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miércoles, 31 de julio de 2019

“De oligarquía vs pueblo, Bebel y otras yerbas”


  
Por Carlos Flanagan:

El pasado 18 de julio sesionó el Plenario Nacional del Frente Amplio de Uruguay (el máximo organismo entre Congreso y Congreso que funciona como mínimo en forma trimestral) para tratar la aprobación de la fórmula presidencial hacia las elecciones generales del próximo 27 de octubre. La fórmula Daniel Martínez (precandidato triunfador en las elecciones internas del 30 de junio) – Graciela Villar fue aprobada por aclamación de todos los delegados presentes.


Un discurso que levantó polvareda

La compañera Villar en su discurso planteó los desafíos centrales que tendrá la campaña electoral en estos tres meses: “salir a disputarle a la derecha en su máxima expresión las conquistas de estos 15 años, contra un brutal proyecto neoliberal que empieza con Lacalle y tiene en su frontera a Manini Ríos”.

Para ello “nos comprometemos a salir barrio a barrio, pueblo a pueblo, esquina por esquina a pelear esta batalla porque vuelve a estar sobre la mesa una opción entre oligarquía y pueblo”.

Las reacciones – las esperadas y algunas no esperadas – se hicieron públicas de inmediato.
Los sectores de la oposición respondieron airadamente calificando los dichos como “de una época superada” de “discurso de dividir y enfrentar uruguayos contra uruguayos” “panfletarios”, “discurso binario” etc.

Esta reacción visceral de la derecha me hizo recordar – contrario sensu – la anécdota de Augusto Bebel (fundador del Partido Obrero Socialdemócrata Alemán y brillante parlamentario) cuando una vez finalizado uno de sus discursos y habiendo sido aplaudido por parlamentarios de la derecha, reflexionó en voz alta: "¿Ah, viejo Bebel! ¡Qué tontería habrás dicho para que esta gentuza te aplauda!"

En conclusión, la iracunda reacción de los neoliberales estaría dando señales de que sus afirmaciones en principio dieron en el clavo.
Sí es llamativo algún comentario desde el propio FA como por ejemplo afirmar que sus dichos fueron “una caricatura en el marco de un discurso de proclamación de candidatura en el Plenario del Frente Amplio”.

Algunas precisiones necesarias

 Los documentos fundacionales del FA de 1971 que siguen estando vigentes y son ley para todos los frenteamplistas sin excepción - en la medida que ningún sector jamás planteó su modificación - se refieren taxativamente a la contradicción entre oligarquía y pueblo.

Su Declaración Constitutiva definía al gobierno del Partido Colorado de esa época como gobierno de la oligarquía, denunciando sus políticas de paralización de las fuerzas productivas y enajenación del patrimonio y la soberanía nacionales mediante préstamos lesivos con el Fondo Monetario Internacional.

Estas políticas se mantuvieron y profundizaron durante la dictadura de 1973 – 1985 y con los gobiernos del Partido Colorado y Nacional desde 1985 hasta el primer gobierno del Frente Amplio en 2005.

Fueron ni más ni menos que partes constitutivas de la llamada estrategia neoliberal - emanada del llamado Consenso de Washington - aplicada a rajatabla en nuestra región y que hoy se sigue aplicando en todo nuestro continente a excepción de Bolivia, Uruguay y Venezuela.

Para algún dirigente frenteamplista desmemoriado o distraído y para los militantes que por razones de edad puedan no tener tan presente esta Declaración Constitutiva, me permito citar dos párrafos (a mi juicio muy ilustrativos) que dan cuenta de la esencia del contenido del capítulo “Las bases programáticas de la unidad” de ese documento:

Un programa de contenido democrático y antiimperialista que establezca el control y la dirección planificada y nacionalizada de los puntos clave del sistema económico para sacar al país de su estancamiento, redistribuir de modo equitativo el ingreso, aniquilar el predominio de la oligarquía de intermediarios, banqueros y latifundistas y realizar una política de efectiva libertad y bienestar, basada en el esfuerzo productivo de todos los habitantes de la República.

