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miércoles, 9 de octubre de 2019

La dolarización de facto de Venezuela



Por Homar Garcés:
La dolarización de la economía venezolana -pese a los esfuerzos del gobierno nacional para impedirla, antes y ahora- se inició prácticamente con la campaña orquestada desde los diferentes medios de comunicación de los sectores de la ultraderecha, implantando un clima ficticio de inestabilidad económica apoyado por páginas como DolarToday, que permitió incrustar un dólar paralelo a su total conveniencia. Simultáneamente, se desarrolló una espiral descontrolada de acaparamiento, especulación y contrabando de productos de primera necesidad que han afectado, principalmente, a la población de menor poder adquisitivo, una porción de la cual se ha visto obligada a emigrar a otras naciones donde el trato recibido no es el mejor de todos, dada la xenofobia desatada en su contra, incluso desde instancias oficiales.

Como parte de su estrategia, la derecha local (estimulada y asesorada desde el exterior) inventó un culpable. Inmediatamente, la burguesía parasitaria señaló al gobierno como único responsable de la crisis que ella misma ideara y aupara. Sus más conspicuos representantes se dieron a la tarea de contactar a gobiernos (liderados por Estados Unidos) que incrementaran la presión sobre Venezuela, de modo que Nicolás Maduro se viera obligado a dimitir como única alternativa para sacar al país de los graves aprietos en que éste se halla.

Esta degradación sistemática de la gobernabilidad y de la economía venezolanas -causada, como ya se sabe, por los enemigos del chavismo, pero también, no hay que dudarlo, ni porqué negarlo, por la codicia, la ineficiencia y la falta de visión política de muchos de sus principales actores- ha permitido que la dolarización sea un asunto cotidiano entre venezolanas y venezolanos, en tiempos pasados ajena al vaivén de los tipos de cambio de divisas extranjeras y, ahora, víctima de la especulación diaria de empresarios, con base en lo que el dólar sería respecto al bolívar; cuestión ésta que no se corresponde con la realidad, ya que la hiperinflación tiende a incrementarse más por razones particulares que por efecto del alza del dólar.

Ahora esta misma oposición, estrechamente ligada a los factores de poder hegemónico estadounidense, se presenta ante el país como la única capaz de solucionar la crisis que ha tratado de agudizar por todos los medios, lo que, según sus propósitos, forzaría a los sectores populares a alzarse contra el chavismo, consintiendo revertir totalmente la situación creada por este durante estos últimos veinte años.

Refiriéndose a este tema, Pascualina Curcio, en su artículo “Nuevo orden económico mundial”, describe que “la hegemonía del dólar es un arma poderosa no solo por el dominio que puede ejercer Estados Unidos al tener el control del suministro de la moneda a nivel mundial y las transacciones financiera que con ésta se realicen, sino que, además, basar el sistema monetario en la ‘la confianza’ y no en activos reales y palpables, le ha permitido al país norteamericano accionar otra de las armas imperiales más poderosas: el ataque a las monedas de los países que no se alinean a sus intereses. Manipular los tipos de cambio resulta más sencillo cuando el precio depende de una variable tan etérea como es la fiduciaria”. Siguiendo el curso de esta aseveración, tendría que aceptarse que, pese al modelo económico fomentado por el chavismo, nominalmente socialista, la economía venezolana no alcanzó independizarse de esta hegemonía del dólar; al contrario, se estimuló la inversión de empresas transnacionales, sobre todo petroleras, con sede en Estados Unidos.

A la par de ello, muchos gobernantes chavistas fundaron empresas bajo el esquema capitalista y, por ende, sometidas a las fluctuaciones de la moneda gringa, creando un escenario enteramente contrario a sus discursos. No es extraño, entonces, que la dolarización pregonada por varios dirigentes opositores tuviera alguna posibilidad de concretarse, llevando al país a lo que sería un inevitable callejón sin salida. No obstante, en medio de esta realidad, todavía cabe pensar en la perspectiva (nada ilusoria) de una democracia económica, incluso sin renegar del todo del capitalismo (para escándalo de algunos), en lo que sería la promoción de las economías productivas en sus niveles regionales y locales, con pequeños y medianos empresarios, además de emprendedores populares, más que basar cualquier medida en la flexibilización laboral y el apoyo financiero brindados a las grandes empresas, nacionales o extranjeras.

