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miércoles, 2 de septiembre de 2020

EE UU parece capital mundial del “gatillo fácil” policial

Por Sergio Ortiz:

El imperio seguirá diciendo que es la mayor democracia del mundo. Gane Trump o gane Biden, esa propaganda tan falsa seguirá difundiéndose. Parece la capital del “gatillo fácil”.

EE UU confirma que su racismo y la discriminación, con más la represión y el “gatillo fácil”, son de los más ominosos del mundo. Esto contradice su fama de ser la primera democracia, una mentira alta como las Torres Trump, que las agencias de prensa internacional distribuyen como verdad.


La fase más reciente de esa represión comenzó el 25 de mayo, cuando policías de Minneapolis, Minnesota, golpearon a un afroamericano, George Floyd, de 47 años. Uno de ellos lo asesinó tras apretarle el cuello con su rodilla durante varios minutos. La víctima estaba indefensa y decía “no puedo respirar”.

Ese asesinato desató una oleada de protestas en esa ciudad y decenas de otras ciudades y estados, duramente reprimidas por las policías locales y fuerzas federales enviadas por el discriminador número 1 y gran protector de la policía, Donald Trump. Ya en marzo tres policías blancos habían asesinado en Louisville, Kentucky, a una técnica médica de emergencia, Breonna Taylor, afroamericana de 26 años.

Cuando el nivel de las protestas llegó a su cima, el magnate decidió sacar las Fuerzas Armadas a la calle a reprimir a la población, algo inédito en la seudo democracia del Norte. Al final no lo hizo porque los jefes castrenses estuvieron en desacuerdo. Eso sí, las fuerzas federales de varias agencias fueron enviadas a reprimir en algunos estados, incluso contra la opinión de sus gobernadores.

Al calor de esas movilizaciones combativas y multirraciales, que en muchos casos se enfrentaron cara a cara con la policía, volvió a aparecer con más fuerza el movimiento “Black Lives Matter” (Las vidas negras importan). El vigor de esta etapa fue hasta ahora el mayor de su historia, abarcando a políticos, intelectuales, atletas, músicos, activistas, artistas y muchísima gente común.
La bandera principal cuestiona la represión a la población afroamericana y tuvo la activa participación de muchas personas blancas. La solidaridad fue pariendo un frente amplio multirracial contra el neonazi de la Casa Blanca.

Aquel nombre del movimiento indica que es una lucha que viene de lejos pues esa denominación nació en 2014, cuando el policía blanco Darren Wilson asesinó en Ferguson, Missouri, a Michael Brown, afroamericano. Después murieron Trayvon Martin y Eric Garner y allí surgió el “Black Lives Matter” que seis años más tarde se hizo tan conocido a nivel internacional.

Otra vez
Lo detonado el 25 de mayo pasado en Minneapolis sigue expresándose en las calles. Ni siquiera lo frenó el riesgo de contagio en una pandemia que, en buena medida por las políticas laxas y anticientíficas de Trump, ya lleva infectados a 6 millones de personas en EE UU con algo menos de 200.000 muertos.

Este aspecto es digno de reflexión: tiene que haber mucha conciencia y mucha bronca acumulada para que miles de personas salgan a la calle a manifestar, con ese alto riesgo de contagio. Esas personas saben que la policía de Trump y los siglos de discriminación racial son quizás más peligrosos que el COVID-19. Pero salen lo mismo y arriesgan sus vidas doblemente: ante el virus y frente a los patrulleros que asfixian con gases o con rodillas en tu cuello o te disparan por la espalda invocando de hecho la doctrina de un colega sudamericano, Chocobar, patentada “made in USA”.

Confirmando que ese “gatillo fácil” es doctrina oficial y no un disparo casual, el 23/8 otro afroamericano, Jacob Blake, de 29 años, fue baleado de atrás por dos policías, cuando entraba a su auto, donde estaban tres hijos menores. Si bien la víctima no murió ha quedado con su mitad inferior del cuerpo inmovilizado por 7 tiros. Sucedió en Kenosha, Wisconsin, y fue como arrojar otra vez nafta al incendio no apagado de Minneapolis. Lejos de apaciguarse un poco, un joven racista en Kenosha mató a otras dos personas y un tercero fue gravemente herido.

