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sábado, 2 de mayo de 2020

La ‘pandemia’ de la pobreza. El coronavirus como excusa



Por Rubén Alexis Hernández:
Las consecuencias económicas terribles a raíz de la semiparalización de la economía mundial, “ocasionada” por la pandemia derivada del coronavirus COVID-19, ha afectado de forma particular a centenares de millones de asalariados y de comerciantes informales del mundo entero. En este contexto la famosa cuarentena o aislamiento social obligatorio, de justificación por las élites y los Gobiernos debido al supuesto gran peligro representado por el coronavirus, ha dejado como saldo principal la recesión económica y el replanteamiento del capitalismo global en ciernes, y por tanto el aumento alarmante de la pobreza y la miseria en prácticamente cada nación del orbe. Triste panorama, pero esperado, considerando los efectos sociales nefastos de diversas crisis o catástrofes de variado ámbito en el pasado.


La verdadera pandemia no es la generada por el coronavirus, sino la de la pobreza, extendida por todos los rincones del orbe, azotando a gran parte de la humanidad desde la consolidación del capitalismo. Anualmente mata a millones de forma directa e indirecta por enfermedades relacionadas con la desnutrición, especialmente a niños y ancianos, y no tiene la relevancia mediática que ha tenido la infección por el COVID-19, simple y sencillamente porque el sufrimiento de los pobres importa un comino a los poderosos.

En nombre del sobredimensionado peligro que ha significado la fulana infección por coronavirus, las élites y los Gobiernos de manera absurda e irracional, atentando contra los derechos económicos de la mayoría, como el trabajo formal e informal relativamente estable y el derecho a tener acceso a costos razonables a alimentos y medicinas, decretaron un aislamiento social obligatorio y una semiparalización económica traducidos en crímenes de lesa humanidad contra buena parte de la población mundial.

Directa e indirectamente el poder global está asesinando y exterminando a numerosos seres humanos con el coronavirus como excusa de turno. La pobreza es terrible por cuanto impide al ciudadano común el goce de una vida digna, y lo condena al hambre permanente, la desnutrición crónica, la enfermedad y la desilusión; y ni hablar de los niños en esta condición, que tristemente tendrán un deficiente crecimiento físico y mental. Deberían pagar por todo lo que están haciendo las élites y los Gobiernos en contra de casi toda la humanidad, porque en realidad la guerra que llevan a cabo en la actualidad no es contra ningún virus, sino contra los pueblos humildes. La ‘pandemia’ de la pobreza sí que es peligrosa, y es una real amenaza año tras año.
www.rubenhernandezinternacional.blogspot.com
ruhergeohist@yahoo.com

miércoles, 1 de abril de 2020

Covid-19, el neoliberalismo y la destrucción de la salud pública



Por Aram Aharonian: 
El coronavirus ha dejado a la intemperie el drama social producto de años de neoliberalismo. La profunda crisis del sistema ha desempeñado su papel en la salud pública socavada por la política de austeridad que simplemente no puede con la enfermedad siquiera en los países europeos más “civilizados”.
Transitó el mundo occidental años de haber dejado de financiar la salud pública, de aceptar la coexistencia del sector privado -con la consecuente cofinanciación o subvención a las empresas privadas nacionales o trasnacionales- y haber transformado a los hospitales en empresas médicas, y la pandemia muestra los resultados inevitables.


El mundo globalizado de hoy está afectado no solo por el coronavirus sino por numerosas enfermedades de naturaleza económica y social, como las desproporciones desordenadas del “mercado libre”, la pobreza en gran escala, la creciente desigualdad social, el atraso crónico en el desarrollo, las enormes lagunas en la educación e, incluso, los rudimentos del fundamentalismo religioso junto a una corrupción constante.

La Organización Internacional del Trabajo prevé aumento en los índices de pobreza, desempleo y subempleo, como impacto de la pandemia y señala que 25 millones de personas podrían perder sus trabajos, superando las cifras de la crisis financiera del 2008-2009, que significó un incremento de 22% de desempleados. El impacto será devastador para los trabajadores que ya se encuentran o están cerca del umbral de pobreza.

Entre sanitaristas y privatistas
La crisis sanitaria actual paradójicamente  ha dado punto final al entrevero histórico  entre sanitaristas y privatistas. La evidencia es la propia realidad: ante una crisis sanitaria de   magnitud como la actual no se puede responder con mecanismos de transacciones de oferta y demanda, sino solo con una enérgica intervención pública.

