miércoles, 1 de julio de 2020

Cuestiones que hacen a la soberanía no son una estupidez

Por Sergio Ortiz:


La intervención a Vicentín generó un intenso debate político. Los detractores de la medida dicen que la soberanía alimentaria es una estupidez. Falso. Ningún aspecto de la soberanía puede ser calificado de ese modo, tan estúpido.

Ni los dueños y socios visibles y ocultos del monopolio Vicentín habrán creído nunca tener tanto poder de convocatoria. Apenas Alberto Fernández informó que intervenía esa empresa en convocatoria de acreedores salieron a la cancha para defender su camiseta, como si fuera propia, muchos políticos de derecha, empresarios aún más poderosos que la firma mencionada, juristas y sobre todo muchos medios y periodistas.


No hacía falta, pero pareció que cada uno llevaba la camiseta de “Yo soy Vicentín”. Vaya y pase que ese simulacro lo protagonizaran la bancada del PRO-Cambiemos, la Sociedad Rural y los monopolistas de la Asamblea de Empresarios “argentinos” dominada por Techint y Clarín.

Esos tipos eran coherentes porque al defender a los Nardelli y Padoan estaban defendiéndose a sí mismos. Bunge, Aceitera General Deheza, Arcor y Techint son exportadoras. Su reacción contraria a la intervención y expropiación puede haberse originado al sentir ese miedo que Víctor Hugo Morales describió en sus relatos futbolísticos: “balas que pican cerca”.

Lo doloroso es que muchos de los que manifestaron en Avellaneda y otras ciudades son gente común, que no tiene ni un pedazo de tierra dónde caerse muertos. Es preocupante que hicieran causa común con Vicentín y su ejército de monopolios puesto en pie de guerra. Habla de nula conciencia política de un sector, no digamos mayoritario, pero importante de la sociedad.

Si hubiera por parte del gobierno nacional una acción decidida y planificada para recuperar la empresa y otras de similar peso en el sector alimentario y exportador, entonces sí se podría tener confianza en que los argentinos mal informados podrían ser ganados para la causa. Hay tantas vacilaciones oficialistas y pasos al costado - pueden ser hacia atrás -, que no se puede arriesgar un resultado. El partido está abierto.

El partido monopolista acusó que todo fue una maniobra ilegal, socializante y violatoria de la seguridad jurídica y la propiedad privada.

En cambio, no respondió a los motivos reales del gobierno: es una empresa a punto de quebrar y podía ser adquirida a precio vil por una multinacional. Hay miles de puestos de trabajo directos y otros indirectos en riesgo, y créditos impagos al Banco Nación por 18.300 millones de pesos y al Bapro por 1.600 millones. Ante el vaciamiento de Vicentín, empezado varios meses antes del COVID-19, y la crisis que se acentuó después del virus, era necesario que el Estado actuara. Y lo hizo bien. La clave es que ahora no retroceda ni se arrepienta ante el petit aluvión vicentino de los que quieren emular al lock out patronal de 2008.

Soberanía alimentaria
Además de asegurar los puestos de trabajo, el pago a los productores que vendieron a Vicentín y recuperar los fondos regalados por el Banco Nación en tiempos de González Fraga al mayor aportista a la campaña de Cambiemos, la expropiación es necesaria para fines más estratégicos.
El gobierno lo enunció en forma somera, tratando de no levantar polvareda (otra muestra de ingenuidad sobre la naturaleza agresiva monopólica). Adujo que así el Estado influiría en el precio de los alimentos y tendría un testigo en la liquidación de divisas. También aludió a la soberanía alimentaria, más bien tangencialmente.

El sector más progresista del gobierno, con un comunicado de La Desdibujada Cámpora, hizo hincapié en contar con Vicentín para avanzar hacia la soberanía alimentaria.
Esto fue contestado en forma ignorante por los ignorantes y con modos ignorantes por quienes no lo son sino muy mal pensantes.

Entre los brutos, el senador Alfredo de Argelis, declaró: “se cae por el suelo el argumento de la soberanía alimentaria cuando los argentinos producimos diez veces más alimentos de los que necesitamos”. En otras palabras, ¿qué me vienen con soberanía si ya producimos para 400 millones de personas?
Un mal pensante como el ingeniero Héctor Huergo, de Clarín Rural, insultó en forma parecida al ex ruralista entrerriano que no tiene ni un cacho de cultura. Huergo cerró en Clarín (9/6): “Por si no se entiende, esto de la soberanía alimentaria es una soberana pelotudez”.

La verdad no está del lado de los pelotudos (palabra elogiada por Roberto Fontanarrosa en el Congreso Internacional de la Lengua Española).

-No existe soberanía alimentaria cuando hay abundante cosecha, pero 16 millones de argentinos pasan hambre.

