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jueves, 16 de mayo de 2019

La Información y sus vicios



Por Jairo H. Pertuz Suarez:
Si hay algo valioso en cualquier ejercicio profesional u oficio, es la ética y, en periodismo, la objetividad. Últimamente, con tantas opciones para divulgar información, se viene abusando del derecho a la libertad de expresión cayendo en una horrorosa práctica de distorsiones, “fake news” o noticias falsas y tendenciosas que están afectando la correcta interpretación de hechos, personas, empresas o conceptos.


Para colmo, las grandes cadenas  y medios noticiosos, cada vez están más en poder de pequeños grupos empresariales o políticos de multimillonarios o millonarios que, lógicamente, manipulan la información desinformando, obviando la objetividad y la ética del periodismo, sometiendo muchas veces al profesional del periodismo a “líneas” que dependen de intereses de los propietarios, amigos o socios de los dueños de muchos medios de comunicación, especialmente en el mundo occidental, donde lo importante es el lucro y no los seres humanos. De hecho, se conoció de una transacción de compra de 150 medios en un país americano por parte de solo tres (3) empresas o empresarios por la “irrisoria” suma de setecientos ochenta mil ($780 mil) millones de dólares.

Otro efecto depredador, deprimente y perverso, lo constituye el silenciar, el no divulgar o divulgar con sesgo, información que es vital para que los pueblos tengan una visión clara y objetiva de los hechos, amén de que muchos países y gobiernos, deliberadamente, ocultan información que afecta a la población de sus países y/o del resto del mundo que, cientos de veces cuestan miles de vidas, dolor, destrucción y precariedades. No se informa, o se desinforma, sobre lo que pasa realmente en países africanos, en Medio Oriente y América Latina. Las excusas no caben aquí. Los gobiernos tienen la obligación de informar a sus ciudadanos sobre toda actuación que los afecte.

Ellos, los ciudadanos, son los que pagan a todos los funcionarios y, los que salen elegidos en procesos electorales, con mayor razón tienen la obligación de no ocultarles como usan los dineros del pueblo. Los pueblos también pagan por toda inversión o gasto innecesario y militar, y, sobre todo por los endeudamientos y robos a las arcas de los Estados.  La excusa de que deben ocultar información con pretextos pueriles, que luego se destapan a conveniencia de intereses, constituye una criminal aberración.

Los medios de comunicación y los periodistas cumplimos o debemos cumplir, con la sagrada misión de informar, todo y de todo, con objetividad, sin tergiversar ni jugar con la buena fe de los lectores. El periodista nato, honesto, jamás debe vender su pluma. De su honestidad y ética dependen la existencia de países y hasta las vidas de millones de seres humanos alrededor del mundo. De su  capacidad de denuncia y fiscalización dependen correcciones y una opinión pública libre y fundamentada. La misión del periodista es sacrificada pero valiosísima, y cientos pagamos con persecuciones y hasta con nuestras vidas por cumplir con ella. La información es vital para el desarrollo y la existencia de los pueblos, por tanto, no debe caer en los vicios del poder. 

Periodista-Analista Internacional
jhpertuz@hotmail.com

miércoles, 10 de octubre de 2018

¿Y si la izquierda volviera a pensar?


 Por Juan Pablo Cárdenas S.:

La propia comunidad científica mundial está perpleja respecto de las consecuencias que podrían tener para toda la vida de la humanidad las innovaciones producidas por la llamada inteligencia artificial. Con la inminente consolidación de la sociedad tecnológica regida por aquellos algorismos capaces de superar en miles o millones de veces la capacidad y celeridad de la inteligencia humana. De esta forma es que la ciencia avizora con  mucha preocupación que  todas nuestras estructuras sociales, políticas y económicas puedan verse supeditadas a lo que “reflexionen” y ordenen los robots y otras  inventos que ya no serán necesariamente instrumentos al servicio de la persona humanas sino, por el contrario, terminen suplantando nuestra voluntad y libre albedrío.

Cuando uno lee lo que connotados  especialistas están advirtiendo en sus escritos, como el profesor Yubal Noah Harari, descubre con horror cómo nuestros gobiernos, parlamentos y universidades se mantienen sumidos en los conocimientos del siglo que ya se fue y se muestran completamente incapaces de imaginar, siquiera, lo que viene, a fin de reaccionar a tiempo frente a los riesgos del desarrollo tecnológico. Si en el pasado a los ideólogos, filósofos y cientistas sociales los apreciábamos sensibles a los acontecimientos como la revolución industrial y otros, hoy  los vemos muy rezagados  al respecto. Pero, lo más grave, inmersos en querellas tribales, superfluas e inconducentes.