Por eso hubo una vuelta masiva a las calles en esa ciudad y en varias más, con críticas renovadas a la brutalidad policial y la administración Trump, que le hace de paraguas.
Enlazando más una historia dramática con otras, la familia de Blake tendrá el abogado de derechos civiles Benjamin Crump, el mismo que las familias de George Floyd y Breonna Taylor.

Hablando de historia. Muchos creen que el gesto de la rodilla en tierra, en homenaje a Floyd, nació ahora. No. En 2016 Colin Kaepernick, un hijo de afroamericano y jugador profesional de fútbol americano, en conexión con “Black Lives Matter”, tuvo ese gesto en un partido oficial mientras sonaba el himno estadounidense. Lo dejaron libre y nunca más pudo jugar en la Liga.

Nuevas técnicas represivas
En los meses transcurridos entre el crimen de Floyd y la balacera a traición contra Blake vienen siendo denunciadas nuevas técnicas represivas. A los estadounidenses les resultan novedosas, pero en muchos países latinoamericanos son moneda corriente. Los manifestantes alertan contra operativos federales que operan con vehículos en muchos casos no identificados, con agentes que tampoco se identifican. Y sin ninguna orden de aprehensión apresan en la calle a personas, las reducen con amenazas de muerte, las golpean y se las llevan secuestradas. Luego de tenerlas detenidas e incomunicadas varias horas, las dejan en libertad. ¿Y el Estado de Derecho?

Estos procedimientos se denunciaron en Resumen Latinoamericano y el periódico Mundo Obrero, sobre sucesos ocurridos en Portland (Oregon), Seattle (Washington), Austin (Texas) y Louisville (Kentucky), las más activas en las protestas en julio pasado. Ahí se volvieron a escuchar consignas como “no hay justicia, no hay paz”, “¡No puedo respirar!” “¡Así es como luce la democracia!”, que denotan una creciente politización del movimiento. No sólo insultos volaron hacia los agentes armados; también algunas botellas y botellas que no son del calibre criminal que usa esa yuta.

Frente a los sucesos de Kenosha, al menos el candidato presidencial demócrata ungido el 19 de agosto, Joe Biden, reclamó una investigación. En cambio, Trump, en la convención virtual republicana que lo proclamará como aspirante a la reelección, guardó silencio. Su opinión sobre los negros es de total desprecio. Hace unos días se filtró un audio donde se alegraba de que en los comicios de 2016 la participación de la comunidad negra había sido sido baja. “Fue casi tan bueno como si votaran por mí. Fue genial”, decía la bestia platinada. Así opinaba de los afroamericanos, que son el 13 por ciento de la población total.

El 3 de noviembre se vota en EE UU. Ahí se verá si los votantes tienen memoria y si sienten el mal de bolsillo, pues 42.6 millones ya tuvieron que pedir el subsidio de desempleo.
ortizserg@gmail.com

miércoles, 10 de junio de 2020

EE UU una de las capitales mundiales del racismo


Por Sergio Ortiz:
Reiterados asesinatos, discriminación y racismo contra negros

A partir del asesinato de un afroamericano por parte de un policía blanco de Minneapolis, en EE UU y otras partes del mundo se generó una gran oleada de protestas.

El asesinato de tintes racistas fue consumado el 25 de mayo. La víctima y el victimario comparten rasgos de otros casos en EE UU: la primera, George Floyd, un afroamericano, y el segundo, Derek Chauvin, un policía blanco.


Como en otros crímenes cometidos por las fuerzas policiales animadas de racismo, Chauvin no actuó solo. Fue secundado por tres uniformados: Thomas Lane, J.A. Kueng y Tou Thoa. Una escena típica de la cobardía de los agresores, pues la persona que va a morir está sola y no se resistía a la detención, y quien mata está armado, con tres efectivos que lo ayudan a matar.

La vida de Floyd valió 20 dólares. Con un billete igual había adquirido algún comestible en un supermercado; según el cajero era falso y llamó a la policía. En vez de interrogarlo, comprobar la denuncia y eventualmente llevarlo detenido para que la justicia aclarara si ese pequeño delito era real o no, los policías ultimaron al cliente.

Otras características son peculiares. No se había visto a un agente matar a una persona obligada a tenderse en la calle, asfixiándolo con la presión de su rodilla sobre el cuello impidiéndole respirar durante 9 minutos. Alguien filmó un video y se difundió, escuchándose decir al moribundo “no puedo respirar”.
El crimen fue brutal y conmovió no sólo a los ciudadanos de Minneapolis, sino al resto de Minnesota. Se fue difundiendo al país y en estos tiempos de conectividad y de análisis globales por la pandemia de COVID-19, al resto del mundo en forma casi instantánea.

