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sábado, 12 de mayo de 2018

Venezuela: un buen botín para Santos y su gobierno


Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
El desarrollo de los hechos va develando la trama, lo más relevante es que se está sabiendo a través de las declaraciones de los propios actores, los que por impericia, estupidez o arrogancia van dando a conocer piezas del rompecabezas que es necesario ir armando.
El Plan Colombia por un lado, así como las gigantescas ganancias producidas por el narcotráfico por otro, han mostrado una economía colombiana ficticia, que solo tenía cierto respiro por estos dos factores, que no podían ser contabilizados formalmente como parte del “esfuerzo nacional a favor del desarrollo y el progreso”. Hay que recordar que la década de los 80 del siglo pasado, considerada como “perdida” para América Latina por los economistas y las organizaciones internacionales, tuvo crecimiento negativo para todos los países de la región, menos para Panamá, que tuvo crecimiento cero, Cuba: un 3%, todavía integrando el Consejo de Ayuda Mutua económica (CAME) conformado por los países socialistas y…Colombia, que creció 9%, algo solo explicable, -según los economistas- por la gigantesca reinversión en el país de los recursos de la industria del narcotráfico.


La última década del siglo pasado introdujo el Plan Colombia en la realidad del país, como instrumento ilegal que violaba el artículo 341 de la Constitución Nacional, al crear un documento paralelo al Plan Nacional de Desarrollo, el cual según establece la Carta Magna debe ser elaborado por diferentes instancias gubernamentales para ser sometido a la aprobación del Consejo Nacional de Planeación. Así, al margen de la ley, y cediendo soberanía, (toda vez que como contraprestación, Colombia debió aceptar la presencia de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos en su territorio sin autorización del Congreso) la oligarquía colombiana se entregó al festín que significaba recibir miles de millones de dólares de Estados Unidos, la “ayuda” más alta de este país a otro del hemisferio occidental y una de las de mayor cuantía en el mundo. La realidad era que si Estados Unidos hubiera querido “apoyar” a Colombia, hubiera suprimido su política proteccionista que impedía o dificultaba la exportación de productos colombianos en un monto muy superior a los recursos aportados por el Plan Colombia. Todo esto se producía durante los primeros años del gobierno del presidente Chávez en Venezuela, cuando Andrés Pastrana lo era en Colombia. Había comenzado la época del parasitismo estructural de la economía colombiana que inició con la gigantesca inyección de recursos del narcotráfico.

El Plan Colombia transformó al país y en especial a las fuerzas armadas en devotos de los recursos, pero estos debían mostrar eficacia en su uso para que el Congreso de Estados Unidos continuara avalando el alud de capitales que comenzó a llegar y a modular el comportamiento de los receptores. Así, bajo inspiración de Álvaro Uribe presidente y Juan Manuel Santos, ministro de defensa, se diseñó la política de los “falsos positivos” que significaba ponerle precio a la eficiencia bélica de las fuerzas armadas, cuantificada con los muertos que se anunciaba como “guerrilleros dados de baja”, sólo que se descubrió que tales combatientes insurgentes no lo eran, y que el parasitismo financiero crónico condujo al asesinato de decenas de personas, solo por el afán de obtener más recursos, poniendo en evidencia un acto de violación masiva y continuada de derechos humanos solo permitida porque contaba con el aval de Washington.

La reducción de los caudales internacionales para una guerra contra el narcotráfico que acorde a la decisión de Estados Unidos no se libra ni por un minuto en su territorio sino en los campos de los países productores, que además de ser criminalmente regados con el glifosato asesino de plantas, animales y el envenenamiento de las aguas que alteran la vida de campesinos que solo obtienen el 0,4% del valor final del producto transformado en droga, significó una alteración profunda en los mecanismos criminales del Estado productor. Las negociaciones de paz entre las Farc y el gobierno colombiano significaron una caída en el ingreso de las fuerzas armadas que recibieron otro golpe cuando el tribunal de La Haya falló a favor de Nicaragua en la delimitación de áreas marinas, y con ello, la ruta más importante de transporte de la droga disminuyó ostensiblemente su funcionamiento, siendo esta vez la marina colombiana, la que recibió el golpe. La economía se estremecía, la caída en el gasto social fue brutal: pagaron los maestros, los miles de niños wayúu de la Guajira muertos por inanición, los campesinos que vieron disminuidos sus ingresos, los pobres de la ciudad y el campo que han visto extenderse la pobreza extrema en las zonas urbanas y rurales hasta superar el 20%, las clases medias y populares que se han hecho más pobres, todo lo cual ha sido falsamente burlado con demagogia y con el apoyo de las noticias falsas emanadas de los medios de comunicación como Caracol, RCN, el Tiempo y el Espectador, máximos exponentes de la desinformación planificada desde el poder.

