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sábado, 7 de octubre de 2017

¡Cómo nos cuesta entender!...

Por Carolina Vásquez Araya: 
Que la protección de la niñez no es un asunto opcional, sino una prioridad absoluta.

Nos cuesta entender la importancia de proteger a la niñez, pero le damos alas -¡y fuertes!- a las campañas contra toda forma de educación en sexualidad y no digamos a los discursos moralistas contra cualquier intento de legalización del aborto. Y ahí están los resultados: una inmensa población infantil abandonada a su suerte desde antes de nacer, desnutrida y privada de servicios básicos, alejada de las oportunidades de educación y ¡ni qué decir! de sus posibilidades de ser felices.



Pero nos enfrascamos en la política como si ahí, en esos antros privilegiados, hubiera alguna respuesta a las demandas de este gran sector sujeto a las decisiones de los demás. Porque ser niña o niño en países como los nuestros no es para tomárselo a broma. Sin educación, sin derecho a nada y sin acceso a decisión alguna sobre su vida, esos millones de menores marginados podrían incluso morir sin haber ingresado a los registros civiles y, por tanto, sin siquiera figurar en las estadísticas. Es decir, nunca existieron.

Sin embargo ahí están, recordándonos –desde la parada del semáforo o en cualquier esquina apestosa- que nos hemos desviado a tal punto de los objetivos de desarrollo que incluso su visión nos resulta molesta. Volteamos la cara para no verlos, cerramos la ventanilla para no escucharlos y en cuanto es posible nos alejamos espantándolos del pensamiento. No hay sentimiento alguno más que la repugnancia contra la pobreza, porque “es culpa de los padres”, decimos con ese desprecio atávico del pudiente contra quien sobrevive en la miseria.

La niñez, entendámoslo de una buena vez, es responsabilidad de todos. No descarguemos nuestra ira en el niño sicario, descarguémosla contra quienes no hemos tenido los arrestos para cambiar la situación de ese infante desprotegido, abandonado y orientado hacia un destino tan cruel. Comprendamos en toda su dimensión las consecuencias de una indiferencia ciudadana capaz de olvidar que no hace mucho murieron quemadas vivas 40 niñas en una institución estatal creada para protegerlas. Los comentarios alevosos rodeando el atroz hecho abundaron tanto como los solidarios y eso jamás debió ocurrir; porque no importa cuál era el motivo de su institucionalización, el solo hecho de esa marginación revela un vacío a llenar, una obligación incumplida, una deficiencia fatal en nuestra escala de prioridades.

Entendamos bien el concepto universal de los Derechos del Niño y la Niña y repasemos esos principios tratando de extrapolarlos con la realidad actual de la niñez que nos rodea: los niños y niñas son seres humanos sujetos de derechos y deben ser capaces de desarrollarse física, mental, social, moral y espiritualmente con libertad y dignidad. Ahora intentemos, con la mente lúcida y libre de prejuicios, evaluar la dimensión de nuestros fallos como sociedad. La profunda grieta entre quienes tienen todo y quienes nada poseen y el sistema que ha hecho eso posible. Ahora analicemos cuánta población infantil hemos sacrificado en aras de los privilegios.

No existe comunidad humana capaz de presumir de desarrollo si más de la mitad de su población infantil es condenada a la ingrata suerte de vivir en condiciones de hambre y abandono como sucede en Guatemala. No podemos, por lo tanto, permitirnos el lujo de mirar hacia otro lado cuando niñas y niños son víctimas de trata, de incesto, de violación, de asesinato o ingresan a las pandillas porque éstas son su último recurso de supervivencia. No tenemos derecho a condenarlos si jamás protestamos por ellos a quienes tienen la llave de la política en sus manos. Entendamos, por fin, que en ellos reside el futuro de la nación.

No seamos ciegos y sordos a las demandas del sector más necesitado de protección: la niñez.


elquintopatio@gmail.com

sábado, 3 de junio de 2017

La cultura del verbo

Por Carolina Vasquez Araya

Cuan fácil es opinar para resguardar lo propio y despedazar lo ajeno
Una de mis experiencias más dolorosas ha sido observar a través de la televisión las horrendas escenas en donde aparecen los cuerpos quemados de 41 niñas en un hogar de refugio para menores, administrado por el Estado de Guatemala. Entonces pienso en quienes lo vivieron de cerca, en esos policías y monitores apostados frente a las puertas del salón en llamas porque quizá algún superior en el mando les dio la orden de no abrirlas. Pienso en los verdaderos responsables de esas muertes tan crueles como injustas y me pregunto si serán capaces de conciliar el sueño o de mirar a sus hijos a los ojos con la mirada limpia y la conciencia en paz.


La fecha del criminal acto de violencia contra esas niñas no podía ser más icónica. Fue el 8 de marzo de 2017, el Día Internacional de la Mujer, cuando perdieron la vida en un escenario más propio de los ritos de la Inquisición que de una sociedad moderna, supuestamente democrática, aparentemente solidaria y con un gobierno regido dentro de un marco de Ley. Desde entonces se han sucedido incontables publicaciones de artículos, comentarios, opiniones e hipótesis para explicar lo inexplicable y justificar uno de los hechos cuyas consecuencias pudieron poner en jaque a todo el aparato de gobierno.

En los días posteriores algunas cabezas cayeron y con ellas también el silencio. En una especie de concierto moralista teñido de racismo se comenzó a perpetrar la seguidilla del crimen, señalando a las niñas muertas de ser culpables de su propia destrucción. En declaraciones de las autoridades, en redes sociales e incluso en medios de comunicación formales se las acusó de conflictivas, pandilleras, rebeldes, drogadictas y prostitutas. Aun cuando las investigaciones han ido abriendo las espesas cortinas tras las cuales se ocultaban los crímenes cometidos contra ellas por redes de trata, no se las reivindicó de manera consecuente con su calidad de víctimas inocentes de un aparato perverso cuyos tentáculos continúan aferrados a estructuras intocables.

El verbo es poderoso y también lo es la moralina cruel de sociedades marcadas por el desprecio contra quienes viven una realidad de pobreza, exclusión y racismo. Las palabras impresas o emanadas a partir de la propia idea de una verdad supuesta, resultan altamente inflamables en un contexto de estereotipos arrastrados durante generaciones y cuya persistencia es considerada una forma de cultura. Las niñas del Hogar Seguro Virgen de la Asunción, asesinadas de la manera más injusta y dolorosa posible de imaginar, experimentaron la marginación desde mucho antes: desde el día de su ingreso en un mundo hostil en donde se les negó la oportunidad de educarse, desarrollar sus capacidades en un ambiente propicio y, en definitiva, de vivir la infancia feliz a la cual todo niño tiene pleno derecho.

La publicación de un intento de reparación tardía al esclarecer los motivos por los cuales las menores habían ingresado a ese antro de tortura y explotación no ha sido suficiente para limpiar el lodo con el cual fueron salpicadas desde el inicio. Se requieren más palabras y mejores hechos, como por ejemplo una declaración formal y una explicación desde las esferas desde las cuales emanaron las órdenes para someterlas al encierro. Se requieren acciones preventivas para evitar nuevos crímenes contra tantas víctimas inocentes que aún permanecen en esos hogares estatales. Se requiere la demanda de la ciudadanía para ejecutar acciones de reparación del sistema de protección de la niñez. En fin, se requiere un profundo acto de conciencia en palabras, pero también en acciones.

ROMPETEXTO: Las palabras son poderosas y mal empleadas pueden herir como la espada más afilada.
Elquintopatio@gmail.com