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miércoles, 3 de junio de 2020

¿Hay una rebelión social en Estados Unidos?



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
Una vez más los acontecimientos recientes en Estados Unidos han sido expresión de una diversidad extrema de comentarios en los medios de comunicación y en las redes, una vez más las opiniones van desde las más apocalípticas hasta las que suponen que todo ha sido una táctica de Trump para salir de la catástrofe en la que ha sumido a su país tras el desastroso manejo de la pandemia del Covid 19.


Se menciona que Estados Unidos ha entrado en una etapa “de revolución indetenible” y que el “pueblo” se cansó del sistema y ha salido a las calles a manifestarlo. De la misma manera, se asume que la violencia es expresión del hartazgo de los ciudadanos por un “sistema que los oprime”. Me parece que esos puntos de vista exponen excesos en el análisis o incluso expresión del deseo de que el imperio sufra un remezón en sus entrañas.

Pero hay que ser objetivo, las rebeliones de los negros de Estados Unidos o afroamericanos como se denominan ellos a si mismos son recurrentes a través de la historia. La independencia obtenida en 1776 no cambió la institución de la esclavitud presente desde los inicios de la colonia a comienzos del siglo XVII, aunque ya los españoles habían traído negros de África para ser esclavizados en sus territorios coloniales que después pasaron a formar parte de Estados Unidos. Tampoco la constitución de 1787 trajo modificaciones en la “corporación esclavista”. Al contrario legalizó y legitimó la opresión contra los negros.
Las primeras y más importantes rebeliones de negros esclavos vinieron a tener lugar apenas a comienzos del siglo XIX. Fueron las dirigidas por Gabriel Prosser en Richmond, Virginia en agosto de 1800, Denmark Vessey en Charleston, Carolina del Sur en junio de 1822  y la de  Nat Turner, en Southampton, Virginia en agosto de 1831.

La esclavitud vinculada al feudalismo se transformó en un freno para el desarrollo capitalista de un país que ambicionaba ser una gran potencia imperialista mundial. Fue necesaria una guerra, llamada de “secesión” porque los once estados que defendían el esclavismo quisieron crear un nuevo país. El triunfo de los estados de la Unión y del capitalismo que propugnaban legitimaron el racismo, la exclusión, la represión y el menosprecio de los negros como atributo del modelo económico y político que había vencido, aunque se otorgaron algunos derechos civiles a los negros que por obra de la guerra habían sido liberados de la esclavitud.

Como recuerda el historiador estadounidense Morris Berman en su obra ”Las raíces del fracaso americano”, incluso Abraham Lincoln, considerado el apóstol de la lucha contra la esclavitud en Estados Unidos dijo en su discurso de la sesión especial del Congreso el 4 de julio de 1861, que no tenía “la intención directa e indirecta de interferir con la esclavitud en Estados Unidos donde quiera que exista”. De manera que es falso que la guerra se haya librado para liberar a los esclavos como lo señala la historia oficial, sino que respondía a la clara intención de evitar el plausible objetivo de evitar la secesión. Berman señala que Lincoln ya había dejado claro que no era favorable a la igualdad social y política de los negros “de ninguna forma”. Si esa fue la opinión del presidente que “abolió” la esclavitud, podríamos preguntarnos entonces ¿qué se puede esperar de otros?

Desde ahí hasta la muerte de George Floyd el pasado el 25 de mayo de 2020, en Powderhorn, Minneapolis han pasado más de un siglo y medio de continuos levantamientos de los negros americanos en su lucha contra la exclusión y la discriminación.
Pero salvo en casos muy específicos, la lucha racial no ha pasado de ser eso: movimientos espontáneos de rechazo desesperado cuando el abuso pierde incluso la cordura que la formalidad de la sociedad blanca les impone.

Ayer, en una entrevista para “la iguana.tv” el periodista venezolano Clodovaldo Hernández expresaba que: “Hay quienes dicen que esta ola de disturbios y protestas hunde definitivamente a Donald Trump, quien se encamina a perder las elecciones. Otros aseguran que lo fortalece porque radicaliza las posiciones y él vive del radicalismo” y me preguntó cual era mi criterio respecto de si Trump ganaba o perdía con este giro inesperado de la campaña.

