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miércoles, 5 de agosto de 2020

Carta al ministro del interior de Chile que va a incendiar el País mapuche. Aunque no la lea



Por Dr. Tito Tricot:
 Me pregunto si alguna vez, ministro Víctor Pérez, se habrá mirado al espejo, si desnudo frente al cristal, cuando usted deseaba verse blanco, rubio, acaso de profundos ojos azules, horrorizado se enfrentó a su molesta modernidad. Es que usted, ministro, como casi todos nosotros, aunque trate de ignorarlo y borrarlo con los dientes apretados, tenemos sangre mapuche. Es tanto su odio al indio que trató de lavar su piel con furia, ministro. Y se miró al espejo nuevamente, pero todo fue inútil, seguía con su indianidad pegada al cuerpo. Entonces quebró el espejo en mil pedazos ante el insoportable destino de no poder ser caucásico. Así, antes que usted, ministro, y después también, fue emergiendo y consolidando una elite dominante racista que ha intentado aniquilar por todos los medios, física, económica, política, social o culturalmente a los pueblos originarios.



Por lo mismo, no es casualidad que en sus primeras declaraciones haya sostenido que su prioridad sería el conflicto en La Araucanía “porque los chilenos merecen vivir en paz y tranquilidad. Alejaremos a los violentos para solucionar los problemas”. En otras palabras, su preocupación no es la violencia, sino que el bienestar de los chilenos ¿Y los mapuches, ellos no merecen vivir en paz?  Es decir, ministro, una vez más el discurso radicalizado, el culpar al mapuche del conflicto lo que es igual a indicar que los extremistas son los mapuches.

Ello a pesar que numerosos organismos nacionales e internacionales han señalado que no se puede equiparar a las justas demandas sociales con terrorismo. Y estas demandas sociales tienen que ver con tierra, territorio y, fundamentalmente, con derechos colectivos como pueblo. Nada distinto a lo que plantea la legislación internacional.

Tampoco es casualidad que su primer viaje, ministro, haya sido a la región de La Araucanía ¿Por qué? Podría haber sido cualquiera otra, pero no, había que entregar una potente señal política, una demostración de fuerza. El Estado disciplinado, abusador, racista, colonizador. ¿Se miró al espejo antes de viajar ministro? ¿Fue tal su desesperación al verse moreno reiteradamente que se vistió con cota, malla y espada, se caló su yelmo y partió al sur a cazar salvajes como en el siglo XVI? ¿O quizás fusil y quepí como en el siglo XIX?

Al final da lo mismo, ministro, si llegó con yelmo o quepí, lo importante es que su efímera visita tuvo graves consecuencias. Primero, quedó claro que este gobierno moribundo utilizará el conflicto chileno-mapuche como un trofeo de guerra. Que no le interesa en lo más mínimo solucionar el conflicto, menos aún le importa el pueblo mapuche. Defenderá los intereses del modelo neoliberal en la zona, que son los mismos grupos económicos de todo Chile, además de los descendientes de los colonos. Esto, piensa ministro, le ganará el apoyo de los sectores duros de la derecha.

Segundo, al declarar que en el Wallmapu no existen presos políticos –que es exactamente lo que decía el dictador Pinochet– en el contexto de una huelga de hambre de una veintena de presos políticos mapuche que se prolonga por casi 90 días, lo que hizo, ministro, es provocar a todo un pueblo. En particular porque uno de ellos, Celestino Córdova es machi, autoridad socio-religiosa mapuche, y cuyo estado de salud, además, se halla extremadamente deteriorado. Todos ellos están encarcelados en el marco del conflicto chileno-mapuche cuyo origen se encuentra en la ocupación militar por parte del Estado chileno del territorio mapuche en el siglo XIX. El Wallmapu, el País mapuche, es un País invadido, por eso ellos son prisioneros políticos de un conflicto que no iniciaron.

Tercero, ministro, como abogado usted sabe muy bien –supongo– que la huelga de hambre actual es por demandas muy concretas: la aplicación de los artículos 8, 9 y 10 del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que manifiesta que se debe tener singular consideración por aquellos presos pertenecientes a pueblos originarios por su condición de tales. Especialmente en lo que dice relación con sus derechos económicos, sociales y culturales. Por esto, los prisioneros mapuches piden cumplir sus penas en sus comunidades, en otros centros de reclusión donde puedan trabajar o, en el caso del machi Celestino Córdova, en su espacio ceremonial.

