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miércoles, 18 de septiembre de 2019

La criminalidad de Trump y sus vasallos en América Latina



Por Diego Olivera Evia:(*)
Nuevamente el terrorismo de EEUU y el Grupo de Lima

La historia del patio trasero de EEUU, concebido en el Siglo XX fue impulsado por el Plan Condor, y desarrollado por Herri Kissinger creo una crisis de violencia, asesinatos, violaciones, torturas y desaparecidos, hasta seres humanos tirados al Rio de la Plata y el Rio Uruguay, esta década de terror y crisis económica, fue implantado por los militares, de Argentina, Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia, en el Cono Sur, creando una guerra de asesinatos, como el del presidente Salvador Allende, como la muerte de miles de latinoamericanos, para crear un modelo neoliberal a sangre y fuego, para ampliar los objetivos de EEUU, de controlar a los movimientos revolucionarios y la propuestas alternativas al modelo capitalista de las trasnacionales, como Monsanto que enveneno, a la naciones de América Latina con transgénicos glifosato, como la creación de químicos naranjas, impulsados en Viet Nam, sin poder derrotar a esta nación de un pueblo libre y la defensa de su nació.


Hoy la realidad se maneja bajo el mismo concepto, de que dominar a los países latinoamericanos, la realidad de Trump aplica duras sanciones, a países centroamericanos les anuncia que cortará la ayuda económica, a México le amaga con cerrar la frontera, a Colombia le espeta que “no ha hecho nada” contra el narcotráfico, pero esta realidad de Colombia es que produce la droga, para los estadounidenses, y la DEA que hace la vista gorda, a los hijos de Marihuana y cocaína, la cual ha sido considera por el payaso presidente, Duque que una reunión se refirió  a la droga como el modelo productivo, pero la realidad es que el estado es criminal, terroristas a través de sicarios y paramilitares, realmente un estado criminal.

Cuba esta amenazada por la ley Helms-Burton (sus antecesores presidentes suspendieron su aplicación), autorizando demandas contra empresas extranjeras que se beneficien de propiedades expropiadas a estadounidenses, tras la revolución de 1959, a lo que se opone la Unión Europea que teme que sus inversiones en la isla sean afectadas y se produzca una ola incontrolable de litigios.

Por su parte el terrorista Trump ha creado un ataque a los organismos de integración de la región, comenzando por Mercosur, Unasur y siguiendo por la Celac, con la complicidad de los gobiernos neoliberales de la región. Pero no ha logrado que estos países lo acompañen en su agresión militar contra Venezuela y, prácticamente ha hecho que su manipulable Organización de Estados Americanos (OEA) se convirtiera en un jarrón chino, sin poder lograr consenso para imponer sus políticas. Según una encuesta de Gallup, la popularidad de Trump en Latinoamérica es de tan solo el 16 por ciento. Las cifras indican que la región no quiere a Trump, que la utiliza como una “bolsa de boxeo”, especialmente a México, Cuba y los países centroamericanos, a los que llegó a llamar “países de mierda”.

Trump recortó el presupuesto de asistencia para América Latina, pero pidió reservar 500 millones de dólares para financiar a la oposición venezolana. El plan incluye un recorte del 23 % para el Departamento de Estado y la Agencia para el Desarrollo Internacional (Usa id), que ahora cuentan con 52.000 millones de dólares aprobados por el Congreso y a los que Trump desea sumar 40.000 millones de dólares.

Unos 209 millones de dólares de esos fondos irían a parar a Colombia, que actualmente cuenta con 143 millones de dólares. Colombia es considerada tradicionalmente por EEUU como su aliada más leal en Sudamérica. El Plan Colombia, dirigido a estabilizar a un Estado debilitado a lo largo de décadas por el conflicto armado, ha sido alabado como uno de los mayores éxitos de la política exterior estadounidense en los últimos años.

Para América Latina, los objetivos centrales son, precisamente, los temas que resultan determinantes para Trump (comercio, medioambiente y migración), tanto frente a sus votantes como en lo que se refiere a su posicionamiento internacional. Por ello, es casi inevitable que haya un conflicto de intereses permanente.
Y pese a la retórica agresiva y racista de Trump, la política exterior en la región está marcada por una continuidad respecto de las medidas bilaterales y multilaterales del gobierno de Barack Obama. Para el gobierno de Trump, el eje de todas las consideraciones políticas es el «poder de caos» de América Latina. Desde su campaña electoral, el tema central fue el freno a la inmigración, marcado ya por el gobierno de Obama. Su aplicación significó millones de deportaciones (sobre todo a México y Centroamérica) y la reducción en 30% la inmigración ilegal en la frontera con México (cifras de en 2017).