He aquí mi respuesta:
“Lo primero que hay que considerar es que los negros en Estados Unidos representan 13% de la población. Y ese segmento es abrumadoramente votante del Partido Demócrata. Entonces, en términos electorales, Trump está agrediendo a un sector opositor, que ya no le favorecía antes de estos eventos.
Por otro lado, en términos más estructurales hay que decir que el racismo es un fenómeno permanente en EEUU, es intrínseco a ese país. Yo era un niño entonces, pero recuerdo que en los años 60 estaba aquel movimiento de Panteras Negras, que incluso asumió la lucha armada y llegó a adquirir gran fuerza, sobre todo en las Olimpíadas de México de 1968, cuando los atletas estadounidenses negros ganadores de medallas alzaban el puño y miraban al piso mientras sonaba el himno. Eso demostraba la raigambre del movimiento. Pero siempre estuvo circunscrito a los negros.

Cada cierto tiempo, cuando ocurre este tipo de hechos, como el que acaba de pasar ahora, sucede lo mismo con mayor o menor fuerza. Esta vez ha sido muy fuerte, mucha gente lo compara con lo que ocurrió después del asesinato de Martin Luther King. Pero sigue siendo un movimiento racial, no tiene ninguna otra connotación. Se circunscribe a un sector minoritario de la población de EEUU.

No hay que confundirse. Hay gente hablando de revolución en EEUU y de crisis del sistema político. No hay que equivocarse pensando que esto lleva a las puertas de una rebelión social que vaya a producir cambios sustanciales. Por otro lado, hay que tener en cuenta que los negros en EEUU votan por el Partido Demócrata, pero en las internas se inclinan por la derecha demócrata. En esta ocasión, le dieron el apoyo a Joe Biden en contra de Bernie Sanders.

Así que tampoco podemos engañarnos pensando que se trata de negros libertarios, antisistema. No. Son negros que están luchando, y es bueno que lo hagan, en función de los intereses de su raza, que es discriminada, explotada, expoliada, lo cual se manifiesta en la pandemia, cuando, siendo apenas 13% de la población global [de EE.UU], son entre 24% y 25%  de los contagiados, es decir, el doble de la proporción.

En EEUU han creado una serie de mitos sobre el supuesto fin del racismo. El tercer lunes de enero celebran el Día de Martin Luther King, que es feriado a escala nacional; en el béisbol, el 15 de abril todos los peloteros usan el número 42, por Jackie Robinson, que fue el primer afroamericano al que le permitieron jugar en las Grandes Ligas. Pero, finalmente, a esos mismos negros los montan en un barco y vienen a invadir a Venezuela sin problema. Ninguno de sus líderes tiene la entereza, la estatura moral, la fuerza de ideas que tuvo Muhammad Alí, que siendo el boxeador más grande de la historia, renunció al título mundial, fue a la cárcel y fue sometido a persecuciones porque se negó a participar en una guerra en la que no creía, la de Vietnam.

Tampoco olvidemos que Obama es negro y fue el que inició la persecución contra Venezuela en las dimensiones que tenemos ahora. ¿Dónde están Obama y otros negros, como Condoleezza Rice y el general Colin Powel? Están en el bando de los poderosos, del sistema, de los opresores. Entonces, creo que la respuesta de Trump es calculada, en el sentido de que está golpeando a una población que no le favorece y está incentivando acciones que son bien recibidas por ese sector de la población, los WASP (blancos, anglosajones y protestantes, el segmento más conservador [de la sociedad]).

Los negros en EEUU, además, no tienen ningún tipo de conciencia de clase, están en contra de los latinos, persiguen a los inmigrantes. No estamos hablando de una revolución social o política, sino, si acaso, de una rebelión racial. Al único que he escuchado planteando esto en términos políticos sustanciales, en términos de clase, es al director de cine Spike Lee. Hizo un planteamiento sólido. Todos los demás lo han hecho en términos de la marginación de los negros, pero no en términos del sistema y de la estructura del capital. Entonces, insisto, no va a significar grandes cambios sociales y políticos porque para ello tendrían que incorporarse los marginados, las mujeres, los inmigrantes y los desempleados, que son millones, pero obviamente no han estado en estas protestas”.

Ante otra pregunta del periodista agregué que: “…Ayer [Joe] Biden se reunió con unos líderes negros y su propuesta fue que si llega a la presidencia, dará instrucciones para que la policía no les dispare [a los manifestantes] al pecho, sino a las piernas. Y dijo que buscará el control del armamento de los ciudadanos. Esa es una jugada electorera de un candidato mudo, que no ha aparecido en todo el Covid-19.

