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sábado, 7 de diciembre de 2019

“Su Excelencia” y los “honorables”



Por Juan Pablo Cárdenas S.:

Si algún día llegamos a tener una nueva Constitución ojalá ésta contemple el mecanismo de remoción de las autoridades que incumplen con lo prometido durante sus campañas electorales, incurran en ilícitos o pierdan sensiblemente la adhesión ciudadana. En las mejores democracias del mundo los jefes de estado, parlamentarios, alcaldes y otros funcionarios públicos pueden ser separados de sus cargos para, con ello, evitar la crisis social que puede derivarse de sus abusos de poder o ineptitud.


Hay casos en nuestra historia en que los propios cuestionados decidieron abandonar sus cargos en favor del bien general, pero para ello se requiere de representantes dignos y capaces de anteponer la conveniencia del país a sus propios intereses. Una actitud que es bien difícil que surja de una clase política como la nuestra, en que los que detentan el poder creen que la administración del Estado le pertenece a perpetuidad.

 Es increíble que, en Chile, con la insurrección social que estamos viviendo, Sebastián Piñera, el político más repudiado por el pueblo, no haya resuelto todavía abandonar su cargo junto a sus ministros, subsecretarios y asesores. Lo que no ha ocurrido, tampoco, con los diputados y senadores igualmente cuestionados en las multitudinarias manifestaciones callejeras. No nos olvidemos que una de las primeras demandas de la población fue la de “que se vayan todos”, después de tres décadas en que se consolidó la más brutal inequidad social y se han evidenciado, para colmo, tantas formas de corrupción de parte de los moradores de La Moneda, del Poder Legislativo, de los grandes empresarios y los mandos superiores de las FFAA y Carabineros. Además de la histórica lenidad y abyección de tantos jueces.

 Por ello es que la inmensa mayoría del país de verdad no quiso reelegir al actual mandatario, si consideramos que en la segunda vuelta electoral se abstuvo de sufragar más del 52 por ciento del padrón electoral. Lo mismo ocurrió en las elecciones parlamentarias, con la bajísima concurrencia ciudadana a las urnas y los consabidos cuoteo y arreglos cupulares, de lo que resultó que buena parte de los electos apenas consiguiera una pizca de sufragios y, por lo mismo, una precaria legitimidad.
Lo anterior explica que en todos los sondeos y encuestas la popularidad de Sebastián Piñera se haya precipitado aun más y hoy no tenga más de un 12 por ciento de aprobación. Asimismo, ya es un hecho ampliamente conocido que la institución más desprestigiada del país es la del Congreso Nacional, superando el descrédito que afecta a la Justicia, lo militares y los policías.

Luego de seis semanas de furia y protesta no tenemos todavía indicios de que el descontento popular vaya a menguar. Por el contrario, cada día las movilizaciones se asumen más radicales, especialmente después de la criminal represión. No hay duda que el Ejecutivo y las policías han sido desbordadas y el llamado “orden público” difícilmente pueda establecerse sin que antes el país compruebe una voluntad política destinada realmente a resolver sus demandas salariales, previsionales, como las relativas a la salud, educación pública, transporte y vivienda.

El jefe de estado y los parlamentarios han dedicado semanas a alcanzar un acuerdo destinado a consolidar un proceso constituyente que contempla la realización de un plebiscito en abril próximo y, enseguida, elecciones para elegir a los integrantes de una instancia redactora de la nueva Carta Magna, la cual durante largos meses se ocuparía de proponerle un texto a la ciudadanía para ser finalmente ratificado o desahuciado por ésta. Por lo que en no menos de un año recién podríamos contar con el instrumento que defina los lineamientos de nuestro Estado, sus instituciones, así como los derechos políticos, económicos y sociales de la población.

Es importante, sin duda, que se alcance este cometido jurídico institucional, pero es lamentable que las reglas del juego de este proceso hayan sido definidas a puertas cerradas por los partidos con representación parlamentaria, aunque algunos de ellos de verdad prefirieron omitirse de una negociación cupular y sin la participación de nuevos actores sociales que, a no dudarlo, tienen mucho más ascendiente entre la población que las colectividades políticas. Es indiscutible que una de las grandes demandas ciudadanas ha sido también la necesidad de derogar la Constitución de Pinochet con esas superficiales enmiendas acordadas bajo el gobierno de Ricardo Lagos, quien tuvo la pretensión de hacer pasar como obra propia este texto de 1980.