Cuando parecía que no había argumentos para explicar la crisis y el incremento de la pobreza a partir de 2008 en momentos de una plena expansión económica que no significó mayor equidad, el tema de Venezuela vino en auxilio de la atribulada oligarquía colombiana, que imitando a su amo del norte comenzó a tratar de superar por vía externa, la profunda inmundicia que había creado al interior del país. Primero fue Uribe, quien en los estertores de su mandato, se inventó unos inexistentes campamentos guerrilleros en territorio venezolano, amenazando con una invasión para venir a combatirlos. Sólo la firmeza del Comandante Chávez y la fortaleza de la unidad cívico-militar en Venezuela impidieron esta locura. Las relaciones fueron interrumpidas y el comercio bilateral seriamente afectado, creando gigantescas pérdidas al sector productivo y exportador de Colombia con un consiguiente desempleo y caída en los ingresos que la oligarquía no podía sostener. Por eso desestimaron un posible nuevo período de Uribe y rechazaron a Arias quien era el sucesor designado. Eligieron a Santos con la misión de recuperar las relaciones con Venezuela y con Ecuador país que también había roto sus relaciones tras ser invadido por las fuerzas armadas colombianas.

La guerra comenzó a dejar de ser un buen negocio, por eso se le dio el mandato a Santos para que negociara la paz, había que aprovechar las condiciones que emanaban de los TLC firmados con Estados Unidos y otros países para incrementar ganancias, pero antes se debía modernizar el aparato productivo y la infraestructura, sobre todo la de transporte que impedían ampliar el comercio y las exportaciones. Desde el primer momento, Venezuela apoyó las negociaciones de paz, no sólo eso: las incitó, las promovió, las estimuló, sin embargo, a cambio solo recibió el desprecio de las élites neogranadinas, todavía sedientas de poder, ganancia y sangre.

Por ello su ensañamiento con Venezuela, sobre todo el de Santos que al igual que Obama han dedicado su Premio Nobel de la Paz a desarrollar la guerra, como si ese fuera el sino de ese premio innoble. Y en esa lógica, el actual gobierno colombiano encontró una nueva forma de auto financiamiento: recurrir al Fondo Monetario Internacional (FMI), pero no para pedir un crédito para su país como lo acaba de hacer Mauricio Macri, sino para “rescatar a Venezuela”. Sin que nadie se lo pidiera, el ministro de Hacienda de Colombia, Mauricio Cárdenas aseveró que este “plan de rescate” está pensado “para los venezolanos (ya que) el día que Venezuela adopte las medidas económicas correctas va a requerir una financiación adicional para poner la casa en orden, y que la economía vuelva a funcionar”, porque “Nadie sabe cuándo va a darse un cambio de gobierno en Venezuela pero tenemos que estar preparados para eso”.

Si nadie sabe cuándo va a haber un cambio de gobierno en Venezuela, uno podría preguntarse entonces ¿para qué está pidiendo esa enorme cantidad de recursos?, sobre todo cuando estamos hablando de un gobierno que se va en menos de tres meses, ¿será que necesitan dinero para la campaña electoral? O ¿para pagarles a los maestros y campesinos burlados en negociaciones en las que el gobierno nunca cumple? O simplemente ¿para retirarse con un dinerillo en el bolsillo? El talante parasitario y corrupto de la elite colombiano da para pensar cualquier cosa, sobre todo cuando sus representantes se han dedicado a vociferar respecto de los 4 millones de venezolanos que han huido del país, la mitad de los cuales se habrían establecido en Colombia, para lo cual también han visitado Estados Unidos y los organismos internacionales pidiendo recursos desesperadamente, dando lástima y transmitiendo dolor, Cárdenas afirmó que “Hasta ahora Colombia lo ha hecho con sus propios recursos y presupuestos, pero ya empieza a haber problemas fiscales, porque estamos hablando de números muy grandes, que requieren servicios de salud, educación, asistencia para su alimentación”. Es válido entonces, preguntarse qué haría el gobierno colombiano si tuviera que preocuparse y atender a los 5 millones y medio de conciudadanos que viven en Venezuela y que contrario a lo que se dice siguen llegando desplazados por las persecuciones, las masacres y el despojo de tierras a los que son sometidos por los paramilitares bajo abrigo y protección de los organismos de seguridad y las fuerzas armadas, mientras el gobierno de ese país se hace de la vista gorda ante tales desmanes.

