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miércoles, 11 de septiembre de 2019

Masacre de Pergamino: Cara a cara con los asesinos de los pibes

Por Leandro Albani:


El lunes comenzó el juicio contra los ex policías imputados por la muerte de siete detenidos. Las audiencias finalizarán el 7 de octubre.

Pergamino todavía no salió a la calle. Es lunes, siete de la mañana, y el frío cala en los huesos. Por la avenida de mayo cruzan algunos autos. El cielo empieza a clarear y el sol apenas asoma formando vetas anaranjadas entre nubarrones oscuros. Frente a la plaza San José, sobre la calle Pinto, el juzgado de la ciudad se despierta temprano: ya hay varias personas colgando banderas, tomando mates, charlando y fumando para tratar de olvidar la temperatura que no supera los tres grados. Son los familiares de los sietes pibes, víctimas de la Masacre de Pergamino, ocurrida el 2 de marzo de 2017 en la comisaría primera de la ciudad.

Ese lunes, cuando se cumplen dos años y medio de la masacre, comienza el juicio oral y público contra los seis ex policías imputados: Alberto Donza, Brian Carrizo, Sergio Rodas, Carolina Guevara, Alexis Eva y Matías Giulietti. Los ex uniformados están acusados de abandono de persona seguido de muerte y podrían recibir penas de entre cinco y 15 años.
                                       (Imagen: Luis Angió, para El Diario del Juicio)

Afuera del juzgado, los minutos transcurren entre conversaciones, nervios, algunos llantos y mucha expectativa. También hay emoción, sobre todo cuando llega Carmenza Claros y su hija Lorena, madre y hermana de Jhon Claros, el cantante colombiano que murió en la masacre. Carmenza y Lorena arribaron al país el domingo y muchos familiares recién las vean ahora. El calor de los abrazos y besos que les dan corta un poco el frío y la tensión.

Quienes esperan que a las diez de la mañana comience la primera audiencia del juicio, que durará hasta el próximo 7 de octubre, saben muy bien qué pasó en la comisaría primera: un pequeño fuego iniciado por los internos en la celda 1 se transformó en un infierno debido a la inacción policial. Ese día fatídico, los uniformados estuvieron una hora, desde las 18 a las 19, viendo cómo se expandía el fuego y se llevaba las vidas de Sergio Filiberto, Fernando Latorre, Juan José “Noni” Cabrera, Alan Córdoba, Federico Perrota, Franco Pizarro y Jhon “Chilito” Claros. Lo que denuncian los familiares no es un capricho: la investigación realizada por el fiscal Nelson Mastorchio, basada en los testimonios de 12 sobrevivientes de la masacre, de los bomberos voluntarios (a quienes los policías entorpecieron su labor), de los familiares de los pibes y de los propios policías, además de las pericias y las actas oficiales, deja pocas dudas al respecto.
Durante 18 audiencias que se realizarán lunes, martes y miércoles, los jueces Guillermo Burrone, Miguel Gáspari y Danilo Cuestas, del Tribunal Oral en lo Criminal 1 de Pergamino, escucharán a cien testigos relatar lo que ocurrió el 2 de marzo de 2017.

En la plaza San José el tiempo pasa. El puñado de personas que llegó a las seis de la mañana a colgar las banderas, ahora creció. En sus ojos y gestos se repite la palabra “justicia”.
El juzgado está ubicado en el centro de la ciudad. El edificio, blanco y de grandes ventanales, ocupa una manzana. Hace muchos años ahí funcionaba el hospital público. A los costados de la entrada también hay banderas y sobre una ventana están los rostros de los chicos asesinados por la policía bonaerense. Al pasar la puerta principal del juzgado, se despliegan dos pasillos hacia los costados. En medio del edificio hay un patio interno. Para quien no conoce el lugar, caminar por el juzgado puede terminar en una fácil desorientación entre tantos pasillos y recodos. Al final del pasillo de la izquierda, está la puerta que lleva al tribunal donde se realiza el juicio, custodiado por un grupo de efectivos de la policía federal. Unos minutos antes de la diez de la mañana el pasillo se llena de familiares de los pibes. Hay tumulto y nervios. Personal del juzgado y los uniformados tratan de acomodar a las personas. Por otra puerta, que da al patio interno, ingresan los familiares de los ex policías imputados.

La sala de la audiencia es demasiado pequeña. Los abogados de los familiares de los siete pibes solicitaron que el juicio se desarrolle en el Concejo Deliberante. Sabían que mucha gente iba a querer presenciar las audiencias. La defensa de los policías rechazó este pedido. Los jueces también, argumentando cuestiones técnicas y de seguridad. La sala es un rectángulo claro, con tres ventanas altas con cortinas blancas y bordó. Hay dos hileras de bancos: a la izquierda se acomodan los familiares de los chicos y al costado los de los policías exonerados. Los separa un pasillo angosto y de unos pocos metros, que desemboca en una silla y un micrófono, donde se sentarán los testigos para declarar. A los costados, se ubican los abogados de cada parte. Enfrente de los testigos, está el estrado para los jueces, flanqueado por las banderas argentina y de la provincia de Buenos Aires.

