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miércoles, 16 de septiembre de 2020

El Vía Crucis de Europa II



Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:

Falsamente aprisionada entre la necesidad de su autonomía o su subordinación a Estados Unidos, en realidad Europa se debate entre la eclosión que ha producido el abandono del Estado de bienestar y el gran esfuerzo por sostener una importante inversión social durante la mayor parte del siglo XX como necesidad de confrontar a la Unión Soviética durante la guerra fría.


La desaparición del campo socialista permitió darle a su economía la verdadera orientación deseada por las élites, así, se impusieron modelos neoliberales que excluyeron a las grandes mayorías. Por supuesto, en estas condiciones, “arrimarse” a Estados Unidos y vivir bajo su cobijo era la opción natural en el nuevo escenario global.

Con solo con esta situación, se impuso también el supremacismo racista que persigue a las minorías y declara indeseables a los millones de migrantes que abandonaron sus países por las guerras coloniales e imperiales que la propia Europa desató y/o promovió. Ven con horror que en algunos años más serán un continente con mayoría de negros, árabes y ciudadanos del sur de Asia y que su religión predominante será la musulmana.

En este contexto, Europa se ve obligada a enfrentar los extremos que rompen los propios esquemas organizativos de su alianza. El caso más descomunal y desatinado es Polonia, país en el que un importante sector de la población posee sentimientos anti europeos. La reelección en julio del presidente Andrzej Duda fortalece la corriente neofascista que ya gobierna en Hungría. Sin embargo, el peso político de Polonia es muy superior en su calidad de quinto país más poblado de la UE, ejerciendo una poderosa influencia en una deriva anti rusa que arrastra a Ucrania y a los países bálticos hacia una alianza que hace frotarse las manos de la OTAN.

Este grupo de países en los que la religión católica tiene una importante presencia en Polonia, Lituania y Letonia, configuran la nueva punta de lanza de la organización atlántica contra Rusia. Por supuesto, Estados Unidos aúpa el conflicto, creándole a Europa un nuevo dilema que no ha podido resolver.

La dependencia europea de energía que puede ser suplida de forma segura y mucho más barata por Rusia enfrenta la resistencia en forma de presiones, amenazas y chantajes de Estados Unidos. El 16 de julio, el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Heiko Maas, manifestó que su país rechazaba las amenazas de sanciones hechas  por el secretario de Estado de Estados Unidos Mike Pompeo, relacionadas con la construcción del gasoducto Nord Stream 2. Maas afirmó que: "Con sus anuncios de medidas, que amenazan con sanciones también a las empresas europeas, el gobierno de Estados Unidos ignora el derecho y la soberanía de Europa para decidir por sí misma dónde y cómo recibimos nuestra energía", y agregó que: "la política energética europea se implementa en Europa, no en Washington" anunciando su rechazo a las sanciones extraterritoriales. Esta declaración resulta muy curiosa si se observa que es lo mismo que hace la UE con otros países. Parece poco creíble que lo que es atentatorio de la soberanía europea, sea válido cuando son ellos los que la aplican en otras regiones del mundo y sobre todo cuando lo hacen, precisamente acatando decisiones de Estados Unidos que no le debieran incumbir.

Como es sabido, el gobierno de Estados Unidos amenazó a los contratistas del gasoducto de Alemania y otros países europeos con "consecuencias de gran alcance por su futura participación en el proyecto". Además de eso, a principios de agosto, tres senadores estadounidenses enviaron una carta al alcalde de la ciudad alemana de Sassnitz donde se encuentra el puerto de Mukran en la isla de Rügen, último tramo del ducto que conducirá el gas a Alemania, exigiendo que paralice las obras del gasoducto y amenazando que, de lo contrario, la ciudad podría ser objeto de sanciones que la llevarán a la "ruina financiera".