En todo caso, el FMI que –como se sabe- es una institución conducida en los últimos años por directores gerentes corruptos (Rodrigo Rato, Dominique Stauss-Kahn y Christine Lagarde), todos investigados por la justicia y, manejado por Estados Unidos que tiene acciones suficientes para vetar cualquier decisión, vive de hacer negocios a la segura con países en dificultades severas, aplicando sus recetas de hambre y miseria, pero no corre riesgos para satisfacer intereses privados, así sea de grupos poderosos de la oligarquía de algún país. Por eso, El director del Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional (FMI), Alejandro Werner  se apresuró a responderle al ministro de Hacienda de Colombia, diciendo que era muy prematuro “hablar de cifras y planes” para Venezuela.

Por otra parte, la falsedad de los números manejados por el gobierno colombiano para justificar su demanda de recursos fueron  puestos en evidencia y desmentidos por funcionarios del propio Estado: Felipe Muñoz gerente para la frontera con Venezuela y Carlos Iván Márquez, director de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres de Colombia evidenciaron que el Registro Administrativo de Migrantes Venezolanos en Colombia arrojó que en el país hay 203.989 venezolanos, no dos, ni tres, ni cuatro millones como estos delincuentes han dicho en su afán de esquilmar a las organizaciones financieras internacionales.

Como siempre, el objetivo real que se busca se termina sabiendo, en Hungría, el presidente colombiano donde al parecer viajó a “vender” a Venezuela a empresarios europeos, afirmó que "Con el cambio de régimen —que se va a dar y que se va a dar muy pronto—, la economía venezolana con un poco de buen Gobierno va a dispararse rápidamente y la oportunidad para Colombia es enorme". En pocas palabras, se trata de ayudar a Estados Unidos a reventar la economía venezolana, para instalar un gobierno que le dé mejores oportunidades a la oligarquía colombiana de hacerse cargo del país a fin de exprimir al pueblo de Venezuela como lo hace con el propio. El mismo Santos explicó que Venezuela es “el país más rico en América Latina”. Visto desde su perspectiva aviesa y corrupta debe estar pensando que “Venezuela es un buen botín” por eso, dijo -el artífice de la invasión a Sucumbíos en Ecuador- que si él tuviera que apostar, “le apostaría a Venezuela a futuro”. Sólo un hampón mafioso puede ser tan descarado.

sergioro07@hotmail.com

sábado, 18 de noviembre de 2017

Santos: una pesadilla para Colombia.

Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:

Los sicólogos y también los siquiatras que investigan acerca de la perversidad humana tienen en el presidente de Colombia Juan Manuel Santos, el más soñado de los objetos de estudio. La perversidad está asociada a una malignidad superior, a la perfidia, a la perversión y a la depravación todas estas, categorías que coinciden en cualquier escuela sicológica o incluso en las visiones religiosas del término, que agregan otros sinónimos los cuales varían según cada punto de vista.

El sicólogo mexicano Alexandro Aguirre Reyes, especialista en Clínica Psicoanalítica y Magister en Terapia Cognitiva Conductual, afirma que la perversión es asintomática. No presenta en el sujeto la necesidad de buscar ningún tipo de tratamiento, ya que nada de lo que le ocurre, le produce padecimiento. Una persona perversa está acosada por pensamientos obsesivos destructivos, al creer que los actos humanos no son sinceros. La mente perversa es una condición anormal de la personalidad cuyo rasgo dominante es la continua agresividad y destructividad hacia otras personas, a través de pensamientos y actos malignos.



Una profesora de la Escuela de Sicología de la Universidad Central de Venezuela, consultada para esta nota explicó que la perversidad tiene su origen en una práctica social, una cultura arraigada, un modelo económico, los antecedentes familiares y tradiciones históricas, es decir, nadie nace perverso, son las condiciones de su entorno, las que le dan esa condición. Santos es un hombre que jamás ha tenido algún tipo de dificultad en su vida y que ha impuesto siempre su razón por la fuerza del dinero de su familia o por el dominio de su clase, que ha tenido una presencia omnipotente a lo largo de la historia republicana de Colombia.