Todo el lugar está bañado por una fuerte luz blanca. Cuando una puerta lateral de la sala se abre, un silencio profundo se apodera del lugar.
Un grupo de policías federales sale por la puerta, pertrechados para la guerra. Dos se acomodan al fondo de la sala, otros dos se ubican detrás de donde se sentarán los testigos. Aparecen más policías y entre ellos llegan, esposados, los imputados. Todos y todas los miran. El juez Burrone solicita que le saquen las esposas. Algunos imputados sonríen y guiñan los ojos hacia donde están sus familiares. Donza es el que más sonríe. Una oficial de la federal le retira las esposas a Guevara. Después la mira, le acaricia un brazo y le sonríe. Los imputados se sientan detrás de sus abogados, Carlos Torrens y Federico Mastropierro (defensores del ex comisario), y Gonzalo Alba y Gabriel Castro Capria (que representan al resto de los ex policías). Los federales forman una pared entre los imputados y el público. En un lugar tan reducido, los fusiles y escopetas de los policías parecen un exceso.

El juez Burrone le pide a los imputados que se identifiquen. Muchos de los familiares de los chicos es la primera vez que escuchan sus voces. Los ex policías hablan en tono monótono pero firme. Sus caras no dicen nada. O, tal vez, muestren la frialdad con la que actuaron ese 2 de marzo de 2017.
Los magistrados se recuestan sobre los sillones de madera y cuero. Burrone es el primero en hablar y explica que durante las audiencias se van a escuchar testimonios que quizá “no van a gustar”, por eso exige a los presentes “el mayor de los respetos”. “Cualquiera que haga algún comentario o exclame algo, será expulsado de la sala”, asevera el juez. Después le pide al fiscal Mastorchio y a los abogados de las partes que lean los lineamientos de la causa.

El fiscal relata lo que sucedió en la comisaria primera, basado en la investigación que encabezó. Mastorchio remarcó el período de tiempo desde que “comenzó el primer foco ígneo y que se produjo la muerte de los chicos”, donde los entonces policías no hicieron nada. Por eso, asegura que los imputados cometieron el delito de “abandono de persona seguida de muerte”. Para el fiscal, los ex uniformados no hicieron caso a los gritos y pedidos de ayuda de los 19 detenidos que se encontraban ese día en la seccional. Además, entorpecieron el trabajo de los bomberos, que fueron avisados cuarenta minutos después de iniciado el fuego, y también se negaron a abrir la reja que comunica con las celdas.

Los abogados y las abogadas de las familias respaldan la investigación del fiscal. Además de sumar nuevas descripciones sobre la inacción de los ex policías, el abogado Maximiliano Brajer, que representa a la hija de Fernando Latorre y Mariana Noguera, resume que “los policías violentaron la función que era inherente a su responsabilidad”. Margarita Jarque, abogada de la Comisión Provincial de la Memoria (CPM), acota que en el juicio se van a probar las responsabilidades inmediatas de la masacre, pero que no descarta que se produzcan pruebas que permitan avanzar sobre las responsabilidades políticas.

En la sala nadie se pierde una sola palabra pronunciada. Mientras los abogados hablan, casi todos miran a los ex uniformados responsables de la masacre. Donza, el ex comisario que estuvo prófugo durante 400 días, clava su mirada en algún punto perdido entre el estrado y un rincón de la sala. ¿Qué pasa por la mente de los ex policías? Es difícil desentrañarlo. Tal vez se pueda armar una idea real cuando, si no se niegan, declaren ante los jueces.

En los bancos donde están los familiares de los chicos, Alicia –la mamá de Franco Pizarro- baja la cabeza, cierra los ojos, se lleva una mano a la cara y respira. Para Alicia estos dos años y medio fueron muy duros. Todos los días, ella pone en la mesa de su casa el plato para Paco; todos los días espera que su hijo entre a su casa y la salude con un abrazo. Ahora los ojos de Alicia brillan entre tanto dolor.
Jorgelina Ferreyra, la madre de Federico Perrota, está sentada más atrás. En las manos sostiene un cartel con la cara de su hijo. Por un instante, clava los ojos en los ex policías. Jorgelina baja la cabeza. En ese momento, donde los términos jurídicos cruzan la sala, sabe que los temas que cantaba Fede solo viven en su memoria.

