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sábado, 15 de septiembre de 2018

¿Qué tan universales son los derechos humanos?


Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
Un diputado chileno de origen croata, pero cuyo apellido en inglés es el nombre de un ácido que se usa como antiséptico hizo una declaración que pone de relieve su amargo carácter reflejo de su acidez, aunque su punto de vista no alude a la condición antiséptica que le permitiría evitar la infección; al contrario, extendiendo la putrefacción que le caracteriza cuando a temas internacionales se refiere y haciendo gala de la ignorancia que pasea con aires de grandeza, el tal parlamentario puso sobre el tapete la discusión la universalidad de los derechos humanos.
De verdad es un tema interesante y complejo, porque en si mismo niega el carácter multicultural, multiétnico y diverso de la humanidad. Vale preguntarse si es posible lograr la universalidad de algo, por una forma distinta a la imposición y sin que medie la utilización de la fuerza por los más poderosos. En años recientes, el poderío militar, financiero y cultural avasallante del que hacen gala los omnipotentes señoríos del planeta han pretendido por vía mediática (con bastante éxito), universalizar hábitos alimenticios, uso de vestuarios, costumbres y comportamientos. Así el Big Mac se ha convertido en comida universal, así como la coca cola en bebida consumida en todas las latitudes y longitudes del planeta, los “blue jeans” y las “chemises” en la ropa de “todos” y la celebración de Halloween en algo ineludible para las clases medias de buena parte de la tierra. Ha sido tal el impacto que han causado estas prácticas que el lema central del XVIII Congreso del Partido Comunista de China celebrado en octubre de 2012 fue “Hacia la seguridad cultural”, lo cual conllevó un esfuerzo superior del país a fin de salvaguardar sus costumbres, su cultura y sus hábitos de vida. Por cierto, China lo puede hacer por la fortaleza de su civilización milenaria y porque puede oponer su poder económico al poder económico universalizador.

Algo parecido se quiere hacer con los derechos humanos, lo cual abre una discusión sobre el término mismo al que se refiere. El vocablo humano procede del latín y significa “hombre que proviene de la tierra”, además, al aceptar que se trata de algo vivo es que se utiliza el concepto de “ser humano”. Nuestra especie es la de los “homo sapiens”, es decir “hombres sabios”, por tanto quee puede razonar, pensar comunicarse, tanto de forma oral como escrita, todo lo cual se conoce como posesión de la sabiduría que es característica para hacer diferente de cualquier otro animal, a nuestra especie. Ahora bien, la sabiduría tiene relación directa con el conocimiento, la inteligencia y la experiencia que nos permiten reflexionar y sacar conclusiones respecto de lo que es correcto o incorrecto hacer de acuerdo a las normas aceptadas por la sociedad en que vivimos. Par ello existe la justicia, para establecer normas de obligatorio cumplimiento en esa sociedad, aquí surge la pregunta de si pueden existir normas universales, sobre todo cuando ellas suelen relacionarse con criterios de moralidad que son propios de cada país y nación.

Cuando –por ejemplo- un delincuente entra a robar a una casa y encuentra a una ancianita de 90 años que lo ve, razón suficiente para que el malhechor decida asesinarla; o cuando un degenerado viola a un niño o a una niña de escasa edad; o en las múltiples ocasiones en que agentes del Estado torturan, produciendo concientemente dolor y sufrimiento a una persona que posee una información que el agente desea saber, pero que la ley no obliga a la víctima a entregar, me pregunto, en atención a nuestra condición de hombres que piensan y que razonan, si estos individuos pueden ser considerados seres humanos y por tanto estar sujetos a la garantía que la universalidad del principio les provee.  Aún no tengo respuesta, sigo indagando sobre el tema que me preocupa e inquieta cuando veo que en algunas ocasiones, quienes producen esos delitos son protegidos de forma superlativa por el Estado en comparación con el resguardo que se les proporciona a las víctimas. Eso en Chile, país del antiséptico diputado es particularmente patente.

