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miércoles, 2 de diciembre de 2020

Diego Armando y su compromiso con los pueblos de América Latina

 Por Adel Cipagauta Valenzuela: 

Desde su humilde Fiorito, barrio rioplatense de extremas carencias y pobreza aguda, saltó al reconocimiento mundial en el ámbito del deporte: su genialidad, voluntad y fuerza física deslumbraron a generaciones de jóvenes practicantes o admiradores del fútbol, en tanto principal deporte de masas. Reconocimiento popular que, particularmente, en su natal República Argentina, hoy alcanza ribetes míticos semejantes a sus figuras sociales históricas contemporáneas, como Evita Perón.

A través de sucesivos y millonarios contratos profesionales, en un breve período de tiempo, Diego Maradona saltó también desde la extrema pobreza de su entorno familiar, al mundo de la fama, la abundancia extrema.

Proceso personal laboral, que vivió en medio de un descontrolado desarrollo mundial de penetración capitalista en este deporte, que arrebató su profundo sentido social, representativo de los más amplios sectores sociales e instituciones en cada país (colonias de migrantes, barrios, universidades, regiones, u otros) hacia empresas, bajo formas de sociedades anónimas dominadas por inversionistas, con un control económico y financiero de poderosos grupos de poder. En pocos años en América Latina y el mundo los clubes deportivos fueron arrebatados a la sociedad civil, a los pueblos, transformando esta principal actividad deportiva internacional, en viles sociedades anónimas, cuyo fin principal es el lucro y la acumulación de riqueza, en su propio beneficio.

El “Pelusa” - como cariñosamente lo apodaban en su entorno familiar y barrial - de ahí en adelante estuvo atrapado en el sórdido ámbito de este gran comercio de seres humanos, dominado por poderosos clanes financieros de alcance mundial.

Diego Maradona, destacó no solo por sus virtudes futbolísticas. Él fue un implacable denunciante de las mafias de poder al interior de la omnipotente empresa financiera mundial: Federación Internacional de Fútbol Asociado, conocida por sus siglas, como la FIFA.

Su denuncia permanente de procedimientos delictuales ilícitos y fraudes al interior de FIFA, en beneficio de familiares y/o grupos económicos, protagonizados por dirigentes inescrupulosos, encabezados por su corrupto presidente Joseph Blatter, con el fin de apropiarse en beneficio propio de montos de dinero multimillonarios, que hoy genera el espectáculo deportivo mundial, sus transmisiones y publicidad. 

Maradona, fue implacable y pagó caro, su rechazo y denuncia constante de la mafia del futbol enquistada por años, en nuestra región de América Latina a través de la Federación Sudamericana de Futbol (la misma de los corruptos Sergio Jadue, Nicolás Leoz de Paraguay, Eugenio Figueredo, entre otros, enjuiciados y condenados por sobornos, fraude y lavado de dineros). De todo esto, poco se ha mencionado al momento de precisar la verdad histórica del futbol en América Latina y el rol de Diego, en la incorruptible defensa de los futbolistas profesionales y del futbol como expresión deportiva de nuestros pueblos americanos.

Fiel a su condición latinoamericanista, Diego Maradona jamás olvidó, ni mucho menos negó, su origen socioeconómico humilde. Desde su ascenso, destacado como sobresaliente futbolista, durante décadas reivindicó su adhesión a las luchas de liberación de los pueblos, una y otra vez levantó en alto su voz y su coraje deportivo para expresar apoyo y adhesión irrestricta, en especial hacia las luchas políticas antiimperialistas, en nuestro continente.

Diego, condenó una y otra vez, los intentos sistemáticos de intromisión de los Estados Unidos de Norteamérica, en los asuntos internos de nuestros pueblos, así mismo, respaldó siempre el legítimo derecho de sus luchas por la   la dignidad humana, su soberanía y el bienestar social.

Sus reiteradas y públicas expresiones de amor y admiración hacia la Revolución Cubana fueron múltiples, así como con el proceso de liberación bolivariano en Venezuela y la causa indigenista y avances democráticos en nuestra hermana República de Bolivia y su líder Evo Morales.

