del mar de China y el océano pacifico; esta opción le asegurará al gigante asiático la posibilidad de continuar con su crecimiento, y tener más libertad de llevar su propuesta alternativa de relaciones comerciales al resto del mundo, al tiempo que renueva su apuesta por un mundo multipolar y pluricéntrico, evitando en el camino un conflicto de consecuencias inimaginables.

Los chinos insisten en que no buscan sustituir a EEUU como nuevo hegemonía mundial, y que su planteamiento no es intervencionista, ni injerencista, buscando un nuevo marco de relaciones bajo la premisa de ganar-ganar; en este sentido, mucho habrá que debatir sobre la propuesta China y sus intenciones, por ahora sus acciones parecen respaldar el discurso oficial; en todo caso, el escenario actual, signado por la agresiva política exterior de la administración Trump, le ha planteado a los chinos un desafío ineludible de confrontación entre grandes potencias, dejando muy claras sus intenciones, dependerá de la nación del dragón la respuesta a este desafío histórico, que al fin y al cabo termina involucrándonos a todos en el tablero mundial.

 Pltgo. MSc. Oswaldo Espinoza.

Docente/investigador UBV-CEPEC. Investigador asociado del CIM.

Participante de la Especialización en Epistemologías del Sur de CLACSO.

Administrador de los

blogs: https://tableroordenmundial.blogspot.com/ y https://descolonizarlaeducacion.blogspot.com/

oswaldoespin@gmail.com

sábado, 30 de marzo de 2019

El inevitable declive estratégico de Estados Unidos II



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:

En la introducción de su libro “Auge y caída de las grandes potencias”, el historiador británico Paul Kennedy expone que su investigación refiere a la interacción entre economía y estrategia en la medida que las potencias luchan por aumentar su riqueza y poder para “llegar a ser (o por seguir siendo) ricos y fuertes”. Kennedy explica que en los últimos cinco siglos, la victoria y el éxito de cualquier poder planetario o el desplome de otro, ha sido consecuencia de largas luchas en el terreno militar, pero de la misma manera, en el desarrollo de estos fenómenos contradictorios ha ejercido gran influencia el uso más o menos eficaz de los recursos económicos y productivos del Estado en el momento de la contienda bélica de una parte, y de otra, la forma en que la economía de ese Estado había optimizado o declinado en relación con la de otras potencias que también han ejercido liderazgo en el período precedente.


En el marco de las relaciones internacionales, los especialistas no se han puesto de acuerdo en cuanto a la periodización posterior al fin de la guerra fría y el mundo bipolar. Como he dicho en otras ocasiones, después de la desaparición de la Unión Soviética, el mundo vivió durante los últimos años del siglo pasado una década de caos en que pugnaron la intención de Estados Unidos de imponer un mundo unipolar y el interés de la mayoría de la humanidad de avanzar hacia un sistema multipolar de cooperación y paz. Esta contradicción solo pudo resolverse a favor de la potencia norteamericana tras las acciones terroristas del 11 de septiembre de 2001, que permitieron a Estados Unidos forzar la unipolaridad. Todo comenzó a marchar acorde los compases de la orquesta que se dirigía desde Washington hasta que la crisis económica y financiera que estalló en 2008 paralizó esa historia que según Fukuyama había llegado a su fin.

Vistas así las cosas, el período precedente al que se refiere Kennedy podría interpretarse como el que se inició en 1991, el que comenzó en 2001, o como el que se gestó a partir de 2008, pero si nos atenemos a lo que explicaba Armando Negrete, economista de la UNAM de México, al que nos referimos en la nota de la semana pasada, en realidad debemos estudiarlo desde la década de los 60 del siglo pasado, momento en que se originó la tendencia a la baja de la economía estadounidense.