Abigail tiene 11 años y es la hija mayor de Paco Pizarro y Anabel Delmas. Desde que se conoció la fecha del inicio del juicio, dijo que quería estar. A Abi, como le dicen todos, no le importa lo que opinen jueces, abuelos y abuelas, amigos y amigas. Ella quiere estar para ver a los responsables de la muerte de su papá. Abi está sentada al lado de su abuelo Alberto. Los dos hacen fuerza para no llorar y parecen diminutos en esa sala desbordada. El miércoles, cuando le tocó declarar a su mamá, las abogadas de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) le pidieron al juez que Abi pudiera presenciar la audiencia. Ese día, antes de entrar en la sala, espera con su tía y su madrina, a quien le dice que vayan para adelante así ingresan a la sala. Abi quiere estar ahí, porque entiende que ella y sus hermanos Pilar y Bastián son el pedacito de luz más grande que dejó Paco en esta tierra.

Los ex policías imputados, ¿saben que Abi está en la sala? La hija de Paco y Anabel escucha atenta, hace fuerza para retener las lágrimas, no puede quedarse quieta en el banco, la bronca se le escapa desde lo más inocente de su pecho. ¿Qué piensan Donza, Carrizo, Guevara, Giulietti, Rodas y Eva? Sus caras, en una sala blanca y respetuosa, destilan indiferencia.

Carlos Torrens toma la palabra en representación del ex comisario Donza. Dice que lo que ocurrió en la comisaria primera fue un hecho “infrecuente” y que la decisión que se tome tiene que estar alejada de “todo tinte político”. Como lo hizo cuando Donza se entregó a la justicia, Torrense argumenta que su defendido siempre estuvo dispuesto a colaborar –pese a sus 400 días en calidad de prófugo-, y que realizó varios pedidos a sus superiores para que se mejoren las condiciones en la seccional. Torrens aporta la primera novedad del juicio: afirma que no hubo dolo en el accionar de Donza y que podría tratarse de un delito culposo, abriendo la posibilidad de que a su defendido lo condenen por una pena menor.

Cuando es el turno de Gonzalo Alba, el abogado no anda con vueltas: asegura que en este caso existe “una ritualización del expediente”, defiende la “absoluta inocencia” de sus representados, acusa la fiscalía de presentar una investigación con “un relato difuso, genérico, sin autoría”, y asegura que su objetivo es “derribar” la acusación contra los ex policías. Mientras habla, el abogado gesticula y mueve las manos con exageración. A primera vista, con su traje impecable y sus modales sobreactuados, parece un yuppie desfasado llegado de décadas pasadas. “¿Necesariamente tiene que haber un responsable”, lanza Alba y en la sala se siente el estremecimiento. “El derecho penal no se puede interpretar según la coyuntura”, dispara. Con una dicción acelerada y que pretende ser perfecta, finaliza: “Se va a demostrar que esta causa ni siquiera se tendría que llevar a juicio”.

Cuando el juez llama a cuarto intermedio hasta el martes, los familiares de los siete pibes salen conmovidos de la sala. Los ex policías son retirados por los efectivos de seguridad y no pierden la oportunidad de sonreír otra vez e intercambiar algunas palabras con sus familias.
Los abogados y las abogadas de los familiares de los pibes remarcan las diferencias de las posturas de las defensas de los ex uniformados. En los pasillos del juzgado alguien dice: “Alba es un desmesurado, se comió el personaje”.

En las dos audiencias restantes de la primera jornada del juicio declararon 12 testigos: Silvia Rosito (madre de Fernando Latorre), Cristina Gramajo, Andrea y Diego Filiberto (mamá y hermanos de Sergio Filiberto, respectivamente); Juan Carlos y Milagros Pizzaro (padre y hermana de Franco); Anabel Delmas (pareja de Franco Pizarro), Daiana Brunel (hermana de Federico Perrota); Lorena González (hermana de John Claros); Laura González y Julio Daniel Cantoni, (tíos de Franco) y Camila Gamarra (amiga de “Noni” Cabrera).

En sus testimonios recordaron cómo se enteraron lo que estaba sucediendo en la comisaría, en qué momento llegaron a la seccional, lo que les decían los policías (todos y todas coincidieron en que cuando le preguntaron a algún uniformado, las respuestas fue que los chicos estaban bien), las paupérrimas condiciones edilicias y de salubridad que veían en la comisaría cuando iban a las visitas y quiénes eran los pibes que murieron.

