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sábado, 23 de noviembre de 2019

¿Quiénes realmente son los violentistas?



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Compelidos como hemos estado a condenar “la violencia venga de donde venga”, en realidad creemos justo repudiar, primero que todo, la violencia del régimen neoliberal que provocó el desenlace que hoy a todos nos conmueve. Es decir, aquella que se ejerce en la cotidiana explotación de los grandes empresarios a sus trabajadores, vulnerando sus derechos laborales; la que provoca el desparpajo de los políticos enriquecidos y ensoberbecidos en la perpetuación de sus cargos públicos y groseros estipendios. O la impunidad institucionalizada en favor de los delincuentes de cuello y corbata, de los que usurpan desde las AFP y las isapres las cotizaciones de los trabajadores.


La violencia que generan los bullados casos de corrupción ventilados ante la opinión pública y que crónicamente deja impunes a sus responsables y cómplices. La violenta discriminación sufrida por nuestro principal pueblo autóctono, como las criminales acciones descargadas día y noche contra sus familias y hogares. De manos, habitualmente, de carabineros digitados por los empresarios forestales de la Araucanía que los despojaron de tus propiedades ancestrales. Todo con la complacencia de La Moneda, ahora, y por los gobiernos precedentes.

En efecto, violencia sistemática justificada por los gobiernos, dícese progresistas, y los políticos de derecha, dícese católicos y amantes del “estado de derecho”.
Sin ignorar, tampoco, el saqueo fiscal y bancario en contra de los estudiantes. De esos cientos de miles de jóvenes que seguirán endeudados por varias décadas más, si es que no se les condona lo que deben. Una deuda lacerante para cientos de miles de familias que fuera fomentada por el gobierno de Ricardo Lagos quien, paralelamente, le puso un abusivo peaje al libre tránsito por las autopistas. Por quien incluso intentó pasar como obra suya la mismísima Constitución de Pinochet, con solo algunos retoques negociados con el Parlamento, para ahora tener el cinismo de sumarse a la demanda popular por una nueva Carta Fundamental.

Cómo olvidarnos de la ultrajante violencia que significó la negativa del presidente Frei a recibir durante todo su mandato a los familiares de los detenidos desaparecidos de la Dictadura. O la burla que le propinó al país la señora Bachelet con su falso proceso constituyente. El que, por supuesto, no condujo a nada, salvo frustrar las esperanzas que de nuevo se agitan en las protestas, después de que le entregara la banda presidencial por segunda vez al principal defraudador de los derechos del pueblo. Un multimillonario engreído, insensible y sin capacidad alguna de autocrítica y pudor. Cuya permanencia en La Moneda violenta y crispa todos los días a la población que lo repudia tan contundentemente.

Imposible pasar por alto la violencia ejercida por el sistema todavía vigente contra los sin casa o los deudores hipotecarios, estrangulados todos por las entidades financieras y constructoras. La violencia que significa que el sueldo mínimo recibido por millones de trabajadores no les alcance para llegar a fin de mes, como lo hemos podido constatar en esos estremecedores testimonios de ancianos, viudas, pensionados, como de tantos jóvenes impelidos a delinquir para comer y llevar algo a casa.

Por la violenta e insensata actitud de los principales medios de comunicación circundados por la farándula y la frivolidad, ignorantes de la realidad nacional y mundial y cuyos rostros ahora lloran lágrimas de cocodrilo al descubrir nuestro país real. Con sus noticiarios y programas tan lacerantes a la conciencia pública, la dignidad de los pobres y de la propia clase media. Como si no fuera terriblemente violento, también, el constante atentado en contra de la soberanía nacional, mediante la inicua explotación de nuestros recursos naturales, el saqueo cotidiano de millones de toneladas de cobre, litio y otros productos desde las entrañas de nuestro territorio.  O los mismos incendios provocados en nuestras reservas forestales a fin de proveerle terreno a las empresas constructoras y a aquellas que buscan reforestar nuestro paisaje con especies de mayor y más rápida plus valía, sin importarles si éstas agotan los manantiales y aguas subterráneas en desmedro de la agricultura y del agua potable en tantos pueblos y ciudades del país.

