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domingo, 3 de febrero de 2019

En toda guerra hay muertos, los suyos y los nuestros




Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

El gobierno comete un error frente a la sociedad al pretender que esta valide sin objeción el ejercicio de la violencia que el produce y ejerce, pero que condene, sin ninguna reflexión, como hecho de terror cualquier otra violencia similar. Toda violencia es condenable, la del estado y la de los terceros. El resultado de validar solo un tipo de violencia es contrario al DIH y a la aplicación de los derechos humanos. En Colombia, a pesar del anhelo de paz nacional, aún tiene actores armados, a los que no se puede convertir por disposición normativa o voluntad de poder poner a secas en la condición de grupos armados delincuenciales. El afán por validar el ejercicio de la violencia del estado, está arrastrando al poder hegemónico a tratar de conquistar al precio que sea, voces, grupos, personas, personalidades y pueblo, que hagan eco de que la razón de estado es la fuerza y que está autorizado para usarla a su antojo y sin límite.



Usar la fuerza para sostener el poder y concentrarlo más, pero a la vez profundizar el modelo de despojo de la riqueza nacional y tapar escándalos de corrupción, ya dejo a su paso una estela de horror, más fracasos que éxitos y mas sangre y sufrimiento que cohesión social, y degradó la capacidad de los derechos humanos como limite al poder, porque terminó persiguiendo a los derechos y a sus defensores y metiendo a la sociedad en la inhumana disyuntiva entre seguridad o derechos, que reemplazaba la disyuntiva real que era entre muerte o vida.

La seguridad alineada con la violencia elimina libertades, fomenta la desigualdad, impide la resolución de conflictos y reinstala en la sociedad el ánimo de guerra y el destierro de los derechos, de lo que el presidente y su equipo de gobierno, hacen alarde con sus reiteradas apariciones mediáticas, a la manera de un tribunal militar, para señalar y emitir anuncios, que copan todos los párrafos con menciones a la necesidad de la fuerza (hacia adentro y hacia fuera) y así lo repiten el partido de gobierno, el presidente del senado, el fiscal, el canciller, los consejeros de paz y derechos y la vicepresidenta, convertidos en expertos para tensionar las relaciones humanas y someter a la gente a la dicotomía guerra-paz, cada vez más influenciada o al menos más visiblemente influenciada por el gobierno de los Estados Unidos, que ya no parece venir a Colombia, si no vivir en Colombia.
 
El estado y el gobierno, con algunas excepciones en las cortes de justicia, al mismo tiempo que invocan a la constitución de la paz y los derechos y reconocen que Colombia es un estado de derecho, posicionan a la violencia institucional como el fundamento de su existencia, desentendiéndose del carácter histórico, que trazo la ruta de que las actuaciones del estado deben basarse en la razón que es capaz de dubitar, meditar, interpretar y entender que toda muerte es un síntoma de fracaso del estado.

El pacto constitucional vigente, obliga al gobierno a privilegiar los derechos de la sociedad ante sus propias pretensiones y con ese serán juzgadas las acciones del poder. Si el gobierno se obstina en no reconocer el poder superior de la sociedad, se radicaliza en hacer prevalecer el monopolio de la fuerza y de usarla a la medida de sus propias intenciones e intereses sin atender limites, en no reconocer la soberanía de la nación como asunto colectivo, ni acatar el respeto a la autodeterminación de otros pueblos como principio universal y se niega a escuchar las voces contra el regreso a la violencia como única respuesta a los problemas del país, el fracaso del gobierno está asegurado.

Usar la violencia es invalidar los clamores de las victimas (cuya cifra supera al conjunto de víctimas de todo el continente), los jóvenes en movilización que dicen no a ninguna guerra, los partidos y movimientos de oposición que igualan al número de electores del presidente y en abierta afrenta propia de un gobierno de facto decide avivar el espíritu de guerra hasta lograr su materialización, el desastre será irreparable y el país que tenía como destino las metas de la OCDE será un país paria.

Los derechos humanos son un real y legal límites al poder y serán los encargados de servir de barrera para tratar de soportar los horrores de nuevas violencias incontenibles o incluso nuevas luchas revolucionarias y alzamientos armados, como ha ocurrido cientos de veces por cuenta de causas similares desde hace doscientos años, que dieron como resultado las luchas de independencia en Francia, Estados Unidos y la gran Colombia. El gobierno parece haber perdido la pista de su mandato respecto a tener en cuenta como principio de poder que “La configuración de los derechos fundamentales como límites al poder o como verdaderas obligaciones del Estado, y su consiguiente inclusión en normas jurídicas, no es una condición natural de las libertades, sino una condición histórica que atiende a una confluencia de circunstancias de índole económica, política y social” (Asunsolo-Morales, México 2015).