En ese contexto, el desarrollo de China y el de Estados Unidos han caminado en direcciones opuestas. Mientras que desde 1980, China ha crecido a un promedio de 9,6% anual, teniendo picos de 15,2% en 1984 y 14,2% en 1992 y 2007 y su año más bajo en 1990 con el 3,9%, hay que tener cuenta sin embargo, que su PIB en paridad del poder adquisitivo (ajustando las diferencias de precios), pasó del 3,4% en 1980 al 16,6% en 2014. Esto ha significado que en el año 2014 China superó a Estados Unidos como primera potencia mundial, en términos del PIB en paridad del poder adquisitivo, superando con su 16,6% al 15,9% de Estados Unidos. Al contrario, este país creció un 2,6% anual desde 1980 y apenas 1,6% desde la crisis de 2007. Es cierto que el año pasado, 2018, China creció “solo” el 6,4%, pero Estados Unidos lo hizo a un lejano 2,9%. Estas cifras son las que nos dan el marco en el que debemos observar este fenómeno.

Los procesos de desintegración de los poderes imperiales transcurren a través de lapsos largos de tiempo en dependencia de múltiples factores que concurren a acelerarlos o retardarlos, sin embargo, su decadencia es inexorable. Al estudiar muestras del pasado, algunas similitudes respecto del presente producen considerable asombro. Por ejemplo, en el prolongado proceso de debacle del imperio romano, uno de los más poderosos y extendidos de la historia, fue evidente el desprecio que este sentía hacia las tribus de su periferia a los que siendo caracterizados, nunca pudieron conquistar, entre ellos celtas, francos, suevos, burgundios, ostrogodos, visigodos y otros. Ya en ese momento se les describía como “bárbaros”, lo cual en la modernidad tiene un carácter peyorativo pero que en realidad significaba “forasteros”.

Por supuesto que había una patente superioridad de Roma en cuanto a la organización social respecto de las tribus del norte de Europa, pero esto no se manifestaba en el terreno propio de la guerra donde tenían fuerte influencia factores de carácter subjetivo que llevaban a conceder inusitada relevancia técnica a un armamento que a todas luces era inferior. Algo parecido ocurrió en el siglo XX en la guerra de liberación emprendida por Vietnam contra Estados Unidos.

Roma fue incapaz de solventar la oposición que hicieron las tribus del norte basadas en un desarrollo cultural y una literatura sin igual que le permitió elaborar y aprender el uso de ingeniosas armas defensivas, además de poseer una gran destreza, una extraordinaria capacidad de lucha y resistencia y probado valor en el combate. Vale decir que aquellos que vencieron el acoso de Roma no se apuraron en tratar de copiar los adelantos que le permitían sostener su hegemonía. Aunque cueste comprenderlo, la paciencia fue una virtud decisiva en la capacidad de hacer desistir a Roma de sus intentos de expansión, hasta lograr su debilitamiento y derrota. No obstante la caída del imperio romano significó una transformación estructural de la civilización, también es cierto que la irrupción de otros pueblos, oxigenaron el mundo del pasado que se abrió a nuevas ideas y nuevas culturas.

En el mundo eurocéntrico y pro estadounidense de hoy, donde se trata de hacer suponer que es imposible la vida al margen de la “cultura” de Estados Unidos que hace esfuerzos inusitados por su universalización, este aspecto también debe considerarse parte importante de la conflictividad mundial, sobre todo en el enfrentamiento a civilizaciones tan antiguas y tan poderosas culturalmente hablando como la china, la india y la persa por ejemplo, frente a la cual Estados Unidos pretende mostrar a Walt Disney, las hamburguesas, los chicles y la coca cola, como símbolos supremo de su infinita superioridad.

Finalmente y al igual que en la actualidad, el problema que condujo al fin de Roma como imperio hegemónico fue su incapacidad de controlar un territorio de 13,5 millones de km²a pesar que construyeron 75 mil km. de caminos para comunicar todos los rincones de tan extenso área,  y no obstante también que las principales ciudades se erigieron alrededor del Mediterráneo y en los márgenes de los extensos ríos europeos a fin de solventar por vía marítima y fluvial el gran problema que entrañaba el transporte para el sostenimiento del Estado y para dar continuidad al esfuerzo bélico que suponía ese objetivo y su permanente necesidad de expansión.