Yo creo que todo eso es calculado [por Trump] porque sabe que en EEUU hay un gran fervor por el uso de las armas y es una mayoría tan aplastante la de los blancos que nadie se atreve a desafiarla. Además, a ese grupo se sumarán seguramente los latinos y otros, en el caso de que haya un conflicto violento racial. Por eso, en esa hipótesis, los negros serán aplastados, a un costo de miles o de cientos de muertos. Si Trump dijo que era aceptable que por el Covid-19 murieran 200 mil personas, que mueran 100 mil negros no es una cosa que le pueda preocupar mucho”.

 sergioro07@hotmail.com

miércoles, 16 de enero de 2019

La rebeldía estudiantil contagia la pradera


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

2018 le deja a la corta historia del naciente siglo XXI una sólida movilización en defensa de la universidad pública y de la educación como derecho fundamental y bien común. A la vanguardia estudiantes de todas partes del país más diverso de américa, en el que paradójicamente el gobierno se niega a reconocer a los indígenas (mas de 100 pueblos) atacados y asesinados a diario o victimas del exterminio (nasa, nukak makuk); invalida como sujetos de derechos universales a los campesinos (10 millones) contrariando una decisión de Naciones Unidas (ONU, oct 2/2018) o; invisibilizando a raizales, afros y palenqueros.


Los estudiantes tienen origen en todos esos lugares, son diversos, viven en barrios marginales, pequeños poblados, ciudades, campos, son indios, blancos, negros, campesinos, proceden en general de sectores populares, de familias humildes, son hijos y hermanos nacidos en la clase por fuera del poder.

Eso los ha convertido rápidamente en una esperanza, ya no solo para reivindicar lo que corresponde a las universidades, si no para jalonar otras transformaciones aplazadas. Son garantía por ser una voz más plural, son tratados como sujetos políticos y lograron sacudirse del estigma de vinculación con las insurgencias usada para invalidar su identidad propia.

Los estudiantes mostraron que tienen agenda propia, pero también voluntad para tejer la unidad con otras agendas con causa común en entender que la violación más grande a los derechos humanos es impedirle a un pueblo realizar su dignidad o negarle su educación. Saben que su lucha es real, pero de corto tiempo para no dejar ir su juventud en rebeldía. Del paro nacional aprendieron que el gobierno es débil cuando discute porque no sabe hacerlo y comunicativamente su palabra es cerrada, nada sincera en lo que dice y portadora de medias verdades para provocar confusión. No necesitaron grandes estrategias para revelar la realidad oculta de crisis de las universidades, les bastó descorrer el velo de tapadera forjado con cifras maquilladas, indicadores y ventas de todo tipo, para poner al descubierto las goteras y fisuras en los edificios, las carencias para hacer la ciencia, el faltante del 70% de profesorado, cubierto con contratos precarizados y el elevado costo de matrículas que elimina oportunidades.

Le enseñaron al país que el nicho del éxito privado se nutre con el fracaso de lo público, y que la causa no era de calidad medida en sumas, si no de indiferencia de la clase en el poder para desalentar a los jóvenes y vender la idea de que así son las cosas y no se pueden cambiar.

Los jóvenes que edifican la universidad pública, dejan múltiples resignificaciones. Políticamente recuperaron su identidad como actor autónomo, capaz de confrontar civilmente al gobierno que no sabe dialogar si no imponer y lo desafiaron con 60 días de paro nacional, tomas de edificios universitarios, bloqueo de actividades de aula y resistencia a los desmedidos embates policiales. Organizativamente, fueron de abajo hacia arriba, las asambleas locales deciden y la comisión de representación nacional negocia. La lucha se focalizó en la desfinanciación como eje principal y de ella se desprenden pliegos locales en un modo de acción y relación horizontal de la periferia al centro (su último encuentro preparatorio fue en Florencia, Caquetá, a 500 km de la capital).

Éticamente en la práctica cultivaron virtudes de solidaridad, amistad, compromiso intra e intergeneracional, defensa de derechos, construcción del dialogo y de una conducta emocional colectiva que recuperó su lugar como parte de las virtudes intelectuales. Crearon confianza y supieron hablar de justicia y resaltar que la desigualdad incuba todos los males del país y pusieron en evidencia que los gobernantes no son garantía para promover su abolición, si no agentes comprometidos con sostenerla y que por eso les importa más la guerra que la educación, y no les causa pudor saber que un militar cuesta más y aporta menos que un profesor doctor, o un soldado cuesta más que un estudiante o la cacería a un objetivo de alto valor vale a mucho más que todas las prácticas académicas de una universidad entera.

La solvencia ética y sinceridad de los estudiantes, les permitió ser portadores de una carga de motivación que cambio la percepción negativa del paro y la protesta y lo valido como herramienta para evitar la extinción tanto de la universidad pública como institución autónoma (no dependiente de las orientaciones del gobierno) como del derecho mismo a la educación para la clase social excluida, que compone esa diversidad ocultada y olvidada en los territorios. El cambio de percepción podrá permitirles a los estudiantes si así lo agendan, cobrar políticamente su victoria y hacer girar la movilización hacia una lucha frontal contra el injusto sistema de poder, que con sus anuncios de alzas, impuestos, exoneraciones y desgobierno total le echa más leña al fuego en su contra.

