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sábado, 18 de abril de 2020

Los que más sufren con la pandemia



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Los datos disponibles en todo el mundo son muy reveladores. El virus de la actual pandemia no discrimina entre pobres y ricos o entre los habitantes de los cinco continentes. La plaga se extiende inexorable por el mundo y probablemente no vaya a existir algún lugar de la tierra que se libre de ésta.

Sin embargo, como lo son todas las pestes, las guerras y los cataclismos de distinta índole, las soluciones siguen afectando a los pobres y excluidos más que a los más pudientes o poderosos. En el estado de Lousiana, en Estados Unidos, el 70 por ciento de los muertos son afroamericanos o latinos, cuando la población blanca es muy mayoritaria. También ocurre lo mismo en Nueva York y otros estados del país más afectado por la epidemia, pero que curiosamente tiene los mayores recursos del mundo para enfrentarla.


En Chile se asume que el mal fue importado por quienes volvieron del extranjero. Principalmente por quienes regresaron de vacaciones o trabajo desde Europa, Norteamérica y Asia. Así como se sabe que los barrios más infectados son los habitados por los más ricos, esto es los sectores más altos de la Capital donde las autoridades han debido imponer las más severas cuarentenas y acciones para mitigar los contagios. Pero en su arrogancia, no son pocas las personas de estos barrios las que justamente han evadido las medidas, al grado que varios de ellos vulneraron la disposición de mantenerse en sus casas, recurriendo a aviones o helicópteros para escapar a los balnearios y contaminar a los resistentes del litoral donde se encuentran los principales lugares de descanso y esparcimiento del país.

Todo el mundo celebra la disciplina con que el pueblo chileno ha cumplido las estrictas medidas impuestas para evitar la propagación del Covid 19, pero son los alcaldes de las comunas más pudientes los que se quejan de la irresponsabilidad de sus vecinos, instando a que a los infractores se los multe, encarcele y, sobre todo, se den a conocer sus nombres a manera de escarnio público. En esos barrios viven, por lo general, todas las principales autoridades de Gobierno, así como los miembros del Parlamento Nacional incapaces en su amplia mayoría de comportarse como corresponde ante una emergencia tan grave. Pero ya sabemos que, a ellos, más temprano que tarde, el pueblo les pasará la cuenta en las elecciones, así como el descrédito del jefe del Estado ya se le ha hecho irreparable.

En la observación de quienes mueren en Estados Unidos y otras naciones ricas se concluye que el temor a ser deportado del país ha ocasionado los decesos de miles de inmigrantes ilegales. También se constata que son los indigentes los que se enferman y fallecen con mucha frecuencia sin perjuicio de que se trate de persona más jóvenes o niños. Quizás hasta se trate de un rasgo de justicia en toda esta situación el que, hasta este momento, el virus se ha hecho mucho más letal entre los hombres que en las mujeres, posiblemente por la mayor resistencia de todas ellas a superar el hambre, la miseria y otras enfermedades. Al ganar mayor inmunidad que los varones ante las injusticias de su cotidiana sobrevivencia.

Pero el número de contagiados crece exponencialmente, por lo que mucho se teme que en algunos meses ya no habrá hospitales, camas, medicinas y respiradores mecánicos suficientes para encarar la pandemia. Ello ha provocado la discusión mundial respecto de quién atender cuando haya que discriminar en los tratamientos para los infectados.

Médicos, sociólogos, filósofos y otros ya discurren qué hacer en tal caso. Si darles prioridad a los más jóvenes que a los más ancianos, a los trabajadores o a los desocupados, la las poblaciones nativas o a los que han venido a avecindarse del otros continentes o países. Toda una disquisición que quiere soslayar que la primera prioridad tendrá que dársele a los que tienen más recursos para financiar su recuperación, versus la suerte de aquellos que, para colmo del mal, perdieron sus empleos, tienen menos educación o aportan menos a la riqueza nacional.