Los testigos que ese 2 de marzo se cruzaron con algunos de los ex policías imputados, coincidieron que ninguno de ellos tenía manchas de hollín o las caras tiznadas. En los relatos también apareció el policía Eduardo Hamué, que todavía sigue en funciones, y llegó a la comisaría cuando el fuego ya estaba desatado. En los testimonios se pudo reconstruir que Hamué entraba y salía de la comisaría, hablaba con algunos de los familiares que estaban en la calle y hasta fue el encargado de recolectar las esposas que tenían los policías locales que se encontraban en la puerta de la seccional formando un cordón de seguridad. Hamué es muy conocido por los familiares de los chicos. A los pocos días de la masacre, fue uno de los policías que subió imágenes ofensivas hacia los siete pibes y sus familiares en las redes sociales, por lo que fue suspendido durante un tiempo de la bonaerense.

Otro uniformado que apareció en algunas declaraciones es Brian Ciro, miembro de la policía motorizada, que también se encontraba en la comisaría durante la masacre. Camila Gamarra, amiga de “Noni” Cabrera, contó sobre los mensajes de audio que le llegaron y que Ciro enviaba desde la seccional. En esos audios, que están en la causa, Ciro habla de los “negros de mierda”, de que hay fuego y que va a haber balas y muertos. Gamarra además recordó haber escuchado disparos de armas de fuego que provenían de la comisaría.

Cristina, la madre de Sergio, afirmó que en una de sus visitas a la comisaría vio una heladera llena de cerveza. “Eran latas amarillas”, dijo. Cristina agregó que en la seccional no ocurrió “un infortunio”, sino que “hubo una intencionalidad” por parte de los policías.

Daiana, la hermana de Federico, contó que en una de sus visitas su hermano le pidió que contactara a una persona que le iba a entregar dos tabletas de pastillas y que al otro día, a las siete de la mañana, se las tenía que entregar en la esquina de la comisaría a “Rojitas”. Así le decían los detenidos a Brian Carrizo, por ser oriundo de la ciudad de Rojas.

Lorena Claros, la hermana de Jhon, recordó que cuando le avisaron llamó a un celular que tenían los presos en las celdas y cuando la atienden escucha gritos y los ruidos de los golpes contra los barrotes. Aunque pidió hablar con su hermano, ya era tarde.

El miércoles se proyectó en la sala un video de cuarenta segundos, filmado con un celular por uno de los detenidos en la comisaría. En la imagen se ve una pequeña bola de fuego en el piso, cómo las personas de una celda golpean los barrotes y se escucha una voz que dice “acá nos estamos muriendo”. El video no pudo terminar de proyectarse. Los familiares de las víctimas rompieron en llantos y algunos se descompusieron. El juez llamó a un cuarto intermedio de 15 minutos. Los ex policías, sentados de frente a la pared donde se veía el video, tampoco demostraron misericordia por lo que acababan de ver.

leandroalbani@gmail.com

martes, 23 de julio de 2019

“Que los responsables de la masacre de Pergamino paguen por semejante aberración”

Por Leandro Albani:


Falta poco más de dos meses para que comience el juicio por la masacre de Pergamino. Los familiares de las víctimas relatan sus expectativas y recuerdos más profundos.

La cuenta regresiva ya comenzó para el juicio contra los seis ex policías imputados por la masacre de Pergamino, cometida el 2 de marzo de 2017 en la comisaría primera de esa ciudad del norte de la provincia de Buenos Aires. En poco más de dos meses, el ex comisario Albero Sebastián Donza y los ex oficiales Matías Giulietti, Alexis Eva, Carolina Guevara, Brian Carrizo y Sergio Rodas, enfrentarán un proceso por la muerte de Federico Perrota, Alan Córdoba, Sergio Filiberto, Juan José Cabrera, John Mario Claros, Fernando Latorre y Franco Pizarro. Los policías exonerados están imputados por abandono de persona seguida de muerte, por lo cual podrían recibir condenas entre cinco y 15 años. En la actualidad, Donza y Eva se encuentran recluidos en el penal de Campana, mientras que el resto tienen el privilegio de la prisión domiciliaria.


Las semanas previas al juicio son frenéticas para los familiares de los siete pibes. Por estos días, el dolor que supieron transformar en lucha por justicia está a flor de piel. Junto a quienes los acompañan en el Colectivo Justicia X los 7, salen a pintar murales, por las tardes y noches hacen pegatinas de afiches (algunos de los cuales en apenas horas son arrancados por manos –no tan- anónimas), viajan a diferentes ciudades a difundir la causa que los une. Y esperan, con temores, sensaciones cruzadas, y una fuerza inclaudicable, que se abran las puertas del Tribunal Oral Criminal N°1 donde, durante dos meses, se escucharán sus testimonios, el de los 12 sobrevivientes de la masacre, de los bomberos y los peritos, como también de los ex policías.

“Realmente, espero el juicio muy ansioso, contando los días. Preparándome mentalmente, sabiendo que va a ser muy doloroso, pero con la esperanza que todo salga la luz: que los policías estuvieron en tiempo y forma ese 2 de marzo mirando, escuchando todo y no queriendo hacer nada, e imposibilitando la ayuda”, dice a La tinta Mariana Noguera, la mujer de Fernando Latorre.