Cuarto. Sus palabras, accionar y arrogancia, ministro, sin duda propulsaron los deleznables sucesos de Curacautin, Ercilla y Traiguen donde grupos de civiles de manera violenta y artera atacaron, con la complicidad de Carabineros, a comuneros mapuche que habían ocupado las dependencias de las municipalidades de estas ciudades en solidaridad con los presos en huelga de hambre. Esta incitación al odio y al enfrentamiento entre pueblos tampoco es casualidad. Siempre ha existido el racismo en La Araucanía, latente y patente, más en los últimos 20 años las confrontaciones más ostensibles han sido entre mapuche y agentes del Estado, guardias de seguridad de las forestales, agricultores y algunos grupos paramilitares de ultraderecha. Siempre la violencia proviniendo de estos grupos y la autodefensa de los mapuches. Ahora se está incentivando o manipulando el odio y accionar interracial y esto puede tener horrendas consecuencias.

Lo anterior, el resurgimiento de la ultraderecha y el fascismo es un fenómeno mundial, pero acá, ministro, su gobierno está políticamente moribundo y quizás quiera pasar a la historia, antes de morir, como el que solucionó el conflicto en territorio mapuche con una limpieza étnica al estilo nazi. No lo sabemos. Lo que no entiende, ministro, es que si intenta hacerlo cuando se mire al espejo continuará portando la misma indignidad. Lo que no comprende, ministro, es que hace mucho que el pueblo mapuche dijo basta y que su lucha es por autonomía y territorio. Lo que no entiende, ministro, es que usted va a pasar a la historia como el ministro que impidió la solución política del conflicto e incendió el País mapuche,

Director Centro de Estudios de América Latina y el Caribe-CEALC
tricot18@gmail.com

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Colombia duele



Por Carlos Flanagan:

La violencia que sigue instalada en Colombia desde hace décadas y la continuidad de los asesinatos de líderes sociales, sindicales y ex combatientes de la guerrilla luego y a pesar de los acuerdos de paz firmados, violentan toda conciencia democrática y de justicia.
En lo que a mi respecta, me duelen particularmente; ya que a algunas y algunos de ellos los pude conocer en instancias de encuentros internacionales en las últimas décadas.

La realidad colombiana vuelve a estar en las noticias a raíz del anuncio hace pocos días de Iván Márquez y algunos otros dirigentes de las FARC (Jesús Santrich y Hernán Darío Velázquez) de que, ante los incumplimientos por parte del gobierno de muchos aspectos de los acuerdos de paz y los reiterados asesinatos, retomaban la lucha armada (defensiva) nuevamente como Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC – EP).



Por otro lado, Rodrigo Londoño continúa presidiendo el partido político FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) creado en agosto del año 2017, luego de la firma de los acuerdos de paz en 2016, que rechazó enfáticamente la decisión hecha pública por Iván Márquez y reafirmó la apuesta por la paz y el cumplimiento de los compromisos emergentes del Acuerdo de Paz firmado.

El contexto histórico, formas y contenidos

Colombia es el país en nuestro continente con mayor continuidad democrática en el plano institucional con partidos políticos muy antiguos, como el Liberal (1848) y el Conservador (1849). Sólo tenemos partidos de similar antigüedad en Estados Unidos: Demócrata (1824) y Republicano (1854) y Uruguay (Colorado y Nacional ambos en 1836).

Sin embargo, desde hace muchas décadas esa “continuidad democrática pactada” de carácter formal, convive con una realidad social con un contenido de violencia inusitado.
Un caso emblemático fue sin duda el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán; parlamentario que encabezó el ala de izquierda del Partido Liberal, siendo candidato presidencial en las elecciones de 1946 y seguramente próximo ganador de las siguientes elecciones en 1950.
El 9 de abril de 1948 es asesinado (un plan orquestado por la CIA). La respuesta fue el alzamiento popular llamado el “bogotazo” y de ahí en más se abre un capítulo histórico denominado “la violencia” en el cual en una década se estima que murieron entre 200.000 y 300.000 personas y emigraron más de 2 millones de personas (casi la quinta parte de la población de esa época).

En el ámbito rural imperaba la violencia de los terratenientes contra los campesinos, con el consiguiente desplazamiento forzoso y la usurpación de sus tierras.

Como respuesta a esta situación surgen a lo largo de los años distintas organizaciones de autodefensa campesina de diversos signos políticos; desde liberales hasta comunistas.
Por ende, el establecimiento de muchas zonas rurales liberadas, como la Marquetalia de Manuel Marulanda, “Tirofijo” o el nacimiento de las propias FARC en 1966, no es fruto de una casualidad, sino que por el contrario es una consecuencia histórica de todo este largo proceso de violencia.