Pero volviendo a la universalidad de la Carta Internacional de Derechos Humanos de la ONU, hay que regresar al origen de dicho documento. Vale recordar que la misma fue suscrita el 10 de diciembre de 1948 por 58 países, de los cuales 48 votaron a favor. Sudáfrica y Arabia Saudita se abstuvieron por razones obvias, lo mismo hicieron los países del este de Europa, ante la negativa de la comisión de incorporar en el documento un rechazo explícito al nazismo y el fascismo.

Revisemos su “universalidad”. África: 4 países de los 54 miembros actuales, de ellos solo dos del África subsahariana; 13 de Asia de los 48 actuales, de los cuales 6 eran del Medio Oriente y 7 del Asia Central y el Lejano Oriente y únicamente 2 de Oceanía (Australia y Nueva Zelanda) de los 14 actuales. ¡Vaya universalidad en la que buena parte del planeta todavía vivía bajo la horrible afrenta del colonialismo! Alguien, en su buena fe podría alegar que el resto de los países se fueron incorporando con posterioridad y es cierto, pero lo hicieron sobre la base de la aceptación de un documento ya elaborado y ante el cual no podían emitir opinión alguna, sólo admitirlo.

Pero, vayamos a la comisión encargada de redactar tal documento, la misma creó un comité de 8 miembros de los cuales 3 eran europeos, un latinoamericano, un oceánico, dos asiáticos y una estadounidense que la presidía: la ex primera dama Eleanor Roosevelt, cuyo esposo, olvidándose de toda la parafernalia de la alternabilidad política como bien de la democracia se reeligió presidente tres veces hasta morir en el cargo. También es bueno recordar que dos meses antes de la creación de la ONU, tal vez como forma de refrendar su visón futura de mundo y en particular respecto de los derechos humanos, Estados Unidos lanzó las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, dos ciudades inermes de un país derrotado en la práctica y en vías de negociar su rendición.

Ningún representante de África participó en la elaboración de la “universal” declaración. En el trabajo de discusión y confección de los fundamentos filosóficos del documento les cupo especial participación a los diplomáticos y filósofos Peng-chun Chang de China y Charles Habib Malik del Líbano. Nadie más que ellos bregó por intentar la universalidad de la declaración frente a la imposición occidental que emanaba de la Sra. Roosevelt como encarnación de la verdad universal que suponía inserta en los valores estadounidenses que logró transformar en “valores de todos”.

Ambos entendieron que debían sacrificar ciertos principios para poder llegar a una declaración sin la cual el trabajo del comité hubiera sido un fracaso. Malik, férreo defensor de la universalidad de los derechos humanos, comprendió que al menos debía dejar abierta la discusión para ser interpretada como resultado de un acuerdo en el que se trató de integrar diferentes sistemas filosóficos y políticos, culturas y religiones. Sin ser óptimo, lo entendió como lo mejor que se podía obtener en el contexto político del fin de la guerra cuando además, el antecesor de la ONU, la Sociedad de Naciones había fracasado.

Por su parte, Peng como amplio conocedor de la filosofía china de sus orígenes y de la occidental de su formación, se propuso ser “puente” entre ambas, pero siendo fiel a la primera hizo primar la armonía por sobre el conflicto, sabiendo que en materia de derechos humanos en la que Occidente se asume como cuna, pensadores chinos de la antigüedad como Confucio y Mencio hicieron aportes relevantes que tributan a una mirada distinta pero complementaria a la de Occidente, desde muchos antes de la Ilustración o la revolución francesa. La idea de universalidad es mucho más antigua en China que en Occidente. El conocimiento y la comprensión de estos aspectos llevaron a Peng a hacer los más sustanciales aportes en el proceso de elaboración de la Declaración, sobre todo en la adjudicación del derecho a la libertad e igualdad, pero basado en su racionalidad y conciencia que los debe conducir a un comportamiento fraternal

A Peng, se le debe haber evitado cualquier referencia a un Dios, toda vez que esta idea no tiene una mirada universal, es decir la “universalización” de los derechos humanos parten de que no existe una concepción única sobre los mismos. De igual manera, logró que no se incorporara la correspondencia de los derechos humanos con el derecho natural como sustento de los mismos, porque ello refiere a la concepción occidental. Pero no pudo impedir y debió aceptar el precepto de que “todos los seres humanos nacen libres e iguales”, porque pensaba que al ser algo que se obtiene con el nacimiento y dada su especificidad le parecía innecesario, creía que debía decir “todos los seres humanos son libres e iguales”. También debió ceder en cuanto a puntos de vista filosóficos de la cultura china adversos a la tradición de sus colegas occidentales, por ejemplo en materia de dualidad de derechos y deberes.