Por eso, hoy también es explicable el interés en los estrechos y canales a través del mundo: Bab el Mandeb, Suez, Malaca, el Bósforo, los Dardanelos, Ormuz y Gibraltar, por eso la constante tensión en los mares de la China meridional y oriental, por eso la permanente vigilancia sobre Panamá, el Estrecho de Magallanes y la posesión de las Malvinas y las islas del Atlántico sur. En los mares y océanos, en la capacidad de transporte a través de ellos y por tanto en sus posibilidades de controlarlos se juega la hegemonía estratégica del planeta. Es la razón más importante por la que Estados Unidos resiente del proyecto chino de “Un cinturón, una ruta” o “Ruta de la Seda” que le da a China un lugar envidiable para su relación con Asia, Europa y África y por extensión con América Latina y el Caribe.

Los planes para impedir el desplome de Roma en tiempos del emperador Teodosio II a fines del siglo IV, que se venía intentando desde hacía 250 años, se ejecutaron a través de múltiples ideas y novedosas propuestas que pasaron por la inteligente decisión de paralizar la expansión durante el mandato del emperador Adriano a mediados del segundo siglo de nuestra era. No parece que los emperadores modernos llamados presidentes de Estados Unidos hayan llegado a esa decisión aún, lo cual indudablemente empeorará la situación de la sede imperial, aunque sigan asesinado a cientos de miles de personas a lo largo del mundo. Llegó un momento en el que Roma, que a la sazón contaba con un ejército de 300 mil hombres, no tuvo capacidad económica para seguir haciendo crecer el gasto militar necesario -ya no para expandirse- sino para proteger su territorio.

Las 800 bases militares que Estados Unidos tiene en 177 países le cuestan a los contribuyentes más de 100 mil millones de dólares anuales, eso sin contar los portaviones y los efectivos que se desplazan temporalmente fuera de su país, y que hicieron que Trump haya solicitado un presupuesto de 750 mil millones de dólares para el año 2020, podrían crear una ficticia situación de control global inquebrantable sobre la base de un endeudamiento creciente, lo cual es posible mientras Estados Unidos sea dueño de la máquina que elabora el dinero del planeta, pero esto también está comenzando a modificarse toda vez que el comercio entre Rusia y China y otros países se ha empezando a hacer con monedas distintas al dólar. Su debacle y pérdida de hegemonía es cosa de tiempo.

Mientras tanto, necesitan mantener su amenazante presencia militar en todo el planeta. En tiempos de Roma, su incapacidad de defender el territorio imperial condujo a que el ejército se viera obligado a reclutar a aquellos “salvajes” que había enfrentado quienes aportaron novedosas formas de combate. En tiempos recientes, Estados Unidos creó grupos terroristas como Al Qaeda y el Estado Islámico para enfrentar a sus adversarios de turno, al mismo tiempo que los caracterizaba como enemigos irreconciliables y organizaciones terroristas. En otras ocasiones ha recurrido a la utilización de empresas que reclutan mercenarios para cumplir sus objetivos sin el riesgo de participación de sus propios soldados. Por supuesto, estas empresas están prohibidas, pero contradictoriamente existen legalmente en Estados Unidos y otros países de Europa enganchando soldados de fortuna en variados países entre los que destacan Colombia, Chile e Israel, naciones plenamente subordinadas a Estados Unidos que poseen fuerzas armadas aliadas de este para realizar acciones al margen del derecho internacional a cambio de impunidad en la represión y oscuros negocios multimillonarios al interior de sus países. Por último, Estados Unidos a través de sus agencias ha destinado ingentes cantidades de recursos para la contratación de delincuentes y lumpen que ayuden a desestabilizar gobiernos que no se subordinan a su mandato como los de Nicaragua y Venezuela.

