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viernes, 22 de mayo de 2020

La bonita condición de ser Maestro, Maestra



Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Lo que las multitudes griegas y romanas no podían oír, algunos sabios las podían leer y cualquiera que tuvo un maestro, una maestra, las ha podido seguir leyendo varios siglos después. Lo que en el foro es elocuencia, en el estudio es retórica y en el aula argumento, una combinación de razones y emociones que se juntan en una idea que libera. El maestro, la maestra, hablan ante una multitud que escucha, que quiere escucharlos. Muchos niños y jóvenes del mundo siempre encuentran en la clase algo emocionante, capaz de distraer incluso el hambre y el miedo.



Evo Morales, que se hizo presidente, camino por años muchas horas diarias, para llegar a su escuela. Así lo hacen los indígenas de pueblos emberá, wayuu y tantos otros cruzando campos minados, llenos de peligros, de mafiosos, paramilitares y sádicos en uniforme, al acecho, para ir a escuchar al maestro, a la maestra.

Ellos, iluminan con sus propios sueños los sueños y alegrías de otros. Aprenden como lo hace el escritor a hablar al intelecto y al corazón de su estudiante y a través suyo a la humanidad, nunca pueden dejar de hablarle a la humanidad desde el contexto de su tiempo. La palabra del maestro, la maestra, es exquisita, delicada, y quien lo enuncie está obligado a hacerlo con el lenguaje correcto y cuidadoso, con admiración y respeto. La herramienta del maestro, la maestra, nunca es una tecnología (una vez fue el lápiz, después el bolígrafo, la pizarra, la tiza, el marcador, el computador) es su pedagogía, que se acompaña de honestidad intelectual y solvencia ética, basada en que dice lo que sabe y puede reconocer, sin sonrojo, lo que no sabe y comprometerse a aprenderlo.

Al maestro, la maestra, no le importa ser juez, ni calificar a otro para descalificarlo de esa manera o ponerlo por encima o por debajo de los otros. Al maestro, la maestra, le interesa que su estudiante aprenda, circule saber, imagine, desborde su creatividad y curiosidad, construya mundos, unos con el método científico y otros de la vida simple, mezclada, imperfecta, llena de problemas y demandas y que aprenda a ser rebelde, desobediente y responsable para luchar contra las injusticias de su tiempo.

Los libros son su mejor riqueza y la herencia que dejan, que enseñan a pasar de mano en mano y las ideas de mente en mente, hasta sacar de cada palabra su esencia que libera. El libro es útil para combatir el egoísmo, la imprudencia y la avaricia del comerciante, que ofrece cursos de lectura rápida o aprendizajes inyectados. El maestro, la maestra, inducen con sabiduría a conocer la generosidad y la humildad, enseñan que sus hijos son sus pensamientos y disuelven su alma en el universo todo, y así aman a todo el universo (Fernando González, Pensamientos 1916).  Son conscientes que vinieron a este mundo no solo para vivir en él, bueno o malo, si no para hacer de este el mejor lugar para vivir. Luchar, resistir, enseñar, dar ejemplo, son constitutivos del significado de maestro, de maestra, cuya condición no se gana con un diploma, ni un contrato que lo diga. Se conquista con las batallas del día a día, derrotando ignorancias, egoísmos, misoginias, fascismos y aduladores y sembrando semillas de transformación, cambio y esperanzas por un mundo mejor, solidario, fraternal, justo.

La escuela, el colegio, el liceo, la universidad, el aula, son el tradicional despacho del maestro, la maestra, siempre serán el lugar predilecto para habitar como los seres humanos justos y libres, que se desalientan con menos facilidad, que rechazan la guerra y todas sus violencias y se niegan a seguir o hacer adhesión a cualquier gobierno autoritario, que quiera regar sangre inocente. Donde hay ideas, lecturas, razones hay maestros y sentido de humanidad.

Esta vez, campea el virus, pero no importa, no empañará, el día del maestro, de la maestra, aunque se viva sea de esta inusual manera, en el encierro. Aunque cambien las formas, esta conmemoración de abrazos y felicitaciones por pantalla tendrá la novedad, de que dejará tiempo para vivirlo a plenitud a base de recuerdos, de Memoria. En eso el maestro, la maestra, tienen el privilegio como nadie más en la tierra, de tener la memoria de sus estudiantes, decenas, cientos, miles de historias para repasar una a una y saber y agradecerles, porque el maestro solo existe gracias a la rebeldía de sus estudiantes.

 Feliz día maestra, maestro, es lo que hay que decir en época de pandemia, confinamiento y aprendizajes, sobre todo para reaprender o mejorar la capacidad sobre el cuidado de sí, del otro, del planeta y de entender cuanto valor tiene esta tarea bonita de ser a secas el maestro, la maestra. A mis colegas universitarios de la UPTC y a quienes todos los días se niegan a la inmovilidad: Feliz Día.

mrestrepo33@hotmail.com

sábado, 28 de octubre de 2017

La consigna del silencio

Por Carolina Vásquez Araya:

Miedo y vergüenza, algunos obstáculos creados a partir de estereotipos de género.

