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martes, 11 de septiembre de 2018

La noción de imperialismo: vigencia y debates

Por Manuel Laguarda:
A propósito del imperialismo y de los imperialismos

El concepto de imperialismo es central para los principios, valores y definiciones de la izquierda. Movimientos y partidos de izquierda en distintas partes del mundo, entre ellos el Frente Amplio, se definen como “antiimperialistas”. ¿Cuál es la vigencia y pertinencia de esta definición? ¿Qué aspectos del concepto se mantienen y cuáles han cambiado en las últimas décadas? Esta será la discusión de Dínamo este mes.
La definición antiimperialista es parte de la identidad de la izquierda. Esto es así porque la categoría imperialismo sigue siendo válida para comprender muchos de los dramas e injusticias del mundo contemporáneo, así como algunas de las restricciones que pesan para limitar la capacidad de construir democráticamente el futuro por parte de la comunidad nacional o de la región latinoamericana.

En América Latina la referencia al imperialismo y al antiimperialismo apunta indiscutiblemente a Estados Unidos, la potencia hegemónica en la región desde que sustituyó en ese lugar a Gran Bretaña, por lo menos después de la Segunda Guerra Mundial. Y las tropelías y agresiones imperialistas jalonan la historia de nuestra región hasta el presente.
¿El imperialismo es uno solo? Si la respuesta es afirmativa, ¿se trata del imperialismo norteamericano o del imperialismo global? ¿O, por el contrario, son varios los imperialismos, y en ese caso igual se podría hablar de un imperialismo global que los abarca o enmarca?

El término “imperialismo” puede emplearse por lo menos con dos acepciones. En un sentido muy amplio, aplicable a cualquier época histórica o contexto, se utiliza como hegemonismo o dominación de un poder internacional sobre otro, al cual condiciona o limita. En un sentido más restringido, como lo teorizaron Hobson, Lenin, Hilferding y Luxemburgo hace más de un siglo, el imperialismo es una etapa de desarrollo y expansión del capitalismo, el cual para sobrevivir necesita de la expansión permanente.

Dentro de la teoría marxista, otros aportes deben ser tenidos en cuenta. Robert Cox (1983) ha aplicado los conceptos gramscianos de hegemonía a las relaciones internacionales para explicar el actual fenómeno del imperialismo. David Harvey, en El nuevo imperialismo (2003), retoma los desarrollos de Rosa Luxemburgo para plantear lo que él llama “solución espacial”, la cual, junto con la acumulación por desposesión (privatizaciones, reestructuraciones de las sociedades, guerras y reconstrucciones posteriores), marca la expansión y la dinámica mundial del imperialismo, que no se limita así a actuar subordinando a las clásicas periferias.

Leo Panitch (2004) critica a la teoría marxista clásica del imperialismo por haber sobrestimado lo económico y subestimar lo político. La globalización ha disuelto la coherencia de las burguesías nacionales y ha creado una clase dominante transnacional. En esta última perspectiva podría hablarse del imperialismo en singular, si nos ubicamos a nivel del modo de producción capitalista en su conjunto actuando a escala mundial, y también podría hablarse de múltiples imperialismos y de la competencia y lucha entre ellos como rasgo justamente de la época que define al fenómeno imperialista.

Hay autores que plantean que a partir de la tercera revolución industrial y del fuerte empuje de la globalización de los 80 y 90, el capitalismo habría entrado en una tercera fase, o una segunda fase del imperialismo. Es lo que describimos como hegemonía del capital financiero transnacional, cuyo resultado es la crisis civilizatoria actual que abarca a todo el planeta.

Asumir la globalización del capitalismo como fenómeno incuestionable –por encima de países y de fronteras– no nos lleva al extremo de negar el papel de los centros de poder nacionales que se disputan la hegemonía mundial y que dan lugar a una suerte de lucha interimperialista, que recuerda a la que precedió a la Primera Guerra Mundial. Y ahí entran en juego –por lo menos– los imperialismos de Estados Unidos, de Rusia y de China.

En el mundo unipolar de la década de los 90 era indiscutible la hegemonía del imperialismo de Estados Unidos, contestada en el multipolarismo de los años más recientes. Hoy asistimos a procesos de reestructuración del capitalismo que podrían llevar a una rehegemonizacion de Estados Unidos. Pero pueden darse contradicciones a múltiples niveles, entre las potencias imperialistas y, a su vez, entre ellas o cada una de ellas y el capital transnacional. Por ejemplo, algunas de las líneas que representa Trump y que le permitieron triunfar van en esa última dirección.

¿Cómo nos paramos ante esa realidad? Afirmando la soberanía nacional, buscando la integración regional, apostando al multipolarismo y al derecho internacional, enfrentando y denunciando a todos los imperialismos. Un mundo equilibrado, con múltiples centros de poder, es preferible a un mundo unipolar, cualquiera sea el polo.

