Mostrando entradas con la etiqueta Petrobras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Petrobras. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de junio de 2020

BRASIL EN DISPUTA. PERMISO PARA OPINAR VERSIÓN FINAL

Por Rafael Hidalgo Fernández*:   

En junio de 2013, unos días después del estallido de las protestas masivas que sorprendieron a muchos en Brasil, incluido el propio gobierno de la época, un amigo me preguntó: “¿cómo ves todo esto?”.

Conforme a una vieja y saludable práctica, evité opinar sobre asuntos en los que su fuerza política tenía implicación directa y fundamental. Opté por abordarle el otro lado de la “moneda”: el factor externo, sin el cual – le enfaticé – todo ejercicio de interpretación quedaría trunco, “más aún por ser Brasil”.


Con la confianza de la amistad, me interrumpió con esta expresión: “!No me irás a decir que los gringos están detrás de todo esto…!”. Le respondí con igual énfasis: “!Pues es eso, exactamente, lo que te iba a decir!, pero con este matiz: los gringos están también, tienen papel protagónico, pero no son los únicos…”.

Acto seguido le agregué: “Las causas de las protestas son múltiples y todas tienen muchas variables asociadas, internas y externas, históricas y coyunturales. Para ustedes y para la izquierda de América Latina y el Caribe será fundamental entender bien lo que aquí está sucediendo, de forma integral, sin omisiones pragmáticas (…). Lo que sucede en Brasil irradia de inmediato, sobre todo, para América del Sur”. El razonamiento es válido respecto a la realidad política actual.

Acto seguido le argumenté en términos coloquiales los datos, los hechos y los análisis que siguen, ahora con el estímulo de su honradez: dos años después, tras el Congreso Nacional  aprobar el impeachment que interrumpió el mandato legítimo de Dilma Rousseff, sin haberle podido probar cargo alguno, escribió esta nota: “(…) lamentablemente tenías razón, esos (impublicable) están hasta el cuello implicados en lo que ha pasado aquí”. Así fue y así continúa siendo.

MÁS AÚN POR SER BRASIL

Tres años y medios después, el país austral avanza con celeridad dominado por  niveles de odio y violencia que sus mentes más lúcidas,  de todas las filiaciones políticas, sociales, religiosas y académicas, empiezan a temer y, por fortuna, a alertar y denunciar. Los hechos confirman que su sistema político está viviendo una crisis estructural e integral,  u orgánica, como aducen algunos desde una perspectiva analítica gramsciana.

La nación transita por un proceso paradójico: desde ciertas reglas del ordenamiento jurídico vigente se están vulnerando, día tras días, el Estado de Derecho y la paz interna. Bolsonaro y el bolsonarismo aparecen como los responsables principales e inmediatos de tal estado de cosas. Pero ello es solo una parte fundamental de la verdad. El país es escenario de una lucha de clases que enfrenta intereses internos y también externos. Es un caso test en este sentido.

La explicación sobre lo que acontece guarda, a la vez,  una relación directa y esencial con las exigencias económicas, políticas, geopolíticas y simbólicas del gran capital transnacional y, sobre todo, con las de su sector hegemónico, el financiero. Estos intereses operan de forma directa y vía aliados internos, lo cual no es equivalente a que toda la derecha haya sido cooptada para el plan antinacional en curso. Esta es la fracción que podría aún apoyar los esfuerzos anunciados para formar un frente amplio en defensa de la democracia.

Para los representantes gubernamentales de esta élite transnacional, sobre todo para los que sirven a su núcleo hegemónico, los EE.UU., pasó a ser una prioridad impedir que Brasil emerja como una potencia viable en el estratégico Atlántico Sur, tal y como en su momento lo advirtió Noam Chomsky
¿Qué datos de la realidad, qué hechos históricos y qué argumentos dan sustento a esta tesis? De manera sumaria se pueden identificar los siguientes, sin la pretensión de que sean todos.