En manos de los estudiantes puede estar la salida hacia una gran transformación (aunque no haya conciencia plena de lo que está ocurriendo). En todo caso tendrán que hacer alianzas y unidad con los demás sectores y movimientos sociales, que de facto están listos para entrar en desobediencia civil ante el acumulado de desaciertos, engaños, reglas injustas y autoritarismo del estado y que fácilmente puede traducirse en una poderosa resistencia civil, contra la injusticia y falta de gobernabilidad y atacar directamente las técnicas de reproducción política hegemónica.

Los estudiantes trasmitieron lo que había que decir y promovieron la universidad pública no de espaldas si no comprometida con la sociedad y dejaron construido el escenario, definidos los conceptos, ganada la experiencia, superado el déficit de credibilidad respecto que es posible ganar cuando se lucha y de que nada es invencible. Solo parece faltar por definir el momento decisivo para empezar a confrontar civilmente y a fondo al poder, con la fuerza de la razón y con la rebeldía del estudiante que contagia la pradera, como ocurrió hace 100 años. Tienen legitimidad para convocar a dar un salto de poder que en todo caso no será al vació.
mrestrepo33@hotmail.com

miércoles, 2 de mayo de 2018

El apreciable desde abajo para defender de la vida


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:
Duelen los muertos y las terribles secuelas mentales, físicas y morales de la guerra, pero duele más, que a pesar de los inagotables esfuerzos del pueblo, las elites usen su poder para impedir que la paz sea el nuevo destino del país. Ponerle trampas a la paz, inventar bandidos, crear nuevos enemigos, falsear la verdad, querer meter a los vecinos en la tragedia, es una ignominia, una crueldad sin nombre, una traición a los pactos y a la patria misma que dicen defender.



El Estado está siendo moldeado para que permanezca inamovible actuando con la misma lógica de la guerra, en la que las conquistas son de los poderosos y las derrotas de las mayorías de población, llamadas a votar por los predestinados candidatos que de día ponen las trampas y de noche recogen sus trofeos. En 1789, al firmar el pacto de derechos en Paris, las élites impusieron para sí el derecho a la propiedad y el pueblo el derecho de resistencia y rebelión, para prevenir la tiranía. Casi Doscientos  treinta años después se firmó en Colombia un acuerdo para la paz estable y duradera y las élites volvieron a ratificar a la propiedad como su sagrado derecho humano y los insurgentes solo pidieron a cambio cumplir cabalmente la constitución de 1991, en especial sobre derechos y libertades, sin embargo el estado se niega a materializar lo pactado, que retóricamente dice reconocer, pero que se resiste a implementar.

El Estado permanece desmantelado por las élites que homologan como suyos a los que consienten sus actuaciones (legales e ilegales) y denigran y persiguen a los que disienten, fracturan la sociedad haciendo creer que solo está hecha de amigos y enemigos, unos de izquierda y otros de derecha y promueve la desconfianza y el interés individual para impedir la solidaridad social. Crea la sensación de que los poderosos fueron enviados y son protegidos por la divina providencia y a quienes no se deslumbren y los adulen los llama comunistas, guerrilleros, anarquistas, ateos, negros, indios, travestidos y desobedientes, porque aborrece a intelectuales, sindicalistas, obreros, magistrados o disidentes en sus propios partidos (que no están partidos si no temporalmente divididos para obtener mejores dividendos).

Las élites en todo momento cuando hablan de paz mienten y conspiran, porque la traición al pacto ya está decidida, a las élites les interesaba desarmar a los armados y al gobernante obtener un premio nobel (y mucho más por supuesto). Traicionada la paz, en veremos la sociedad de derechos y en el limbo el estado social de derecho, solo se pueden esperar ajustes de procedimientos o retardos de efectos lesivos de la traición, pero no impedirla, salvo que las élites no estén en el poder.

Los muertos de la paz, los falsos positivos judiciales, con los que se hace populismo penal de derechas, es decir, de élites, y se instaura el perverso modelo de castigar no por lo que se ha hecho sino por lo que es la persona vinculada, es decir, no por hechos ilícitos, sino por la identidad sea racial, política o religiosa (casos recientes de Feliciano Valencia, Santrich, A. Castilla), con lo cual se violenta el principio de igualdad que excluye del estricto derecho toda discriminación por condiciones personales y sociales y de (igual) dignidad de las personas, dando lugar a una formula inquisitoria de legalización (con ultra ratificación mediática) de un (ilegal) delito cobijado con la figura de la persona ilegal[1], todo ello producto del eslabón roto hace tiempo de la división e independencia de poderes, que mantiene activa la más alta impunidad y la más baja capacidad de la justicia. 

