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martes, 24 de octubre de 2017

¿Por qué avanza el neoliberalismo en América Latina?

Por Ilka Oliva Corado:

Por el gen natural de autodestrucción que tenemos como humanidad. Ese ego propio, el “yoísmo,” como le llaman en psicología; abarcar todo lo posible sin importar que el otro se quede sin nada.  Partiendo de  ese gen podemos desglosar las distintas vertientes que nos llevan a tratar de analizar el comportamiento colectivo de nuestras sociedades ante la política neoliberal que nos arrastra.



Neoliberalismo que siempre ha estado presente porque es patriarcal y somos sociedades patriarcales por ende los resultados son de dominio, odio, despojo y manipulación. El patriarcado no solamente es misógino, también es racista y clasista, terriblemente homofóbico. El patriarcado ha sido la imposición de la mente colonizada generacionalmente; desde hace más de 500 años, un mal que se ha convertido en genética de nuestra América mancillada y que gracias a esa idiotización en masa, los resultados son desgarradores para los pueblos y avaros para los pícaros.

Un neoliberalismo que en nombre de la fe y las religiones nos divide entre santos y demonios. Todo el que es distinto y se atreve a pensar por sí mismo, es malaventurado y debe ser castigado por su insolencia; el castigo es quitarle los derechos, excluirlo y llegar a desparecerlo si su existencia llega a causar escozor en los planes de saqueo que tienen las mafias oligárquicas.  Resultado de ello, las dictaduras en el continente y los miles de muertos y desaparecidos.

Los santos vienen siendo quienes van con la corriente, quienes por haraganería o comodidad no se atreven a  pensar ni a cuestionar en voz alta a un sistema que  los jode a ellos también, porque los robotiza, los coacciona de mil formas, en un tipo de violencia naturalizada porque es sistemática.  Un tipo de violencia que es renovada constantemente porque es estratégica y busca mantener a las masas adormecidas, por eso la existencia del consumismo, de las religiones, de la poralización de los medios corporativos, del sistema de educación.

El neoliberalismo avanza en el continente porque somos sociedades insensibles, deshumanizadas, hipócritas, desleales. Sociedades que prefieren dormir el eterno sueño del vivir de apariencias antes que despertar y verse en la obligación de actuar; porque actuar exige responsabilidad,  ¿y quién quiere ser responsable en una era de aprovechamiento colectivo?

La responsabilidad de esto es de quienes sabiendo, de quienes con la capacidad de analizar, de cuestionar, de organizar, prefieren dormir la mona, porque los beneficia que el sistema excluya a unos y premie a otros por solapadores.  No cabe escudarse en la  ignorancia cuando son beneficiados por guardar silencio. Alzar la voz es una responsabilidad  humana, individual y colectiva.

Debemos ser ríos despiertos, hogueras, mares en tempestad.  Debemos ser semilla, eco de montañas, caseríos de pueblo honrado,  debemos ser la lluvia que hace crecer la milpa, el abono. El repique constante de la Memoria Histórica,  dejar de ser repello para ser cimiento y adobe. Debemos ser lava de volcán cuando el enemigo ataque y tener la lozanía de la  flor silvestre cuando se trate de abrazar la causa de la restauración de América Latina originaria.

¿Quién está dispuesto a vivir esa metamorfosis?

ilka@cronicasdeunainquilina.com 

sábado, 30 de septiembre de 2017

La hegemonía occidental

Por Homar Garcés:
Y la disolución del sentido de comunidad 

Existe a nivel mundial una disolución creciente del sentido de comunidad, estimulada de diversos modos por los grandes centros del poder mundial. Esto se manifiesta en la intolerancia (racial, religiosa, clasista y/o ideológica) hacia personas que son, o se consideran, diferentes, eliminando cualquier posibilidad para la convivencia y dando lugar a crímenes de odio que se propagan ante la mirada cómplice y/o indolente de quienes ejercerían algún tipo de autoridad (instigándolos muchas veces), haciéndolos ver como una situación normal que no merece demasiada atención. La concentración monopólica tanto del conocimiento como de la información ha facilitado modelar la política y la vida sociocultural, en general, de la humanidad, a tal punto que todo debe calibrarse y adaptarse de acuerdo a los patrones que identifican a la cultura occidental, representada por Estados Unidos y sus aliados europeos, estableciendo su hegemonía sobre el resto del planeta.



De acuerdo a lo determinado por el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman, el mundo actual se encuentra envuelto en lo que él denominara modernidad tardía (también conocida como modernidad líquida), caracterizada por una economía capitalista global que no distingue, ni pretende distinguir, fronteras y, de serle siempre posible, recurre a la guerra como opción válida para imponer sus intereses; una modernidad que requiere la privatización creciente de los servicios públicos (otrora en manos del Estado) y donde se manifiesta la tendencia a resaltar como valores básicos ideales el individualismo y, por efecto de éste, la falta de solidaridad, dando fin al compromiso mutuo que se mantuvo presente en la cultura y en la historia de una gran parte de la humanidad.  Cuestión ésta que tiende a ampliarse cada día gracias a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en auge, desarrolladas, justamente, bajo el patrocinio capitalista. De esta forma, los sectores dominantes se aseguran de obtener también una plusvalía ideológica mayor a la obtenida por los grupos de poder del pasado, al mismo que se permiten destruir los cimientos históricos, educativos y culturales de los pueblos a fin de congregarlos en torno a una misma forma de concebir el mundo.

Así, en contraste con lo que caracterizara durante siglos a muchos pueblos de la Tierra, especialmente a los de nuestra América, "el sistema alienta -refiere Javier Tolcachier en su artículo Las nuevas narrativas revolucionarias- una lógica individualista, atomizadora, competitiva y excluyente que aumenta el grado de segmentación y un emplazamiento mental donde la felicidad aparece ligada al éxito, la fama y la singularidad. El ideal es ser diferente, aunque todos crean exactamente lo mismo. La verdad común es reemplazada por verdades particulares, en las que entronca el aparato publicitario, el misil teledirigido de la pos verdad a medida. La generalización es pecaminosa y fútil, lo “cool” es lo específico y especial. Todo ello debilita las opciones colectivas, sobre todo, las asentadas en pertenencias y permanencias orgánicas, que hoy son reemplazadas por el vaivén de mareas sociales huracanadas, pero impermanentes”. De esta forma, quienes detentan el poder (lo mismo que aquellos que aspiran obtenerlo) prometen soluciones simples a problemas intrincados, generalmente dejando de lado la importancia del sentido de comunidad que habría de existir y consolidarse en cualquier sociedad para concentrarse en el interés privativo de cada persona, lo que eventualmente tendrá sus efectos negativos respecto a la organización autónoma y solidaria de los sectores populares.

El axioma del prócer y presidente mexicano Benito Juárez, «la paz es el respeto al derecho ajeno», debiera entenderse también como el respeto al derecho de los «otros» a ser tratados realmente en pie de igualdad, sin que salga a relucir ninguna muestra de discriminación. Su comprensión y discernimiento contribuirían, sin dudas, a que los seres humanos, en un sentido bastante amplio, puedan finalmente convivir en paz, haciendo realidad todos aquellos ideales que han nutrido sus aspiraciones compartidas de morar en un mundo cada día mejor. Lamentablemente, este es un asunto de primera importancia que es obstaculizado -de variadas formas- por los diferentes paradigmas impuestos por la ideología de las élites dominantes, llámense nacionalismo, Estado, mercado o religión (y sus derivaciones); los cuales han sido los detonantes principales de cada conflicto ocurrido en la larga historia compartida de la humanidad.-

mandingarebelde@gmail.com