Mostrando entradas con la etiqueta armenia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta armenia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de noviembre de 2020

La guerra contra Artsaj en primera persona

Por Leandro Albani:

Los hombres defendiendo sus hogares. Con lo que tienen a mano, con tozudez, negándose a irse. Esta es, tal vez, la imagen que más le impactó a Leonardo Moumdjian, el periodista argentino de origen armenio que se encuentra cubriendo la guerra desatada hace más de un mes por Azerbaiyán y Turquía contra Artsaj (Nagorno Karabaj) y Armenia.

Moumdjian llegó al territorio caliente del Cáucaso Sur el pasado 11 de octubre para realizar la cobertura para el Diario Armenia. En ese medio se pueden ver sus informes, entrevistas y reportes de una guerra casi silenciada en América Latina, y en especial en Argentina. Desde que comenzaron los ataques azeríes, respaldados por las fuerzas militares y paramilitares turcas, la comunidad armenia del país encabeza, de forma permanente, masivas movilizaciones por la paz y para denunciar la invasión. En esas movilizaciones, que tienen epicentro en Buenos Aires, también se alerta sobre la posibilidad real de que se cometa un nuevo genocidio armenio, como el ocurrido a principios del siglo XX, y que le costó la vida a más de un millón y medio de hombres y mujeres.

Desde que se encuentra en medio de la guerra, Moumdjian estuvo dos veces en Artsaj, la pequeña república de apenas 150 mil habitantes que desde hace más de un mes es blanco de los bombardeos sistemáticos azeríes, principalmente con drones turcos e israelíes. “Me sorprende mucho la templanza que tienen los armenios”, cuenta el periodista a Sudestada. “Ver jóvenes en las trincheras, pibes que están haciendo la conscripción, de 18 o 19 años. Entrevisté a un hombre que estuvo en la guerra de 1991 a 1994, y todos sostienen que están defendiendo sus hogares. Saben que, si los turcos y azeríes pasan, van a arrasar con todo: con la familia, con la religión, con la cultura”.

Soportar la guerra

Las imágenes que llegan desde Artsaj son inquietantes: casas, iglesias, hospitales y escuelas destruidos por los ataques; hombres y mujeres que pasan largas horas refugiados en bunkers; y los soldados que se despliegan en las llanuras y las montañas, casi sin enfrentar a enemigos reales, porque el gran negocio de esta guerra son los flamantes “enjambres de drones”, una industria en la que Turquía apuesta para expandir sus dominios.

“Los armenios no están invadiendo, no tienen capacidad bélica para invadir, sino que tienen un ejército defensivo —relata Moumdjian—. Hasta en agencias de noticias internacionales a veces se dice que Armenia es la agresora, ¿pero ¿cómo va a atacar a Azerbaiyán y a Turquía, que entre los dos tienen 90 millones de personas? El PBI de Azerbiyán triplica al de Armenia”.

En sus recorridas por Artsaj, al corresponsal argentino —que en otras siete ocasiones estuvo en Armenia— se le grabaron sensaciones que ahora trasmite: “La gente tiene ese compromiso con sus familias y sus hogares. No se rinden, saben que tienen que defenderse. Tiene la moral alta, aunque saben que están muriendo miles de jóvenes. Pero entienden que a la guerra la tienen que soportar, es como una prueba más de esta Armenia que está entre Oriente y Occidente, que ha sido dominada por los persas, por los rusos, por los turcos, más atrás en el tiempo por los griegos y por los romanos. Están casi acostumbrados a tener que defenderse constantemente. El único lapso, de 70 años, en que hubo paz fue durante la Unión Soviética, pero cuando cayó empezaron a explotar la arrenofobia”.

A estas descripciones, el periodista agrega: “Es raro entender esto, pero están enteros. No sé si lo entienden como parte de su supervivencia, que cada tanto tienen que demostrar que esa tierra es suya contra este enemigo que los quiere eliminar. Para nosotros es raro esto de tratar de eliminar a alguien por su religión, por ser de otra nación, o por tener otra cultura. Esto está pasando hoy, en el año 2020. Y vemos que la ONU, la OTAN y otros organismos internacionales tardan y tardan, jugando el juego de Turquía. Esto creo que es lo peligroso”. Y advierte: “El genocidio es una herramienta política, más allá de que suene trágico; lo hemos sufrido en Argentina. Si a alguien se le ocurre que eliminar a una minoría, ya sea política, cultural o religiosa, es una herramienta para ejercer poder, ¿qué ejemplo estamos dando? Si esto no se castiga a nivel internacional, va a seguir pasando”.

