miércoles, 18 de diciembre de 2019

En medio de «Tierra arrasada»: «argentinos a las cosas»

Por Sergio Ortiz:


El documental de Tristán Bauer mostró cómo quedó el país tras el desastre macrista. Hasta muñecos de San Martín estaban rotos en Tecnópolis. Es oportuno el consejo de 1939 de Ortega y Gasset: «argentinos a las cosas».
Pocas estadísticas son más graves que las que patentizan la pobreza, del 40,8 por ciento, con 18 millones de personas que la padecen y millones con hambre. El flagelo es condenable en el planeta, pero más en un país que produce alimentos para 400 millones de personas.


Para atender a esas prioridades sociales el flamante presidente dictó un decreto, conocido ayer, por el cual elevó al 9 por ciento promedio las retenciones a las exportaciones. Eso busca que el Estado disponga de más ingresos para atender, entre otros frentes urgentes, el del Programa contra el Hambre que coordina el ministro de Desarrollo Social, Daniel Arroyo.

Aquella no es ninguna medida confiscatoria, para quienes tenían un dólar a $9,50 al momento de asumir Mauricio Macri y hoy cotiza $62, devaluación a su favor del 600 por ciento. Ese gobierno nació desde las entrañas de la Suciedad Rural, cuyo predio de Palermo ofició de comité nacional del PRO desde el tristemente célebre lock out patronal sojero. Y en consonancia con ese ADN, MM eliminó las retenciones; en la soja las rebajó año a año, salvo sobre el final de su horrible mandato donde se vio obligado a reimponerlas, pero pagaderas en 4 pesos por dólar, licuadas por la inflación y las devaluaciones.
Los sectores que tanto se beneficiaron con esas políticas ahora están indignados con el decreto de Alberto Fernández, aunque la retención sojera apenas llega al 27 por ciento, en vez del 35 que aconsejaban muchos economistas.

Los dirigentes de la Suciedad Rural, Carbap, Coninagro y Federación Agraria reaccionaron con indignación. Uno de ellos, Eduardo Buzzi, hizo una amenaza: «si vuelve un mecanismo confiscatorio y autoritario, después que no se quejen si los productores reaccionan». Aludía a los ilegales bloqueos y cortes de ruta entre marzo y julio de 2008.

Aumentar las retenciones es un recurso estatal legal y necesario en este tiempo de calamidades dejadas por el cuatrienio neoliberal. Si no se va a tocar la estructura terrateniente y latifundista, como propuso Juan Grabois; si no se va a nacionalizar el comercio exterior, consigna sesentista de los congresos obreros de Huerta Grande y La Falda, etc., entonces lo mínimo es subir las retenciones.
Eso sí, tienen que ser segmentadas por superficie sembrada, volumen de producción y distancia al puerto, para no perjudicar a los pequeños chacareros.

Otra cosa, hay que gravar con impuestos a las cerealeras y multinacionales, pues sería injusto e irracional que sólo paguen los productores. Vicentin, Aceitera General Deheza, Cargill, ADM, Bunge, Nidera, Born, Dreyfus y otros pulpos que exportan 70 millones de toneladas anuales tienen que pagar lo suyo. No es cuestión de que sólo donen dos pesos al Programa contra el Hambre y zafen con eso.
Borges al revés.

Los antiperonistas siempre citan a Borges: «los peronistas no son buenos ni malos, son incorregibles». La sentencia, de cuño gorila, no es exacta porque supone que el peronismo tiene una línea recta histórica. Y no es así, porque una cosa era el general Perón en 1945 y otra en 1955, 1966, 1973 y luego de echar a la JP de Plaza de Mayo. Una cosa eran Menem y Duhalde y otra Kirchner y Cristina, ahora en buena medida continuados por Alberto y Cristina.

La expresión borgeana sí se puede aplicar a la derecha y los opositores al peronismo: no cambian más. Su apego al sistema neocolonial capitalista dependiente, con todos los beneficios que éste les reporta, los ponen en esa vereda gorila de las citadas amenazas de las patronales sojeras.
¡Y eso que el Frente de Todos apenas sube unos puntos las retenciones! Ni siquiera amagó con una ley de impuesto a la renta normal potencial de la tierra como la de José Ber Gelbard y el ingeniero Horacio Giberti en 1973.

Otro ejemplo de esa posición irreductible de los conservadores es relativo al aborto. Bastó que el ministro de Salud Ginés González García publicara el Protocolo para practicar la Interrupción Legal del Embarazo para que los voceros de la Iglesia y la derecha política salieran a decir que era la legalización o aborto libre. Así de falso fue el obispo Alberto Bochatay, titular de la Comisión de Salud del Episcopado. No. Es básicamente el proyecto del antecesor de GGG, el radical Adolfo Rubinstein, que busca unificar en todo el territorio el fallo F.A.L. de la Corte Suprema de Justicia de 2012, para los embarazos que ponen en riesgo la salud de la madre o son por violaciones.