Todos estos, entre muchos otros elementos que no cabrían en un breve artículo como éste, permiten explicar con mayor detalle, la enfermiza determinación de Juan Manuel Santos por destruir a Venezuela. Es comprensible, Santos proviene de una rancia familia de la oligarquía colombiana que por cinco generaciones (alrededor de 180 años) han ostentado el poder y las riquezas que forjaron su carácter y comportamiento. Su obsesiva aspiración de poder lo llevó a cambiar de partido político en tres ocasiones cuando sus caminos hacia la cima se iban cerrando, incluso compitió y derrotó a su mentor y amigo Álvaro Uribe, por la paternidad del ataque militar contra Ecuador, violatorio de la soberanía de ese país y del derecho internacional, lo cual celebró con gran jolgorio. Cuando Uribe no pudo aspirar a la presidencia por tercera vez y designó como su sucesor a Andrés Felipe Arias, Santos no vaciló en traicionarlo e iniciar una campaña en su contra que lo llevó a la presidencia de la República. Antes, contra su voluntad, tuvo que comprometerse con los grandes empresarios colombianos a restablecer las relaciones interrumpidas con Venezuela y Ecuador, que estaban llevando a Colombia a una penosa situación económica en 2010.

A partir de ahí, devino en un político, además de ambicioso, pragmático, oportunista e inescrupuloso. Un nuevo interés individual se atravesó en su camino de perturbadora necesidad de protagonismo: algún hecho de relevancia superior que lo mostrara fuera de las fronteras de su país, nuevamente, para su suerte, vino en su ayuda, la decisión de los que ostentan el poder, quienes impusieron la necesidad de finalizar la guerra, ante el problema que implicaba no poder aumentar ganancias a pesar de tener un país inmensamente rico, que además había firmado un TLC con Estados Unidos, al cual no se le podía sacar provecho por el continuo desangre para la economía del país, que significaba la guerra. Santos, vio en este mandato, esa posibilidad de ser famoso, y de manera oportunista, -sin creer en ello- se auto proclamó el “padre de la paz” de Colombia.

Solo la mente torcida de un sujeto de esta calaña puede afirmar, que su peor pesadilla era Venezuela, tal como lo dijo en una entrevista en Londres el pasado 10 de noviembre. Sólo una mente perturbada puede hacer tal aseveración, sin pensar cuántos graves y profundos problemas existen en su país, que no ha solucionado desde la primera magistratura del Estado y que por el contrario, se han profundizado. ¡Cuánto desprecio por su pueblo y su nación!.

Al presidente colombiano no le causa pesadillas que en su país exista un ejército paramilitar que con el resguardo de sus fuerzas armadas se está preparando para invadir a Venezuela. Claro, con su experiencia en Ecuador, piensa que podría cosechar los lauros de otra eventual “victoria”.

Tampoco le generan pesadillas que en el año 2016 en su país fueran asesinados 190 líderes sociales ni que entre enero y junio de este año, 335 defensores de Derechos Humanos fueran víctimas de algún tipo de agresión que puso en riesgo su vida y que se produjeran 225 amenazas más contra ellos. Así mismo, el pasado año, fueron asesinados 37 líderes ecologistas colombianos. A Santos no le quita el sueño que de los asesinatos de líderes sociales documentados entre 2009 y 2016 (casi todos durante su gobierno), en el 87% de los casos la justicia no ha hecho nada, ni siquiera identificar a los homicidas. La impunidad es cómplice de Santos…o viceversa.

Santos duerme bien todos los días, a pesar que en su país desde 1938 hasta este año han desaparecido 124.679 personas según un informe del Instituto de Medicina Legal. De ellos, 25.140 fueron presuntamente víctimas de desapariciones forzadas. Desde 2010, cuando Santos llegó a la presidencia, los casos anuales superaron los 7.000. Ese número se mantuvo relativamente constante hasta 2015. En 2016 bajó a 6.934 y, en el primer semestre de 2017, la cifra es de 3.932.