Las reivindicaciones por la paz y las protestas de las mayorías olvidadas que reclaman respuestas a sus demandas por derechos no cuentan para la deficitaria democracia, sea la que interpreta Santos, Uribe, Vargas Lleras, Duque o Vivian, sencillamente porque todos, uno a uno o en grupo, pertenecen a la única matriz de la real política del país, que tiene en común su propia y egoísta necesidad de supervivencia a partir de conservar su statu quo, su poder y privilegios sin oposición. Todos ellos, sus partidos, movimientos y casas familiares de poder, tienen convertido al país en un territorio “envenenado por el miedo, por el odio a los diferentes y el desprecio a los débiles”.

Han sembrado minas de temor a los negros, a los indios, a los LGTB, a los gitanos, a los campesinos, a los inmigrantes, a los de izquierda, a los estudiantes, a los trabajadores y sindicalistas, a los profesores, a los intelectuales, a los artistas, a los universitarios, a las mujeres que se niegan a ser víctimas del patriarcalismo y en general a los empobrecidos, a los despojados, a los que por construir paz les incuban la semilla de nuevas guerras, a los que nacieron en la Colombia profunda del Sur o del Choco o el Catatumbo, y a las nuevas clases medias que subieron en el estrato medido por inversionistas sin escrúpulos, que se quedan con los subsidios y con las ganancias pagan los sobornos a alcaldes y concejales. Todos ellos hacen parte de la otra matriz, la de los olvidados, la que implica peligro para el statu quo de los que nunca han aceptado construir la vida y la democracia desde abajo y con más igualdad y libertades.

Los medios de comunicación hacen parte de esas elites, modulan la conciencia, repiten los mensajes del pensamiento fraudulento y ganan raiting con la difusión de contenidos para mantener la ignorancia, horas y más horas de chismes, realitys y shows y noticias cuya falsedad se conoce y no corresponde al pensamiento que construye reflexiones, bienestar, afectos y solidaridades, si no odios, machismos, resentimientos y sensaciones de venganza. Los medios, esos medios, tampoco están allí donde el pueblo se junta para resistir, porque la gente que sufre no hace parte de sus objetivos, las cadenas de radio, televisión, prensa y redes, están tomadas por las mismas elites y son propiedad privada de poderosos contratistas del estado (Ardilla Lule, Sarmiento Angulo, otros) que convierten las desdichas en oro y violentan el derecho a recibir información, la manipulan y ponen en decadencia la moral pública, hacen de la información una fábrica de consensos basados en falsedades y mentiras, en encuestas controladas y argucias que impiden el derecho a recibir informaciones y opiniones verdaderas (art. 19 DUDH y Art. 19 del pacto de DESC de 1966), que atentan contra el derecho a la misma libertad de pensamiento y de conciencia, sobre la que se levanta la política que realmente atiende las cuestiones de interés publico

 El proceso electoral en favor de las elites, vuela como cometa, aunque esta corrompido por encuestas, estratagemas (de prófugo como JJ Rendón y otros genios de la maldad) conducidas regionalmente por las clientelas del todo vale, que saltan de un partido a otro, que convierten al dolor, la carencia y la precariedad en su fuente de ganancia electoral. El odio sembrado por las elites y mejor instalado en la conciencia de buena parte de la sociedad alienta el embrujo criminal, para que la paz sea un imposible por tratarse de un derecho humano con alcance universal, es decir, para todos sin excepción, pero también para que unos asalten los gruesos recursos públicos y entren al reino de la impunidad y otros se aprovechen de la inocencia y la decencia para robarle a las calles su sentido de lucha por la vida y la democracia y las conviertan en lugares de asalto y muerte cotidiana por un celular, unos tenis, una bicicleta o simplemente por nada......De abajo saldrá la nueva democracia...

[1] Notas basadas en la lectura de poderes salvajes de Luigi Ferrajoli, Trotta, Madrid, 2011
mrestrepo33@hotmail.com

martes, 22 de agosto de 2017

“Atentado” en Barcelona: La otra cara

Por Rubén Ramos: 

Lo que pasó en Barcelona el pasado 17 de agosto es lo que la alianza sionista euro-estadounidense-israelí-saudí venía anticipando para frenar el proceso autonómico de Cataluña que tiene el próximo 01 de octubre su referéndum de independencia. Esto, sin descontar el explícito interés de Estados Unidos de una mayor injerencia en el Mediterráneo Occidental, expresado a sus “súbditos” borbones de España. Algo que, por su parte, le asegura a esa monarquía y a sus “reyes” la protección que requieren para seguir vegetando en la corrupción que corroe la deuda pública del “Estado” español (101% de su PBI).