Expresamos nuestro hondo convencimiento de que la construcción de una sociedad justa, con sentido nacional y progresista, liberada de la tutela imperial es imposible en los esquemas de un régimen dominado por el gran capital. La ruptura con este sistema es una condición ineludible de un proceso de cambio de sus caducas estructuras y de conquista de la efectiva independencia de la nación. Ello exigirá, a su tiempo, la modificación del ordenamiento jurídico-institucional, a efectos de facilitar las imprescindibles transformaciones que procura. (el subrayado de texto es mío).

Por lo tanto es válido y vigente el planteo de que en esta próxima elección la ciudadanía tendrá que optar nuevamente entre dos proyectos antagónicos de país: el del crecimiento con justicia social encarnado en un cuarto gobierno consecutivo del Frente Amplio, que sin duda deberá profundizar la aplicación de su programa de cambios estructurales o el de la vuelta a la estrategia neoliberal de privatizaciones de empresas públicas, retroceso en las políticas sociales y laborales y subordinación a las políticas económicas dictadas por el FMI.-

carlos.flanagan@gmail.com

sábado, 30 de marzo de 2019

El gobierno Duque es tan débil que se siente fuerte posando de mano dura


Por El Satélite: 

La temporal suspensión de la mesa de diálogo y las reiteradas negativas del presidente para ir al Cauca, muestran que el discurso conciliatorio y de unidad durante la campaña no se puso en práctica.
Iván Duque no ha querido ir a hacer presencia en el Cauca (arguyendo que no lo hará hasta que no se levante el bloqueo de la vía Panamericana). El senador Uribe pidió desde Cali, hace unos días, que prevaleciera “la autoridad y el orden” (haciendo un llamado a la mano dura, lo mismo que el ministro Botero o la senadora María Fernanda Cabal).


La situación guarda ciertas similitudes con las marchas estudiantiles del año pasado. Duque sólo estuvo dispuesto a dialogar cuando las movilizaciones eran masivas y se les habían sumado otros sectores sociales
¿Por qué? ¿Por qué no parece que en el gobierno haya una disposición al diálogo, en cabeza de Presidente, cuando se presentan estos reclamos? ¿Y qué significa la postura de mano dura en situaciones como estas? ¿Qué implica o qué simboliza un gobierno que luce enredado a la hora de dialogar?

Hablamos con el politólogo Gilberto Tobón Sanín, la socióloga Sara Tufano y el filósofo Carlos Manrique para tratar de entender esto.
¿Qué razones tendrá el gobierno de Duque, y Duque en particular, para no querer sentarse a dialogar con los indígenas en el Cauca?

Gilberto Tobón Sanín: Las razones que maneja Duque son todas las que le dice Álvaro Uribe, el país lo sabe. Él no manda, el que manda es Uribe. Si Uribe le dice que mantenga el principio de autoridad, él lo hace. Lo que quieren es mantener un principio de autoridad.
Pero Duque tampoco está en capacidad de resolverlo, porque él maneja cierta pedantería que no tiene fundamento ninguno y entonces manda a la ministra del Interior, que no tiene ninguna capacidad dialéctica para manejar nada y a ese otro señor Ceballos, que es como un espectro callado. Porque no quieren arreglar eso, ellos creen que la Minga se va desgastar y en realidad está creciendo, lo que ellos intentan resolver es por la fuerza y eso no lleva a nada.

Sara Tufano: Las mismas que tuvo para no sentarse a dialogar con el ELN al inicio de su gobierno. Si bien son actores diferentes, ambos episodios muestran un desprecio por la construcción de consensos y acuerdos. Después de casi ocho meses de gobierno, ya se puede afirmar que este es un gobierno extremadamente débil, por la inexperiencia y falta de autonomía del presidente Duque. Los indígenas piden su presencia porque el gobierno no ha sido claro con respecto a lo que quiere para el país; no hay un norte claro. ¿Hacia dónde nos quiere llevar este gobierno? No se sabe con certeza. Es comprensible que los indígenas exijan que sea el propio presidente quien les diga qué piensa hacer con los compromisos adquiridos.