En su relación bilateral con distintos países, lo que más parece interesar a Trump es lograr ventajas competitivas para las empresas estadounidenses en los mercados internacionales y contribuir así a reducir el déficit comercial crónico de su país. En ninguno de los casos se vislumbran «medidas defensivas» efectivas por parte de América Latina para atenuar los efectos asimétricos; y es algo que aparece como poco factible debido a la falta de cohesión regional estimulada por Washington.

Nuevamente el terrorismo de EEUU y el Grupo de Lima
El Grupo de Lima, que este lunes emitió en Chile una declaración que califica al Gobierno venezolano como “una amenaza a la paz y la seguridad internacionales” y convocó a otros países a sumarse al cerco contra Caracas, “reiteró una vez más sus propósitos injerencistas” en contra de Venezuela, plegándose a las “instrucciones perversas de Estados Unidos”, denunció el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel.

A que agrego que “El Grupo de Lima reiteró una vez más sus propósitos injerencistas contra el Gobierno de Venezuela y señaló una supuesta influencia negativa de #Cuba. Nuevamente siguen las instrucciones perversas de los #EEUU. Nuestra respuesta es #Dignidad contra Doctrina Monroe #Somos Cuba”, publicó Díaz-Canel en su cuenta de Twitter.

El Grupo reiteró este lunes sus propósitos injerencistas contra el Gobierno de Venezuela y propuso a otras naciones e instituciones sumarse a su empeño por derrocar a las autoridades del país sudamericano, en una declaración de 17 puntos.

La declaración, firmada por los representantes de los gobiernos de Argentina, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Guatemala, Honduras, Panamá, Paraguay y Perú y de la proscrita Asamblea Nacional de Venezuela, pretende responsabilizar de la actual situación interna de Venezuela al gobierno de ese país, al que califica de “una amenaza a la paz y la seguridad internacionales, con efectos regionales y globales”.

Igualmente, llama a la comunidad internacional a adoptar sanciones contra el gobierno de Nicolás Maduro y poner a disposición del apócrifo gobierno -inexistente- de Juan Guaidó los bienes pertenecientes al pueblo venezolano en el extranjero.

Esa petición, que viola directamente la soberanía venezolana y las leyes internacionales, se contradice con otro de los puntos en el cual los firmantes dicen apoyar “un proceso pacífico de recuperación” de la democracia y del Estado de derecho en la República Bolivariana de Venezuela, conducido por los propios venezolanos en el marco de la Constitución y el derecho internacional.

Estos conceptos han mostrado la realidad antidemocrática del Grupo de Lima, un modelo apócrifo no avalado por instancias legales, solo actúan en función de la ordenes del terrorista Donald Trump, presidente inmoral y mentiroso, que no cumple sus acuerdos y denigra a los presidentes del Grupo de Lima, acusándolos de perritos, ante la exigencia de un presidente inmoral, que no respeta a la mujeres y abusa de ellas, además ha sido acusado de pederasta, con este currículo podemos entender, los secuestros de niños de inmigrantes, abusando en cárceles de menores, con mamelucos rojos, siendo estos menores separados de sus padres, y hacinados en barracas y alambres, lo que demuestra que EEUU es un estado terrorista e inhumano.

(*) Periodista, politólogo y analista internacional
diegojolivera@gmail.com

martes, 23 de octubre de 2018

Evangélicos están aumentando su peso político en América Latina, relegando a la influencia católica


Por Verónica Reyes:

A imagen y semejanza de sus lugares de culto, que se multiplican en las diversas capitales latinoamericanas, los movimientos evangélicos acrecientan su influencia en la vida política de un sub-continente tradicionalmente católico. El desarrollo de estas iglesias, opuestas al derecho al aborto, al casamiento entre homosexuales, a la legalización de la marihuana y a la “ideología de género”, se traduce en un aumento del voto conservador, según señalan expertos.


Brasil es el último ejemplo de ello: mañana domingo, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, la balanza podría inclinarse en favor del candidato ultraderechista, Jair Bolsonaro, gracias al respaldo activo de los movimientos evangélicos, particularmente poderosos en el gigante sudamericano.

Un 40% de los católicos del mundo están concentrados en América Latina, pero las iglesias evangélicas, que se reconocen como protestantes, atraen cada vez más fieles en el área.

En 2017 un estudio sobre la religión en la región realizada por la consultora Latino barómetro estimaba que casi uno de cada cinco latinoamericanos (19%) era protestante, con récord de 41% y 39% en Guatemala y Honduras.

“En Brasil el crecimiento de los pentecostales (una de las corrientes de los evangélicos) ha sido tan fuerte que este país tiene hoy la mayor población pentecostal del planeta. ¡Por encima incluso de Estados Unidos!”, declaró Andrew Chesnut, director de Estudios Católicos en la Virginia Commonwealth University de Estados Unidos.

