viernes, 6 de noviembre de 2020

Es más fácil adivinar quién perdió que saber quién ganó

 Por Sergio Ortiz::

En la que se precia de ser la mayor y mejor democracia del mundo se votó el martes 3, pero a 48 horas del cierre no se sabe quién ganó. Y puede haber más demoras. Es más fácil adivinar quién perdió.

Los comicios eran clave porque además de ungir presidente y vice se elegían 435 escaños de la Cámara de Representantes y 35 senadores. Por el Ejecutivo competían el actual presidente, Donald Trump acompañado de su vice, Mike Pence, republicanos, versus la fórmula de los demócratas de Joe Biden y su vice, Kamala Harris.

Un dato de color, no descalificatorio, es la edad de los dos presidenciables, pues Trump sopló 74 velitas y Biden 77. No se cuecen en un sólo hervor.

Lo más importante es la decrepitud del sistema político electoral estadounidense, que se remonta a 250 años y se resiste como gato panza arriba a cambios. Por ejemplo, no es una elección directa sino por medio del Colegio Electoral de 538 miembros, donde el ganador requiere un piso de 270 electores.

O sea que el electorado sufraga por una u otra lista – la apariencia bipartidista tiene otros partidos menores – y según quien gane en cada uno de los 50 estados y el distrito de Washington, se lleva todos los delegados al Colegio Electoral de dicho estado.

Ya hubo dos elecciones, en 2000 entre el demócrata Al Gore y el republicano George W. Bush, y en 2016 entre Hillary Clinton y Trump, donde los demócratas superaron por más de 2 millones a sus contrincantes, pero éstos fueron en definitiva a la Casa Blanca. ¿Qué sucedió? Que los republicanos tuvieron menos votos, pero más delegados en el Colegio Electoral en determinados estados. 

¿Podrá ser la actual la tercera vez que ocurra un disparate antidemocrático como ese? No se puede descartar, porque al momento de escribir esta nota Biden llevaba la delantera con más de 70.5 millones de votos (50.18 por ciento) contra 67.5 millones (48.1) del magnate neoyorquino. A su vez en cuando a delegados también la ventaja era demócrata: 248 delegados contra 214.

Sin embargo, pese al tiempo transcurrido desde el cierre de los comicios y que 100 millones de personas habían votado en forma anticipada, sea en forma presencial o por correo, no hay resultados definitivos. En algunos estados se advirtió que el conteo de los sufragios por correo recién comenzaría con el fin de la elección, y eso obviamente puede inclinar la balanza para uno u otro lado. 

También porque restan algunos estados considerados clave para el resultado, donde aún no se terminó de contar los votos, sobre todo en tres: Wisconsin (10), Michigan (16) y Pensilvania (20). El primero de esa lista fue adjudicado a Biden, mientras se sigue contando en los otros dos. En Pensilvania parece tener mayoría Trump, por eso es imposible saber a esta altura quién ganó. Es un final abierto, para usar una frase muy gastada, o final de bandera verde, para los burreros.

Peor Trump.

En competencia electoral tanto republicanos como demócratas tienden a agrandar las diferencias políticas y de estilos de candidatos, buscando ganar el electorado de ese país de 382 millones de habitantes. En el fondo son más las similitudes que las diferencias. Unos y otros defienden el sistema económico dominado por Wall Street, bancos, fondos de inversión, Silicon Valley, multinacionales y organismos financieros internacionales donde el voto estadounidense pesa más que cualquier otro.

Un demócrata empezó el bloqueo a Cuba, John F. Kennedy, y otros republicanos lo recrudecieron, como Bush y Trump. A Venezuela la declaró un serio peligro para la seguridad estadounidense el demócrata Barack Obama en 2015 y el neonazi que hoy habita el Salón Oval siguió con la línea de bloqueo, agresiones y hasta el proyecto de invasión militar.

De todas maneras, con esas y muchas otras coincidencias, es incorrecto decir que Trump y Biden «son lo mismo», una típica trosqueada argenta.

En cuanto a la pandemia, Trump fue criminal, minimizándola, sin adoptar medidas sanitarias y acusando a China de haber fabricado y exportado el coronavirus. En buena medida por eso hoy EEUU tiene 9 millones de contagios y más de 230.000 muertos, en tanto las demonizadas Cuba y Venezuela lamentan sólo 129 y 810 muertes.

En materia sanitaria Biden no fue tan malo como su oponente, claro que con la aclaración de que no tuvo responsabilidades ejecutivas: habló a favor de la OMS, se presentó siempre con barbijo y cuestionó las brutalidades de Trump en la materia.

La pandemia está ligada, como en el resto del mundo, a las consecuencias negativas en lo económico-social. EEUU tuvo siempre 40 millones de pobres, fruto del sistema republicano-demócrata capitalista de antaño. Y con el Covid-19 se sumaron 25 millones que pidieron subsidio de desempleo y ayuda estatal. Ese aumento de la pobreza debe ser facturado al partido republicano porque gobierna, no porque los demócratas sean mejores. 

El poder no estaba en sus manos cuando el índice de desempleo se empinó de 5 al 14 por ciento (luego bajó algunos puntos). Esa factura corresponde pagarla a Trump.

Sistema viciado.

Este sistema no tiene voto directo ciudadano. También en cuanto a la limpieza de los comicios, el peor es Trump. En los días previos denunció que estaba en marcha un fraude con la votación por correo, que supuestamente sería demócrata. No aportó ninguna prueba de tal fraude. Y en la medianoche del martes, se autoproclamó ganador y volvió sobre la tesis del supuesto fraude, por lo cual iría, según amenazó, a la Corte Suprema (allí tiene 6 votos conservadores contra 3 que podrían ser críticos).

O sea, ensució la elección sin tener pruebas. Incluso declaró que no aceptaría los resultados, o sea se quedaría en la Casa Blanca de prepo. Eso sería un flagrante delito, pero además una incitación a la violencia, en un país que es violento afuera, como el sheriff del mundo, y también lo es fronteras adentro, sobre todo contra los pobres, los afroamericanos, latinos, indígenas y mujeres. Todavía están frescas las puebladas de este año luego de los crímenes policiales de George Floyd y varios otros afroamericanos.

También a la hora de reprimir el peor de todos es Trump. El otro, quizás simuladamente, dice reconocer al Black Lives Matter.

Cuando se sepa el ganador no terminará esa discriminación racial. A lo sumo, si pierde Trump, no se completará el «muro del apartheid» con México.

Estas elecciones fueron carísimas. Entre los dos aspirantes destinaron 6.600 millones de dólares, 2.000 millones más que en 2016, cuando Trump se enfrentó a Clinton, según un estudio del Center for Responsive Politics. En total el gasto electoral, contando la pelea legislativa por el Senado y los Representantes, fue de 17.000 millones de dólares. La plutocracia o democracia de los ricos, derrocha dinero y falsas promesas.

Con recuentos incompletos y denuncias, hoy no se sabe quién ganó; es más fácil aventurar quién perdió, el pueblo norteamericano.

ortizserg@gmail.com 

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