Todo ser humano que haya sufrido una agresión sexual ha sido tocado en lo más profundo de su integridad. En esto no hay excepciones y, si las hay, suelen ser muy raras. Un niño, niña, adolescente o adulto víctima de tal escarnio difícilmente podrá borrarlo de su memoria, guardando esa imagen con una dolorosa sensación de repugnancia y culpabilidad. Y el silencio. Ya sea por miedo a las consecuencias sociales y familiares o porque sobre ellos pende la amenaza de una cruel revancha, el silencio tras la violación parece haber sido históricamente la marca de identidad de los crímenes de tal naturaleza y los depredadores cuentan con ello.



Durante la semana pasada y como eco de mi columna anterior sobre el incesto, he recibido más información sobre ese tipo de casos. Por las características de quienes me han compartido situaciones similares existentes en su entorno –personas instruidas con posibilidad de actuar- he podido observar el inmenso poder del silencio incluso en ámbitos de cierto nivel cultural, en los cuales se supone que los prejuicios ya han perdido su fuerza. Sin embargo, ahí están; todavía bien instalados en una suerte de umbral de la privacidad, algo así como una cápsula en donde el valiente intruso que desea denunciar termina por arriesgar más que el hechor.

Esto no es nuevo. No en el incesto y tampoco en otra clase de agresiones sexuales, como lo demuestra el largo silencio que ha precedido a las recientes denuncias de la industria cinematográfica en contra de algunos de sus gurús más poderosos. Ahí no se trataba de niñas indefensas en manos de un depredador, sino de mujeres plenamente conscientes de sus derechos, pero quienes guardaron el mismo silencio oneroso de la mayoría de víctimas. Vergüenza, dolor, impotencia y miedo a las consecuencias de hablar, parecen ser la nota constante.

Si en mujeres poderosas la violencia sexual tiene ese efecto intimidatorio, ¿qué podemos esperar en una niña, un niño o una mujer atados a una relación de poder caracterizada por los abusos? ¿Cómo es posible que un ciudadano ignore los pasos a seguir para realizar una denuncia anónima sobre un crimen de tal magnitud? Esto solo revela que ese silencio continúa alimentado por una carga enorme de prejuicios y estereotipos capaces de re victimizar de manera continuada a quienes sufren estos atropellos, abandonándolas a la voluntad de quien o quienes los agreden.

Urge hacer algo al respecto. Es imperativo iniciar campañas masivas de prevención de la violencia sexual en hogares, escuelas, templos, iglesias, hospitales y todo espacio en donde exista un menor en riesgo o un adulto ignorante de los pasos a seguir para denunciar. Urge reforzar la capacitación de los elementos de policía, investigación y administración de justicia para quitar ese velo de duda ante la palabra de un menor, una duda que desde el primer momento ampare a los perpetradores y coloca a las víctimas en una posición de riesgo.

Si las madres no denuncian por el siempre presente temor a quedar sin sustento económico, buscar la manera de darles acceso inmediato a los bienes familiares, los cuales usualmente se encuentran bajo control absoluto de la pareja abusadora, lo cual también está tipificado en la ley Contra el Femicidio y Otras formas de Violencia contra la Mujer como violación de sus derechos económicos. Buscar rutas y soluciones viables a esta realidad cada día más espeluznante debería ser una tarea prioritaria para juristas y expertos, cuyo aporte sirva para liberar y dar esperanzas de justicia reparadora a tantas víctimas inocentes cuyas voces permanecen en el más profundo silencio.

Las agresiones sexuales no deben señalar a la víctima sino al hechor. Urgen medidas de prevención.


elquintopatio@gmail.com

martes, 8 de agosto de 2017

Desde la otra Orilla - Resistir

Por Daniela Saidman

Andrés lanza dentro de una botella las palabras. En medio de los trinos informáticos 140 caracteres dedicados se parecen a un hallazgo en pleno naufragio. Es verdad Andrés, tengo rato sin escribir. Quiero decir, como decía Gelman, he estado "al borde de una silla desfondada, mareada, enferma, casi viva", resistiendo, por eso el silencio.


Resistir es mantener la alegría pese a todo, anudarse a lo tibio y a lo bueno, temblar ante la belleza del amanecer o una mirada, dejarse acariciar sin miedo, vivir como se piensa, amar aunque no sepamos el final o sabiéndolo amando de cualquier modo. Resistir es esto que hacemos todos los días los muchos que hemos elegido el futuro. Resistir es resistirnos al olvido, al fuego, al miedo, al silencio y al odio. Resistir es también esperar y sobre todo, es esta certeza de que mañana estaremos cantando juntos, es esta esperanza cierta.

dsaidman@gmail.com