Si lo ideales del liberalismo y la democracia   parecieron ponerle fin  a los regímenes autocráticos y a las dictaduras, justamente la inteligencia artificial pudiera acabar ahora con las prácticas del libre mercado y el derecho de los ciudadanos a escoger soberanamente a sus representantes. Así como ya tenemos algorismos que vigilan todas nuestras decisiones económicas y nos predisponen para el consumo de determinados productos, sin siquiera necesitarlos efectivamente, estaría próximo el día en que desde los computadores de un grupo de los más poderosos del mundo se pueda decidir la suerte política de nuestros países.. De esta forma no sería raro que los Trump y otros personajes pudieran ser impuestos por los mecanismos  reguladores de la inteligencia emocional  que es, en definitiva, la que explica muchas de las más grandes y extrañas decisiones actuales como el Brexit, las guerras que asolan constantemente a la humanidad o la insensatez del consumismo depredador. 

Si las derechas fueron tradicionalmente las que asumían el conservadurismo, la necesidad de oponerse a los cambios y conjurar la justicia social, las izquierdas eran las que se preocupaban de cuestionar los sistemas imperantes, promover los cambios y avanzar hacia la equidad social. Sin embargo, en la actualidad lo que más se descubre en los sectores “progresistas” es su entreguismo, su conversión a las ideas neoliberales y la práctica de la democracia acotada o “representativa”. Incluso las convicciones de Marx del siglo XIX parecen ahora muy extremas para no pocas expresiones socialistas  de nuestro país y del mundo.

Aunque todavía se le rinden homenajes a Salvador Allende, a la revolución cubana y a los caudillos del África que llevaron  a la emancipación de tantas naciones, la verdad es que éstos han devenido en la más completa hipocresía. Cuando en realidad  muchos de los más rebeldes jóvenes de antaño hoy se solazan en parlamentos de un régimen político como el nuestro, regido por la Constitución de Pinochet, el ultra neoliberalismo y la impasibilidad frente a la corrupción de nuestros gobernantes e instituciones llamadas republicanas. Y, para colmo,  habiendo logrado buenas correlaciones de fuerza en el poder legislativo, finalmente se rinden a las dietas parlamentarias y al ejercicio de la política mediática, a las ambiciones personales y querellas internas digitadas por los publicistas del sistema que les conviene para que nada cambie realmente.

Poderes que ni siquiera le temen, como antes, a la explosión del descontento social, en la idea que éste puede ser neutralizado fácilmente por las policías y las fuerzas armadas que hoy hasta hacen uso de drones para identificar los rostros de los rebeldes y pueden atentar contra los líderes políticos y sociales que les resulten incómodos. Sumando a ello el control de las redes sociales, donde la calumnia, la delación y otras lacras pueden manipular con cierta facilidad la conciencia de los ciudadanos. Reconvertidos, por desgracia,  en meros consumidores y cada vez más lejos de la sociedad del conocimiento y  la posibilidad de influir en su destino. La ciencia también vaticina que la caída del capitalismo podría ser posible con el colapso de nuestro medio ambiente, más que por la crítica lúcida y la acción decidida de los dirigentes o políticos conscientes.

Vaya que resultaría importante, entonces, que los partidos políticos y otras entidades pudieran sacudirse rápidamente de sus inercias  y, en este sentido, se propusieran marcar rumbos, como advertir los riesgos que, además de sus innegables logros, entraña esa inteligencia artificial  que ya convive inmersa e infiltrada en  nuestro devenir histórico. Cuando todavía los pueblos están a tiempo de comprender los riesgos del calentamiento global, el uso del plástico y el consumo chatarra hasta en los recetarios de la medicina. Cuando la salud, por ejemplo, que nos parecía un derecho fundamental,  es completamente manipulada por los laboratorios inescrupulosos y los médicos abyectos rendidos a sus millonarias lisonjas. Una inaudita realidad que nos habla del inmenso avance experimentado para prevenir y sanar enfermedades, pero también para convertirnos a todos en enfermos y conejillos de indias dependientes de las drogas y medicamentos. En la idea de que valemos más para el negocio farmacéutico alargarnos artificialmente la vida. Sin importarle nuestra dignidad.