La Universidad Católica de Chile ha colaborado en un manual de procedimiento ético para el momento que el personal de la salud se encuentre ante la disyuntiva de quién salvar de la muerte o dejar que fallezca. Vaya qué difícil disyuntiva, se nos dice, aunque ya sabemos cómo en nuestro país, al menos, hoteles y recintos de lujo ya están habilitados para los enfermos más ricos, así como la nación más rica del mundo y otras pobres como Ecuador se excavan fosas comunes o se construyen ataúdes de cartón para sepultar a los llamados NN o a quienes no pueden financiarse un funeral.

En su aflicción, el Pontífice Católico acaba de advertirnos en una interesante entrevista que él teme por el resurgimiento de la vieja teoría maltusiana que advertía la inconveniencia de que los pobres de multiplicaran mucho para afectar la economía, el inminente escás de alimentos y bienes para todos. Al mismo tiempo que nos ha recordado los discursos de Hitler y la necesidad de exterminar a los seres inferiores (judíos, discapacitados y otros). Fustigando, nuevamente, la hipocresía de ciertos políticos que hablan del hambre en el mundo mientras sigue fabricando armas…

Todo un enorme desafío no otorga la pandemia, la que sin duda está llamada a cambiar nuestras formas de vida, la hegemonía de los mercados y las relaciones internacionales. A hacernos recapacitar sobre las abusivas prácticas de consumo, la pavorosa desigualdad social y los constantes y suicidas atentados contra la naturaleza. Ahora que la ciudad de Nueva Delhi luce despejada de humo y varias especies animales han atrevido a acercarse a sus dominios ancestrales, mientras una enorme cantidad de pueblos se mantienen confinados.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

domingo, 19 de mayo de 2019

A propósito del desarrollo: Responsabilidad social y la construcción de ciudadanía



Por Rafael Matos Féliz:

Hace varios años, hicimos un artículo sobre los tipos de ciudadanía, que históricamente nos han hecho construir a dominicanos y dominicanas, todos los gobiernos de los últimos 80 años. Para ese artículo tomamos los criterios de sociólogos y psicólogos, con el objetivo de tener argumentos válidos y científicos con relación a lo que escribimos. En aquel escrito llegamos a señalar 4 tipos de categorías de ciudadanos; las mismas son:

El inmóvil apático, que dice sin ambages, “a mí no me importa eso”. No toma parte de las soluciones, sino que se refugia en asuntos mágico-religiosos. Dice, eso debía pasar, “estaba escrito”. Con su apatía ayuda a la corrupción y a la exclusión. Es una persona egoísta y solo se preocupa de sí misma, aunque aparente importarle los demás.


El militante desencantado, persona que puede tener formación académica, informada, con acceso a las tecnologías. Desde su computadora esparce el virus de la indiferencia. Tiene visión autoritaria y cree que sus ideas son las únicas que valen. Son incapaces de sumar y eso los desalienta. Ayudan al clientelismo y a la corrupción por su desaliento. Son extremadamente egoístas.

El participante clientelista, persona activa que se moviliza por el beneficio individual e inmediato. Son los del “dame lo mío”. Estos estimulan la desigualdad y la exclusión. Consideran que la política y los bienes públicos son para élites y para los que tienen cuartos. Es la ciudadanía más generalizada. Apoyan todas las truculencias de quien los ha comprado y les paga. Como regla general, este grupo desprecia a las personas humildes y a su propio sector de clase.

Participante no clientelista, persona que entiende que si se mejora todo el entorno, ella y sus compueblanos también se benefician. Busca y lucha por el establecimiento de reglas claras, precisas e iguales para todos. Se junta con personas que piensan igual. Son personas altruistas y este tipo de ciudadanía es generalmente crítica, a veces ácida y ve a la sociedad como una construcción colectiva.
En nuestro país, desde la llamada Era de Trujillo, se han estado construyendo, de forma consciente y bien planificada, a los 3 primeros tipos de ciudadanos: inmóviles apáticos, a los desencantados y a los clientelistas. Pero en los últimos 20 años, esta construcción ha tenido un ascenso vertiginoso. Se protege y se premia al delincuente de arriba y al delincuente de a pie se le alienta a delinquir, con el compromiso de repartir parte de los bienes obtenidos de los ilícitos. Esto se ve en la corrupción estatal y en la impunidad y en los llamados “puntos de drogas”, con los roba motores y con los rateros callejeros.