-No existe cuando diez empresas (5 foráneas) acumulan el 91 por ciento de la exportación de granos y alimentos, cobran en dólares y no los liquidan sino cuando fuerzan devaluaciones.

-No existe cuando se profundizó la concentración de la propiedad agraria, desapareciendo miles de productores. Los pequeños propietarios y los pueblos originarios se ven muy excluidos.

-No existe cuando la soja es el 60 por ciento de lo que se produce, con 22 millones o más de hectáreas dedicadas a ese cultivo, con altibajos según los precios internacionales.

-No existe cuando se produce en base a mayoría de cultivos transgénicos, que usan semillas y agrotóxicos contaminantes. Felipe Solá, en el gabinete menemista de 1996, autorizó el uso de semillas transgénicas para beneficio de Monsanto. Hoy Solá es canciller y Monsanto es Monsanto Bayer.

No hay definición perfecta de soberanía alimentaria, pero una aproximada dice: “La Soberanía Alimentaria es el derecho de los países y los pueblos a decidir qué queremos sembrar y cómo queremos alimentarnos. En 24 años de esta idea promovida por el movimiento campesino, se la define en términos de poder sembrar de manera agroecológica, no usar transgénicos ni agrotóxicos, fomentar los mercados locales y la descentralización” (Carlos Vicente, del Foro por un Programa Agrario Soberano y Popular).
Los pelotudos y las hormigas no se terminan nunca, pero fuera de los dos nombrados, ¿quién más se burlará de la soberanía alimentaria?

“Audacia y más audacia”
Expropiar o no a Vicentín, y en caso afirmativo, anclarse en sus dos puertos privados del Paraná o avanzar hacia otras multinacionales de la exportación, es hoy un parteaguas. No es el único.

Sigue en discusión la cuarentena, que hoy cumple 74 días, porque es fuerte la presión de los monopolios (otra vez sopa) que quieren volver a sus negocios como sea. La novedad fue que la flexibilización en CABA coincidió con un aumento de contagios y hubo opiniones presidenciales de que se podría volver a la etapa 1, desde la 4 actual. Fue una expresión sin un plan determinado, pero puso los pelos de punta a los vicentinos, de por sí híper sensibles.

Hay indicios que está viniendo el temido pico (hubo 17 muertos ayer, con un total de 802 fallecidos). Y en el Estado será necesaria la audacia de Dantón, antes que la prudencia albertista.

Por audacia no se debe entender aventurerismo sino coraje. Por caso para presentar al Congreso el demorado impuesto a la riqueza, que sería un aporte por única vez. El banquero cooperativo Carlos Heller, apremiado por Gustavo Sylvestre, dijo que en poco tiempo ese proyecto entrará en Diputados. Se lo aguarda hace mucho…

Y aun cuando se lo apruebe y se lo cobre – difícil ante las gambetas a lo Garrincha de los popes de AEA - será un genio reforzado. Con esos 3.500 millones de dólares extras se solventará una parte menor de los gastos del Estado. Se precisa audacia para aumentar esas finanzas.

Otro tema clave para la democracia, aunque se crea que sólo interesa a centenares de damnificados, es la relación prostitúyete y delictual entre la justicia y los servicios de inteligencia.

Se divulgaron más detalles de bandas de narcos, servicios y operadores político-judiciales complotados con la AFI durante el macrismo. Espiaban para poder demonizar, procesar y detener a opositores como CFK y Moyano. Eso es grave, pero más cuando la mesa política de la organización delictiva la habrían integrado Gustavo Arribas de la AFI y el ministerio de “Justicia” de Germán Garavano.

Las buenas noticias de Cristina Camaño en la AFI y María Laura Garrigós de Rébori como interventora del Servicio Penitenciario, no alcanzan a sanear aquellas cloacas. En la AFI ya se vio al final del gobierno de CFK que con cambiar la sigla de la SIDE y algunos funcionarios no se clausuraba el pútrido sótano de la democracia.

La prometida reforma judicial del 1 de marzo sigue durmiendo una larga siesta, muy santiagueña. También acá hace falta audacia para cambiar desde la Corte hacia abajo. Son asuntos donde “el que no cambia todo no cambia nada”.

Para terminar con la agenda más caliente, está lo de la deuda externa. La nueva oferta de Martín Guzmán de 52 centavos por dólar se acerca mucho a lo demandado por los nuevos fondos buitres.
AF no es revolucionario, pero en un viaje a París podría llegarse hasta el Teatro Odeón. Enfrente está la estatua de Dantón, líder de la gesta de 1789 y ahí se lee: “Para vencer a los enemigos de la revolución, hace falta audacia, todavía más audacia, siempre audacia”.

Una lección de la escuela primaria para el profe de Derecho Penal: a los tibios los vomita Dios. Y los fagocita la derecha, para sufrimiento de muchos.

ortizserg@gmail.com


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