La obsesión por alentar la violencia llamando a la sociedad a condenar a los enemigos por hacer las mismas cosas que el gobierno hace, convencido que la violencia institucional es para salvar a la humanidad y la de los otro para destruirla, es absurda. En este afán frustra los anhelos paz y produce desesperanza por su no retorno. Se olvida la alianza en el poder, que, si arranca otra vez la espiral de violencia, esta no tendrá fecha de vencimiento y como en toda guerra los muertos no serán sus muertos, serán nuestros muertos.

Es un cruel mensaje pretender convertir a la sociedad en una prótesis del gobierno, para empoderarse a sí mismo de manera narcisista y cruel, porque rompe el equilibrio sociedad-estado que garantiza los límites y pesos y contrapesos necesarios de cualquier democracia real. La convivencia y la tranquilidad ciudadana se consiguen con la paz como garantía para los demás derechos, nunca con la violencia. Si el gobierno acosa a la sociedad, se instituye en participes por acción u omisión de la intimidación a sus organizaciones, la muerte de sus dirigentes y la negación del justo derecho.

Si el uso de la fuerza letal es la única carta de presentación del gobierno, como indica serlo, estamos ante un espectáculo de burla a la constitución y condenados a vivir con derechos de papel por falta de garantías, que los convierte en “asuntos” a discreción del estado, negándole toda opción de autonomía y soberanía a la sociedad y poniendo al descubierto la impotencia y nula legitimidad de los órganos internacionales, utilizados al antojo de los poderosos, que deciden cual crimen es producto del derecho implícito de unos a matar y de otros a morir sin posibilidad de reclamo y a merced y victimas del incumplimiento de los deberes del estados frente a individuos y pueblos.

mrestrepo33@hotmail.com

martes, 25 de septiembre de 2018

Del poeta, la derecha y el derecho a la memoria


Por Prof. PSAlvatb:
Septiembre siempre trae una brisa extraña. En medio de volantines, asados y traslados, no deja de estar siempre presente el dolor, la partida y el sufrimiento de tantos compatriotas  en esas fechas demonizados, como si hubieran sido la encarnación misma del mal. La política se trastoco en lenguaje cirujano-biológico: hay que extirpar, liquidar, limpiar, recuperar/sanar  si es posible, un cuerpo enfermo y contaminado por ideologías “foráneas”. Ahora tenemos un presidente que dice que “la” democracia estaba, antes del Golpe de Estado, “enferma”.  Ante este diagnóstico “político-médico” todo estaba entonces justificado, incluido el “derecho” a disponer de la vida y el cuerpo de los otros, jóvenes, niños, adultos, mujeres. Había que dar un escarmiento pues.   

Dijo el poeta: “Fueron arrojados. Llueven. Asombrosas cosechas de hombres caen para alimento de los peces en el mar. Viviana oye llover tierras santas, oye a su hijo caer como una nube sobre la cruz despejada del pacífico” (Zurita).  Agrega más adelante: “Un país de desaparecidos naufraga en el  desierto (…) El sol ilumina abajo una mancha negra en el medio del día. En la distancia parecería sólo una mancha, pero es un barco sepultándose a pleno sol con su noche en los pedregales del desierto. Si ellos callan las piedras hablarán”.  He aquí uno de los problemas que tiene la derecha política, económica y militar en el país.  Por un lado, no quiere reconocer lo brutal e injustificado de lo sucedido con el Golpe de Estado, e intenta, cada cierto tiempo, volver a las teorías del “contexto” o a las del “empate” moral.

Por el otro, hace genuflexiones abstractas sobre el valor de los derechos humanos y dice – al mismo tiempo- que  la democracia ya estaba “fallada” obviamente desde antes.  Lo cual, deja  la puerta semiabierta para  intentar –nuevamente-  relativizar y  justificar  lo injustificable: dónde están los responsables del asesinato y desaparición forzada de 3.227 personas?  Donde, aquellos que participaron de la detención y tortura de otras 38.254? Y aquellos que decretaron el exilio de más de 200 mil chilenos? .Y es muy probable que estas cifran sean aproximadas.   

