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miércoles, 10 de junio de 2020

Juicios temerarios y otras prácticas perversas maltratadoras de la dignidad que brota de los mediocres sin ciencia ni conciencia



Por Mariano Serra:
El mundo se enfrenta a un devenir pandémico que busca descomponer la sociedad por falta del sentido de respeto ante acciones de irresponsabilidad que violan los derechos humanos. El país requiere que estas prácticas no sean dables si queremos una sana gestión administrativa en todos los órdenes sociales, políticos, y de entendimiento humano.

Las crisis que vivimos tienen problemas estructurales donde la sociedad produce prácticas que debilitan la protección y los derechos humanitarios. Muchos se quieren proteger por distintos medios, unos muy perversos, por lo general. Todo ello si queremos un bien social, es fundamental nuestra postura personal, postura que implica renunciar a prácticas que impidan generar caos.


Todos los hechos que causan impacto social originan que las personas emitamos opiniones, críticas, comentarios y juzgamientos y según nuestra condición humana somos adictos a emitir juicios muchos sin razón alguna. Dependiendo del efecto se mirará si es para bien o para mal. Dependiendo también de la forma como se predique se pueden convertir en bolas de nieve con resultados peligrosos que como un bumerang se nos ´pueden devolver o causar afrentas contra la dignidad de las personas. Juzgar opinar, criticar nos lleva al punto de expresión de algo y se vuelve bocado de primera línea en el devenir humano con costos altos por causar prejuicios, por lo regular. Esta práctica cuando se hace con saña maltratando la dignidad, desnuda más al que infiere el juicio que al injuriado.

Seduce y causa placer hablar de los demás cuando se lleva a cabo haciendo acopio de banalidades y tácticas inescrupulosas que desprestigian el alma humana. Este comportar trasciende las esferas sociales, penales y políticas y en vez de causar una sana critica, consigue aumentar el atropello de tal manera que por la forma de proceder se pueden interpretar desviaciones de comportamiento.

 No se está enjuiciando el deber de la crítica o el juicio, que tiene como fin generar armonía y defensa contra los abusos, contra la carencia de ética, contra las afrentas a los valores. Antes de vociferar en lo recóndito de las personas, la fijación se hará primero en nuestro propio yo, no sea que como se dice en el discurrir popular, tengamos rabo de paja.

Cuando criticamos, opinamos o enjuiciando, solemos interiormente pensar que nosotros somos mejores, que somos los que tenemos la razón. Este discernir es propio también cuando nos invade los tóxicos del orgullo y la soberbia, ya sea porque estemos de lado de los criticados o de los que critican. Estos desvalores restan a la persona la capacidad de emitir juicio. Es común que cuando deliberamos juicios casi todos nos volvemos irracionales, sesgados y crueles. Esa es parte de la condición humana en ciertos cesares del poder como políticos, jueces, informadores, profetas de la verdad a medias y tantos que caemos en los placeres de la palabra y la retórica populista.

Si con expresiones vociferantes o faltad de caridad vamos a cambiar al otro, primero debemos buscar el cambio personal. Ser adalides de la confrontación pasiva, es buscar verificar decisiones y comportamientos para comprender como estamos obrando y como se apoya con esta crítica. En todo cambio de opinión, critica o juzgamiento se debe demostrar humildad y comprensión haciendo defensa justa de las ideas con argumentos fraternos, pero sin caer jamás en la descalificación personal ni perder el respeto hacia los demás, ni a las diferencias.

Antes de proferir una crítica, una opinión o juzgamiento verifiquemos que exista caridad y no perversidad o daño. Aceptemos el silencio y la prudencia como estandartes de sabiduría. Somos excesivos a la estética social y nos autodestruimos al no ser capaces de hacer limpieza de conciencia. La sinceridad consiste en criticar la hipocresía humana y ser delicados con los opositores sin sofocarlos con sentimientos de culpa, incapacidad o equivocación.

Un maestro del pensamiento humano nos dice que …solo puede criticar aquel que tiene un corazón dispuesto a ayudar…. Un juicio sano no es egoísta ni perverso. Es exhortar con respeto. Teológica y filosóficamente juzgar es una consecuencia de la comprensión benevolente del amor y en tal sentido recordemos la actitud de Jesús ante la pecadora quien no la juzgo y mucho menos la condeno, solo insto a que no volviera a cometer malas conductas.

En cualquier discurso de opinión, critica o juzgamiento o de prevención, incursionan en el intelecto, la cautela, el espíritu crítico, el discernimiento y la prudencia. Ellos serán los aliados para evitar ofensas de un lado, y de otro, para evitar guiarnos con el corazón lleno de rencores, guía que fecunda el herir susceptibilidades. Las virtudes mencionadas y la recta razón obran con acierto y respeto. La crítica justa busca separar lo bueno de lo malo mediante un proceso reflexivo. Como alguien dijo...Que el justo me censure es un arte de favorecimiento y si me critica o reprende es un bálsamo de amor......