Los responsables de hacer cumplir y respetar las normas y leyes hacen caso omiso de las mismas y de manera consciente e impune promueven las violaciones y solo se les ve “aplicando” las reglas cuando de buscar recursos se trata o para poner a sus pies a otros delincuentes. Como ocurre con los “operativos” contra puntos de drogas, con las licencias y seguros de vehículos, papeles de motores, etc. Si en verdad se quisiera meter en regla y al orden a todos los ciudadanos y acabar con los delitos; con un solo mes de aplicar y mantener las normas, con eliminar la corrupción y la impunidad, ahí mismo se acaban todas las violaciones y vendría la tranquilidad ciudadana.

Pero la verdad es otra muy diferente y amarga. A las personas que se respetan y tienen un espíritu elevado se les quiere arrinconar como seres despreciables. Los aduladores y mediocres hacen filas y unidad de acción para tratar de tumbar los espíritus de las personas honestas, usan todas sus mediocridades para hacerlas objetos de las peores críticas y difamaciones. Los acusan de ser enemigos del progreso y del desarrollo, de ser atrasados y amargados, de ser unos loquitos y de todas las diabluras habidas y por haber.

Aquí afirmamos que los que creen que el dinero lo hace todo suelen hacer cualquier cosa por dinero y de que cuando los gobiernos y los partidos son atrapados por la codicia y por los grupos de intereses, se vuelven antinacionales y maquinan contra la salud de la patria y contra la democracia y la libertad.

Seguiremos en otra ocasión,

Por el Desarrollo Sostenible

rafaelmatosfeliz@yahoo.com

sábado, 12 de noviembre de 2016

Ese animal no existe

Por Jorge Aniceto Molinari

Un niño en un zoológico al ver una jirafa exclama: ¡ese animal no existe!

El hecho real o inventado, refleja la reacción que ante una realidad no prevista se expresa en el niño. El problema es que el hecho lo vivimos a diario con una gran parte de los economistas, politólogos, sociólogos, todólogos, dirigentes políticos, sindicales, religiosos……….., y nada menos que ante la crisis irreversible actual de la predominancia del modo de producción capitalista.

Una multitud de datos, índices, graficas de todo tipo, nos muestran como los Estados se endeudan sin solución de continuidad, como los presupuestos  de los Estados, de los organismos de previsión social, de los organismos de atención de la salud, de la enseñanza, se deterioran como el mismo carácter del trabajo; por supuesto que esto no es lineal, estamos hablando de una línea general que siguen los hechos, no de casos puntuales que pueden escapar a la generalidad por periodos importantes de tiempo y que conviene estudiar el porqué.

Si hablamos de los delitos en el mundo, de los presos, de los refugiados, de las catástrofes humanas permanentes, de la guerra como un medio directo de reactivación económica de conglomerados empresariales multinacionales, el panorama es aún más preocupante y dramático.

Ahora ese animal existe y la crisis hay que encararla.

Uno de los argumentos más comunes para no encararla es de que: “yo me dedico a lo mío y a lo que puedo, lo demás está fuera de mi alcance”.

Veamos un ejemplo: el debate sobre el reacondicionamiento del Hospital de Clínicas en el Uruguay –el hospital universitario-, por un lado se habla de hacerlo sobre una base importante de inversión privada, por otro de que la inversión debe provenir del presupuestos general de la nación.-

Sin duda que una inversión privada en un mundo donde el negocio de la salud es de los que más se desarrolla a pesar de la crisis, es preocupante y amerita un control riguroso de la sociedad. Por otro lado los argumentos de que debe ser el Estado el proveedor de fondos parten de no debatir sobre cuál es el origen de esos fondos, de cómo llegan a sus arcas. Claro con ligereza nos podrían decir: “bueno que paguen los capitalistas”, como se ve en carteles: que la crisis la paguen los capitalistas, y nosotros estamos de acuerdo, el problema es el cómo, porque cualquier Estado que ponga impuesto a los capitales, estos o los descargan en la mercancías o se trasladan a otras partes del mundo donde paguen menos. Hoy todo lo que paga el Estado y en Uruguay es de una recaudación impositiva donde el 60% proviene del IVA (impuesto al consumo), en donde además el porcentaje restante proviene en gran parte de impuestos sobre los salarios y las jubilaciones y/o pensiones.