Las grandes aspiraciones de la población reclaman soluciones concretas antes de abocarse al proceso constituyente. Entidades como No+AFP, la CUT, No+TAG, el movimiento de pobladores Ukamau, la Coordinadora Feminista 8M, las federaciones sindicales, indígenas, gremiales, estudiantiles y tantas otras son las que el pueblo les asigna autoridad y liderazgo en la actual insurrección.  Son éstas las que salen todos los días a las calles y concitan la masiva adhesión de los chilenos sin que en todas estas semanas las autoridades le hayan reconocido la legitimidad que tienen, como el aporte que pueden hacer en las urgentes soluciones. Una actitud contraria a lo que ha sucedido en otros países de la Región en que los gobiernos (algo más sensibles que el nuestro) han reconocido a los actores sociales como interlocutores, convocándolos a concitar acuerdos directos y no intermediados.

Disminuir el grosero sueldo recibido por ministros y parlamentarios, congelar las abusivas cuentas de la luz, del agua o del pasaje en Metro son apenas tenues gestos de las autoridades, sin el propósito real de intervenir el sistema de las AFP, de isapres, de los monopolios farmacéuticos o proponerse el término o modificación de esos leoninos contratos con las concesionarias de carreteras. Todas las cuales registran inauditas utilidades a expensas de las obligadas cotizaciones de los trabajadores, pensionados, pequeños y medianos empresarios, como los impuestos descargados a todos los consumidores. Sin prosperar todavía un tributo efectivo a los que más ganan, es decir a ese 1 por ciento de chilenos que tiene ingresos que superan lo que obtiene el 20 por ciento de nuestra población.

El economista Manuel Riesco, en carta a El Mercurio, señala que si el Estado asumiera la administración de los fondos previsionales podría doblar el monto de las actuales pensiones pagadas por las AFP, además de recaudar para el fisco unos 11 mil millones de dólares por año. Recursos que podrían satisfacer un sinnúmero de otras demandas sociales. ¡Vaya qué justa sería, entonces, una nacionalización de los agentes que tanto lucran de los ahorros de los trabajadores cotizantes!

No es cosa de atribuirle a Piñera y a los miembros del Parlamento tanta insensatez o desidia. Lo que ocurre es que la mayoría de ellos son parte o están supeditados a los grandes intereses económicos de la banca, la minería, las forestales, pesqueras o de las empresas administradoras de los servicios básicos. Como, también, a los llamados “sostenedores” de la educación privada, los dueños de laboratorios, clínicas e hipermercados.

Basta hacer un cruce entre los apellidos de quienes nos gobiernan con los de los gerentes o administradores de todas estas entidades, para demostrar tal confabulación. Por lo cual ha resultado tan fácil el lobby empresarial ejercido hacia los legisladores, ministros de estado o alcaldes. Un tráfico de influencias que se ha llegado a constatar en los mismos pasillos de La Moneda y los hemiciclos parlamentarios. Así como constan los escandalosos aportes de estas poderosas entidades al financiamiento de los partidos y las campañas electorales de sus candidatos.

Si el mismo Jefe de Estado es uno de los grandes acaudalados del mundo es difícil o imposible materializar de parte suya una reforma estructural de nuestro sistema económico, ni siquiera cumplir con una agenda social que encare las más urgentes necesidades de la nación. De allí es que los grandes intereses económicos lo insten a poner mano dura a las demandas de la población, así sea al extremo de violar gravemente los Derechos Humanos. Como ya lo han consignado los observadores extranjeros, así como en carne propia los miles de chilenos agredidos por el descontrol policial.

De esta manera es que también se explica que la mayoría opositora del Congreso no le haya exigido, todavía, la renuncia del Jefe de Estado, pese a feble apoyo ciudadano y a su creciente descrédito popular. Los “honorables” legisladores saben que cuestionar a “Su Excelencia” es exponerse a cesar también en sus funciones y perder sus múltiples granjerías. Sabemos que la ciudadanía ya despertó y ha descubierto los despropósitos de nuestro sistema político, económico, social y cultural.

Se trata de la gran colusión de todas las cúpulas políticas. Por años administrando en su favor el legado pinochetista, sin ánimo de avanzar hacia una genuina democracia y servir a la justicia social. Por lo mismo es que ya han pactado quórum y otros cerrojos que hagan difícil o imposible una nueva Constitución. Al mismo tiempo que parecen estar confiando en que la población desista de protestar a causa de los episodios de violencia que hemos conocido y repudiado. Actuaciones vandálicas que muy probablemente, como en otras ocasiones, cuentan con el beneplácito y hasta el aliento de las autoridades y policías a fin de que colaboren al desprestigio del justo alzamiento popular.
juanpablo.cardenas.s@gmail.com

sábado, 6 de julio de 2019

Uruguay el dilema del Frente Amplio



Por Carlos Flanagan:

El domingo 30 de junio, tuvieron lugar en Uruguay las elecciones internas partidarias, rumbo a las elecciones nacionales del domingo 27 de octubre.  Votó el 40% del padrón electoral superando el 37% de la elección anterior del año 2014.