Carlos Andres Manrrique Ospina:  Hay que mirar más allá de las razones explícitamente dadas por los funcionarios del gobierno, el presidente a su cabeza. Los conflictos políticos (y la Minga indígena pone en escena un conflicto político real y profundo), no es solamente un espacio de actores individuales, sus razones y voluntades, sino de contextos, estructuras, dinámicas sociales e históricas más amplias que rebasan y trascienden a los “individuos” y condicionan sus márgenes de acción.
Duque y sus funcionarios esgrimen las razones que ha esgrimido siempre el Estado Colombiano (recordemos la torpeza de Santos en el manejo del primer “Paro agrario nacional”). Que el Estado no dialoga en respuesta a las vías de hecho; que debe respetarse ante todo la “legalidad”, los intereses de la nación, y los derechos de todos los ciudadanos (por eso, que no hay diálogo hasta que desbloqueen la vía panamericana para garantizar el “derecho a la movilidad”). Es el mismo libreto o disco rayado, que escuchamos siempre que hay levantamientos populares (no solamente en este gobierno sino también en los anteriores.

Ese discurso en defensa de la “legalidad” y las “instituciones” pasa por alto algo fundamental, y además es una cortina de humo que esconde otras motivaciones.
Y este gobierno, eso sí a diferencia del anterior, ha dado muestras no sólo de indolencia frente a la desigualdad y la condición de injusta marginalidad de los desfavorecidos, entre ellos indígenas, campesinos y afros (esa indolencia es, por lo general, el modus operandi de los gobiernos a nivel regional y nacional).

Sino que también, ha dado muestras de querer profundizar y agravar esa desigualdad, desmantelando escasos recursos institucionales existentes para contrarrestarla: por ejemplo: la consulta previa (contra la que quiere arremeter).
¿Una disposición que no es abierta al diálogo o a la negociación muestra debilidad o fortaleza por parte del gobierno?

GTS: ¿La fortaleza? ¿La fortaleza es sacar el Esmad? Él se sentó con los estudiantes después de que el problema se creció. Amanecerá y veremos…  Falta ver si les cumple, yo no creo mucho en los gobiernos, ni en este ni en el anterior. ¡Mienten! Y no hacen nada, el presupuesto lo destinan a otras cosas, mucha parte del presupuesto es para robárselo, no creo que haya ningún ánimo de resolver eso.
Los indígenas también están pidiendo demasiadas cosas, tienen un apetito voraz: que les tienen que entregar 45.000 hectáreas y que les tienen que entregar 4 millones más. Es decir, ¿quién va a vigilar cómo se maneja ese presupuesto? Ahí también puede haber cosas mal manejadas. ¡Entonces el país es un desorden total!

ST: Duque está gobernando para un sector del país, el que votó por él y para este sector, esta idea de “negociar sin ceder” puede ser vista como una señal de fortaleza: “nuestro presidente no se deja”. Pero para quienes venimos diciendo desde la campaña presidencial que este gobierno es el tercer período de Álvaro Uribe, lo que está haciendo solo demuestra su debilidad. Lo fácil es recurrir a la violencia y a las armas para resolver los conflictos, lo difícil es sentarse a dialogar.

La no disposición al diálogo no es una característica exclusiva del presidente, es una característica del uribismo. La política de Seguridad Democrática fue la máxima expresión de esta no disposición al diálogo. Tan es así que la fuerza se considera como una condición sine qua non para el diálogo, es decir, se piensa que la mano dura de Uribe fue una condición necesaria para debilitar a la guerrilla y posibilitar el diálogo ya en unas condiciones favorables para el Estado, pero esta visión es falsa. Desde los primeros diálogos de paz con Betancur en el 84, cada gobierno podía haber privilegiado el diálogo para resolver no solo el conflicto armado, sino también otros tipos de conflictos, pero muchos no lo hicieron.

CMO: Muestra debilidad, por lo anterior. Muestra que el gobierno sabe que ha incumplido acuerdos ya pactados. Sabe que su modelo de “desarrollo” perjudica a sectores sociales históricamente marginados, explotados, violentados y estigmatizados (como indígenas y campesinos). Sabe que por eso mismo, una movilización social de esos sectores es legítima (y hay protestas legítimas ilegales como lo han mostrado todos los movimientos sociales reivindicatorios, incluyendo los “pacíficos”, como se ha declarado siempre la Minga ser, porque implican actos de desobediencia civil pacífica). Y sabe entonces que, de sentarse a dialogar, va a tener que ceder.