Según señala el destacado periodista brasileño Pepe Escobar lo que habría en el trasfondo es el interés de “un importante operador energético mundial [quien] se acercó a Rusia con una oferta para desviar a China no menos de 7 millones de barriles diarios de petróleo más gas natural. Pase lo que pase, la sorprendente propuesta todavía está sobre la mesa de Shmal Gannadiy, un importante asesor de petróleo/gas del presidente Putin”

Esta propuesta -en caso de concretarse- le proporcionaría a China la satisfacción de todas sus necesidades energéticas desde Rusia, y para este país significaría” “eludir las sanciones alemanas cambiando sus exportaciones de petróleo a China, que desde el punto de vista ruso está más avanzada en tecnología de consumo que Alemania”.

Esta situación cambiaría en el caso de ejecución del Nord Stream 2. En este sentido, analistas de inteligencia contratados por empresarios alemanes de la industria, evaluaron que si Alemania llegara a perder su fuente rusa de energía y ante un eventual conflicto bélico en el que el Estrecho de Ormuz sea cerrado por Irán como consecuencia de un ataque estadounidense “la economía alemana simplemente colapsaría” como sucedió durante la segunda guerra mundial.

En este marco de coacciones a Europa y en particular a Alemania, por la necesidad de Estados Unidos de redistribuir sus tropas y acercarlas a la frontera con Rusia, Pompeo firmó un nuevo acuerdo con Polonia para ubicar tropas estadounidenses extraídas de Alemania. Aunque el argumento utilizado fue el descontento de Trump con la política de defensa de Berlín, en realidad con este movimiento, Estados Unidos logra dos objetivos: por un lado, fortalecer la dislocación de tropas en el frente noreste de Europa esencialmente conformado por países anti rusos y por otro, presionar a Alemania ante la debilidad y sumisión de sus autoridades que no pasan de una retórica soberanista.

El acuerdo inicial llevará 5.500 soldados desde Alemania a Polonia para unirlos a los 4.500 que ya se encuentran en el país, aunque el ministro de defensa polaco, Mariusz Blaszczak aseguró que el contingente “podría aumentar rápidamente a 20.000 si una amenaza lo justificara”.

En esta lógica se puede entender la nueva revolución de colores que Occidente intenta en Bielorrusia, país cuya captura cerraría el gran frente oriental anti ruso de la OTAN. La reciente aglomeración de fuerzas de la alianza atlántica en la frontera de Polonia y Lituania con Bielorrusia es expresión del gran movimiento estratégico que se ensaya como expresión geopolítica de los intereses de Estados Unidos en el que Europa queda atenazada ante la debilidad de sus líderes que han preferido plegarse a la lógica imperial norteamericana que asumir una identidad propia.

Cubriéndose las espaldas, Berlín criticó con dureza las elecciones presidenciales  en Bielorrusia. El portavoz del Gobierno alemán, Steffen Seibert, afirmó que los comicios no cumplieron con los estándares democráticos mínimos y lamentó que las autoridades bielorrusas no aceptaran la solicitud de la Unión Europea de permitir observadores de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Lo particular es que la UE y Alemania no dijeron lo mismo de los horrendos fraudes electorales en Honduras, Colombia o México en 2006 y avalaron los golpes de Estado en Bolivia, Paraguay y Brasil. Ni que decir de su sociedad con las monarquías medievales de Asia Occidental donde no existen elecciones, ni partidos políticos ni parlamento ante la mirada cómplice de la vieja Europa: una política de doble rasero que la hace poco creíble como instancia neutral. Mucho menos como árbitro electoral. Con esto protegen a estas monarquías que con el aval occidental desatan furiosas guerras coloniales y sirven de refugio a monarcas europeos corruptos.