Los acuerdos de paz; un largo proceso

Por los motivos arriba esbozados, el proceso de conversaciones fue largo y complejo.
Se inició con una ronda de diálogos entre la delegación del gobierno presidida por Juan Manuel Santos y la delegación de las FARC-EP que se dio en llamar Encuentro Exploratorio y tuvo lugar en La Habana entre el 23 de febrero y 26 de agosto de 2012.

Ese día se firmó un Acuerdo General para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera, ante delegados de la República de Cuba y el Reino de Noruega que de ahí en más se constituyeron en garantes del proceso.

La agenda pautada en este Acuerdo General indicaba la constitución de una Mesa de Conversaciones. La misma comenzó a sesionar en Oslo el 18 de octubre de 2012, para luego pasar a funcionar en La Habana durante cuatro años. En ese lapso se fueron abordando todos los puntos de la agenda de negociaciones para así llegar a la firma del “Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera” el día 24 de agosto de 2016.

Se estableció que este Acuerdo debía ser sometido a ratificación mediante plebiscito, previsto para el 2 de octubre siguiente. El triunfo del no a su ratificación obligó a renegociar y volver a redactar algunos de sus artículos. Finalmente, el 24 de noviembre se procedió a la firma de las modificaciones realizadas. Y entre el 29 y 30 de noviembre fue aprobado el Acuerdo definitivo por la Cámara de Senadores y de Diputados.

A partir del 1º de diciembre de 2016 dio comienzo el proceso de desmovilización y entrega de las armas a la ONU que finalizó el 26 de setiembre de 2017 cuando la Primera Misión de Verificación de ONU culminó sus actividades. De esta forma se estaba en condiciones de iniciar la reincorporación social, económica y política a la vida civil por parte de los ex combatientes.

El cumplimiento de los Acuerdos

En agosto pasado, la Procuraduría General de la Nación Delegada para el Seguimiento al Acuerdo de Paz emitió el primer informe al Congreso. Es un extenso documento de 344 páginas en el cual se aborda y analiza el estado de situación de seis puntos:

1)            Reforma rural integral.
2)            Participación política.
3)            Fin del conflicto.
4)            Solución al problema de drogas ilícitas.
5)            Sistema integral de verdad, justicia, reparación, y no repetición.
6)            Implementación, verificación y refrendación.

Se puede afirmar que en general los resultados obtenidos en los puntos mencionados han sido claramente insatisfactorios; sea por motivos de insuficientes recursos presupuestales dotados por el gobierno para la implementación de las medidas, la ausencia de informes periódicos de la implementación física y financiera de los términos del Acuerdo que diera por resultado hojas de ruta claramente definidas, la ausencia de indicadores en el PMI (Plan Marco de Implementación) o la descoordinación entre distintas instancias institucionales del Estado.

Sólo a modo de ejemplo en la reforma rural existe una gran lentitud en el otorgamiento de tierras a los solicitantes.

En la participación política los partidos de oposición consultados   denunciaron amenazas a sus miembros. No se dieron espacios adicionales en medios de comunicación por parte del Consejo Nacional Electoral según lo acordado. Es uno de los puntos que presenta mayor retraso en su ejecución.

Por su parte el partido político FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común) tuvo una baja votación en las elecciones parlamentarias de 2018 (52.092 votos para la Cámara de Senadores y 32.636 para la Cámara de Representantes) que de por sí no le otorgaba ninguna banca. Sin embargo, por lo establecido en el Acuerdo de Paz, le correspondieron 5 bancas en cada Cámara.

Desde la firma del acuerdo a la fecha del informe, 134 ex integrantes de las FARC fueron asesinados. El 70% de esos asesinatos se perpetraron en territorios en donde se implementan programas para la seguridad producto de los Acuerdos de Paz.
En lo que respecta al encare del problema de las drogas ilícitas, se fracasó en la política de disminución de áreas de cultivo y de apoyo a las familias que decidieron abandonar esos cultivos.

En conclusión, los resultados hasta ahora en la implementación concreta de las disposiciones del Acuerdo de Paz son totalmente insuficientes. La violencia paramilitar continúa y sigue impune.

