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miércoles, 22 de julio de 2020

A 72 años de la Nakba y a 82 del Holocausto genocidio Palestinos



Por Franklin Ledezma Candanedo:

Restauramos la vigencia de la resolución 3379, que declaro el sionismo una forma de racismo  
 La Nakba, que en árabe significa «catástrofe», se conmemora cada 15 de mayo y remite a la expulsión por la fuerza y éxodo de la población autóctona palestina entre junio de 1946 y mayo de 1948 como consecuencia de la Guerra árabe-israelí que llevó a la creación del Estado de Israel (https://www.clacso.org/a-72-anos-de-la-nakba-palestina/).



El calvario del Palestina se inició el 6 de marzo de 1938,  fecha en que se produjo la primera matanza en el mercado de Haifa, donde murieron mínimamente 18 árabes palestinos y más de 38 resultaron heridos, atentado perpetrado por los integrantes de las milicias extremistas sionistas del Irgun (Etzel) y Stern Gang (Lehi).

Por lo tanto, el genocidio de los palestinos dura 82 años, tiempo en que se produjeron 92 matanzas hasta el año 2018. ¡Monstruosa acción contra este pueblo hermano, en tanto que el tan publicitado holocausto judío a manos del nazi fascismo sólo duró 3 años: 1942-1945!

En la presentación del libro “Nakba – Palestina, 1948”, se explica que:

“la guerra de 1948 que condujo a la creación del Estado de Israel tuvo como consecuencia también la devastación de la sociedad palestina. Por lo menos el 80 por ciento de los palestinos que vivían en la parte más grande de Palestina sobre la cual se estableció Israel –más del 77% del territorio palestino– pasaron a ser refugiados. Su destino dependía de las decisiones de los políticos de los países a los cuales ellos huyeron o burócratas de las agencias internacionales. La minoría de los palestinos –en cualquier parte de 60.000 a 156.000, según las fuentes–, quienes quedaron detrás, pasaron a ser ciudadanos nominales del recién establecido Estado judío, sujetos a un sistema separado de la administración militar de un gobierno que también confiscó el grueso de sus tierras” (https://www.clacso.org/a-72-anos-de-la-nakba-palestina/).

La tragedia palestina, mediante la conspiración de los gobiernos europeos y del imperio hegemónico, luego de la Segunda Guerra Mundial, se produce como resultado de la creación  del estado artificial de Israel y de la división de  los pueblos árabes para así robar sus riquezas, entre las que se encuentra el petróleo. El pueblo palestino sufre en carne propia el terrorismo de los judíos que llegaban –y llegan- desde países diferentes y les expulsan por medio de la fuerza, utilizando armas sofisticadas y la reiterada violación de sus derechos civiles y humanos.

La Nakba se inició en 1948 y continúa hasta hoy,  a través de un robo sostenido de tierras palestinas para los asentamientos y comunidades judías,  la destrucción de viviendas y tierras agrícolas palestinas, la revocación de los derechos de residencia, las deportaciones, los brutales  ataques  militares que provocan bajas civiles y la negación del derecho internacionalmente reconocido del retorno a millones de refugiados palestinos apátridas.

En artículo titulado  “EL SIONISMO, UNA FORMA DE  RACISMO: CÓMO SE  ORIGINÓ LA RESOLUCIÓN 3379”, escrito por el intelectual y patriota mundialmente reconocido, Julio Yao, ex Asesor de Política Exterior del general Omar Torrijos y del Canciller Juan Antonio Tack, publicado en ALAI-AMLATINA, nos explica:

“En la Conferencia del Año Internacional de la Mujer de Naciones Unidas en México del 19 de junio al 2 de julio de 1975, el Gobierno me designó como responsable de la política exterior de la delegación femenina en dicha Conferencia para seguir internacionalizando nuestra causa”.

Aclara que en dicha actividad un miembro de la delegación de Irak le propuso que Panamá copatrocinara una resolución que equiparaba al sionismo como una forma de racismo e  indica que le pareció correcta la apreciación, “porque la ideología sionista olía a África del Sur, apartheid, segregación, discriminación racial y a la antigua Zona del Canal de Panamá con su “Gold Roll” para los blancos y su “Silver Roll” para negros (Planillas de Oro para blancos y Plata para negros), así como los baños segregados según el  color de su piel”.

“El atropello y la opresión sionista a los palestinos evocaban en los panameños un amargo recuerdo de la presencia colonial estadounidense, de manera que rubriqué el proyecto de resolución propuesto a través de Irak sin pensarlo dos veces”.

Julio Yao advirtió que “el pleno de esa Conferencia aprobó la resolución del sionismo como una forma de racismo y la del Canal, que fue la primera aprobada en la ONU que le daba a Panamá la razón”.

La Resolución 3379 de 10 de noviembre de 1975, que recogía la Declaración de México y fue ratificada por la Asamblea General de la ONU, manifestaba que  "la paz y la cooperación internacionales exigen  la eliminación del colonialismo y el neocolonialismo, del sionismo, del apartheid y de la discriminación racial en todas sus formas". Fue aprobada por 72 votos a favor, 35 en contra y 32 abstenciones.