En el aborto, si bien no es de la importancia y extrema gravedad del hambre, también es aconsejable ir a fondo. En línea con las demandas de los movimientos de mujeres y del proyecto que tuvo media sanción en Diputados en 2018, habría que volver a la carga en 2020. Eso debe ser así, por más que la iniciativa no le guste al integrismo católico, la derecha peronista y gobernadores como Juan Manzur y al Papa Francisco. Son asuntos de salud pública y del derecho de las mujeres, así que la religión y las ideologías deben dar un paso atrás. Además, el furcio albertita en su discurso de Plaza de Mayo, de que «esta noche volvimos y vamos a ser mujeres», también lo compromete.

Otros que no cambian más son los representantes del imperio norteamericano. El presidente trató de hacer buena letra con los enviados por Donald Trump. Habló de una relación madura con EE UU, de su voluntad de negociar y pagar la deuda con el FMI y otras definiciones de un peronismo poskirchnerista. Incluso demoró hasta último momento la invitación a Venezuela para asistir a la asunción, con trascendidos de que Argentina no saldría del Cartel de Lima organizado por Trump-Almagro para agredir a Venezuela.

Sin embargo, bastó que llegara a Buenos Aires el ministro bolivariano Jorge Rodríguez, también con funciones vicepresidenciales, para que el jefe de la delegación estadounidense, Mauricio Claver, diera un portazo y se volviera a Washington. No fue a la asunción ni a reunirse con AF. Los yanquis son insaciables, alientan el golpe en Bolivia, te sancionan con aranceles al acero y aluminio, te entrampan con el FMI y la deuda, etc. y no conformes con eso te quieren imponer a quién podés invitar y a quien no. Encima luego aterrizó Evo Morales como refugiado político en Argentina y la bronca de USA fue mayor.
Amigos y enemigos.

Así como se citó a José Ortega y Gasset, por su consejo en La Plata, de 1939, ahora se menciona a Mao, quien en marzo de 1920 escribió: «¿Quiénes son nuestros enemigos y quiénes nuestros amigos? Esta es una cuestión de importancia primordial».

Sobre estos asuntos estratégicos deberían reflexionar Alberto y Cristina, y también los ministros afectados a frentes decisivos, como Martín Guzmán que deberá lidiar con Kristalina Georgieva del FMI, Matías Kulfas en Desarrollo Productivo con los popes de la Unión Industrial, Luis Basterra en Agricultura con los sojeros de la Mesa de Enlace, GGG con las farmacéuticas, etc.

Las iniciales medidas y anuncios gubernamentales son positivas, como la tarjeta de alimentos para quienes pasan hambre, los créditos a tasas bajas a las Pymes, la reincorporación de todos los despedidos de Télam, los aumentos en salarios mínimos, jubilaciones y planes, si bien aún no se concretaron; que Evo pudiera refugiarse, el protocolo del aborto, el adelanto de una reforma judicial y en AFI, etc.

Eso es palpitado con alegría por millones de argentinos, como se vio en la multitud que el 10 de diciembre acompañó en el Congreso y la Plaza de Mayo. Había un sentimiento popular tan grande que eso impidió golpes y heridos derivados del tremendo calor y amontonamiento de gente. Si hubiera sido un partido de fútbol o recital, el resultado podría haber sido lamentable; como todos se sentían compañeros o hermanos o primos, los empujones no terminaron mal.

Eso muestra que a nivel popular se entiende más la unidad, por más que no todos piensen igual pues allí había mayoría de peronistas con personas progresistas, de centroizquierda e izquierda.
Unidad no quiere decir uniformidad. Cuando la multitud cantó el hit MMLPQTP, Alberto la mandó a callar, aunque no todos acataron.

La idea presidencial es la unidad con todos. De allí el abrazo con Macri en la misa de Luján y repetido en la asunción. El cronista prefiere la cara de traste de Cristina y su desagrado al dar la mano a quien fundió el país.
Más allá de esos matices personales, lo importante es la pertenencia al campo popular o al de los enemigos. Las primeras tácticas de los Fernández están bien orientadas, pero parece errática su estrategia.

Monopolios como los de COPAL (Ledesma), Syngenta, Suciedad Rural y Grobocopatel, etc. no deben liderar el Programa contra el Hambre. Ellos nos dejaron hambrientos. Aceitera General Deheza, exportador que factura 3.000 millones de dólares, no es amigo. Tampoco se debe confiar la política industrial a acuerdos con Techint de Paolo Rocca. Este contertulio de Kulfas tiene el monopolio del acero, inversiones en 100 países y 59.000 empleados. ¿De qué Pymes hablan? Argentinos a las cosas, pero llamando a las cosas por su nombre y pegando donde hay que pegar.
ortizserg@gmail.com

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