Santos es tan inmoral, que la pesadilla que significan los 280 mil venezolanos que se han ido a Colombia no lo dejan dormir, sin embargo, su sueño no se ve afectado por el hecho de que el conflicto colombiano produjo un millón de homicidios y 7 millones de desplazados, (primer lugar en el mundo), el 80% de los cuales llegó a Venezuela, donde viven con los mismos derechos que los ciudadanos que nacieron aquí, porque la Constitución Nacional así lo ordena.

Tampoco le genera pesadillas que su país sea el segundo más desigual de América Latina, y que un 1% de la población sea dueña del 81% de la tierra según la ONG británica Oxfam. Tampoco le causa pesadillas que en 2016 según el Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep) de Bogotá, los cultivos de coca aumentaran de 145.000 a 150.000 hectáreas durante 2016. Es la contribución de Santos a que se mantenga y amplíe la cantidad de 60 mil estadounidenses muertos cada año por sobredosis de drogas, lo cual agradece el gobierno de Estados Unidos, incrementando su apoyo al gobierno colombiano. Otra razón por la que Santos puede dormir tranquilo.

Este mismo centro de investigación afirma que el 62 % de los jóvenes colombianos que viven en el ámbito rural no se inscriben en la educación secundaria y que solo un 2 % accede a la universidad. Pareciera ser que éste no es su problema, no le quita el sueño.

Así mismo, el 42% de hogares colombianos viven en inseguridad alimentaria,   con relación a la desnutrición infantil se pudo establecer que, desde enero hasta noviembre de 2016, en la Guajira colombiana fallecieron 66 niños por hambre, pertenecientes al pueblo indígena wayúu. Además, en la última década, en Colombia han muerto aproximadamente 14.000 niños indígenas por este mismo motivo. Esto ha ocurrido durante el gobierno de Santos, pero eso no le genera pesadillas. ¿Por qué habría de tenerlas?, si son pobres e indígenas, es decir invisibles y excluidos de la gestión gubernamental. Como no existen, no pueden producir pesadillas.

A Santos no le producen pesadillas, los ocho congresistas, entre ellos tres de su partido que van a ser investigados por corruptos, al haber favorecido a la constructora brasileña Odebrecht. No puede darle pesadilla al presidente, algo que es absolutamente normal en su país y que ocurre todos los días.

En otro ámbito, una vez obtenido el Premio Nobel de la Paz, Santos ha permanecido indiferente a las modificaciones esenciales que sus partidarios en el Congreso están haciendo a los acuerdos de paz para transformar el espíritu del mismo, criminalizando a los defensores de derechos humanos y persiguiendo a los combatientes desmovilizados, 32 de los cuales han sido asesinados, así como 12 de sus familiares. Vaya paz la de Colombia y la de este Premio Nobel.

En su cobardía infinita, firmó los acuerdos de paz, para desmovilizar y desarmar a las FARC y hacer, en estas condiciones, lo que no pudo en el campo de batalla: intentar exterminarlos física y moralmente. Se trataba de que las FARC no pudieran jugar un papel en la contención de la agresión militar a Venezuela, mientras el ejército paramilitar de Santos se prepara para ello, lo cual, tampoco lo deja dormir, pero no por las pesadillas, sino por la euforia que le produce la sangre, el dolor y la muerte, por la satisfacción patológica que le produce su irracional perfidia y su natural perversidad. En realidad, la verdadera pesadilla para el presidente de Colombia es él mismo. 

sergioro07@hotmail.com 

martes, 11 de octubre de 2016

A Santos le salió mal el plebiscito pero ganó el Nobel de la Paz

Un realismo poco mágico Colombo-Noruego

Por Emilio Marín
El domingo 2 de octubre el plebiscito colombiano no refrendó el acuerdo de paz con la guerrilla. Sorprendentemente el viernes siguiente el presidente desairado, Santos, recibió la noticia de que había sido premiado por la academia noruega con el Nobel.

Las novelas de otro colombiano galardonado con el Nobel, Gabriel García Márquez, fueron nominadas como “realismo mágico”. El Nobel de la Paz 2016 será para Juan Manuel Santos, según informó ayer la presidenta del Comité, Kaci Kullmann Five. Ella explicó: “es la firme creencia del Comité Nobel que el presidente Santos, a pesar del ‘No’ de la mayoría en el referéndum, ha traído el sangriento conflicto mucho más cerca de una solución pacífica, y que gran parte del trabajo de base se ha establecido tanto para el desarme verificable de las Farc y un proceso histórico de la fraternidad y la reconciliación nacionales”.
La decisión fue sorprendente. 


