sábado, 1 de diciembre de 2018

Masacre en una comisaría del terror en Esteban Echeverría

Por Leandro Albani:


La policía dejó que los calabozos de la Comisaría Tercera de Transradio ardieran con el fuego, algo que le costó la vida a ocho de los 27 detenidos que había en el lugar.

“Ahora se van a quemar como las ratas que son”, dijo uno de los policías que observaba el fuego que arrasaba las vidas en los calabozos de la Comisaría Tercera de Transradio, en el partido bonaerense de Esteban Echeverría. El fuego, desatado por alguno de los detenidos como única forma de protesta, se enroscaba en los cuerpos. Ni los gritos ni los pedidos desesperados de auxilio eran escuchados por los uniformados que, como sucedió hace casi dos años en la Comisaría Primera de la ciudad de Pergamino, se limitaron a cortar el agua de los calabozos, observar y disfrutar de la masacre.


En la madrugada del 15 de noviembre, algunos de los 27 detenidos de la comisaría comenzaron a prender fuego colchones y frazadas, porque los agentes policiales habían cortado la luz para que, de esa manera, no pudieran escuchar música. Mucho antes de esa madrugada fatídica, el Juzgado de Garantías N° 2 de Lomas de Zamora, con sede en Monte Grande, había ordenado la clausura del establecimiento. En la resolución emitida por el tribunal, se exigió al Ministerio de Seguridad y al Poder Ejecutivo de la provincia de Buenos Aires que desalojara de “manera urgente” los tres calabozos del lugar y trasladara a las personas privadas de libertad a otras dependencias. Ante este pedido, teniendo en cuenta el déficit edilicio y la precariedad en que se encontraba la comisaría, “ninguno de los funcionarios dio respuesta a la grave situación”, denunció la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) el mismo día de la masacre.

Ese 15 de noviembre, la policía bonaerense logró otro récord en su lista de tropelías: ocho de los detenidos murieron, transformando el hecho en la masacre más grave que conoció el país cometida en una comisaría. Walter Barrios, Jorge Luis Ramírez, Eduardo Rogelio Ocampo, Jeremías Aron Rodríguez, Juan Bautista Lavarda, Miguel Ángel Sánchez, Elías Soto y Juan Carlos Fernández son los nombres de las nuevas víctimas de la temible Bonaerense.

Un lugar horrible
La comisaría era un lugar “horrible”, asegura a La tinta Melany, la novia del fallecido Elías Soto. La joven relata que la seccional contaba con las celdas 1 y 2, y otro calabozo más que todos conocían como El Buzón. “En la celda 1, donde estaba mi novio, eran 15 más o menos. En la otra, eran siete u ocho, y, en El Buzón, eran cuatro. Sinceramente, adentro era horrible: no tenían cómo dormir, dormían en el piso”, recuerda Melany.

La primera denuncia realizada por la CPM con respecto a la Masacre de Transradio fue una verdad conocida por todos, pero de la que ninguna estancia estatal se responsabiliza: la superpoblación en las comisarías y la prohibición legal de mantener detenidos en esas seccionales. La Comisaría Tercera no sólo debía tener clausurado los calabozos, sino que su capacidad era para alojar a diez personas, pero, el día de la masacre, esa cifra ascendía a 27.
“La primera vez que entré, me puse a llorar, porque el lugar era horrible. No me esperaba eso”, resume Melany.
Juana, la hermana del también fallecido Juan Carlos Fernández, describe las condiciones de la comisaría como “deplorables”. “No era un lugar para tener mucha gente –explica Juana-. Pero era un grupo (de detenidos) que se cuidaba, se compartían las cosas, no eran conflictivos. Eso te dabas cuenta en las visitas. Era un grupo unido, no se peleaba, se compartían la comida”.

Ni fuga ni motín
Como sucedió también en la masacre de Pergamino, la primera versión de lo ocurrido -pergeñada por la policía y difundida por los grandes medios- fue que los presos habían encabezado un motín. Sin dar respiro a las noticias, se conoció otra versión que apuntaba que algunos detenidos habían intentado fugarse, algo que los familiares de las víctimas descartan.
“Para mí, no hubo un intento de fuga ni un motín ni nada –asevera Melody-. Cuando estábamos en las visitas, estaban las puertas abiertas y tranquilamente se podrían haber escapado en ese momento, y no hubiesen esperado hasta esa madrugada. No creo que fue un intento de fuga como dijo la policía y los medios”.