Hay que señalar que desde que existen, nunca las campañas hacia las elecciones internas de los partidos han logrado la repercusión y entusiasmo popular que sí concitan las de elecciones nacionales.



En los dos partidos que de acuerdo a todas las encuestas tienen chance de disputarse el triunfo en las elecciones de octubre - el Frente Amplio (en el gobierno desde el año 2005) y el Partido Nacional - no hubo sorpresas en cuanto al candidato ganador de la elección que definió las candidaturas presidenciales de cada partido (el Ing. Daniel Martínez y Luis Lacalle Pou respectivamente).

El lunes 1º de julio la Corte Electoral dio los datos del escrutinio primario donde votaron 1.076.821 personas.

El Partido Nacional fue el más votado totalizando 448.132 votos (30.000 más que en 2014) Luis Lacalle Pou fue el ganador con el 54% y 240.943 votos, el segundo lugar fue para Juan Sartori logrando el 22% con 92.707 votos y Jorge Larrañaga terminó en tercer lugar con el 17 % y 78.450 votos.
El Frente Amplio obtuvo 255.072 votos (46.000 menos que en la anterior); el ganador fue Daniel Martínez con el 42% y 107.023 votos, el segundo lugar fue para Carolina Cosse con el 26% y 65.035 votos, Oscar Andrade se ubicó tercero con 23% y 58.817 votos y Mario Bergara finalizó en cuarto lugar con el 9% y 23.688 votos.

El Partido Colorado obtuvo 181.384 votos (41.000 más respecto a la de 2014); el economista Ernesto Talvi obtuvo un claro triunfo con el 54% y 97.447 votos, el expresidente Julio María Sanguinetti finalizó segundo con el 33% y 59.415 votos y José Amorín Batlle fue tercero con el 13% y 24.054 votos.

Los tonos de las campañas

El clima interno en cada partido durante la campaña electoral ha sido diametralmente opuesto. En el Partido Nacional hubo duros enfrentamientos entre precandidatos sobre todo entre Larrañaga y Sartori.

Por primera vez en el país, irrumpió como precandidato del Partido Nacional un joven outsider multimillonario que vivió la mayor parte de su vida fuera del país y de su realidad. Gastando millones de dólares en publicidad y en toda su campaña, Juan Sartori que votó el domingo por primera vez en su vida, logró ubicarse segundo entre los precandidatos, relegando a un tercer puesto al Senador Jorge Larrañaga de una extensa trayectoria política. Sin embargo sólo alcanzó un 22%; lo que indica que al menos por ahora no se repitió el fenómeno que se ha dado en otros países.

En el extremo opuesto, el Frente Amplio, como siempre, aprobó en diciembre del pasado año en su Congreso -corolario de meses de discusiones y elaboraciones en todos los organismos de base y sintetizadas en unidades temáticas centrales preparatorias – su programa único para el período 2020 – 2025 y a su vez decidió habilitar y respaldar cuatro precandidaturas en pie de igualdad; las de Daniel Martínez, Carolina Cosse, Óscar Andrade y Mario Bergara.

Más allá de las campañas de cada uno, se organizaron varios actos unitarios del FA con la participación y oratoria de los cuatro precandidatos. Y así con estos actos se inició y se cerró la campaña.

Hacia afuera, todos los discursos de los partidos de oposición hicieron hincapié en el problema de la inseguridad (tema que cala en forma importante en las capas medias) y trataron de mostrar una imagen de un país estancado y en crisis.

Por su parte el Frente Amplio se centró en mostrar las cifras que indican un crecimiento económico ininterrumpido en sus 15 años de gobierno (hecho inédito en la historia del país), así como indicadores que muestran a Uruguay como el país de mayor justicia distributiva en A. Latina. La pobreza bajó de un 39,9% en 2004 a un 8,1 al cierre del año 2018 y la indigencia en el mismo período bajó de un 4,7% a un 0,1%. Más allá de los logros económicos y sociales alcanzados, todos los precandidatos indicaron que había que profundizar muchos aspectos del proceso de cambios en el próximo período de gobierno.