Desde la década de 1980  el mundo ha vivido en un estado permanente de crisis. “Por ejemplo, la crisis financiera permanente se utiliza para explicar los recortes en las políticas sociales (salud, educación, bienestar social) o el deterioro de las condiciones salariales. Se impide, así, preguntar por las verdaderas causas de la crisis. El objetivo de la crisis permanente es que esta no se resuelva, señala Boaventura de Souza Santos.

Los objetivos – en favor del club de los más poderosos-  son los de legitimar la escandalosa concentración de riqueza e impedir que se tomen medidas eficaces para evitar la inminente catástrofe ecológica. “Así hemos vivido durante los últimos 40 años. Por esta razón, la pandemia solo está empeorando una situación de crisis a la que la población mundial ha estado sometida”, añade.

El  neoliberalismo desde la década del 1970,  centró su penetración ideológica en un discurso simple pero atractivo: la “libertad de elegir”, es decir  una economía de mercado sin restricciones guarda todos los secretos de eficiencia y justicia distributiva.

En forma complementaria el discurso neoliberal refirió otra simplificación explicativa: todos los crecientes problemas de las economías (desocupación, marginación, diferencias, polución,  abismales de ingresos, injusticias, inmovilidad social, sobre endeudamiento, etc.) serían debido a la presencia activa  del Estado en actividades .

Todas las actividades  “podrían ser hechas  mejor y con mejores resultados” por el sector  privado, sin pensar la existencia de contradicción alguna entre su afán de mayor lucro y los resultados sociales injustos o desbalanceados. Una de las áreas en las cuales puso la mira  vehemente pie la inversión privada en los últimos años fue el de la salud.

 El derecho básico universal a la salud pública fue bandera de los europeos y en América Latina, pero no así en EEUU, que no lo tiene siquiera reconocido. Hoy, el coronavirus expone las falencias del sistema de salud estadounidense, donde 30 millones de personas no poseen seguro médico y otros 40 millones sólo acceden a planes deficientes, con copagos y seguros de costos tan elevados que sólo pueden ser utilizados en situaciones extremas.

Dispararon contra la salud pública
La pandemia se expande, así como el miedo a no poder pagar las costosas consultas y tratamientos. La última década dejó los sistemas sanitarios de Europa, otrora orgullosas joyas de la corona del Estado de bienestar en un estado muy precario: se perdieron y cerraron plazas, hospitales camas, médicos, se limitaron recursos, se dejaron pasar oportunidades, disminuyó la investigación y la inversión, aumentó la ganancia de las aseguradoras y los laboratorios trasnacionales.

Según la Organización Mundial de la Salud, las camas para casos agudos y cuidados intensivos en Italia se redujo a la mitad: en los últimos 25 años de políticas neoliberales, de 575 lugares cada 100.000 habitantes a 275 en la actualidad.

 Hoy EEUU no puede soportar una crisis no prevista. Bastante tienen con la gripe de cada año con la gente que satura los hospitales cada temporada de invierno. La UE naufraga ante una crisis no esperada y la impotencia de llevar a cabo una política social común, que  arruinará el poco crédito que le quedaba. Millones de trabajadores autónomos y pequeñas empresas se van a quedar sin nada.

 La campaña sistemática contra el derecho  a acceder a la atención médica garantizada tuvo otra arista siniestra y perversa no casual: la caída constante de los presupuestos de salud y de los ingresos y condiciones de trabajo de los profesionales y auxiliares de la salud, con la intencionalidad también de demostrar que la salud privada era mejor, al menos en apariencia (edificios más similares a hoteles que a hospitales, campañas de publicidad dirigida,  oferta de servicios diferenciados, etc.)  

La crisis sanitaria actual demuestra que es solo a través de la medicina pública que pueden priorizarse y volcarse los máximos  recursos a los que pueda tener alcance la sociedad . Ante un objetivo  tan elemental inmediato  como es el garantizar la salud, el fin y las prioridades no pueden ser el  lucro privado (vendo y compro lo que me conviene)  sino la atención de los enfermos y la superación de la epidemia. No se trata de un  negocio, se trata de la vida.

¿Acaso el virus nació en China? Según la Organización Mundial de la Salud, el origen del virus aún no se ha determinado. Por lo tanto, es irresponsable que los medios oficiales en Estados Unidos hablen del «virus extranjero» o incluso del «coronavirus chino», sobre todo porque solo en países con buenos sistemas de salud pública (EEUU no es uno de ellos) es posible hacer pruebas gratuitas y determinar con precisión los tipos de gripe que se han dado en los últimos meses.