El Brasil cuyo sistema de democracia liberal burguesa permitió la aprobación de una constitución progresista y con formulaciones avanzadas tras el fin de la dictadura militar instalada en 1964 (pecado 1); la posterior elección de un obrero metalúrgico como Presidente (pecado 2); que posibilitó que éste concluyese su segundo mandato con 83% de popularidad (pecado 3) y que eligiese a su sucesora con amplitud de votos (pecado 4).

El país, además, que se transforma en la sexta economía del mundo bajo la presidencia de este obrero, sin haber producido cambios sustantivos en los fundamentos de la matriz económica nacional (pecado 5); que al frente de un gobierno de izquierda y progresista decide impulsar con éxito una política internacional de paz y cooperación, activa y altiva, con resultados constructivos importantes en África, el Medio Oriente y América Latina y el Caribe (pecado 6), y que sacó a millones de la extrema pobreza y la pobreza (pecado 7), por todo ello se transformó en otro “mal ejemplo” a anular, aún sin haber transitado, como Cuba o Venezuela, por caminos revolucionarios.

Para anular el “mal ejemplo”, la derecha internacional y la interna aliada aprovecharon la interdependencia del país respecto al gran capital transnacional, en virtud del alto grado de transnacionalización de su economía y por el tipo de inserción que le caracteriza en la división internacional del trabajo. Sabían que ello lo  tornaba  más vulnerable a un proceso progresivo de desestabilización de amplio espectro en los marcos de los llamados Golpes Suaves, o para decirlo en términos más exactos, según las premisas de la Guerra no Convencional, diseñada por los estrategas estadounidenses para tratar de recuperar la hegemonía global del imperio en decadencia.

Esta necesidad de quebrar las opciones potenciales de desarrollo autónomo de Brasil, vista al calor de la situación actual, obedece a necesidades intrínsecas del gran capital (dimensión estructural-genética); guarda relación con los factores de poder nacional que posee esta nación en proporciones colosales (dimensión histórico concreta); y se explica a la luz de la política de los EE.UU. por recolocar a América Latina y el Caribe como factor de contención a favor de su geopolítica mundial (dimensión política).

Para las demandas expansionistas del gran capital y para su necesidad de maximizar la cuota de ganancias, dominar la dinámica de los procesos de concentración de la propiedad y la riqueza en un país continental como Brasil, se transformó en una exigencia mayor, sobre todo tras la crisis financiera del 2008 y luego del desafiante ascenso de la izquierda en la región, que duró hasta el 2009.

A nivel global, tales demandas de la élite capitalista mundial se corresponden con la necesidad intrínseca de quebrar obstáculos para la reproducción expedita y cada más rápida y segura del movimiento de los capitales, con el plan de controlar sin límites los recursos naturales de los países “en desarrollo”, así como con la determinación subordinarlos de manera fácil al objetivo de mercantilizar todo lo mercantilizable en ellos, esto es, lo que Williams Robinson llama expansión intensiva  del capital.

Como parte de esta lógica, la élite que Oxfam identifica como el 1% de la población mundial, en el caso de Brasil decidió quebrar y/o debilitar su sistema político, a fin de alcanzar 6 objetivos a la vez, entre otros:1/ controlar el poder ejecutivo con sus propios representantes (siempre lo tuvieron en los demás poderes); 2/ garantizar la máxima rentabilidad posible del capital en un contexto de recursos escasos; 3/ eliminar y/o reducir en consecuencia los programas sociales que transfieren renta a los más pobres; 4/ restar capacidad interna al Estado para proyectar una política exterior protagónica y propia; 5/ facilitar con ello un realineamiento vasallo de Brasil a los EE.UU y a sus aliados; y 6/ golpear los procesos de integración alejados de los cánones establecidos por la Casa Blanca en América Latina y el Caribe.