“Sin embargo,” -- aclaró Yao -- “la resolución —que era de carácter declarativo y no vinculante—fue revocada en su parte determinativa por la Resolución 4686 del 16 de diciembre de 1991, bajo fuerte presión de Estados Unidos, y es una de las más cortas en la historia de la Asamblea General”.

Julio Yao señaló que “la Resolución 3379 quedó en suspenso pero no eliminada, y es necesario reactivarla para luchar contra la segregación, la discriminación y el apartheid. No es posible legitimar el sionismo como base de un Estado porque ello equivaldría a aceptar el nazismo como sustento de una nación”.

Y concluyó: “Ahora que Israel ha anunciado que van a legitimar en este mes de julio la ocupación de Cisjordania (territorio palestino ocupado ilegalmente), nos corresponde restaurar la vigencia de la Resolución 3379 y continuar la lucha contra el apartheid, la segregación y la discriminación”.

Fraternal saludo y adelante, siempre adelante (indoame08 – 17/07/20).
(Periodista y Escritor)
indoame08@gmail.com

sábado, 11 de noviembre de 2017

Arabia Saudita e Israel: una peligrosa alianza terrorista.

Por Sergio Rodríguez Gelfenstein:

En marzo de 2012, hace cinco años y medio escribí un artículo en el que intentaba desmontar una engañosa idea que ponía y pone el centro del conflicto del Medio Oriente en un lugar en el que no está. Se había cumplido un año del inicio de la llamada “primavera árabe”, y habían transcurrido solo unos meses desde el atroz asesinato de Muamar El Gadafi, la guerra en Siria apenas comenzaba.



Ahí decía “En relaciones internacionales es común hablar de `conflicto árabe-israelí´, sin embargo cuando alguien se introduce con cierta profundidad en el tema verá que ello en realidad hace alusión a la política expansionista del estado israelí en contra del pueblo palestino violando la justa y legítima respuesta de éste.

Lo que ocurre en realidad es la confrontación entre los aliados de Estados Unidos y Europa que pueden ser árabes y/o israelitas y los pueblos árabes doblemente oprimidos por la intervención imperial en sus territorios en connivencia con sus gobiernos y el carácter represivo, autoritario y antidemocrático de la mayoría de los gobiernos de la región. Es así, que Israel tiene excelentes relaciones con una buena cantidad de gobiernos de los países árabes con los que supuestamente está en conflicto.

Israel, las monarquías autocráticas y los gobiernos reaccionarios del Medio Oriente y el norte de África han establecido una virtual alianza bajo la égida de Gran Bretaña primero y Estados Unidos después… La falacia de un supuesto conflicto alimentado desde Occidente no hace más que sostener un mercado vital para el mantenimiento de un modelo de sociedad decadente”.

Todavía en ese momento, era posible disfrazar la realidad, pero las evidencias de hechos recientes, se han encargado de quitar las máscaras y dar la certidumbre de que lo expuesto en aquel entonces, se ha transformado en un escenario triste y lamentable que prefigura los acontecimientos políticos más relevantes del Medio Oriente y del norte de África. La alianza comandada por Estados Unidos e integrada por Arabia Saudita, Israel y casi todas las monarquías del Golfo Pérsico han destapado sus verdaderas intenciones para justificar los más terribles desmanes, el apoyo y protección al terrorismo en Irak y Siria, una despiadada guerra contra el pueblo yemení y las violaciones más flagrantes al derecho internacional y al respeto de los derechos humanos. Sólo en Irak se habla de entre 1.2 y 1.4 millones de muertos, en Siria de alrededor de 450 mil fallecidos y en Yemen de 40 mil, además de la peor crisis humanitaria de la historia reciente en la que se cuentan 850 mil ciudadanos que contrajeron el cólera por las insuficientes condiciones de salubridad, así como 14.8 millones de personas que carecen de servicios básicos de salud y 14.5 millones, de agua potable según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Mientras ello ocurre, los proyectos de la alianza saudita-israelí no han podido ser cumplidos: Bashar El Assad continúa en el poder en Siria y sus fuerzas armadas han derrotado virtualmente a ISIS y a las otras organizaciones terroristas, el ejército iraquí ha recuperado la casi totalidad del territorio nacional, los huthies de Yemen mejoran día a día su capacidad y disposición combativa y comienzan a dar certeros golpes a las fuerzas sauditas invasoras en su propio territorio.

La desesperación ha comenzado a cundir al interior de la monarquía wahabita y el reino comienza a mostrar sus grietas. El brutal dispendio económico que significa mantener el nivel de vida de la familia monárquica, los gigantescos gastos de financiamiento del terrorismo y el mantenimiento de la guerra en Yemen, ha hecho mermar los fondos de las arcas reales. La respuesta ha sido comprar armas a Estados Unidos por valor de 110 mil millones de dólares durante la reciente visita del presidente Trump a Riad¬¬, a fin de intentar dar un vuelco a la situación bélica en el sur de la península arábiga, lo cual parece poco probable. A cambio, el presidente estadounidense se ha comprometido a dar carta blanca a todas las acciones de la alianza saudita-israelí en la región.