“Las iglesias evangélicas han logrado responder mejor a las necesidades de las nuevas generaciones de latinoamericanos, especialmente en contextos de un cambio social acelerado, caracterizado por una urbanización y una globalización acelerada”, explica William Mauricio Beltrán, especialista en religión y profesor en la Universidad Nacional de Colombia.

“Todos estos procesos han dejado a grandes sectores de la población excluidos, o con muy escasas oportunidades”, observó.

Para ambos universitarios, los escándalos de pedofilia que afectan a la iglesia católica, como se ha visto en Chile, deberían conducir a que cada vez más personas se acerquen a los movimientos evangélicos.

“Las temáticas preferidas de los evangélicos están cada vez más presentes en el debate público” regional, afirmó Gaspard Estrada, especialista de América Latina en el Instituto de Estudios Políticos (Sciences Po) de París.

El sumamente controvertido traslado de la embajada de Guatemala en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, en mayo, el apoyo al “No” en el referéndum sobre los acuerdos de paz entre el gobierno de Colombia y la guerrilla de las FARC, en octubre de 2016, o el respaldo a la destitución de la presidenta brasileña Dilma Rousseff, en agosto de 2017, han sido manifestaciones de esa influencia en aumento.

La fe evangélica fue un factor que contribuyó a que el presidente de Guatemala Jimmy Morales decidiera el traslado de la embajada de su país a Jerusalén: los evangélicos respaldan con fervor a Israel porque pretenden que los judíos reconstruyan su templo en Jerusalén, lo que facilitaría, según piensan, el retorno de Cristo.

“Los pastores evangélicos intervienen mucho más en la vida cotidiana de sus fieles y no tienen problema alguno de llamar a votar por alguien”, destaca Estrada.

En Brasil, la influyente Iglesia Universal del Reino de Dios convocó abiertamente a respaldar en la elección al excapitán del ejército Jair Bolsonaro, un nostálgico de la dictadura (1964-1989) que encabeza los sondeo.

¿Giro a la derecha?

“Las recientes elecciones en Chile, Costa Rica, México, Colombia, Guatemala y la del domingo en Brasil revelan una polarización creciente del electorado y un giro político a la derecha”, estima el estadounidense Andrew Chesnut.

“Incluso en la izquierda, (el presidente electo de México Andrés Manuel López Obrador) evaluó que debía aliarse con un pequeño partido conservador, fundado por un pastor pentecostal, para asegurar su triunfo”.

Para Gaspard Estrada, de Sciences Po, lo que se está viendo en la región es “más una victoria de la alternancia” que un corrimiento hacia la derecha.

“Los escándalos de corrupción, la carencia de liderazgos y la falta de crecimiento” económico han llevado a que haya “una radicalización del electorado en América Latina. Los electores son conducidos hacia los extremos y los candidatos alternativos”, dice.

“Esta afirmación del voto evangélico y conservador es una reacción al avance del voto feminista y de la sociedad civil”, considera Estrada.

“Las iglesias evangélicas han logrado constituirse en un nuevo actor político cuyo papel y poder debe considerarse cada vez que se plantea la lucha electoral”, concluyó el colombiano William Mauricio Beltrán.

La información de: *Agence France-Presse*

martes, 16 de octubre de 2018

La farsa norteamericana dela droga


Por: Antonio Caballero
Históricamente, y colectivamente, los Estados Unidos son los responsables del consumo masivo de drogas.
Dice un artículo de esta revista (Semana, de Colombia): “El Departamento de Estado (de los Estados Unidos) ubicó a Colombia en un informe como el primer productor mundial de cocaína, responsable del 90 por ciento de la droga que llegó (el año pasado) a los Estados Unidos”. [Pero…]

No: los Estados Unidos son los responsables del ciento por ciento de la droga que llega a los Estados Unidos, y de la que se produce allá (marijuana, opioides de diseño) y se exporta al resto del mundo. Este año, el año pasado, y todos los años anteriores desde hace más de medio siglo.