Es un gobierno temeroso porque sabe que no tiene la legitimidad “política” (ha tomado decisiones que incumplen acuerdos) ni “moral” (está faltando a su deber de defender a los más débiles y desfavorecidos por el orden social imperante), para defender sus actuaciones en un diálogo.
Duque decía en campaña que iba a gobernar para todos los colombianos, que acompañaría y respaldaría a los pueblos indígenas. La falta de diálogo que ha tenido con ellos en pasadas semanas –y meses– muestra que no fue así. ¿Qué se puede concluir de este incumplimiento de promesas? ¿De esta desconexión entre el discurso y la practica?

GTS: Duque, como todos los presidentes, es un mentiroso. Pero él es más mentiroso que los demás. Por ejemplo lo del tracking, la deforestación en el Amazonas. Se mete en problemas ajenos y no sabe cómo manejarlos. Como en el caso de Venezuela. El hombre es errático, no es un jefe de Estado, él no tiene idea de nada. Objetó la JEP y ya tiene un lio internacional. El Plan Nacional de Desarrollo lo hizo Carrasquilla, un sujeto de dudosa procedencia. Duque no va para ninguna parte, yo no veo transformaciones, no veo nada. La desconexión de la teoría y la práctica es absoluta, es un mentiroso, miente todo el tiempo.

CMO: En la campaña de Duque era clara la ignorancia de su mirada a los pueblos indígenas como “folklor”, muy en la línea del fenómeno muy ampliamente estudiado de la mercantilización de las identidades étnicas, o la concepción de lo étnico como “objeto de consumo” en el capitalismo contemporáneo (en la industria turística, por ejemplo). Los indígenas y campesinos reclaman ser reconocidos como sujetos pensantes, capaces de decidir sobre su historia y sus territorios, y herederos de unas tradiciones culturales importantes que tienen mucho que enseñar sobre nuestro modo de ser, de pensar, de relacionarnos con los otros y con nuestro entorno.

Esta demanda de ser reconocidos como pensantes y capaces también de gobernarse y de gobernar, desencaja por completo con la mirada paternalista y condescendiente (en el fondo realmente agresiva y violenta), de un “folklor” y “diversidad” que defendemos cuando cabe en las vitrinas del mercado, pero que incomoda mucho cuando critica el orden social.

Que las cosas sigan como van (la “legalidad”, la “institucionalidad”), sólo favorece a los que ya se benefician cómodamente en esas brechas; pero acentúan las dificultades de los marginados y los desfavorecidos por esta inequidad

ST: Le dimos un generoso margen de espera al presidente para ver cuáles eran los pactos y los consensos que construiría para el país, pero en estos 8 meses no ha habido ninguno. Hay que resaltar que los incumplimientos con los pueblos indígenas no son exclusivos de este gobierno. El reconocimiento en 1991 de la autonomía de los pueblos indígenas sufrió un gran retroceso en el gobierno de Uribe.

Señalar a los indígenas como aliados de la guerrilla fue una práctica común en su gobierno, algo que estamos viendo ahora cuando se vincula a los indígenas con las disidencias de las Farc. Eso lleva de inmediato a la deslegitimación de las demandas históricas de los indígenas: defender sus derechos frente a iniciativas de reforma constitucional que pretenden revertirlos, como el proyecto que busca reformar la Ley 160 y la reforma de las consultas previas. Sus luchas históricas son vistas de inmediato como acciones para desestabilizar al gobierno.

¿En qué medida el discurso de mano dura –pronunciado por Uribe, el ministro Botero o el senador Macías– frente a la movilización indígena evidencia una visión de país en las antípodas de las luchas sociales y políticas de los indígenas y campesinos?
CMO: Esos gobiernos sin legitimidad política ni moral, son los más peligrosos, porque sólo pueden recurrir al uso autoritario de la fuerza. Las declaraciones de Uribe, Botero y Macías son un síntoma de eso.