Esta contradicción vital anida en su seno más íntimo y por ahora no tiene salida. Entre otras cosas, porque la dictadura fue un gobierno cívico-militar, y los civiles fueron instigadores, inspiradores y partícipes de lo sucedido del 73 y lo que vino después.  Paradojalmente, desde 1990 en adelante, muchos de aquellos que fueron llamados “cómplices pasivos” siguen en cargos  en diferentes reparticiones del Estado y el gobierno. Tranquilamente.  Por eso, entre otras razones, sostenemos que la posibilidad de lograr  una democracia real  pasa también por la recreación de nuestra cultura política pública. Y que en esa tarea, ocupa un lugar fundamental   discutir  la importancia de edificar y preservar un  derecho a la memoria compartida.
Dar un espacio y tiempo permanente al cultivo de la memoria colectiva, implica traer al presente-futuro la proximidad del otro herido y pasado a llevar, a las víctimas. La importancia  de este ejercicio tiene un presupuesto: no será posible construir un presente y futuro decente y justo como sociedad sobre la base de negar el pasado.

Tener conciencia histórica pasa por no eludir las catástrofes; por no  negar o despreciar la autoridad de los que sufren.   Junto con ello asumir las responsabilidades de lo sucedido nos demanda hacernos cargo de una pregunta esencial: cómo educar y auto-educarnos en cuanto sociedad, después de Villa Grimaldi, Tres y Cuatro Alamos, Londres 38, el cuartel de Simón Bolívar, detenidos-desaparecidos y otras expresiones violentas  del terror de Estado? Esto parece un punto crucial.

Sin embargo, como bien señalara T.Adorno “(…) el que se haya tomado tan poca conciencia de esa exigencia, así como los interrogantes que plantea, muestra que lo monstruoso no ha penetrado lo bastante en los hombres (…). Síntoma, lo anterior, de que –mutatis mutandi-,  la amenaza  de repetición de lo sucedido  aún persiste  entre nosotros. 

Dice nuevamente el poeta: “Y entonces, llovidos desde feroces nubes nuestras pupilas vacías oyeron aletear las suspendidas rompientes mientras nuestras piernas, brazos, torsos, se agitaban abajo como pequeñas olas sin vida esperando el estruendo final de sus aguas. Porque nos lanzaron al mar y los peces fueron las carnívoras tumbas del mar. Porque nos lanzaron a los volcanes y fueron los cráteres las carnívoras tumbas de los volcanes. Sí, porque nos mataron y morimos y las rompientes de la resurrección nos volaban por arriba como inmensas triza duras de hielo a punto de reventarse sobre nuestras olas muertas.. Si nosotros callamos  las piedras hablarán.

pablosalvatb@gmail.com

domingo, 4 de marzo de 2018

Inmigrantes entre humillación y desprecio


Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

¿Humanamente qué pueden importarle los inmigrantes del vecino país (a favor o en contra del gobierno de allá) a unas élites colombianas que discriminan y repudian a los que no son de su clase? ¿Qué pueden significar para las élites (enredadas en su propia y compleja trama de corrupción y crimen) esos ajenos, que solo son oídos cuando repiten las frases comunes del libreto obsesivo contra el gobierno vecino, aunque eso sea renegar de ellos mismos y de sus otros hermanos? ¿Qué acto humanitario franco pueden esperar de unas elites ensañadas en alentar odios e impedir el cierre de la guerra y del sufrimiento de sus propios hijos? ¿Qué afecto, amor, solidaridad y respeto pueden esperar cuando terminen el experimento político económico y militar del que son conejillos y sean tratados con desprecio?



¿Qué pueden esperar como cosecha en su favor de unas elites históricamente responsables de haber sembrado la tierra del país con los cuerpos de cientos de miles de sus hijos y hermanos? ¿Cómo creer en quienes ultrajan y suplantan la voz de su propio pueblo y se niegan a abrir puertas de neutralidad e imparcialidad, según el mandato de “promoción del dialogo con los países de origen, tránsito y destino migratorio, incluyendo la ratificación y desarrollo de los acuerdos necesarios” según la ley 1465 de 2011 que crea el sistema de migraciones?