Históricamente, y colectivamente, los Estados Unidos son los responsables del consumo masivo de drogas. Lo inventaron ellos a través de sus tropas en la guerra del Vietnam, de donde regresaron adictas a la marihuana y a la cocaína; a través de sus hippies, a través de sus músicos, a través de sus yuppies de Wall Street, a través de sus estrellas de Hollywood. A través de lo que sus politólogos han llamado el “soft power”, el poder blando, el poder cultural. Y en el otro extremo del asunto, económicamente, los Estados Unidos son los principales beneficiarios del consumo masivo de drogas en el mundo: en Colombia, en Europa, en la China, en el África, en Rusia, y, para empezar y volver al principio, en los propios Estados Unidos. Se calcula que el 90 por ciento de las ganancias del narcotráfico terminan en los bancos de los Estados Unidos. Y políticamente: la “descertificación” para los países que en opinión del gobierno de los Estados Unidos no colaboran como ellos consideran debido en la lucha frontal y universal contra la droga es una de las herramientas que tienen y usan para controlarlos bajo una apariencia de defensa de la virtud.
Los Estados Unidos son, pues, la raíz y el teatro principal del narcotráfico mundial. Y, sin embargo, son a la vez el único país del planeta en donde, por lo que hemos visto en el último medio siglo, no hay narcotraficantes: todos los que hay, y que las autoridades de los Estados Unidos capturan, juzgan y condenan, o reclaman en extradición a los demás países, son colombianos, o más recientemente mexicanos, y ocasionalmente peruanos u hondureños o guatemaltecos, o últimamente generales venezolanos, o mafiosos sicilianos o rusos o marselleses, aunque nunca chicagüenses o neoyorquinos, y en caso extremo israelíes de la Costa del Sol española, o gallegos, o marroquíes, o libaneses.

Pero nunca se ha dado el caso de que un pulcro aduanero norteamericano, o un incorruptible policía norteamericano, o un limpio capitán de lancha guardacostas norteamericano, o un transparente juez norteamericano, o un impoluto banquero norteamericano, y mucho menos un patriótico político norteamericano, y ni siquiera un fotogénico mafioso norteamericano como los que interpretan en el cine Marlon Brando o Robert de Niro, para no hablar de un músico rockero o de un creativo publicitario norteamericano, haya tenido algo que ver con esa gigantesca importación de drogas de Colombia (y de Perú y de México, y de Afganistán y de Laos), que entra al supervigilado territorio norteamericano como por arte de birlibirloque, burlando la aviación y la marina más poderosas del mundo, los satélites espías, los radares, las cámaras, y saltándose los muros de contención que desde hace treinta años (pues no es ocurrencia de Donald Trump) se construyen en la frontera con México para aislar de las corrupciones del mundo al país de Dios, que son los Estados Unidos.

Una vez un par de diplomáticos norteamericanos, los esposos Hiett, coronel de la DEA él y encargado en Colombia de perseguir el narcotráfico, y su mujer, funcionaria de la embajada de los Estados Unidos en Bogotá, fueron descubiertos contrabandeando cocaína a los Estados Unidos por valija diplomática (miren ustedes, si quieren, mi artículo en esta misma revista titulado ‘Digo mú’ (*), de hace dieciocho años: mayo del año 2000): los condenaron a una multa y unas semanas de trabajo comunitario. A sus proveedores, colombianos ellos, a quince años de cárcel).
Hace un mes detuvieron a un sargento norteamericano que enviaba a su tierra 40 kilos de cocaína en un avión militar desde una de las siete bases colombianas a que tienen acceso los militares de los Estados Unidos: valdría la pena saber si lo han llamado a juicio.

Otra vez, también en Bogotá, y en las propias oficinas de la embajada norteamericana, un agente de la DEA mató a tiros a otro agente de la DEA por una disputa sobre un alijo de cocaína, que los dos reclamaban. No pasó nada: tanto el muerto como su asesino gozaban de inmunidad diplomática. ¿Y qué pasó con la droga del alijo en disputa? No se supo.

¿Han visto ustedes qué pasa con los alijos de droga que ocasionalmente incautan las autoridades antidrogas de los Estados Unidos? ¿Los queman? ¿Se los fuman? ¿Los revenden?
No: no lo han visto ni ustedes ni nadie: es secreto de Estado. Pero tal vez los guardan. Se dice, aunque no me consta, que en no sé qué desierto de Arizona o de Nevada existe un gigantesco Fort Knox blindado y fortificado que en vez de lingotes de oro custodia decenas de miles de toneladas de droga, para cuando haga falta.

Y sin embargo, la Casa Blanca del presidente Donald Trump acaba de sacar un documento en el que acusa una vez más a una veintena de países de ser los responsables de la producción y exportación de drogas que envenenan a la inocente juventud norteamericana, y entre ellos no figuran los Estados Unidos, que son el principal.

Menciona, eso sí, la paternal preocupación de Trump por la epidemia de muertes por consumo de opioides artificiales, sin señalar que los tales no se producen ni en Afganistán ni en Birmania ni en Colombia, sino en los laboratorios farmacéuticos de los Estados Unidos, y se distribuyen allá con autorización de la Food and Drug Administration, y bajo receta médica.

No son los campesinos cocaleros. Ni siquiera son los perversos narcos. Ni siquiera nuestros abyectos gobiernos. No es el presidente Iván Duque, tan servil como todos sus predecesores desde hace cincuenta años: desde que la prohibición norteamericana de la droga existe. No es el embajador Pachito Santos garloteando en Washington contra la droga sin darse cuenta de lo que significa lo que dice…
¡Son los Estados Unidos…!!!
Es su más vil crimen imperial…