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sábado, 4 de julio de 2020

La ventana angosta



Por Jesús A. Rondón
Hasta hace meses los gurús que animan a las masas, con relatos de lo que ocurrirá en el futuro; nos contaban que la interconexión mediatizada de los seres humanos era inevitable. El futuro entre las personas estaría mediado por artefactos, conectados a redes cada vez más rápidas, además de una relación con la vida cotidiana, a través del “internet de las cosas”. Una visión concebida, en suma: inminente y hegemónica.


Los hechos parecen no contradecirlos, en apariencia; pues hoy millones de personas hacemos uso de artefactos que nos comunican a través de redes de internet. Millones de seres humanos miramos la realidad desde una ventana digital. Nos desplazamos de una pantalla a otra y al final del día, nuestra exposición pasa sin escrutinio alguno. Una ventana que se puede medir en pulgadas y se puede valorar por la velocidad y la calidad de la experiencia de las aplicaciones. Es habitual que, en los encuentros personales, cada uno se encuentre individualizado con su dispositivo, sustraído o intermitente de una experiencia común. ¿Cuán inusual es encontrar a alguien que sea capaz de mantenerse en una conversación, sin contacto con un artilugio de comunicación?

Lo que anunciaron los gurús llegó, de forma inesperada para el público en general. Una pandemia sin referente reciente, nos confinó en nuestras casas. A la movilidad “necesaria”, se le agregó la distancia social y la hipervigilancia de prescripción. Nos redujeron a la interacción social esencial. A la distancia relacional, se sumó la distancia física.

Este confinamiento, esta inmovilidad, esta distancia social, nos llevó a parte del escenario expuesto por los gurús. Es decir, nuestra interacción se hiper mediatizo. Aumentó el uso de todos los dispositivos de comunicación, así como el tráfico en las redes (en algunas plataformas se bajó la resolución de los videos para no colapsar el acceso).

En esta situación que se prolonga y que retorna, conviene cuestionamos sobre esa ventana, en apariencia infinita. Esta experiencia del confinamiento nos desvela una ventana que, en realidad angosta, con un paisaje que se ha tornado tedioso. Re-valoramos que la experiencia humana requiere de otros espacios y dinámicas que consideramos irrelevantes y que ahora las reconocemos, porque estamos privados de ellas. Hoy volvemos a encontrarnos con la necesidad del otro, tal como es: cara a cara, cerca, en diálogo no mediatizado.

El mercadeo de las transnacionales de la comunicación seguirá poniendo en escena a los gurús y buscando naturalizar eventos recientes en nuestra naturaleza como especie. Nuestra evolución está marcada por la interacción cara a cara. ¿Qué tanto puede afectar esta dirección, hechos que apenas tienen unas cuantas décadas? ¿Esto nos deshumaniza?

Ahora bien, somos casi ocho mil millones de almas en este mundo, y para equilibrar el enfoque, solo una parte (la occidental - no mayoritaria) tiene la ventana angosta de frente. Son parte de la post-modernidad o una modernidad inacabada, que también son ventanas angostas. El resto, pues vive más cerca de la forma como hemos vivido históricamente.

Finalmente, la paradoja. Luego del reencuentro con el otro, la otra, volvemos a nuestras ausencias relacionales. Volvemos al lugar donde quedamos antes de la pandemia.

¿El problema es la ventana? O ¿El muro donde se encuentra?, una respuesta clara, nos ayuda a tener una perspectiva útil y actuar consecuentemente. ¿Habrá que derribar el muro en el que se encuentra la ventana?, para experimentar el paisaje/vida tal como es y en función de intereses propios.
jesusalbertorondon@gmail.com

sábado, 28 de marzo de 2020

Entre el ser y el hacer



Por Oscar Bravo:
Las especificidades humanas, pasan por reflexionar sobre las distintas dimensiones que se materializan en la realidad social y la construcción cultural de las acciones individuales y colectivas en los procesos civilizatorios que giran alrededor de una triada, sin un orden lineal: involución, evolución y revolución…en la que el ente identificatorio de las personas y su sentido, pasan por una serie de interrogantes, para intentar “conocer al ser” desde una mirada de angustia existencial: ¿quién soy?...¿quiénes somos?...¿que nos caracteriza cómo ser?...¿somos lo que creemos que somos?...¿cómo queremos que se identifique al ser?...¿seres sociales, gregarios o culturales?...¿cuál es el impacto de la consciencia de clases en el ser?...¿el pensamiento alimenta y dibuja al ser?...