La forma en la que se construyó inicialmente la narrativa de la pandemia en los medios de comunicación hegemónicos occidentales hizo evidente la intención de demonizar a China, insinuando su primitivismo (malas condiciones higiénicas en los mercados, extraños hábitos alimenticios, usados como muletilla por la prensa occidental). Subliminalmente, la ciudadanía  mundial fue alertada sobre el peligro de que China domine al mundo.

Lo que sabemos con certeza es que, mucho más allá del coronavirus, hay una guerra comercial entre China y Estados Unidos. Desde el punto de vista de éste país, es urgente neutralizar el liderazgo de China en cuatro áreas: la fabricación de teléfonos móviles, las telecomunicaciones de quinta generación (inteligencia artificial), los automóviles eléctricos y las energías renovables.

Cambio drástico de vida
Pero la pandemia ha exigido cambios drásticos, imposibles que como por arte de magia se convierten en realidad: vuelve a ser posible quedarse en casa, tener tiempo para leer un libro o ver una película, pasar más tiempo con la familia, consumir menos y, sobre todo, huir de los centros comerciales en las grandes ciudades.

Se desmorona el imaginario colectivo impuesto por el hípercapitalismo y obliga a discutir alternativas, lo que crea mucha inseguridad en ese 1% de los dueños del mundo. La pandemia, al igual que la crisis ambiental demuestra meridianamente que el neoliberalismo mata.

 Estado de necesidad y deuda
En muchos otros países de la región,  esta enorme emergencia mundial es coincidente  con ahogo financiero. ¿Cómo volcar  mayores recursos públicos  cuando existe la presión  de  un endeudamiento público  altamente cuestionado? La consigna automática podría ser el no pago de la deuda externa.  Pero no surge automáticamente en la población la capacidad de vincular la deuda con la crisis sanitaria. 

El planteo para alcanzar mayor comprensión y adhesión  social  debe ser al revés: a partir de esta emergencia la prioridad absoluta del gasto público debe destinarse a atender la urgencia sanitaria y de garantizar las condiciones de vida de la población y todo otro gasto – incluido por supuesto las vinculados intereses o amortización de la deuda pública – pasa a estar condicionado al cumplimiento de lo primero.
Como ha ocurrido y ocurre en cualquier sociedad que afronta  catástrofes, una propuesta concreta urgente debe  hacer  referencia específica  a los gastos e inversiones  que deben realizarse sin demora: insumos y equipamientos médicos, mayor cantidad de plazas de terapia intensiva en los hospitales,  pago de salarios caídos a quienes no puedan trabajar, contratación de personal sanitario, garantizar el acceso a todos los medicamentos, etc., señala el economista y catedrático Jorge Marchini.

A contramano del manual de austeridad con que el organismo históricamente busca resolver todos los problemas mundiales, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, admitió que “será necesario un estímulo fiscal adicional para evitar daños económicos duraderos”. Pero pareciera que Georgieva solo hablaba de financiar la crisis sanitaria de los países europeos.

Inundados de notas, análisis y recomendaciones de expertos en algo, videos, memes; falsedades y verdades; estamos en estado de emergencia, en periodo quincenal de cuarentena obligatorio. Se cerraron las fronteras y están suspendidos algunos derechos civiles como a la libre circulación y reuniones sociales. Ha sido y es difícil asimilarlo. Con el Covid-19 llegó la hora de revivir los lazos de solidaridad y compromiso social.
Sólo se necesitó una pandemia mundial, como la del coronavirus, para revalidar el rol del Estado como reasignador de recursos. Un dilema clave en relación a los recursos financieros y en divisas que nuestros países precisan urgentemente para afrontar esta crisis sanitaria, sorprendente por lo rápida y virulenta, son los ajustes exigidos por el FMI y los fondos financieros que los han esquilmado… o la salud pública, señala Jorge Marchini.

Hay que elegir.

Aram Aharonian. 
Periodista y comunicólogo uruguayo. 


sábado, 21 de septiembre de 2019

El anticapitalismo de la Revolución Verde



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
El mundo ha logrado alarmarse frente a los catastróficos pronósticos sobre el cambio climático. Para una o dos décadas más es posible concebir una calamidad universal de no cambiar drásticamente nuestras formas de producción y consumo a fin de ponerle freno al calentamiento global y la depredación de nuestros bosques, fuentes de agua y dispendio de materias primas. Pese a las guerras, catástrofes medioambientales y otros fenómenos que se suceden a diario, lo cierto es que la población mundial crece constantemente y el planeta empieza a colapsar en el abastecimiento de tantos millones de seres humanos.