A las armas

El 27 de septiembre pasado, Azerbaiyán anunció el lanzamiento de una operación militar a gran escala contra Artsaj. Unas semanas antes, ya se habían producido algunas escaramuzas en la frontera compartida. De forma inmediata, los gobiernos de Armenia y Artsaj alertaron que esas incursiones podían desembocar en una guerra abierta. El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, no dejó pasar ni un minuto y lanzó más leña al fuego: anunció su apoyo total a la administración azerí en esta guerra impuesta. Además del armamento y de los militares que puso a disposición del gobierno del presidente Ilham Aliyev, el Estado turco comenzó a trasladar mercenarios desde el norte de Siria hacia el Cáucaso, que se sumaron a los combates junto a las tropas turcas.

El conflicto por Artsaj comenzó a principios del siglo XX, cuando la región quedó bajo control de la Unión Soviética, que entregó su administración a la República Socialista Soviética de Azerbaiyán en calidad de región autónoma en 1923. En 1988 surgió un movimiento independentista en Armenia y en Karabaj que comenzó a manifestarse a favor de la reunificación de ambas, pedido que fue rechazado por el gobierno soviético.

Tanto Armenia como Azerbaiyán y Artsaj declararon su independencia antes de la desintegración de la URSS, lo que desembocó en una guerra entre Artsaj, apoyada por Armenia, y Azerbaiyán, apoyada por Turquía. Durante esta conflagración, se produjeron los pogromos de Sumgait, Bakú y Kirovabad, una serie de matanzas y ataques contra la población armenia que vivía en Azerbaiyán, promovidos por las autoridades azeríes y ejecutado por civiles. En esa guerra, el actual gobierno de Azerbaiyán denunció que el ejército armenio produjo una masacre en el poblado de Khojaly, hecho por el que el gobierno de Ereván culpa al propio ejército de Azerbaiyán.

La guerra a gran escala duró hasta 1994, cuando Azerbaiyán se vio obligada a firmar un cese del fuego con Artsaj y Armenia. En ese momento, se acordó que el organismo encargado de mediar en el conflicto sería el Grupo de Minsk de la OSCE, copresidido por Estados Unidos, Rusia y Francia.

Desde la firma del cese del fuego, hubo violaciones a la tregua en la línea de contacto, con situaciones que llegaron a escalar en la Guerra de los Cuatro Días, de abril de 2016 o en el actual ataque de septiembre de 2020.

Ocupar y conquistar

Uno de los objetivos de la actual guerra es la ocupación de territorio en Artsaj y Armenia. Azerbaiyán, impulsado por Turquía, busca controlar la parte sur y, de esa manera, unir a través de Najicheván (territorio azerí fronterizo con Irán) ambos países. Sobre este punto, Moumdjian explica a Sudestada que las tropas de Azerbaiyán ya ocuparon “un 20 por ciento” de ese territorio en disputa, que es llano, a diferencia del norte montañoso. “Es una cuestión estratégica de guerra. Entiendo que ganaron el sur, pero los armenios se retiraron a las montañas, donde son más fuertes, porque históricamente saben cómo defenderse —detalla—. Los armenios están defendiendo su hogar, así que conocen todos los recovecos”.

Con respecto a las bajas, el corresponsal señala que dentro de Stepanakert, capital de Artsaj, no sabe si llegan a 100 los civiles armenios muertos: “Eso me da a entender que conocen su tierra, que saben cómo protegerse. En Artsaj, en cuanto entra un dron empiezan a sonar las alarmas y la gente sabe que se tiene que esconder. Tenés un protocolo, si estás en la calle tenés que fijarte dónde tirarte. Las puertas de las casas estén abiertas por si hay gente afuera y necesita esconderse en los propios bunkers de las personas”.