La mención de estos ejemplos (hay muchos más) solo son traídos a colación para dejar patente que el propio debate de estos principios que hoy se asumen como sacrosanta verdad, finalmente, como casi todo en la vida- responde a una convención que busca hacer viable la convivencia pacífica, pero en el trasfondo la tal universalización de los derechos humanos y el derecho internacional en sí mismo, responden a la imposición de clases y poderes que solo recurren a ellos para su conveniencia, pisoteándolos cada vez que no resulta lo esperado. Si no, pregúntenle al Sr. Trump por qué abandonó la Convención de Cambio Climático, la Unesco, el Acuerdo con Irán, el TLC con México y Canadá y otros tratados multilaterales, además de amenazar con retirarse de la OMC pone al mundo en vilo respecto de la armonía deseable para que la concordia prime sobre la tierra. Deseable sería también que el ácido diputado chileno hiciera votos de protesta ante tal desmesura que viola los derechos más elementales de todos los habitantes del planeta.
sergioro07@hotmail.com

sábado, 4 de agosto de 2018

Apuntes para una política exterior del gobierno de López Obrador.


Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en las elecciones presidenciales de México ha generado grandes expectativas en América Latina, sobre todo entre los sectores progresistas, revolucionarios y de izquierda de la región, bastante vapuleados desde 2015. Incluso se ha llegado a comparar esta victoria electoral con la obtenida por el comandante Hugo Chávez en Venezuela en 1998, en el sentido que igualmente estos resultados podrían significar un vuelco en la situación regresiva de la región, en la que en los últimos 3 años se han ido imponiendo fuerzas conservadoras, retrógradas, delincuenciales y hasta fascistas, a través de golpes de Estado de diferente índole o utilizando los espacios de la democracia representativa que permite ganar elecciones indistintamente de manera legal o ilegal.


Vale comenzar diciendo que las dos primeras victorias de AMLO son: haber salido vivo de la contienda electoral y haber derrotado el enorme fraude montado por el gobierno de Enrique Peña Nieto similar al que realizó el año pasado en los comicios locales del estado de México en los que impuso de forma ilegal a su primo como gobernador. AMLO obtuvo su victoria al conseguir el 53,2%, superando por 17 millones y medio de votos a su más cercano contendiente que solo tuvo 22,3%. De tal dimensión fue la derrota del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y de Peña Nieto que su candidato quedó en tercer lugar con solo el 16,4%. Todos estos elementos permitieron derrotar al establishment y al fraude que tenía preparado.

Pero, mi objetivo en esta ocasión no es analizar los resultados electorales mexicanos, eso ya se hizo, hay mucha información al respecto. Intentaré esbozar algunas ideas respecto de la probable política exterior de AMLO, entendiendo la situación del país y conociendo las circunstancias de su victoria. En este sentido, unos días antes de las elecciones pregunté a un amigo mexicano, qué podría significar un triunfo electoral de AMLO y la respuesta por simple, no deja de ser esclarecedora “Será un gobierno honesto, lo que en México significa casi una revolución”.