Cuando “el ser” entra en contacto con su entorno y aparece en una constante retroalimentación con una realidad concreta que se modifica, surge “el hacer”, como los caminos de expresión material de un ser, que se ajusta a una dinámica social que se entrecruza entre múltiples niveles epistemológicos, que van desde las fundamentaciones teóricas, pasando  por el arte, la ciencia y la tecnología, hasta las más complejas reflexiones filosóficas sobre los encuentros y desencuentros entre el ser y hacer…

Al intentar visualizar esos intrincados y difusos espacios que parten desde el ser y retornan a su endogeneidad cultural que transforma o solidifica lo que se es o lo que se quiere ser…aparece el sentido de propiedad, como interpretación y percepción entre el ser y el hacer, con el surgimiento del uso, la disposición y el disfrute, con la utilización de una dupla estratégica: el tener y el poseer desde el entorno interno, (pensamientos, sueños, ideas) hasta el ámbito más externo del ser, (vínculos, poder y relaciones)…

Existe una importantísima área disciplinar que juega un papel protagónico en la construcción de todo ese piso epistemológico, que identifica a esa luz y sombra que oscila entre el ser y hacer: la dimensión educativa…que perfila a la formación como una situación social crucial para acercar al conocimiento a un ser que materializa su hacer, desde una praxis del saber, que esclaviza o libera, según los objetivos culturales ideológicos del hacer…

Politólogo.
bravisimo929@gmail.com


miércoles, 21 de agosto de 2019

El fracaso de la Izquierda



Por Juan Pablo Cárdenas S
La historia de la evolución de la humanidad se vincula inexorablemente a la existencia de líderes extraordinarios que impulsan las transformaciones. Estos conductores han sido reconocidos de diversas maneras, pero se trata de los libertadores, revolucionarios, progresistas y, desde luego, de los izquierdistas. En los últimos cien o doscientos años es la Izquierda, precisamente, la que ha impulsado la independencia de las naciones, la justicia social, el reconocimiento de la igualdad y los DDHH, de la misma forma en que se asume que las derechas son retardatarias, amigas de que la historia no se mueva y persistan lacras tan horribles como las de la esclavitud, la discriminación racial y la concentración económica en muy pocas manos.


Gobernantes y activistas de izquierda han pagado muchos costos por promover la dignidad humana y de los pueblos. De ello habla el heroísmo de nuestros padres fundadores, de un Nelson Mandela, Fidel Castro, Martin Luther King, Salvador Allende, Ghandi y tantos otros. También los que se alzaron contra las monarquías, el apartheid y tantos otros héroes y mártires. Desde el mismo fundador del cristianismo, hasta un Martín Lutero y Carlos Marx, como tantos otros reformadores religiosos, filósofos y sindicalistas. Y hasta santos como nuestro Clotario Blest y Alberto Hurtado.

En la lucha contra la opresión de las dictaduras militares, nuestro país reconoce a centenares y mites de combatientes de izquierda que desgraciadamente compartirán su buen nombre y sacrificio con la mala fama de sus verdugos; es decir de Pinochet y los más espeluznantes criminales que lo secundaron. Hasta un Donald Trump y otros gobernantes desquiciados todavía vivos.

Que la izquierda ha fracasado muchas veces es indudable, pero en la mayoría de los casos h sido  acribillada por las armas de la conspiración y represión conservadora de lo cual tan certeramente habla el bombardeo de nuestro Palacio Presidencial en 1973. Proyectos que seguramente quedaron truncos, pero que en todo caso fueron capaces de sembrar semillas y esperanzas como aquel Sueño de Bolívar vigente hasta nuestros días, así como los innegables avances plasmados en la Carta de los DDHH de las Naciones Unidas, la legislación Internacional y hasta los mismos avances en materia laboral forjados en Chile por los gobiernos derechistas. Como ayer la propia nacionalización del cobre y la Reforma Agraria que forzaron hasta a las propias bancadas reaccionarias a votarla a favor para no quedarse en la vereda de nuestra historia.