Sobre estas versiones, Juana es enfática al manifestar que “nada que ver a lo que dicen: que se peleaban, que fue un motín, eso es todo mentira”. Al describir el interior de la comisaría, la hermana de Juan Carlos Fernández rechaza que algún detenido pudiera fugarse. “Para salir de los calabozos, tenías que pasar cuatro puertas de hierro. ¿Te parece que con una lima pueden cortar el hierro? Con una lima, como supuestamente dicen los policías. Es imposible. En cuanto limaron una de las puertas, ya tienen encima a la policía en la otra puerta”. A esta descripción, Juana agrega: “De la comisaría hasta las celdas, había un pasillo de un metro de ancho, más o menos. Y ahí empezaban las celdas. Imagínate que se quemó la celda. Si se hubiesen querido fugar, como dijeron, algunos de los detenidos quemados tendrían que haber estado tirados en el pasillo. Y murieron todos adentro de las celdas”.

Recuerdos
Melany ahora recuerda la última vez que estuvo con Elías, el miércoles anterior a la masacre. “Estaba feliz, estaba bien –dice-. Era una persona amorosa, amable, a pesar de los errores que tuvo, siempre fue respetuoso, ayudando a los demás. Fui su primera novia, estábamos juntos desde los 15 años. Desde que nos pusimos de novios, nunca nos peleamos. Me quedo con un gran recuerdo de Elías. Él se llevó una gran parte mía”.

La novia de Elías también tiene un recuerdo amargo: el momento en que se enteró de lo que sucedía en la comisaría. Por supuesto, los familiares conocieron lo ocurrido de casualidad, porque los policías de Transradio nunca se comunicaron para avisarles lo que sucedía. “La tía de Elías fue al hospital Santa Marina, donde los detenidos fueron trasladados, y como ella justo tenía turno con el médico, se enteró que la Comisaría Tercera se había prendido fuego. Ahí les avisó a los padres de Elías y fueron a la comisaría. De la comisaría nunca llamaron”.

El recuerdo doloroso de Juana es similar al de Melody: “El jueves a la mañana, nos enteramos por Facebook, que habían publicado que la comisaría se había prendido fuego. Me informé sobre eso, prendimos la tele y vimos que había gente en la comisaría. Cuando llamamos a la comisaría, nos dijeron que mi hermano estaba en un hospital, pero estaba en otro, entonces nunca lo encontramos”. “Nos estaban pelotudeando –remarca Juana sobre lo que los policías les comunicaban-. Nunca nos avisaron, jamás. Cuando nos enteramos del rumor, llamamos a la comisaría y nos dijeron que mi hermano estaba en el hospital Italiano de Lanús, que nunca habíamos escuchado. Me tomé un remís con mi hermano y mi hermana, y el chofer nos dijo que no sabía dónde quedaba ese hospital. Nos comunicamos otra vez a la comisaría, hablé yo con toda la angustia y le dije que quería saber en qué hospital estaba. Ahí me dijeron que estaba en otro. No me dijeron ni siquiera en qué condición se encontraba mi hermano. ‘Cómo carajo no sabés a dónde está mi hermano y en qué condiciones. ¿Mi hermano está vivo o está muerto?’, les grité por teléfono”.

Las cifras del horror
Las denuncias por la situación de precariedad y violaciones a los derechos humanos dentro de las comisarías bonaerenses se multiplicaron en los últimos años. En el comunicado difundido el mismo 15 de noviembre, la CPM reveló que la seccional tercera de Transradio se encontraba “en las peores condiciones estructurales”. Según las investigaciones del organismo de derechos humanos, la cantidad de personas detenidas en comisarías de la provincia creció un 14 por ciento en el último año y acumula un 93 por ciento desde diciembre de 2015.