Ciertamente que duele ver un templo en llamas o la destrucción de monumentos patrimoniales, pero todo eso se puede volver a reconstruir o reparar. No así nuestros vandalizados yacimientos del norte y de las altas cumbres cordilleranas. Pero no nos equivoquemos: para sujetos como Piñera, la destrucción callejera puede ser incluso una oportunidad de negocio para las empresas constructoras e importadoras, como para las mismas compañías de seguros. Ya un hábil alcalde y algunos “emprendedores” en cosa de horas discurrieron semáforos portátiles; de la misma forma como algunos poderosos del retail se proponen, después de cobrar sus pólizas por incendio, reemplazar estos hipermercados por grandes condominios de viviendas bien cercadas y más inexpugnables.

Qué duda cabe que la promesa de un plebiscito y de una asamblea constituyente (con leoninos quórums para aprobar cualquier cambio sustancial de la actual Carta Magna) busca también apaciguar las demandas sociales y convertirse en un placebo para los ansiosos de cambio. ¡Qué violento contubernio es el ejecutado por el Ejecutivo y los parlamentarios para, en cosa de horas, levantar un acuerdo y prometer una agenda social que ha sido burlada o postergada por tanto tiempo! Si hasta tenían preparado aquel enorme lienzo blanco que cubrió la plaza Baquedano para hacernos creer que la batalla terminaba y que el orden se restablecía. Desconociendo el hecho de que la protesta no solo se alzó contra el Gobierno sino contra toda la indolente clase política.

Por ello que abandonar la calle y “volver a la normalidad”, como se nos sugiere, sería realmente fatal para un país que merece mayor equidad y una paz fundada en la justicia y no en la quietud de los cementerios. ¿O es que acaso algún cambio de época y transformación de nuestra historia no ha supuesto la ira popular y episodios inevitables de insurrección? 

Violencia nunca comparable, en todo caso, ¿con la ejercida por los vencedores de Concón y Placilla que conspiraron contra el presidente Balmaceda y derivaron en la organización de turbas que salieron a saquear las casas de los derrotados? O la de los bombardeos de La Moneda en l973, seguidos por los campos de tortura y exterminio; como los asesinatos masivos de campesinos en Ranquil y otras localidades rurales. Tal como años antes se ultimó en Santiago, por instrucción presidencial, a los estudiantes en el Seguro Obrero, o en otras masacres a centenares de mineros. Como la misma “pacificación” de la Araucanía que ya nadie discute que se trató de un brutal genocidio contra nuestro pueblo aborigen. Por cierto, impune, como otras aberraciones.

Es inaudita la hipocresía de quienes hoy apelan a un armisticio exigiendo que los humillados por el sistema abandonen sus protestas, piedras y palos, mientras los policías disparan con armas letales a los manifestantes, les arrancan los ojos a los jóvenes. Y, por supuesto, le siguen poniendo todo tipo de cortapisas al reajuste digno de los salarios y pensiones. Cuanto, a la misma posibilidad de una Asamblea Popular Constituyente, donde lo que mande sea el sufragio mayoritario de sus integrantes y no los intereses de esa minoría cobijada en un acuerdo y quórum espurio. Convenido, como vimos, a espaldas del pueblo movilizado.

¿Es que acaso Piñera pactó con el pueblo y sus organizaciones tan alto despropósito?
¿Es que existe algún antecedente en Chile y en el mundo en que los acuerdos de paz se firmen solo entre los mismos aliados?
juanpablo.cardenas.s@gmail.com


miércoles, 30 de enero de 2019

La desvergüenza de Piñera y de sus adláteres



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Uno de los mayores fiascos de nuestra política exterior se consumo durante el gobierno de Ricardo Lagos, cuando éste reconoció apresuradamente como presidente de Venezuela a un golpista que no alcanzó a consumar del todo su rebelión en contra del comandante Hugo Chávez. Pero como el ser humano suele tropezarse varias veces con las mismas piedras, ahora Sebastián Piñera ha incurrido en el mismo despropósito al reconocer como mandatario de este país a un aventurero de apellido Guaidó, al mismo tiempo que declarar al gobierno de Nicolás Maduro como ilegítimo.


Da la impresión que ambas y fatales precipitaciones de parte de La Moneda se explican únicamente en la presión que la Casa Blanca le ejerce a aquellos países en el propósito de desestabilizar la Revolución Chavista y deponer a sus legítimos líderes. Ya se sabe que en política exterior la afinidad entre la derecha y la llamada centroizquierda chilena es prácticamente plena, igual de servil a Washington y, lo peor de todo, extremadamente cínica. Constituye un abuso presidencial arrogarse en nuestro país la representación plena de la nación, toda vez que es público y notorio que en todos los asuntos externos, y hasta en los diferendos de Chile con sus vecinos, importantes sectores de la población han repudiado las posiciones fratricidas de nuestra Cancillería, su intento hegemónico regional y su renuncia a consolidar lazos de hermandad continental con nuestros vecinos.