Hay que recordar que como jefe de Gobierno de la ciudad de México (2000-2005), la tercera urbe más grande del mundo, AMLO cerró la oficina de relaciones internacionales, mientras era común que se rehusara a recibir a jefes de Estado y altos dignatarios que visitaban la ciudad. En los últimos dos años previos a las elecciones de 2018, AMLO estuvo en 20 ciudades del exterior, pero, de ellas 11 son de Estados Unidos en las que viven decenas de miles de mexicanos, además hizo cuatro viajes fuera de las fronteras del norte de América en los que visitó 2 ciudades europeas, 2 de América del Sur y dos de América Central. Se comenta que ya siendo la máxima autoridad de la capital mexicana, López Obrador aún no había obtenido un pasaporte, lo que presupone que hasta ese momento no había viajado al exterior, cuando ya era un reconocido dirigente político de alrededor de 50 años. Todo esto podría dar una idea de su poco acercamiento e interés en los temas internacionales

No obstante, cualquier análisis debe partir de la aceptación de que AMLO es un político pragmático que no se alinea con posturas ideológicas y que no tiene temor en establecer alianzas que le permitan conseguir sus objetivos, esto es válido en lo interno, pero también en lo internacional. Por eso, ha designado como futuro canciller a Marcelo Ebrard un tecnócrata formado en Francia que hizo carrera política de la mano de Manuel Camacho un viejo cacique del PRI y después de AMLO, con quien ha trabajado desde hace casi 20 años.

Como hecho relevante hay que destacar que por primera vez en la historia reciente, Estados Unidos no tuvo injerencia en la selección del candidato y futuro presidente de México. Éste fue elegido con los votos del México profundo al margen de los partidos y del establishment, y con una votación tan masiva que –como se dijo antes- impidió ejecutar el fraude que había preparado el gobierno de Peña Nieto para imponer su candidato.

Por primera vez también, el presidente electo mexicano no visitó Washington de inmediato para rendir pleitesía al gobierno de ese país y a las instituciones financieras internacionales que funcionan en la capital imperial, como era la costumbre en el pasado. Al contrario, fue el gobierno de Trump quien solicitó una reunión y envió una delegación de muy alto nivel el 13 de julio pasado, al frente de la cual estuvo el secretario de Estado Mike Pompeo, la que fue a Ciudad de México a reunirse con el mandatario electo.

He consultado a varios analistas y especialistas mexicanos en el tema y todos coinciden en señalar que la política exterior no será una prioridad en la agenda de López Obrador. Muy probablemente, el presidente no asistirá a algunas reuniones de jefes de Estado donde se hará representar por el Canciller, quien tendrá mucha autonomía en el desempeño de sus funciones. AMLO confía en su eficiencia y su visión de país y de mundo, en lo cual tienen concomitancia plena. Como me dijo un periodista mexicano: “A AMLO, la política exterior no le importa, no le interesa, no sabe”.

Una de las primeras medidas tomadas, tras su elección fue enviar una carta al presidente Donald Trump en la que resalta que ambos tienen ciertas similitudes, lo cual es cierto si se considera que ambos ganaron las elecciones contra la opinión del establishment, y también –aunque por diferentes razones- ninguno de los dos siente simpatía con los Tratados de Libre Comercio (TLC), para AMLO porque afecta el mercado interno de México y para Trump porque -según él- es la causa de los problemas de la economía de Estados Unidos, al generar desempleo y no hacerla competitiva.

Para México será imprescindible lograr una buena relación con Estados Unidos, el pragmatismo de AMLO lo llevará a ofrecer a Trump la posibilidad de hacer negocios e incrementar el comercio, con el objetivo de factibilizar el vínculo, allanarse una buena relación y permitir tratar los otros temas de la agenda que también le interesan, en particular los de seguridad y el de las migraciones. En este sentido, intentará atraer a Estados Unidos a los negocios en el área energética en particular los de la construcción y modernización de sus refinerías de petróleo. Todo esto considerando que la agenda del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que ha funcionado en los últimos 25 años, se agotó y deben buscar alternativas viables para los intereses de ambos países.

Trump ha llegado a la conclusión que, contrario a lo que opina el establishment y los medios de comunicación de ambos países, AMLO no es una amenaza para Estados Unidos, pero no estoy seguro que entienda que el nuevo presidente necesita ampliar el mercado interno de su país y mejorar los ingresos de los sectores más empobrecidos, para evitar un colapso. Así mismo, deberá estabilizar los precios de los combustibles y controlar el capital especulativo. En esto último también coincide con Trump.