Una dolorosa escisión

El 29 de agosto, Iván Márquez – quien fuera jefe de la delegación de las FARC – EP durante el proceso de negociaciones para el Proceso de Paz, Senador designado en la cuota de 5 que le correspondía al Partido FARC, con paradero desconocido desde hacía un año, aparece en un video anunciando que junto a un grupo de dirigentes (Jesús Santrich, Romaña, el Paisa entre otros) y ante los incumplimientos del gobierno de los compromisos del Acuerdo de Paz decidieron retomar las armas (esta vez en una lucha defensiva) como FARC-EP.

El mismo día el Consejo Político Nacional del Partido FARC emitió un comunicado por el cual rechaza la decisión de esos exdirigentes, manifestando que “proclamar la lucha armada en la Colombia de hoy constituye una equivocación delirante” y que “los firmantes de la alocución rompieron públicamente con nuestro partido, protocolizaron su renuncia y asumieron las consecuencias de sus actos.”

Afirman que “es cierto que el cumplimiento de los Acuerdos por parte del Estado marcha a paso paquidérmico, y que los reincorporados hemos pasado por serias dificultades en distintos sentidos. Nadie niega que existan importantes sectores e intereses que trabajan incesantemente contra lo pactado. Pero los revolucionarios enfrentamos la adversidad con optimismo, valoramos altamente la palabra empeñada y no renunciamos a nuestros objetivos por duro que sea el camino.” 

Tal como lo señalamos en el capítulo anterior, del propio detallado informe de la Procuraduría General de la Nación Delegada para el Seguimiento al Acuerdo de Paz surge de manera inequívoca y por diversos motivos explicitados en él, la lentitud en el cumplimiento de los planes emergentes del Acuerdo.

Si bien podría entenderse que ante este panorama de incumplimientos un grupo de ex dirigentes guerrilleros, agotada su paciencia, hayan entendido que no hay más alternativa que volver a las armas, la gravedad del tema en cuestión y sus posibles consecuencias ameritan un análisis sereno y detenido.

Lo primero a considerar es que es un diferendo doloroso entre compañeros; militantes revolucionarios honestos y convencidos en sus posturas.

Muchos medios de la derecha no tardarán en catalogar de una forma aparentemente simplista (pero maquiavélica en el fondo) este diferendo como “entre malos y buenos”.

Consideramos que la actitud de volver a empuñar las armas puede entenderse, pero no justificarse, por varias razones.

Luego de décadas de enfrentamiento armado tanto el gobierno colombiano como las FARC-EP llegaron a la conclusión de que ninguno de los dos podía llegar a triunfar por la vía militar; lo que evidenció la necesidad de iniciar un diálogo conducente a un proceso de abordaje de una agenda temática hacia un acuerdo que pusiera fin a las hostilidades y abriera las perspectivas de paz con reinserción social y política.

Cabe preguntarse entonces, ¿a quién beneficia políticamente esta decisión de volver a las armas?

Sin duda alguna al presidente Iván Duque y a toda la oligarquía colombiana.

Duque es un títere de Álvaro Uribe Vélez quien con el apoyo de Estados Unidos mueve los hilos de su política guerrerista y de apoyo a los paramilitares con objetivos muy claros:

             que Colombia sea, encabezando el Grupo de Lima, el contrapeso de derecha funcional al imperialismo de todo gobierno progresista en el continente. Una suerte de Israel en América del Sur.
             Ser la plataforma de lanzamiento de una provocación armada contra Venezuela, posiblemente en la zona fronteriza. Duque ya está preparando el terreno cuando no perdió tiempo en acusar al presidente Nicolás Maduro de encubrir al grupo guerrilleros de Iván Márquez. No sería de extrañar que mediante el expediente de “falsos positivos” - método que tanto conocen y aplican los servicios colombianos – les dé el pretexto para ingresar en territorio venezolano.

Para ello posiblemente cuenten y contarán con el silencio cómplice de la OEA y en particular de su Secretario General Luis Almagro.

El deber de defender la paz.

Será tarea de los países democráticos y progresistas plantear en los organismos internacionales la necesidad de que el gobierno colombiano acelere y garantice el cumplimiento de las tareas previstas en el Acuerdo Final para la Terminación del Conflicto y la Construcción de una Paz Estable y Duradera y ofrecer los buenos oficios de acompañamiento de la comunidad internacional para ello.

Ahora bien; hay una tarea que es materia privativa del pueblo colombiano: la paciente construcción de la unidad.

Por un lado, la unidad del movimiento social, del movimiento sindical.