De la misma manera, se han tomada una serie de medidas de carácter interno a fin de intentar mantener la cohesión social y la gobernabilidad del país, ante las cada vez mayores manifestaciones de descontento popular que han llevado a incrementos de la represión, sin temor a críticas por el apoyo occidental a tales prácticas. Buscando dar salida a la tensa situación, el rey Salmán destituyó a quien había nombrado como sucesor, para designar en su lugar a su hijo Mohamed Bin Salmán, a quien además le concedió la titularidad del ministerio de defensa, por lo cual le ha correspondido dirigir la desastrosa campaña de Yemen.

Con el objetivo de dar un carácter institucional al relevo en la máxima jerarquía del gobierno, el 4 de noviembre pasado, el rey creó un Comité anti corrupción poniendo al frente, al mismo Príncipe Mohamed, quien como una manera de abrirse paso a su futuro reinado y en lo que en los hechos, ha sido un auto golpe de Estado, mandó a detener a 201 altos cargos del gobierno, las fuerzas armadas, gobernadores provinciales, y empresarios a quienes se le confiscaron o congelaron alrededor de 800 mil millones de dólares que pasarán a las arcas del Estado, a fin de permitirle al príncipe pagar deudas, dar continuidad a la guerra en Yemen y  financiar el terrorismo, después que el gobierno monárquico se vio obligado a recurrir  a los mercados crediticios y a los fondos de su reserva nacional, para contener la acelerada crisis de su economía. Los empresarios detenidos, algunos de ellos considerados entre los mayores millonarios del reino y del mundo, están siendo sometidos a apremios y torturas para que declaren dónde se encuentran sus capitales, que necesitan ser repatriados a Riad. Entre estos magnates arrestados se encuentran los propietarios de algunas de las principales cadenas de medios de comunicación del mundo árabe: MBC, ART y Orient. Con estas acciones, el príncipe heredero se garantizó el control de las finanzas, los medios de comunicación, las fuerzas armadas y los gobiernos locales, completando de esa manera un exitoso e incruento autogolpe de Estado.

Con el objetivo de “lavar la cara” de la monarquía y mostrar una faz más agradable al mundo, Mohamed ha perseguido y reducido a líderes wahabitas radicales, intentando revelar una posición modernizante en los marcos de una lógica occidentalizada, lo que permite entender las razones del diseño de su programa estratégico denominado “Visión 2030” encaminado a remozar la economía saudita, elevando sus niveles de producción industrial y tecnológico, con el fin de reducir la dependencia de la producción petrolera.  

En el trasfondo, lo que subyace, es el impacto en la monarquía del incremento e intensificación del prestigio de Irán en desmedro de su propia capacidad de influir en los acontecimientos políticos de la región. Para ello, con la congratulación y el visto bueno de Estados Unidos ha dado un paso audaz, al establecer una alianza estratégica con quien supuestamente era su adversario histórico: Israel. Así, ha configurado un esquema a partir de la común enemistad de ambos regímenes con Irán, acusándolo de estar tras los últimos y exitosos ataques de las fuerzas militares yemeníes conducidos por el movimiento Ansar Allah que le han permitido consolidar las acciones bélicas en la profundidad del territorio saudita.

Así mismo, buscando crear un nuevo escenario de conflicto que le proporcione la segura intervención de Israel y el afianzamiento de una alianza con el régimen sionista, Arabia Saudita forzó la inexplicable renuncia del primer ministro libanés Saad Al Hariri, mientras visitaba Riad, para mantener consultas con el gobierno, actuando como si fuera el embajador saudita en Líbano y no el jefe de gobierno de un país independiente. Aunque Hariri es un antiguo aliado de la casa Saúd, que suministró importante ayuda financiera para el imperio empresarial de su familia, informes provenientes de la región afirman que el primer ministro libanés está secuestrado en Riad, sin poder regresar a su país. La extraña justificación para su renuncia fue que el movimiento Hezbollah libanés intentaba asesinarlo, sin presentar ninguna prueba de tal acusación, la cual fue inmediatamente desmentido por el propio líder de la organización Hasan Nasrallah. La monarquía saudita en un acto de extrema y absurda impotencia declaró que el Líbano le había declarado la guerra, sin que mediara argumento alguno que sostuviera tan grave imputación. El objetivo final es la creación de condiciones para una nueva invasión sionista a El Líbano, de manera de involucrar a Hezbollah en tal conflicto desviándolo de su misión de apoyo al gobierno sirio en la lucha contra el terrorismo.

Cuando pareciera que el terrorismo está siendo definitivamente derrotado en Irak y Siria, la alianza saudita-israelí, podría estar creando en el Líbano un nuevo frente de guerra en el Medio Oriente, y con ello, otro incendio incontrolable para Occidente, que tendrá que valorar que tal conflagración se producirá en una zona aún más cercana a Europa, en la misma frontera del régimen sionista y contra la única fuerza que lo derrotó en el pasado. 

sergioro07@hotmail.com