La historia se parecía a otras pues la institución policial, la justicia y el poder político estadounidense reaccionaron en forma benévola con el criminal. No fue detenido inmediatamente ni dado de baja. La justicia no lo acusaba de asesinato. El gobernador del Estado, el demócrata Tim Walz, ante el inicio de las manifestaciones, respaldó a los uniformados, declaró el Estado de Sitio y envió la Guardia Nacional.

Como “Ardió Troya”, perdón Minneapolis, entonces las cosas fueron cambiando para mejor. Al día siguiente del crimen los policías fueron dados de baja. El alcalde Jacob Frey, demócrata, instó a presentar cargos penales. Y el fiscal general de Minnesota, Keith Ellison, acusó a Chauvin de homicidio en segundo grado (la familia de Floyd quiere de primer grado) e imputó a los otros tres cómplices.
Para entonces ya el asesinato estaba en la primera línea de la política estadounidense y entre los más importantes sucesos internacionales, preparándose manifestaciones populares en Londres y otras ciudades europeas.

Capitalismo tan desigual
El presidente neofascista ya venía arrojando nafta al incendio de su país, con una política criminal en tiempos de pandemia. Cero cuidados, casi cero ayudas estatales a los más vulnerables (1.200 dólares a una parte de los más necesitados), cero fortalecimientos del sector público de la salud, propaganda de remedios que no eran tales, cero coordinaciones con la Organización Mundial de la Salud, campaña anti china en vez de intercambio de experiencias con el país que mejor luchó contra el COVID-19 y un largo etcétera.

Si bien no fueron exclusivamente culpa del neonazi titular de la Casa Blanca, los más de 100.000 muertos por el coronavirus subrayaron su grave responsabilidad.

Y los más sufridos, como siempre, los negros. “Los investigadores de Boston University hallaron que el 11% de los adultos negros y el 18% de los indoamericanos tenían múltiples factores de riesgo que los colocaba en mayor peligro de sufrir un caso severo de COVID-19, mientras que esto sólo sucedía con el 8% de los blancos. Entre las personas de 65 años o más en el mismo estudio, que evaluó datos del Sistema de vigilancia de factores de riesgo conductuales del 2018, se encontró que el 69% de los indoamericanos y el 61% de los afroamericanos tenían uno o más factores de riesgo, además de la edad, en comparación con el 54% de los adultos blancos” informaba Rachel Nania, en sitio AARP, el 8 de mayo pasado.

Los graves problemas económicos actuales en el imperio serán aún más impiadosos con los afroamericanos y latinos, cuyos ingresos están por debajo del promedio de los blancos. El ingreso medio de éstos es de 70.642 dólares, el de afroamericanos 41.361 y el de los hispanos algo mejor, 51.450.

Unos 40 millones de nuevos desocupados han pedido cobrar el seguro por desempleo y la desigualdad de la sociedad capitalista también se reflejará allí, con negros y latinos encabezando las listas de desempleados.
Trump el incendiario

Hacía muchos años que las protestas sociales no eran tan masivas, violentas y persistentes. Son masivas, porque han participado miles y miles de personas en numerosas ciudades; en cuarenta de éstas quisieron desalojarlas y vaciar las calles con toque de queda. Son violentas porque - no en todos los casos - hubo confrontaciones con la policía, incendios de patrulleros, piedras y botellas incendiarias contra los efectivos, ataques y robos a locales comerciales, etc. Han muerto 3 manifestantes y centenares fueron detenidos. Y son persistentes porque han pasado casi diez días y las manifestaciones no cesaron en Washington, Nueva York, Houston, Los Ángeles, etc., aunque hayan disminuido las concurrencias.

Toda una enseñanza para quienes, desde América Latina, Asia y África suelen pensar que en el “Primer Mundo” no hay lucha de clases y sus gobiernos gozan de paz y buena salud. Al contrario, cómo estará de alborotada la decadente superpotencia que Trump hizo suya la consigna de “la ley y el orden”, con reminiscencias nixonianas.