El plebiscito donde se jugaba la suerte del acuerdo de paz firmado con la guerrilla había sido ganado por el No, por una diferencia exigua de 54.000 votos. Santos, con todo el arco oficialista “de la U”, más partidos de centro derecha como el Liberal, y de centroizquierda como el Polo Democrático, el Verde y movimientos más avanzados como PC, Congreso de los Pueblos y Marcha Patriótica, habían impulsado la opción del Sí. Este espectro heterogéneo buscaba ratificar lo que Santos y los rebeldes liderados por Rodrigo Londoño, Timochenko, habían firmado en La Habana y Cartagena de Indias, al cabo de casi cuatro años de intensas negociaciones. Pese a los pronósticos favorables de los colombianos y de organismos internacionales, diversos países -incluso el de Estados Unidos- y el Vaticano, etc. esos pronósticos resultaron equivocados. Si bien votó apenas el 34 por ciento del padrón electoral, por aquel puñado de votos, 0,5 por ciento, terminó imponiéndose la opción del No. Todas las encuestadoras quedaron en llamas. Otra vez la sorpresa del realismo mágico...

Santos quedó malherido políticamente y desde la Casa de Nariño empezó con reuniones con sus partidarios y a recibir a sus grandes detractores, como los ex presidentes Álvaro Uribe Vélez y Andrés Pastrana, que habían promovido el voto por el No, a fin de conciliar posiciones. Uribe resultó el gran ganador dominical, frente a un presidente que se lamía las heridas.

The Washington Post adelantó que la candidatura de Santos al Nobel de la Paz podía haberse prácticamente esfumado. Sin embargo, en ese país tan sorprendente, cinco días más tarde esa afirmación periodística había sido desmentida desde Oslo. Y las cargas se equiparaban otra vez entre Santos y Uribe; el primero tenía el Nobel, que además de reponerle fuerzas y prestigio político le proporcionará un millón de dólares. El segundo se quedará con los lauros del 18 por ciento del padrón que votó No. Y la negociación entre ambos volverá a comenzar el lunes, cuando los triunfadores del plebiscito acerquen algunas propuestas concretas a la presidencia para que ésta las analice y las curse a La Habana. Allí están otra vez Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, por el gobierno, e Iván Márquez y Pastor Alape, por las FARC, intentando sacar la gruesa espina que el domingo se clavó en los acuerdos de paz.
Criterios discutibles

En un mundo resultadista, se cuestiona el galardón a Santos porque su proyecto de paz no está confirmado ni mucho menos. En ese sentido resulta discutible esa premiación, pero en tren de comparaciones mucho más polémica fue la adjudicación a Barack Obama en octubre de 2009, quien había comenzado a gobernar el 2 de enero de ese año y no tenía ningún mérito.
Al menos Santos, al menos en los últimos años, optó por un camino de negociación con la insurgencia, no exento de bombardeos, en una guerra de 52 años con 245.000 víctimas, 45.000 desaparecidos y 6.9 millones de desplazados.
El comité noruego, al otorgarle ese premio, quiere inyectar más aliento a la negociación de paz que está en un limbo político y jurídico. Kaci Kullmann Five dijo que su academia “desea animar a todos aquellos que se esfuerzan por lograr la paz, la reconciliación y la justicia en Colombia, y a Santos le dará fuerza para tener éxito en esta exigente tarea”.

Los defensores de esta polémica decisión recuerdan que en 1994 el premio fue concedido a los israelíes Yitzhak Rabin y Shimon Peres, y el titular de la ANP, Yasser Arafat, por haber firmado en 1993 los acuerdos de paz de Oslo. Y que lamentablemente hasta hoy esa paz entre las dos colectividades de Medio Oriente no ha sido alcanzada.

En ese cotejo se aprecian dos diferencias. Una, que la paz había sido firmada entre Israel y la ANP, cosa que en Colombia no fue posible aún por el impasse introducido por el plebiscito. Dos, en aquella oportunidad el premio fue para los dos sectores que se habían avenido a negociar. En cambio ahora el Nobel será para uno solo, Santos, dejando de lado a su contraparte, Timochenko, lo que no parece equitativo. Para hacer la guerra hacen falta al menos dos, y para firmar la paz también: si la Academia Nobel quería premiar los diálogos de paz, aun cuando hasta ahora no habían fructificado, lo mejor hubiera sido distinguir a las dos partes.
Además, valorando el gesto positivo de Santos en estos últimos años, hay que decir que no es ni fue ningún Mahatma Gandhi. Como ministro de Defensa de Uribe 2004-2008 y como presidente promovió a ultranza la guerra, con el financiamiento estadounidense del “Plan Colombia” de 10.000 millones de dólares, bombardeando incluso a países vecinos (en Sucumbíos, Ecuador, mataron a Raúl Reyes y otros 20 guerrilleros y estudiantes latinoamericanos), inventando los “falsos positivos”, concediendo bases militares a EE UU. etc.