Pero además trabajar duro en pos de un acuerdo de unidad de todos los partidos de izquierda y progresistas en base a un programa mínimo de consensos políticos contra el neoliberalismo, por la justicia social, una política exterior soberana y en defensa del proceso de paz.

Es la hora de que las fuerzas políticas se den la oportunidad de debatir fraternalmente sobre lo que los une a corto y mediano plazo en aras de poder caminar juntos.

Y por una vez hacer el ejercicio de dejar de lado por un momento las eternas discusiones sobre diferencias filosóficas de corte finalista a las que la izquierda lamentablemente ha sido y es tan afín en todo tiempo y lugar.

Sólo así podrán acumular fuerzas y afrontar juntos próximas instancias electorales con posibilidades de lograr el triunfo que el pueblo colombiano espera y merece. -

carlos.flanagan@gmail.com

domingo, 18 de marzo de 2018

Cuando la consigna es violar


Por Carolina Vásquez Araya

La violación sexual es una agresión cruel, física y psicológicamente devastadora.

Los números son contundentes; miles de niñas, niños y adolescentes son violados cada día en cualquier escenario: la intimidad de su hogar, el ámbito académico, la parroquia, el camino a la escuela, el contexto de una guerra. No importa en dónde, su integridad es amenazada con la sola presencia de un hombre dispuesto a agredirlos en cuanto la oportunidad le sea propicia. Parece una historia de terror pero sucede cada día en cualquier punto del globo, oculto por el miedo y la vergüenza.


¿De dónde surgió la idea de que las niñas son presa a disposición del cazador? ¿Cuándo se reformaron los códigos y las leyes para proteger a los depredadores sexuales para interpretar -con cómplice benevolencia- su costumbre de cometer ese horrendo crimen contra víctimas indefensas como un rasgo de virilidad? La violación es una de las peores formas de violencia contra una niña o una mujer, constituye un acto vil cuyas consecuencias van mucho más allá de la destrucción de la autoestima, la marcan en todos los aspectos de su vida y definen sus relaciones futuras.

En esta especie de holocausto lento contra la niñez también toma parte protagónica el pensamiento patriarcal instalado en innumerables comunidades, el cual permite a los padres dar a sus hijas menores en matrimonio aun en contra de leyes establecidas para evitarlo. No solo las entregan a un adulto en contra de su voluntad, sino además cobran por ese intercambio transformándolas en simple mercancía, convencidos de que las mujeres están destinadas a servir y no tienen derecho a tomar decisión alguna respecto de su vida y su destino.

Entonces es cuando todo esfuerzo por generar cambios en el imaginario colectivo adquiere una enorme relevancia, es cuando los movimientos feministas adquieren un impulso adicional al enfrentar los prejuicios y la oposición pétrea de un patriarcado destinado a extinguirse por opresivo, violento, discriminatorio e ilegal. Es cuando se toma conciencia de los mensajes sutiles destinados a construir barreras y crear guetos con el único propósito de impedir el empoderamiento de las mujeres en todos los escenarios de la vida pública y privada. Es cuando toca involucrarse de manera directa desvelando los mitos y destruyendo todos esos estereotipos con los cuales hemos sido programados desde la niñez y hemos reproducido con las sucesivas generaciones.

Se han escuchado los testimonios escalofriantes de soldados confesando que “violar era la consigna”. Violar a todas las mujeres, incluidas las niñas más pequeñas, porque la violación es una táctica de guerra para continuar la ruta estratégica del miedo y la destrucción psicológica del supuesto enemigo. Es decir, niñas, adolescentes y mujeres debían ser destruidas en su esencia, en su intimidad, privadas de su libertad para obligarlas a servir en los oficios más denigrantes posible, sin haber cometido delito alguno. Mujeres cuya única falta es encontrarse en el camino de los invasores. Así es hoy y así ha sido a lo largo de la historia.

Entonces ¿con qué argumentos se pretende invalidar la lucha de las mujeres por sus derechos sexuales, educativos, sociales, laborales y económicos? ¿Cómo es posible negar la desigualdad en la participación política –tribuna esencial para incidir en el rumbo del país- y marginar al sector femenino de todas las decisiones importantes para una nación? ¿Con qué autoridad se esgrime el discurso antifeminista en un país donde el embarazo infantil es un rasgo de identidad? Es hora, entonces, de cambiar la consigna: “las niñas se respetan, no se violan, no se matan”.

Escalofriante táctica de guerra para someter al enemigo: violar a las mujeres.

elquintopatio@gmail.com