“El plan es unir Azerbaiyán y Turquía, en el marco de este plan neo-otomano —puntualiza Moumdjian—. Pero eso quiere decir que te vas a meter con un país reconocido internacionalmente, como es Armenia, que está en todos los organismos internacionales, que es respetado y que tiene un acuerdo con Rusia. Si esto pasa, Turquía estaría peleando directamente con Rusia y eso puede llevar a una escalada superior. Esto es un juego de ajedrez para ver quién se equivoca primero. Hubo ataques dentro de Armenia por parte de Azerbaiyán, pero Armenia todavía no pidió la ayuda de Rusia”.

Este conflicto bélico que en América Latina parece lejano y confuso, en realidad es una “guerra a gran escala, con cuestiones bélicas que no se habían visto en años en el mundo —asegura el periodista—. Estoy hablando de drones, y remarco que son de origen israelíes. Es increíble como ellos han sufrido una Shoah (Holocausto), y ahora son cómplices de la venta de armas cuando hay una guerra. Podes vender armas antes, porque es una forma de amedrentar, pero si vendes armamento cuando hay una guerra es porque son parte”.

Moumdajian también se refiere a las nuevas tecnologías puestas a disposición por Israel y Turquía: “El primer día de la batalla, el 27 de septiembre, sobrevolaron mil drones. Hay soldados que en esta guerra no vieron al enemigo”.

El futuro

Desde que comenzó la guerra, Rusia y Estados Unidos gestionaron tres altos el fuego, que fueron violados por Azerbaiyán. Al mismo tiempo, las reuniones diplomáticas en Moscú o Washington se multiplican. Aunque parece que la diplomacia volvió a activarse, los resultados todavía son pobres y preocupantes. Ankara y Bakú están decididos a avanzar, mientras en Armenia y Artsaj su fuerte más preciado parecen ser las montañas y sus fuerzas de defensa.

“Esta guerra puede durar un mes más, hasta que empiece el frío —analiza Moumdajian—. Aunque no lo creas, tiene que ver con el avance de las tropas de Azerbaiyán que, como no conocen el terreno, se van a quedar estancadas. Esta guerra la maneja Turquía, los drones turcos los manejan los turcos, y los drones israelíes los manejan los israelíes. Azerbaiyán les cedió el espacio aéreo. Los altos oficiales del ejército de Azerbiyán son turcos. Los azeríes no están convencidos de esto, entonces es una guerra de Turquía contra Armenia. Los turcos mandos 1.200 especialistas en alturas, de los cuales ya perdieron la mitad”.

“Esto puede llegar a durar, con escaramuzas, un mes o un mes y medio. Pero lastimosamente hay que decir que, si Erdogan está con ambición y con ganas de sangre, cuando empiece la primavera en esta región se volverá a reactivar. Erdogan quiere el neo-otomanismo, pero ¿quién lo va a frenar?”, reflexiona el periodista. Como última reflexión, Moumdajian cuenta que en Artsaj “las bombas te caen a cinco o seis kilómetros, y lo naturalizas, pero no es lógico que caigan misiles, que no duermas dos noches porque están cayendo misiles y tengas que ir a un bunker. Es una locura, entras en una normalidad que te propone la guerra que me parece trágica”.

leandroalbani@gmail.com

miércoles, 7 de octubre de 2020

Turquía: mercenarios for export

 Por Leandro Albani:

Los conatos de guerra que suenan desde el fin de semana pasado entre Armenia y Azerbaiyán, desatados por el control de la región autónoma de Nagorno Karabaj, se convirtieron en una nueva excusa para el gobierno turco del presidente Recep Tayyip Erdogan para demostrar su capacidad militarista y, al mismo tiempo, dar un paso más en sus políticas de expansión y ocupación territorial.

El mandatario, que busca a toda costa “revivir” el esplendor del Imperio Otomano, es un estrecho aliado del presidente azerí Ilham Alíev. Sabe que esa relación es un puente perfecto para atacar a Armenia, uno de sus principales enemigos en la región. Erdogan, quien mantiene una postura férrea de negación del genocidio armenio, en los últimos meses dejó en claro que Turquía y Azerbaiyán se encuentran fundidos, con variaciones terminológicas, en el histórico lema del nacionalismo turco: del viejo “una nación, un Estado, una patria”, en estos días Erdogan utiliza el moderno “dos estados, una nación”, para justificar que turcos y azeríes son una “raza superior” que busca conquistar la región.