Cuando no existen juicios y criticas dignos acordes a la esencia del ser, son inevitables las crisis de dignidad. El derecho de opinión en estas crisis se vulnera y el valor del ser se desvirtúa pues la mentira esta aparejada y a la verdad se le destrona como principio. Cuando muere la verdad, la mentira hace voraz presencia. Vivimos haciendo creer que nuestro pensar es el único poniendo en tela de juicio el talante del otro evento en el cual quien enjuicia se le tilda de chismoso,

 El silencio del justo ahoga toda palabra necia que brota de los mediocres quienes creen tener la verdad, mediocres que, como los reseña ejemplarmente José Ingenieros, son parias vulgares cercenadores del alma humana. Un filoso alemán afirma que cuando al hombre se le ultraja, se le está violando su morada.... Por lo regular los que emiten juicios temerarios no tienen el valor civil ni moral de enfrentarlo.

Es un deber tener en cuenta cuando juzgamos una actuación o criticamos unas formas de pensar o de actuar que examinemos primero el interior, y, seguidamente considerar acciones de deliberación y valoración para no exponernos a juicios temerarios, sino todo lo contrario, buscar sentido humano para brindar apoyo a través de un buen consejo.

 Cuando somos impulsivos y nada prudentes, criticar se convierte en chisme pues faltan elementos de juicio constructivos, de juicios honestos. Observemos los diversos actos de Jesús cuando acudía a emitir juicios o una crítica. Él lo hacía desde su yo de amor, respetando la libertad humana, exhortando al cambio, nunca a condenar. Alguien con mucho sentido ha dicho…Juzgar a los demás entraña mi propio juzgamiento...
Dejarnos llevar por juicios temerarios es caer en las celdas de la irresponsabilidad. Grave es incitar nuestra conciencia con intenciones sin fundamento, llevados por apariencias que nos lleva a la equivocación y por ende a causar graves daños.  Nos fascina prejuzgar, someter a juicios a inocentes produciendo serios peligros que lleva a nefastas guerras internas o externas.

 Las posiciones dominantes generan en los distintos estamentos de la sociedad y la política efectos contaminantes. Todo juicio temerario altera la conciencia del hombre, le hace perder su cordura. La ausencia de una conciencia crítica configura un ambiente malsano dando pie a discursos de ensañamiento para causar implacable deshumanización, pues una vez causado el mal difícilmente se subsana el daño causado.

Poder, carencia de valores son otros tóxicos que envilecen la conciencia y la desmedida actitud que devora la espiritualidad del hombre. Y qué decir de la competencia tan mal asimilada donde por su causa y ante los altos niveles de degradación unos y otros despotrican de sus opositores y sus competencias arguyendo indebidas calidades humanas, políticas, comerciales, productoras y profesionales. Es conducta preponderante entrar el hombre en confrontación peligrosa donde la dignidad queda en entredicho. Parece ser que estas son las nuevas reglas de juego generando distorsiones sociales, como recursos perversos portadores de violencia, generadores de impunidad.

Ante los juicios temerarios o cualquier injuria o critica que llevemos a cabo, estamos contrayendo una deuda con la víctima a quien además le vulneramos sus derechos. Pesa sobre el tribunal de la conciencia un proceso moral. Por más que el tribunal de la conciencia ejerza una debida reposición, el mal esta causado. Todos en la vida queremos ser jueces de los demás, menos de nosotros mismos

- Para no caer en los infernales juicios temerarios con sentencias injustas donde se desgarra el corazón humano dañándole su dignidad, la tarea es educar la conciencia, revisar los principios y los valores y la deontología de nuestros saberes, de nuestros distintos campos de formación. La voz de la conciencia nunca falla, nunca calla. Un filósofo romano respalda lo anterior diciéndonos que... La conciencia siempre nos empuja hacia Dios….

La situación analizada se aviene por el colapso universal, económico y político entre otros que atraviesa el país. Estos colapsos cada día adquieren mayor envergadura generando delitos como la corrupción que comprende infinitos delitos, que ante una justicia llena de inciertos penetra en el corazón social. Luchar contra la corrupción y los juicios es una tarea, pero requiere refuerzos que la constitución posee como ejercer controles, fortalecer las instituciones y mucha pedagogía sobre la praxis en valores y principios. Hablemos menos, actuemos más con efectividad. Desde siempre la lengua y la pluma ha desatado miles de soluciones, pero el problema sigue allí, como tantos otros., pero también han sido los peores enemigos de la humanidad, cayendo en la malvada calumnia.