Pero nuestra perspectiva es más radical que la de, por ejemplo, el Foro de San Pablo (FSP), que plantea el dilema como una oposición entre Estados Unidos y los BRICS (Rusia o China). El capitalismo global es una totalidad. El camino no pasa por sustituir a Estados Unidos por Rusia o China. La opción es socialismo o barbarie, y hay que plantearse una gobernanza mundial democrática: globalizar la democracia para que ella prime sobre los mercados.

Visiones como las del FSP niegan la realidad de que Rusia y China son potencias capitalistas e imperialistas, tanto se entienda al imperialismo en la clásica acepción marxista, o como la necesidad del capitalismo, que ha llegado a cierto nivel de desarrollo de expansión y actuación a una escala mayor, entendida como dominación y hegemonismo.

En el caso de la ex Unión Soviética, sus específicas contradicciones trabaron en su momento el tránsito al socialismo y hoy Rusia asume un desarrollo abiertamente capitalista, con fuerte peso del Estado y rasgos autoritarios y mafiosos. En su pretensión de hegemonizar Eurasia, el gobierno de Putin desarrolla una política imperialista en esa parte del mundo en continuidad con los intereses y metas geopolíticas de la época zarista y comunista. Y financia y sostiene a la extrema derecha europea, además de cruzar elogios con Trump, exaltar los valores más tradicionales y conservadores de la iglesia ortodoxa y la Santa Rusia y apoyarse en ideólogos neofascistas como Alexander Duguin.

Y China es socialista sólo de nombre. Es una formación económico-social sui géneris sin democracia, con sindicatos controlados por el Estado: el paraíso ideal de los capitalistas. Es el lugar donde se extrae la mayor plusvalía de los trabajadores en el mundo. Y sus grandes empresas, que campean por el mundo China es el paradigma exitoso de la globalización, son asociaciones entre el Estado (o sea, el Partido Comunista) y la burguesía china (muchos de sus miembros integran dicho partido), con participación de las multinacionales en algunos casos.
Todo lo anterior no implica negar u olvidar todos los crímenes del imperialismo occidental, ni exculpar a Estados Unidos de sus antecedentes.

En el caso de los BRICS, no son una alianza estructurada o estable. Tienen potencialidades, tienen proyectos (como fondos de financiamiento y bancos comunes), tienen contradicciones e intereses contrapuestos entre ellos mismos. Pero la sola presencia de Rusia y China en el mundo actual es positiva, porque equilibra el mundo en el sentido del multilateralismo y contrabalancea el poder de Estados Unidos.
Una real perspectiva antiimperialista pasa por denunciar a todos los imperialismos y por defender y promover la paz, el diálogo, la democracia y el derecho internacional.
Manuel Laguarda integra el Comité Ejecutivo del Partido Socialista.

domingo, 11 de febrero de 2018

La democracia y la fatalidad superable de la partidocracia


Por Homar Garcés:

Víctimas alienadas del partidismo, partidocracia o partidarquía, muchas personas sucumben -desde hace largo tiempo- ante la aparente fatalidad que supone la existencia de los partidos políticos como la expresión más idónea del ejercicio de la democracia. Esto se ha venido fomentando ininterrumpidamente a partir del estallido de la Revolución Francesa hasta el grado que se cataloga como un hecho normal que dos partidos políticos compartan el poder, por ejemplo, en Estados Unidos, con una mínima diferencia en lo que se refiere a sus comportamientos y postulados ideológicos esenciales.



O como ocurrió en México, al término de la Revolución, con un Partido Revolucionario Institucional (PRI) que detentó el monopolio del gobierno y demás estructuras del Estado, en provecho único de su dirigencia. Igual podría afirmarse en relación con Colombia y Venezuela, naciones que fueran regidas -a imitación de Estados Unidos- por liberales y conservadores, en el primer caso, y por adecos y copeyanos, en el segundo; donde cada uno de ellos proclamaba sus bondades como garantes de los derechos democráticos de las mayorías y, por lo tanto, se consideraban a sí mismos como los más recomendados para dirigir los destinos de sus países.

No obstante, obviando lo plasmado en sus respectivos estatutos y fundamentos ideológicos, sobre todo, a la luz de su práctica política (o ejercicio del poder) se notará de inmediato (y es la queja popular habitual) que la mayoría de los partidos políticos tienden a conseguir una hegemonía indisputable, lo que hace de la democracia una utopía permanente o, en el mejor de los casos, algo siempre inconcluso. Los ejemplos más a la mano sobre tal predisposición antidemocrática serían los partidos nazi en Alemania, fascista en Italia, y comunista en la Unión Soviética y sus similares de la Europa del Este.

