miércoles, 12 de agosto de 2020

Gestionar la ocupación y ocultar crímenes de guerra: cómo Israel ha transformado el paisaje en Palestina



Por Clothilde Mraffko:
Gestionar la ocupación y ocultar crímenes de guerra: cómo Israel ha transformado el paisaje en Palestina
Vegetación, arquitectura, carreteras, muros… El proyecto sionista ha remodelado el paisaje en Israel y en los territorios ocupados, creando complejos entrelazados en los que se oculta la presencia palestina, cuando no se mantiene bajo vigilancia o encerrada.



Para el viajero europeo que desembarca en el aeropuerto de Tel Aviv , entrar en Jerusalén ofrece un panorama extrañamente familiar. Poco antes de que la ciudad santa descubra sus primeras colinas, la carretera se ondula en medio de montañas verdes. Aquí, los árboles recuerdan más a los bosques de Europa que los paisajes del vecino Líbano. Pinos y cipreses bordean los relieves, lejos de la imagen bíblica de los campos de olivos.

Incluso antes de la creación de Israel en 1948, “las y los inmigrantes sionistas que vinieron aquí desde Europa, especialmente Europa del Este, querían que el paisaje fuera más verde, con árboles, para parecerse a lo que conocían», recuerda Noga Kadman, investigadora independiente y autora del libro Erased from Space and Consciousness: Israel and the Depopulated Palestinian Villages of 1948.

Mucha gente emigra con un mito en mente: Palestina es una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra, el pueblo judío. Salvo que, en realidad, al comienzo de 1948 unas 900.000 personas palestinas vivían dentro de las fronteras de lo que se convertiría en Israel.

A pesar de todo, queda en el imaginario de la gente recién llegada la «idea de que el país había sido descuidado durante cientos de años», continúa Noga Kadman. Por lo tanto, las y los inmigrantes comenzaron a plantar de todo en el territorio, utilizando principalmente dos especies de árboles: eucaliptos y el pino de Alepo o pino de Jerusalén.

Importado de Australia, el eucalipto se planta primero por todas partes: se utiliza para drenar las marismas y, sobre todo, crece muy rápidamente. Pero no está realmente adaptado a Palestina, al ser demasiado sediento de agua.

Se reemplaza gradualmente por el pino de Alepo que, al contrario de lo que su nombre sugiere, tampoco es una especie local. Lo encontramos más bien en el oeste del Mediterráneo, en el sur de Francia, por ejemplo. También crece rápidamente, es tolerante a la sequía, pero también es más vulnerable a los incendios.

Como consecuencia, el paisaje se va transformando gradualmente, bajo el impulso del Fondo Nacional Judío (FNJ). La agencia, creada a principios del siglo XX para adquirir tierras en Palestina para las y los inmigrantes judíos, fue encargada después de 1948 de ocupar las tierras de las que fueron expulsados las y los palestinos, designadas como propiedades del Estado en ausencia de sus dueños.

Hoy, el Fondo gestiona en particular los bosques en Israel y se enorgullece de haber plantado «cientos de millones de árboles«, defiende uno de sus portavoces, Alon Brandt, en una carta de respuesta a Middle East Eye. Especifica que la organización no solo ha plantado pinos de Alepo, sino también olivos, la especie local por excelencia.

Pero algunos críticos señalan que las plantaciones del FNJ no han creado un verdadero ecosistema. Por el contrario, debido a que las especies no son lo suficientemente variadas, estos espacios no tienen la apariencia de bosques reales; los pinos han hecho que los suelos sean ácidos, y los animales realmente no habitan en aquellos lugares donde la pequeña vegetación no ha echado raíces.

«Tomar posesión de la tierra»

Pero el FNJ no solo está tratando de reverdecer Palestina. «Plantar árboles era una forma de tomar posesión de la tierra», analiza Noga Kadman. Incluso hoy, en «localidades palestinas en Israel, si no se quiere que las ciudades crezcan con la construcción de nuevas casas, se plantan bosques a su alrededor», agrega.

En el Negev, en el sur de Israel, las autoridades israelíes demolieron incluso un pueblo entero para reforestar el desierto. El pasado 12 de febrero, la aldea de al-Araqib fue destruida por 175ª vez. En las parcelas que declaraban poseer las y los aldeanos, israelíes árabes beduinos, descendientes de las y los palestinos que permanecieron en sus tierras en 1948, el FNJ comenzó a plantar árboles en 2006; a medio plazo planea establecer allí dos bosques.