El acto de los jueces antes de... Debe llegar hasta hacer suya la causa con los enjuiciados. Por ello se apelan las sentencias muchas veces a fin de acabar con la impunidad, a fin de acabar con procesos amañados desconociendo el debido proceso. Dícese que, y estamos de acuerdo, que, dependiendo de la ideología dominante, así mismo podemos calificar la conciencia existente en las instituciones públicas y en el mundo social que no puede ser otra que una conciencia falsa, que una conciencia mediocre, que una conciencia decadente que atrapa con saña.

Cuantas sentencias son producto de la emoción, del impulso primario, de la carencia de análisis de pruebas o la petición de otras, del afán o de la amistad o según como dicen según el marrano, o jueces firmones que no revisan los procesos, y a sabiendas que van a ser impugnadas, no hay un ejercicio jurídico acorde a los criterios de una justicia honesta.

He pensado que la estructura de la justicia debería contemplar investigación y sanción a aquellos fallos que pasan a segunda instancia, donde por falta de ejercicio no son aceptados esos fallos. Esta podría ser una de tantas formas de frenar las injusticias y las impunidades. Que mediante sanciones se depure la jurisdicción.

La filosofía oriental sobre el juzgar nos enseña que.... no debemos juzgar los actos cometidos, sino a la conciencia que es la que actúa sobre los actos realizados, que hacen parte de lo externo, mientras que la conciencia no se conoce, es interior. Ella misma se descubre.
No juzguemos por el acto, intentemos descubrir su conciencia
marsblawyer@gmail.com

miércoles, 26 de febrero de 2020

Democracia de baja intensidad



Por Homar Garcés:
En uno de sus libros, “Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social" Boaventura de Sousa Santos nos advierte sobre la existencia de un tipo de democracia de baja intensidad en sintonía con el afán de dominación característico del capitalismo neoliberal globalizado; muy distante, por cierto, de la que se aspira de una manera ideal: «estamos entrando en un proceso donde solamente tiene valor lo que tiene precio y, por lo tanto, el mercado económico y el mercado político se confunden. Con eso se naturaliza la corrupción, que es fundamental para mantener esta democracia de baja intensidad, porque naturaliza la distancia de los ciudadanos a la política: ‘todos son corruptos’, ‘los políticos son todos iguales’, etc., lo cual es funcional al sistema para mantener a los ciudadanos apartados. Por ello la naturalización de la corrupción es un aspecto fundamental de este proceso». Uno y otro son aspectos que, aun cuando se quisiera, no podrían obviarse, estando ambos tan estrechamente entrelazados. Esto nos obliga a concluir que una democracia simplemente formal no es suficiente para que ella -la democracia- exista realmente.


En correspondencia con dicho planteamiento, se podría citar también lo afirmado por el historiador, ideólogo y activista ecologista estadounidense Murray Bookchin, en cuanto a que «un pueblo cuya única función política es elegir delegados no es para nada un pueblo, sino una masa, una aglomeración de mónadas. La política, a diferencia de lo social y estatal, implica la recorporalización de las masas en asambleas generosamente articuladas, para formar un cuerpo político reunido en un foro, de racionalidad compartida, de libre expresión y de formas de toma de decisiones radicalmente democráticas». Sin un pueblo capaz de trascender el marco electoral acostumbrado, la democracia decae y termina por ser (igual que la soberanía popular) una mera referencia retórica que favorecerá, en un primer plano, a los políticos profesionales mientras el común de la gente sigue a la espera del cumplimiento de sus promesas electorales.

Aparte de esto, se debe considerar también que, henchido con unas herencias ideológicas que adquieren formas y contenidos a través del comportamiento y los procedimientos administrativos habituales de quienes controlan el poder, el Estado, en un amplio sentido, escasamente ha servido para hacer realidad la democracia. Para lograr que ella sea algo menos nebuloso y más concreto, los sectores populares han tenido que enfrentar -muchísimas veces en las calles, con saldos trágicos, como antes en los campos de batalla- a las clases y estamentos que ejercen (en su propio beneficio) el poder constituido; cuestión que se mantiene latente en diversidad de países, en una confrontación de clases que se busca disminuir mediáticamente, presentándola como una elemental lucha reivindicativa y no como una rebelión cuestionadora del orden imperante.