EEUU y Barcelona

En el 2007 se concretó la conversión del Consulado USA en Barcelona en una gran “multiagencia” de inteligencia, espionaje y operaciones especiales (CEO). Esto había sido previamente acordado entre las autoridades de la alianza sionista euro-estadounidense-israelí-saudí con la necrosada monarquía española y el Partido Popular. La solicitud había salido de la Embajada de EEUU en Madrid. 

La “multiagencia” de Barcelona se encargaría de las acciones de “propaganda terrorista” para generar el caos y la violencia en Barcelona y frenar el proceso independentista de Cataluña. Deberían tener, sin embargo, un alcance mayor a toda España, Europa y el Magreb Africano. Estarían a cargo de la CIA, la contratista Stratfor y el FBI estadounidenses; el Mossad israelí, el M19 inglés y la GID saudita. Con estas acciones EEUU se aseguraría, además, el control del comercio, la migración, el narcotráfico, la prostitución y el “turismo” para el lavado de dinero que son las actividades que le permiten al gobierno regional de Cataluña contar con ingentes recursos económico-financieros.

Previamente, en el 2004, las agencias del terror que he señalado más arriba montaron el atentado en el Metro de Barcelona y culparon del hecho al Movimiento Talibán Pakistaní que es una de las organizaciones de mercenarios creada por esas mismas agencias.

En este contexto no es gratuito que el actual encargado de la Casa Blanca por las élites masónico-sionistas del Poder Mundial “inste” a los españoles a ser duros y fuertes en la lucha contra el terrorismo y poner en práctica lo que el general Pershing de EEUU hizo antes de ejecutar a insurgentes musulmanes en Filipinas hace más de un siglo: mojar las balas en sangre de cerdo antes de volarles la cabeza y dejar a uno vivo para que cuente lo ocurrido a su pueblo. (A los musulmanes les está prohibido comer carne de cerdo).

Lo que menos importa es si el hecho al que hace referencia el Sila estadounidense ocurrió o no. Lo que importa es el sentido y significado del mensaje. Por un lado, evoca la psicopatía que comparten europeos y estadounidenses como producto del bastardaje bárbaro-romano y, por otro, actualiza el imperativo que le toca España en el aseguramiento de los intereses sionistas en el mediterráneo. Para esto resulta clave impedir la independencia de Cataluña. A no ser que EEUU llegue a un acuerdo con los separatistas.

Los Mossos de Squadra y la “operación jaula”

Los Mossos de Squadra, tan ponderados ahora, fue creada en tiempos del rey Felipe V para manejar el bandidaje y el crimen en los pueblos, caminos y montañas de Cataluña y para acabar con los partidarios de la anexión española por los austriacos. Reformada y entrenada por las agencias de inteligencia de la alianza sionista, se dice que es “experta” en cercar al enemigo utilizando su “operación jaula”. Curiosamente, en el “atentado” de Barcelona, el autor del atropellamiento masivo en La Rambla de esa ciudad, logró  “escurrirse”.

Lo que pasa es que en los atentados de “falsa bandera”, como el de Barcelona y Cambrils, y antes el de Londres, Bruselas, Francia, se necesita de un cabecilla que huye, de un niño víctima, o de algún otro símbolo que agudice el “efectismo” de la propaganda de guerra que implican este tipo de “atentados”.

Estados Unidos es el país que ha vivido haciendo guerras durante 220 años de sus 241 de existencia desde que abandonó su “matriz” europea en 1776. No ha ganado UNA. Ni siquiera, una batalla. Pero ha desarrollado todo tipo de operaciones, métodos y técnicas de espionaje, persecución y tortura que evoca como dije anteriormente su herencia bárbaro romano y judeocristiana. Ha creado los aparatos policiales y militares más perversos y sanguinarios de la historia reciente. Ejemplo de esto son los Mossos de Squadra y el CNI español que depende directamente del ejecutivo y está al servicio particular de Mariano Rajoy.

Si los aparatos de inteligencia que he mencionado no están detrás de cuanto “atentado” ocurre en el mundo, entonces la historia no existe. Quienes insistan en creer que cuanto atentado ocurra, como el de Barcelona y Cambrils, es obra de los que la prensa psicópata difunde no sólo está contribuyendo a negar la historia sino que está haciendo de la realidad una parodia.