Debilitar a Brasil como Estado nacional e impedir que su sistema político electoral vuelva a facilitar la emergencia de gobiernos democráticos y progresistas, y de figuras como Lula, explica el plan de truncar las perspectivas de desarrollo autónomo del quinto país en extensión del mundo, sexto en población, limítrofe con 10 países sudamericanos, poseedor de las principales reservas de agua dulce del subcontinente, dueño de un subsuelo que atesora todos los minerales necesarios para las más avanzadas ramas de la industria contemporánea, incluidas la petrolera, petroquímica, aeroespacial, informática y de tele-comunicaciones.

Dañar el poder nacional de Brasil va, por tanto, mucho más allá de frustrar un proyecto de gobierno marcado por ideas de izquierda y progresistas, apunta a anular, de raíz, toda tentativa de sus élites, tradicionales o nuevas, para tener un protagonismo global en el sistema de relaciones internacionales, con un nivel decoroso de autonomía.

La derecha internacional sabe perfectamente que, más allá de su clase política devaluada ante la opinión pública nacional e internacional, Brasil es un polo de atracción como actor internacional respetado (salvo con Bolsonaro). Así se observó, de manera marcada, durante los dos gobiernos de Lula y Dilma.

Sabe más: conoce que en Brasil, en todos los sectores sociales sin excepción, existen figuras, organizaciones sociales e instituciones que  condensan mucho talento, alta formación intelectual, demostrada capacidad de articulación política y decisión de lograr que el país tenga voz propia en el escenario internacional.  Ello, por tanto, las transforma en un peligro a eliminar y/o anular, sobre todo las que poseen ideas de izquierda y la convicción de que por la vía del capitalismo dependiente de hoy, no habrá soluciones sustentables para encausar un nuevo proyecto nacional de desarrollo,

En un nivel más ligado a la historia reciente, aparece como factor de tensión con las transnacionales de los EE.UU., Inglaterra y Canadá,  la política seguida por Lula en las ramas del sector minero energético, y continuada por Dilma, de utilizar las empresas estatales, y las grandes empresas de capital nacional, como palancas para un desarrollo interno más autónomo, y como pilares para potenciar los saltos que demandaba el país en educación y salud, en este caso aprovechando la rentabilidad de las empresas estatales.

Las petroleras de los EE.UU. e Inglaterra nunca aceptaron quedar fuera de las enormes utilidades contenidas en las riquezas del PRESAL, ni con la decisión de los gobiernos del PT de transformarlas en pasaporte para el futuro en materia de desarrollo social y científico-tecnológico.

No es casual que luego de los descubrimientos petrolíferos del 2006, en el PRESAL, anunciados con entusiasmo por Lula como obra del talento y la experiencia acumulada por los especialistas de PETROBRAS, en  julio del 2008 ya la IV Flota de los EE.UU. estaba lista, altanera, para “proteger” el Atlántico Sur. Léase, para presionar a Brasil, entre otros objetivos de alcance mayor. No se olvide la paranoia de la Casa Blanca ante la presencia amiga de China y Rusia en nuestra región.

Todo indica, además, que la Casa Blanca vio como desafíos inaceptables el protagonismo brasileño en la formación  de UNASUR, en el fortalecimiento del MERCOSUR, en la creación del Consejo de Defensa Sudamericano y en otras iniciativas de proyección integracionista,  tanto en África, visitada 29 veces por Lula, como en América Latina y el Caribe.

Como lo asevera uno de los académicos más respetados de Brasil, Luiz Alberto Moniz Bandeira, al referirse al impeachment a Dilma: “Hay fuertes indicios de que el capital financiero, esto es, Wall Street y Washington, nutrieron la crisis política e institucional, agudizando la feroz lucha de clases en Brasil” . Para él, además, los EE.UU. no solo luchan por fortalecer su “influencia global” contra China y Rusia, sino contra las potencias regionales emergentes, como era entonces el caso de Brasil.

Basta ver cómo comenzó a operar el lobby petrolero apenas Michel Temer asumió su mandato golpista. De inmediato tomó fuerza el proceso de privatización de las empresas estatales más emblemáticas, EMBRAER y ELECTROBRAS incluidas. Acto seguido se dinamizó la flexibilización de las actividades de PETROBRAS, ampliamente espiada por los servicios de inteligencia de los EE.UU. durante el mandato de Dilma. Había llegado la oportunidad para retomar la venta del botín. El entreguismo comenzó a negar la visión estratégica de Getulio Vargas respecto a la independencia energética del país.