El presidente de Nagorno Karabaj, Arayik Harutyunyan, resumió la actual situación: “No es Azerbaiyán sino Turquía quien está luchando en Nagorno-Karabaj”. Sobre esta nueva guerra, el periodista colombiano y especialista en Medio Oriente, Víctor de Currea-Lugo, escribió recientemente: “El conflicto refleja el viejo problema de querer imponer estados-naciones, homogéneamente culturales, negando la realidad del terreno, como sucede en el caso kurdo. Los nacionalismos y las discriminaciones étnicas y culturales aumentan la tensión, como sucedió en la antigua Yugoslavia. Un cese al fuego no es garantía de paz”.

De forma concreta, Currea-Lugo sintetizó: “Mientras Rusia y Turquía se alían para controlar a los kurdos en el norte de Siria, aquí son enemigos. Por su parte, Rusia vende armas a los dos. Azerbaiyán suministra hidrocarburos a Europa, lo que sería la principal preocupación europea en este conflicto. Hoy día, ningún Estado reconoce a Alto Karabaj como Estado independiente. Así, como en otras guerras, la agenda local termina absorbida por intereses internacionales, los derechos de los civiles no cuentan y el ajedrez internacional vuelve a los pueblos del Cáucaso simplemente peones”.

Alerta mercenarios

En medio de este conflicto bélico en puertas, el Estado turco echó mano a una de sus principales armas: el traslado de miles de mercenarios desde Siria hacia Azerbaiyán, para que respalden al ejército de ese país contra Armenia. 

Esta política no es nueva: ya la viene aplicando en el Kurdistán sirio (Rojava, norte de Siria) y en Libia. Mientras el gobierno utiliza los “enjambres de drones” para bombardear de forma masiva en esos territorios, los mercenarios –muchos de ellos ex combatientes de Al Qaeda y el Estado Islámico (ISIS)- conforman la fuerza de choque en la regiones asediadas u ocupadas ilegalmente.

A los pocos días de iniciados los enfrentamientos militares entre los ejércitos de Ereván y Bakú, el embajador armenio en Rusia, Vardán Toganián, aseveró que al menos 4 mil mercenarios estacionados en el norte de Siria fueron enviados hacia Azerbaiyán. En declaraciones a la agencia de noticias Sputnik, el diplomático aseguró que los mercenarios “ya están combatiendo del otro lado (de Azerbaiyán). Los preparan en campamentos de militantes y los trasladan allí”. Por su parte, la cancillería armenia denunció que “según la información de las fuentes fiables, Turquía recluta a combatientes terroristas extranjeros y los envía a Azerbaiyán. Al mismo tiempo, las autoridades más altas de Turquía brindan apoyo político y propagandístico a Azerbaiyán”.

El 28 de septiembre, la agencia Reuters publicó los testimonios de dos mercenarios trasladados a Azerbaiyán. Ambas personas contaron que su traslado fue coordinado por Ankara. Uno de ellos, que según Reuters integra el grupo terrorista Ahrar Al Sham, afirmó: “No quería ir, pero no tengo dinero. La vida es muy dura y pobre”. Los dos mercenarios coincidieron en que sus comandantes, integrantes del Ejército Nacional Sirio (ENS, respaldado por Turquía) les prometieron un salario mensual de 1.500 dólares. El otro de los mercenarios, que forma parte de la milicia Jaish Al Nukhba, afiliada al ENS, dijo a la agencia que al menos mil combatientes serían enviados a Azerbaiyán.

Otras confirmaciones

El mismo día que Reuters difundía estos testimonios, el diario británico The Guardian publicó un extenso artículo firmado por su corresponsal en Estambul Bethan McKernan, en el que denunció el traslado de mercenarios por parte de Turquía. “El potencial despliegue es una señal del creciente apetito de Turquía por proyectar poder en el exterior y abre un tercer escenario en su rivalidad regional con Moscú”, estimó el periodista.

The Guardian habló con tres hombres que se encuentran en Siria que se sumaron a grupos y milicias irregulares, “que prometieron trabajar con una empresa de seguridad privada turca en el extranjero”. Dos de estas personas fueron convocadas por un comandante de la división Sultán Murat a un campamento militar en Afrin, una de las regiones kurdas de Rojava, ocupada ilegalmente por Turquía. Según sus testimonios, el comandante les explicó que su “trabajo” consistiría en “proteger los puestos de observación y las instalaciones de petróleo y gas en Azerbaiyán, con contratos de tres o seis meses a 7.000 o 10.000 liras turcas por mes (entre 800 y 1.200 dólares)”. 