Las similitudes son evidentes, la descomposición es la misma y las acciones son similares aunque los procesos de declive hayan sido distintos, entre otras cosas porque han ocurrido en épocas separadas por más de un milenio de la historia de una humanidad que solo busca tener condiciones mínimas de subsistencia en este planeta que supuestamente es de todos.

sergioro07@hotmail.com

viernes, 22 de septiembre de 2017

La crisis capitalista una verdad de Perogrullo

Por Homar Garcés:

Aunque sus apologistas suelen negarlo y encubrirlo, no resulta nada exagerado afirmar que el sistema capitalista -pese a sus variadas mutaciones históricas- sufre una fuerte crisis estructural, mitigada en algunos casos, pero que no deja de ser una realidad altamente preocupante para sus beneficiarios directos. Simultáneamente a ello, se observa a nivel mundial una disputa creciente en el campo capitalista, llena de tensiones múltiples por espacios geoestratégicos, geopolíticos y económicos que pone en grave riesgo la paz del planeta, vaticinándose, incluso, la factibilidad de un estallido bélico entre las actuales grandes potencias, aún más catastróficas que los ocurridos en el siglo pasado.



Tal realidad exige posiciones revolucionarias de nuestros pueblos que, por un lado, confronten en esencia el carácter expoliador y depredador del capitalismo, tanto en lo que respecta al trabajo humano como en lo referente al extractivismo de los recursos diversos que nos ofrece la naturaleza, contraponiéndose, por tanto, a su lógica; y, por el otro, sirvan para construir paradigmas e instrumentos efectivos que disipen cualquier tipo de agresión, injerencia y conflicto (interno y externo) que quebrante la paz en algún momento dado.

En el primer caso, es necesario comprender que el mercado capitalista internacional se halla fuertemente influenciado y controlado por las grandes corporaciones transnacionales (básicamente estadounidenses), lo cual obstaculiza grandemente el surgimiento de economías nacionales autárquicas. Esta circunstancia induce a sus propietarios a idear (convenciéndose a sí mismos que pueden hacerlo por encima de cualquier barrera moral que se les interponga) la dominación absoluta del mundo en beneficio de sus ingentes capitales. Para lograrlo, no escatiman elemento alguno a fin de fomentar disturbios y crisis que distraigan la atención de los pueblos que aspiran someter. Esta es una verdad de Perogrullo, fácilmente rastreable en los acontecimientos desencadenados en naciones como Libia y Siria, por citar los más recientes, y como se desprende de las amenazas proferidas por el presidente gringo en contra del gobierno de Venezuela, bajo la excusa de defender la democracia y a los venezolanos.

Respecto a la segunda situación, venciendo todas las resistencias culturales que surjan -dada la influencia de la ideología dominante entre muchos- debe propiciarse el establecimiento de un poder popular realmente soberano y dotado de un espíritu subversivo de primera línea que lo haga capaz de asumir el rol protagónico y dinámico del proceso de transformación estructural del orden imperante. Por consiguiente, este poder popular soberano no debería ni podría circunscribirse a lo meramente político sino que ha de apuntar igualmente a la distribución auto determinada de la riqueza social -tanto material como cultural-; dando una respuesta sistémica que de verdad trascienda el sistema capitalista. No es la instauración de un capitalismo de Estado que conserve inalterables las leyes del valor de cambio, de la plusvalía y del beneficio, de manera que únicamente se produzca el simple reemplazo de una minoría parasitaria por otra. Además, habrá de comprenderse que la toma del poder real no estriba en la conquista legal del poder constituido. Esto último desembocará, indefectiblemente, en una lucha frontal contra el partido centrismo que conduzca a la autoafirmación del sujeto popular y que nutra la unidad, la autoridad y la conciencia de dicho poder popular soberano.

Bajo este enfoque general, se impone trabajar con conceptos abiertos y no dogmáticos, construir el actor social y político colectivo (sin obviar sus componentes culturales, espirituales y económicos), su conciencia y su organización democrática; y profundizar el cuestionamiento del Estado burgués liberal. Como corolario, la presente etapa de luchas por objetivos comunes libradas por los pueblos de nuestra Abya Yala -como en el resto de la Tierra- representa una base sólida importante (e interesante) para impulsar y consolidar la posibilidad nada incierta de este poder popular soberano.-   

  ¡¡¡Hasta la victoria siempre!!!
  ¡¡¡Luchar hasta vencer!!!


mandingarebelde@gmail.com