Lo que relata Mariana se encuentra detallado de manera precisa en la causa judicial: entre las 18 y 19 horas de ese 2 de marzo, los entonces policías que se encontraban en la comisaría primera observaron cómo un pequeño principio de incendio se convirtió en el arma letal utilizada para que siete chicos murieran asfixiados en la celda 1. Recién a los cuarenta minutos de iniciarse el fuego -debido a pedazos de colchones que prendieron los pibes como forma de reclamo para que no los engomaran-, los uniformados llamaron a los bomberos voluntarios. Cuando los bomberos llegaron, estuvieron otros veinte minutos rogándole a los policías que abrieran la reja que comunicaba con el sector de calabozos. Los uniformados, por su puesto, se negaron a abrir un simple candado.

“Que realmente paguen por semejante aberración y desprecio por la vida que tuvieron con los chicos”, sintetiza Mariana.
Daiana Brunel, hermana mayor de Federico Perrota, comenta a este portal de noticias que al juicio lo espera con “ansias y nervios”, y que sus “expectativas son altas, por eso espero la condena máxima. Esto no es en forma de venganza ni mucho menos, simplemente que sean condenados como cualquier otra persona por estas siete muertes”.

Mariana coincide con Daiana en que los ex policías deben recibir una condena ejemplar. “Mi expectativa es que realmente se pueda conocer lo que pasó, que se pueda ver que los policías pudieron hacer algo, pero no quisieron salvarlos –afirma-. Deseo que obtengan una condena ejemplar, aunque al dolor de la pérdida del ser amado lo llevamos de por vida. Ese dolor no nos los quita nadie, pero confío que se va hacer justicia, sino sería una vergüenza nacional”.

En estos más de dos años de ocurrida la masacre, las familias de los siete pibes transitaron caminos de profunda tristeza, pero también de aprendizajes colectivos. En una ciudad como Pergamino, rica para unos pocos y conservadora para casi todos, la lucha de los familiares todavía no es comprendida en su cabalidad. Pese a desplantes, palos en las ruedas, esfuerzos que llevan al agotamiento, los familiares saben que su presencia en las calles, en los pasillos del juzgado o en una escuela relatando sus vivencias, son fundamentales para que se conozca lo que sucedió.

“Este tiempo de lucha lo veo más que bien –asegura Daiana-. Si hoy por hoy estamos entrando al juicio es gracia a la presión que ejercimos los familiares y todos los acompañantes, en especial Alejandro Cabrera Britos, que jamás nos abandonó. Gracias a ellos los familiares convertimos el dolor en lucha”. Alejandro era un músico callejero y defensor de los derechos humanos, que falleció en un accidente automovilístico el jueves 23 de mayo.

Mariana cuenta que en este tiempo aprendió a admirar a los familiares de los siete pibes y a los vecinos y las vecinas que acompañan sus demandas. También se asombra al reconocer “la fuerza que uno tiene como ser humano para pelear por lo que más ama. Creo que el amor mezclado con el dolor y la bronca de tanta injusticia, nos lleva a salir a las calles para reclamar ser escuchados”. Mariana tampoco se olvida de alguien que siempre estuvo al lado de las familias: “Uno de los que se puso la camiseta y fue y será nuestro gran acompañante es Alejandro Cabrera Britos. Él nos enseñó a que somos personas únicas e invaluables, como eran nuestros chicos, y que nadie podía decidir y abusar de la vida de otras personas, que tenemos derecho a no callar, a ser escuchado. Esas son las cosas que aprendimos de Ale, que fue un pilar, un guía, que realmente nos ayudó y acompañó en este reclamo, y que unidos venceremos a aquellos que se creen más porque portan la chapa policial”.

Al referirse al impacto de la masacre y la posterior lucha de los familiares en la ciudad, Daiana señala que “con el correr del tiempo, desde lo sucedido hasta hoy, hay mucha gente que cambio su opinión gracias a las marchas y demás movimientos. Hay mucha otra que no, que sigue sosteniendo su postura del primer momento”.

Mariana recuerda los golpes que tuvieron que sufrir los familiares después de la masacre, que incluyeron burlas, la circulación de las fotos de los chicos muertos, acusaciones falsas, “pasando por alto el dolor de todos nosotros”. Pero con el paso del tiempo, según Mariana, “hasta los medios de comunicación cambiaron las palabras, ya que muchos entendieron gracias a la lucha que fue una masacre”. Para Mariana, quienes en la ciudad sostienen las mismas posturas que cuando ocurrió la masacre son “los condenadores, que se creen que están exentos de todo, se creen humanos perfectos condenando a los chicos y olvidándose que tienen hijos, sobrinos, primos. “Pero me quedo con esa parte que nos escuchó, que se sensibiliza y tiene corazón. Si para comprender nuestro pedido y nuestra lucha, alguien cambió y abrió su mente me reconforta, porque entendió bastante de la vida y de todas las injusticias que trae este mundo”, sintetiza.