Tres días antes de que se desataran los ataques cruzados entre Armenia y Azerbaiyán, la agencia de noticia ANHA denunció que “los mercenarios del Estado Islámico (ISIS), Al Qaeda y otros grupos terroristas, utilizados por el Estado turco contra los kurdos en Siria, y responsables de graves crímenes de guerra y de lesa humanidad, primero fueron enviados a Libia y ahora a Azerbaiyán, en medio del tenso conflicto que tiene el gobierno de ese país con Armenia”.

En ese momento, el medio de comunicación kurdo reveló que al menos 50 miembros de la división Sultán Murat, que opera en Afrin, fueron enviados a Azerbaiyán. Además, publicó el nombre de 41 de los mercenarios. A su vez, se indicó que el plan contemplaba enviar 150 combatientes a sueldo a Azerbaiyán y que, en agosto pasado, Turquía ya había trasladado 275 mercenarios de diferentes organizaciones terrorista. En julio, ANHA había denunciado que el gobierno se encontraba organizando el envío de mercenarios que operaban en la provincia siria de Idlib, donde Turquía tiene una presencia importante con decenas de puestos militares y relaciones fluidas con buena parte de los grupos terrorista que controlan la zona.

El 30 de septiembre, quien confirmó la presencia de mercenarios fue el gobierno ruso. En un comunicado, el Kremlin señaló: “Según informaciones recibidas, a la zona del conflicto de Nagorno Karabaj están llegando integrantes de grupos armados ilegales procedentes, en particular, de Siria y Libia, con el objetivo de participar directamente en los combates”. La cancillería de Rusia manifestó su preocupación por este hecho, ya que “conducirá no solo a una escalada mayor de las tensiones en la zona del conflicto, sino que creará amenazas de largo plazo para todos los países de la región”. Moscú llamó “a los dirigentes de todos los países interesados a tomar medidas efectivas para evitar el uso de terroristas extranjeros y mercenarios en este conflicto y garantizar su retirada inmediatamente de la región”.

Cuando se traza una línea de la política turca entre Rojava, Libia y ahora Azerbaiyán, se observa con claridad cuáles son las intenciones del gobierno de Erdogan. Sin respetar las leyes y convenciones internacionales, generando el desplazamiento forzado de miles de personas, aplicando un sistema de cambio demográfico para partir territorios, tanto en lo material como en lo humano, y cometiendo o avalando un sinfín de crímenes de guerra, como lo denunció en varias oportunidades Naciones Unidas, Turquía avanza como una mancha oscura en Medio Oriente y el Cáucaso. Un avance peligrosamente similar al que hace apenas unos años atrás soñaba los yihadistas del Estado Islámico.

leandroalbani@gmail.com

viernes, 4 de enero de 2019

La obsesión de Erdogan por exterminar al pueblo kurdo

Por Leandro Albani:


Turquía redobla su política expansionista sobre las regiones kurdas de Irak y Siria. Para aplicar esta política, cuenta con la venia de Estados Unidos y Rusia.

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan es claro en sus objetivos y no vacila demasiado en conseguirlos. Entre sus “prioridades” políticas, se encuentra el exterminio del pueblo kurdo. Puede sonar exagerado, pero la realidad confirma que el mandatario lleva adelante un plan represivo sistemático contra los kurdos tanto del sudeste de Turquía (Bakur) como también de los pueblos del norte de Siria e Irak (Rojava y Bashur).

A mediados de diciembre, el gobierno de Ankara ordenó el bombardeo del campo de refugiados de Makhmur y de Shengal, en Bashur. Los ataques contra el campamento, en el que viven más de 13 mil personas desde la década de 1990, dejaron como saldo cuatro mujeres muertas que se encontraban trabajando con su ganado: Asya Ali Muhammed, de 73 años; Narinç Ferhan Qasım, de 26 años; Eylem Muhammed Emer, de 23 años, y Evin Kawa Mahmud, de 14 años. Tres de ellas eran abuela, madre e hija de una misma familia. En Shengal, los bombardeos apuntaron contra el pueblo yazidí, que sufrió, en 2014, los ataques mortales del Estado Islámico (ISIS).