Su compromiso social y político con “los más jodidos”, con “los de abajo” fue reiterado a través de toda su carrera deportiva, en los momentos de mayor reconocimiento mundial; cualquiera fuese el lugar del mundo en que se produjesen abusos, explotación e inequidades hacia los más pobres.

Su adhesión a la causa por la defensa de los derechos humanos, en especial para denunciar los crímenes durante el período de la dictadura militar en su patria.  Solo así, es posible entender el sentido homenaje que las Madres de Mayo, le brindaron frente a su féretro, durante la ceremonia fúnebre.

Hoy, transcurridas los primeros momentos desde su partida física, y con las imágenes del Che y de Fidel tatuadas en sus extremidades - probablemente el “Pibe de Oro”, como lo llaman en su país aquellos cientos de miles de jóvenes argentinos que hace unas horas lo despidieron en la Casa Rosada, viaja feliz al reencuentro latinoamericanista con sus hermanos y amigos entrañables: el Comandante y Presidente de Cuba Revolucionaria Fidel Castro; y el conductor y guía de la Revolución Bolivariana de Venezuela, Comandante Hugo Chávez.  

Descansa en paz, compañero Diego Armando Maradona.!

viernes, 27 de noviembre de 2020

Maradona en todos lados

 Por Leandro Albani:

Diego Maradona fue muchas cosas, pero sobre todo fue un nombre que, cuando lo escuchaban en cualquier parte del mundo, despertaba miles de sentimientos cruzados.

Agosto de 2013. Montañas de Qandil, en el Kurdistán iraquí. Estoy en un campamento de la guerrilla del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK). Es de noche, hace un rato terminamos de cenar. Alrededor de una mesa de madera, un grupo de guerrilleros charla. Yo miro, mientras me traducen. Uno de los guerrilleros hace la pregunta que escucho desde que llegué a Kurdistán: ¿Messi o Maradona? Respondo que Maradona. Otro guerrillero prende la mecha de la discusión: dice que no puede ser que Maradona viva en Dubai, la capital de Emiratos Árabes Unidos. Dice también que la monarquía de ese país viola los derechos humanos, que es contrarrevolucionaria. Otro guerrillero lo corta y le dice que Maradona nunca se olvidó del lugar en que nació.

Ese guerrillero, al que escucho y observo en la noche cerrada de las montañas de Qandil, en un territorio que en cualquier momento puede ser bombardeado, donde el grupo insurgente más importante de Medio Oriente controla una zona del tamaño de Uruguay, les explica al resto que Maradona nació en un lugar muy pobre y que, pese a su fama y su dinero, nunca se olvidó de su gente. Me pregunto ahora –y seguramente me pregunté en ese momento alucinado- cómo ese guerrillero kurdo sabía dónde había nacido Maradona. Después, el silencio. Esperan mi opinión. Creo que dije que era verdad que Maradona nunca se había olvidado de los pobres del mundo y que, más allá de todo, representaba a los más humildes. Y que era amigo de Fidel y de Chávez, y que para muchos latinoamericanos eso era muy importante.

Cuando llegué al aeropuerto de Sulimaniyah, una de las ciudades más grandes del Kurdistán iraquí, dos empresarios fueron a buscarme. En camionetas negras de películas, llegaron con todas sus familias, incluidos los hijos pequeños. Sabían que era argentino, por eso los pibes, en cuanto arrancaron los saludos protocolares, me empezaron a preguntar por Maradona y por Messi. Mi única respuesta fue: “Maradona, Maradona, Maradona”.

En 2012, la Agencia Venezolana de Noticias (AVN), donde trabajaba ese año, me envió, junto a otro periodista, a Irán para representar a los medios públicos de Venezuela en un encuentro de medios de comunicación. La primera noche en Teherán, junto a mi compañero salimos a caminar y llegamos al parque Laleh, que quedaba cerca del hotel donde nos hospedábamos. Ya era tarde, pero en el parque mucha gente jugaba al ajedrez y al bádminton. Otras personas –en su mayoría adolescentes- formaban rondas y charlaban. Cuando salimos del parque, por supuesto, no teníamos idea en dónde estábamos. Entramos de nuevo al parque y les preguntamos a dos chicos cómo llegar al hotel. Cuando le dijimos que éramos de Venezuela y de Argentina, uno de ellos se puso frenético y empezó a repetir dos palabras: “Maradona” y “fútbol”. Mientras los dos chicos nos acompañaban hasta el hotel, el que estaba frenético me repitió durante todo el trayecto los apellidos de jugadores de fútbol de la selección de Argentina. Cada tanto, repetía “Maradona, Maradona” como un mantra.