Con semejante prontuario hubiera sido aconsejable esperar un año o más para saber si el conflicto colombiano efectivamente iba hacia la paz, antes de dar semejante premio internacional a quien hasta hace poco se pintaba la cara para la guerra. Si las motivaciones políticas de la Academia le imponían urgencia, lo más equilibrado habría sido premiar a Santos y Timochenko. Noruega tenía mucho apuro y una clara preferencia política, como cuando premió a Obama, que casi incendia aún más al mundo con su intervención militar en Siria en 2013, frenado justo a tiempo por Rusia, China, Irán y el Vaticano. Justamente Francisco era uno de los nominados para este año. Hubiera sido hoy un Nobel más merecido...
¿Hacia dónde va Colombia?
Santos envió a Cuba a sus negociadores habituales, De la Calle y Jaramillo, para seguir dialogando con Márquez y Alape. Además de recibir a Uribe y Pastrana, su ministro de Defensa hizo lo propio con tres delegados del Centro Democrático uribista que ya están ungidos como precandidatos presidenciales para 2018. En el medio tuvo que renunciar el gerente de la campaña del No, Juan Carlos Vélez, por haber admitido a La República que la táctica uribista fue indignar a la gente contra el acuerdo antes que discutir sus pros y contras.
Ahora, Nobel mediante, el presidente considerará haber recuperado fuerza propia, más el respaldo de Uribe y Pastrana, para reclamar a las FARC que hagan más concesiones y acepten modificar algunos puntos que estos dos ex presidentes consideraron demasiados concesivos a la guerrilla.

Entre otros, quieren que los jefes guerrilleros vayan a prisión, que se modifique la jurisdicción especial de paz que los va a juzgar, que no haya pagos a los desmovilizados y que se defienda la propiedad privada rural, ante el temor a alguna reforma agraria en pos de los acuerdos de paz.

Timochenko y los suyos van a resistir esas pretensiones, y se van a aferrar al texto firmado en La Habana. Eso sí, las FARC han reiterado que su arma seguirá siendo la palabra y que no quieren más lucha armada. Como no son tontos, Alape pidió a las columnas guerrilleras que se retiren a zonas seguras para evitar provocaciones.
Ayer en la capital cubana ambas partes dijeron estar dispuestas a conversar todas las propuestas de ajustes y precisiones que surjan tras el plebiscito, admitiendo la victoria del No. Como valiosos gestos prácticos, comunicaron que continuarán avanzando en la búsqueda de personas dadas por desaparecidas y los planes pilotos de desminado.

Un comunicado conjunto aseguró: “reiteramos el compromiso asumido por el Presidente de la República y el Comandante de las FARC-EP de mantener el Cese al Fuego y de Hostilidades Bilateral y Definitivo decretado el pasado 29 de agosto”.

El problema es que el alto al fuego fue unilateral por las FARC desde julio de 2015 y se hizo bilateral poco tiempo antes del acuerdo de agosto. Tras el decepcionante plebiscito, Santos prorrogó el alto al fuego sólo hasta el 31 de octubre. Sonó a apriete a la guerrilla con la amenaza de bombardear sus posiciones si antes de fin de mes no acepta revisar el texto de lo ya acordado para darle satisfacción no sólo a Uribe sino sobre todo a la base electoral de derecha que votó por el No.

Si las exigencias nuevas que hacen a las FARC son relativamente menores es muy posible que Timochenko las acepte, pero si son gravosas dirá que no. En tal caso habría un riesgo de volver a tiempos violentos. En el país del realismo mágico, todo puede ocurrir. Ojalá que Gabo, que en 1982 ganó merecidamente su premio, ilumine al polémico Nobel de 2016 para que haya paz y que la Academia no haya pifiado feo como otras veces.

ortizserg@gmail.com