Mostrando entradas con la etiqueta excombatientes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta excombatientes. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de diciembre de 2019

La revuelta juvenil no para y avanza sin pausa



Por Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

Que la muerte de Dylan Cruz no quede en el olvido, que pare el asesinato de líderes, defensores, excombatientes y gentes comunes que movilizadas reclaman garantías a sus derechos pactados entre sociedad y el estado. Que el horror no caiga en el reino de la impunidad y los partidos cesen su afán de controlar la vida del mismo pueblo ultrajado y que el planeta no sea destruido. Que la riqueza no sirva de excusa para vivir en la miseria. Es lo que anuncian otros actores, que ya no son los mismos de la sociedad industrial, ni encarnan las disputas liberal-conservadora, ni capitalismo-socialismo. Son en esencia una generación de jóvenes, de la que la anterior que bordea y supera el medio siglo, espera entre las nostalgias de la revolución que no fue y las marcas de la guerra vivida, que los cambios se aceleren.



La esperanza, que el papa Francisco pidió no dejarse robar, parece estar en manos de esa generación de jóvenes, internautas, milenios, estudiantes y espectadores de un futuro incierto, muchos de ellos hijos de viudas del conflicto, huérfanos de padres asesinados y familias en destierro, que difícilmente van a ser convencidos de irse de las calles con leyes que prohíben o tanquetas que disparan. Hay una apuesta de cambio en la generación nacida en el siglo XXI o después del muro de Berlín, que desde hace una década está escribiendo la historia de este tiempo, de otra manera. En pocos minutos convoca una asamblea, un mitin, un plantón, como lo hacen las mujeres del “si el estado no me cuida, que me cuiden mis amigas”, porque se mueve en un mundo conectado en línea.

Les afecta el planeta, la crueldad contra humanos y no humanos, mezclan feminismos y ecologismos con agendas sociales, económicas, obreras, afro y campesinas. Se movilizan con canticos, abrazos y besos y buscan garantías a derechos en retroceso, que seguramente no podrán disfrutar como la jubilación. En el fondo se apela a defensa de derechos universales y marcan una ruptura con la idea del poder hegemónico y los caducos valores de la sociedad tradicional aferrados a la disciplina, los jefes, la obediencia, la resignación y otras formas de relación humana.  Fomentan la salida de males políticos como la corrupción, el clientelismo y la arrogancia de poder de las elites.

Desde las grandes movilizaciones de los años 60, los jóvenes no aparecían con tanta contundencia, como ahora, para cuestionar la acumulación desmedida de capital que está en el centro de todas las desgracias, mientras para pocos es la fuente de todos sus placeres. Dueños y banqueros desde hace doscientos años, que siempre salen abantes de todas las crisis, empiezan a preocuparse porque los análisis conducen a cuestionar el modelo, el sistema, cuya fortaleza empezó cuando para garantizarle empréstitos al gobierno le pidieron una constitución y el gobierno cedió y luego pidieron garantías jurídicas para “saquear legalmente” las riquezas y las obtuvieron y después el control de las rentas y de la democracia repitiendo elecciones, pero hoy están preocupados.

Las masas que hace doscientos años se propusieron cambiar el rumbo de sus sociedades y se hicieron responsables de su destino, son parte de la memoria de los nuevos movimientos en las calles, que entienden que la tarea inmensa que tienen “no puede cumplirse esta vez mediante una revolución, ya que todas las revoluciones destruyen las reivindicaciones sociales a favor de una lógica implacable, inscrita en las cosas, en el funcionamiento del capitalismo o en el poder de las armas” (Touraine). Los jóvenes, se movilizan sin acudir a los esquemas de organización vertical propio de sindicatos y partidos, sus fórmulas son más horizontales, también para impedir que se construya un nuevo poder tan autoritario como el vigente.  Reclaman el apoyo generalizado para seguir haciendo movilizados y esperan sentarse en los espacios de construcción democrática y de conversaciones y concertación, en calidad de líderes y protagonistas de este capítulo de la historia, que combina saberes y experiencias y llama a que las cabezas pensantes del país se liguen al cuerpo del pueblo para no dejar escapar el momento de transformación acelerada de lo que hace tiempo no cambia.
    
P.D. El gobierno está tratando equívocamente a los actores sociales como a actores morales que vienen a disputarle privilegios y en ese trance comete errores tan graves como pretender hacer creer que el estado puede matar si cumple protocolos. No existe norma, ni regla, ni en el DIH, ni la legislación nacional, que le conceda derechos al estado y menos aún el derecho a matar, sea con armas y balas convencionales o aplicando protocolos. Matar con armas del estado no es una simple falta personal, contravención o violación de una ley. Matar es un crimen y el que mata es un asesino. En el caso de Dylan se nota que hubo intención de destruir con un método ilegítimo, se produjo pánico, miedo y terror en el cuerpo social movilizado, y se empujó a las masas hacia un comportamiento colectivo violento. El estado ha usado un discurso justificante, en clara muestra de que detrás del autor, que adelantó un proceso de aprendizaje para salir a controlar las calles, hay instigadores, cómplices y encubridores.

mrestrepo33@hotmail.com

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Movilización estudiantil, una mezcla de agendas



Manuel Humberto Restrepo Domínguez:

La movilización estudiantil vuelve a ocupar lugar central en la agenda social del país y se reactiva con los levantamientos en Chile, Ecuador, España. Aunque parezca espontanea, no lo es, 2011 y 2018 marcaron el camino de una creciente toma de conciencia, individual y colectiva, sobre el sentido y significado del derecho a la educación y sobre la misión de las universidades creadas para formar seres humanos libres y autónomos, responsables con la sociedad de su tiempo, que aparece convulsa, indiferente, angustiada, con creciente agresión, falta de respeto, inmoralidad de funcionarios y políticos corruptos, con desinformación, manipulación de pasiones, engaño y violencias que regresan.



