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sábado, 8 de agosto de 2020

Los monopolios y los grupos terroristas 2020



Por Diego Olivera Evia:
La Pandemia sigue desarrollando su ataque criminal. 

Donald Trump anunció a través de sus redes sociales que quiere incluir en la lista de organizaciones terroristas al movimiento antifascista Antifa.
El presidente estadounidense acusa a este grupo de liderar las protestas por la muerte de George Floyd. A nivel legal, la amenaza parece complicada de aplicar. Sin embargo, el secretario de Justicia, William Barr, asegura que el FBI ya está identificando a sus miembros. “La violencia de los Antifa es terrorismo interno y será tratado como tal”, dijo.


Ya el verano pasado, el presidente Donald Trump amenazó con designar a Antifa como grupo terrorista, pero las amenazas no se concretaron. Ahora, cuando enfrenta la mayor ola de protestas por todo el país desde que comenzó su mandato, vuelve a la carga contra este movimiento de extrema izquierda al que responsabiliza de las manifestaciones y disturbios que se han desencadenado en todo el territorio tras el asesinato a manos de la policía de Minneapolis del afroamericano George Floyd.

Ante la multiplicación de las protestas, el presidente estadounidense no ha dudado en apuntar a Antifa como los instigadores llamando a los gobernadores a mostrase firmes con los “anarquistas que campan en las calles”.

“Estados Unidos va a inscribir a Antifa en la categoría de organizaciones terroristas", tuiteó Trump. Sin embargo, a pesar de las amenazas, organizaciones como ACLU (Unión estadounidense para las libertades civiles) consideran que el presidente no tiene la autoridad legal para designar a un grupo nacional como terrorista. “Cualquier designación de este tipo implicaría problemas importantes de procedimiento”, dijo en un comunicado la directora del proyecto de seguridad nacional de ACLU, Hina Shamsi.

El secretario de Justicia, William Barr, secundó al presidente y anunció que el FBI ya está identificando a los miembros del movimiento antifascistas. La violencia de los “Antifa es terrorismo interno y será tratado como tal”, declaró Barr.

Antifa, contra el racismo y la violencia policial. Este grupo nace en Estados Unidos en los años 80, vinculado a ARA (Anti-Racist Action Network), una red que se organizó como oposición a los supremacistas y neonazis estadounidenses. Se inspiran de los movimientos antifascistas europeos del siglo XX, sobre todo en Italia y usan la misma bandera con los colores rojo y negro.

No se trata de una organización estructurada y jerarquizada, no hay líderes ni tampoco tienen oficinas, aunque en algunos estados estadounidenses celebran reuniones periódicas. Se trataba más bien de un movimiento compuesto por varios grupos y muy heterogéneo. En general se trata de jóvenes que se organizan a través de las redes sociales y que a menudo se visten de negro y nunca muestran su rostro en las manifestaciones.

Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2016, estos grupos se han reactivado en respuesta a movimientos supremacistas y neoconservadores como el Tea Party o la extrema derecha que apoya a Trump. Es difícil concentrar sus posiciones, pero en general luchan contra el racismo y la violencia policial, la opresión de minorías o contra las elites y las grandes empresas.
En agosto de 2020, en Charlottesville hubo enfrentamientos entre supremacistas blancos y antifascistas que causaron un muerto y decenas de heridos.



La Pandemia sigue desarrollando su ataque criminal
La pandemia de la enfermedad por coronavirus (COVID-19) ha puesto de relieve, de forma inédita, la importancia de los cuidados para la sostenibilidad de la vida y la poca visibilidad que tiene este sector en las economías de la región, en las que se sigue considerando una externalidad y no un componente fundamental para el desarrollo. La crisis sanitara en curso pone en evidencia la injusta organización social de los cuidados en América Latina y el Caribe.

Urge pensar las respuestas a las necesidades de cuidados desde un enfoque de género, ya que, como ha demostrado la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) en reiteradas ocasiones, son las mujeres quienes, de forma remunerada o no remunerada, realizan la mayor cantidad de tareas de cuidados.

Trump es el presidente más criminal que jamás haya habitado el planeta Tierra ... no es seguro, pero si el curso de las cosas sigue como hasta ahora, ... Es una brutal guerra de clases que se está desarrollando frente a nuestros ojos. ... los países más capitalistas lo están pasando peor en esta pandemia.