Por las calles de Pergamino, los recuerdos de los pibes todavía están latentes, frescos, y por momentos sus familiares los ven llegar, entrar a sus casas, sonreír, dar esos abrazos cargados de afectos. “Los recuerdos más fuertes que tengo de Fede son cuando escuchaba algún tema que le gustaba y me sacaba a bailar –rememora Daiana, cuando tocaba la guitarra y cantaba. También tengo recuerdos de nuestra infancia, cuando jugábamos con los chicos del barrio a la mancha, a la escondida o cazábamos cuises. Pero el recuerdo más fuerte y preciado que tengo es de la última vez que lo vi: me abrazó tan fuerte que todavía siento sus brazos rodeando mi cuerpo. Y me dijo: ‘Te amo, flaca, a pesar de nuestras diferencias. Cuida a Benu y a Pia (los hijos de Federico), cuídalos a todos”.

En el caso de Mariana, esos recuerdos revolotean alrededor de Francesca, la hija que tuvo con Fernando. “El mayor regalo y recuerdo es nuestra única hija, que no solo físicamente es parecida, sino que como si fuera un regalo tiene modos y gestos de Fernando”, dice Mariana. Para ella, Fernando “fue y es el amor de mi vida. Vive en mi mente y corazón, nunca voy a dejar de extrañarlo. Él me ayudaba en todo y siempre estaba cuando lo necesitaba”. Como último recuerdo, Mariana se estremece cuando cuenta: “Lo que más llevo grabado es el día en que salí del quirófano cuando nació Francesca. Él me estaba esperando, le pidió al enfermero estar a solas un ratito y me dio tantos besos, caricias, tantas palabras que salían de su corazón, con lágrimas de agradecimiento y felicidad. Ese recuerdo lo llevó muy profundo, grabado en el alma y en el corazón eternamente”.

leandroalbani@gmail.com

miércoles, 14 de marzo de 2018

Argentina: Luchas y abrazos a un año de la Masacre en Pergamino

Por Leandro Albani:


Se cumplió un año de la Masacre en Pergamino, donde siete detenidos en la Comisaría Primera murieron en medio de un incendio mientras los policías no hacían nada. El viernes y el sábado pasados en toda la ciudad retumbó el reclamo de justicia.

Cientos de personas. La avenida de Mayo de Pergamino está inundada con las caras y siluetas de los siete pibes. Las banderas flamean. Una muchedumbre camina y reclama. Las madres y las novias de los chicos van adelante, encabezando la marcha. Junto a ellas, con esa sana mezcla de ternura y fortaleza, camina Nora Cortiñas, de Madres de Plaza de Mayo –Línea Fundadora-. Claro, todos le decimos Norita.



Caminamos, frenamos, hay llantos, se escucha –una y otra vez- “¡Cómo a los nazis les va a pasar, a dónde vayan los iremos a buscar!”. Ese reclamo no tiene matices. Apunta directamente a los responsables del asesinato, el 2 de marzo de 2017, de Alan Córdoba, Fernando Latorre, Franco Pizarro, Juan (Noni) Cabrera, Jhon Claros, Sergio Filiberto y Federico Perrota. Los responsables: el comisario Sebastián Alberto Donza –en la actualidad prófugo y “buscado”- y los oficiales Alexis Eva, Carolina Guevara y Ezequiel Giuglietti, el sargento César Carrizo y el teniente primero Juan Rodas. De los cinco policías, cuatro disfrutan de prisión domiciliaria. A eso, en este país, le dicen “cumplir con lo que estipula la ley”.

Por la avenida de Mayo la movilización se expande, ocupa todo lo ancho de la calle. ¿Qué piensa la gente que mira desde las veredas? ¿Saben lo que sucedió? ¿Sienten, en algún rincón de sus cuerpos, el dolor lacerante de madres y familiares? ¿O dicen, sin demasiados reparos, que eran negros, que se jodan, que se lo buscaron? No sería raro en una ciudad en donde más de la mitad de la población optó por la derecha en las dos últimas elecciones.

Cuando la marcha ingresa a la peatonal las miradas se multiplican. ¿Qué significan? Que algo se mueve en la ciudad, que ese trayecto hasta la Comisaría Primera -donde la policía dejó que un pequeño incendio se transforme en una masacre- resuena; a veces menos, otras veces más, pero repercute en una ciudad que siempre se enorgulleció de las buenas costumbres enseñadas por los dueños de la tierra.