Es necesario saber entonces que no hay soluciones nacionales a este problema de funcionamiento del aparato productivo de la sociedad. Otro ejemplo: las industrias y los bancos que el Estado posee ¿cómo funcionan?, pues con múltiples sectores que dependen directa e indirectamente de los agentes económicos de los conglomerados empresariales multinacionales, particularmente en tecnología.- Son un socio fundamental no visualizado por el común de la gente o de los analistas que viven su propia utopía.
Ahora esto no surge para el pensamiento humano como un problema de este siglo, ya en el siglo 19 se funda la Primera Internacional de los trabajadores, para construir un organismo que asuma la defensa a nivel de toda la humanidad. La primera Internacional que dejó un trazo indeleble en la humanidad, fue presa de los intereses particulares de sectores de trabajadores seducidos por intereses nacionales, una historia que hoy se repite cuando se omite deliberadamente de pensar con cabeza ubicada en el mundo.
Ese animal existe, la crisis ya es irreversible y no existen como posibilidad real en plazos razonables soluciones nacionales.-

En el Uruguay se está  instalando un cuasi debate sobre un TLC con China, y digo cuasi debate porque todo parece indicar que los atajos van a superar la discusión de fondo. La típica cuenta del bolichero –dicho esto añorando el tiempo en que era una figura importante de la sociedad precisamente el bolichero- el cuanto gano y cuanto pierdo, y el de que los negocios están por encima de la política, y de que atendamos lo que podamos atender y lo demás será obra del destino
.
Nosotros no estamos de acuerdo, porque el hacer política es una necesidad real como lo indicó en su momento la intervención –hoy aparentemente olvidada- del expresidente Mujica en la ONU, cuanto tiene que ver hoy el juego nefasto de las monedas, de las emisiones gigantescas de euros y dólares para equilibrar presupuestos ya inexorablemente desequilibrados, o los paraísos fiscales, el lavado de dinero, y las distintas lacras sociales estimuladas por la búsqueda frenética de la tasa de ganancia, también inexorablemente agostada.-

Los argumentos del gobierno uruguayo van a reiterarse: estamos aplicando políticas sociales, necesitamos inversiones, y necesitamos un comercio abierto para esas inversiones.

La derecha política agazapa en su estrategia de aprovechar las debilidades del gobierno para marcarlo y lograr puntos, flaquea cuando el gobierno obtiene inversiones y posibilidad de comercio, pues su única alternativa es ofrecer al aparato productivo un cambio de nombres sin mucha idea de poder hacer algo distinto.-

La izquierda estatista que aún persiste, acumula denuncias y hace propuestas sobre un desarrollo estatal, muchas veces necesario coyunturalmente, pero absolutamente irreal si pudiéramos pensar que es la solución, si partimos de un sistema impositivo que ellos no proponen cambiar.

El gobierno no puede adoptar otro camino, el que adopta tiene riesgos pero no hacerlo es más riesgoso aún, lo que si no se puede postergar es el tender puentes para abrir en el mundo el camino para los cambios que hoy se necesitan como se insinuó en la ONU en setiembre del 2013.

Las crisis siempre son oportunidades de cambio, las sufren la inmensa mayoría de la gente, la usufructúa una minoría hija de lo peor de la explotación humana, en este caso con un ingrediente nuevo, producto del avance en conocimientos y en tecnología de toda la humanidad, que su no resolución nos pone en peligro a todos, como ya ocurre hoy con las guerras sin solución de continuidad.
sipagola@adinet.com.uy