Actualmente, las comisarías provinciales se encuentran superpobladas en un 264 por ciento. Con espacio para mil personas, las seccionales alojan a 3.500 detenidos. La CPM agregó que, entre el 2016 y el 2018, se produjeron 56 muertes bajo custodia del Estado en comisarías. El organismo también alertó que, en la provincia de Buenos Aires, hay 252 comisarías inhabilitadas (el 55 por ciento del total), de las cuales 109 son utilizadas para alojar detenidos. Con respecto a esta última cifra, el Centro de Estudios Sociales y Legales (CELS) apuntó que, hasta el 31 de octubre de este año, en la provincia, existían 331 comisarías clausuradas, es decir, un 68 por ciento del total de las dependencias. El CELS advirtió que, pese a las clausuras, hay 1.835 personas alojadas en comisarías que están inhabilitadas por la justicia o por el propio estado provincial.

Las sospechas
Pegado a la comisaría de Transradio, se encuentra el Destacamento Primero “9 de abril” de los Bomberos Voluntarios. Aunque todavía no se conocen detalles judiciales sobre la investigación en curso -caratulada como “incendio seguido de muerte” por el fiscal Fernando Semisa, de la Unidad Funcional de Instrucción (UFI) 4, especializada en Violencia Institucional de Esteban Echeverría-, la duda más fuerte que sobrevuela la madrugada del 15 de noviembre es qué sucedió con los bomberos que no alcanzaron a apagar el fuego y rescatar a los detenidos. De los policías que estaban esa madrugada en la dependencia y que todavía siguen en funciones y sin conocerse sus nombres públicamente-, no se podía esperar demasiado. Además, según la CPM, el 80 por ciento de las comisarías no cuentan con elementos para prevenir incendios.

Sobre la seccional tercera de Transradio, también sobrevuela, como una reiteración cruel de la Historia, lo que sucedió el 2 de marzo de 2017 en la Comisaría Primera de Pergamino. En este caso, los policías se negaron a llamar a los Bomberos Voluntarios y, cuando lo hicieron, después de cuarenta minutos con el fuego ardiendo, entorpecieron sus labores.

Algunos de los familiares de las víctimas de Transradio conocen la versión de que uno de los bomberos, que esa noche se encontraba de guardia, se comunicó con la madre de uno de los detenidos fallecidos. Según lo que pudo conocer este medio, el bombero afirmó que los policías les prohibieron el paso hacia las celdas. El mismo modus operandi que en Pergamino.
De Pergamino a Esteban Echeverría

Cristina Gramajo, madre de Sergio Filberto, y Silvia Rosito y Ludmila Díaz, madre y prima de Fernando Latorre respectivamente, conocen de dolores profundos, pero también de luchar para alcanzar la justicia. Sergio y Fernando son dos de las siete víctimas de la Masacre de Pergamino.
El 22 de noviembre, Cristina, Silvia y Ludmila escribieron un texto que fue publicado por la Agencia para la Libertad (APL). En esos párrafos, no dudaron en afirmar que, “como de costumbre, la versión policial informa de un intento de fuga, pelea o motín, y no de lo que fue: una ¡Masacre! (…) Al igual que en Pergamino, las versiones policiales y los medios hegemónicos de comunicación trataron de instalar una versión falsa de lo ocurrido”, aseguraron.

En el texto, contaron que los familiares de Pergamino viajaron a Esteban Echeverría para acompañar y solidarizarse, al mismo tiempo que advirtieron que las similitudes de ambos casos “son escalofriantes”. “Revivimos, nuevamente, las emociones y sensaciones de aquel 2 de marzo del 2017 –expresaron-. La muerte, nuevamente, acarició nuestras almas y era una necesidad humana reunirnos con los familiares de Esteban Echeverría y demostrarles que, a pesar del dolor diario y la lucha constante, se puede sobrevivir y que, hoy, ellos son quienes representan la voz de su ser querido”.

Por último, en el texto, responsabilizaron al Estado por las ocho muertes, mientras que denunciaron que “nuevamente, una gran cantidad de derechos fueron ultrajados, nuevamente, una infinidad de irregularidades intentan ocultar lo ocurrido y, nuevamente, una gran parte de la sociedad festeja y disfruta del sufrimiento y dolor ajeno”.

leandroalbani@gmail.com

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