Los gobernadores de uno y otro color político bipartidista han apelado al toque de queda, la concentración de policías, de la Guardia Nacional y otras agencias de seguridad. Trump fue más allá, al amenazar con que “empiezan los saqueos y empiezan los tiroteos”. Y luego amagó con usar las Fuerzas Armadas en estos asuntos de seguridad interior, algo que ni siquiera aceptó su Secretario de Defensa, Mark Esper.

Si no fuera trágico, sería gracioso que la administración Trump, además de acusar de terrorista a la agrupación ANTIFA (Antifascistas), denunciara a los gobiernos de Cuba y Venezuela. “El FBI detuvo a un grupo de venezolanos y cubanos que pagaban para causar caos en las protestas en EEUU. Las autoridades norteamericanas se encuentran investigando para determinar si los capturados tienen lazos con las dictaduras de Venezuela y Cuba”, mentía Infobae, la web anticomunista argentina.

Dentro de 5 meses hay presidenciales en USA, pero primero tendrán que apagar el incendio de negros, latinos, asiáticos y blancos; la fogata social de Minneapolis es multicolor y allí arde la imagen del dizque “mejor democracia del mundo”.

ortizserg@gmail.com

sábado, 30 de mayo de 2020

Fuego en Minneapolis por el asesinato de George Floyd

Por Leandro Albani:


La policía de Estados Unidos, otra vez, asesinó a un ciudadano afroamericano. Durante toda la semana, miles de personas salieron a las calles a reclamar justicia.

“Ser afroamericano en Estados Unidos no debería ser una condena a muerte”, reconoció, esta semana, el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey. Cuando el funcionario dijo estas palabras, en la ciudad que administra -ubicada en el estado de Minnesota, en el norte de Estado Unidos-, las calles ya comenzaban a llenarse de gente. Desde ese momento al incendio de edificios, la destrucción de locales comerciales y la posterior represión policial, pasaron apenas unas horas.


El lunes, George Floyd, un afroamericano de 46 años, fue asesinado por la policía. En un video que circula por todo el mundo, se observa al oficial Derek Chauvin arrodillado sobre el cuello de Floyd. Aunque en la escena hay gente que le grita al policía que lo puede matar, Chauvin sigue en su juego. Un juego que se quiere esconder en la historia de Estados Unidos, pero que se repite de forma sistemática: el racismo visceral de las fuerzas de seguridad hacia la comunidad afroamericana del país.

En Estados Unidos, ya no existe la Confederación, pero el fantasma del general Robert Lee sobrevuela de norte a sur y de este a oeste de la Unión. Y los afroamericanos siguen formando -pese a una “democracia” que permitió que un presidente negro parafraseara a Martin Luther King- la comunidad más castigada por las reglas del American Way of Life. George Floyd es una muestra más en la larga lista de muertes en manos del poder blanco.

La policía argumentó que Floyd había querido cambiar un billete falso de veinte dólares, que, por eso, lo esposaron, que trató de resistirse (aunque los videos confirman lo contrario), que estaba bajo los efectos de la droga y que tenía problemas de salud.

Las palabras entre Floyd, el agente de la policía y los testigos, que se escuchan en el video, son estremecedoras. La cadena informativa Democracy Now! las transcribió completas:
Testigo 1: Tiene la rodilla en su cuello.
Testigo 2: Tiene la rodilla justo en su cuello, oficial.
Testigo 1: Ni siquiera se está resistiendo al arresto.
George Floyd: No puedo respirar.
Testigo 3: ¿Lo está disfrutando?
George Floyd: No puedo respirar.
Testigo 1: Se cree muy macho. Se cree muy macho, ¿eh?
Oficial (Chauvin): ¿Qué dijo?
Testigo 1: Dije que él se cree muy macho. Ni siquiera se está resistiendo al arresto, hermano.
Oficial: ¿Filmó toda la parte en la que luchamos con él?
Testigo 1: Pero, hermano, ¿por qué está sentado allí? No está haciendo nada ahora. Llévelo al auto.
George Floyd: “No me mate. No me mate”.
Cuando los paramédicos llegaron al lugar, era demasiado tarde. George Floyd ya no tenía pulso. Aunque fue trasladado al hospital, su vida había dejado de latir.