Europa cree que puede seguir viviendo de las glorias pasadas cuando hoy no es más que un apéndice de la política exterior de Estados Unidos. Es sabido además que la UE no es homogénea y que al finalizar la guerra fría la derechización de la social democracia la ha conducido a constituir un bloque en materia de política exterior con la derecha auto asumida como tal y con sectores fascistas y neonazis presentes en los parlamentos a imagen y semejanza de lo que ocurre en Estados Unidos, donde el bipartidismo juega a la democracia en política interna mientras conciertan el intervencionismo y la agresión en el resto del mundo. Al parecer, Europa no quiere ser menos. Eso, sin hablar del mantenimiento de su vocación colonial en África y el Asia occidental, superando incluso a Estados Unidos en ese talante.

En el análisis regional del desafío por la hegemonía interna no resuelta en la UE, vale recrear un artículo de la analista andaluza Carmen Parejo, directora de la revista “La Comuna” que con el sugestivo título de “La UE debe morir para salvar Europa” expone que durante la crisis del Covid-19 las dos principales potencias europeas parecían no mostrar una visión única de cómo enfrentar la pandemia: mientras Francia “se alineaba con Italia y el Estado español”, Alemania se acercaba a Holanda. Este “conflicto” que se vendía como un enfrentamiento de carácter ideológico en el que Francia exponía un ideal solidario mientras que Alemania se mostraba como defensora de la armonía económica, en realidad era expresión de la diferencia de opiniones respecto de cómo sostener una estructura para seguir beneficiándose de ella.

Parejo evalúa que al crearse la UE, ambos países ya poseían divergencias de opinión, sobre todo en lo referente al uso y manejo de la moneda única. De esta confrontación de la que Alemania salió victoriosa, Francia no quedó “mal parada” al conseguir su objetivo final de crear una moneda diferente al dólar, al mismo tiempo que evitaba la imposición del marco alemán. Parejo asegura que: “En cualquier caso ninguno de los planteamientos tiene nada que ver con la Europa de los pueblos ni con la solidaridad”.

En el plano de la restructuración global, Pepe Escobar asegura que un grupo de presión en “los más altos niveles del gobierno ruso” apunta a consolidar una alianza   euroasiática sobre un eje conformado por Beijing, Moscú y Berlín, la cual podría ponerse en efecto una vez que Merkel abandone el poder el próximo año. Hasta ahora, este evento está detenido por la posibilidad de pérdida del mercado estadounidense para vehículos alemanes, pero incluso esta situación está variando, por ejemplo el 40% de los coches vendidos por Volkswagen en 2018 fueron al mercado chino. También se evalúa que el 60% de las exportaciones alemanas van a países de la UE.

Según el analista brasileño, también es posible un tratado entre Alemania y Rusia que lleve a Beijing a incorporarse posteriormente, con lo que la Iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda se podría concretar en todo el espacio euroasiático toda vez que sería incuestionable que tras Alemania, marcharan Francia e Italia. Por otra parte, si se considera que el acuerdo chino-ruso de intercambio multidimensional ya está en curso el “eslabón perdido” en esta gran alianza es el acuerdo Berlín-Moscú.

Este sería el mayor de todos los vía crucis de Europa, ante la cual tiemblan Estados Unidos y Gran Bretaña. ¿Podrá consumarse? ¿Cambiará el eje de la geopolítica global?

Escobar recuerda que en 1360 la peste negra estaba presente en todos los rincones de Europa y Asia desde el Atlántico al Pacífico y desde el Mediterráneo al Báltico, muriendo 100 millones de personas que representaban alrededor del 60% de la población europea. Tal hecho habría retrasado el Renacimiento en 100 años.

Sin querer comparar el Covid-19 con la peste negra, se pregunta: “¿Qué Renacimiento podría estar retrasando?”. Y él mismo se responde afirmando que en realidad lo que podría estar ocurriendo es el Renacimiento de Eurasia.