Los árboles también se utilizan para ocultar los estigmas del violento nacimiento de Israel. «La prioridad de la política de reforestación llevada a cabo por el FNJ es ocultar sus crímenes de guerra, para que Israel sea considerada como la única democracia en el Medio Oriente», denunció en 2005 el activista israelí por los derechos civiles Uri Davis.

Entre 1947 y 1949, entre 750.000 y 800.000 personas palestinas fueron desalojadas de sus tierras por las milicias sionistas, expulsadas por la fuerza o huyendo de la lucha para buscar refugio en los países fronterizos. En mayo de 1948, se creó el Estado de Israel; para las y los palestinos, esta fecha oscura se conmemora como la Nakba, la catástrofe en árabe.

Más de 400 aldeas fueron destruidas, recuerda Noga Kadman. “La mitad de estas aldeas están enterradas bajo ciudades israelíes o se han integrado en ellas”.

Pero una parte, 68 según ella, se encuentra hoy en tierras pertenecientes al FNJ, de las cuales “46 están enterradas bajo un bosque”. Después de 1948, se plantaron árboles rápidamente sobre las ruinas de las casas palestinas; Israel espera así disuadir a las y los refugiados de intentar regresar y reconstruir sus hogares.

Una política que continuó en 1967. Durante la Guerra de los Seis Días, las batallas de Latrun permitieron a los israelíes apoderarse de toda Jerusalén. También arrojaron a los caminos del exilio a unas 10.000 personas que vivían en ese enclave, entonces bajo control transjordano, muy cerca de la ciudad santa.

Hoy en día, tanto la gente palestina como la israelí en su mayoría conoce el lugar porque es una de las áreas recreativas más bellas de Jerusalén: 700 hectáreas con cascadas, pistas para bicis y mesas de picnic con sombra.

Pero lo cierto es que el Parque Ayalon está construido sobre las ruinas de dos pueblos palestinos, Amwas y Yalu, completamente arrasados en 1967, así como sobre la tierra de una tercera localidad, Beit Nouba. Hoy en día solo quedan un santuario y algunas higueras que, en Palestina se utilizaron para demarcar parcelas familiares. Siluetas espinosas con bayas rojas y amarillas, que paradójicamente le dieron a los israelíes su apodo (sabra), salpican los caminos del parque, como para recordar que las aldeas palestinas estuvieron una vez allí.

De esta trágica historia, las y los generosos donantes canadienses que ayudaron a construir el Parque Ayalon, inaugurado por el FNJ en 1976, no sabían nada.

En 1991, un reportaje de la televisión canadiense reveló al público del otro lado del Atlántico que el parque no solo se construyó parcialmente más allá de la Línea Verde, que sirvió como la frontera internacionalmente reconocida en 1949 entre un futuro estado palestino e Israel, por lo tanto, en territorios ocupados, sino que se usaba principalmente para enterrar las ruinas de más de mil casas destruidas. El FNJ se vio obligado a disculparse, pero no ha respondido a las preguntas de MEE sobre este punto.

También será necesario esperar hasta 2006 y una decisión de la justicia israelí para que las y los visitantes puedan finalmente tener conocimiento de la trágica historia del lugar, resumida en hebreo en carteles de madera. La organización israelí Zochrot, recuerdos en hebreo, ha presentado una demanda contra el FNJ para obligarlo a no borrar los recuerdos de Amwas y Yalu.

Una segregación visible
Si bien cientos de aldeas palestinas fueron arrasadas con la creación de Israel, las grandes ciudades se conservan, pero se las despoja de cualquier presencia árabe. Así, informa el historiador israelí Illan Pappé en su libro La limpieza étnica de Palestina (hay traducción al español ndt), 227 casas fueron demolidas en Haifa en 1948, junto con el mercado cubierto, «uno de los mercados más bellos de su tipo», y cerca de otras 500 casas palestinas fueron reducidas a polvo en Tiberíades, en el noreste del país, en Jaffa e incluso en Jerusalén Oeste.

Israel se construye pues alrededor de un principio: no hay mezcla entre israelíes judíos y quienes son llamados árabes israelíes, descendientes de palestinos que permanecieron en sus tierras en 1948 y que vivieron bajo administración militar hasta 1966.

Con raras excepciones, a menudo en las zonas más pobres, «hay segregación entre israelíes y palestinos en todo el país», dijo a Middle East Eye Efrat Cohen-Bar, arquitecto de la ONG israelí para la defensa de los derechos humanos Bimkom. Piensa que la idea principal, «es que no queremos estar juntos, y es válido en ambos lados». A cada cual su propio barrio, a cada cual su propia ciudad.