Decía en la primera pregunta que ese discurso de disco rayado en defensa de la “legalidad” y las “instituciones”, pasa por alto algo fundamental. Y eso es lo que se revela, justamente, cuando en últimas el Estado sólo puede recurrir a la fuerza de la represión policial para defender la presunta “institucionalidad”. Lo que se revela allí es que la ley, el Estado y sus instituciones. Y la “normalidad” en que las cosas sigan como van, no son un estado de cosas “neutral” cuando hay una desigualdad tan profunda como la que hay en nuestro país: socio-económica, política, cultural, racial.
Que las cosas sigan como van (la “legalidad”, la “institucionalidad”), sólo favorece a los que ya se benefician cómodamente en esas brechas, desequilibrios e inequidad existente; pero acentúan las dificultades de los marginados y los desfavorecidos por esta inequidad, hasta el punto en el que ya no aguantan más y tienen que poner de manifiesto el daño que les causa el que todo siga igual, en su “normalidad”.

ST: Yo insisto en que hay que volver a revisar los lineamientos de la política de seguridad democrática. El uribismo ha demostrado no tener nada para ofrecerle al país, solo sabe atizar odios. Si uno revisa los documentos sobre el primer gobierno de Uribe, se ve que hubo un cambio en la forma de informar los hechos y las demandas de los pueblos indígenas. Hay un informe del Observatorio de Derechos de los Pueblos Indígenas que muestra que en gobiernos anteriores al de Uribe los señalamientos sobre vínculos con la guerrilla provenían de funcionarios medios y mandos militares. Durante el gobierno Uribe los señalamientos eran emitidos por el propio presidente y sus ministros.

Ahora, no se puede decir que todo permaneció igual. El contexto político y social ha cambiado, pero las exigencias del uribismo son las mismas. El problema es que Duque no tiene autoridad ni peso político, no tiene liderazgo, así algunos analistas lo inflen y lo muestren como el estadista que no es, creo que hay que empezar a llamar las cosas por su nombre: Duque está compartiendo el poder con el expresidente Uribe, el riesgo es que desplace a Duque del todo, pero eso no depende de nosotros. El presidente Duque ha sido el conejillo de indias de Trump con respecto a la crisis en Venezuela y de Uribe con respecto a su tercer gobierno.
¿Hay alguna otra cosa que considere importante respecto de la relación del gobierno con los indígenas y los campesinos?

ST: Hay que acompañarlos en sus demandas. Ellos tienen unas demandas particulares, pero hay otras que son comunes. El fin del conflicto nos beneficia a todos y el intento de este gobierno de “hacer trizas” el acuerdo de paz y desconocer los derechos de las víctimas facilita en últimas la creación de una convergencia política mucho más amplia en defensa de la paz. Ahi deberíamos estar todos los que nos oponemos a las políticas regresivas de este gobierno y que queremos un cambio político real en Colombia.

CMO: Las movilizaciones sociales no son “perfectas” ni “impolutas”. No hay que idealizarlas. La Minga indígena es un escenario complejo atravesado por múltiples tensiones, fricciones, y quizás también puedan cometer errores, como sucede en toda movilización social. Pero sí tenemos que reconocer que la posibilidad de una democratización real de nuestra sociedad, una en la que se comiencen a materializar de verdad los principios de igualdad y pluralidad que defiende el ideario de nuestra Constitución, depende hoy en gran medida de estos levantamientos populares. En ese sentido, es inmenso el valor que tienen para nuestra sociedad, y es necesario respaldarlos con admiración y gratitud por su coraje.

oquinterofer@gmail.com

sábado, 15 de julio de 2017

Si, de ”ira contenida” se trata…

Por: Sergio Rodríguez Gelfenstein

Conversando con un colega que conocí en la universidad en mis tiempos de estudiante, quien vive fuera de Venezuela hace ya varios años, justificaba las acciones de la oposición a partir de lo que llamó la “ira contenida”. A pesar de las diferencias de puntos de vista y en particular de lo que este concepto entraña, pudimos sostener un diálogo en un marco de respeto y yo diría que hasta afectuoso, en el que intenté mostrarle que más allá de las acciones actuales, lo que se estaba creando era un país inviable a futuro, donde la violencia se estaba legitimando como forma de hacer política, al cerrarse los caminos al diálogo y  la negociación, que es en términos de la democracia representativa -que tanto se defiende- es la forma básica de ejercicio de la política.