Esto exige que el liderazgo político del país (chavista y opositor) entienda como mínimo que la salida de la crisis creada impone la adopción de medidas orientadas a la producción interna, en especial de insumos agrícolas, medicinas y alimentos, evitando la libre importación de rubros que se elaborarían en Venezuela. Es decir, comprender la importancia de la producción social, lo que tendría un peso significativo en la economía venezolana si no se coarta su autonomía y no se le somete al absolutismo de engorrosos procedimientos administrativos que rezagan y frustran su pleno funcionamiento. Otro tanto debiera hacerse en lo que respecta a las diversas empresas en manos del Estado, poniendo al frente de las mismas a personas idóneas para su manejo en vez de activistas o simpatizantes del gobierno que solo se contentan con asumir el cargo, careciendo del perfil requerido y de la conciencia revolucionaria para medianamente entender el gran compromiso a asumir para hacerlas realmente productivas y sacarlas adelante, en bien de todos los venezolanos. 

mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 27 de febrero de 2019

¡Es el imperialismo, estúpido!



Por: Manuel Cabieses:
El periodista Cabieses en amena charla con Hugo Chávez Frías

En su discurso del 18 de febrero en Miami el presidente Trump afirmó “que un nuevo día llega a América Latina”. Fue la oratoria remozada de James Monroe en el siglo XIX proclamando que América es propiedad de EE.UU. Desde entonces cerca de cincuenta intervenciones en países latinoamericanos confirman que la Doctrina Monroe es la matriz permanente de la política de EE.UU. hacia América Latina y el Caribe. Ya se trate de presidentes demócratas (Kennedy y la invasión a Cuba) o republicanos (Nixon y el derrocamiento del presidente Salvador Allende), el meollo de la política hemisférica de EE.UU. es la dominación. Para mantenerla no titubea en violar el derecho internacional y pisotear la soberanía y el derecho a la autodeterminación de nuestros países.
Venezuela ha sufrido la experiencia de ambas caras de la política aplicada desde la Casa Blanca. El 9 de marzo se cumplirán cuatro años del decreto del presidente Barack Obama (demócrata) que declaró a Venezuela una “amenaza a la seguridad” de EE.UU. Eso dio cobertura “legal” a una escalada intervencionista que el presidente Donald Trump (republicano) pretende ahora convertir en agresión armada.


Para llegar al punto en que nos encontramos, los arrenquines del imperio desplegaron sus artes viles para debilitar a Venezuela. Siguiendo orientaciones de Washington se formó el Grupo de Lima; Judas Almagro fue designado secretario general de la OEA; se boicoteó el diálogo gobierno-oposición en República Dominicana y -¡la guinda de la torta!- se creó un Frankenstein: Juan Guaidó, encargado de un gobierno fantasma que ha sido reconocido por gobiernos que presumen de serios. Entretanto EE.UU. apretó la soga financiera en el cuello de Venezuela y alineó a la Unión Europea detrás de su política injerencista.

La asfixia económica fue el siguiente peldaño para provocar escasez de alimentos y medicinas, mercado negro, acaparamiento, especulación, hiperinflación y las múltiples formas de corrupción que engendran estas crisis, como bien sabemos los chilenos que vivimos la experiencia de los ’70. A lo anterior hay que sumar el drama de la migración. Centenares de miles de venezolanos -al igual que en América Central- han debido salir de su país en busca de mejores condiciones de vida.

Una guerra sicológica de magnitud desconocida en la región -salvo los casos de Cuba y Chile- se encargó de crear una imagen distorsionada de la realidad venezolana. Las mentiras sobre Venezuela ruedan por el mundo sin límites ni fronteras éticas. Algún día el rol miserable del “periodismo” de las oligarquías tendrá que ser juzgado como el asesinato mediático de la verdad para agredir a un pueblo que sólo pretende construir su propio destino.
Sin embargo, lo sobresaliente en la situación actual es que una mayoría impresionante del pueblo -incluyendo sus Fuerzas Armadas- no ha caído en la desmoralización a que pretende empujarlo la ofensiva de EE.UU.

El discurso de Trump en Miami fue respondido con altivez y dignidad por el presidente Nicolás Maduro. Asimismo, el torpe intento de Trump de sobornar a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana para inducirla a un golpe de Estado encontró la contundente respuesta del general Vladimir Padrino López y de los comandantes de las distintas ramas de las FANB y la Milicia. El discurso del general Padrino López, que reitera la doctrina bolivariana y socialista de las FANB, es una pieza notable del pensamiento militar antimperialista y anti oligárquico. Abre una perspectiva muy distinta de lo que ha sido la conducta histórica de los ejércitos de la región, sempiternos servidores de las oligarquías.

Trump también ha amenazado a Cuba y Nicaragua. Son los objetivos siguientes si la agresión a Venezuela alcanza sus objetivos. El energúmeno yanqui ha sido claro y rotundo: EE.UU. no permitirá ningún régimen socialista en América Latina y el Caribe. Su notificación interpela a los sectores sociales y políticos que trabajan por construir propuestas democráticas y sociales de mayor equidad y justicia en el continente. La solidaridad activa con Venezuela Bolivariana es una cuestión de vida o muerte para los venezolanos… y para nosotros, latinoamericanos y caribeños.

Fuente: https://radio.uchile.cl