Viví casi seis años en Venezuela y vi cómo Maradona, cada vez que fue al país, no vaciló en defender a la Revolución Bolivariana. Y sentí, orgulloso, cuando los venezolanos y las venezolanas me agradecían por las palabras de Maradona. Viajé varias veces a Cuba, ya sea a trabajar o a estudiar. Y también sentí esa mezcla de orgullo y vergüenza cuando en La Habana, en Santa Clara, en Santiago o en Viñales, los cubanos y las cubanas me preguntaban por la salud de Maradona y me decían que ellos estaban muy agradecidos por sus opiniones sobre Cuba. Y que ellos, cubanos y cubanas de a pie, estaban dispuestos a recibirlo en la isla todas las veces que fueran necesarias.

En 2010, durante el Mundial de Fútbol en Sudáfrica, yo estaba en Acteal, en la comunidad Las Abejas, en el Chiapas zapatista. Cuando Argentina jugó contra Alemania, y Maradona era el director técnico, fui hasta un almacén que tenía un televisor. Esa tarde, ese lugar humilde del México profundo estaba repleto de nenitos; algunos apenas tenían los años justos para hablar. Me senté en el piso y miré el partido. Y miré, sin poder creerlo, cómo esos nenitos festejaban cada vez que la televisión mostraba al Maradona director técnico. En Acteal, también me pregunté cómo podía ser que esos nenitos, hijos de los pueblos originarios del México insurgente, sabían quién era Maradona. ¿Por qué festejaban? ¿Por qué se ponían tan felices cuando las cámaras enfocaban a Maradona? ¿Hasta dónde llegaba Maradona?

Ese mismo año, se conocieron las siguientes declaraciones de Maradona: “Soy el hincha número uno de Palestina”. Y agregaba: “Visitar Palestina sería como si mi nieto Benjamín me diera un beso”. “El pueblo palestino tiene necesidad de ayuda de todos y yo estoy a su disposición. Soy el hincha número uno”, repitió Maradona. Releo esas declaraciones y me pregunto por qué el mejor jugador de fútbol del mundo afirmaba, sin titubear, su apoyo a Palestina. Y me pregunto, ahora, qué habrán sentido los palestinos y las palestinas, que son los olvidados más olvidados de la tierra, esos hombres y esas mujeres a las que todos los días les niegan su tierra a fuerza de bombardeos, masacres y detenciones masivas. Estoy casi seguro de que cuando Maradona dijo esas palabras, los pobladores de Palestina se sintieron menos solos y el fuego de sus esperanzas seguramente ardió con más fuerza. 

Tal vez, pienso ahora, en esa discusión en las montañas de Qandil, se sintetiza quién fue Maradona: una persona con una humildad inmensa y con las posturas más cuestionables que siempre, cada persona con vaya a saber qué autoridad, les criticó. Una persona con profundas contradicciones, como cada uno de los hombres y mujeres que habitan este mundo. Así de simple, sin tantas vueltas o reflexiones sesudas. La diferencia de Maradona con el resto de los mortales es que, donde se escuchara su nombre, algo temblaba. Ya sean risas, agradecimientos, festejos o críticas, Maradona estaba ahí. Y muchas veces, era la forma de comunicación más primitiva que, al menos a mí, siempre me permitió abrir una puerta o conocer gente.

Diego Maradona falleció el mismo día que Fidel Castro pasó a la inmortalidad, hace ya cuatro años. Fueron grandes amigos y dos irreverentes. A Diego y a Fidel los odiaron las mismas personas, una pequeña señal de que ambos, seguramente, hicieron algo para que este mundo sea más justo y feliz.

leandroalbani@gmail.com