El Daesh fue creado por los servicios de inteligencia de los países de la alianza sionista: EEUU, Israel, Inglaterra, Arabia Saudita. Está integrado por los mercenarios al servicio de esta alianza sionista y de la UE. De su codicia por los recursos del mundo y de su maldad sobre musulmanes, árabes, negros, chinos, rusos, indios y mestizos.
ruby_7872@yahoo.es


viernes, 21 de abril de 2017

Lo fallido no es la sociedad si no el estado

Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez

 En Colombia el ejercicio del poder político en democracia, ha sido paulatinamente destruido, corroído o sencillamente violentado por el afán de quienes consideran que por derecho propio o quizá divino, pueden ir tomar las instituciones para actuar sin límite alguno, pero imponiendo límites a la sociedad a la que consideran una masa amorfa compuesta de súbditos. Esta situación da para entender que la sociedad permanece expuesta a la intervención de una clase social concreta que ocupa el aparato de estado, sus instituciones y redes para promover su beneficio particular.


La democracia en Colombia no está funcionando como un modo político de organización social que orienta el destino común para vivir en paz, basada en reglas construidas en colectivo, en tanto su constitución y normas han sido reiteradamente ajustadas por la clase en el poder y en contravía de lo constituido socialmente. Tampoco han llegado al gobierno de los poderes públicos y sus instituciones los más honestos y justos, sin importar si son blancos, negros, mujeres, hombres, indígenas, mestizos, campesinos jóvenes o viejos. Ni las leyes han sido la referencia de equilibrio, imparcialidad y aplicación de justicia sin distinción. Lo que ocurre da cuenta que la democracia ha sido  violentada y es rehén de prácticas de poder no democráticas. 

 La naturaleza política de la democracia, puede mirarse a través de tres elementos generales, sobre los que cualquier persona al pasar una plantilla hace su propio ejercicio de validación: lo primero que la democracia exige es que todo su engranaje tenga como base el reconocimiento de los derechos humanos y estos cuenten con plenas garantías para su realización, pero a la vez que sirvan como limite al poder del estado; lo segundo que haya una efectiva separación e independencia de los poderes públicos y que las leyes no sean usadas como arma política; y lo tercero que la representatividad, las autoridades tengan legitimidad y atiendan y actúen siguiendo las demandas de los diversos grupos sociales y su discurso aliente la elevación de la conciencia política y social de la ciudadanía.

La democracia en Colombia dista de esos principios, es decir, no ha sido un fin del proyecto histórico de los gobernantes, pero si una estrategia de supervivencia sostenida con una seductora y manipulada retorica al presentarse como la democracia más sólida de América o la más incluyente. A diferencia del cono sur (Chile, Uruguay, Argentina, Brasil, Bolivia) donde las atrocidades fueron lo sustancial de las dictaduras del último cuarto del siglo XX, en Colombia la barbarie ha ocurrido en democracia. No se han interrumpido elecciones, ni alterado destituido gobernantes, ni clausurado el congreso, ni sellado el poder judicial. Lo ocurrido es una articulada tragedia en democracia. Un proceso de cooptación de la representación de la sociedad y de los poderes del estado, por parte de un grupo de poder, que estando unido o temporalmente disperso sigue la misma línea ideológica y actúa en consecuencia, aunque se manifieste de diferentes maneras. Lo común es que sabe combinar, todas las formas de lucha, incluida la criminal, sin interrumpir el curso de la democracia formal.

 En democracia y en menos de seis décadas, se han cometido las más abominables expresiones de violencia, primero la guerra civil liberal-conservadora con saldo de 300.000 muertes cuando gobernaban los parientes cercanos de los mismos que gobiernan hoy; y después la guerra contrainsurgente, cuyas manifestaciones de odio terminaron con las más crueles masacres de las que América entera tenga noticia (el Aro, el Salado, Santo Domingo, Trujillo, la Rochela, Mapiripan, Pueblo Bello, Montes de María) que ya tienen fallos condenatorios al estado por la Corte Interamericana de derechos humanos. También ocurrió en democracia el más grande genocidio contra  la UP, un partido de izquierda con más de cinco mil militantes asesinados; el más alto número de presos de conciencia y de inocentes prisioneros producidos con falsas denuncias y pruebas para eliminar adversarios; y un desbordado monto de recursos invertidos para sostener la tragedia, mientras escaseaba la comida, el empleo, la salud y la educación y en contraposición crecía la acumulación de capital en manos prestigiosos empresarios y políticos, que siguen gobernando.
 La democracia en Colombia es hoy un propósito común truncado por las elites, lo que no es equivalente a creer que hay una sociedad fallida. Lo que está en descomposición no es la sociedad, es el estado, sus gobernantes, su clase política y sus filiales de negocios con ramificaciones de corrupción, de compra venta de conciencias y de votos y cuyos centros de mando experimentan con seres humanos debilitados, empobrecidos, a quienes usan como víctimas o verdugos.