En muy probable que la desafección progresiva de nuestros pueblos por la democracia, tenga que ver con un desincentivo programado  por los medios de comunicación y los grandes grupos fácticos mundiales y nacionales. Que están dando con los algorismos que lleven a la humanidad a ser digitada en sus conductas y una forma de vida de la que se beneficien todavía menos habitantes del planeta. En que todos podamos “convertirnos en minúsculos chips dentro de un gigantesco sistema de procesamiento de datos”, como lo advierten los más visionarios científicos. Si confiamos más en que la inteligencia artificial tome decisiones por nosotros respecto de qué productos adquirir, qué películas ver, por ejemplo. Entregados a empresas como Google, erigida en el Vaticano del mundo actual. A la cual se rinden unidas las izquierdas y derechas del mundo para ser todas definitivamente vencidas,  si es que no toman conciencia de lo que viene y de la posibilidad de que nuestra inteligencia y libertad se sometan a un poder
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 11 de noviembre de 2017

Los excesos del poder

Por Carolina Vásquez Araya:

En los países menos desarrollados la ciudadanía vive en irremediable estado de frustración. El sistema en el cual se mueven las fuerzas del país bajo la influencia de capitales internacionales genera un círculo vicioso. Es el caso de Guatemala, en donde ese círculo resulta inquebrantable y anula toda posibilidad de construir un ambiente propicio capaz de generar una fuerza ciudadana efectiva contra un sistema que solo beneficia a ciertas élites.



Este sistema política y económicamente depredador no solo afecta a los sectores más pobres ni está enfocado únicamente en detentar el monopolio de las decisiones: es tan perverso como para haber conservado un tinte de democracia cuando sus estructuras están diseñadas para nunca ceder espacios a la auténtica participación ciudadana. Para ello, ha creado un entramado de leyes-candado favorables a la perpetuación de un estatus propicio para gobernar al país al gusto y preferencia de un sector específico, minoritario pero abrumadoramente poderoso.

Los obstáculos contra la participación política de sectores tan importantes como los de mujeres y pueblos originarios entran en el modelo tradicional de monopolización del poder, ya que uno de los objetivos de ese modelo político es, precisamente, impedir el desarrollo de una ciudadanía involucrada en la gestión pública. De ahí que las reformas a las leyes que definen el sistema electoral y de partidos políticos dependan de quienes se benefician de ellas y marginen por completo las aspiraciones de la población por una democracia real e incluyente.

Una de las consecuencias del monopolio del poder en un círculo de corrupción y privilegios, sumado a la ausencia de calidad de la gestión pública, es la marginación de la niñez y la juventud como una estrategia de dominación. La táctica de privar a este sector de acceso a la educación y relegarlo en las prioridades de inversión resulta naturalmente en la profundización de la pobreza y, por ende, la imposibilidad de cederle espacios de decisión y acceso alguno a la participación política en un futuro cercano. En otras palabras, la juventud guatemalteca continuará castrada y condenada a desenvolverse en un ambiente de privaciones y criminalidad inevitables, de no haber un giro rotundo en las políticas públicas dirigidas a este sector.

Por otro lado, la explotación irracional de la riqueza–tierras, aguas, recursos mineros- bajo el argumento de ser la única vía para generar el desarrollo económico al cual aspira la población, constituye el gastado discurso de un círculo de poder históricamente incapaz de generar más desarrollo que el de sus propiedades, bajo la protección de un sistema político que le ha servido incondicionalmente y sin reparos. La fuerza de las evidencias de los problemas generados por una industria depredadora y pobremente manejada como la minera, sin embargo, ha provocado el cierre de esa clase de proyectos en otros países de la región y del continente por ser perjudiciales y no propiciar más desarrollo que el de las compañías explotadoras, mientras los territorios mueren y sus fuentes de agua se pierden para siempre.

El desarrollo no reside en proyectos mineros ni construcción de hidroeléctricas. Reside en planes bien diseñados, incluyentes, democráticos y racionales, de mediano y largo plazos, capaces de romper los habituales círculos de influencia y convertir a un Estado débil y dependiente en una fuerza generadora de riqueza, bienestar y justicia para toda la población. Eso requiere conciencia, inteligencia y calidad humana, valores indispensables para convertir las debilidades en fortalezas y avanzar hacia un futuro más promisorio.

Un país, para crecer, necesita planes de desarrollo incluyente, sostenible y bien estructurado.

elquintopatio@gmail.com