Un credo aún más marcado en Cisjordania, territorio palestino bajo ocupación israelí desde 1967. Aquí, dos mundos se cruzan, pero nunca se encuentran: las y los colonos israelíes y las y los palestinos bajo ocupación. Una segregación inscrita, de una manera mucho más brutal, en el paisaje.

Así, desde la salida de Jerusalén de camino a Belén, el símbolo más obvio de estos paisajes bajo ocupación aparece desde el primer túnel cruzado: a veces bloques de hormigón, a veces una valla apenas más alta que las barreras acústicas de las carreteras  o un muro imponente, el muro de separación construido por Israel en la década de 2000, considerado ilegal por la Corte Internacional de Justicia, cierra el horizonte. Difícilmente se pueden distinguir las casas palestinas detrás.

Esta frontera, inscrita en el paisaje, incorpora todas las demás estructuras militares que las y los palestinos encuentran tan pronto como se aventuran fuera de sus ciudades y pueblos: barricadas, puestos de control, torres de vigilancia, barreras…

Por el contrario, a través de un astuto laberinto de túneles, carreteras reservadas para automóviles israelíes y puentes, las y los colonos israelíes pasan de una colonia a otra, sin estar nunca en contacto con una localidad palestina. Un estado de hecho que la anexión de las colonias, prometida por Israel en los últimos meses con el apoyo de los Estados Unidos, debería consolidar. La segregación será aún más llamativa.

La ubicación misma de las colonias cuenta esta historia de dominación. «Las aldeas palestinas, históricamente, se construyeron alrededor de fuentes de agua, por lo que generalmente no se hizo en lo alto de la colina», analiza Efrat Cohen-Bar.

Pero prácticamente todas las colonias israelíes comenzaron en la cima. Otra forma de decir: somos dueños de esta tierra, es nuestra. Las cumbres de las colinas, menos fértiles, también son a menudo el lugar más disponible para nuevas construcciones.

La ocupación israelí se está expandiendo de forma estratégica; el paisaje cambia a medida que evolucionan los intereses israelíes.
“Al principio fue un intento de controlar el terreno, casi como si los asentamientos fueran tanques y bases militares. Luego, se posicionaron de tal manera que bloquearan la creación de un espacio palestino continuo, destruyendo así la posibilidad de un Estado «, dijo a Middle East Eye Eyal Weizman, fundador de Forensic Architecture , una organización que investiga las violaciones de los derechos humanos utilizando, entre otras cosas, la arquitectura.

El mapa del estado palestino imaginado por Donald Trump como parte de su plan de paz es, además, la culminación de esta estrategia: hay un conjunto de islotes palestinos unidos entre sí por túneles y puentes, sin coherencia geográfica.

En Cisjordania, el visitante puede identificar dos mundos de un vistazo: por un lado, las casas con techos planos palestinos, dispersas en la ladera, en los campos, por el otro, las colonias, a menudo un conjunto de edificios idénticos, identificables por sus techos rojos, inclinados, de estilo occidental, encaramados sobre los relieves.

«No necesitamos este tipo de techos en Israel, estos techos son útiles para la nieve», señala Efrat Cohen-Bar. “Pero no queríamos ser como ellos [los palestinos], queríamos diferenciarnos.»
Eyal Weizman sostiene que los techos rojos eran obligatorios: permiten que el ejército israelí localice rápidamente las colonias desde el cielo y, por tanto, los lugares que no deben ser bombardeados.

Las casas de las y los colonos israelíes están desplegadas en un círculo y «tienen vistas al paisaje para vigilar, por razones militares y de seguridad, y para disfrutar del panorama», resume. “Por un lado, las y los israelíes no quieren gente palestina allí, han destruido su cultura y quieren verlos fuera de allí. Pero por el otro, leen los elementos tradicionales del paisaje, como los olivares y las casas de piedra, como representaciones bíblicas».

Porque Israel, aunque modificó profundamente el paisaje palestino para sus necesidades estratégicas, continúa vendiendo a las y los turistas y a sus habitantes la imagen de una tierra virgen, idéntica a la que vivían las y los judíos en tiempos bíblicos.

“Cuando hacen publicidad [para que la gente se vaya a vivir a las colonias], dicen: ‘Ven a vivir en la naturaleza, ven a vivir en la tierra de la Biblia'», dice Eyal Weizman. Un paisaje que ha sido conformado sin embargo por aquellas personas a las que no quieren ver: las palestinas. «Es una paradoja», concluye el arquitecto.
palestinaymexico@lists.mayfirst.org

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