El Comienzo de la Última fase de descomposición
El estado comenzó su última fase de descomposición con el régimen Uribe, que se salió del marco de las reglas y encarnó al más nefasto ejercicio de poder sin democracia, pero en nombre de la democracia. Las zonas grises, fueron hábilmente convertidas en escándalos mediáticos de corta duración para impedir ver la tragedia y hacer valer la palabra del poder como palabra sagrada y verdadera. La sociedad fue conminada a ponerse del lado del gobierno y acatar sus programas sin objeción, mientras el terror alimentaba a la seguridad democrática y esta se extendía con odio entre la población arrasando todo pensamiento y acción critica, hasta romper la línea de separación que distinguía entre población civil y combatientes, con lo cual la sociedad entera quedo bajo sospecha, entró en pánico y fue obligada al silencio.

El estado recibió el primer impacto con el cierre del Ministerio de la Justicia y del Derecho fusionado con el Ministerio de Gobierno, y la creación del Centro Nacional de Inteligencia inspirado en la CIA; a las Cortes de Justicia se les persiguió, espió y en su debilidad fueron tomadas por clientelas que convirtieron al Derecho Penal en un instrumento de venganza que afectó los juicios del derecho y alentó tanto los falsos judiciales para eliminar opositores, como la ampliación del populismo punitivo, sin sentido de justicia ni racionalidad en las penas y; por ultimo el poder legislativo al decir de los mismos jefes paramilitares quedó bajo su control, disponible para acomodar las leyes, favorecer la impunidad y legalizar sus actuaciones incluidas sus nuevas propiedades y capitales. La puesta en retroceso a los derechos se justificó alegando que alejaba la confianza inversionista y empezó el ataque a tres tipos de considerados enemigos: los teóricos de los derechos, las ONG y sus defensores y, los opositores. Y así ocurrió y no ha cesado de ocurrir. Ya sin obstáculos restaba cambiar las reglas de juego y para ello se implantó en la columna vertebral de la constitución política la figura tenebrosa y fatídica de la reelección.

Estar o no en democracia, no se define entonces por resultados de encuestas, ni rankings del marketing privado, ni indicadores de felicidad (que felizmente en 2017 muestra al país en un puesto más real el 36), ni tampoco por el número de eventos electorales controlados, ni por la cantidad de votantes. La democracia colombiana, esta vaciada de contenido democrático, igual que los derechos y el ejercicio del poder vaciado de soberanía y de voluntad popular. Los poderes públicos, dan cuenta de un estado fallido, saqueado, con instituciones dirigidas con autoritarismo, engaño, verdades a medias, gobernantes de alta y baja escala sin legitimidad, sin ética ni política y con primacía de la voluntad del gobernante. El sistema central de poder se reproduce en los ámbitos institucionales locales y regionales y las mayorías son desplazadas por minorías de poder electoral, que deciden sobre sus vidas, conductas y bienes materiales. El miedo continúa sometiendo la participación y la ciudadanía no logra elevar su conciencia. El horror se pasea por campos y ciudades de la mano de solidas estructuras paramilitares que intimidan, asesinan y producen desplazamientos para defender las tierras, mantener las conductas impuestas y asegurar los bienes arrebatados a sus víctimas, pero lo que los hace fuertes no es su capacidad de destrucción material basada en el alcance y potencia de sus armas, si no su proyecto de poder defendido desde adentro del mismo estado, del congreso, las cortes, las empresas, los directorios y las instituciones.

 La paz, representa por ahora el principal bien común a defender, que sirva para reconfigurar la democracia, ajustar las estructuras del estado arrebatándoselas a los de siempre y recuperar el sentido de humanidad, de seres humanos con derecho a vivir y disfrutar de los derechos. Paz y Democracia exigen ser defendidas de la clase en el poder, por ser conquistas colectivas, no del estado, ni de sus gobernantes, sino de un pueblo cansado de la guerra, del odio y de la muerte, que puso sus demandas a debate y pactó la ruta a seguir, como resultado político de un acuerdo para la paz estable y duradera, entendida como un asunto político (no jurídico) que no puede ser tratado con desdén, ni ser irrespetado como paso previo para traicionar el camino trazado por una sociedad que quiere y apuesta y trata de aprender a vivir de otra manera, alejada del terror, el miedo y la miseria.
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