Para anular dicha independencia aparece en escena, en marzo del 2014, uno de los más grandes fraudes jurídicos de Brasil, la Operación Lava Jato, o como debería llamarse, Operación Contra Brasil (OCB), si se juzgan sus efectos lesivos a la economía nacional y a las empresas de capital nacional, las que, además, estaban implicadas en el desarrollo de importantes programas para asegurar la defensa nacional con tecnología propia, pese a las reservas de Washington y Tel Avid, ambas capitales muy preocupadas con el programa del submarino de propulsión nuclear, en el cual la empresa Odebrecht tenía papel fundamental. El tema da para un ensayo.

Hoy existen elementos suficientes para probar que la OCB fue un diseño externo, ejecutado por un juez provinciano al que la derecha antinacional le facilitó todas las prerrogativas para actuar y excederse en su actuación, con tal de remover el obstáculo inmediato (Lula), a fin de lograr el objetivo mayor: debilitar al Estado brasileño y subordinar su política externa a las lógicas hegemónicas de la Casa Blanca. Esta es la “sagrada” misión que Bolsonaro y el bolsonarismo están.

Todo indica que los asesores del juez provinciano en el Departamento de Estado de los EE.UU., cuando concibieron la OCB con objetivos múltiples, tomaron en cuenta la expresión de Richard Nixon al general Emilio Garrastazu Médici, en 1971: “Para onde for o Brasil, irá a América Latina” . En cualquier caso, es evidente que están dando a este país, especialmente desde el 2002, una atención más astuta y eficaz. Estúdiese, como ejemplo de ello, el mandato de la embajadora Liliana Ayalde en Brasilia, hoy con cargo relevante en el Comando Sur.

Sesenta y seis años después, sigue vigente lo expresado por Getulio Vargas en su carta testamento del 24 de agosto de 1954: “La campaña subterránea de los grupos internacionales se alió a la de los grupos nacionales contra el régimen de garantías del trabajo” . Hoy es esto y mucho más.
rafah@enet.cu


miércoles, 16 de enero de 2019

El fascismo de Brasil amenaza al mundo y los brasileños


Por Tulio Ribeiro:

Los problemas que afligen el mundo y América Latina en especial, incrementaron sus niveles con la elección de Jair Bolsonaro para la presidencia de los más de 200 millones de brasileños. Como resultado de un proceso electoral viciado, donde el ex presidente Lula da Silva, que según las encuestas, ganaría en primera vuelta ante cualquier adversario, fue condenado por un juez de primera instancia, que hace pocos días fue nombrado ministro del nuevo gobierno, un claro regalo por tan importante favor, Brasil se muestra como una gran nación a la deriva.

Es un error conceptual relacionar a Bolsonaro con alguna línea teórica innovadora que trae soluciones. El ex capitán fue expulsado del ejército por los generales de la dictadura por su comportamiento conturbado y sus malas prácticas, llegó a defender la colocación de bombas en la principal carretera brasileña como forma de presión para una campaña salarial de los militares. El nuevo presidente emerge de un grupo que defiende las torturas corrientes en el país durante la dictadura (1964-1985). Fue diputado por 28 años, sin llegar a ser líder de ningún partido, ni siquiera presidente o relator de cualquier comisión parlamentaria, sin ningún proyecto relevante, en todo el tiempo que estuvo en el Congreso solo tres de sus proyectos fueron aprobados. ¡Especialista en nada, pero que puede generar caos en casi todo!