Es Europa la que debe decidir sobre su futuro, aproximarse exitosamente a él o hundirse junto a Estados Unidos en el momento en que está implosionando lentamente en medio de la pandemia reciente y de una crisis económica que aunque se ha intentado mantener oculta, transcurre sin pausa desde hace 40 años.
sergioro07@hotmail.com

domingo, 11 de noviembre de 2018

Trump avivó el debate socialismo vs capitalismo.


Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:
Aunque usted no lo crea, en pleno siglo XXI, más de 25 años después de la desaparición de la Unión Soviética y cuando en todas partes se ha anunciado que la entronización de Trump en Estados Unidos y de Bolsonaro en Brasil, significaban algo parecido al “fin de la historia” al concretarse la hipótesis formulada por Francis Fukuyama en la penúltima década del siglo pasado, el debate entre socialismo y capitalismo se ha vuelto a poner de relieve y lo ha hecho en escenarios inusitados: con epicentros en el Gran Palacio del Pueblo, en Beijing, capital de China, el 18 de octubre de 2017 y respuesta en la Casa Blanca de Washington a comienzos de este mes de noviembre de 2018.


Por supuesto el contexto viene dado por la necesidad que tiene hoy Estados Unidos de darle marco ideológico a la guerra comercial que ha emprendido contra China y que algunos catalogan como un retorno a la guerra fría. En el fondo, lo que trasluce es la decadencia de Estados Unidos como primera potencia económica mundial y la emergencia de China que pronto se ubicará en ese pináculo. Así mismo, se pondrá en el tapete de la discusión la posibilidad de ejercer un liderazgo mundial distinto del que se ha aplicado a través de la historia, es decir uno que no esté basado en la hegemonía militar, ni en la imposición, tampoco en la amenaza, el chantaje o el fantasma de la invasión.

El año pasado, en el marco de su informe al XIX Congreso del Partido Comunista de China, el Secretario General de ese partido y presidente de la República Popular China, Xi Jinping, hizo –en su discurso- una acendrada defensa del socialismo. De hecho confirmó la propuesta china de construcción integral de una sociedad modestamente acomodada en un periodo en que el socialismo con peculiaridades chinas está entrando en una nueva época.

El Congreso del Partido Comunista Chino se planteó -entre otros aspectos- enarbolar la gran bandera del socialismo con peculiaridades chinas, lograr el triunfo definitivo en la culminación de la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada y conquistar la gran victoria de dicho socialismo en la nueva época.

Xi ha impulsado un importante progreso en la construcción ideológica y cultural, fortaleciendo la dirección del Partido sobre el trabajo ideológico, impulsando la innovación teórica en todos los aspectos y dando mayor relevancia a la posición rectora del marxismo en el terreno ideológico para hacer que el socialismo con peculiaridades chinas y el sueño chino penetren hondamente en la conciencia del pueblo, inculcándole a éste los valores socialistas esenciales y la cultura tradicional.

En esta encomienda, una de las principales batallas ha sido la del enfrentamiento a la pobreza que ha permitido que en los últimos cinco años se liberen a más de 60 millones de personas, descendiendo el índice de ese flagelo del 10,2% a menos del 4%, lo cual ha sido reconocido por el propio Secretario General de la Organización de Naciones Unidas, Antonio Guterres quien en su última visita a China entregó un reconocimiento al gobierno por el logro obtenido. Vale decir que al cerrar 2017, según cifras oficiales del gobierno de Estados Unidos en ese país había a la fecha 41 millones de ciudadanos viviendo en condiciones de pobreza, lo que representa un 12,6% de los habitantes del país. Es decir, en términos absolutos y en términos relativos hoy, en China hay menos pobres que en Estados Unidos.

Sin embargo, según refería Xi, “tras un largo tiempo de esfuerzos, el socialismo con peculiaridades chinas ha entrado en otra época, lo que comporta una nueva posición histórica del desarrollo de nuestro país”. Esto significa que después de largos años de calamidades, la nación china ha logrado dar un paso gigantesco en la conquista de un futuro mejor, construyendo una “modesta prosperidad”, y una “naciente fortaleza” que permite visualizar su revitalización. Ello parte de la potente vitalidad del socialismo científico como tao, es decir como camino, pero también como teoría, sistema y cultura que sostendrá el socialismo con peculiaridades chinas, mostrando al mundo que es posible salir del subdesarrollo y avanzar hacia la modernización por vía socialista.