En la actualidad, esta democracia de baja intensidad se manifiesta en la nulidad y/o la escasa influencia y poder de decisión de un verdadero Estado de derecho en favor de la ciudadanía. Quien carezca de suficientes recursos económicos y de relevantes contactos políticos con los cuales sortear algún trámite engorroso, queda a merced de los caprichos y del despotismo de la burocracia que integra dicho Estado, la que sólo se activará si hay una “ayuda” de por medio. Asimismo, cuando el predominio partidista se hace excesivo y abarca todo nivel organizativo de la población, impidiendo en su seno la pluralismo y la autonomía que debieran caracterizarlo; lo que origina el clientelismo político y, en consecuencia, la falta de una práctica extendida de la democracia. Ahora es cosa común que se busque infundir entre los sectores populares la noción respecto a que únicamente bajo los cánones del neoliberalismo económico sería posible vivir en democracia, por lo que las decisiones fundamentales de la sociedad debieran yacer en manos de sus representantes, a pesar de la explotación, la desigualdad y la injusticia que todo ello significa; además de un creciente menoscabo de la libertad y de los derechos ciudadanos.

No obstante, también se aprecia en muchas naciones cómo una gran proporción de movimientos populares se opone activamente en las calles a esta especie de fundamentalismo político-económico que, desde hace décadas, pretende arropar y dominar nuestro mundo; despojándolo al mismo tiempo de su vasta diversidad étnico-cultural e imponiéndole un mismo estilo de vida. Gracias a las luchas y a los reclamos que estos protagonizan, todavía es viable lograr que exista una democracia de mayor profundidad, ejercicio y contenido, con paradigmas distintos a los vigentes, en vez de resignarse a una democracia de baja intensidad que nos escarnece en nuestra doble condición de ciudadanos y seres humanos; lo que nos exigirá crear una ética y una moral que estén en plena combinación con esta perspectiva. - 
mandingarebelde@gmail.com

miércoles, 22 de mayo de 2019

La utopía del neoliberalismo es la distopia de los pobres


Por Homar Garcés:

En su libro «Renovar la teoría crítica y reinventar la emancipación social (encuentros en Buenos Aires)», Boaventura de Sousa Santos revela que «la utopía del neoliberalismo es conservadora, porque lo que hay que hacer para resolver todos los problemas es radicalizar el presente. Esa es la teoría que está por detrás del neoliberalismo. O sea: hay hambre en el mundo, hay desnutrición, hay desastre ecológico; la razón de todo esto es que el mercado no ha logrado expandirse totalmente. Cuando lo haga, el problema estará resuelto».



Frente a semejante realidad, el mismo autor propone: «Tenemos que cambiar esta utopía conservadora por una utopía crítica, porque aún las utopías críticas de la Modernidad -como el socialismo centralizado- se convirtieron, con el tiempo, en una utopía conservadora». En la actualidad, muchos movimientos sociales y políticos libran una desigual batalla contra las pretensiones neoliberales de abarcar y controlar la totalidad de la vida, ya no solamente en lo que comprende la explotación de la fuerza de trabajo o de los recursos de la naturaleza sino también (en algunos casos, con especial predilección) las conductas y la forma de pensar de todas las personas, en una estrategia de dominio global que apenas ha merecido la atención de las grandes mayorías.

Si se profundizara el estudio de estas mismas luchas se extraerá como rasgo común la aspiración colectiva a un nuevo orden mundial en el cual no exista ya una hegemonía, única, que termine por subyugar por entero a la humanidad. Ni siquiera en su versión pluripolar o multicéntrica, puesto que la misma implica la reproducción de la existente. De racionalizarse semejante posibilidad, se abrirían vías a una transición civilizatoria global más racional, tanto en lo relacionado con la armonía que debiera existir entre todos los seres humanos como entre éstos y la naturaleza que les sirve de soporte de vida.

Sería preciso producir entonces subjetividades rebeldes, capaces de noúnicamente cuestionar el orden vigente sino de originar unos nuevos paradigmas, adecuados a las condiciones particulares de nuestras naciones, en vez de subjetividades conformistas que, a pesar de las quejas, las dificultades y las decepciones, terminan por aceptar la realidad tal cual se la presentan los sectores interesados, como están, en que ésta jamás cambie, al menos en sus aspectos básicos, asegurándose, precisamente, la preeminencia que ostentan frente al resto del conjunto social.

Hay que ser capaces, por consiguiente, de tener una visión más amplia de nuestro presente, sometido como se halla por quienes han decidido cuál es el destino que le correspondería vivir a la humanidad y, con ella, a la naturaleza en general, en una especie de régimen corporativo a manos de los grandes consorcios transnacionales que controlan el mercado capitalista global. De ocurrir esto, no es imposible que se dé nacimiento a una nueva concepción de lo que serían en lo adelante la dignidad y la conciencia humanas en consideración de lo que ha sido hasta ahora el modelo civilizatorio capitalista.

mandingarebelde@gmail.com