Las dudas se acentúan cuando se evalúa quién eligió a Bolsonaro. La campaña fue compuesta por inversiones de una clase adinerada de empresarios que deben un gran volumen de impuestos al Estado, y por lo tanto quieren reducirlos así como ganar el perdón de sus deudas. Evangélicos pentecostales que son retrógrados en las costumbres, pero liberales a la hora de cobrar diezmos, de los más humildes. Banqueros que asfixian el capitalismo productivo con intereses altísimos, pero no recogen en la mayoría tasas, como de la previsión o burlan el impuesto a la renta. Los acreedores israelíes, que además de captar apoyo político para masacrar palestinos, ambicionan abrir un prometedor mercado de armas entre los pueblos pacíficos de América del Sur. Difícil enumerar cuántos pactos existen en este mostrador de negocios, pero el producto del pago, sin duda es Brasil.

La tecnología brasileña permitió a través del conocimiento acumulado por años por su estatal del petróleo, desarrollar una serie matemática de algoritmos que en la práctica eliminaban aspectos de distorsiones, permitiendo ver más allá de la capa del pre-sal. El descubrimiento en 2006 vino junto con la codicia de las petroleras estadounidenses e inglesas. La elección del gobierno Lula da Silva y Rousseff por la utilización de esta renta para construir un futuro a través de inversiones en educación y salud, contradecía los objetivos de las multinacionales que financiaron el golpe en 2016 contra la presidenta electa.

La acción de Bolsonaro, va en el sentido de profundizar el proceso de entrega de las reservas, iniciado por Michel Temer, en un ambiente en que el precio del barril sólo asciende, aproximándose a los 80 dólares. Los incentivos fiscales corroboran con el lucro de las compañías y la reducción del ingreso estatal, disminuyendo los recursos para políticas públicas que apuntaban a la mayoría de la población. Los gobiernos golpistas, decidieron abdicar de la riqueza de los recursos naturales de la nación dentro de una oportunidad histórica, finalmente Petrobras poseía la tecnología de donde prospectar el petróleo, factor preponderante en la actividad. En vez de aumentar su ganancia con la producción, el gobierno vende reservas productivas en condiciones desventajosas, hipotecando el futuro del país.

En el mismo conjunto de ideas está la desindustrialización de Brasil. El empresario se enfrenta a la política de excluir a Brasil del Mercosur, Celas, distanciándose de China, que es su mayor socio comercial, a favor de Estados Unidos. La destrucción del sector, que representa el 21% del PIB y el 32% de la recaudación, pasa por el cierre del Ministerio de Industria y Comercio y minimiza la acción del principal banco de fomento de América del Sur, el BANDES.

En relación al Mercosur el país exportó en 2017, 22,6 mil millones de dólares, siendo el 85% en manufacturas, alcanzando 10.700 millones en superávit. En lo que se refiere a China, representó 32 mil millones de dólares en superávit. China utilizó su principal periódico estatal, China Daily, este 1 de noviembre para advertir sobre la irresponsabilidad de Brasil: "Un eventual cambio en la política exterior con sumisión a EEUU, puede representar un costo para la economía brasileña".

El recetario sigue la misma línea con la financiación de la economía. La reducción de la actuación de los bancos estatales con tasas inductoras de la actividad, sólo beneficia a las instituciones financieras privadas que cobran intereses anuales del 250% para una inflación del 4,5%. En este sentido, los bancos privados Bradesco e Itaú emitieron un comunicado a sus clientes que apoya la política económica del nuevo gobierno. El paradigma de mantener un estado mínimo y superavitario, tiene como objetivo permitir la capacidad de pago para altas tasas de interés de los títulos públicos que los bancos privados exigen al gobierno. De este movimiento se acentúa la reducción de la actividad productiva debilitando empleo y la renta de los jubilados y trabajadores.