El problema de Erdogan en Makhmur y Shengal tiene que ver con que los pueblos de esas zonas llevan adelante una política independiente de las potencias extranjeras y regionales. Nucleados bajo el paragua del Con federalismo Democrático, ideología del Movimiento de Liberación de Kurdistán (MLK), kurdos, árabes, musulmanes, yazidíes y asirios se autoorganizan y declararon las autonomías de sus territorios en los últimos años. Para el mandatario turco, es inaceptable un planteo concreto que rompa con sus sueños de reinstalar el imperio Otomano en Medio Oriente.

Campamento de Makhmur después de los bombardeos turcos 
Lo mismo sucede en Rojava. Desde marzo, el ejército turco -junto a mercenarios del Ejército Libre Sirio (ELS)- ocupa de forma ilegal la región kurda de Afrin. Este territorio se había convertido en una zona de paz en medio de la guerra de agresión en Siria. Hacia Afrin, habían llegado alrededor de 500 mil desplazados internos, que fueron ubicados en casas y campamentos temporarios por las autoridades de la Federación Democrática del Norte de Siria (FDNS). Por estos días, las plantaciones de oliva que hicieron famoso a Afrin son destruidas o comerciadas ilegalmente a Turquía. Además, los mercenarios del ELS (muchos de los cuales prestaban servicios a ISIS) son los encargados de saquear hogares, secuestrar a hombres y mujeres por los cuales luego piden rescate, y aplicar un cambio demográfico que tiene como fin de expulsar a la población kurda, árabe, armenia, asiria, para “liberar” el territorio. ¿Cuál es el objetivo de este cambio demográfico? El más visible es que Afrin se convierta en la retaguardia de los terroristas apoyados por Turquía. Esto ya sucede, luego del acuerdo entre Damasco, Ankara, Teherán y Moscú para trasladar a Afrin a los terroristas desmovilizados de Ghuta Oriental.

En su escalada de confrontación, Erdogan anunció la semana pasada que sus fuerzas militares estaban preparadas para incursionar nuevamente en Rojava y ocupar más porciones de territorio. La respuesta de la FDNS y de las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS) y de las Unidades de Protección del Pueblo (YPG/YPJ) fue concreta: redoblar la resistencia, continuar en la construcción de una nueva sociedad que tenga a las mujeres como principales protagonistas y apelar al diálogo interno para resolver el conflicto sirio, que ya lleva siete años y dejó como saldo 500 mil muertos.

El plan de invasión y ocupación de Erdogan para las regiones kurdas no sólo tiene mérito propio. Existe una alianza –por momentos difusa- con las principales potencias internacionales, en especial, Estados Unidos y Rusia. En el caso de Makhmur, los bombardeos de la aviación no pudieron escapar del control aéreo que ejerce Washington sobre Irak. El cielo iraquí tal vez sea el más vigilado del mundo. Entonces, ¿por qué, después del ataque sobre el campamento de refugiados, la Casa Blanca mantuvo silencio? Naciones Unidas –responsable oficial de Makhmur junto al gobierno iraquí- tampoco se pronunció sobre este ataque, que además violó las fronteras de Irak, en un claro incumplimiento de leyes internacionales.

Sobre la ocupación turca de Afrin, la responsabilidad recae en Rusia. La invasión a esa región estuvo precedida por dos meses de bombardeos turcos. El encargado de controlar el espacio aéreo de Afrin era Moscú. En el Kremlin, apenas pronunciaron unas tibias palabras que buscaban la “distensión” de la situación. También Estados Unidos carga con responsabilidades. Se calcula que, en Rojava, la Casa Blanca mantiene a dos mil soldados que asesoran a las FDS y a las YPG/YPJ, en lo que las autoridades de la FDNS califican como “alianza táctica”. La inacción de las tropas estadounidenses fue justificada con el argumento de que solo “combaten” a ISIS.

Es claro que el poder regional de Turquía no es para nada menor. Aunque Erdogan mantenga encarcelados a cinco mil militantes del movimiento kurdo, haya clausurado más de cien medios de comunicación y encarcelado a decenas de periodistas, Estados Unidos y Rusia continúan pujando por profundizar sus alianzas con Ankara. Para esas potencias, la moneda de cambio es el pueblo kurdo. Un pueblo que, esta vez, tiene en claro que su libertad e independencia no será negociada o vendida al mejor postor

leandroalbani@gmail.com