La comisaría está apenas a una cuadra, en la esquina del Banco Nación, en pleno centro de la ciudad, a pocos más de cien metros de la iglesia Merced, a la vuelta de la Municipalidad. Según las pericias de la causa judicial, los gritos de los chicos se escuchaban desde una cuadra. Pero los policías no hicieron nada o, mejor dicho, se reían del humo que consumió esas vidas.

Son siete velas con los nombres de los pibes. Las van dejando sobre la vereda, prolijas, cargadas de emoción y rabia. Al fondo está el portón de la comisaría, ahora vacía. Sobre el portón, descascarado y semiabierto, un cartel dice: “Fue una masacre”. La “F” es un número siete. Por las rejas del portón se puede ver una oscuridad profunda. Cuando se afina la vista también se distingue otro portón, negro y tétrico; un paredón de acero que los policías nunca abrieron.

Todo sucede entre gritos contra la policía, reclamos para que entreguen a Donza, llantos desesperados y abrazos que contienen. Pergamino escucha, como hace 365 días, la demanda de justicia por parte de los familiares y amigos y amigas de los pibes. Pese a las reticencias de la ciudad, construida sobre los mejores campos sojeros del país, algo se mueve, resuena e incómoda. Pero también sensibiliza. Son, sin duda, las madres y novias de los chicos. Como se repite en la historia de la humanidad, en los momentos de crisis las mujeres siempre se ponen al frente. Aunque las silencien, las oculten, tergiversen su participación fundacional de las sociedades.

En Pergamino, esa negación hoy recibió una cachetada.
Diego siempre saca fuerzas del pecho, traga saliva y grita los nombres de los pibes. La respuesta de la gente es la misma: “¡Presentes!”. Diego es el hermano mayor de Sergio Filiberto o “Sergi”, como le decían sus amigos. El recuerdo de la última vez que vio a su hermano lo tiene tatuado en el cuerpo. Desde la celda, Sergio levantó una mano y lo saludó con esa media sonrisa un poco tímida que se le dibujaba en la cara.

Frente a la comisaría, Diego agarra una bandera negra y comienza a atarla en el mástil que está al borde de la vereda. Lo miro. Parece que pelea con la bandera. Me imagino que su vida, en ese preciso momento, se va en que esa bandera negra se aferre a la soga del mástil. En las marchas, Diego nunca pierde la calma, su cara es seria y altiva. Como ahora. También imagino las tardes en que se cruzaba con Sergio en la cancha de Douglas Haig. Fogoneros, los dos. De chiquitos, del barrio de la UOM al estadio Miguel Morales. Durante años.

Diego ata la bandera. Pergamino sobrevive a un sol implacable. No hay viento, ni siquiera una brisa reparadora. Diego iza la bandera. Estallan los aplausos. La bandera negra dice: “JUS7ICIA X LOS PIBES ASESINADOS X LA POLICÍA. PERGAMINO”.

Norita se pone al frente del megáfono. “Los 30 mil están acá, junto a nosotros, exigiendo justicia por los siete”, afirma con la autoridad que le dan los años de lucha. Nora, con sus casi 88 veranos a cuestas, demuestra su fuerza, mientras todos y todas escuchamos, y ella parece iluminar en el medio de la multitud. Atrás, el edificio desocupado de la comisaría. El mismo lugar donde funcionó un centro clandestino de detención en la dictadura militar. Una tumba, como alguna vez describió a esos lugares el escritor Enrique Medina. Así era la comisaría que ahora trasladaron, pero que sigue funcionando con las mismas lógicas de represión.

“El Estado es responsable”, agita Nora y cuenta que mientras marchaba miraba a la gente parada a los costados de la calles. Ella sabe que muchas de esas personas sienten el dolor de las familias, y que con el tiempo se van a animar a marchar, a reclamar. Cuando habla, Nora siempre dice que hay que seguir, que no se pueden bajar los brazos, que la justicia está en nuestras manos.

Quienes toman el megáfono transmiten fuerza y ánimos. Frente a la comisaría se genera un torbellino de recuerdos, abrazos, lágrimas, sonrisas. Lo que sucede en ese momento tal vez se pueda definir con esa línea que alguna vez cantaron Los Redondos: “Las despedidas son esos dolores dulces”.

Sábado 3 de marzo. Parque España, en el viejo ferrocarril de la ciudad. Un espacio amplio y verde, al fondo el puente de fierro que une el centro con el barrio Acevedo, los galpones y talleres derruidos, moles que recuerdan las épocas de bonanza de un país terrateniente.