La destrucción de las asociaciones estratégicas regionales, que da preferencia a EEUU e Israel, es sin duda una amenaza para un continente que tiene más de 150 años de paz. El primer encuentro internacional del presidente electo fue con Michael Mckinley, embajador estadounidense con interés en golpear a los gobiernos progresistas, como los de Venezuela y Bolivia. El gobierno genocida de Benjamín Netanyahu quien apoyó la campaña de Bolsonaro a través de sus instituciones financieras y religiosas en el país, ambiciona abrir un nuevo y gran mercado de armas, para ello necesita fomentar turbulencias entre vecinos, así como un Estado policial a nivel interno. El hijo de Bolsonaro, diputado Eduardo, viajará a Israel para comprar drones que pueden disparar en contra ciudadanos brasileños. Influyendo en la política exterior, ya logró que Bolsonaro defienda el cambio de la embajada de Tel Aviv a Jerusalén, una afrenta a la histórica posición pacifista y de respeto al pueblo musulmán, muy presente en la sociedad brasileña.

La teoría económica no encuentra racionalidad en perder 13.500 millones de dólares en exportaciones (2017) al mundo árabe con 7,17 mil millones de superávit, para aliarse a los sionistas donde la relación es deficitaria en 246 millones de dólares. Israel quiere comprar tierras como ya hace en la Patagonia argentina, vender proyectos y conseguir apoyo para continuar la masacre de palestinos, en el proyecto de construir el "Gran Israel" en Oriente Medio.

El mundo debería también poner los ojos en tan importante tema que puede debilitar la seguridad ambiental y el clima del planeta. Brasil posee una biodiversidad que es esencial para la vida. La Cuenca Amazónica con sus 7 millones de kilómetros cuadrados es el pulmón del mundo, y el Sistema Acuífero Guaraní es una de las mayores reservas de agua dulce del planeta. Bolsonaro ya declaró favorable a tercerizar el control sobre la Amazonia y busca privatizar el acuífero. La inexistencia de una preocupación ambiental en el gobierno de extrema derecha, al mismo tiempo que acelera la deforestación del bosque por los terratenientes (aliados) que avanzan contra las tierras indígenas y las reservas ambientales, reducirá la producción de oxígeno. La permisividad de uso de agrotóxicos y pesticidas en el 1,2 millón de kilómetros cuadrados en la cuenca del Paraná y del Chaco-Paraná, en poco tiempo puede imposibilitar el uso del agua del acuífero para beber.

Este conjunto de conclusiones sobre Jair Bolsonaro no son difíciles de verificar. Su posición racista con los quilombolas (afrodescendientes) que los midió por arrobas (peso para animal), homofóbica cuando declaró preferir un hijo muerto a que fuera LGBT, y la defensa de la cultura de la violación y tortura, grita al silencio de la comunidad internacional ante lo que nos espera.

Es importante recordar el periódico alemán CV-Zeitung, volcado a la comunidad judía, cuando el 2 de febrero de 1933, después de la toma de posesión de Hitler, destacaba en la portada: "¡Despierta! Sí, él está loco, pero no será tan malo... somos una democracia y tenemos la constitución, ¡la Constitución lo detendrá!". El análisis se probó equivocado, ante una historia que, en otras tierras y tiempos, se repite.

presidenciacolacot@yahoo.com

miércoles, 31 de agosto de 2016

Digna e inocente por una banda de corruptos de la mente y de las finanzas

En que se narra la condena de una gobernanta

Por Leonardo BOFF

Había una vez una nación grande por su extensión y por su pueblo alegre y, sin embargo, injustamente tratado. Mayoritariamente sufría la miseria en las grandes periferias de las ciudades y en el interior profundo. Durante siglos había sido gobernado por la pequeña élite del dinero que nunca se interesó por el destino del pueblo pobre. Al decir de un historiador mulato, el pueblo fue socialmente «capado y re capado, sangrado y re sangrado».

Pero lentamente esos pobres se fueron organizando en movimientos de todo tipo, acumulando poder social y alimentando un sueño de otro Brasil. Consiguieron transformar el poder social en poder político. Ayudaron a fundar el Partido de los Trabajadores. Uno de sus miembros, superviviente de la gran tribulación y tornero mecánico, llegó a ser presidente. A pesar de las presiones y concesiones que sufrió por parte de los adinerados nacionales y transnacionales, consiguió abrir una brecha significativa en el sistema de dominación que le permitió hacer políticas sociales humanizadas.