La universidad pública, a pesar del asedio y deficiencias, ha cumplido un papel social determinante en la formación de la inteligencia, pero también en la construcción de ciudadanía y sentido de nación, que la provee de capacidad ética y política para ocuparse de su propia agenda, pero también ser actora en la defensa de la agenda social. Ha participado de luchas contra la dictadura, la moral exacerbada, el fascismo, la explotación y la opresión y sus campus han sido lugar esencial para que su profesorado de altas calidades en la ciencia y los jóvenes de enormes capacidades, circulen saberes universales y sienten las bases teóricas y prácticas de los cambios que ha vivido el país.

La mayoría de profesores y estudiantes provienen del mismo sector social de víctimas, excluidos y mayorías en condiciones de precariedad económica a consecuencia de las desigualdades y del déficit democrático. En el país de 286 instituciones de educación superior, 81 son universidades y de estas solamente 32 son universidades públicas, todas regidas por la constitución laica, plural y diversa.

Sin universidades públicas el país hace tiempo sería un campo de horror y de barbarie sin memoria y es incontrovertible que la mayor parte de la producción científica y cultural del último siglo, se ha producido con presupuesto público y sus artífices son sus jóvenes y profesores. Razón de más impedir que se las quiera tratar como islas o aislarlas, con estigmas y desinformación. Necesitan del respeto, protección y acompañamiento de la sociedad y del estado para fortalecer su capacidad científica y cultural y la sociedad está llamada a entender que históricamente ellas educan en y para ser libres, comprometidos con el presente y forjadores de salidas y esperanzas de un pronto futuro de bienestar.

Por ser una síntesis de la sociedad, agrupan fácilmente múltiples demandas sociales, que la convierten en promotora del desarrollo, pero además en vocera y actora social protagónica de los temas prioritarios de la agenda nacional, que mezclados con los de su propia agenda, en la coyuntura, en la que la percepción generalizada es que el país va mal, la guerra regresa y el odio se recrudece, terminarán por configurar un mapa complejo y diverso, que parece apuntar hacia un levantamiento popular contra el patriarcalismo, el capitalismo, el paramilitarismo, la militarización y por la defensa del estado de derecho(s), que contienen políticamente inconformismo contra el partido en el poder, por incumplimiento al acuerdo de paz, barreras a JEP, comisión de la verdad, curules a víctimas, centro de memoria, abusos policiales y socialmente desesperanza por imposición de modelos ineficaces y fracasados de extracción de recursos, tributos, salud, jubilación y empleo. La agenda propia de la movilización universitaria se centra en el reconocimiento y respeto por la autonomía que es derecho fundamental, la democracia participativa que es un principio central y la financiación total con recursos de la nación, que es base del sistema público, como ocurre con los demás organismos públicos (ministerios, fuerzas militares, otros) exentos de recurrir a la autofinanciación.

La universidad pública tiene el imperativo de reconducir su nueva visión, crear condiciones para realizar la paz y los derechos en colectivo, lo que exige de sus estamentos responsabilidades y compromisos para mantenerse abiertas y en ejecución de sus tareas científicas y culturales, afianzar la verdad como valor y principio de dialogo entre estamentos y, afianzar el rechazo unánime a toda opción material o simbólica de violencia, que propicie chantaje, amenaza, manipulación, producción o escenificación del horror o reproducción de tácticas de guerra. Lo contario repercutirá negativamente con la puesta en riesgo de su legitimidad como referente ético de la agenda social, en cuanto ninguna violencia es útil ni bienvenida para defender a la universidad pública, y aparte el costo político lamentable será la pérdida del afecto y solidaridad ganada en la sociedad con las movilizaciones de 2011 y 2018.

La mezcla de agendas, propia y social, no es ajena al hacer de la universidad y no resulta claro entonces ¿cómo y quién puede llamar a parar la movilización (que no es parálisis, ni bloqueo, ni inmovilidad académica) cuando los jóvenes con su voz y rebeldía cubren el silencio de los intelectuales, impiden el olvido de la tragedia humana de los ocho millones de víctimas y desplazados (que ya no cuentan en las cifras oficiales) y hacen visible el sistemático genocidio de indígenas, líderes sociales y excombatientes y señalan la reactivación paramilitar?

A manera de colofón, es preciso reafirmar que la universidad no incuba violencia, ninguna asignatura, ni currículo enseña cultos, ni doctrinas de guerra, ni hace apología al horror. Los juegos de guerra no son una herramienta válida ni reconocible para defender la universidad pública, ni le aportan para hacerla protagónica de la agenda de lucha social, en tanto la fuerza nunca será mejor que la imaginación, ni el miedo podrá superar la creatividad humana expuesta con su protesta civil.

P.D. De Alfredo Molano, el país crítico, le agradecerá por siempre su disciplina de columnista honesto, que dijo la verdad cada semana, aunque sabía que podía costarle la vida. Siempre comprendió, vivió y defendió la Universidad Pública, con su pluma y con la verdad.

mrestrepo33@hotmail.com