El factor militar

Un partido recién creado, “Cabildo Abierto” que lleva como candidato al ex - Comandante en Jefe del Ejército Guido Manini Ríos, sin tener lucha interna, obtuvo 46.887 votos y se ubicó como la cuarta fuerza política del país. Indica la existencia de una derecha dura, posiblemente nostálgica de la época dictatorial, que no hay que pasar por alto en el análisis.

Las perspectivas hacia octubre

Es preocupante que durante su campaña el Frente Amplio no planteó claramente (salvo en el caso de Andrade en alguna oportunidad) la necesidad de obtener los votos en la primera vuelta de las elecciones de octubre que aseguren mantener las mayorías parlamentarias propias como ha sido desde el 2005 hasta hoy.

Por el contrario, uno de los precandidatos, Mario Bergara manifestó el 3 de mayo: “Las mayorías parlamentarias fueron importantes sobre todo en el primer gobierno para permitir reformas estructurales, pero condicionan el juego político. A mí no me quita el sueño obtener las mayorías parlamentarias, en este último gobierno nos trajo más dolores de cabezas que soluciones. Incluso no nos permitió, por ejemplo, con las FFAA o la inserción externa, discutir adecuadamente algunos temas”.

Considero que el compañero cometió un serio error en su análisis. Partiendo de un hecho puntual cierto, sacó una conclusión política general equivocada.
A diferencia del PT en Brasil que nunca las tuvo, el Frente Amplio en sus tres períodos de gobierno pudo aprobar leyes sólo con sus votos.

Por el contrario, el PT debía negociar la aprobación de cada ley construyendo mayorías circunstanciales específicas. Para la aprobación de la siguiente, ya debía armar una nueva ingeniería con otros sectores que lo hicieran posible.

Esto no sólo le generó un gran desgaste, sino que además pagó el alto precio político consistente en que los contenidos de las leyes aprobadas no eran en muchos casos los que originalmente el gobierno hubiera deseado y planteado.

Finalmente, en la campaña electoral, Fernando Haddad se limitó a mencionar los logros obtenidos en los gobiernos de Lula y Dilma sin denunciar el carácter retrógrado y fascistoide de Bolsonaro. Y cuando lo quiso hacer en los días finales de la misma, fue muy tarde.

En Uruguay algunos compañeros parecen olvidar los años de gobiernos blancos y colorados desde la salida de la dictadura en 1985 hasta el 2005, durante los cuales en el Parlamento votaban unidos en bloque sus leyes como si fueran una aplanadora y rechazaban toda propuesta de la izquierda (expresión puntual de la lucha de clases que nunca dejó de existir y sigue vigente).

La apuesta de la derecha – más allá de los discursos sobre propósitos de armar una coalición - no es ganar las elecciones de octubre (saben que el FA, muy probablemente con un margen menor, volverá a triunfar en una segunda vuelta); sino conquistar – ahí si coaligados - las mayorías parlamentarias que le permitan torpedear la labor legislativa del gobierno durante todo el período, como primer paso de su plan de reconquista del gobierno en el año 2025.

En definitiva estamos en una cruz de los caminos: o en la campaña de estos tres meses hacia octubre el FA reacciona, reverdece sus definiciones fundacionales y hace énfasis en que se contraponen dos proyectos antagónicos de país; el neoliberal privatizador que ya conocimos en los años 90 y nos llevó al abismo de la crisis del año 2002 y el de la izquierda, que sin dudas deberá profundizarlo en sus alcances para seguir avanzando hacia una realidad de mayor justicia social; y para ello insistir en la imperiosa necesidad de lograr una votación que asegure mayorías parlamentarias propias, o en caso contrario, de no hacerlo y perderlas, probablemente se iniciará un proceso de tránsito hacia una futura derrota.-

carlos.flanagan@gmail.com

miércoles, 1 de mayo de 2019

La probada insolvencia de nuestra “democracia”



Por Juan Pablo Cárdenas S.:
Una reciente encuesta de la Universidad del Desarrollo, difundida por el propio diario El Mercurio (21 de abril), ha dejado al desnudo las debilidades de nuestro sistema institucional. Si por “democracia” se ha entendido el gobierno del pueblo y por el pueblo, lo cierto es que hoy en Chile los ciudadanos prácticamente no reconocen poder alguno sobre las decisiones de la política. De allí, entonces, los altos niveles de abstención electoral y la falta de representatividad popular de quienes son escogidos para integrar el Gobierno, el Parlamento y las municipalidades.