Hay festival en el parque. Y mucha gente: familiares de pibes asesinados por el gatillo fácil, representantes de la Comisión Provincial por la Memoria y CORREPI, periodistas de medios alternativos, una muestra fotográfica, bandas de rock y cumbia, un puesto que vende gaseosas, tortas, hamburguesas, pizzas, panchos y arepas, estas últimas a cargo de Lorena, la hermana de Jhon Claros, que junto a su mamá Carmenza llegaron hace unos días a la ciudad. Fue un esfuerzo enorme el viaje, de Yumbo a Pergamino, escala mediante y maratónica en Lima, Perú. Los familiares de los chicos asesinados y el grupo “Justicia X los 7” recaudaron fondos para pagar los pasajes. No hay fronteras ni barreras cuando existen ganas de encontrarse. Eso les pasaba a todos: la necesidad urgente de abrazar a Carmenza y a Lorena. La distancia entre Argentina y Colombia reforzó una relación construida desde el dolor y la lucha.

“Camino por las calles en que caminaba Jhon –me dice al otro día Carmenza-, pero no lo puedo encontrar”.
En Parque España la gente se suma durante toda la tarde. Algunos corren para resolver el sonido del escenario, otros organizan una pantalla para proyectar trabajos audiovisuales sobre la masacre que realizaron alumnos de varios colegios secundarios. Un grupito hace serigrafía y estampa remeras con la leyenda “Justicia x los 7”.

Con Roma nos sentamos un rato a la sombra. El sol pega duro. Ella saluda a Andy, la hermana de Sergio. Estudiaron juntas, se abrazan fuerte. Después nos acomodamos en el pequeño anfiteatro del parque. Llegan los amigos: Diego, El Luzbel, El Pelado, Lucas. Todo es abrazos, en qué andás, ganas de escuchar rock y demostrar –desde donde nos sale- que estamos con las familias de los pibes.
Durante toda la jornada hay micrófono abierto. Sube Anabel, la novia de Franco Pizarro, la madre de sus tres hijas. Anabel, petisita, de voz suave y delicada, lee una carta que le escribió a Paco. Duele Paco, duele mucho. Anabel le dice –y nos dice para que todos lo sepamos – que ella se siente culpable por lo que pasó. Su voz parece quebrarse, irse a la banquina, pero no, Anabel sigue hablando hasta que las lágrimas le arrasan las palabras. Aplaudimos. Algunos aguantamos con los ojos como si fueran lagos cristalinos a punto de desbordarse. Al costado del escenario, Anabel parece rodeada de una soledad insoportable. La tarde que se escabulle por las vías la refleja en un mundo que ya no es. En ese instante donde la vida se transforma en un desierto, se le acerca Alicia, la mamá de Paco. Y la abraza, la abraza fuerte. Que ningún desierto nos robe la vida, pienso. Ahora Anabel está rodeada de los familiares. Es un abrazo colectivo, un abrazo que no respeta fronteras. Ahora Anabel sabe que el dolor profundo que siente no pesa tanto.

La Comisión Provincial por la Memoria entregó un informe al cumplirse un año de la Masacre en Pergamino. Mientras la tarde transcurre en Parque España marco algunos párrafos a las apuradas.
-“Estaban bajo la custodia del Estado y detenidos de manera ilegal, puesto que se encontraban alojados en una dependencia policial que no reunía las condiciones indispensables para albergar a personas de manera digna y menos por un lapso prolongado”.

-“Como la CPM lo ha venido denunciando, aun en su gravedad, no fue un hecho excepcional: el incremento de personas alojadas en comisarías es constante desde el 2014 a la fecha, revirtiendo la tendencia decreciente en los 7 años anteriores”.

-“Tal como ha reconocido el propio gobierno de la provincia de Buenos Aires, la cantidad de personas detenidas en comisarías triplica las plazas existentes, es decir, la cantidad de camastros. En 1.054 camastros, que ni siquiera podrían contarse como ‘plazas’ o ‘cupos’ según estándares internacionalmente reconocidos, se alojan 3.321 personas”.

-“De las 458 comisarías, solo 177 están habilitadas para alojar detenidos. Las restantes 281 fueron clausuradas por orden judicial o resolución de la propia administración. Pero 112 de estas comisarías inhabilitadas alojan detenidos: el propio Estado incumple las resoluciones judiciales o las propias. Esto implica que 1.357 personas (1.236 varones y 121 mujeres) se encuentran detenidas en espacios no habilitados para este fin”.

-“En estas cárceles ilegales, el Estado muestra su peor cara: aloja a personas que están bajo su custodia bajo la ficción de la resocialización, pero vulnerando todos sus derechos y sometiéndolas a múltiples padecimientos y torturas”.
Una muestra contundente de la situación carcelaria en Argentina. Por eso, los familiares y amigos de los pibes no se cansan de repetir: “No fue un motín, fue una masacre”.

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