Chauvin estaba acompañado por los agentes Tou Thao, Thomas Lane y J Alexander Kueng, que fueron separados de la fuerza y, ahora, son investigados por el FBI. Según el diario Star Tribune, basado en los registros de la propia policía, Chauvin estuvo implicado en varios hechos violentos durante su carrera. El periódico informó que, en 2006, fue uno de los seis oficiales que dispararon sus armas en la muerte de Wayne Reyes, quien, siempre en la versión policial, apuntó con una escopeta recortada a los oficiales después de apuñalar a dos personas. Chauvin también hirió a un hombre dos años después, en 2008, en una pelea tras una denuncia de un asalto doméstico.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pidió, el miércoles, que el FBI se encargue de la investigación. El mandatario declaró que lo ocurrido fue una “muerte muy triste y trágica”. Los dichos de Trump, un líder que siempre coquetea con las huestes de Ku Klux Klan, suenan, por lo menos, oportunistas. El mandatario, un misógino consecuente, nunca se calló la boca para maldecir a las minorías de su país y despotricar contra “el peligro” que llevan a cuesta los inmigrantes. Tal vez ahora, con un país quebrado económicamente, con millones de personas desocupadas y negando la realidad de la pandemia del coronavirus, Trump busque cierto “consenso” frente a lo ocurrido.

El asesinato de Floyd revivió lo ocurrido en 2014, cuando el afroamericano Eric Garner murió asfixiado por una maniobra prohibida de ahogo que le aplicó un agente de policía blanco en Staten Island, Nueva York. Detrás de los apellidos Floyd y Garner, la lista de afroamericanos asesinados, reprimidos o torturados por la policía podría llenar cientos de páginas. Pero, en Estados Unidos, y más allá de las declaraciones oficiales rechazando estos hechos repetidos, a pocos parece importarles.

En declaraciones a la cadena NBC, Bridgett Floyd, la hermana de la víctima, demandó que los cuatro agentes “fueran acusados de asesinato, porque eso es exactamente lo que hicieron”. “No necesito que sean suspendidos y puedan trabajar en otro estado o en otro condado. Les deberían quitar sus licencias, sus trabajos y deberían ser encarcelados por asesinato”, remarcó la hermana de George.

Actores y actrices, deportistas, intelectuales, defensores de los derechos humanos y hasta legisladores, y el propio candidato presidencial del Partido Demócrata, Joe Biden, se manifestaron en repudio al asesinato de Floyd. Aunque el asesinato hizo levantar las voces como en pocas otras oportunidades, la solución a este tipo de problemas –sistémico, profundo, clasista y racial- está lejos de solucionarse. En Estados Unidos, “el reino de las oportunidades” –según sostiene la propaganda mediática-, los pobres y las minorías no valen ni siquiera la bala que los mata, como alguna vez escribió Eduardo Galeano. No es casualidad que, en medio de la pandemia, las comunidades afroamericana y latina sean las más afectadas por las muertes por coronavirus.

Mientras la familia de George Floyd lo llora, en Minneapolis, las protestas se multiplican y también se llevan adelante en otras ciudades, como Los Ángeles. No es extraño que, con el paso de los días, los grandes medios diluyan el caso, pero, al mismo tiempo, acusen con dureza a quienes hoy saquean comisarías, enfrentan a la policía e incendian edificios. Para ellos, desde sus despachos y usinas mediáticas, la rabia que moviliza a cientos de personas en Minnesota es más peligrosa que cualquier virus mundial. Quienes sienten en la piel la indignación por el asesinato de George Floyd y, hoy, salen a las calles en demanda de justicia, muestran, una vez más, que, en Estados Unidos –y se podría decir que en casi todos los países del mundo-, la policía se comporta como una fuerza racista y opresora, que tiene la venia del poder político para cometer hechos salvajemente conscientes.

En 1974, George Jackson –miembro del partido Panteras Negras, encarcelado durante diez años y asesinado en agosto de 1971 en la prisión de San Quintín- le escribió a su abogada Fay Stender: “No creo que podamos permitirnos ser amables por más tiempo; lo único que nos protegía se está erosionando sin que nos demos cuenta. Ya no será posible saber cuándo ha desaparecido nuestro último derecho. Sólo lo sabremos cuando comiencen a disparar sobre nosotros. Sería preciso denunciar ese deterioro antes que se concrete; si no, estaremos luchando, desde una posición débil, con la espalda contra la pared”.

La reflexión de George Jackson, por estos días, estremece las calles de Minneapolis. Y se refleja, de forma desafiante, sobre el cuerpo sin vida de George Floyd.
leandroalbani@gmail.com