Como contrapartida al hegemonismo político-partidista, casi siempre (por no anotar que siempre) se esgrime la necesidad de una política rebelde, contestaría y/o revolucionaria que ponga en marcha una audacia creativa y, por consiguiente, sumamente innovadora que trascienda los límites establecidos por la tradición y los patrones históricos que supeditan la voluntad y el destino de los pueblos a una resignación inducida, de índole religiosa (aunque no se mencione y sea imperceptible a los sentidos de sus víctimas), la cual -en todo caso- siempre resultará favorable a los intereses de los sectores dominantes. Una sumisión mistificada que se equipara con un orden natural que jamás (aceptando tal hecho) podría alterarse.

Aun así, alguna gente alegará que los partidos políticos son imprescindibles para que haya verdadera democracia. Lo que se ajusta a la concepción y vigencia de un orden social y económico competitivo, muy a tono con la lógica capitalista; conservando -hasta donde sea posible- sin ninguna variación las relaciones jerarquizadas derivadas del poder constituido. Esto exige, como tarea revolucionaria impostergable, desnudar y deslegitimar en todas sus partes al modelo de Estado liberal-burgués vigente, lo que incluye, naturalmente, a la gama de partidos políticos que lo encarnan y reproducen.
Para ello se requiere una revolución cultural que ubique y re-ubique la historia relegada, construida y protagonizada (aún en sus aspectos negativos como sucediera en los inicios de la lucha independentista en Venezuela) por los sectores populares, en oposición a la historia oficial que los invisibilizó, convirtiéndolos en meros accesorios de la puesta en escena de las acciones de los héroes y dirigentes que ésta destacara. Gracias a esta última e importante revolución, surgiría la posibilidad cierta que los sectores populares adquieran una nueva conciencia en relación consigo mismos y el modelo civilizatorio en que existen.

Aquí cabe citar a la doctora en antropología Jacqueline Clarac de Briceño, quien en su obra “El lenguaje al revés (Aproximación antropológica y etno psiquiátrica al tema)” nos expone -aunque sus palabras encajan en otro contexto- que “al tomar conciencia de toda esta historia y de las razones por las que estaban marginados hasta ahora, empiezan a comprender los pobres que su situación no es una fatalidad de la historia y de su propia condición humana, sino que ésta es reversible”. No en balde, quienes integran y representan las minorías gobernantes se muestran reacios a aceptar y a obedecer la soberanía que, se supone, le pertenece al pueblo. Su miedo y su predisposición consuetudinaria a la represión y a la cooptación de los sectores populares tienen su “justificación” en la certeza de ser completamente desplazados, de instaurarse un poder popular auténticamente soberano.             

Aunque aspiren y proclamen representar a la totalidad de la población, en realidad los partidos políticos, llámense conservadores, liberales, republicanos, socialistas, radicales, demócratas y aún revolucionarios, -al desarrollarse en un escenario moldeado y dominado por el sistema capitalista y, adicionalmente, respondiendo a los esquemas republicanos creados, mayormente, en suelo europeo- no llegan a cumplir totalmente con tal objetivo. Especialmente cuando surgen camarillas en su seno que, para usufructuar el poder obtenido, recurren al clientelismo político; implantándose un elitismo y un autoritarismo caudillista totalmente contrarios a lo que debiera ser una verdadera praxis democrática. Como agentes de legitimación e intermediación frente al poder del Estado, no los anima despojarse de su preponderancia acostumbrada.

Sobre esto (aunque se destruyan las neuronas y cueste asimilarlo) la autonomía de los sectores populares organizados es básicamente el modo como se puede abordar la construcción social y política colectiva de un nuevo orden por fuera de la lógica que, por ahora, rige el sistema establecido. Se trata, en síntesis, de la puesta en práctica de un formato novedoso que haga énfasis en la construcción de un sujeto histórico insurgente, dotado de una clara conciencia emancipadora.

Esto daría nacimiento (pese a la contradicción que algunos perciban) a la institución de un nuevo Estado, sustentado en una vasta experiencia asociativa de las clases subalternas. Con ello como principio, se evitará la instrumentalización y mediatización del poder popular a manos de los partidos políticos. Esto no hará desaparecer mecánicamente las contradicciones, las controversias dogmáticas o las fragmentaciones. No obstante, lo más importante es no perder de vista el empoderamiento político, económico y social de las mayorías populares, así como comprender a cabalidad que ello debe apuntar a una transformación profunda y definitiva que supere las estructuras burocrático-piramidales creadas por las clases dominantes, los partidos políticos y el Estado en conjunto.-            

Maestro Ambulante
¡¡¡Rebelde y Revolucionario Resiliente e Irreductible!!!
¡¡¡Hasta la victoria siempre!!!
 ¡¡¡Luchar hasta vencer!!!

mandingarebelde@gmail.com