Muy probablemente. AMLO volverá a ubicar a México en sus valores tradicionales de independencia, igualdad soberana entre los Estados, apoyo a la solución pacífica de controversias sin inmiscuirse en los asuntos internos de otros países. En esto se verificará un cambio trascendente respecto del pasado, sobre todo en relación a las tres últimas administraciones, claramente injerencistas y subordinadas a Estados Unidos.

Pero el mayor esfuerzo del nuevo presidente se orientará a buscar la solución del conflicto interno del país, a partir del reforzamiento de un sistema de administración de justicia que aporte estabilidad a la gestión de gobierno, con el criterio de que la “mejor política exterior, es una buena política interior”, para lo cual se abocará a la lucha contra la corrupción y la impunidad.

Retomando principios del histórico nacionalismo mexicano, es probable que los temas de la agenda global estén circunscritos a la relación con Estados Unidos, lo cual ocupa parte importante del trabajo de los entes de política exterior del país. México no puede darse el lujo de obviar esta realidad signada por tres mil kilómetros de frontera, y entre 20 y 30 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos. Por ello, intentará mantener vigente el TLCAN, negociando en conjunto otros temas de la agenda, incluyendo el comercio, la seguridad fronteriza y de manera prominente y puntual la defensa de los derechos humanos.

Por ello, ya en la reunión sostenida con la delegación del gobierno de Estados Unidos, que estuvo en Ciudad de México, se propuso un cambio sustancial en la relación bilateral. AMLO  intentó  persuadir a las autoridades de Estados Unidos de que por el bien de las dos naciones, era más eficaz y más humano, aplicar una política de cooperación para el desarrollo que insistir, como sucede actualmente, en dar prioridad a la cooperación policiaca y militar. Esto supondría un vuelco en la relación bilateral tradicional.

Con claridad AMLO le dijo a Pompeo, que su propuesta a Estados Unidos era solicitar más recursos para cambiar radicalmente las prioridades: lo primero debe ser el desarrollo y el empleo y no la cooperación militar. Le dijo que los problemas de índole económico y social, que está enfrentando y padeciendo México, no se resuelven con medidas coercitivas. Reiteró lo que ya había anunciado en 2016 en su Proyecto de Nación: “No es con asistencia militar o con labores de inteligencia ni con envío de helicópteros y armas, como se remediará el problema de la inseguridad y de la violencia en nuestro país. Tampoco se detendrá el flujo migratorio construyendo muros, haciendo razias, deportando a nuestros paisanos o militarizando la frontera”.

Por ello se discutió con el gobierno de Estados Unidos la firma de un acuerdo específico para la aplicación de un programa orientado a reactivar la economía y a crear empleos en el país, en el entendido que solo así se va a poder enfrentar el flagelo de la violencia y mitigar el fenómeno migratorio. Para ello, el nuevo gobierno hará su mayor esfuerzo y pondrá toda su capacidad diplomática a fin de lograr la regularización migratoria de los mexicanos que viven y trabajan en Estados Unidos insistiendo en la necesidad de una reforma migratoria, como AMLO ya lo ha venido afirmando tanto en México como en Estados Unidos

Con relación a América Latina y el Caribe, es probable que México retome los tradicionales lazos de amistad y cooperación abandonados durante los gobiernos de Fox, Calderón y Peña Nieto, e incluso se le dé un carácter prioritario buscando establecer programas de largo plazo, desarrollando políticas conjuntas ante problemas comunes como seguridad, combate de hechos ilícitos y congruencia en el trato a los migrantes.

En la medida que México vaya resolviendo sus problemas internos referidos a la violencia y el narcotráfico, podrá recobrar su presencia tradicional en el mundo y en los entes multilaterales, recuperando su aporte a la solución de los problemas globales en temas como pobreza, migración, calentamiento global, discriminación, derechos humanos, combate a las epidemias, seguridad colectiva, armamentismo y lucha por la paz. Por lo que se sabe México está optando por un puesto no permanente en el Consejo de Seguridad, en el periodo 2020-2021, para lo cual, seguramente tendrá el apoyo unánime de América Latina y el Caribe.

sergioro07@hotmail.com