Le argumenté a mi colega que el legítimo derecho de la oposición de llegar al gobierno por vías legales estaba siendo aplastado por el afán suicida de intentarlo por vías extra constitucionales y que con ello, al aceptar la violencia, si llegaran a ser gobierno en el futuro, habrán también legitimado el uso de la “ira contenida” que los chavistas están acumulando por todos los desmanes que a diario se están cometiendo en las calles, sin que pareciera que pueda hacerse justicia. Con todo, le dije, había que pensar que la “ira contenida” de un pueblo que ha sido marginado por 200 años debería ser superior a la que hoy se manifiesta en las calles y que si se trata de enfrentar “iras contenidas”, el caracazo de 1989, será solo un agradable paseo dominical comparado con lo que pueda sobrevenir.

Mi colega, persona inteligente y reflexiva, no fanático y esperanzado en un cambio de gobierno me manifestó que “esperaba que aprendiéramos de lo ocurrido” pero aceptó que en esa eventualidad, a su pesar “va a haber mucha caza de brujas”. Esta conversación, reafirmó en mí, la idea de que hay sectores opositores que enfrentados a la posibilidad de la violencia como acción permanente, sienten el mismo rechazo que los que apoyan al gobierno, pero que hoy son prisioneros del discurso violentista y no saben o no pueden escapar de él. La “ira contenida”, expresión que intenta explicar el odio, no resiste el más mínimo análisis en términos de racionalidad. Mi amigo, así lo entendió cuando fui rebatiendo uno a uno sus argumentos ni siquiera en términos políticos, sino en términos humanos, que por cierto fue el soporte para la transferencia de Leopoldo López de la cárcel a su casa. La conversación finalizó cuando mi colega dijo “Sabes que si necesitas algo y está a mi alcance, solo pregunta”.

Por otro lado, la deliberación íntima posterior a la conversación reveló en mí, la ausencia de análisis sobre los graves inconvenientes que a largo plazo se generan tras el uso de la violencia y el terrorismo como método para incidir en la superación de coyunturas, sin entender que éste es un fenómeno que necesita esos momentos tácticos para incubar y transformarse en un problema estructural como dramáticamente lo aprendió Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001. Lo aprendió, pero no lo aprehendió.

Como siempre, en estos casos, recurro a la historia. Durante la década de los 80 del siglo pasado, combatientes afganos, mayormente del grupo étnico pashtún de orientación sunita resistieron la invasión soviética a su país hasta expulsarlos en 1989. En el marco de la guerra fría, recibieron apoyo financiero, logístico y militar de Estados Unidos, Arabia Saudita y Pakistán quienes establecieron una “santa alianza” en contra de la Unión Soviética, tras su derrota y salida del país, sobrevinieron años de caos durante los cuales estos feroces guerreros islámicos estudiaron en escuelas de teología islámica denominadas madrasas ubicadas en Pakistán y financiadas por Arabia Saudita en las que se adoctrinaba en las enseñanzas del wahabismo o salafismo, la corriente más retrógrada del islam. 

De aquí surge en 1994 el movimiento talibán. Aquí también ve a la luz Al Qaeda. En 1996 el talibán toma el control de Kabul y en agosto de 1998 llegan a controlar el 90% del país. Entre 1996 y 2001, desde el gobierno se imponen estrictas leyes islámicas sobre la población entre las cuales destacan la obligación de las mujeres de ir cubiertas desde la cabeza hasta los pies, además que no se les permitía asistir a la escuela o trabajar fuera de casa y se les prohibía viajar solas. También quedaron fuera de la ley, la televisión, la música y los días festivos no islámicos. 

Después de los ataques del 11 de septiembre en Estados Unidos, el régimen talibán es acusado de estar tras tales acciones y fue atacado militarmente hasta ser derrocado en 2002 sin embargo sus miembros se reagruparon, creando una fuerza de hasta 60 mil hombres que han atacado a sus antiguos aliados, de manera destacada a Estados Unidos, causándole bajas a sus tropas, y daños sus instalaciones civiles y militares. Hoy, ni Estados Unidos, ni las fuerzas que le dieron cobijo, tienen control sobre sus acciones, al contrario, son víctimas de ellas.

