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sábado, 17 de junio de 2017

La “sagrada misión” de la derecha en Venezuela

Por Homar Garcés

Con tanta apología de la violencia -promovida a diario por la derecha fascista en Venezuela, sus ejecutores quizás se crean investidos de una misión sagrada que deben cumplir. Ya varios analistas se han encargado de ahondar en torno a este tema. Muchos de ellos, reconocen que ésta es una cuestión insólita en toda la historia política del país. Según otros, ella tiene sus antecedentes en la «cultura» estamental y/o segregacionista implantada durante el régimen colonial español.


Otros lo atribuyen a la «reedición» de la ideología anticomunista que caracterizó las primeras décadas del siglo XX y, con un mayor énfasis, los años 60 y 70 de este mismo siglo cuando las fuerzas represivas del Estado puntofijista combatieron, encarcelaron, torturaron y asesinaron a los combatientes izquierdistas de entonces; despojándolos (al estilo nazi) de todo derecho y de todo rasgo de humanidad.

De este modo, simplificado el asunto, Venezuela se hallaría en la actualidad envuelta en una decisiva guerra entre el bien y el mal (como lo determinara el presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, frente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, antes de su eclosión, lo mismo que cuando ordenó el adiestramiento, el equipamiento y el financiamiento de la Contra en Nicaragua), donde los malos, los subhumanos y/o los demonios están representados por los chavistas y, por extensión, los sectores plebeyos y mestizos, es decir, los sectores populares, que son, para mayor precisión, la mayoría poblacional venezolana.

Los buenos, los humanos y/o los santificados serían, obviamente, quienes se encuentran en la acera de enfrente, es decir, los seguidores de la oposición antichavista. Para los primeros, nada está permitido, ni siquiera el derecho a la autodefensa, a pesar de la vigencia de la Constitución y las leyes que condenan cualquier tipo de agresión física y moral a las personas, así como el quebrantamiento de las garantías que preservan la continuidad del orden democrático instituido. Para los últimos, es todo lo contrario. Considerándose a sí mismos «luchadores por la paz, la libertad y la democracia» les es lícito entonces volcarse a las calles y crear zozobra entre la población, destruir instalaciones gubernamentales y comerciales, además de servicios públicos, necesarios para la gente de menores recursos económicos, a la que dicen defender; e incitan públicamente a las fuerzas castrenses nacionales a que derroquen y/o maten a Nicolás Maduro, al mismo tiempo que invocan y secundan una invasión militar de parte del imperialismo gringo junto con sus aliados del continente.

Visto así este escenario, al no imperar la sensatez entre las cúpulas derechistas locales y no pronunciarse éstas, abierta y sostenidamente, por un cese total de la violencia, será poco probable que los sectores populares dejen de reaccionar en igual medida, al margen de lo que haga o deje de hacer el gobierno nacional. Este convencimiento de la derecha respecto a su «misión sagrada» ha dejado aflorar resentimientos que, desgraciadamente, han desembocado en deplorables crímenes de odio, resultando lesionada y asesinada, incluso, gente de sus propias filas. Siendo esto cierto, la derecha fascista camina sobre una alfombrilla roja de muertes, buscando una ruta macabra que le conduzca finalmente hacia Miraflores.-


mandingarebelde@gmail.com

La plaza y los dineros malgastados

Por Carolina Vásquez Araya
La inmensa riqueza de Guatemala desaparece como agua por la alcantarilla.

La semana pasada estuvo tormentosa. No solo por los aguaceros de la temporada sino por la abundancia de sucesos de impacto como la solicitud de extradición de la ex vice presidenta, la interminable cadena de asesinatos cuya constante ha llegado a anestesiar nuestra sensibilidad al punto de formar parte de la rutina, decomisos de droga y destrucción de enormes plantíos de amapola en el contexto de un estado de sitio.



A lo anterior se sumó la iniciativa de los diputados de aumentar sus ingresos decidiendo por sí y ante sí –con el aval otorgado por su situación de legisladores- un privilegio más y, por tanto, una mancha adicional en su ya lamentable trayectoria. Pero ante esta última afrenta contra el pueblo de Guatemala no hubo siquiera intento de plaza. Esas reacciones ciudadanas tan admirables del 2015 estuvieron ausentes, calladas como la tumba misma de la democracia y, a pesar de los esfuerzos de pequeños grupos de ciudadanos conscientes y preocupados por la apatía del resto, nada parece sugerir un nuevo despertar.

La mayoría de integrantes del Congreso de la República son resultado de movidas opacas en las filas de los partidos políticos. Parientes y amigos sin la menor experiencia ni capacidad profesional son piezas insertas en los listados de candidatos gracias a una ley electoral diseñada para el efecto. Es decir, el mito de la representación ciudadana en la institución más emblemática de una democracia es, en este convulsionado territorio, apenas un mal chiste. En épocas de campaña se suele ver el desfile de amigas y amigos de subordinados del poder –porque la verdad pura y simple es que tampoco lo detentan- con las ínfulas propias de quien no tiene nada que lucir. Entonces los electores se ven enfrentados a una selección realizada totalmente a sus espaldas y con la cual deberán sobrevivir los siguientes cuatro años, si bien les va.

Pero el mayor de los problemas viene cuando estas personas toman decisiones definitivas. Es decir, sus firmas sobre un documento oficial sellan el destino de un pueblo indefenso y cautivo de los abusos del poder político y económico. Y es aquí en donde se crean las condiciones para desviar la riqueza nacional, cuyo destino justo y necesario es la ejecución correcta de un presupuesto basado en políticas públicas acertadas e incluyentes, en inversión social y en mejorar las condiciones de vida de un país al cual le han robado hasta el concepto de nación.

En Guatemala todo merece una plaza, pero esta permanece vacía. Plaza por las niñas en situación de riesgo, vilmente asesinadas en un hogar seguro administrado por el Estado. Plaza por la ofensa implícita en el incremento salarial auto recetado por los integrantes del Congreso. Plaza por las pésimas condiciones de la red hospitalaria, cuyas instalaciones no han recibido siquiera un retoque, mucho menos insumos ni condiciones dignas de trabajo para su personal. Plaza por los adultos mayores, a quienes se les agrede con pensiones de miseria y discriminación en todos los aspectos de su vida. Plaza por la niñez sometida a las redes de trata, cuyas operaciones son amparadas por un sistema permeado por organizaciones criminales. Plaza por los privilegios empresariales concedidos a fuerza de sobornos y presiones ocultas. Plaza por las niñas, adolescentes y mujeres violadas y asesinadas. Plaza por la infancia desnutrida.

Los recursos de un país pertenecen a su gente, ese axioma no aplica cuando está administrado bajo un sistema lleno de resquicios legales por donde se cuelan las malversaciones, las concesiones arbitrarias y los contratos oscuros. Para arrojar luz en esos rincones es preciso realizar cambios de fondo. Y plazas, muchas plazas.
 
ROMPETEXTO: La plaza permanece vacía, aun cuando existen abundantes motivos para rebasar sus límites.

Elquintopatio@gmail.com