 Una parte de la población equivalente a Argentina entera salió de la miseria y del hambre. Miles de personas consiguieron su casita, con luz y energía. Negros y pobres tuvieron acceso, imposible antes, a la enseñanza técnica y superior. Pero sobre todo, sintieron recuperada su dignidad, siempre negada. Se vieron parte de la sociedad. Hasta podían comprar a plazos un utilitario o ir en avión a ver a sus parientes distantes. Esto irritó a la clase media, pues veía sus espacios ocupados. De ahí nació discriminación y odio contra ellos.

Y sucedió que el año 13 del gobierno Lula-Dilma Brasil ganó respetabilidad mundial. Pero la crisis de la economía y de las finanzas, por ser sistémica, nos alcanzó, provocando dificultades económicas y desempleo que obligó al gobierno a tomar fuertes medidas. La corrupción endémica en el país se densificó en Petrobras, implicando a altos estratos del PT, pero también de los principales partidos políticos. Un juez parcial, con rasgos de justiciero, enfocó prácticamente solo al PT. Especialmente los medios de comunicación conservadores consiguieron crear el estereotipo del PT como sinónimo de corrupción. Lo cual no es verdad, pues confunde la pequeña parcela con el todo correcto. Pero la corrupción condenable sirvió de pretexto a las élites adineradas, sus aliados históricos, para tramar un golpe parlamentario, ya que mediante las elecciones jamás triunfarían. Temiendo que ese curso vuelto hacia los más pobres se consolidase, decidieron liquidarlo. El método usado antes con Vargas y Jango, fue retomado ahora con el mismo pretexto «de combatir la corrupción», en realidad para ocultar su propia corrupción. Los golpistas usaron el Parlamento el 60% del cual está bajo acusación de delitos e irrespetaron a los 54 millones de votantes que eligieron a Dilma Rousseff.

Es importante dejar claro que detrás de este golpe parlamentario se anidan los intereses mezquinos y antisociales de los dueños del poder, mancomunados con la prensa que deforma los hechos y se hizo siempre socia de todos los golpes, juntamente con los partidos conservadores, con parte del Ministerio Público y de la Policía Militar (que sustituye a los tanques) y una parcela de la Corte Suprema que, indignamente, no guarda imparcialidad. El golpe no es sólo contra la gobernanta, sino contra la democracia de carácter participativo y social. Se trata de volver al neoliberalismo más descarado, atribuyendo casi todo al mercado que es siempre competitivo y nada cooperativo (por eso es conflictivo y anti-social). Para eso decidió demoler las políticas sociales, privatizar la sanidad, la educación y el petróleo y atacar las conquistas sociales de los trabajadores.

Contra la Presidenta no se identificó ningún crimen. De errores administrativos tolerables, hechos también por los gobiernos anteriores, se derivó la irresponsabilidad gubernamental contra la cual se aplicó un impeachment. Por un pequeño accidente de bicicleta, se condena a la Presidenta a muerte, castigo totalmente desproporcionado. De los 81 senadores que van a juzgarla más de 40 están imputados o investigados por otros delitos. La obligan a sentarse en al banco de los reos, donde deberían estar los que la condenan. Entre ellos se encuentran 5 ex-ministros.

La corrupción no es sólo monetaria. La peor es la corrupción de las mentes y los corazones, llenos de odio. Los senadores pro impeachment tienen la mente corrompida, pues saben que están condenando a una inocente. Pero la ceguera y los intereses corporativos prevalecen sobre los intereses de todo un pueblo.

Aquí es apropiada la dura sentencia del Apóstol Pablo: ellos aprisionan la verdad con la injusticia. Es lo que atrae la ira de Dios (Romanos 1,18). Los golpistas llevarán en la cabeza durante toda su vida la señal de Caín que asesinó a su hermano Abel. Ellos asesinaron la democracia. Su memoria será maldita por el crimen que cometieron. Y la ira divina pesará sobre ellos.