Pero en Cuba, Bolivia, la misma Venezuela y otras naciones como, ahora, México, se sabe de la simpatía que despiertan en Chile sus respectivos procesos políticos y se lamenta el abuso de nuestros gobiernos al asumir y hacerse parte de los intereses y maniobras acorde a los intereses del país imperial. Jamás de le ha consultado a la población nacional que opina sobre nuestras relaciones con el mundo y muy especialmente con América Latina y, sin embargo, los moradores de la Moneda y del Poder Legislativo cada vez disponen de mayores presupuestos para las Fuerzas Armadas y nuestra escandalosa carrera armamentista.

Es, asimismo, una desvergüenza que Piñera y otros jefes de estado tomen posiciones frente a Venezuela con el inmenso tejado de vidrio que tienen, cuando los mismos que ahora fustigan a Maduro le dieron acompañamiento a la dictadura De Pinochet y, en su momento, hasta concurrieron a Londres a reclamar su libertad e impunidad, cuando el mayor Tribunal de Justicia del mundo lo retuvo en Europa y buscó juzgarlo por sus horrendos crímenes. Liberación que, a la postre, lo llevara a morir en completa impunidad en su casa.

Es una desfachatez, por lo mismo, que el gobernante chileno, su ex comunista Canciller (hoy reconocido como un traidor) sus ministros, partidos y parlamentarios quieran aparecer ahora como los paladines de la democracia en Venezuela. Coludiéndose para ello con el presidente Bolsonaro, otrora miembro de la tiranía militar brasilera, o con el presidente de Colombia, país que tiene el demérito de ser el más violento de América del Sur, en el que el ejercicio ciudadano es extremadamente precario y donde la guerra civil que se creía superada vuelve a dar muestras de su ferocidad.

Pero también es una completa vergüenza que la Democracia Cristiana chilena y varios de los actores políticos presuntamente de izquierda asuman las mismas posiciones del oficialismo o soslayen un pronunciamiento respecto de lo que sucede en Venezuela, toda vez que la oposición a Maduro en realidad no ha logrado ganar más adeptos, ni provocado algún proceso de concertación para ofrecer una alternativa viable. Cuando además de sabe de la adhesión de la Fuerzas Armadas a Maduro y de aquella enorme organización y movilización social en favor de su gobierno y la defensa de los avances experimentados desde que los corruptos partidos hegemónicos de ese país  cayeron en total desprestigio y simplemente desaparecieron.

El golpismo de la derecha venezolana lo que sí ha logrado concitar es el apoyo de los gobiernos adictos a la Casa Blanca, de la OEA y de los grandes medios de comunicación que en el mundo y en Chile se descubren tan afines en su orientación editorial y con tan poca capacidad de mostrar los acontecimientos de Venezuela con un mínimo de independencia y dignidad. No se trata, ciertamente, de apoyar o defender a Maduro, sino de mirar con alguna independencia y ecuanimidad lo que sucede en Venezuela o al menos ofrecer más espacio a la diversidad informativa, de la que tanto Chile carece y pone en entredicho su pretendida democracia.

En este sentido, es bochornoso que en nuestro Parlamento, en los partidos autoproclamados progresistas no surjan más voces que, al menos, le nieguen a Piñera y sus adláteres autoridad moral para intervenir en los asuntos internos de un país hermano, pese que en la defensa encendida, criminal y prolongada de Pinochet tanto reclamaron contra la injerencia del mundo libre y democrático en nuestros asuntos internos. Echamos de menos que quienes desnuden el doble estándar de nuestro gobierno, cuando nada dice ante la forma en que algunos regímenes de la Tierra violan flagrantemente los Derechos Humanos, cuando de se trata de buenos o potenciales socios económicos. Que también callan ante las agresiones cotidianas del presidente Trump, obsesionado por construir un muro contra los derechos migratorios y se empeña en hacer la guerra y proclamar la superioridad estadounidense, como antes la hizo Hitler en relación a los alemanes. O tantos otros tiranos que descollan en la historia universal. Cuando para colmo está presidiendo un gobierno corrupto que hasta fastidia, ya, a su propio Partido Republicano.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com