 Hace unos sesenta años, en París, un grupo de calificados científicos nos advertían que de continuar las formas de explotación capitalista de nuestra naturaleza, el mundo se condenaría a su destrucción y, aunque la advertencia nos sonaba entonces algo exagerada, la verdad es que ya podemos apreciar los nocivos efectos de la llamada sociedad de consumo, de los intereses escocidas del ahora autodenominado neoliberalismo y de la creciente confrontación entre las grandes, medianas y pequeñas naciones para imponer su hegemonía al mundo o proteger sus reservas naturales. Por algo se dice que la próxima guerra mundial podría ser la del agua, ante su inminente agotamiento, cuando el acceso al petróleo ya ha ocasionado y seguirá produciendo graves conflictos mundiales.

Aunque tuvimos falsos profetas que nos auguraron el triunfo definitivo del capitalismo, por sobre todas las experiencias socialistas o comunistas, lo cierto es que la paz del mundo debiera revolucionar rápidamente las bases actuales del comercio mundial, prohibir la concentración económica y la extrema riqueza, además de rescatar a más de la mitad de los habitantes del mundo de la pobreza y el atraso. El mismo planeta ya no soporta tanta inequidad social y amenazas tan extremas y arriesgadas como la producción de armamentos de destrucción masiva o “disuasivas”. Asimismo, es preciso que los seres humanos se acostumbren a vivir con lo esencial y en equilibrio con tu entorno natural, lo que supone sepultar necesariamente las ideas propiciadas por las naciones hegemónicas, la voracidad empresarial y el afán de los pueblos devenidos en simples consumidores y mano de obra de intereses ajenos.

Cada país y continente debe hacer frente a la catástrofe que se avecina y que se expresa tan locuazmente en el derretimiento de nuestros hielos, las múltiples inundaciones, los incendios forestales, los ciclones y otros fenómenos que ciertamente se vienen multiplicando y acentuando en intensidad. Entre las mayores iniciativas, ya se ha dicho, hay que descarbonizar y olvidarse de los recursos fósiles para producir nuestra energía industrial y familiar; adoptar las fuentes limpias que las naciones más conscientes están ya alentando, aunque todavía más acicateados por la una nueva oportunidad de negocios que por un imperativo moral.

De la misma forma es que hay que variar nuestros hábitos alimenticios, adoptando el consumo de proteínas también limpias y no tan provenientes de la carne animal que, como se ha comprobado, es una de las principales causantes de la crisis hídrica, la deforestación e, incluso, de un sinnúmero de trastornos a la salud.
Lo cierto es que el colapso nos amenaza a todos y que esta vez los países y poblaciones más ricas no podrán escapar a sus consecuencias, porque ciertamente la ciencia y la tecnología no le darán tiempo para escapar de la Tierra y asentarse en otro lugar del universo como algunos han llegado a fantasear en su delirio y renuencia a cambiar sus formas de vida. Pero de todas maneras nos tememos que la tozudez del pensamiento de derecha, los intereses creados y la simple condición humana impidan o retrasen la llamada “revolución verde”, la conciliación del ser humano con la naturaleza y la adopción de formas solidarias de desarrollo entre los pueblos.

De allí que el progresismo universal tenga tantos deberes y posibilidades a partir de la hecatombe que se avecina. Que las llamadas o autodenominadas izquierdas puedan confluir en un imperativo ético y político, al mismo tiempo que se alejen de todas esas ideologías o caprichos mesiánicos que perdieron realmente vigencia en el mundo actual, no tanto por el fracaso de algunas de sus experiencias reales, sino por la irrupción de nuevos problemas y desafíos. Que ya no son de cada país, etnia y clase, sino de todos los habitantes del planeta.

En lo que más conocemos, el caso chileno, asumimos que la preocupación por el medio ambiente y nuestro frágil territorio ya ha entrado al debate público y ello ha estimulado implementar muchas y novedosas acciones a lo largo de todo el país en el desarrollo de la energía solar y geotérmica, la posibilidad de desalinizar nuestro mar o, incluso, considerar seriamente la idea de esa carretera hídrica que nos permitiría conducir nuestras abundantes aguas del sur hacia el centro y el norte del país. Sin embargo, muchas autoridades soslayan el hecho de que en las últimas décadas lo que se ha propiciado son más plantas de carbón, incluso por sobre las cuestionadas hidroeléctricas. Así como se comprueba la indolencia de todos nuestros últimos gobiernos al soslayar las inicuas depredaciones provocadas por la minería y la agroindustria, con sus criminales consecuencias contra la salud de varias ciudades y poblaciones. El envenenamiento de ríos mediante sus relaves y el agotamiento de nuestros manantiales subterráneos de Santiago al norte del país.