De la misma manera, el parentesco ideológico y el origen común con el Talibán en la lucha contra la invasión soviética, le permitió a Al Qaeda, uno de esos grupos que se entrenaba en las bases militares creadas por Estados Unidos en Pakistán, para emerger con fuerza como organización paramilitar terrorista desde un islam bastante cavernario, tal como ha sido ampliamente documentado. Al finalizar esta contienda, Al Qaeda no se desmovilizó como esperaban sus gestores occidentales, al contrario, participaron en la guerra de Yugoslavia y en la de Somalia en 1993, donde tuvo su primer encuentro frontal contra Estados Unidos que desde entonces la comenzó a considerar como organización terrorista. En 1998, Al Qaeda, en sendos ataques, destruyó las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania y en 2001 es sindicada de ser la organizadora de los ataques contra las Torres Gemelas en Nueva York y el Pentágono en Washington, tras lo cual se oculta durante un tiempo, reapareciendo en 2005 con brutales acciones terroristas en Londres y Madrid, y posteriormente hasta en 20 países de Europa, Australia, Estados Unidos, Argelia y Marruecos. Antes de 2001, Estados Unidos se había visto obligado a declarar a Al Qaeda como organización terrorista, pero ya era demasiado tarde: los alrededor de 3.000 muertos y cerca de 6.000 heridos pagaron las consecuencias por las lesivas amistades de su gobierno.

Por su parte, aunque el Estado Islámico tiene una historia diferente, su origen está en Al Qaeda, y como parte de ella profesó la ideología wahabita, lo que la hizo susceptible de recibir recursos de Arabia Saudita quien financió a esta organización con el objetivo que tras su desarrollo en Irak, se volviera contra los vecinos de este país, Irán y Siria, con gobiernos chiita y alauita respectivamente, que son considerados los más férreos enemigos de la monarquía gobernante en Riad. Al autodenominar el territorio bajo control en Irak y Siria como un “califato” bajo orientación sunita fundamentalista, los objetivos sauditas parecieron consumarse, pero la resistencia del gobierno sirio y la imposibilidad por extender su territorio, además del peligro que significaba para la región y el mundo, la incorporación de alrededor de 30 mil combatientes venidos de alrededor de 90 países de todo el planeta, la contra ofensiva del  ejército sirio, apoyado por Irán y los combatientes libaneses de Hezbollah primero y la incorporación de Rusia con apoyo aéreo después, la aplicación de reglas similares o peores que las del  talibán en Afganistán la realización de decenas de actos terroristas en Europa, así como los centenares de miles de refugiados que buscaron abrigo fuera de la región en primera instancia en el Viejo Continente, dieron al traste con los planes sauditas, los de sus aliados occidentales y de las monarquías sunitas del Golfo Pérsico que se volvieron víctimas de los estudiantes que alentaron y ayudaron a formar, viéndose obligados a jugar el doble e hipócrita  papel de seguirlos financiando por un lado y atacarlos por el otro.

Estas terribles lecciones de la historia reciente, nos señalan en amplio espectro, lo que ocurre cuando se da rienda suelta a la violencia sin control, y se le entrega la conducción del conflicto a fuerzas extremistas alejadas de la política que solo saben jugar suma cero, para obtener menguados objetivos de corto plazo suponiendo que una vez logrados estos, volverán a su redil.

Nunca ha sido así, el espacio no dio para escribir más, pero la experiencia de las Autodefensas Unidas de Colombia, grupo paramilitar que en la actualidad es ya, la tercera fuerza política de ese país, es un ejemplo deleznable que tenemos muy cerca. Hoy son el bastión más importante con que Uribe hace oposición a Santos, él fue su principal promotor cuando era gobernador de Antioquia y se llamaban Convivir, ahora, paradójicamente en alianza con  Santos pretende traerlas a Venezuela. Su avanzada ya está aquí, la vemos en las calles casi todos los días, por lo menos en lo que a métodos y acciones se refiere.
 sergioro07@hotmail.com