Hoy, la meta del pueblo chino -dando continuidad a la lucha de los predecesores- es perseverar en el camino decidido a fin de obtener nuevas victorias para la causa del socialismo hasta lograr “el triunfo definitivo en la culminación de la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada” y en la que se dará paso a la edificación de un “poderoso país socialista moderno”.

Pero el presidente chino no se llama a engaños, alertó que se debe comprender que el cambio de la contradicción principal de la sociedad no ha modificado la apreciación acerca de la etapa histórica en la que se encuentra el socialismo en China, pues no se ha modificado la situación básica del país, por lo que éste “aún se halla y permanecerá largo tiempo en la etapa primaria del socialismo”, siendo aún un país en vías de desarrollo, lo cual obliga a entender esa realidad y no “echar a volar las campanas”, sino, seguir luchando para hacer de China “un país poderoso socialista moderno, próspero, democrático, civilizado, armonioso y bello”.

Para lograr este objetivo se debe perseverar en muchos aspectos, entre ellos en el fortalecimiento del sistema de valores socialistas esenciales, estar convencidos que la cultura del pueblo chino constituye la fuerza fundamental, profunda y duradera para el desarrollo del país y la nación. Ella se manifiesta en el terreno ideológico como impulsora de la creatividad y la innovación, como forjadora de un espíritu nuevo y como guía del pueblo. Así mismo, se debe persistir en el estudio del marxismo y “tener sólidamente arraigados el sublime ideal del comunismo y el ideal común del socialismo con peculiaridades chinas”.

Xi finalizaba diciendo que el gran territorio de China, su cultura de 5.000 años y la fuerza de casi 1.400 millones de ciudadanos unidos en torno al Partido Comunista  permitirá avanzar por el camino del socialismo con peculiaridades chinas, luchando por cumplir las tres tareas históricas: el impulso de la modernización, la culminación de la reunificación de la patria y la salvaguardia de la paz mundial y la promoción del desarrollo conjunto- hasta lograr “el triunfo definitivo en la culminación de la construcción integral de una sociedad modestamente acomodada, conquistar la gran victoria del socialismo con peculiaridades chinas de la nueva época, materializar el sueño chino de la gran revitalización de la nación y hacer realidad la aspiración del pueblo a una vida mejor”.

Es evidente que no hay regreso al capitalismo en China como se anuncia desde los centros de poder de Occidente y también desde el punto de vista de la izquierda dogmática que no comprende que la transformación de la sociedad es un proceso de largo aliento en el que se hace imprescindible desarrollar las fuerzas productivas y establecer las relaciones de producción del socialismo, lo cual es una tarea titánica cuando la economía mundial todavía está bajo control del gran capital, mucho más, en tiempos de neoliberalismo y  de un proceso de extrema concentración de la riqueza.
La respuesta al discurso de Xi –aunque tardío- vino como se dijo antes, desde la Casa Blanca. Indudablemente influido por la incapacidad de hacer retroceder a China, mucho menos rendirla, tras la severa imposición de altos aranceles a sus exportaciones hacia Estados Unidos y ante la irreversible facultad de su economía de resistir los furiosos embates de Trump, que intenta solventar los daños estructurales causados a Estados Unidos por el proceso globalizador que ellos mismos inventaron, viene este ataque ideológico que pretende minar las bases ideológicas de la sociedad y el Estado chino.