El militarismo americano, sin embargo, está lejos de ser todopoderoso. Esto quedó claro en los acontecimientos a bordo del USS Theodore Roosevelt, un portaaviones de propulsión nuclear que se supone que es un símbolo del poderío estadounidense. El coronavirus se extendió como un incendio forestal por sus cubiertas abarrotadas, con al menos 900 de sus tripulantes infectados con la enfermedad.
El comandante del barco suplicó a sus superiores que trajeran el portaaviones a puerto y desembarcara y pusiera en cuarentena a su tripulación, insistiendo: “No estamos en guerra. Los marineros no necesitan morir”.

El turismo de masas no será nunca más como antes, con todo lo que ello implica en pérdida de ingresos para países como el nuestro, donde todos los sectores asociados (transporte aéreo, restaurantes, hotelería) están en vías de ruina por falta de clientes. A corto plazo, esta situación conduce a una reestructuración total de la vida económica, social y política en el mundo entero.

El modelo capitalista ultra liberal que ha dominado hasta ahora está en crisis. Ya no volveremos a la “normalidad” del dinero fácil, del ultra individualismo, de la desforestación masiva (para saciar el apetito de carne, que también deberá desaparecer), y de la caza ilegal de animales salvajes que pueden transmitirnos sus virus. Otro mundo más humano y ecológico y otra manera de vivir en él se está forjando y debemos prepararnos a cultivar la solidaridad y la cooperación que son la única forma de protegernos y de proteger a nuestro planeta.

(*) Periodista, Historiador y Analista Internacional
diegojolivera@gmail.com


sábado, 30 de mayo de 2020

Fuego en Minneapolis por el asesinato de George Floyd

Por Leandro Albani:


La policía de Estados Unidos, otra vez, asesinó a un ciudadano afroamericano. Durante toda la semana, miles de personas salieron a las calles a reclamar justicia.

“Ser afroamericano en Estados Unidos no debería ser una condena a muerte”, reconoció, esta semana, el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey. Cuando el funcionario dijo estas palabras, en la ciudad que administra -ubicada en el estado de Minnesota, en el norte de Estado Unidos-, las calles ya comenzaban a llenarse de gente. Desde ese momento al incendio de edificios, la destrucción de locales comerciales y la posterior represión policial, pasaron apenas unas horas.


El lunes, George Floyd, un afroamericano de 46 años, fue asesinado por la policía. En un video que circula por todo el mundo, se observa al oficial Derek Chauvin arrodillado sobre el cuello de Floyd. Aunque en la escena hay gente que le grita al policía que lo puede matar, Chauvin sigue en su juego. Un juego que se quiere esconder en la historia de Estados Unidos, pero que se repite de forma sistemática: el racismo visceral de las fuerzas de seguridad hacia la comunidad afroamericana del país.

En Estados Unidos, ya no existe la Confederación, pero el fantasma del general Robert Lee sobrevuela de norte a sur y de este a oeste de la Unión. Y los afroamericanos siguen formando -pese a una “democracia” que permitió que un presidente negro parafraseara a Martin Luther King- la comunidad más castigada por las reglas del American Way of Life. George Floyd es una muestra más en la larga lista de muertes en manos del poder blanco.

La policía argumentó que Floyd había querido cambiar un billete falso de veinte dólares, que, por eso, lo esposaron, que trató de resistirse (aunque los videos confirman lo contrario), que estaba bajo los efectos de la droga y que tenía problemas de salud.

Las palabras entre Floyd, el agente de la policía y los testigos, que se escuchan en el video, son estremecedoras. La cadena informativa Democracy Now! las transcribió completas:
Testigo 1: Tiene la rodilla en su cuello.
Testigo 2: Tiene la rodilla justo en su cuello, oficial.
Testigo 1: Ni siquiera se está resistiendo al arresto.
George Floyd: No puedo respirar.
Testigo 3: ¿Lo está disfrutando?
George Floyd: No puedo respirar.
Testigo 1: Se cree muy macho. Se cree muy macho, ¿eh?
Oficial (Chauvin): ¿Qué dijo?
Testigo 1: Dije que él se cree muy macho. Ni siquiera se está resistiendo al arresto, hermano.
Oficial: ¿Filmó toda la parte en la que luchamos con él?
Testigo 1: Pero, hermano, ¿por qué está sentado allí? No está haciendo nada ahora. Llévelo al auto.
George Floyd: “No me mate. No me mate”.
Cuando los paramédicos llegaron al lugar, era demasiado tarde. George Floyd ya no tenía pulso. Aunque fue trasladado al hospital, su vida había dejado de latir.

