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sábado, 18 de abril de 2020

Círculos concéntricos



Por Carolina Vázquez Araya

Esta sensación de agotamiento, frustración y pena nos marcará durante largo tiempo 

El día que mi hermana me comunicó que su esposo, mi cuñado, había contraído el virus, pude darme cuenta de cómo la noticia de una víctima tan cercana puede alterar la percepción de lo que nos rodea. Sobre todo, si esa persona está dentro de nuestros círculos concéntricos, esos que giran en el entorno más íntimo hasta tocarnos; esas personas que amamos porque forman parte de toda una vida de experiencias compartidas y a las que creemos –y deseamos- inmunes a las desgracias. De pronto, se rompe la burbuja y nos encontramos cara a cara con una realidad que nos equipara con la masa anónima, distinta y lejana.


Hoy me cuesta escribir, porque en una progresión paulatina y casi inadvertida por su efecto engañoso, he perdido no solo la noción del tiempo, sino también de la libertad. Esta pandemia, cuyo origen se oculta entre especulaciones cada vez más oscuras, ha puesto en evidencia cuán frágiles son nuestras defensas biológicas y sociales, cuánto dependemos de los otros, sobre todo de quienes solemos clasificar por estatus, origen o formas de pensamiento y que supuestamente nos son ajenos. Por vez primera, quizá, reconocemos a nuestros vecinos y a esos seres que nos resuelven aspectos tan importantes y variados como la alimentación, la salud, los servicios esenciales y hasta el retiro de la basura. Y pensamos en ellos como héroes.

Unas pocas semanas de confinamiento nos han puesto frente a un espejo en donde se reflejan con total nitidez las carencias afectivas, vacíos emocionales, fortalezas y debilidades. Entonces, a partir de esa noción de realidad intentamos sobrellevar el día a día. Quienes hemos vivido estados de sitio y la represión que eso implica, conocemos y recordamos con nitidez la sensación de impotencia por la pérdida de la libertad y de los derechos esenciales en una sociedad democrática. Por lo tanto, con el peso de esas experiencias indeseables observamos hoy con desconfianza el proceder de las autoridades quienes, como en un sistema de vasos comunicantes, ganan poder mientras la sociedad los pierde. En circunstancias tan complejas como las actuales, es cuando aparecen todos los fantasmas con los cuales hemos convivido, entre ellos la inmensa preponderancia de los intereses económicos y el atroz abandono de quienes producen la riqueza y están a la cola de las prioridades.

Del mismo modo, surgen desde lo más íntimo de los hogares las evidencias que confirman, una vez más, la vulnerabilidad de niñas, niños y mujeres en un régimen de violencia, abuso sexual, psicológico y en toda clase de agresiones propias del sistema patriarcal, históricamente dominante, en donde debería imperar el amor y el respeto. El incremento pavoroso de las denuncias de violencia doméstica durante estas semanas de confinamiento abre el arcón de los horrores en el peor de los momentos, cuando toda la atención está enfocada en las cifras de la pandemia, en las noticias internacionales y, sobre todo, cuando las instancias destinadas a proteger a las víctimas, también acusan el impacto de las restricciones.

Quienes podemos expresarnos a través de los medios de comunicación experimentamos, igual que todos, una sensación de impotencia y vacío por la enorme dimensión de la crisis sanitaria que golpea al mundo. Vemos con desolación cómo aquello tantas veces denunciado: la corrupción y la indolencia de los cuadros políticos, la voracidad de los círculos de poder económico y su connivencia con la potencia del sistema neoliberal que debilita y despoja de recursos a los Estados, ha creado al monstruo que hoy nos deja a merced del caos.

EL MUNDO Y SUS HABITANTES, EN MEDIO DE UNA CRISIS IMPOSIBLE DE DIMENSIONAR.

elquintopatio@gmail.com


sábado, 12 de mayo de 2018

Papi ¿por qué me odias?


Por Carolina Vásquez Araya: 
Las crecientes revelaciones de casos de violación de bebés obligan a reaccionar. 
Algo muy malo sucede con la especie humana cuando padres, hermanos, maestros, líderes espirituales o simples vecinos son capaces de violar. Pero algo mucho más perverso se revela ante las agresiones sexuales perpetradas contra seres tan indefensos como bebés, niñas y niños en sus primeros años de vida. Cuerpos y mentes aniquilados por ese embate violento y espeluznante que suele acabar con su vida.



Los casos recientes en Chile y Colombia de violaciones y asesinatos de bebés -por mencionar solo algunos- provocan un asco indescriptible. Sin embargo la repulsa social no es aún suficientemente rotunda para evidenciar el horror de estos hechos por existir una especie de pacto de silencio tendente a poner etiquetas grises sobre los atroces crímenes sexuales perpetrados por hombres. Eso es el patriarcado. Así es como se manifiesta a través de los medios de comunicación, los círculos sociales y los tribunales de justicia esa inconcebible complicidad ante las violaciones sexuales.

“No me lo cuentes” es la primera reacción ante la noticia de una bebé de poco más de un año de vida, prácticamente destrozada por la penetración del pene de su propio padre o de su protector asignado por un juez de familia. Eso, porque no queremos saber los detalles de uno de los episodios más crueles que es posible imaginar contra un ser indefenso. Entonces se nos agolpan las imágenes de nuestras propias hijas e inútilmente intentamos borrarlas para hacer como que nunca nos hubiéramos enterado. Pero estos hechos nos perseguirán porque, como sociedad, tenemos la responsabilidad de hacer algo para evitarlos.

La violación es un crimen convertido en costumbre, en una especie de derecho del macho, en una forma de diversión para jaurías de jóvenes o adultos capaces de asaltar, torturar e incluso asesinar a una niña o una mujer. La violación se considera una manera de reafirmar la virilidad imponiéndose física y psicológicamente sobre alguien del sexo opuesto o de su mismo sexo y por ello se ha utilizado históricamente como táctica de guerra. La violación ha sido la manera de someter a otro ser humano y arrebatarle la dignidad.

Esto es una realidad a la cual se enfrenta la mitad de la población mundial; esa mitad que para equiparar sus derechos humanos con los de sus pares masculinos ha tenido que arriesgar la vida y soportar múltiples campañas de desprestigio por tener los arrestos de intentar un cambio radical. Pero los avances, aunque importantes, no son suficientes. A las mujeres se les niegan sus derechos desde antes de nacer y esa desigualdad contribuye a colocarla en posición de inferioridad en su hogar, en su escuela y en su puesto de trabajo durante todo el resto de su vida. Por ello, cuando denuncia una violación o un acto de acoso, es la primera víctima del sistema. A ella se la interroga con dureza, en ella recaerán las dudas y será sancionada por ponerse en la situación objeto de su denuncia. De hecho, se la condenará por haber tenido el descaro de poner de manifiesto uno de los mayores vicios de la sociedad: la misoginia.

Si para las mujeres adultas el sistema patriarcal representa un atentado a su integridad como ser humano, la situación de una niña dependiente de las decisiones de los adultos que la rodean puede llegar a ser una de las peores pesadillas si esos adultos abusan de su debilidad y la convierten en una esclava sexual desde sus primeros años de vida. Para estas prácticas inhumanas, sin embargo, no existen obstáculos bien definidos porque la voz de las víctimas apenas ahora comienza a escucharse.

Los depredadores sexuales son sujetos normales, respetados socialmente, amparados por el sistema.

elquintopatio@gmail.com