La Izquierda no necesita necesariamente estar en el gobierno o el poder para forjar los cambios. Muchas veces su contribución ha sido más determinante en la calle y en las movilizaciones sociales e, incluso, en las guerras y guerrillas de liberación. No hay duda que el pensamiento que prospera es el que encanta a los jóvenes y los pueblos, el de los grandes transformadores y no el de los burócratas y administradores que pululan en la política competitiva, los parlamentos y las entidades financieras internacionales.

Al capitalismo tuvieron que bautizarlo de neoliberalismo para embaucar a nuestras naciones. Pero hoy, asumirse como tal constituye un completo desprestigio después de que éste vino a profundizar las desigualdades, burlar los derechos del pueblo y rematar a precio vil nuestros recursos naturales y medio ambiente a las empresas transnacionales. Porque este es sin duda su legado, además de sus conocidos los crímenes contra los disidentes y ahora contra los cientos de miles de chilenos que mueren, por ejemplo, en las listas de espera de los hospitales o a la espera de un salario o jubilación digna.

Las ideas de izquierda no fracasan, sino siembran nuevas esperanzas. Son las de la derecha las que son arreciadas por los torbellinos sociales. Es cosa de mirar a Chile, a nuestro continente y al mundo en general; incluso a los Estados Unidos y a las ricas naciones europeas que ya no haya qué hacer para mantener su hegemonía mundial y continuar desbaratándose en la política. Allí es donde se puede comprobar ahora el fracaso del libre comercio que tanto proclamaron las potencias mundiales y que hoy traicionan para impedir el avance de las naciones emergentes. Así como el auge del narcotráfico y otras lacras estimuladas por el consumismo desbocado que también propiciaron a expensa de la salud de un planeta ciertamente en peligro severo de extinción.

Lo que pasa es que la derecha también tiene sus “cómplices pasivos”, como las Fuerzas Armadas, las clases patronales y, desde hace un tiempo, la defección de muchos izquierdistas que llegaron a La Moneda, por ejemplo, gracias al régimen institucional vigente, el sistema binominal electoral y los vicios propios de una política que se alimenta en la falta de diversidad informativa, el cohecho y el fraude. Un fenómeno que llevara a los gobiernos de la Concertación y de la Nueva Mayoría a oficiar como los grandes cancerberos de la herencia pinochetista. Seducidos por las lisonjas empresariales, los medios de comunicación más retardatarios y toda esa suerte de tentaciones para corromperse en el poder, enriquecerse personalmente y, consecuentemente, renegar de su propio pasado. Revolucionarios de antaño devenidos en sociales demócratas que ni siquiera han tenido compasión con los centenares de combatientes que por ellos murieron en la ilusión democrática. Incluso, jóvenes promesas de la lucha estudiantil que ahora se muestran más interesados en develar y deslindarse de las derrotas de la izquierda, que evidenciar las de la derecha. Afán que les permite ganar tribuna en los medios de comunicación más abominables, como espacio en la farándula televisiva para hacerse eco de las injurias contra Venezuela, Cuba y otros países sin mención a los horrores sostenidos en Colombia, Brasil y otras naciones en manos de los ultraderechistas.

En varios casos fue más fácil regalarles cargos y dietas a los rebeldes dentro del sistema que fustigarlos ideológicamente o reprimirlos en las anchas avenidas. Pero, felizmente, las verdades empiezan a develarse: no hay para qué convencer a los chilenos del fracaso de la derecha y de la traición de quienes se convirtieron en aliados del mismo sistema que tratan de perpetuar, aunque por razones electorales simulen diferencia con el gobierno de Piñera y los partidos oficialistas. Es cosa de apreciar las asimetrías de nuestro ingreso nacional o percibir el portazo cotidiano de las instituciones previsionales, de la salud y la educación a los más pobres e indigentes. Observar el fracaso, también, de los esfuerzos oficiales y policiales en la lucha contra la delincuencia, la que ciertamente crece como verdaderos hongos en el desencanto de las poblaciones afligidas. Mirar, recién, el resultado de las elecciones primarias argentinas para comprobar el desmoronamiento ideológico de la derecha.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com