Chauvin estaba acompañado por los agentes Tou Thao, Thomas Lane y J Alexander Kueng, que fueron separados de la fuerza y, ahora, son investigados por el FBI. Según el diario Star Tribune, basado en los registros de la propia policía, Chauvin estuvo implicado en varios hechos violentos durante su carrera. El periódico informó que, en 2006, fue uno de los seis oficiales que dispararon sus armas en la muerte de Wayne Reyes, quien, siempre en la versión policial, apuntó con una escopeta recortada a los oficiales después de apuñalar a dos personas. Chauvin también hirió a un hombre dos años después, en 2008, en una pelea tras una denuncia de un asalto doméstico.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, pidió, el miércoles, que el FBI se encargue de la investigación. El mandatario declaró que lo ocurrido fue una “muerte muy triste y trágica”. Los dichos de Trump, un líder que siempre coquetea con las huestes de Ku Klux Klan, suenan, por lo menos, oportunistas. El mandatario, un misógino consecuente, nunca se calló la boca para maldecir a las minorías de su país y despotricar contra “el peligro” que llevan a cuesta los inmigrantes. Tal vez ahora, con un país quebrado económicamente, con millones de personas desocupadas y negando la realidad de la pandemia del coronavirus, Trump busque cierto “consenso” frente a lo ocurrido.

El asesinato de Floyd revivió lo ocurrido en 2014, cuando el afroamericano Eric Garner murió asfixiado por una maniobra prohibida de ahogo que le aplicó un agente de policía blanco en Staten Island, Nueva York. Detrás de los apellidos Floyd y Garner, la lista de afroamericanos asesinados, reprimidos o torturados por la policía podría llenar cientos de páginas. Pero, en Estados Unidos, y más allá de las declaraciones oficiales rechazando estos hechos repetidos, a pocos parece importarles.

En declaraciones a la cadena NBC, Bridgett Floyd, la hermana de la víctima, demandó que los cuatro agentes “fueran acusados de asesinato, porque eso es exactamente lo que hicieron”. “No necesito que sean suspendidos y puedan trabajar en otro estado o en otro condado. Les deberían quitar sus licencias, sus trabajos y deberían ser encarcelados por asesinato”, remarcó la hermana de George.

Actores y actrices, deportistas, intelectuales, defensores de los derechos humanos y hasta legisladores, y el propio candidato presidencial del Partido Demócrata, Joe Biden, se manifestaron en repudio al asesinato de Floyd. Aunque el asesinato hizo levantar las voces como en pocas otras oportunidades, la solución a este tipo de problemas –sistémico, profundo, clasista y racial- está lejos de solucionarse. En Estados Unidos, “el reino de las oportunidades” –según sostiene la propaganda mediática-, los pobres y las minorías no valen ni siquiera la bala que los mata, como alguna vez escribió Eduardo Galeano. No es casualidad que, en medio de la pandemia, las comunidades afroamericana y latina sean las más afectadas por las muertes por coronavirus.

Mientras la familia de George Floyd lo llora, en Minneapolis, las protestas se multiplican y también se llevan adelante en otras ciudades, como Los Ángeles. No es extraño que, con el paso de los días, los grandes medios diluyan el caso, pero, al mismo tiempo, acusen con dureza a quienes hoy saquean comisarías, enfrentan a la policía e incendian edificios. Para ellos, desde sus despachos y usinas mediáticas, la rabia que moviliza a cientos de personas en Minnesota es más peligrosa que cualquier virus mundial. Quienes sienten en la piel la indignación por el asesinato de George Floyd y, hoy, salen a las calles en demanda de justicia, muestran, una vez más, que, en Estados Unidos –y se podría decir que en casi todos los países del mundo-, la policía se comporta como una fuerza racista y opresora, que tiene la venia del poder político para cometer hechos salvajemente conscientes.

En 1974, George Jackson –miembro del partido Panteras Negras, encarcelado durante diez años y asesinado en agosto de 1971 en la prisión de San Quintín- le escribió a su abogada Fay Stender: “No creo que podamos permitirnos ser amables por más tiempo; lo único que nos protegía se está erosionando sin que nos demos cuenta. Ya no será posible saber cuándo ha desaparecido nuestro último derecho. Sólo lo sabremos cuando comiencen a disparar sobre nosotros. Sería preciso denunciar ese deterioro antes que se concrete; si no, estaremos luchando, desde una posición débil, con la espalda contra la pared”.

La reflexión de George Jackson, por estos días, estremece las calles de Minneapolis. Y se refleja, de forma desafiante, sobre el cuerpo sin vida de George Floyd.
leandroalbani@gmail.com