Ante la pregunta sobre cuáles cree usted que son las instituciones que más influencia tienen en las decisiones gubernamentales, un 44 por ciento de los encuestados cree que son las empresas las que más inciden en tal sentido, seguido de quienes le asignan a los medios de comunicación ser también muy decisivos al aspecto. Los mismos partidos oficialistas solo contribuirían un siete por ciento en la toma de decisiones y, después de ello, los sindicatos, las FFAA, las iglesias y la ciudadanía no pasan de ejercer un cuatro por ciento de influjo.

Llama la atención también en este sondeo que más 55 por ciento de los encuestados piense que no tiene ninguna influencia en lo que hacen las autoridades, con lo que se consolida la pobre matriz republicana de nuestro orden político institucional. De allí, además, que en el Chile de hoy exista un 45 por ciento de personas que le interese muy poco o nada la política, en contraste con la cifra del 12 por ciento que todavía le importa mucho.

Las cifras son ciertamente dramáticas si se las compara con otros países en que el ejercicio ciudadano es relevante y la política mantiene el interés de la población, aunque la decepción respecto de sus actores parece ser un fenómeno muy universal y creciente. Lejos hemos quedado de ese fervor ciudadano que se expresaba en los primeros comicios de la pos dictadura. Algo que hoy recién preocupa a las clases dirigentes y desde el Servicio Electoral se gastan recursos para estimular el sufragio en un país en que el derecho a voto es voluntario.

Hay países considerados democráticos en que la concurrencia a las urnas no es muy masiva o suele ser fluctuante entre una y otra elección. Sin embargo, los ciudadanos de todas maneras sienten que están representados por sus gobiernos y parlamentos. Además de asignarle alguna capacidad y dignidad a los diversos partidos y líderes políticos y sociales. En contraste con ello, la misma encuesta que comentamos ratifica aquellos que es ya vox populi: la desconfianza general que existe respecto de la llamada “clase política.

En efecto, apenas un 12 por ciento de nuestra población cree que sus diputados y senadores se esfuerzan por cumplir las promesas que le hicieron al electorado, mientras que más de un 66 por ciento piensa que nuestros legisladores no procuran hacer lo que más le conviene al país. Toda una realidad que en los hechos nos resta autoridad moral para darles lecciones de democracia a los otros países de nuestro entorno regional. La constatación de cifras que se hacen despreciables, además, frente a los estándares democráticos de muchos países del mundo.

Es acertado asegurar también, a la luz de este sondeo, que el gobierno actual parece más de los empresarios que de los trabajadores; digitados mucho más por las instituciones patronales que por los partidos políticos, las agrupaciones laborales y de la vida civil. Una realidad que debe ser de suyo indicativa de los niveles de corrupción que a diario se alcanzan en los más distintos campos, así como de la impunidad que favorece a las colusiones empresariales y políticas.

Si se añaden a los resultados de esta encuesta los múltiples indicadores de la percepción social que existen frente a nuestra pretendida democracia, podrán sacar, por supuesto, el aumento de la inseguridad y el desarrollo de la delincuencia común. El hecho de que la violencia se haya hecho ya el pan de cada día y se instale como el alimento sustancial de los noticiarios de la televisión y radio, como de los titulares de la prensa y de las redes sociales.

La desconfianza que hoy, por añadidura, sabemos que existe respecto de la probidad de nuestros tribunales y de la idoneidad de las mismas instituciones intelectuales y religiosas estimula en las víctimas la necesidad de hacerse justicia por su propia mano, además de evadir o eludir las disposiciones tributarias y hasta las leyes del tránsito, cuando se descubren los más voluminosos fraudes fiscales en las propias policías y los militares. Conmociona en tal sentido que un país que se proclamaba probo, casi incorrupto, hoy iguale o supere a tantos otros en esta lacra. Incluso en lo que toca a los abusos cometidos por sacerdotes y obispos, nos da la impresión que Chile, en relación a su tamaño, es el que ha demostrado una de las peores condiciones.

Tampoco parece ser muy encomiable que en relación a su actividad laboral el 45 por ciento de los empleados estime que el trabajo es solo una manera de ganar dinero. Que tantos chilenos tengan como incentivo solo obtener plata ejerciendo sus empleos, por lo que debemos desprender que la mayoría trabaja insatisfecha en un país en que el salario es mínimo o muy precario para la amplísima mayoría de los trabajadores. Y que debiéramos felicitarnos de que muchos compatriotas e inmigrantes se asuman como vendedores ambulantes antes de llegar a delinquir para generarse su sustento. Junto con tener que defenderse de la represión policial que los apalea y les confisca sus mercancías, mientras los micro traficantes, por ejemplo, se desenvuelven con mucha más seguridad.

juanpablo.cardenas.s@gmail.com