La realidad de los migrantes acosados por el hambre que producen los bloqueos, pero también por la ideologización de la existencia que justifique su huida, se completa con carencias no previstas, racismos, discriminaciones, xenofobias y violencias propiciadas por cruzadas humanitarias que se repiten por todas partes. Las “Pateras” que atraviesan Gibraltar son cruceros de la muerte a la luz de las leyes y las instituciones. Los que sobreviven son convertidos en imágenes de televisión y su dolor puesto en algún reportaje de concurso periodístico. El mar mediterráneo le trae a Italia a los desterrados por las guerras en el África (Mediterránea, Film, 2015) y le lleva al resto de Europa la tragedia provocada por sus invasiones y bombardeos sobre pueblos inermes invocando falsamente libertades y derechos que esconden las intenciones del capital.

Nadie huye por placer sin norte, ni sur, llevando marcas de injusticia, sufrimiento, exclusión. Detrás de toda migración hay gente que sufre, hay política, negocios y tensiones de poder. Los que se van son acechados por mafias, contrabandistas y delincuencias de todo tipo, que los esperan y aíslan a los más débiles para explotarlos. Los inmigrantes son el relato vivido de una tragedia humana sin dolientes en el lugar de acogida. Colombia es el país de América con mayor número de desterrados del último medio siglo y no hay avances en busca del retorno, asistencia o apoyo a más de cinco millones que cruzaron las fronteras por la barbarie de su guerra, la desigualdad que eliminó sus oportunidades y el odio de las elites indolentes inclusive con las victimas que deambulan sin territorio.                 
Las migraciones convertidas en destierro son una tragedia humana despiadada mientras florecen avances científico-tecnológicos y crecen las economías para pocos. El destierro pone en duda la idea de ser humano igual, libre y con derechos forjada durante doscientos años y deja al descubierto que el único gobierno de los que huyen son sus necesidades y que su política es la sobrevivencia. No son de izquierda ni de derecha, son seres sufrientes en busca de reconocimiento y de respeto por su dignidad humana y en todo lugar aunque los medios registren su paso del infierno al paraíso cuando van de una frontera a otra, son aislados y olvidados. El sueño de los inmigrantes es más corto y lleno de sobresaltos y las horas del día más largas pero intranquilas, siempre alguien los acecha, los vigila. En las noches son perseguidos y cazados para ser amontonados en camiones y expatriados o esclavizados. Otros quedan prisioneros de las drogas, el alcohol, la caridad, el maltrato y las barreras burocráticas que les recuerdan que son extraños, que no son nadie, que son ajenos, sospechosos por ser negros, indios, campesinos, latinos, pobres en general a merced de quienes lo tienen todo.

En todas partes tendrán que sobrevivir en la informalidad, aprender a vivir casi clandestinos, extorsionados, silenciados y sometidos a recitar el discurso oficial de quienes se crean sus protectores. Los gobiernos ofrecen planes y hacen leyes que nunca cumplen, los invitan a su mesa mientras dura la foto y después los sacan por la puerta trasera, que lleva al olvido. Lo único creíble para cada desterrado son sus familias, cuidarse mutuamente, apoyarse entre ellos para trabajar como un mandato para evitar el estigma que los deshonra. No les resulta fácil organizarse política ni socialmente para desafiar al poder que criminaliza sus reclamos, sobre todo porque sus líderes siempre están en riesgo de ser asesinados. Su destino parece trazado con las coordenadas del sufrimiento, del desarraigo, de la intolerancia que los mantiene ocupados completando documentos, papeles que los pase de ilegales a legales, que los vuelva ciudadanos aunque sea de segunda o de tercera.

Los ojos se agrandan, se desorbitan, los labios se secan, la mente se bloquea, con la frecuencia de la desesperanza que se refleja en la impotencia y el abandono. Los medios, los farsantes medios que disparan sin cesar sus flashes cuando los ven llegar desaparecen, igual que los burócratas y los partidos políticos en campaña que anuncian incoherencias y replican odios. Todos se van, y solo queda ayudarse mutuamente y resistir hasta encontrar a los únicos que comprenderán su tragedia y les darán su solidaridad. Esos son los que son como ellos, es decir, los que son también extranjeros en su propio país que los rechaza, desplaza y discrimina por estar en condición de víctimas, enfermos, explotados, pobres en general, para quienes vivir no es un asunto del destino, sino un resultado de sus luchas por la dignidad y los derechos violentados sea en el territorio del infierno o en el paraíso.
mrestrepo33@hotmail.com