Realmente pensamos que, sin renunciar a objetivos tan nobles como los de la verdad y la justicia (que tanto compromete a algunos partidos y movimientos), todas las expresiones vanguardistas debieran avanzar hacia los nuevos objetivos y urgencias de los Derechos Humanos, tan conculcados por nuestras grandes empresas y la frivolidad de nuestros gobernantes. Felizmente, el agotamiento de ciertas ideologías y métodos de lucha tiene como feliz corolario la decepción del pueblo respecto de los partidos y otros referentes. Al mismo tiempo que crece el interés de nuestras poblaciones por las ideas de la ecología y las manifestaciones de defensa de la “casa de todos” y la igualdad social.

Debemos asumir necesariamente que es muy poco lo que puede hacer Chile frente a los desafíos de salvar el Planeta en un país cuyos verdaderos soberanos son las empresas transnacionales, con la Constitución y las leyes que inhiben la voluntad popular y democrática, como el poder del Estado.  Pese a que somos una de las naciones más ricas del continente, con gigantescas reservas monetarias pero que solo pueden tocar el desmedido y absurdo gasto militar, como la incontinencia de una clase política que se hace pagar caro en su papel de cancerbera del orden institucional vigente y las inversiones foráneas.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com

martes, 9 de octubre de 2018

Fenómenos que amenazan al planeta


Por Germán Saltrón Negretti:
Existen riesgos naturales que amenazan al planeta  unos producidos por el hombre y otros por la naturaleza que generalmente preferimos ignorar. Ejemplo el cambio climático a veces ocasionado por la madre naturaleza y otra por el hombre que aumenta paulatinamente las temperaturas ocasionando los riesgos de catástrofes naturales, contaminando el aire y las aguas, ocasionan inundaciones y  extinción de algunas especies animales entre otros. El calentamiento global está afectando negativamente a la vida de la población del planeta, ya que el aumento paulatino de las temperaturas incrementa los riesgos de catástrofes naturales y perjudican la salud humana. El mayor contaminador del planeta los Estados Unidos renunció a la Convención para combatir el Cambio Climático.

Residuos urbanos como la basura que producimos cada día que contamina los ríos y los mares y acaban con los ecosistemas terrestres y marinos. Se agota los yacimientos de petróleo y de agua en el planeta, podemos vivir sin petróleo pero no sin el recurso agua, a ello se suma el cambio climático, que influye en la escasez de lluvia y en el aumento de la erosión y desertización de las tierras fértiles. Esto produce otro grave problema, la escasez de los alimentos.

Escasez de alimentos. El crecimiento y desarrollo económico en los países desarrollados y en los emergentes provoca paralelamente una mayor demanda de alimentos. Todo hace indicar que dentro de varias décadas se producirá una grave escasez global a menos que se encuentren métodos alternativos de alimentación o se aumente notablemente su producción.

La desigualdad económica y energética. El desarrollo económico de una nación depende en gran medida de su desarrollo energético. Es el caso de varios países que no tienen acceso ni posibilidades para desarrollar su industria energética, sin la cual no serán capaces de lograr nunca un desarrollo económico y social adecuado para su población.

Seguridad social. Cuanto más se desarrolla un país, más aumenta la calidad de vida de sus habitantes. Sin embargo, aún existen estados que no consiguen desarrollarse debido a sus pésimas infraestructuras sanitarias, lo que facilita la posibilidad de contraer enfermedades infecciosas. En consecuencia, estas naciones tales como en África ven frenado su progreso e incrementada la mortalidad de su población.

Envejecimiento de la población. Aunque bien conocido por todos, se desconoce una solución eficaz para resolver este problema ligado a la baja natalidad y especialmente vinculado a los países más desarrollados, donde el nivel y esperanza de vida es elevado. Se estima que para 2050 la población de varios de los países más desarrollados se haya reducido de forma acusada, llegando incluso a ser tres veces menor que la actual. El Calentamiento global y el grave peligro de una guerra nuclear. Todos estos males son producto del capitalismo salvaje el cual debe desaparecer para dar paso al Socialismo que significa Justicia Social para los pueblos y amor a la naturaleza.
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