Intranquilo por las repercusiones que esta situación pueda tener internamente en Estados Unidos, perturbado por las evidencias que la influencia de las ideas socialistas están teniendo en su país, y sabedor que las medidas económicas y el aumento de aranceles contra China, más temprano que tarde se devolverán para afectar a la propia economía estadounidense, la cual comenzará a mostrar una gradual elevación de los índices inflacionarios a finales del próximo año, muy probablemente acompañada de una recesión que podría estallar en 2020, amenazando los empeños reeleccionistas de Trump, éste ordenó a su Consejo de Asesores Económicos que elaborara un extraño informe denominado “Costos de oportunidad del socialismo” en el que llama la atención sobre la posibilidad de su regreso..

Aunque las elecciones del 6 de noviembre le vinieron a dar la razón, dados los avances de los sectores liberales y de la izquierda del partido demócrata, en realidad el verdadero temor de Trump y el poder imperial es que estas conquistas puedan tener repercusiones en las elecciones presidenciales y se transformen en apoyo creciente hacia Bernie Sanders quien acaba de ser reelegido de manera aplastante como senador en su distrito electoral del estado de Vermont.

Utilizando fuentes provenientes de centros de investigación del establishment del país, el informe de 72 páginas plantea que: “Coincidiendo con el bicentenario del nacimiento de Karl Marx, el socialismo está viviendo un regreso al discurso político del país.  Propuestas políticas autodenominadas socialistas están ganando apoyo en el Congreso y buena parte del electorado”. No obstante el economista británico Michael Roberts señala que “…no hay que ser demasiado duro con los investigadores de la Casa Blanca: no tienen cómo saber lo que es el socialismo; y su definición (la que consiguieron del diccionario, al parecer) es probablemente la opinión de la mayoría de la gente”.

Sin embargo, más allá de la dinámica interna el informe señala al socialismo con una definición bastante indeterminada que incorpora a la China de la época de Mao Zedong, pero no a la actual; también a la Unión Soviética, Cuba,  Venezuela y los estados 'social demócratas`” escandinavos.

En realidad, en Washington tratan de comparar la economía nacional planificada con la economía nacional de mercado dominada por el capitalismo y establecen una dicotomía en su aplicación, desconociendo que ya en diciembre de 1990, Deng Xiaoping había afirmado que:” En lo teórico debemos llegar a comprender que la diferencia entre capitalismo y socialismo no reside en problemas como la disyuntiva planificación o mercado. En el socialismo también hay economía de mercado, igual que existe control planificado en el capitalismo. ¿Acaso en las condiciones del capitalismo ya no hay control alguno y uno puede portarse a su libre voluntad? ¡El trato de nación más favorecida no es otra cosa que control! No se crea que practicar cierta economía de mercado es seguir el camino capitalista. ¡Nada de eso! Tanto la planificación como el mercado son necesarios. Sin desarrollar el mercado, uno no tiene acceso ni siquiera a la información mundial, lo que significa resignarse a quedarse a la zaga”.

Empero, para tratar de convencer, la Casa Blanca afirma que tanto en China como en la Unión Soviética de mediados del siglo XX “sus gobiernos no democráticos tomaron el control de la agricultura, con la promesa de hacer la comida más abundante. El resultado fue sustancialmente una menor producción de alimentos y decenas de millones de muertes por hambre”.  Con lo cual concluyen que el socialismo es una catástrofe para los pueblos. El informe concluye afirmando que: “La evidencia histórica sugiere que un programa socialista aplicado a Estados Unidos provocaría la escasez, o de otro modo degradaría la calidad, de cualquier producto o servicio sometido a un monopolio público. El ritmo de innovación sería lento, y el nivel de vida, en general, sería menor. Estos son los costos de oportunidad del socialismo desde una perspectiva moderna estadounidense”.

Sin embargo, no es eso lo que muestra el socialismo en China. Aquí, habría que aplicar aquella reflexión del Quijote cuando le dijera a su fiel escudero: “Ladran Sancho, señal de que estamos vivos”.
sergioro07@hotmail.com